CARTA CUARTA

Queridos amigos: El tiempo, que hasta aquí se mantenía revuelto y

mudable, ha sufrido últimamente una nueva é inesperada variación,

cosa, á la verdad, poco extraña á estas alturas, donde la proximidad

del Moncayo nos tiene de continuo como á los espectadores de una

comedia de magia, embobados y suspensos con el rápido mudar de las

decoraciones y de las escenas. Á las alternativas de frío y calor,

de aires y de bochorno de una primavera, que en cuanto á desigual y

caprichosa nada tiene que envidiar á la que disfrutan ustedes en la

coronada villa, ha sucedido un tiempo constante, sereno y templado.

Merced á estas circunstancias y á encontrarme bastante mejor de las

dolencias que cuando no me imposibilitan del todo, me quitan por

lo menos el gusto para las largas expediciones, he podido dar una

gran vuelta por estos contornos y visitar los pintorescos lugares

del Somontano. Fuera del camino, ya trepando de roca en roca, ya

siguiendo el curso de una huella ó las profundidades de una cañada,

he vagado tres ó cuatro días de un punto á otro por donde me llamaban

el atractivo de la novedad, un sitio inexplorado, una senda quebrada,

una punta al parecer inaccesible.

No pueden ustedes figurarse el botín de ideas é impresiones que,

para enriquecer la imaginación, he recogido en esta vuelta por un

país virgen aún y refractario á las innovaciones civilizadoras. Al

volver al monasterio, después de haberme detenido aquí para recoger

una tradición oscura de boca de una aldeana, allá para apuntar los

fabulosos datos sobre el origen de un lugar ó la fundación de un

castillo, trazar ligeramente con el lápiz el contorno de una casuca

medio árabe, medio bizantina, un recuerdo de las costumbres, ó un

tipo perfecto de los habitantes, no he podido menos de recordar el

antiguo y manoseado símil de las abejas que andan revoloteando de

flor en flor y vuelven á su colmena cargadas de miel. Los escritores

y los artistas debían hacer con frecuencia algo de esto mismo. Sólo

así podríamos recoger la última palabra de una época que se va, de la

que sólo quedan hoy algunos rastros en los más apartados rincones de

nuestras provincias, y de la que apenas restará mañana un recuerdo

confuso.

Yo tengo fe en el porvenir: me complazco en asistir mentalmente á

esa inmensa é irresistible invasión de las nuevas ideas que van

transformando poco á poco la faz de la humanidad, que merced á sus

extraordinarias invenciones fomentan el comercio de la inteligencia,

estrechan el vínculo de los países, fortificando el espíritu de

las grandes nacionalidades, y borrando, por decirlo así, las

preocupaciones y las distancias, hacen caer unas tras otras las

barreras que separan á los pueblos. No obstante, sea cuestión de

poesía, sea que es inherente á la naturaleza frágil del hombre

simpatizar con lo que perece y volver los ojos con cierta triste

complacencia hacia lo que ya no existe, ello es que en el fondo de

mi alma consagro como una especie de culto, una veneración profunda

á todo lo que pertenece al pasado, y las poéticas tradiciones, las

derruídas fortalezas, los antiguos usos de nuestra vieja España,

tienen para mí todo ese indefinible encanto, esa vaguedad misteriosa

de la puesta del sol de un día espléndido, cuyas horas, llenas de

emociones, vuelven á pasar por la memoria vestidas de colores y de

luz, antes de sepultarse en las tinieblas en que se han de perder

para siempre.

Cuando no se conocen ciertos períodos de la historia más que por

la incompleta y descarnada relación de los enciclopedistas, ó

por algunos restos diseminados como los huesos de un cadáver, no

pudiendo apreciar ciertas figuras desasidas del verdadero fondo del

cuadro en que estaban colocadas, suele juzgarse de todo lo que fué

con un sentimiento de desdeñosa lástima ó un espíritu de aversión

intransigente; pero si se penetra, merced á un estudio concienzudo,

en algunos de sus misterios, si se ven los resortes de aquella gran

máquina que hoy juzgamos absurda al encontrarla rota, si, merced á

un supremo esfuerzo de la fantasía ayudada por la erudición y el

conocimiento de la época, se consigue condensar en la mente algo

de aquella atmósfera de arte, de entusiasmo, de virilidad y de fe,

el ánimo se siente sobrecogido ante el espectáculo de su múltiple

organización, en que las partes relacionadas entre sí correspondían

perfectamente al todo, y en que los usos, las leyes, las ideas y

las aspiraciones se encontraban en una armonía maravillosa. No es

esto decir que yo desee para mí ni para nadie la vuelta de aquellos

tiempos. Lo que ha sido no tiene razón de ser nuevamente, y no será.

Lo único que yo desearía es un poco de respetuosa atención para

aquellas edades, un poco de justicia para los que lentamente vinieron

preparando el camino por donde hemos llegado hasta aquí, y cuya obra

colosal quedará acaso olvidada por nuestra ingratitud é incuria.

La misma certeza que tengo de que nada de lo que desapareció ha de

volver, y que en la lucha de las ideas, las nuevas han herido de

muerte á las antiguas, me hace mirar cuanto con ellas se relaciona

con algo de esa piedad que siente hacia el vencido un vencedor

generoso. En este sentimiento hay también un poco de egoísmo. La

vida de una nación, á semejanza de la del hombre, parece como que

se dilata con la memoria de las cosas que fueron, y á medida que

es más viva y más completa su imagen, es más real esa segunda

existencia del espíritu en lo pasado, existencia preferible y más

positiva tal vez que la del punto presente. Ni de lo que está

siendo ni de lo que será, puede aprovecharse la inteligencia para

sus altas especulaciones: ¿qué nos resta, pues, de nuestro dominio

absoluto, sino la sombra de lo que ha sido? Por eso, al contemplar

los destrozos causados por la ignorancia, el vandalismo ó la envidia

durante nuestras últimas guerras; al ver todo lo que en objetos

dignos de estimación, en costumbres peculiares y primitivos recuerdos

de otras épocas, se ha extraviado y puesto en desuso de sesenta años

á esta parte; lo que las exigencias de la nueva manera de ser social

trastornan y desencajan; lo que las necesidades y las aspiraciones

crecientes desechan ú olvidan, un sentimiento de profundo dolor se

apodera de mi alma, y no puedo menos de culpar el descuido ó el

desdén de los que á fines del siglo pasado pudieron aún recoger

para transmitírnoslas integras las últimas palabras de la tradición

nacional, estudiando detenidamente nuestra vieja España, cuando aún

estaban de pie los monumentos testigos de sus glorias, cuando aún en

las costumbres y en la vida interna quedaban huellas perceptibles de

su carácter.

Pero de esto nada nos queda ya hoy; y sin embargo, ¿quién sabe si

nuestros hijos á su vez nos envidiarán á nosotros, doliéndose de

nuestra ignorancia ó nuestra culpable apatía para transmitirles

siquiera un trasunto de lo que fué un tiempo su patria? ¿Quién sabe

si cuando con los años todo haya desaparecido, tendrán las futuras

generaciones que contentarse y satisfacer su ansia de conocer el

pasado con las ideas más ó menos aproximadas de algún nuevo Cuvier

de la arqueología, que partiendo de algún mutilado resto ó una

vaga tradición lo reconstruya hipotéticamente? Porque no hay duda:

el prosaico rasero de la civilización va igualándolo todo. Un

irresistible y misterioso impulso tiende á unificar los pueblos con

los pueblos, las provincias con las provincias, las naciones con

las naciones, y quién sabe si las razas con las razas. Á medida que

la palabra vuela por los hilos telegráficos, que el ferrocarril se

extiende, la industria se acrecienta, y el espíritu cosmopolita de

la civilización invade nuestro país, van desapareciendo de él sus

rasgos característicos, sus costumbres inmemoriales, sus trajes

pintorescos y sus rancias ideas. Á la inflexible línea recta, sueño

dorado de todas las poblaciones de alguna importancia, se sacrifican

las caprichosas revueltas de nuestros barrios moriscos, tan llenos

de carácter, de misterio y de fresca sombra; de un retablo al que

vivía unida una tradición, no queda aquí más que el nombre escrito

en el azulejo de una bocacalle; á un palacio histórico con sus arcos

redondos y sus muros blasonados, sustituye más allá una manzana de

casas á la moderna; las ciudades, no cabiendo ya dentro de su antiguo

perímetro, rompen el cinturón de fortalezas que las ciñe, y unas tras

otras vienen al suelo las murallas fenicias, romanas, godas ó árabes.

¿Dónde están los canceles y las celosías morunas? ¿Dónde los

pasillos embovedados, los aleros salientes de maderas labradas, los

balcones con su guardapolvo triangular, las ojivas con estrellas

de vidrio, los muros de los jardines por donde rebosa la verdura,

las encrucijadas medrosas, los carasoles de las tafurerías y los

espaciosos atrios de los templos? El albañil, armado de su implacable

piqueta, arrasa los ángulos caprichosos, tira los puntiagudos tejados

ó demuele los moriscos miradores, y mientras el brochista roba á los

muros el artístico color que le han dado los siglos, embadurnándolos

de cal y almagra, el arquitecto los embellece á su modo con carteles

de yeso y cariátides de escayola, dejándolos más vistosos que una

caja de dulces franceses. No busquéis ya los cosos donde justaban

los galanes, las piadosas ermitas albergue de los peregrinos, ó el

castillo hospitalario para el que llamaba de paz á sus puertas. Las

almenas caen unas tras otras de lo alto de los muros y van cegando

los fosos; de la picota feudal sólo queda un trozo de granito

informe, y el arado abre un profundo surco en el patio de armas.

El traje característico del labriego comienza á parecer un disfraz

fuera del rincón de su provincia; las fiestas peculiares de cada

población comienzan á encontrarse ridículas ó de mal gusto por los

más ilustrados, y los antiguos usos caen en olvido, la tradición se

rompe y todo lo que no es nuevo se menosprecia.

Estas innovaciones tienen su razón de ser, y por tanto no seré yo

quien las anatematice. Aunque me entristece el espectáculo de esa

progresiva destrucción de cuanto trae á la memoria épocas que, si

en efecto no lo fueron, sólo por no existir ya nos parecen mejores,

yo dejaría al tiempo seguir su curso y completar sus inevitables

revoluciones, como dejamos á nuestras mujeres ó á nuestras hijas que

arrinconen en un desván los trastos viejos de nuestros padres para

sustituirlos con muebles modernos y de más buen tono; pero ya que

ha llegado la hora de la gran transformación, ya que la sociedad

animada de un nuevo espíritu se apresura á revestirse de una nueva

forma, debíamos guardar, merced al esfuerzo de nuestros escritores

y nuestros artistas, la imagen de todo eso que va á desaparecer,

como se guarda después que muere el retrato de una persona querida.

Mañana, al verlo todo constituído de una manera diversa, al saber que

nada de lo que existe existía hace algunos siglos, se preguntarán los

que vengan detrás de nosotros de qué modo vivían sus padres, y nadie

sabrá responderles; y no conociendo ciertos pormenores de localidad,

ciertas costumbres, el influjo de determinadas ideas en el espíritu

de una generación, que tan perfectamente reflejaran sus adelantos y

sus aspiraciones, leerán la historia sin sabérsela explicar, y verán

moverse á nuestros héroes nacionales con la estupefacción con que los

muchachos ven moverse á una marioneta sin saber los resortes á que

obedece.

Á mí me hace gracia observar cómo se afanan los sabios, qué grandes

cuestiones enredan, y con qué exquisita diligencia se procuran los

datos acerca de las más insignificantes particularidades de la vida

doméstica de los egipcios ó los griegos, en tanto que se ignoran

los más curiosos pormenores de nuestras costumbres propias; cómo

se remontan y se pierden de inducción en inducción, por entre el

laberinto de las lenguas caldaicas, sajonas ó sánscritas, en busca

del origen de las palabras, en tanto que se olvidan de investigar

algo más interesante: el origen de las ideas.

En otros países más adelantados que el nuestro, y donde, por

consiguiente, el ansia de las innovaciones lo ha trastornado todo más

profundamente, se deja ya sentir la reacción en sentido favorable á

este género de estudios; y aunque tarde, para que sus trabajos den el

fruto que se debió esperar, la Edad Media y los períodos históricos

que más de cerca se encadenan con el momento actual, comienzan á

ser estudiados y comprendidos. Nosotros esperaremos regularmente á

que se haya borrado la última huella para empezar á buscarla. Los

esfuerzos aislados de algún que otro admirador de esas cosas, poco ó

casi nada pueden hacer. Nuestros viajeros son en muy corto número, y

por lo regular no es su país el campo de sus observaciones. Aunque

así no fuese, una excursión por las capitales, hoy que en su gran

mayoría están ligadas con la gran red de vías férreas, escasamente

lograría llenar el objeto de los que desean hacer un estudio de esta

índole. Es preciso salir de los caminos trillados, vagar al acaso de

un lugar en otro, dormir medianamente y no comer mejor; es preciso

fe y verdadero entusiasmo por la idea que se persigue para ir á

buscar los tipos originales, las costumbres primitivas y los puntos

verdaderamente artísticos á los rincones donde su oscuridad les sirve

de salvaguardia, y de donde poco á poco los van desalojando la

invasora corriente de la novedad y los adelantos de la civilización.

Todos los días vemos á los gobiernos emplear grandes sumas en enviar

gentes que no sin peligros y dificultades recogen en lejanos países

bichitos, florecitas y conchas.

Porque yo no sea un sabio ni mucho menos, no dejo de conocer la

verdadera importancia que tienen las ciencias naturales; pero la

ciencia moral ¿por qué ha de dejarse en un inexplicable abandono?

¿Por qué al mismo tiempo que se recogen los huesos de un animal

antediluviano, no se han de recoger las ideas de otros siglos

traducidas en objetos de arte y usos extraños, diseminados acá y allá

como los fragmentos de un coloso hecho mil pedazos? Este inmenso

botín de impresiones, de pequeños detalles, de joyas extraviadas,

de trajes pintorescos, de costumbres características animadas y

revestidas de esa vida que presta á cuanto toca una pluma inteligente

ó un lápiz diestro, ¿no creen ustedes como yo que sería de grande

utilidad para los estudios particulares y verdaderamente filosóficos

de un período cualquiera de la historia? Verdad que nuestro fuerte no

es la historia. Si algo hemos de saber en este punto, casi siempre

se ha de tomar algún extranjero el trabajo de decírnoslo del modo

que á él mejor le parece. Pero ¿por qué no se ha de abrir este ancho

campo á nuestros escritores, facilitándoles el estudio y despertando

y fomentando su afición? Hartos estamos de ver en obras dramáticas,

en novelas que se llaman históricas y cuadros que llenan nuestras

exposiciones, asuntos localizados en este ó el otro período de un

siglo cualquiera, y que, cuando más, tienen de ellos un carácter muy

dudoso y susceptible de severa crítica, si los críticos á su vez no

supieran en este punto lo mismo ó menos que los autores y artistas á

quienes han de juzgar.

Las colecciones de trajes y muebles de otros países, los detalles que

acerca de costumbres de remotos tiempos se hallan en las novelas de

otras naciones, ó lo poco ó mucho que nuestros pensionados aprenden

relativo á otros tipos históricos y otras épocas, nunca son idénticos

ni tienen un sello especial; son las únicas fuentes donde bebe su

erudición y forma su conciencia artística la mayoría. Para remediar

este mal, muchos medios podrían proponerse más ó menos eficaces, pero

que al fin darían algún resultado ventajoso. No es mi ánimo, ni he

pensado lo suficiente sobre la materia, el trazar un plan detallado

y minucioso que, como la mayor parte de los que se trazan, no llegue

á realizarse nunca. No obstante, en esta ó en la otra forma, bien

pensionándolos, bien adquiriendo sus estudios ó coadyuvando á que se

diesen á luz, el Gobierno debía fomentar la organización periódica

de algunas expediciones artísticas á nuestras provincias. Estas

expediciones, compuestas de grupos de un pintor, un arquitecto y un

literato, seguramente recogerían preciosos materiales para obras

de grande entidad. Unos y otros se ayudarían en sus observaciones

mutuamente, ganarían en esa fraternidad artística, en ese comercio

de ideas tan continuamente relacionadas entre sí, y sus trabajos

reunidos serían un verdadero arsenal de datos, ideas y descripciones

útiles para todo género de estudios.

Además de la ventaja inmediata que reportaría esta especie de

inventario artístico é histórico de todos los restos de nuestra

pasada grandeza, ¿qué inmensos frutos no daría más tarde esa semilla

de impresiones, de enseñanza y de poesía, arrojada en el alma de

la generación joven, donde iría germinando para desarrollarse tal

vez en lo porvenir? Ya que el impulso de nuestra civilización, de

nuestras costumbres, de nuestras artes y de nuestra literatura viene

del extranjero, ¿por qué no se ha de procurar modificarlo poco á

poco, haciéndolo más propio y más característico con esa levadura

nacional?...

* * * * *

Como introducción al rápido bosquejo de uno de esos tipos originales

de nuestro país, que he podido estudiar en mis últimas correrías,

comencé á apuntar de pasada y á manera de introducción algunas

reflexiones acerca de la utilidad de este género de estudios. Sin

saber cómo ni por dónde, la pluma ha ido corriendo, y me hallo ahora

con que para introducción es esto muy largo, si bien ni por sus

dimensiones y su interés, parece bastante para formar artículo de

por sí. De todos modos, allá van estas cuartillas, valgan por lo

que valieren: que si alguien de más conocimientos é importancia,

una vez apuntada la idea, la desarrolla y prepara la opinión para

que fructifique, no serán perdidas del todo. Yo, entre tanto, voy á

trazar un tipo bastante original y que desconfío de poder reproducir.

Ya que no de otro modo, y aunque poco valga, contribuiré al éxito de

la predicación con el ejemplo.

[Ilustración]

[Ilustración]

Obras escogidas · 第 71 / 158 题