Á la señorita doña M. L. A.
Apreciable amiga: Al enviarle una copia exacta, quizás la única
que de ella se ha sacado hasta hoy, prometí á usted referirle la
peregrina historia de la imagen, en honor de la cual un príncipe
poderoso levantó el monasterio, desde una de cuyas celdas he escrito
mis cartas anteriores.
Es una historia que, aunque transmitida hasta nosotros por documentos
de aquel siglo y testificada aún por la presencia de un monumento
material, prodigio del arte, elevado en su conmemoración, no quisiera
entregarla al frío y severo análisis de la crítica filosófica, piedra
de toque á cuya prueba se someten hoy día todas las verdades.
Á esa terrible crítica, que alentada con algunos ruidosos triunfos,
comenzó negando las tradiciones gloriosas y los héroes nacionales, y
ha acabado por negar hasta el carácter divino de Jesús, ¿qué concepto
le podría merecer esta, que desde luego calificaría de conseja de
niños?
Yo escribo y dejo poner estas desaliñadas líneas en letras de molde,
porque la mía es mala, y sólo así le será posible entenderme; por lo
demás, yo las escribo para usted, para usted exclusivamente, porque
sé que las delicadas flores de la tradición sólo puede tocarlas la
mano de la piedad, y sólo á ésta le es dado aspirar su religioso
perfume sin marchitar sus hojas.
* * * * *
En el valle de Veruela, y como á una media hora de distancia de su
famoso monasterio, hay al fin de una larga alameda de chopos que
se extiende por la falda del monte, un grueso pilar de argamasa y
ladrillo. En la mitad más alta de este pilar, cubierto ya de musgo,
merced á la continuada acción de las lluvias, y al que los años han
prestado su color oscuro é indefinible, se ve una especie de nicho
que en su tiempo debió de contener una imagen, y sobre el cónico
capitel que lo remata, el asta de hierro de una cruz cuyos brazos
han desaparecido. Al pie crecen y exhalan un penetrante y campesino
perfume, entre una alfombra de menudas yerbas, las aliagas espinosas
y amarillas, los altos romeros de flores azules, y otra gran porción
de plantas olorosas y saludables. Un arroyo de agua cristalina corre
allí con un ruido apacible, medio oculto entre el espeso festón de
juncos y lirios blancos que dibuja sus orillas, y, en el verano, las
ramas de los chopos, agitadas por el aire que continuamente sopla de
la parte del Moncayo, dan á la vez música y sombra. Llaman á este
sitio _La Aparecida_, porque en él aconteció, hará próximamente unos
siete siglos, el suceso que dió origen á la fundación del célebre
monasterio de la Orden del Cister, conocido con el nombre de Santa
María de Veruela.
Refiere un antiguo códice, y es tradición constante en el país,
que, después de haber renunciado á la corona que le ofrecieron
los aragoneses, á poco de ocurrida la muerte de Don Alonso en la
desgraciada empresa de Fraga, Don Pedro Atares, uno de los más
poderosos magnates de aquella época, se retiró al castillo de Borja,
del que era señor, y donde en compañía de algunos de sus leales
servidores, y como descanso de las continuas inquietudes, de las
luchas palaciegas y del batallar de los campos, decidió pasar el
resto de sus días entregado al ejercicio de la caza; ocupación
favorita de aquellos rudos y valientes caballeros, que sólo hallaban
gusto durante la paz en lo que tan propiamente se ha llamado
simulacro é imagen de la guerra.
El valle en que está situado el monasterio, que dista tres leguas
escasas de la ciudad de Borja, y la falda del Moncayo, que pertenece
á Aragón, eran entonces parte de su dilatado señorío; y como quiera
que de los pueblecillos que ahora se ven salpicados aquí y allá por
entre las quiebras del terreno no existían más que las atalayas y
algunas miserables casucas, abrigo de pastores, que las tierras no
se habían roturado, ni las crecientes necesidades de la población
habían hecho caer al golpe del hacha los añosísimos árboles que lo
cubrían, el valle de Veruela, con sus bosques de encinas y carrascas
seculares, y sus intrincados laberintos de vegetación virgen y
lozana, ofrecía seguro abrigo á los ciervos y jabalíes, que vagaban
por aquellas soledades en número prodigioso.
Aconteció una vez que, habiendo salido el señor de Borja, rodeado
de sus más hábiles ballesteros, sus pajes y sus ojeadores, á
recorrer esta parte de sus dominios, en busca de la caza en que
era tan abundante, sobrevino la tarde sin que, cosa verdaderamente
extraordinaria, dadas las condiciones del sitio, encontrasen una
sola pieza que llevar á la vuelta de la jornada como trofeo de la
expedición.
Dábase á todos los diablos Don Pedro Atares, y á pesar de su natural
prudencia, juraba y perjuraba que había de colgar de una encina á los
cazadores furtivos, causa, sin duda, de la incomprensible escasez de
reses que por vez primera notaba en sus cotos; los perros gruñían
cansados de permanecer tantas horas ociosos atados á la traílla;
los ojeadores, roncos de vocear en balde, volvían á reunirse á los
mohinos ballesteros, y todos se disponían á tomar la vuelta del
castillo para salir de lo más espeso del carrascal, antes que la
noche cerrase tan oscura y tormentosa como lo auguraban las nubes
suspendidas sobre la cumbre del vecino Moncayo, cuando de repente
una cierva, que parecía haber estado oyendo la conversación de los
cazadores, oculta por el follaje, salió de entre las matas más
cercanas, y, como burlándose de ellos, desapareció á su vista para ir
á perderse entre el laberinto del monte. No era aquella seguramente
la hora más á propósito para darle caza, pues la oscuridad del
crepúsculo, aumentada por la sombra de las nubes que poco á poco
iban entoldando el cielo, se hacía cada vez más densa; pero el señor
de Borja, á quien desesperaba la idea de volverse con las manos
vacías de tan lejana excursión, sin hacer alto en las observaciones
de los más experimentados, dió apresuradamente la orden de arrancar
en su seguimiento, y mandando á los ojeadores por un lado y á los
ballesteros por otro, salió á brida suelta y seguido de sus pajes,
á quienes pronto dejó rezagados en la furia de su carrera, tras la
imprudente res que de aquel modo parecía haber venido á burlársele en
sus barbas.
Como era de suponer, la cierva se perdió en lo más intrincado del
monte, y á la media hora de correr en busca suya cada cual en una
dirección diferente, así Don Pedro Atares, que se había quedado
completamente solo, como los menos conocedores del terreno de su
comitiva, se encontraron perdidos en la espesura. En este intervalo
cerró la noche, y la tormenta, que durante toda la tarde se estuvo
amasando en la cumbre del Moncayo, comenzó á descender lentamente
por su falda y á tronar y á relampaguear, cruzando las llanuras como
en un majestuoso paseo. Los que las han presenciado pueden sólo
figurarse toda la terrible majestad de las repentinas tempestades
que estallan á aquella altura, donde los truenos, repercutidos por
las concavidades de las peñas, las ardientes exhalaciones, atraídas
por la frondosidad de los árboles, y el espeso turbión de granizo
congelado por las corrientes de aire frío é impetuoso, sobrecogen el
ánimo hasta el punto de hacernos creer que los montes se desquician,
que la tierra va á abrirse debajo de los pies, ó que el cielo, que
cada vez parece estar más bajo y más pesado, nos oprime como con una
capa de plomo. Don Pedro Atares, solo y perdido en aquellas inmensas
soledades, conoció tarde su imprudencia y en vano se esforzaba
para reunir en torno suyo á su dispersa comitiva; el ruido de la
tempestad, que cada vez se hacía mayor, ahogaba sus voces.
Ya su ánimo, siempre esforzado y valeroso, comenzaba á desfallecer
ante la perspectiva de una noche eterna, perdido en aquellas
soledades y expuesto al furor de los desencadenados elementos; ya
su noble cabalgadura, aterrorizada y medrosa, se negaba á proseguir
adelante, inmóvil y como clavada en la tierra, cuando, dirigiendo
sus ojos al cielo, dejó escapar involuntariamente de sus labios una
piadosa oración á la Virgen, á quien el cristiano caballero tenía
costumbre de invocar en los más duros trances de la guerra, y que en
más de una ocasión le había dado la victoria.
La Madre de Dios oyó sus palabras, y descendió á la tierra para
protegerle. Yo quisiera tener la fuerza de imaginación bastante para
poderme figurar cómo fué aquello. Yo he visto pintadas por nuestros
más grandes artistas algunas de esas místicas escenas; yo he visto, y
usted habrá visto también á la misteriosa luz de la gótica catedral
de Sevilla, uno de esos colosales lienzos en que Murillo, el pintor
de las santas visiones, ha intentado fijar para pasmo de los hombres
un rayo de esa diáfana atmósfera en que nadan los ángeles como en un
océano de luminoso vapor; pero allí es necesaria la intensidad de las
sombras en un punto del cuadro para dar mayor realce á aquel en que
se entreabren las nubes como con una explosión de claridad; allí,
pasada la primera impresión del momento, se ve el arte luchando con
sus limitados recursos para dar idea de lo imposible.
Yo me figuro algo más, algo que no se puede decir con palabras ni
traducir con sonidos ó con colores. Me figuro un esplendor vivísimo
que todo lo rodea, todo lo abrillanta, que por decirlo así, se
compenetra en todos los objetos y los hace aparecer como de cristal,
y en su foco ardiente lo que pudiéramos llamar la luz dentro de la
luz. Me figuro cómo se iría descomponiendo el temeroso fragor de la
tormenta en notas largas y suavísimas, en acordes distintos, en rumor
de alas, en armonías extrañas de cítaras y salterios; me figuro ramas
inmóviles, el viento suspendido, y la tierra, estremecida de gozo
con un temblor ligerísimo al sentirse hollada otra vez por la divina
planta de la Madre de su Hacedor, absorta, atónita y muda, sostenerla
por un instante sobre sus hombros. Me figuro, en fin, todos los
esplendores del cielo y de la tierra reunidos en un solo esplendor,
todas las armonías en una sola armonía, y en mitad de aquel foco de
luz y de sonidos, la celestial Señora, resplandeciendo como una llama
más viva que las otras resplandece entre las llamas de una hoguera,
como dentro de nuestro sol brillaría otro sol más brillante.
Tal debió de aparecer la Madre de Dios á los ojos del piadoso
caballero, que, bajando de su cabalgadura y postrándose hasta tocar
el suelo con la frente, no osó levantarlos mientras la celeste visión
le hablaba, ordenándole que en aquel lugar erigiese un templo en
honra y gloria suya.
El divino éxtasis duró cortos instantes; la luz se comenzó á
debilitar como la de un astro que se eclipsa; la armonía se apagó,
temblando sus notas en el aire, como el último eco de una música
lejana, y Don Pedro Atares, lleno de un estupor indecible, corrió á
tocar con sus labios el punto en que había puesto sus pies la Virgen.
Pero ¡cuál no sería su asombro al encontrar en él una milagrosa
imagen, testimonio real de aquel prodigio, prenda sagrada que, para
eterna memoria de tan señalado favor, le dejaba al desaparecer la
celestial Señora!
Á esta sazón, aquellos de sus servidores que habían logrado reunirse,
y que después de haber encendido algunas teas, recorrían el monte en
todas direcciones, haciendo señales con las trompas de ojeo á fin de
encontrar á su señor por entre aquellas intrincadas revueltas, donde
era de temer le hubiera acontecido una desgracia, llegaron al sitio
en que acababa de tener lugar la maravillosa aparición. Reunida,
pues, la comitiva y conocedores todos del suceso, improvisáronse
unas andas con las ramas de los árboles, y en piadosa procesión,
conduciendo los caballos del diestro é iluminándola con el rojizo
resplandor de las teas, llevaron consigo la milagrosa imagen hasta
Borja, en cuyo histórico castillo entraron al mediar la noche.
Como puede presumirse, Don Pedro Atares no dejó pasar mucho tiempo
sin realizar el deseo que había manifestado la Virgen. Merced á sus
fabulosas riquezas, se allanaron todas las dificultades que parecían
oponerse á su erección, y el suntuoso monasterio con su magnífica
iglesia, semejante á una catedral, sus claustros imponentes y sus
almenados muros, levantóse como por encanto en medio de aquellas
soledades.
San Bernardo en persona vino á establecer en él la comunidad de su
Regla, y á asistir á la traslación de la milagrosa imagen desde
el castillo de Borja, donde había estado custodiada, hasta su
magnífico templo de Veruela, á cuya solemne consagración asistieron
seis prelados y estuvieron presentes muchos magnates y príncipes
poderosos, amigos y deudos de su ilustre fundador Don Pedro Atares,
el cual para eterna memoria del señalado favor que había obtenido de
la Virgen, mandó colocar una cruz y la copia de su divina imagen en
el mismo lugar en que la había visto descender del cielo. Este lugar
es el mismo de que he hablado á usted al principio de esta carta, y
que todavía se conoce con el nombre de _La Aparecida_.
Yo oí por primera vez referir la historia que á mi vez he contado,
al pie del humilde pilar que la recuerda, y antes de haber visto
el monasterio que ocultaban aún á mis ojos las altas alamedas de
árboles, entre cuyas copas se esconden sus puntiagudas torres.
Puede usted, pues, figurarse con qué mezcla de curiosidad y
veneración traspasaría luego los umbrales de aquel imponente recinto,
maravilla del arte cristiano, que guarda aún en su seno la misteriosa
escultura, objeto de ardiente devoción por tantos siglos, y á la
que nuestros antepasados, de una generación en otra, han tributado
sucesivamente las honras más señaladas y grandes. Allí, día y noche,
y hasta hace poco, ardían delante del altar en que se encontraba
la imagen, sobre un escabel de oro, doce lámparas de plata que
brillaban, meciéndose lentamente, entre las sombras del templo, como
una constelación de estrellas; allí los piadosos monjes, vestidos
de sus blancos hábitos, entonaban á todas horas sus alabanzas en un
canto grave y solemne, que se confundía con los amplios acordes del
órgano; allí los hombres de armas del monasterio, mitad templo, mitad
fortaleza, los pajes del poderoso abad y sus innumerables servidores
la saludaban con ruidosas aclamaciones de júbilo, como á la hermosa
castellana de aquel castillo, cuando, en los días clásicos, la
sacaban un momento por sus patios, coronados de almenas, bajo un
palio de tisú y pedrería.
Al penetrar en aquel anchuroso recinto, ahora mudo y solitario, al
ver las almenas de sus altas torres caídas por el suelo, la hiedra
serpenteando por las hendiduras de sus muros, y las ortigas y los
jaramagos que crecen en montón por todas partes, se apodera del alma
una profunda sensación de involuntaria tristeza. Las enormes puertas
de hierro de la torre se abren rechinando sobre sus enmohecidos
goznes con un lamento agudo, siempre que un curioso viene á turbar
aquel alto silencio, y dejan ver el interior de la abadía con sus
calles de cipreses, su iglesia bizantina en el fondo y el severo
palacio de los abades. Pero aquella otra gran puerta del templo,
tan llena de símbolos incomprensibles y de esculturas extrañas, en
cuyos sillares han dejado impresos artífices de la Edad Media los
signos misteriosos de su masónica hermandad; aquella gran puerta
que se colgaba un tiempo de tapices y se abría de par en par en las
grandes solemnidades, no volverá á abrirse, ni volverá á entrar por
ella la multitud de los fieles, convocados al son de las campanas
que volteaban alegres y ruidosas en la elevada torre. Para penetrar
hoy en el templo es preciso cruzar nuevos patios, tan extensos, tan
ruinosos y tan tristes como el primero, internarse en el claustro
procesional, sombrío y húmedo como un sótano, y, dejando á un lado
las tumbas en que descansan los hijos del fundador, llegar hasta un
pequeño arco que apenas si en mitad del día se distingue entre las
sombras eternas de aquellos medrosos pasadizos, y donde una losa
negra, sin inscripción y con una espada groseramente esculpida,
señala el humilde lugar en que el famoso Don Pedro Atares quiso que
reposasen sus huesos.
Figúrese usted una iglesia tan grande y tan imponente como la más
imponente y más grande de nuestras catedrales. En un rincón, sobre
un magnífico pedestal labrado de figuras caprichosas y formando el
más extraño contraste, una pequeña jofaina de loza de la más basta
de Valencia hace las veces de pila para el agua bendita; de las
robustas bóvedas cuelgan aún las cadenas de metal que sostuvieron las
lámparas, que ya han desaparecido; en los pilares se ven las estacas
y las anillas de hierro de que pendían las colgaduras de terciopelo
franjado de oro, de las que sólo queda la memoria; entre dos arcos
existe todavía el hueco que ocupaba el órgano; no hay vidrios en las
ojivas que dan paso á la luz; no hay altares en las capillas; el coro
está hecho pedazos; el aire, que penetra sin dificultad por todas
partes, gime por los ángulos del templo, y los pasos resuenan de un
modo tan particular que parece que se anda por el interior de una
inmensa tumba.
Allí, sobre un mezquino altar, hecho de los despedazados restos
de otros altares, recogidos por alguna mano piadosa, y alumbrado
por una lamparilla de cristal con más agua que aceite, cuya luz
chisporrotea próxima á extinguirse, se descubre la santa imagen,
objeto de tanta veneración en otras edades, á la sombra de cuyo
altar duermen el sueño de la muerte tantos próceres ilustres, á la
puerta de cuyo monasterio dejó su espada como en señal de vasallaje
un monarca español, que, atraído por la fama de sus milagros, vino
á rendirle, en época no muy remota, el tributo de sus oraciones. De
tanto esplendor, de tanta grandeza, de tantos días de exaltación y de
gloria, sólo queda ya un recuerdo en las antiguas crónicas del país,
y una piadosa tradición entre los campesinos que de cuando en cuando
atraviesan con temor los medrosos claustros del monasterio para ir
á arrodillarse ante Nuestra Señora de Veruela, que para ellos, así
en la época de su grandeza como en la de su abandono, es la santa
protectora de su escondido valle.
En cuanto á mí, puedo asegurar á usted que en aquel templo,
abandonado y desnudo, rodeado de tumbas silenciosas, donde descansan
ilustres próceres, sin descubrir, al pie del ara que la sostiene, más
que las mudas é inmóviles figuras de los abades muertos, esculpidas
groseramente sobre las losas sepulcrales del pavimento de la capilla,
la milagrosa imagen, cuya historia conocía de antemano, me infundió
más hondo respeto, me pareció más hermosa, más rodeada de una
atmósfera de solemnidad y grandeza indefinibles que otras muchas
que había visto antes en retablos churriguerescos, muy cargadas de
joyas ridículas, muy alumbradas de luces en forma de pirámides y
de estrellas, muy engalanadas con profusión de flores de papel y de
trapo.
Á usted, y á todo el que sienta en su alma la verdadera poesía de la
Religión, creo que le sucedería lo mismo.
[Ilustración]