Queridos amigos: Hará cosa de dos ó tres años, tal vez leerían
ustedes en los periódicos de Zaragoza la relación de un crimen que
tuvo lugar en uno de los pueblecillos de estos contornos. Tratábase
del asesinato de una pobre vieja á quien sus convecinos acusaban de
bruja. Últimamente, y por una coincidencia extraña, he tenido ocasión
de conocer los detalles y la historia circunstanciada de un hecho que
se comprende apenas en mitad de un siglo tan despreocupado como el
nuestro.
Ya estaba para acabar el día. El cielo, que desde el amanecer se
mantuvo cubierto y nebuloso, comenzaba á oscurecerse á medida que el
sol, que antes transparentaba su luz á través de las nieblas, iba
debilitándose, cuando, con la esperanza de ver su famoso castillo
como término y remate de mi artística expedición, dejé á Litago para
encaminarme á Trasmoz, pueblo del que me separaba una distancia de
tres cuartos de hora por el camino más corto. Como de costumbre,
y exponiéndome, á trueque de examinar á mi gusto los parajes más
ásperos y accidentados, á las fatigas y la incomodidad de perder el
camino por entre aquellas zarzas y peñascales, tomé el más difícil,
el más dudoso y más largo, y lo perdí en efecto, á pesar de las
minuciosas instrucciones de que me pertreché á la salida del lugar.
Ya enzarzado en lo más espeso y fragoso del monte, llevando del
diestro la caballería por entre sendas casi impracticables, ora
por las cumbres para descubrir la salida del laberinto, ora por
las honduras con la idea de cortar terreno, anduve vagando al azar
un buen espacio de tarde hasta que, por último, en el fondo de una
cortadura tropecé con un pastor, el cual abrevaba su ganado en el
riachuelo que, después de deslizarse sobre un cauce de piedras de mil
colores, salta y se retuerce allí con un ruido particular que se oye
á gran distancia, en medio del profundo silencio de la naturaleza que
en aquel punto y á aquella hora parece muda ó dormida.
Pregunté al pastor el camino del pueblo, el cual según mis cuentas no
debía de distar mucho del sitio en que nos encontrábamos, pues aunque
sin senda fija, yo había procurado adelantar siempre en la dirección
que me habían indicado. Satisfizo el buen hombre mi pregunta lo
mejor que pudo, y ya me disponía á proseguir mi azarosa jornada,
subiendo con pies y manos y tirando de la caballería, como Dios me
daba á entender, por entre unos pedruscos erizados de matorrales y
puntas, cuando el pastor que me veía subir desde lejos, me dió una
gran voz advirtiéndome que no tomara la _senda de la tía Casca_, si
quería llegar sano y salvo á la cumbre. La verdad era que el camino,
que equivocadamente había tomado, se hacía cada vez más áspero y
difícil, y que por una parte la sombra que ya arrojaban las altísimas
rocas, que parecían suspendidas sobre mi cabeza, y por otra el ruido
vertiginoso del agua que corría profunda á mis pies, y de la que
comenzaba á elevarse una niebla inquieta y azul, que se extendía por
la cortadura borrando los objetos y los colores, parecían contribuir
á turbar la vista y conmover el ánimo con una sensación de penoso
malestar que vulgarmente podría llamarse preludio de miedo. Volví
pies atrás, bajé de nuevo hasta donde se encontraba el pastor, y
mientras seguíamos juntos por una trocha que se dirigía al pueblo,
adonde también iba á pasar la noche mi improvisado guía, no pude
menos de preguntarle con alguna insistencia, por qué, aparte de las
dificultades que ofrecía el ascenso, era tan peligroso subir á la
cumbre por la senda que llamó de la _tía Casca_.
--Porque antes de terminar la senda--me dijo con el tono más natural
del mundo--tendríais que costear el precipicio á que cayó la maldita
bruja que le da su nombre, y en el cual se cuenta que anda penando
el alma que, después de dejar el cuerpo, ni Dios ni el diablo han
querido para suya.
--¡Hola!--exclamé entonces como sorprendido, aunque, á decir verdad,
ya me esperaba una contestación de esta ó parecida clase.--Y ¿en
qué diantres se entretiene el alma de esa pobre vieja por estos
andurriales?
--En acosar y perseguir á los infelices pastores que se arriesgan
por esa parte de monte, ya haciendo ruido entre las matas, como si
fuese un lobo, ya dando quejidos lastimeros como de criatura, ó
acurrucándose en las quiebras de las rocas que están en el fondo del
precipicio, desde donde llama con su mano amarilla y seca á los que
van por el borde, les clava la mirada de sus ojos de buho, y cuando
el vértigo comienza á desvanecer su cabeza, da un gran salto, se
les agarra á los pies y pugna hasta despeñarlos en la sima... ¡Ah,
maldita bruja!--exclamó después de un momento el pastor tendiendo
el puño crispado hacia las rocas, como amenazándola;--¡ah! maldita
bruja, muchas hiciste en vida, y ni aun muerta hemos logrado que nos
dejes en paz; pero, no haya cuidado, que á ti y á tu endiablada raza
de hechiceras os hemos de aplastar una á una, como á víboras.
--Por lo que veo--insistí, después que hubo concluído su extravagante
imprecación,--está usted muy al corriente de las fechorías de esa
mujer. Por ventura, ¿alcanzó usted á conocerla? Porque no me parece
de tanta edad como para haber vivido en el tiempo en que las brujas
andaban todavía por el mundo.
Al oir estas palabras el pastor, que caminaba delante de mí para
mostrarme la senda, se detuvo un poco y fijando en los míos sus
asombrados ojos, como para conocer si me burlaba, exclamó con un
acento de buena fe pasmosa:--¡Que no le parezco á usted de edad
bastante para haberla conocido! Pues ¿y si yo le dijera que no hace
aún tres años cabales que con estos mismos ojos que se ha de comer la
tierra, la vi caer por lo alto de ese derrumbadero, dejando en cada
uno de los peñascos y de las zarzas un jirón de vestido ó de carne,
hasta que llegó al fondo donde se quedó aplastada como un sapo que se
coge debajo del pie?
--Entonces--respondí asombrado á mi vez de la credulidad de aquel
pobre hombre--daré crédito á lo que usted dice, sin objetar palabra;
aunque á mí se me había figurado--añadí recalcando estas últimas
frases para ver el efecto que le hacían,--que todo eso de las brujas
y los hechizos no eran sino antiguas y absurdas patrañas de las
aldeas.
--Eso dicen los señores de la ciudad, porque á ellos no les molestan;
y fundados en que todo es puro cuento, echaron á presidio á algunos
infelices que nos hicieron un bien de caridad á la gente del
Somontano, despeñando á esa mala mujer.
--¿Conque no cayó casualmente ella, sino que la hicieron rodar que
quieras que no? ¡Á ver, á ver! Cuénteme usted cómo pasó eso, porque
debe de ser curioso--añadí, mostrando toda la credulidad y el asombro
suficiente, para que el buen hombre no maliciase que sólo quería
distraerme un rato, oyendo sus sandeces; pues es de advertir que
hasta que no me refirió los pormenores del suceso, no hice memoria
de que, en efecto, yo había leído en los periódicos de provincia una
cosa semejante. El pastor, convencido por las muestras de interés
conque me disponía á escuchar su relato, de que yo no era uno de
_esos señores de la ciudad_, dispuesto á tratar de majaderías su
historia, levantó la mano en dirección á uno de los picachos de la
cumbre, y comenzó así, señalándome una de las rocas que se destacaba
oscura é imponente sobre el fondo gris del cielo, que el sol, al
ponerse tras las nubes, teñía de algunos cambiantes rojizos.
--¿Ve usted aquel cabezo alto, alto, que parece cortado á pico,
y por entre cuyas peñas crecen las aliagas y los zarzales? Me
parece que sucedió ayer. Yo estaba algunos doscientos pasos camino
atrás de donde nos encontramos en este momento; próximamente sería
la misma hora, cuando creí escuchar unos alaridos distantes, y
llantos é imprecaciones que se entremezclaban con voces varoniles y
coléricas que ya se oían por un lado, ya por otro, como de pastores
que persiguen un lobo por entre los zarzales. El sol, según digo,
estaba al ponerse, y por detrás de la altura se descubría un jirón
del cielo, rojo y encendido como la grana, sobre el que vi aparecer
alta, seca y haraposa, semejante á un esqueleto que se escapa de su
fosa, envuelto aún en los jirones del sudario, á una vieja horrible,
en la que conocí á la _tía Casca_. La _tía Casca_ era famosa en
todos estos contornos, y me bastó distinguir sus greñas blancuzcas
que se enredaban alrededor de su frente como culebras, sus formas
extravagantes, su cuerpo encorvado y sus brazos disformes, que se
destacaban angulosos y oscuros sobre el fondo de fuego del horizonte,
para reconocer en ella á la bruja de Trasmoz. Al llegar ésta al borde
del precipicio, se detuvo un instante sin saber qué partido tomar.
Las voces de los que parecían perseguirla sonaban cada vez más cerca,
y de cuando en cuando la veía hacer una contorsión, encogerse ó dar
un brinco para evitar los cantazos que le arrojaban. Sin duda no
traía el bote de sus endiablados untos, porque, á traerlo, seguro que
habría atravesado al vuelo la cortadura, dejando á sus perseguidores
burlados y jadeantes como lebreles que pierden la pista. ¡Dios no lo
quiso así, permitiendo que de una vez pagara todas sus maldades!...
Llegaron los mozos que venían en su seguimiento, y la cumbre se
coronó de gentes, éstos con piedras en las manos, aquéllos con
garrotes, los de más allá con cuchillos. Entonces comenzó una cosa
horrible. La vieja, ¡maldita hipocritona! viéndose sin huída, se
arrojó al suelo, se arrastró por la tierra besando los pies de los
unos, abrazándose á las rodillas de los otros, implorando en su ayuda
á la Virgen y á los santos, cuyos nombres sonaban en su condenada
boca como una blasfemia. Pero los mozos, así hacían caso de sus
lamentos como yo de la lluvia cuando estoy bajo techado.--Yo soy una
pobre vieja que no he hecho daño á nadie; no tengo hijos ni parientes
que me vengan á amparar; ¡perdonadme, tened compasión de mí!--aullaba
la bruja; y uno de los mozos, que con la una mano la había asido de
las greñas, mientras tenía en la otra la navaja que procuraba abrir
con los dientes, le contestaba rugiendo de cólera:--¡Ah, bruja de
Lucifer, ya es tarde para lamentaciones, ya te conocemos todos!--¡Tú
hiciste un mal á mi mulo, que desde entonces no quiso probar bocado,
y murió de hambre dejándome en la miseria!--decía uno.--¡Tú has hecho
mal de ojo á mi hijo, y lo sacas de la cuna y lo azotas por las
noches!--añadía el otro; y cada cual exclamaba por su lado:--¡Tú has
echado una suerte á mi hermana! ¡Tú has ligado á mi novia! ¡Tú has
emponzoñado la yerba! ¡Tú has embrujado al pueblo entero!
Yo permanecía inmóvil en el mismo punto en que me había sorprendido
aquel clamoreo infernal, y no acertaba á mover pie ni mano, pendiente
del resultado de aquella lucha.
La voz de la _tía Casca_, aguda y estridente, dominaba el tumulto
de todas las otras voces que se reunían para acusarla, dándole en
el rostro con sus delitos, y siempre gimiendo, siempre sollozando,
seguía poniendo á Dios y á los santos patronos del lugar por testigos
de su inocencia.
Por último, viendo perdida toda esperanza, pidió como última merced
que la dejasen un instante implorar del cielo, antes de morir, el
perdón de sus culpas, y de rodillas al borde de la cortadura como
estaba, la vieja inclinó la cabeza, juntó las manos y comenzó á
murmurar entre dientes qué sé yo qué imprecaciones ininteligibles:
palabras que yo no podía oir por la distancia que me separaba de
ella, pero que ni los mismos que estaban á su lado lograron entender.
Unos aseguran que hablaba en latín, otros que en una lengua salvaje y
desconocida, no faltando quien pudo comprender que en efecto rezaba,
aunque diciendo las oraciones al revés, como es costumbre de estas
malas mujeres.
En este punto se detuvo el pastor un momento, tendió á su alrededor
una mirada, y prosiguió así:
--¿Siente usted este profundo silencio que reina en todo el monte,
que no suena un guijarro, que no se mueve una hoja, que el aire está
inmóvil y pesa sobre los hombros y parece que aplasta? ¿Ve usted esos
jirones de niebla oscura que se deslizan poco á poco á lo largo de
la inmensa pendiente del Moncayo, como si sus cavidades no bastaran
á contenerlos? ¿Los ve usted cómo se adelantan mudos y con lentitud,
como una legión aérea que se mueve por un impulso invisible? El
mismo silencio de muerte había entonces, el mismo aspecto extraño y
temeroso ofrecía la niebla de la tarde, arremolinada en las lejanas
cumbres, todo el tiempo que duró aquella suspensión angustiosa. Yo lo
confieso con toda franqueza: llegué á tener miedo. ¿Quién sabía si la
bruja aprovechaba aquellos instantes para hacer uno de esos terribles
conjuros que sacan á los muertos de sus sepulturas, estremecen el
fondo de los abismos y traen á la superficie de la tierra, obedientes
á sus imprecaciones, hasta á los más rebeldes espíritus infernales?
La vieja rezaba, rezaba sin parar; los mozos permanecían en tanto
inmóviles, cual si estuviesen encadenados por un sortilegio, y
las nieblas oscuras seguían avanzando y envolviendo las peñas, en
derredor de las cuales fingían mil figuras extrañas como de monstruos
deformes, cocodrilos rojos y negros, bultos colosales de mujeres
envueltas en paños blancos, y listas largas de vapor que, heridas
por la última luz del crepúsculo, semejaban inmensas serpientes de
colores.
Fija la mirada en aquel fantástico ejército de nubes que parecían
correr al asalto de la peña sobre cuyo pico iba á morir la bruja,
yo estaba esperando por instantes cuándo se abrían sus senos para
abortar á la diabólica multitud de espíritus malignos, comenzando una
lucha horrible al borde del derrumbadero, entre los que estaban allí
para hacer justicia en la bruja y los demonios que, en pago de sus
muchos servicios, vinieran á ayudarla en aquel amargo trance.
--Y por fin--exclamé interrumpiendo el animado cuento de mi
interlocutor, é impaciente ya por conocer el desenlace,--¿en qué
acabó todo ello? ¿Mataron á la vieja? Porque yo creo que por muchos
conjuros que recitara la bruja y muchas señales que usted viese
en las nubes y en cuanto le rodeaba, los espíritus malignos se
mantendrían quietecitos cada cual en su agujero, sin mezclarse para
nada en las cosas de la tierra. ¿No fué así?
--Así fué, en efecto. Bien porque en su turbación la bruja no
acertara con la fórmula ó, lo que yo más creo, por ser viernes,
día en que murió Nuestro Señor Jesucristo, y no haber acabado aún
las vísperas, durante las que los malos no tienen poder alguno,
ello es que, viendo que no concluía nunca con su endiablada
monserga, un mozo le dijo que acabase, y levantando en alto el
cuchillo, se dispuso á herirla. La vieja entonces, tan humilde, tan
hipocritona hasta aquel punto, se puso de pie con un movimiento
tan rápido como el de una culebra enroscada á la que se pisa y
despliega sus anillos irguiéndose llena de cólera.--¡Oh! no; ¡no
quiero morir, no quiero morir!--decía;--¡dejadme ú os morderé las
manos con que me sujetáis!... Pero aún no había pronunciado estas
palabras, abalanzándose á sus perseguidores, fuera de sí, con las
greñas sueltas, los ojos inyectados en sangre, y la hedionda boca
entreabierta y llena de espuma, cuando la oí arrojar un alarido
espantoso, llevarse por dos ó tres veces las manos al costado con
grande precipitación, mirárselas y volvérselas á mirar maquinalmente,
y por último, dando tres ó cuatro pasos vacilantes como si estuviese
borracha, la vi caer al derrumbadero. Uno de los mozos á quien la
bruja hechizó á una hermana, la más hermosa, la más buena del lugar,
la había herido de muerte en el momento en que sintió que le clavaba
en el brazo sus dientes negros y puntiagudos. ¿Pero cree usted que
acabó ahí la cosa? Nada menos que eso: la vieja de Lucifer tenía
siete vidas como los gatos. Cayó por un derrumbadero donde cualquiera
otro á quien se le resbalase un pie no pararía hasta lo más hondo,
y ella, sin embargo, tal vez porque el diablo le quitó el golpe ó
porque los harapos de las sayas la enredaron en los zarzales, quedó
suspendida de uno de los picos que erizan la cortadura, barajándose
y retorciéndose allí como un reptil colgado por la cola. ¡Dios, cómo
blasfemaba! ¡Qué imprecaciones tan horribles salían de su boca!
Se estremecían las carnes y se ponían de punta los cabellos sólo
de oirla... Los mozos seguían desde lo alto todas sus grotescas
evoluciones, esperando el instante en que se desgarraría el último
jirón de la saya á que estaba sujeta, y rodaría dando tumbos, de
pico en pico, hasta el fondo del barranco; pero ella con el ansia
de la muerte y sin cesar de proferir, ora horribles blasfemias, ora
palabras santas mezcladas de maldiciones, se enroscaba en derredor
de los matorrales; sus dedos largos, huesosos y sangrientos, se
agarraban como tenazas á las hendiduras de las rocas, de modo que
ayudándose de las rodillas, de los dientes, de los pies y de las
manos, quizás hubiese conseguido subir hasta el borde, si algunos de
los que la contemplaban y que llegaron á temerlo así, no hubiesen
levantado en alto una piedra gruesa, con la que le dieron tal
cantazo en el pecho, que piedra y bruja bajaron á la vez saltando
de escalón en escalón por entre aquellas puntas calcáreas, afiladas
como cuchillos, hasta dar, por último, en ese arroyo que se ve en
lo más profundo del valle... Una vez allí, la bruja permaneció un
largo rato inmóvil, con la cara hundida entre el légamo y el fango
del arroyo que corría enrojecido con la sangre; después, poco á poco,
comenzó como á volver en sí y á agitarse convulsivamente. El agua
cenagosa y sangrienta saltaba en derredor batida por sus manos, que
de vez en cuando se levantaban en el aire crispadas y horribles, no
sé si implorando piedad, ó amenazando aún en las últimas ansias...
Así estuvo algún tiempo removiéndose y queriendo inútilmente sacar
la cabeza fuera de la corriente buscando un poco de aire, hasta
que al fin se desplomó muerta; muerta del todo, pues los que la
habíamos visto caer y conocíamos de lo que es capaz una hechicera
tan astuta como la _tía Casca_, no apartamos de ella los ojos hasta
que, completamente entrada la noche, la oscuridad nos impidió
distinguirla, y en todo este tiempo no movió pie ni mano; de modo que
si la herida y los golpes no fueron bastantes á acabarla, es seguro
que se ahogó en el riachuelo cuyas aguas tantas veces había embrujado
en vida para hacer morir nuestras reses.--¡Quien en mal anda, en mal
acaba!--exclamamos después de mirar una última vez al fondo oscuro
del despeñadero; y santiguándonos santamente y pidiendo á Dios nos
ayudase en todas las ocasiones, como en aquella, contra el diablo y
los suyos, emprendimos con bastante despacio la vuelta al pueblo,
en cuya desvencijada torre las campanas llamaban á la oración á los
vecinos devotos.
Cuando el pastor terminó su relato, llegábamos precisamente á la
cumbre más cercana al pueblo, desde donde se ofreció á mi vista el
castillo oscuro é imponente con su alta torre del homenaje, de
la que sólo queda en pie un lienzo de muro con dos saeteras, que
transparentaban la luz y parecían los ojos de un fantasma. En aquel
castillo, que tiene por cimiento la pizarra negra de que está formado
el monte, y cuyas vetustas murallas, hechas de pedruscos enormes,
parecen obras de titanes, es fama que las brujas de los contornos
tienen sus nocturnos conciliábulos.
La noche había cerrado ya, sombría y nebulosa. La luna se dejaba
ver á intervalos por entre los jirones de las nubes que volaban en
derredor nuestro, rozando casi con la tierra, y las campanas de
Trasmoz dejaban oir lentamente el toque de oraciones, como al final
de la horrible historia que me acababan de referir.
Ahora que estoy en mi celda tranquilo, escribiendo para ustedes
la relación de estas impresiones extrañas, no puedo menos de
maravillarme y dolerme de que las viejas supersticiones tengan
todavía tan hondas raíces entre las gentes de las aldeas, que den
lugar á sucesos semejantes; pero, ¿por qué no he de confesarlo?
sonándome aún las últimas palabras de aquella temerosa relación,
teniendo junto á mí á aquel hombre que tan de buena fe imploraba la
protección divina para llevar á cabo crímenes espantosos, viendo á
mis pies el abismo negro y profundo en donde se revolvía el agua
entre las tinieblas, imitando gemidos y lamentos, y en lontananza
el castillo tradicional, coronado de almenas oscuras, que parecían
fantasmas asomadas á los muros, sentí una impresión angustiosa, mis
cabellos se erizaron involuntariamente, y la razón, dominada por la
fantasía, á la que todo ayudaba, el sitio, la hora y el silencio de
la noche, vaciló un punto, y casi creí que las absurdas consejas de
las brujerías y los maleficios pudieran ser posibles.
_Postdata._--Al terminar esta carta y cuando ya me disponía á
escribir el sobre, la muchacha que me sirve y que ha concluído en
este instante de arreglar los trebejos de la cocina y de apagar la
lumbre, armada de un enorme candil de hierro, se ha colocado junto á
mi mesa á esperar, como tiene de costumbre siempre que me ve escribir
de noche, que le entregue la carta que ella á su vez dará mañana al
correo, el cual baja de Añón á Tarazona al romper el día. Sabiendo
que es de un lugar inmediato á Trasmoz y que en este último pueblo
tiene gran parte de su familia, me ha ocurrido preguntarle si conoció
á la _tía Casca_, y si sabe alguna particularidad de sus hechizos
famosos en todo el Somontano. No pueden ustedes figurarse la cara que
ha puesto al oir el nombre de la bruja, ni la expresión de medrosa
inquietud con que ha vuelto la vista á su alrededor, procurando
iluminar con el candil los rincones oscuros de la celda, antes de
responderme. Después de practicada esta operación, y con voz baja y
alterada, sin contestar á mi interpelación, me ha preguntado á su vez:
--¿Sabe usted en qué día de la semana estamos?
--No, chica--le respondí;--pero ¿á qué conduce saber el día de la
semana?
--Porque si es viernes, no puedo despegar los labios sobre ese
asunto. Los viernes, en memoria de que Nuestro Señor Jesucristo murió
en semejante día, no pueden las brujas hacer mal á nadie; pero en
cambio oyen desde su casa cuanto se dice de ellas, aunque sea al oído
y en el último rincón del mundo.
--Tranquilízate por ese lado, pues á lo que yo puedo colegir de la
proximidad del último domingo, todo lo más, andaremos por el martes ó
el miércoles.
--No es esto decir que yo le tenga miedo á la bruja, pues de los
míos sólo á mi hermana la mayor, al _pequeñico_ y á mi padre puede
hacerles mal.
--¡Calle! ¿y en qué consiste el privilegio?
--En que al echarnos el agua no se equivocó el cura ni dejó olvidada
ninguna palabra del credo.
--¿Y eso se lo has ido tú á preguntar al cura tal vez?
--¡Quiá! No, señor: el cura no se acordaría. Se lo hemos preguntado á
un cedazo.
--Que es el que debe saberlo... No me parece mal. ¿Y cómo se entra en
conversación con un cedazo? Porque eso debe de ser curioso.
--Verá usted... después de las doce de la noche, pues las brujas,
que lo quisieran impedir no tienen poder sino desde las ocho hasta
esa hora, se toma el cedazo, se hacen sobre él tres cruces con la
mano izquierda, y suspendiéndole en el aire, cogido por el aro
con las puntas de unas tijeras, se le pregunta. Si se ha olvidado
alguna palabra del credo, da vueltas por sí solo, y si no, se está
_quietico, quietico_, como la hoja en el árbol cuando no se mueve una
paja de aire.
--¿Según eso, tú estás completamente tranquila de que no han de
embrujarte?
--Lo que es por mí, completamente; pero sin embargo, mirando por los
de la casa, cuido siempre de hacer antes de dormirme una cruz en el
hogar con las tenazas para que no entren por la chimenea, y tampoco
se me olvida poner la escoba en la puerta con el palo en el suelo.
--¡Ah! vamos; ¿con que la escoba que encuentro algunas mañanas á
la puerta de mi habitación con las palmas hacia arriba y que me ha
hecho pensar que era uno de tus frecuentes olvidos, no estaba allí
sin su misterio? Pero se me ocurre preguntar una cosa: si ya mataron
á la bruja y, una vez muerta, su alma no puede salir del precipicio
donde por permisión divina anda penando, ¿contra quién tomas esas
precauciones?
--¡Toma, toma! Mataron á una; pero como que son una familia entera y
verdadera, que desde hace un siglo ó dos vienen heredando el unto de
unas en otras, se acabó con una _tía Casca_, pero queda su hermana,
y cuando acaben con ésta, que acabarán también, le sucederá su hija,
que aún es moza, y ya dicen que tiene sus puntos de hechicera.
--¿Según lo que veo, esa es una dinastía secular de brujas que se
vienen sucediendo regularmente por la línea femenina desde los
tiempos más remotos?
--Yo no sé lo que son; pero lo que puedo decirle es que acerca de
estas mujeres se cuenta en el pueblo una historia muy particular, que
yo he oído referir algunas veces en las noches de invierno.
--Pues vaya, deja ese candil en el suelo, acerca una silla y
refiéreme esa historia, que yo me parezco á los niños en mis
aficiones.
--Es que esto no es cuento.
--Ó historia, como tú quieras--añadí por último, para tranquilizarla
respecto á la entera fe con que sería acogida la relación por mi
parte.
La muchacha, después de colgar el candil en un clavo, y de pie á una
respetuosa distancia de la mesa, por no querer sentarse, á pesar de
mis instancias, me ha referido la historia de las brujas de Trasmoz,
historia original que yo á mi vez contaré á ustedes otro día, pues
ahora voy acostarme con la cabeza llena de brujas, hechicerías y
conjuros, pero tranquilo, porque, al dirigirme á mi alcoba, he visto
el escobón junto á la puerta haciéndome la guardia, más tieso y
formal que un alabardero en día de ceremonia.
[Ilustración]
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