CARTA NOVENA

Á la señorita doña M. L. A.

Apreciable amiga: Al enviarle una copia exacta, quizás la única

que de ella se ha sacado hasta hoy, prometí á usted referirle la

peregrina historia de la imagen, en honor de la cual un príncipe

poderoso levantó el monasterio, desde una de cuyas celdas he escrito

mis cartas anteriores.

Es una historia que, aunque transmitida hasta nosotros por documentos

de aquel siglo y testificada aún por la presencia de un monumento

material, prodigio del arte, elevado en su conmemoración, no quisiera

entregarla al frío y severo análisis de la crítica filosófica, piedra

de toque á cuya prueba se someten hoy día todas las verdades.

Á esa terrible crítica, que alentada con algunos ruidosos triunfos,

comenzó negando las tradiciones gloriosas y los héroes nacionales, y

ha acabado por negar hasta el carácter divino de Jesús, ¿qué concepto

le podría merecer esta, que desde luego calificaría de conseja de

niños?

Yo escribo y dejo poner estas desaliñadas líneas en letras de molde,

porque la mía es mala, y sólo así le será posible entenderme; por lo

demás, yo las escribo para usted, para usted exclusivamente, porque

sé que las delicadas flores de la tradición sólo puede tocarlas la

mano de la piedad, y sólo á ésta le es dado aspirar su religioso

perfume sin marchitar sus hojas.

* * * * *

En el valle de Veruela, y como á una media hora de distancia de su

famoso monasterio, hay al fin de una larga alameda de chopos que

se extiende por la falda del monte, un grueso pilar de argamasa y

ladrillo. En la mitad más alta de este pilar, cubierto ya de musgo,

merced á la continuada acción de las lluvias, y al que los años han

prestado su color oscuro é indefinible, se ve una especie de nicho

que en su tiempo debió de contener una imagen, y sobre el cónico

capitel que lo remata, el asta de hierro de una cruz cuyos brazos

han desaparecido. Al pie crecen y exhalan un penetrante y campesino

perfume, entre una alfombra de menudas yerbas, las aliagas espinosas

y amarillas, los altos romeros de flores azules, y otra gran porción

de plantas olorosas y saludables. Un arroyo de agua cristalina corre

allí con un ruido apacible, medio oculto entre el espeso festón de

juncos y lirios blancos que dibuja sus orillas, y, en el verano, las

ramas de los chopos, agitadas por el aire que continuamente sopla de

la parte del Moncayo, dan á la vez música y sombra. Llaman á este

sitio _La Aparecida_, porque en él aconteció, hará próximamente unos

siete siglos, el suceso que dió origen á la fundación del célebre

monasterio de la Orden del Cister, conocido con el nombre de Santa

María de Veruela.

Refiere un antiguo códice, y es tradición constante en el país,

que, después de haber renunciado á la corona que le ofrecieron

los aragoneses, á poco de ocurrida la muerte de Don Alonso en la

desgraciada empresa de Fraga, Don Pedro Atares, uno de los más

poderosos magnates de aquella época, se retiró al castillo de Borja,

del que era señor, y donde en compañía de algunos de sus leales

servidores, y como descanso de las continuas inquietudes, de las

luchas palaciegas y del batallar de los campos, decidió pasar el

resto de sus días entregado al ejercicio de la caza; ocupación

favorita de aquellos rudos y valientes caballeros, que sólo hallaban

gusto durante la paz en lo que tan propiamente se ha llamado

simulacro é imagen de la guerra.

El valle en que está situado el monasterio, que dista tres leguas

escasas de la ciudad de Borja, y la falda del Moncayo, que pertenece

á Aragón, eran entonces parte de su dilatado señorío; y como quiera

que de los pueblecillos que ahora se ven salpicados aquí y allá por

entre las quiebras del terreno no existían más que las atalayas y

algunas miserables casucas, abrigo de pastores, que las tierras no

se habían roturado, ni las crecientes necesidades de la población

habían hecho caer al golpe del hacha los añosísimos árboles que lo

cubrían, el valle de Veruela, con sus bosques de encinas y carrascas

seculares, y sus intrincados laberintos de vegetación virgen y

lozana, ofrecía seguro abrigo á los ciervos y jabalíes, que vagaban

por aquellas soledades en número prodigioso.

Aconteció una vez que, habiendo salido el señor de Borja, rodeado

de sus más hábiles ballesteros, sus pajes y sus ojeadores, á

recorrer esta parte de sus dominios, en busca de la caza en que

era tan abundante, sobrevino la tarde sin que, cosa verdaderamente

extraordinaria, dadas las condiciones del sitio, encontrasen una

sola pieza que llevar á la vuelta de la jornada como trofeo de la

expedición.

Dábase á todos los diablos Don Pedro Atares, y á pesar de su natural

prudencia, juraba y perjuraba que había de colgar de una encina á los

cazadores furtivos, causa, sin duda, de la incomprensible escasez de

reses que por vez primera notaba en sus cotos; los perros gruñían

cansados de permanecer tantas horas ociosos atados á la traílla;

los ojeadores, roncos de vocear en balde, volvían á reunirse á los

mohinos ballesteros, y todos se disponían á tomar la vuelta del

castillo para salir de lo más espeso del carrascal, antes que la

noche cerrase tan oscura y tormentosa como lo auguraban las nubes

suspendidas sobre la cumbre del vecino Moncayo, cuando de repente

una cierva, que parecía haber estado oyendo la conversación de los

cazadores, oculta por el follaje, salió de entre las matas más

cercanas, y, como burlándose de ellos, desapareció á su vista para ir

á perderse entre el laberinto del monte. No era aquella seguramente

la hora más á propósito para darle caza, pues la oscuridad del

crepúsculo, aumentada por la sombra de las nubes que poco á poco

iban entoldando el cielo, se hacía cada vez más densa; pero el señor

de Borja, á quien desesperaba la idea de volverse con las manos

vacías de tan lejana excursión, sin hacer alto en las observaciones

de los más experimentados, dió apresuradamente la orden de arrancar

en su seguimiento, y mandando á los ojeadores por un lado y á los

ballesteros por otro, salió á brida suelta y seguido de sus pajes,

á quienes pronto dejó rezagados en la furia de su carrera, tras la

imprudente res que de aquel modo parecía haber venido á burlársele en

sus barbas.

Como era de suponer, la cierva se perdió en lo más intrincado del

monte, y á la media hora de correr en busca suya cada cual en una

dirección diferente, así Don Pedro Atares, que se había quedado

completamente solo, como los menos conocedores del terreno de su

comitiva, se encontraron perdidos en la espesura. En este intervalo

cerró la noche, y la tormenta, que durante toda la tarde se estuvo

amasando en la cumbre del Moncayo, comenzó á descender lentamente

por su falda y á tronar y á relampaguear, cruzando las llanuras como

en un majestuoso paseo. Los que las han presenciado pueden sólo

figurarse toda la terrible majestad de las repentinas tempestades

que estallan á aquella altura, donde los truenos, repercutidos por

las concavidades de las peñas, las ardientes exhalaciones, atraídas

por la frondosidad de los árboles, y el espeso turbión de granizo

congelado por las corrientes de aire frío é impetuoso, sobrecogen el

ánimo hasta el punto de hacernos creer que los montes se desquician,

que la tierra va á abrirse debajo de los pies, ó que el cielo, que

cada vez parece estar más bajo y más pesado, nos oprime como con una

capa de plomo. Don Pedro Atares, solo y perdido en aquellas inmensas

soledades, conoció tarde su imprudencia y en vano se esforzaba

para reunir en torno suyo á su dispersa comitiva; el ruido de la

tempestad, que cada vez se hacía mayor, ahogaba sus voces.

Ya su ánimo, siempre esforzado y valeroso, comenzaba á desfallecer

ante la perspectiva de una noche eterna, perdido en aquellas

soledades y expuesto al furor de los desencadenados elementos; ya

su noble cabalgadura, aterrorizada y medrosa, se negaba á proseguir

adelante, inmóvil y como clavada en la tierra, cuando, dirigiendo

sus ojos al cielo, dejó escapar involuntariamente de sus labios una

piadosa oración á la Virgen, á quien el cristiano caballero tenía

costumbre de invocar en los más duros trances de la guerra, y que en

más de una ocasión le había dado la victoria.

La Madre de Dios oyó sus palabras, y descendió á la tierra para

protegerle. Yo quisiera tener la fuerza de imaginación bastante para

poderme figurar cómo fué aquello. Yo he visto pintadas por nuestros

más grandes artistas algunas de esas místicas escenas; yo he visto, y

usted habrá visto también á la misteriosa luz de la gótica catedral

de Sevilla, uno de esos colosales lienzos en que Murillo, el pintor

de las santas visiones, ha intentado fijar para pasmo de los hombres

un rayo de esa diáfana atmósfera en que nadan los ángeles como en un

océano de luminoso vapor; pero allí es necesaria la intensidad de las

sombras en un punto del cuadro para dar mayor realce á aquel en que

se entreabren las nubes como con una explosión de claridad; allí,

pasada la primera impresión del momento, se ve el arte luchando con

sus limitados recursos para dar idea de lo imposible.

Yo me figuro algo más, algo que no se puede decir con palabras ni

traducir con sonidos ó con colores. Me figuro un esplendor vivísimo

que todo lo rodea, todo lo abrillanta, que por decirlo así, se

compenetra en todos los objetos y los hace aparecer como de cristal,

y en su foco ardiente lo que pudiéramos llamar la luz dentro de la

luz. Me figuro cómo se iría descomponiendo el temeroso fragor de la

tormenta en notas largas y suavísimas, en acordes distintos, en rumor

de alas, en armonías extrañas de cítaras y salterios; me figuro ramas

inmóviles, el viento suspendido, y la tierra, estremecida de gozo

con un temblor ligerísimo al sentirse hollada otra vez por la divina

planta de la Madre de su Hacedor, absorta, atónita y muda, sostenerla

por un instante sobre sus hombros. Me figuro, en fin, todos los

esplendores del cielo y de la tierra reunidos en un solo esplendor,

todas las armonías en una sola armonía, y en mitad de aquel foco de

luz y de sonidos, la celestial Señora, resplandeciendo como una llama

más viva que las otras resplandece entre las llamas de una hoguera,

como dentro de nuestro sol brillaría otro sol más brillante.

Tal debió de aparecer la Madre de Dios á los ojos del piadoso

caballero, que, bajando de su cabalgadura y postrándose hasta tocar

el suelo con la frente, no osó levantarlos mientras la celeste visión

le hablaba, ordenándole que en aquel lugar erigiese un templo en

honra y gloria suya.

El divino éxtasis duró cortos instantes; la luz se comenzó á

debilitar como la de un astro que se eclipsa; la armonía se apagó,

temblando sus notas en el aire, como el último eco de una música

lejana, y Don Pedro Atares, lleno de un estupor indecible, corrió á

tocar con sus labios el punto en que había puesto sus pies la Virgen.

Pero ¡cuál no sería su asombro al encontrar en él una milagrosa

imagen, testimonio real de aquel prodigio, prenda sagrada que, para

eterna memoria de tan señalado favor, le dejaba al desaparecer la

celestial Señora!

Á esta sazón, aquellos de sus servidores que habían logrado reunirse,

y que después de haber encendido algunas teas, recorrían el monte en

todas direcciones, haciendo señales con las trompas de ojeo á fin de

encontrar á su señor por entre aquellas intrincadas revueltas, donde

era de temer le hubiera acontecido una desgracia, llegaron al sitio

en que acababa de tener lugar la maravillosa aparición. Reunida,

pues, la comitiva y conocedores todos del suceso, improvisáronse

unas andas con las ramas de los árboles, y en piadosa procesión,

conduciendo los caballos del diestro é iluminándola con el rojizo

resplandor de las teas, llevaron consigo la milagrosa imagen hasta

Borja, en cuyo histórico castillo entraron al mediar la noche.

Como puede presumirse, Don Pedro Atares no dejó pasar mucho tiempo

sin realizar el deseo que había manifestado la Virgen. Merced á sus

fabulosas riquezas, se allanaron todas las dificultades que parecían

oponerse á su erección, y el suntuoso monasterio con su magnífica

iglesia, semejante á una catedral, sus claustros imponentes y sus

almenados muros, levantóse como por encanto en medio de aquellas

soledades.

San Bernardo en persona vino á establecer en él la comunidad de su

Regla, y á asistir á la traslación de la milagrosa imagen desde

el castillo de Borja, donde había estado custodiada, hasta su

magnífico templo de Veruela, á cuya solemne consagración asistieron

seis prelados y estuvieron presentes muchos magnates y príncipes

poderosos, amigos y deudos de su ilustre fundador Don Pedro Atares,

el cual para eterna memoria del señalado favor que había obtenido de

la Virgen, mandó colocar una cruz y la copia de su divina imagen en

el mismo lugar en que la había visto descender del cielo. Este lugar

es el mismo de que he hablado á usted al principio de esta carta, y

que todavía se conoce con el nombre de _La Aparecida_.

Yo oí por primera vez referir la historia que á mi vez he contado,

al pie del humilde pilar que la recuerda, y antes de haber visto

el monasterio que ocultaban aún á mis ojos las altas alamedas de

árboles, entre cuyas copas se esconden sus puntiagudas torres.

Puede usted, pues, figurarse con qué mezcla de curiosidad y

veneración traspasaría luego los umbrales de aquel imponente recinto,

maravilla del arte cristiano, que guarda aún en su seno la misteriosa

escultura, objeto de ardiente devoción por tantos siglos, y á la

que nuestros antepasados, de una generación en otra, han tributado

sucesivamente las honras más señaladas y grandes. Allí, día y noche,

y hasta hace poco, ardían delante del altar en que se encontraba

la imagen, sobre un escabel de oro, doce lámparas de plata que

brillaban, meciéndose lentamente, entre las sombras del templo, como

una constelación de estrellas; allí los piadosos monjes, vestidos

de sus blancos hábitos, entonaban á todas horas sus alabanzas en un

canto grave y solemne, que se confundía con los amplios acordes del

órgano; allí los hombres de armas del monasterio, mitad templo, mitad

fortaleza, los pajes del poderoso abad y sus innumerables servidores

la saludaban con ruidosas aclamaciones de júbilo, como á la hermosa

castellana de aquel castillo, cuando, en los días clásicos, la

sacaban un momento por sus patios, coronados de almenas, bajo un

palio de tisú y pedrería.

Al penetrar en aquel anchuroso recinto, ahora mudo y solitario, al

ver las almenas de sus altas torres caídas por el suelo, la hiedra

serpenteando por las hendiduras de sus muros, y las ortigas y los

jaramagos que crecen en montón por todas partes, se apodera del alma

una profunda sensación de involuntaria tristeza. Las enormes puertas

de hierro de la torre se abren rechinando sobre sus enmohecidos

goznes con un lamento agudo, siempre que un curioso viene á turbar

aquel alto silencio, y dejan ver el interior de la abadía con sus

calles de cipreses, su iglesia bizantina en el fondo y el severo

palacio de los abades. Pero aquella otra gran puerta del templo,

tan llena de símbolos incomprensibles y de esculturas extrañas, en

cuyos sillares han dejado impresos artífices de la Edad Media los

signos misteriosos de su masónica hermandad; aquella gran puerta

que se colgaba un tiempo de tapices y se abría de par en par en las

grandes solemnidades, no volverá á abrirse, ni volverá á entrar por

ella la multitud de los fieles, convocados al son de las campanas

que volteaban alegres y ruidosas en la elevada torre. Para penetrar

hoy en el templo es preciso cruzar nuevos patios, tan extensos, tan

ruinosos y tan tristes como el primero, internarse en el claustro

procesional, sombrío y húmedo como un sótano, y, dejando á un lado

las tumbas en que descansan los hijos del fundador, llegar hasta un

pequeño arco que apenas si en mitad del día se distingue entre las

sombras eternas de aquellos medrosos pasadizos, y donde una losa

negra, sin inscripción y con una espada groseramente esculpida,

señala el humilde lugar en que el famoso Don Pedro Atares quiso que

reposasen sus huesos.

Figúrese usted una iglesia tan grande y tan imponente como la más

imponente y más grande de nuestras catedrales. En un rincón, sobre

un magnífico pedestal labrado de figuras caprichosas y formando el

más extraño contraste, una pequeña jofaina de loza de la más basta

de Valencia hace las veces de pila para el agua bendita; de las

robustas bóvedas cuelgan aún las cadenas de metal que sostuvieron las

lámparas, que ya han desaparecido; en los pilares se ven las estacas

y las anillas de hierro de que pendían las colgaduras de terciopelo

franjado de oro, de las que sólo queda la memoria; entre dos arcos

existe todavía el hueco que ocupaba el órgano; no hay vidrios en las

ojivas que dan paso á la luz; no hay altares en las capillas; el coro

está hecho pedazos; el aire, que penetra sin dificultad por todas

partes, gime por los ángulos del templo, y los pasos resuenan de un

modo tan particular que parece que se anda por el interior de una

inmensa tumba.

Allí, sobre un mezquino altar, hecho de los despedazados restos

de otros altares, recogidos por alguna mano piadosa, y alumbrado

por una lamparilla de cristal con más agua que aceite, cuya luz

chisporrotea próxima á extinguirse, se descubre la santa imagen,

objeto de tanta veneración en otras edades, á la sombra de cuyo

altar duermen el sueño de la muerte tantos próceres ilustres, á la

puerta de cuyo monasterio dejó su espada como en señal de vasallaje

un monarca español, que, atraído por la fama de sus milagros, vino

á rendirle, en época no muy remota, el tributo de sus oraciones. De

tanto esplendor, de tanta grandeza, de tantos días de exaltación y de

gloria, sólo queda ya un recuerdo en las antiguas crónicas del país,

y una piadosa tradición entre los campesinos que de cuando en cuando

atraviesan con temor los medrosos claustros del monasterio para ir

á arrodillarse ante Nuestra Señora de Veruela, que para ellos, así

en la época de su grandeza como en la de su abandono, es la santa

protectora de su escondido valle.

En cuanto á mí, puedo asegurar á usted que en aquel templo,

abandonado y desnudo, rodeado de tumbas silenciosas, donde descansan

ilustres próceres, sin descubrir, al pie del ara que la sostiene, más

que las mudas é inmóviles figuras de los abades muertos, esculpidas

groseramente sobre las losas sepulcrales del pavimento de la capilla,

la milagrosa imagen, cuya historia conocía de antemano, me infundió

más hondo respeto, me pareció más hermosa, más rodeada de una

atmósfera de solemnidad y grandeza indefinibles que otras muchas

que había visto antes en retablos churriguerescos, muy cargadas de

joyas ridículas, muy alumbradas de luces en forma de pirámides y

de estrellas, muy engalanadas con profusión de flores de papel y de

trapo.

Á usted, y á todo el que sienta en su alma la verdadera poesía de la

Religión, creo que le sucedería lo mismo.

[Ilustración]

Obras escogidas · 第 76 / 158 题