Queridos amigos: El tiempo, que hasta aquí se mantenía revuelto y
mudable, ha sufrido últimamente una nueva é inesperada variación,
cosa, á la verdad, poco extraña á estas alturas, donde la proximidad
del Moncayo nos tiene de continuo como á los espectadores de una
comedia de magia, embobados y suspensos con el rápido mudar de las
decoraciones y de las escenas. Á las alternativas de frío y calor,
de aires y de bochorno de una primavera, que en cuanto á desigual y
caprichosa nada tiene que envidiar á la que disfrutan ustedes en la
coronada villa, ha sucedido un tiempo constante, sereno y templado.
Merced á estas circunstancias y á encontrarme bastante mejor de las
dolencias que cuando no me imposibilitan del todo, me quitan por
lo menos el gusto para las largas expediciones, he podido dar una
gran vuelta por estos contornos y visitar los pintorescos lugares
del Somontano. Fuera del camino, ya trepando de roca en roca, ya
siguiendo el curso de una huella ó las profundidades de una cañada,
he vagado tres ó cuatro días de un punto á otro por donde me llamaban
el atractivo de la novedad, un sitio inexplorado, una senda quebrada,
una punta al parecer inaccesible.
No pueden ustedes figurarse el botín de ideas é impresiones que,
para enriquecer la imaginación, he recogido en esta vuelta por un
país virgen aún y refractario á las innovaciones civilizadoras. Al
volver al monasterio, después de haberme detenido aquí para recoger
una tradición oscura de boca de una aldeana, allá para apuntar los
fabulosos datos sobre el origen de un lugar ó la fundación de un
castillo, trazar ligeramente con el lápiz el contorno de una casuca
medio árabe, medio bizantina, un recuerdo de las costumbres, ó un
tipo perfecto de los habitantes, no he podido menos de recordar el
antiguo y manoseado símil de las abejas que andan revoloteando de
flor en flor y vuelven á su colmena cargadas de miel. Los escritores
y los artistas debían hacer con frecuencia algo de esto mismo. Sólo
así podríamos recoger la última palabra de una época que se va, de la
que sólo quedan hoy algunos rastros en los más apartados rincones de
nuestras provincias, y de la que apenas restará mañana un recuerdo
confuso.
Yo tengo fe en el porvenir: me complazco en asistir mentalmente á
esa inmensa é irresistible invasión de las nuevas ideas que van
transformando poco á poco la faz de la humanidad, que merced á sus
extraordinarias invenciones fomentan el comercio de la inteligencia,
estrechan el vínculo de los países, fortificando el espíritu de
las grandes nacionalidades, y borrando, por decirlo así, las
preocupaciones y las distancias, hacen caer unas tras otras las
barreras que separan á los pueblos. No obstante, sea cuestión de
poesía, sea que es inherente á la naturaleza frágil del hombre
simpatizar con lo que perece y volver los ojos con cierta triste
complacencia hacia lo que ya no existe, ello es que en el fondo de
mi alma consagro como una especie de culto, una veneración profunda
á todo lo que pertenece al pasado, y las poéticas tradiciones, las
derruídas fortalezas, los antiguos usos de nuestra vieja España,
tienen para mí todo ese indefinible encanto, esa vaguedad misteriosa
de la puesta del sol de un día espléndido, cuyas horas, llenas de
emociones, vuelven á pasar por la memoria vestidas de colores y de
luz, antes de sepultarse en las tinieblas en que se han de perder
para siempre.
Cuando no se conocen ciertos períodos de la historia más que por
la incompleta y descarnada relación de los enciclopedistas, ó
por algunos restos diseminados como los huesos de un cadáver, no
pudiendo apreciar ciertas figuras desasidas del verdadero fondo del
cuadro en que estaban colocadas, suele juzgarse de todo lo que fué
con un sentimiento de desdeñosa lástima ó un espíritu de aversión
intransigente; pero si se penetra, merced á un estudio concienzudo,
en algunos de sus misterios, si se ven los resortes de aquella gran
máquina que hoy juzgamos absurda al encontrarla rota, si, merced á
un supremo esfuerzo de la fantasía ayudada por la erudición y el
conocimiento de la época, se consigue condensar en la mente algo
de aquella atmósfera de arte, de entusiasmo, de virilidad y de fe,
el ánimo se siente sobrecogido ante el espectáculo de su múltiple
organización, en que las partes relacionadas entre sí correspondían
perfectamente al todo, y en que los usos, las leyes, las ideas y
las aspiraciones se encontraban en una armonía maravillosa. No es
esto decir que yo desee para mí ni para nadie la vuelta de aquellos
tiempos. Lo que ha sido no tiene razón de ser nuevamente, y no será.
Lo único que yo desearía es un poco de respetuosa atención para
aquellas edades, un poco de justicia para los que lentamente vinieron
preparando el camino por donde hemos llegado hasta aquí, y cuya obra
colosal quedará acaso olvidada por nuestra ingratitud é incuria.
La misma certeza que tengo de que nada de lo que desapareció ha de
volver, y que en la lucha de las ideas, las nuevas han herido de
muerte á las antiguas, me hace mirar cuanto con ellas se relaciona
con algo de esa piedad que siente hacia el vencido un vencedor
generoso. En este sentimiento hay también un poco de egoísmo. La
vida de una nación, á semejanza de la del hombre, parece como que
se dilata con la memoria de las cosas que fueron, y á medida que
es más viva y más completa su imagen, es más real esa segunda
existencia del espíritu en lo pasado, existencia preferible y más
positiva tal vez que la del punto presente. Ni de lo que está
siendo ni de lo que será, puede aprovecharse la inteligencia para
sus altas especulaciones: ¿qué nos resta, pues, de nuestro dominio
absoluto, sino la sombra de lo que ha sido? Por eso, al contemplar
los destrozos causados por la ignorancia, el vandalismo ó la envidia
durante nuestras últimas guerras; al ver todo lo que en objetos
dignos de estimación, en costumbres peculiares y primitivos recuerdos
de otras épocas, se ha extraviado y puesto en desuso de sesenta años
á esta parte; lo que las exigencias de la nueva manera de ser social
trastornan y desencajan; lo que las necesidades y las aspiraciones
crecientes desechan ú olvidan, un sentimiento de profundo dolor se
apodera de mi alma, y no puedo menos de culpar el descuido ó el
desdén de los que á fines del siglo pasado pudieron aún recoger
para transmitírnoslas integras las últimas palabras de la tradición
nacional, estudiando detenidamente nuestra vieja España, cuando aún
estaban de pie los monumentos testigos de sus glorias, cuando aún en
las costumbres y en la vida interna quedaban huellas perceptibles de
su carácter.
Pero de esto nada nos queda ya hoy; y sin embargo, ¿quién sabe si
nuestros hijos á su vez nos envidiarán á nosotros, doliéndose de
nuestra ignorancia ó nuestra culpable apatía para transmitirles
siquiera un trasunto de lo que fué un tiempo su patria? ¿Quién sabe
si cuando con los años todo haya desaparecido, tendrán las futuras
generaciones que contentarse y satisfacer su ansia de conocer el
pasado con las ideas más ó menos aproximadas de algún nuevo Cuvier
de la arqueología, que partiendo de algún mutilado resto ó una
vaga tradición lo reconstruya hipotéticamente? Porque no hay duda:
el prosaico rasero de la civilización va igualándolo todo. Un
irresistible y misterioso impulso tiende á unificar los pueblos con
los pueblos, las provincias con las provincias, las naciones con
las naciones, y quién sabe si las razas con las razas. Á medida que
la palabra vuela por los hilos telegráficos, que el ferrocarril se
extiende, la industria se acrecienta, y el espíritu cosmopolita de
la civilización invade nuestro país, van desapareciendo de él sus
rasgos característicos, sus costumbres inmemoriales, sus trajes
pintorescos y sus rancias ideas. Á la inflexible línea recta, sueño
dorado de todas las poblaciones de alguna importancia, se sacrifican
las caprichosas revueltas de nuestros barrios moriscos, tan llenos
de carácter, de misterio y de fresca sombra; de un retablo al que
vivía unida una tradición, no queda aquí más que el nombre escrito
en el azulejo de una bocacalle; á un palacio histórico con sus arcos
redondos y sus muros blasonados, sustituye más allá una manzana de
casas á la moderna; las ciudades, no cabiendo ya dentro de su antiguo
perímetro, rompen el cinturón de fortalezas que las ciñe, y unas tras
otras vienen al suelo las murallas fenicias, romanas, godas ó árabes.
¿Dónde están los canceles y las celosías morunas? ¿Dónde los
pasillos embovedados, los aleros salientes de maderas labradas, los
balcones con su guardapolvo triangular, las ojivas con estrellas
de vidrio, los muros de los jardines por donde rebosa la verdura,
las encrucijadas medrosas, los carasoles de las tafurerías y los
espaciosos atrios de los templos? El albañil, armado de su implacable
piqueta, arrasa los ángulos caprichosos, tira los puntiagudos tejados
ó demuele los moriscos miradores, y mientras el brochista roba á los
muros el artístico color que le han dado los siglos, embadurnándolos
de cal y almagra, el arquitecto los embellece á su modo con carteles
de yeso y cariátides de escayola, dejándolos más vistosos que una
caja de dulces franceses. No busquéis ya los cosos donde justaban
los galanes, las piadosas ermitas albergue de los peregrinos, ó el
castillo hospitalario para el que llamaba de paz á sus puertas. Las
almenas caen unas tras otras de lo alto de los muros y van cegando
los fosos; de la picota feudal sólo queda un trozo de granito
informe, y el arado abre un profundo surco en el patio de armas.
El traje característico del labriego comienza á parecer un disfraz
fuera del rincón de su provincia; las fiestas peculiares de cada
población comienzan á encontrarse ridículas ó de mal gusto por los
más ilustrados, y los antiguos usos caen en olvido, la tradición se
rompe y todo lo que no es nuevo se menosprecia.
Estas innovaciones tienen su razón de ser, y por tanto no seré yo
quien las anatematice. Aunque me entristece el espectáculo de esa
progresiva destrucción de cuanto trae á la memoria épocas que, si
en efecto no lo fueron, sólo por no existir ya nos parecen mejores,
yo dejaría al tiempo seguir su curso y completar sus inevitables
revoluciones, como dejamos á nuestras mujeres ó á nuestras hijas que
arrinconen en un desván los trastos viejos de nuestros padres para
sustituirlos con muebles modernos y de más buen tono; pero ya que
ha llegado la hora de la gran transformación, ya que la sociedad
animada de un nuevo espíritu se apresura á revestirse de una nueva
forma, debíamos guardar, merced al esfuerzo de nuestros escritores
y nuestros artistas, la imagen de todo eso que va á desaparecer,
como se guarda después que muere el retrato de una persona querida.
Mañana, al verlo todo constituído de una manera diversa, al saber que
nada de lo que existe existía hace algunos siglos, se preguntarán los
que vengan detrás de nosotros de qué modo vivían sus padres, y nadie
sabrá responderles; y no conociendo ciertos pormenores de localidad,
ciertas costumbres, el influjo de determinadas ideas en el espíritu
de una generación, que tan perfectamente reflejaran sus adelantos y
sus aspiraciones, leerán la historia sin sabérsela explicar, y verán
moverse á nuestros héroes nacionales con la estupefacción con que los
muchachos ven moverse á una marioneta sin saber los resortes á que
obedece.
Á mí me hace gracia observar cómo se afanan los sabios, qué grandes
cuestiones enredan, y con qué exquisita diligencia se procuran los
datos acerca de las más insignificantes particularidades de la vida
doméstica de los egipcios ó los griegos, en tanto que se ignoran
los más curiosos pormenores de nuestras costumbres propias; cómo
se remontan y se pierden de inducción en inducción, por entre el
laberinto de las lenguas caldaicas, sajonas ó sánscritas, en busca
del origen de las palabras, en tanto que se olvidan de investigar
algo más interesante: el origen de las ideas.
En otros países más adelantados que el nuestro, y donde, por
consiguiente, el ansia de las innovaciones lo ha trastornado todo más
profundamente, se deja ya sentir la reacción en sentido favorable á
este género de estudios; y aunque tarde, para que sus trabajos den el
fruto que se debió esperar, la Edad Media y los períodos históricos
que más de cerca se encadenan con el momento actual, comienzan á
ser estudiados y comprendidos. Nosotros esperaremos regularmente á
que se haya borrado la última huella para empezar á buscarla. Los
esfuerzos aislados de algún que otro admirador de esas cosas, poco ó
casi nada pueden hacer. Nuestros viajeros son en muy corto número, y
por lo regular no es su país el campo de sus observaciones. Aunque
así no fuese, una excursión por las capitales, hoy que en su gran
mayoría están ligadas con la gran red de vías férreas, escasamente
lograría llenar el objeto de los que desean hacer un estudio de esta
índole. Es preciso salir de los caminos trillados, vagar al acaso de
un lugar en otro, dormir medianamente y no comer mejor; es preciso
fe y verdadero entusiasmo por la idea que se persigue para ir á
buscar los tipos originales, las costumbres primitivas y los puntos
verdaderamente artísticos á los rincones donde su oscuridad les sirve
de salvaguardia, y de donde poco á poco los van desalojando la
invasora corriente de la novedad y los adelantos de la civilización.
Todos los días vemos á los gobiernos emplear grandes sumas en enviar
gentes que no sin peligros y dificultades recogen en lejanos países
bichitos, florecitas y conchas.
Porque yo no sea un sabio ni mucho menos, no dejo de conocer la
verdadera importancia que tienen las ciencias naturales; pero la
ciencia moral ¿por qué ha de dejarse en un inexplicable abandono?
¿Por qué al mismo tiempo que se recogen los huesos de un animal
antediluviano, no se han de recoger las ideas de otros siglos
traducidas en objetos de arte y usos extraños, diseminados acá y allá
como los fragmentos de un coloso hecho mil pedazos? Este inmenso
botín de impresiones, de pequeños detalles, de joyas extraviadas,
de trajes pintorescos, de costumbres características animadas y
revestidas de esa vida que presta á cuanto toca una pluma inteligente
ó un lápiz diestro, ¿no creen ustedes como yo que sería de grande
utilidad para los estudios particulares y verdaderamente filosóficos
de un período cualquiera de la historia? Verdad que nuestro fuerte no
es la historia. Si algo hemos de saber en este punto, casi siempre
se ha de tomar algún extranjero el trabajo de decírnoslo del modo
que á él mejor le parece. Pero ¿por qué no se ha de abrir este ancho
campo á nuestros escritores, facilitándoles el estudio y despertando
y fomentando su afición? Hartos estamos de ver en obras dramáticas,
en novelas que se llaman históricas y cuadros que llenan nuestras
exposiciones, asuntos localizados en este ó el otro período de un
siglo cualquiera, y que, cuando más, tienen de ellos un carácter muy
dudoso y susceptible de severa crítica, si los críticos á su vez no
supieran en este punto lo mismo ó menos que los autores y artistas á
quienes han de juzgar.
Las colecciones de trajes y muebles de otros países, los detalles que
acerca de costumbres de remotos tiempos se hallan en las novelas de
otras naciones, ó lo poco ó mucho que nuestros pensionados aprenden
relativo á otros tipos históricos y otras épocas, nunca son idénticos
ni tienen un sello especial; son las únicas fuentes donde bebe su
erudición y forma su conciencia artística la mayoría. Para remediar
este mal, muchos medios podrían proponerse más ó menos eficaces, pero
que al fin darían algún resultado ventajoso. No es mi ánimo, ni he
pensado lo suficiente sobre la materia, el trazar un plan detallado
y minucioso que, como la mayor parte de los que se trazan, no llegue
á realizarse nunca. No obstante, en esta ó en la otra forma, bien
pensionándolos, bien adquiriendo sus estudios ó coadyuvando á que se
diesen á luz, el Gobierno debía fomentar la organización periódica
de algunas expediciones artísticas á nuestras provincias. Estas
expediciones, compuestas de grupos de un pintor, un arquitecto y un
literato, seguramente recogerían preciosos materiales para obras
de grande entidad. Unos y otros se ayudarían en sus observaciones
mutuamente, ganarían en esa fraternidad artística, en ese comercio
de ideas tan continuamente relacionadas entre sí, y sus trabajos
reunidos serían un verdadero arsenal de datos, ideas y descripciones
útiles para todo género de estudios.
Además de la ventaja inmediata que reportaría esta especie de
inventario artístico é histórico de todos los restos de nuestra
pasada grandeza, ¿qué inmensos frutos no daría más tarde esa semilla
de impresiones, de enseñanza y de poesía, arrojada en el alma de
la generación joven, donde iría germinando para desarrollarse tal
vez en lo porvenir? Ya que el impulso de nuestra civilización, de
nuestras costumbres, de nuestras artes y de nuestra literatura viene
del extranjero, ¿por qué no se ha de procurar modificarlo poco á
poco, haciéndolo más propio y más característico con esa levadura
nacional?...
* * * * *
Como introducción al rápido bosquejo de uno de esos tipos originales
de nuestro país, que he podido estudiar en mis últimas correrías,
comencé á apuntar de pasada y á manera de introducción algunas
reflexiones acerca de la utilidad de este género de estudios. Sin
saber cómo ni por dónde, la pluma ha ido corriendo, y me hallo ahora
con que para introducción es esto muy largo, si bien ni por sus
dimensiones y su interés, parece bastante para formar artículo de
por sí. De todos modos, allá van estas cuartillas, valgan por lo
que valieren: que si alguien de más conocimientos é importancia,
una vez apuntada la idea, la desarrolla y prepara la opinión para
que fructifique, no serán perdidas del todo. Yo, entre tanto, voy á
trazar un tipo bastante original y que desconfío de poder reproducir.
Ya que no de otro modo, y aunque poco valga, contribuiré al éxito de
la predicación con el ejemplo.
[Ilustración]
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