Queridos amigos: Prometí á ustedes en mi última carta referirles,
tal como me la contaron, la maravillosa historia de las brujas de
Trasmoz. Tomo, pues, la pluma para cumplir lo prometido, y va de
cuento.
Desde tiempo inmemorial, es artículo de fe entre las gentes del
Somontano, que Trasmoz es la corte y punto de cita de las brujas
más importantes de la comarca. Su castillo, como los tradicionales
campos de Barahona y el valle famoso de Zugarramurdi, pertenece á
la categoría de conventículo de primer orden y lugar clásico para
las grandes fiestas nocturnas de las amazonas de escobón, los sapos
con collareta y toda la abigarrada servidumbre del macho cabrío,
su ídolo y jefe. Acerca de la fundación de este castillo, cuyas
colosales ruinas, cuyas torres oscuras y dentelladas, patios sombríos
y profundos fosos, parecen, en efecto, digna escena de tan diabólicos
personajes, se refiere una tradición muy antigua. Parece que _en
tiempo de los moros_, época que para nuestros campesinos corresponde
á las edades mitológicas y fabulosas de la historia, pasó el rey
por las cercanías del sitio en que ahora se halla Trasmoz, y viendo
con maravilla un punto como aquél, donde gracias á la altura, las
rápidas pendientes y los cortes á plomo de la roca, podía el hombre,
ayudado de la naturaleza, hacer un lugar fuerte é inexpugnable, de
grande utilidad por encontrarse próximo á la raya fronteriza, exclamó
volviéndose á los que iban en su seguimiento, y tendiendo la mano en
dirección á la cumbre:
--De buena gana tendría allí un castillo.
Oyóle un pobre viejo, que apoyado en un báculo de caminante y con
unas miserables alforjillas al hombro, pasaba á la sazón por el mismo
sitio, y adelantándose hasta salirle al encuentro y á riesgo de ser
atropellado por la comitiva real, detuvo por la brida el caballo de
su señor y le dijo estas solas palabras:
--Si me le dais en alcaidía perpetua, yo me comprometo á llevaros
mañana á vuestro palacio sus llaves de oro.
Rieron grandemente el rey y los suyos de la extravagante proposición
del mendigo, de modo que arrojándole una pequeña pieza de plata al
suelo, á manera de limosna, contestóle el soberano con aire de zumba.
--Tomad esa moneda para que compréis unas cebollas y un pedazo de pan
con que desayunaros, señor alcaide de la improvisada fortaleza de
Trasmoz, y dejadnos en paz proseguir nuestro camino.
Y esto diciendo, le apartó suavemente á un lado de la senda,
tocó el ijar de su corcel con el acicate, y se alejó seguido de
sus capitanes, cuyas armaduras, incrustadas de arabescos de oro,
resonaban y resplandecían al compás del galope, mal ocultas por los
blancos y flotantes alquiceles.
--¿Luego me confirmáis en la alcaidía?--añadió el pobre viejo, en
tanto que se bajaba para recoger la moneda, y dirigiéndose en alta
voz hacia los que ya apenas se distinguían entre la nube de polvo que
levantaron los caballos, un punto detenidos, al arrancar de nuevo.
--Seguramente--díjole el rey desde lejos y cuando ya iba á doblar una
de las vueltas del monte;--pero con la condición de que esta noche
levantarás el castillo, y mañana irás á Tarazona á entregarme las
llaves.
Satisfecho el pobrete con la contestación del rey, alzó, como digo,
la moneda del suelo, besóla con muestras de humildad, y después de
atarla en un pico del guiñapo blancuzco que le servía de turbante,
se dirigió poco á poco hacia la aldehuela de Trasmoz. Componían
entonces este lugar quince ó veinte casuquillas sucias y miserables,
refugio de algunos pastores que llevaban á pacer sus ganados al
Moncayo. Pasito á pasito, aquí cae, allí tropieza, como el que camina
agobiado del doble peso de la edad y de una larga jornada, llegó al
fin nuestro hombre al pueblo, y comprando, según se lo había dicho el
rey, un mendrugo de pan y tres ó cuatro cebollas blancas, jugosas y
relucientes, sentóse á comerlas á la orilla de un arroyo, en el cual
los vecinos tenían costumbre de venir á hacer sus abluciones de la
tarde, y en donde, una vez instalado, comenzó á despachar su pitanza
con tanto gusto, y moviendo sus descarnadas mandíbulas, de las que
pendían unas barbillas blancas y claruchas, con tal priesa, que, en
efecto, parecía no haberse desayunado en todo lo que iba de día, que
no era poco, pues el sol comenzaba á trasmontar las cumbres.
Sentado estaba, pues, nuestro pobre viejo á la orilla del arroyo
dando buena cuenta con gentil apetito de su frugal comida, cuando
llegó hasta el borde del agua uno de los pastores del lugar, hizo
sus acostumbradas zalemas, vuelto hacia el Oriente, y concluída esta
operación, comenzó á lavarse las manos y el rostro murmurando sus
rezos de la tarde. Tras éste vinieron otros cuantos, hasta cinco
ó seis, y cuando todos hubieron concluído de rezar y remojarse el
cogote, llamólos el viejo y les dijo:
--Veo con gusto que sois buenos musulmanes, y que ni las ordinarias
ocupaciones, ni las fatigas de vuestros ejercicios os distraen de
las santas ceremonias que á sus fieles dejó encomendadas el Profeta.
El verdadero creyente tarde ó temprano alcanza el premio: unos lo
recogen en la tierra, otros en el paraíso, no faltando á quienes se
les da en ambas partes, y de éstos seréis vosotros.
Los pastores, que durante la arenga no habían apartado un punto sus
ojos del mendigo, pues por tal le juzgaron al ver su mal pelaje y
peor desayuno, se miraban entre sí, después de concluído, como no
comprendiendo adónde iría á parar aquella introducción si no era á
pedir una limosna; pero con grande asombro de los circunstantes,
prosiguió de este modo su discurso:
--He aquí que yo vengo de una tierra lejana á buscar servidores
leales para la guarda y custodia de un famoso castillo. Yo me he
sentado al borde de las fuentes que saltan sobre una taza de pórfido,
á la sombra de las palmeras en las mezquitas de las grandes ciudades,
y he visto unos tras otros venir á muchos hombres á hacer las
abluciones con sus aguas, éstos por mera limpieza, aquéllos por hacer
lo mismo que todos, los más por dar el espectáculo de una piedad de
fórmula. Después os he visto en estas soledades, lejos de las miradas
del mundo, atentos sólo al ojo que vela sobre las acciones de los
mortales, cumplir con nuestros ritos, impulsados por la conciencia de
un deber, y he dicho para mí:--He aquí hombres fieles á su religión;
igualmente lo serán á su palabra. De hoy más no vagaréis por los
montes con nieves y fríos para comer un pedazo de pan negro; en la
magnífica fortaleza de que os hablo, tendréis alimento abundante
y vida holgada. Tú cuidarás de la atalaya, atento siempre á las
señales de los corredores del campo, y pronto á encender la hoguera
que brilla en las sombras, como el penacho de fuego del casco de un
arcángel. Tú cuidarás del rastrillo y del puente; tú darás vuelta
cada tres horas alrededor de las torres, por entre la barbacana y el
muro. Á ti te encargaré de las caballerizas; bajo la guarda de ése
estarán los depósitos de materiales de guerra, y por último, aquel
otro correrá con los almacenes de víveres.
Los pastores, de cada vez más asombrados y suspensos, no sabían
qué juicio formar del improvisado protector que la casualidad les
deparaba; y aunque su aspecto miserable no convenía del todo bien con
sus generosas ofertas, no faltó alguno que le preguntase entre dudoso
y crédulo:
--¿Dónde está ese castillo? Si no se halla muy lejos de estos
lugares, entre cuyas peñas estamos acostumbrados á vivir, y á los que
tenemos el amor que todo hombre tiene á la tierra que le vió nacer,
yo, por mi parte, aceptaría con gusto tus ofrecimientos, y creo que
como yo todos los que se encuentran presentes.
--Por eso no temáis, pues está bien cerca de aquí--respondió el viejo
impasible;--cuando el sol se esconde por detrás de las cumbres del
Moncayo, su sombra cae sobre vuestra aldea.
--¿Y cómo puede ser eso--dijo entonces el pastor,--si por aquí no
hay castillo ni fortaleza alguna, y la primera sombra que envuelve
nuestro lugar, es la del cabezo del monte en cuya falda se ha
levantado?
--Pues en ese cabezo se halla, porque allí están las piedras, y donde
están las piedras está el castillo, como está la gallina en el huevo
y la espiga en el grano--insistió el extraño personaje, á quien
sus interlocutores, irresolutos hasta aquel punto, no dudaron en
calificar de loco de remate.
--¿Y tú serás, sin duda, el gobernador de esa fortaleza
famosa?--exclamó entre las carcajadas de sus compañeros, otro de los
pastores.--Porque á tal castillo tal alcaide.
--Yo lo soy--tornó á contestar el viejo, siempre con la misma calma,
y mirando á sus risueños oyentes con una sonrisa particular.--¿No os
parezco digno de tan honroso cargo?
--¡Nada menos que eso!--se apresuraron á responderle.--Pero el sol ha
doblado las cumbres, la sombra de vuestro castillo envuelve ya en sus
pliegues nuestras pobres chozas. ¡Poderoso y temido alcaide de la
invisible fortaleza de Trasmoz, si queréis pasar la noche á cubierto,
os podemos ofrecer un poco de paja en el establo de nuestras ovejas;
si preferís quedaros al raso, que Alá os tenga en su santa guarda,
el Profeta os colme de sus beneficios, y los arcángeles de la noche
velen á vuestro alrededor con sus espadas encendidas! Acompañando
estas palabras, dichas en tono de burlesca solemnidad, con profundos
y humildes saludos, los pastores tomaron el camino de su pueblo,
riendo á carcajadas de la original aventura. Nuestro buen hombre no
se alteró, sin embargo, por tan poca cosa, sino que después de acabar
con mucho despacio su merienda, tomó en el hueco de la mano algunos
sorbos del agua limpia y transparente del arroyo, limpióse con el
revés la boca, sacudió las migajas de pan de la túnica, y echándose
otra vez las alforjillas al hombro y apoyándose en su nudoso báculo,
emprendió de nuevo el camino adelante, en la misma dirección que sus
futuros sirvientes.
La noche comenzaba, en efecto, á entrarse fría y oscura. De pico á
pico de la elevada cresta del Moncayo, se extendían largas bandas
de nubes color de plomo, que, arrolladas hasta aquel momento por la
influencia del sol, parecían haber esperado á que se ocultase para
comenzar á removerse con lentitud, como esos monstruos deformes
que produce el mar y que se arrastran trabajosamente en las playas
desiertas. El ancho horizonte que se descubría desde las alturas,
iba poco á poco palideciendo y pasando del rojo al violado por un
punto, mientras por el contrario asomaba la luna, redonda, encendida,
grande, como un escudo de batallar, y por el dilatado espacio del
cielo las estrellas aparecían unas tras otras, amortiguada su luz por
la del astro de la noche.
Nuestro buen viejo, que parecía conocer perfectamente el país,
pues nunca vacilaba al escoger las sendas que más pronto habían
de conducirle al término de su peregrinación, dejó á un lado la
aldea, y siempre subiendo con bastante fatiga por entre los enormes
peñascos y las espesas carrascas, que entonces como ahora cubrían la
áspera pendiente del monte, llegó por último á la cumbre cuando las
sombras se habían apoderado por completo de la tierra, y la luna,
que se dejaba ver á intervalos por entre las oscuras nubes, se había
remontado á la primera región del cielo. Cualquiera otro hombre,
impresionado por la soledad del sitio, el profundo silencio de la
naturaleza y el fantástico panorama de las sinuosidades del Moncayo,
cuyas puntas coronadas de nieve parecían las olas de un mar inmóvil y
gigantesco, hubiera temido aventurarse por entre aquellos matorrales,
adonde en mitad del día apenas osaban llegar los pastores; pero el
héroe de nuestra relación, que como ya habrán sospechado ustedes, y
si no lo han sospechado, lo verán claro más adelante, debía de ser
un magicazo de tomo y lomo, no satisfecho con haber trepado á la
eminencia, se encaramó en la punta de la más elevada roca, y desde
aquel aéreo asiento comenzó á pasear la vista á su alrededor, con la
misma firmeza que el águila, cuyo nido pende de un peñasco al borde
del abismo, contempla sin temor el fondo.
Después que se hubo reposado un instante de las fatigas del camino,
sacó de las alforjillas un estuche de forma particular y extraña,
un librote muy carcomido y viejo, y un cabo de vela verde, corto
y á medio consumir. Frotó con sus dedos descarnados y huesosos en
uno de los extremos del estuche que parecía de metal, y era á modo
de linterna, y á medida que frotaba, veíase como una lumbre sin
claridad, azulada, medrosa é inquieta, hasta que por último brotó
una llama y se hizo luz: con aquella luz encendió el cabo de vela
verde, á cuyo escaso resplandor, y no sin haberse calado antes unas
disformes antiparras redondas, comenzó á hojear el libro que para
mayor comodidad había puesto delante de sí sobre una de las peñas.
Según que el nigromante iba pasando las hojas del libro, llenas
de caracteres árabes, caldeos y siriacos trazados con tinta azul,
negra, roja y violada, y de figuras y signos misteriosos, murmuraba
entre dientes frases ininteligibles, y parando de cierto en cierto
tiempo la lectura, repetía un estribillo singular con una especie
de salmodia lúgubre, que acompañaba hiriendo la tierra con el pie y
agitando la mano que le dejaba libre el cuidado de la vela, como si
se dirigiese á alguna persona.
Concluída la primera parte de su mágica letanía, en la que, unos
tras otros, había ido llamando por sus nombres, que yo no podré
repetir, á todos los espíritus del aire y de la tierra, del fuego
y de las aguas, comenzó á percibirse en derredor un ruido extraño,
un rumor de alas invisibles que se agitaban á la vez, y murmullos
confusos, como de muchas gentes que se hablasen al oído. En los
días revueltos del otoño, y cuando las nubes, amontonadas en el
horizonte, parecen amenazar con una lluvia copiosa, pasan las
grullas por el cielo, formando un oscuro triángulo, con un ruido
semejante. Mas lo particular del caso, era que allí á nadie se
veía, y aun cuando se percibiese el aleteo cada vez más próximo y
el aire agitado moviera en derredor las hojas de los árboles, y el
rumor de las palabras dichas en voz baja se hiciese gradualmente más
distinto, todo semejaba cosa de ilusión ó ensueño. Paseó el mágico
la mirada en todas direcciones para contemplar á los que sólo á sus
ojos parecían visibles, y satisfecho sin duda del resultado de su
primera operación, volvió á la interrumpida lectura. Apenas su voz
temblona, cascada y un poco nasal comenzó á dejarse oir pronunciando
las enrevesadas palabras del libro, se hizo en torno un silencio
tan profundo, que no parecía sino que la tierra, los astros y los
genios de la noche estaban pendientes de los labios del nigromante,
que ora hablaba con frases dulces y de suave inflexión, como quien
suplica, ora con acento áspero, enérgico y breve, como quien manda.
Así leyó largo rato, hasta que al concluir la última hoja se produjo
un murmullo en el invisible auditorio, semejante al que forman
en los templos las confusas voces de los fieles cuando acabada
una oración, todos contestan _amén_ en mil diapasones distintos.
El viejo, que á medida que rezaba y rezaba aquellos diabólicos
conjuros, había ido exaltándose y cobrando una energía y un vigor
sobrenaturales, cerró el libro con un gran golpe, dió un soplo á la
vela verde, y despojándose de las antiparras redondas, se puso de
pie sobre la altísima peña donde estuvo sentado, y desde donde se
dominaban las infinitas ondulaciones de la falda del Moncayo, con los
valles, las rocas y los abismos que la quiebran. Allí de pie, con
la cabeza erguida y los brazos extendidos, el uno al Oriente y el
otro al Occidente, alzó la voz y exclamó dirigiéndose á la infinita
muchedumbre de seres invisibles y misteriosos que, encadenados á su
palabra por la fuerza de los conjuros, esperaban sumisos sus órdenes.
--¡Espíritus de las aguas y de los aires, vosotros, que sabéis
horadar las rocas y abatir los troncos más corpulentos, agitaos y
obedecedme!
Primero suave, como cuando levanta el vuelo una banda de palomas;
después más fuerte, como cuando azota el mástil de un buque una
vela hecha jirones, oyóse el ruido de las alas al plegarse y
desplegarse con una prontitud increíble, y aquel ruido fué creciendo,
creciendo, hasta que llegó á hacerse espantoso como el de un huracán
desencadenado. El agua de los torrentes próximos saltaba y se
retorcía en el cauce, espumarajeando é irguiéndose como una culebra
furiosa; el aire, agitado y terrible, zumbaba en los huecos de las
peñas, levantaba remolinos de polvo y de hojas secas, y sacudía,
inclinándolas hasta el suelo, las copas de los árboles. Nada más
extraño y horrible que aquella tempestad circunscrita á un punto,
mientras la luna se remontaba tranquila y silenciosa por el cielo,
y las aéreas y lejanas cumbres de la cordillera parecían bañadas de
un sereno y luminoso vapor. Las rocas crujían como si sus grietas se
dilatasen, é impulsadas de una fuerza oculta é interior, amenazaban
volar hechas mil pedazos. Los troncos más corpulentos arrojaban
gemidos y chasqueaban, próximos á hendirse, como si un súbito
desenvolvimiento de sus fibras fuese á rajar la endurecida corteza.
Al cabo, y después de sentirse sacudido el monte por tres veces,
las piedras se desencajaron y los árboles se partieron, y árboles
y piedras comenzaron á saltar por los aires en furioso torbellino,
cayendo semejantes á una lluvia espesa en el lugar que de antemano
señaló el nigromante á sus servidores. Los colosales troncos y
los inmensos témpanos de granito y pizarra oscura, que eran como
arrojados al azar, caían, no obstante, unos sobre otros con admirable
orden, é iban formando una cerca altísima á manera de bastión, que el
agua de los torrentes, arrastrando arenas, menudas piedrecillas y cal
de su alvéolo, se encargaba de completar, llenando las hendiduras con
una argamasa indestructible.
--La obra adelanta. ¡Ánimo! ¡ánimo!--murmuró el viejo;--aprovechemos
los instantes, que la noche es corta, y pronto cantará el gallo,
trompeta del día.
Y esto diciendo, se inclinó hacia el borde de una sima profunda,
abierta al impulso de las convulsiones de la montaña, y como
dirigiéndose á otros seres ocultos en su fondo, prosiguió:
--Espíritus de la tierra y del fuego: vosotros que conocéis los
tesoros de metal de sus entrañas y circuláis por sus caminos
subterráneos con los mares de lava encendida y ardiente, agitaos y
cumplid mis órdenes.
Aún no había expirado el eco de la última palabra del conjuro, cuando
se comenzó á oir un rumor sordo y continuo como el de un trueno
lejano, rumor que asimismo fué creciendo, creciendo, hasta que se
hizo semejante al que produce un escuadrón de jinetes que cruza al
galope el puente de una fortaleza, y entonces retumba el golpear del
casco de los caballos, crujen los maderos, rechinan las cadenas, y
resuena metálico y sonoro el choque de las armaduras, de las lanzas
y los escudos. Á medida que el ruido tomaba mayores proporciones,
veíase salir por las grietas de las rocas un resplandor vivo y
brillante, como el que despide una fragua ardiendo, y de eco en eco
se repetía por las concavidades del monte el fragor de millares de
martillos que caían con un estrépito espantoso sobre los yunques,
en donde los gnomos trabajan el hierro de las minas, fabricando
puertas, rastrillos, armas y toda la ferretería indispensable para
la seguridad y complemento de la futura fortaleza. Aquello era
un tumulto imposible de describir; un desquiciamiento general y
horroroso: por un lado rebramaba el aire arrancando las rocas, que
se hacinaban con estruendo en la cúspide del monte; por otro mugía
el torrente, mezclando sus bramidos con el crujir de los árboles que
se tronchaban y el golpear incesante de los martillos, que caían
alternados sobre los yunques, como llevando el compás en aquella
diabólica sinfonía.
Los habitantes de la aldea, despertados de improviso por tan infernal
y asordadora baraúnda, no osaban siquiera asomarse al tragaluz de sus
chozas para descubrir la causa del extraño terremoto, no faltando
algunos que, poseídos de terror, creyeron llegado el instante en
que, próxima la destrucción del mundo, había de bajar la muerte á
enseñorearse de su imperio, envuelta en el jirón de un sudario, sobre
un corcel fantástico y amarillo, tal como en sus revelaciones la
pinta el Profeta.
Esto se prolongó hasta momentos antes de amanecer, en que los
gallos de la aldea comenzaron á sacudir las plumas y á saludar el
día próximo con su canto sonoro y estridente. Á esta sazón, el
rey, que se volvía á su corte haciendo pequeñas jornadas, y que
accidentalmente había dormido en Tarazona, bien porque de suyo fuese
madrugador y despabilado, bien porque extrañase la habitación, que
todo cabe en lo posible, saltaba de la cama listo como él solo, y
después de poner en un pie como las grullas á su servidumbre, se
dirigía á los jardines de palacio. Aún no había pasado una hora desde
que vagaba al azar por el intrincado laberinto de sus alamedas,
departiendo con uno de sus capitanes todo lo amigablemente que puede
departir un rey, moro por añadidura, con uno de sus súbditos, cuando
llegó hasta él, cubierto de sudor y de polvo, el más ágil de los
corredores de la frontera, y le dijo, previas las salutaciones de
costumbre:
--Señor, hacia la parte de la raya de Castilla sucede una cosa
extraordinaria. Sobre la cumbre del monte de Trasmoz, y donde ayer
no se encontraban más que rocas y matorrales, hemos descubierto al
amanecer un castillo tan alto, tan grande y tan fuerte como no existe
ningún otro en todos vuestros estados. En un principio dudamos del
testimonio de nuestros ojos, creyendo que tal vez fingía la mole la
niebla arremolinada sobre las alturas; pero después ha salido el
sol, la niebla se ha deshecho, y el castillo subsiste allí oscuro,
amenazador y gigante, dominando los contornos con su altísima atalaya.
Oir el rey este mensaje y recordar su encuentro con el mendigo de
las alforjas, todo fué una cosa misma; y reunir estas dos ideas y
lanzar una mirada amenazadora é interrogante á los que estaban á su
lado, tampoco fué cuestión de más tiempo. Sin duda su alteza árabe
sospechaba que alguno de sus emires, conocedores del diálogo del día
anterior, se había permitido darle una broma, sin precedentes en los
anales de la etiqueta musulmana, pues con acento de mal disimulado
enojo, exclamó jugando con el pomo de su alfanje de una manera
particular, como solía hacerlo cuando estaba á punto de estallar su
cólera:
--¡Pronto, mi caballo más ligero, y á Trasmoz; que juro por mis
barbas y las del Profeta, que si es cuento el mensaje de los
corredores, donde debiera estar el castillo he de poner una picota
para los que lo han inventado!
Esto dijo el rey, y minutos después, no corría, volaba camino de
Trasmoz seguido de sus capitanes. Antes de llegar á lo que se
llama el Somontano, que es una reunión de valles y alturas que van
subiendo gradualmente hasta llegar al pie de la cordillera que
domina el Moncayo, coronado de nieblas y de nubes como el gigante
y colosal monarca de estos montes, hay, viniendo de Tarazona, una
gran eminencia que lo oculta á la vista hasta que se llega á su
cumbre. Tocaba el rey casi á la cúspide de esta altura, conocida
hoy por la _Ciezma_, cuando, con gran asombro suyo y de los que le
seguían, vió venir á su encuentro al viejecito de las alforjas,
con la misma túnica raída y remendada del día anterior, el mismo
turbante, hecho jirones y sucio, y el propio báculo, tosco y fuerte,
en que se apoyaba, mientras él, en son de burla, después de haber
oído su risible propuesta, le arrojó una moneda para que comprase pan
y cebollas. Detúvose el rey delante del viejo, y éste, postrándose
de hinojos y sin dar lugar á que le preguntara cosa alguna, sacó de
las alforjas, envueltas en un paño de púrpura, dos llaves de oro,
de labor admirable y exquisita, diciendo al mismo tiempo que las
presentaba á su soberano:
--Señor, yo he cumplido ya mi palabra; á vos toca sacar airosa de su
empeño la vuestra.
--Pero ¿no es fábula lo del castillo?--preguntó el rey entre
receloso y suspenso, y fijando alternativamente la mirada, ya en
las magníficas llaves, que por su materia y su inconcebible trabajo
valían de por sí un tesoro, ya en el viejecillo, á cuyo aspecto
miserable se renovaba en su ánimo el deseo de socorrerle con una
limosna.
--Dad algunos pasos más y lo veréis--respondió el alcaide; pues, una
vez cumplida su promesa y siendo la que le habían empeñado palabra de
rey, que al menos en estas historias tiene fama de inquebrantable,
por tal podemos considerarle desde aquel punto. Dió algunos pasos
más el soberano; llegó á lo más alto de la _Ciezma_, y en efecto, el
castillo de Trasmoz apareció á sus ojos, no tal como hoy se ofrecería
á los de ustedes, si por acaso tuvieran la humorada de venir á verlo,
sino tal como fué en lo antiguo, con sus cinco torres gigantes,
su atalaya esbelta, sus fosos profundos, sus puertas chapeadas
de hierro, fortísimas y enormes, su puente levadizo y sus muros
coronados de almenas puntiagudas.
* * * * *
Al llegar á este punto de mi carta, advierto que, sin querer, he
faltado á la promesa que hice en la anterior y ratifiqué al tomar
hoy la pluma para escribir á ustedes. Prometí contarles la historia
de la bruja de Trasmoz, y sin saber cómo les he relatado en su lugar
la del castillo. Con estos cuentos sucede lo que con las cerezas:
sin pensarlo, salen unas enredadas en otras. ¿Qué le hemos de hacer?
Conseja por conseja, allá va la primera que se ha enredado en el pico
de la pluma: merced á ella, y teniendo presente su diabólico origen,
comprenderán ustedes por qué las brujas, cuya historia quedo siempre
comprometido á contarles, tienen una marcada predilección por las
ruinas de este castillo y se encuentran en él como en su casa.
[Ilustración]
[Ilustración]