CARTA QUINTA

Queridos amigos: Entre los muchos sitios pintorescos y llenos de

carácter que se encuentran en la antigua ciudad de Tarazona, la plaza

del Mercado es sin duda alguna el más original y digno de estudio.

Parece que no ha pasado para ella el tiempo que todo lo destruye

ó altera. Al verse en mitad de aquel espacio de forma irregular y

cerrado por lienzos de edificios á cual más caprichoso y vetusto,

nadie diría que nos hallamos en pleno siglo XIX, siglo amante de

la novedad por excelencia, siglo aficionado hasta la exageración á

lo flamante, lo limpio y lo uniforme. Hay cosas que son más para

vistas que para trasladadas al lienzo, siquiera el que lo intente

sea un artista consumado, y esta plaza es una de ellas. Adonde no

alcanza, pues, ni la paleta del pintor con sus infinitos recursos,

¿cómo podrá llegar mi pluma, sin más medios que la palabra, tan

pobre, tan insuficiente para dar idea de lo que es todo un efecto de

líneas, de claroscuro, de combinación de colores, de detalles que

se ofrecen juntos á la vista, de rumores y sonidos que se perciben

á la vez, de grupos que se forman y se deshacen, de movimiento que

no cesa, de luz que hiere, de ruido que aturde, de vida, en fin,

con sus múltiples manifestaciones, imposibles de sorprender con sus

infinitos accidentes ni aun merced á la cámara fotográfica? Cuando

se acomete la difícil empresa de descomponer esa extraña armonía

de la forma, el color y el sonido; cuando se intenta dar á conocer

sus pormenores, enumerando unas tras otras las partes del todo, la

atención se fatiga, el discurso se embrolla y se pierde por completo

la idea de la íntima relación que estas cosas tienen entre sí, el

valor que mutuamente se prestan al ofrecerse reunidas á la mirada

del espectador, para producir el efecto del conjunto, que es, á no

dudarlo, su mayor atractivo.

Renuncio, pues, á describir el panorama del mercado con sus extensos

soportales, formados de arcos macizos y redondos sobre los que

gravitan esas construcciones voladas tan propias del siglo XVI,

llenas de tragaluces circulares, de rejas de hierro labradas á

martillo, de balcones imposibles de todas formas y tamaños, de

aleros puntiagudos y de canes de madera, ya medio podrida y cubierta

de polvo, que deja ver á trechos el costoso entalle, muestra de su

primitivo esplendor.

Los mil y mil accidentes pintorescos que á la vez cautivan el ánimo y

llaman la vista como reclamando la prioridad de la descripción; las

dobles hileras de casuquillas de extraño contorno y extravagantes

proporciones, éstas altas y estrechas como un castillo, aquéllas

chatas y agazapadas entre el ángulo de un templo y los muros de un

palacio como una verruga de argamasa y escombros; los recortados

lienzos de edificios con un remiendo moderno, un trozo de piedra

que acusa su antigüedad, un escudo de pizarra que oculta casi el

rótulo de una mercería, un retablillo con una imagen de la Purísima

y su farol ahumado y diminuto, ó el retorcido tronco de una vid

que sale del interior por un agujero practicado en la pared y sube

hasta sombrear con un toldo de verdura el alféizar de un ajimez

árabe, confundidos y entremezclados en mi memoria con el recuerdo

de la monumental fachada de la casa-ayuntamiento, con sus figuras

colosales de granito, sus molduras de hojarasca, sus frisos por

donde se extiende una larga y muda procesión de guerreros de piedra,

precedidos de timbales y clarines, sus torres cónicas, sus arcos

chatos y fuertes, y sus blasones soportados por ángeles y grifos

rampantes, forman en mi cabeza un caos tan difícil de desembrollar en

este momento, que si ustedes con su imaginación no hacen en él la luz

y lo ordenan, y colocan á su gusto todas estas cosas que yo arrojo

á granel sobre las cuartillas, las figuras de mi cuadro se quedarán

sin fondo, los actores de mi comedia se agitarán en un escenario sin

decoración ni acompañamiento.

Figúrense ustedes, pues, partiendo de estos datos; como mejor les

plazca, el mercado de Tarazona: figúrense ustedes que ven, por

aquí cajones formados de tablas y esteras, tenduchos levantados de

improviso con estacas y lienzos, mesillas cojas y contrahechas,

bancos largos y oscuros, y por allá cestos de frutas que ruedan

hasta el arroyo, montones de hortalizas frescas y verdes, rimeros

de panes blancos y rubios, trozos de carne que cuelgan de garfios

de hierro, tenderetes de ollas, pucheros y platos, guirnaldas de

telas de colorines, pañuelos de tintas rabiosas, zapatos de cordobán

y alpargatas de cáñamo que engalanan los soportales, sujetos con

cordeles de columna á columna, y figúrense ustedes circulando por

medio de ese pintoresco cúmulo de objetos, producto de la atrasada

agricultura y la pobre industria de este rincón de España, una

multitud abigarrada de gentes que van y vienen en todas direcciones,

paisanos con sus mantas de rayas, sus pañuelos rojos unidos á las

sienes, su faja morada y su calzón estrecho, mujeres de los lugares

circunvecinos con sayas azules, verdes, encarnadas y amarillas: por

este lado un señor antiguo, de los que ya sólo aquí se encuentran,

con su calzón corto, su media de lana oscura y su sombrero de

copa; por aquel un estudiante con sus manteos y su tricornio, que

recuerdan los buenos tiempos de Salamanca y chiquillos que corren

y vocean, caballerías que cruzan, vendedores que pregonan, una

interjección característica por acá, los desaforados gritos de los

que disputan y riñen, todo envuelto y confundido con ese rumor sin

nombre que se escapa de las reuniones populares, donde todos hablan,

se mueven y hacen ruido á la vez, mientras se codean, avanzan,

retroceden, empujan ó resisten, llevados por el oleaje de la multitud.

La primera vez que tuve ocasión de presenciar este espectáculo lleno

de animación y de vida, perdido entre los numerosos grupos que

llenaban la plaza de un extremo á otro, apenas pude darme cuenta

exacta de lo que sucedía á mi alrededor. La novedad de los tipos, los

trajes y las costumbres; el extraño aspecto de los edificios y las

tiendecillas, encajonadas unas entre dos pilares de mármol, otras

bajo un arco severo é imponente, ó levantadas al aire libre sobre

tres ó cuatro palitroques; hasta el pronunciado y especial acento

de los que voceaban pregonando sus mercancías, nuevo completamente

para mí, eran causa más que bastante á producirme ese aturdimiento

que hace imposible la percepción detallada de un objeto cualquiera.

Mis miradas, vagando de un punto á otro sin cesar un momento, no

tenían ni voluntad propia para fijarse en un sitio. Así estuve cerca

de una hora cruzando en todos sentidos la plaza, á la que, por ser

día de fiesta y uno de los más clásicos de mercado, había acudido

más gente que de costumbre, cuando en uno de sus extremos y cerca de

una fuente donde unos lavaban las verduras, otros recogían agua en

un cacharro ó daban de beber á sus caballerías, distinguí un grupo

de muchachas que, en su original y airoso atavío, en sus maneras

y hasta en su particular modo de expresarse, conocí que serían de

alguno de los pueblos de las inmediaciones de Tarazona, donde más

puras y primitivas se conservan las antiguas costumbres y ciertos

tipos del alto Aragón. En efecto, aquellas muchachas, cuya fisonomía

especial, cuya desenvoltura varonil, cuyo lenguaje mezclado de las

más enérgicas interjecciones, contrastaba de un modo notable con

la expresión de ingenua sencillez de sus rostros, con su extremada

juventud y con la inocencia que descubren á través del somero barniz

de malicia de su alegre dicharacheo, se distinguían tanto de las

otras mujeres de las aldeas y lugares de los contornos que, como

ellas, vienen al mercado de la ciudad, que desde luego se despertó

en mí la idea de hacer un estudio más detenido de sus costumbres,

enterándome del punto de que procedían y el género de tráfico en que

se ocupaban.

So pretexto de ajustar una carga de leña de las varias que tenían

sobre algunos borriquillos pequeños, huesosos y lanudos, trabé

conversación con una de las que me parecieron más juiciosas y

formales, mientras las otras nos aturdían con sus voces, sus

risotadas ó sus chistes, pues es tal la fama de alegres y decidoras

que tienen entre las gentes de la ciudad, que no hay seminarista

desocupado ó zumbón que al pasar no les diga alguna cosa, seguro

de que no ha de faltarles una ocurrencia oportuna y picante para

responderles.

Mi conversación, en la que por incidencia toqué dos ó tres puntos

de los que deseaba aclarar, fué por lo tanto todo lo insuficiente

que, dadas las condiciones del sitio y de mis interlocutoras, se

podía presumir. Supe, no obstante, que eran de Añón, pueblecito que

dista unas tres horas de camino de Tarazona, y que en mis paseos

alrededor de esta abadía, he tenido ocasión de ver varias veces muy

en lontananza y casi oculto por las gigantescas ondulaciones del

Moncayo, en cuya áspera falda tiene su asiento, y que su ocupación

diaria consistía en ir y venir desde su aldea á la ciudad, donde

traían un pequeño comercio con la leña que en gran abundancia les

suministran los montes, entre los cuales viven. Estas noticias,

aunque vulgares, escasas y unidas á las que después pude adquirir por

el dueño del parador en que estuve los dos ó tres días que permanecí

en Tarazona, en aquella ocasión sólo sirvieron para avivar mi deseo

de conocer más á fondo las costumbres de este tipo particular de

mujeres, en las que desde luego llaman la atención sus rasgos de

belleza nada comunes y su aire resuelto y gracioso.

Esto aconteció hará cosa de tres ó cuatro meses, en el intervalo

de los cuales, todas las mañanas, antes de salir el sol, y

confundiéndose con la algarabía de los pájaros, llegaban hasta mi

celda, sacándome á veces de mi sueño, las voces alegres y sonoras,

aunque un tanto desgarradas, de esas mismas muchachas que, mordiendo

un tarugo de pan negro, cantando á grito herido, é interrumpiendo su

canción para arrear el borriquillo en que conducen la carga de leña,

atraviesan impávidas con fríos y calores, con nieves ó tormentas,

las tres leguas mortales de precipicios y alturas que hay desde su

lugar á Tarazona. Últimamente, como ya dije á ustedes en mi anterior,

el tiempo y mis dolencias, poniéndose de acuerdo para dar un punto

de reposo, el uno en sus continuas variaciones y las otras en sus

diarias incomodidades, me han permitido satisfacer en parte la

curiosidad, visitando los lugares del Somontano, entre los que se

encuentra Añón, sin duda alguna el más original por sus costumbres y

el más pintoresco por sus alrededores y posición topográfica. En mi

corta visita á este lugar, me expliqué perfectamente por qué en el

aire y en la fisonomía de las añoneras hay algo de extraordinario,

algo que las particulariza y distingue de entre todas las mujeres del

país. Sus costumbres, su educación especial y su género de vida, son,

en efecto, diversos de los de aquellos pueblos. Añón, que en otra

época perteneció á los caballeros de San Juan, cuya Orden mantiene

aún en él un priorato, está situado sobre una altura en el punto en

que comienza el áspero bosque de carrascas, que cubre como una sábana

de verdura la base del monte.

Cuando lo tenían por sí los caballeros de la Orden hospitalaria,

debió de ser lugar fuerte y cerrado; hoy sólo quedan como testigos

de su pasado esplendor las colosales ruinas de un castillo de

inmensas proporciones, y algunos lienzos de muro que ya se esconden,

ya aparecen por entre los rojizos tejados de las casas que se

agrupan en derredor de estos despojos. Cada uno de los pueblos de

estas cercanías tiene una reducida llanura propia para el cultivo;

sólo Añón, encaramado sobre sus rocas, sin el recurso siquiera del

monte, que ya no le pertenece, sin otras tierras para sembrar que

los pequeños remansos que forma una de sus laderas que se degrada

en ásperos escalones, necesita apelar á su ingenio y á un trabajo

rudo y peligroso para sostenerse. Yo no sabré decir á ustedes si

esto proviene de que los hombres se ocupaban de muy antiguo en el

servicio de los caballeros, por lo cual tenían abandonadas sus casas

al dominio de las mujeres, ó de otra causa cualquiera que yo no me

he podido explicar; ello es, que en este pueblo hay algo de lo que

nos refieren las fábulas de las amazonas, ó de lo que habrán ustedes

tenido ocasión de ver en la _Isla de San Balandrán_. No es esto decir

que el sexo feo y fuerte deje de serlo tanto cuanto es necesario

para justificar ampliamente estos apelativos; pero la población

femenina se agita tan en primer término, desempeña un papel tan

activo en la vida pública, trabaja y va y viene de un punto á otro

con tal resolución y desenfado, que puede asegurarse que ella es la

que da el carácter al lugar, y la que lo hace conocido y famoso en

veinte leguas á la redonda. En la plaza de Tarazona, teatro de sus

habilidades, en los caminos que atraviesa cantando, en el monte,

adonde va á buscar furtivamente su mercancía, en las fiestas del

lugar, en cualquier parte que se encuentre, si una vez se ha visto á

una añonera, es imposible confundirla con las demás aldeanas.

La escasa comunicación que tienen estos pueblecillos entre sí, es

el origen de las radicales diferencias que se notan á primera vista

entre los habitantes, aun de los más próximos. Dentro del tipo

aragonés, que es el general á todos ellos, hay infinitos matices que

caracterizan á cada región de la provincia, á cada aldea de por sí.

El tipo de las añoneras es uno con muy leves alteraciones; su traje

idéntico, sus costumbres y su índole las mismas siempre.

Más esbeltas que altas, en lo erguido del talle, en el brío con

que caminan, en la elasticidad de sus músculos, en la prontitud de

todos sus movimientos, revelan la fuerza de que están dotadas y la

resolución de su ánimo. Sus facciones, curtidas por el viento y el

sol, ofrecen rasgos perfectamente regulares, mezclándose en ellas

con extraña armonía la volubilidad y ese no sé qué imposible de

definir que constituye la gracia, con esa leve expresión de la osadía

que dilata imperceptiblemente la nariz y pliega el labio en ademán

desdeñoso. Nada más pintoresco y sencillo á la vez que su traje. Un

apretador de colores vivos les ciñe la cintura y deja ver la camisa,

blanca como la nieve, que se pliega en derredor del cuello, sobre

el que se levanta erguida, morena y varonil, la cabeza coronada de

cabellos oscuros y abundantes. Una saya corta, airosa y encarnada ó

amarilla, les llega justamente hasta el punto de la pierna en que se

atan las abarcas con un listón negro, que sube serpenteando sobre la

media azul hasta bastante más arriba del tobillo.

Acostumbradas casi desde que nacen á saltar de roca en roca por entre

las quebraduras del monte, su pie adquiere esa firmeza peculiar de

todos los habitantes de las montañas, hasta el punto de que algunas

veces da miedo cuando se las mira atravesar un sendero estrecho que

bordea un barranco, emparejadas con el borriquillo que conduce la

leña y saltando de una piedra en otra de las que costean el camino.

Así andan las leguas, tal vez en ayunas, pero siempre riendo,

siempre cantando, siempre de humor para cambiar una cuchufleta con

sus compañeros de viaje. Y no hay miedo de que su cabeza vacile

al atravesar un sitio peligroso, ó su ligero paso se acorte al

llegar á lo último de la penosa jornada; su vista tiene algo de

la fijeza é intensidad de la del águila, acaso porque como ella

se ha acostumbrado á medir indiferente los abismos; sus miembros,

endurecidos con la costumbre del trabajo, soportan las fatigas más

rudas sin que el cansancio los entorpezca un instante.

Sólo de este modo les es posible vivir en medio de la miseria que las

agobia. Cuando la noche es más oscura; cuando la nieve borra hasta

las lindes de los senderos; cuando supone que los guardas de los

montes del Estado no se atreverán á aventurarse por aquellas brechas

profundas y aquellos bosques de árboles intrincados y sombríos,

entonces la añonera, desafiando todos los peligros, adivinando las

sendas, sufriendo el temporal, escuchando por uno y otro lado los

aullidos de los lobos, sale furtivamente de su lugar. Más bien que

baja, puede decirse que se descuelga de roca en roca hasta el último

valle que lo separa del Moncayo; armada del hacha penetra en el

laberinto de carrascas oscuras, á cuyo pie nacen espinos y zarzas

en montón, y descargando rudos golpes con una fuerza y una agilidad

inconcebibles, hace su acopio de leña, que después oculta para

conducirla poco á poco, primero á su casa y más tarde á Tarazona,

donde recibe por su trabajo material, por los peligros que afronta

y las fatigas que sufre, seis ó siete reales á lo sumo. Francamente

hablando, hay en este mundo desigualdades que asustan.

¿Quién puede sospechar que á la misma hora en que nuestras grandes

damas de la corte se agrupan en el peristilo del teatro Real,

envueltas en sus calientes y vistosos albornoces, y esperan el

carruaje que ha de conducirlas sobre blandos almohadones de seda á

su palacio, otras mujeres, hermosas quizás como ellas, como ellas

débiles al nacer, sacuden de cuando en cuando la cabeza de un lado á

otro para desparcir la nieve que se les amontona encima, en tanto

que rodeadas de oscuridad profunda, de peligros y de sobresaltos,

hacen resonar el bosque con el crujido de los troncos que caen

derribados á los golpes del hacha?

Grandes, inmensas desigualdades existen, no cabe duda; pero también

es cierto que todas tienen su compensación. Yo he visto levantarse

agitado y dejar escapar un comprimido sollozo á más de un pecho

cubierto de leve gasa y seda; yo he visto más de una altiva frente

inclinarse triste y sin color como agobiada bajo el peso de su

espléndida diadema de pedrería; en cambio, hoy como ayer, sigue

despertándome el alegre canto de las añoneras que pasan por delante

de las puertas del monasterio para dirigirse á Tarazona; mañana como

hoy, si salgo al camino ó voy á buscarlas al mercado, las encontraré

riendo y en continua broma, felices con sus seis reales, satisfechas,

porque llevarán un pan negro á su familia, ufanas con la satisfacción

de que á ellas se deben la burda saya que visten y el bocado de pan

que comen.

Dios, aunque invisible, tiene siempre una mano tendida para levantar

por un extremo la carga que abruma al pobre. Si no, ¿quién subiría la

áspera cumbre de la vida con el pesado fardo de la miseria al hombro?

[Ilustración]

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Obras escogidas · 第 72 / 158 题