Queridos amigos: Hace dos ó tres días, andando á la casualidad por
entre estos montes, y habiéndome alejado más de lo que acostumbro
en mis paseos matinales, acerté á descubrir casi oculto entre las
quiebras del terreno y fuera de todo camino un pueblecillo, cuya
situación, por extremo pintoresca, me agradó tanto que no pude por
menos de aproximarme á él para examinarle á mis anchas. Ni aun
pregunté su nombre; y si mañana ó el otro quisiera buscarle por su
situación en el mapa, creo que no lo encontraría: tan pequeño es
y tan olvidado parece entre las ásperas sinuosidades del Moncayo.
Figúrense ustedes en el declive de una montaña inmensa y sobre una
roca que parece servirle de pedestal, un castillo del que sólo quedan
en pie la torre del homenaje y algunos lienzos de muro carcomidos y
musgosos: agrupadas alrededor de este esqueleto de fortaleza, cual
si quisiesen todavía dormir seguras á su sombra como en la edad
de hierro en que debió de alzarse, se ven algunas casas, pequeñas
heredades con sus bardales de heno, sus tejados rojizos y sus
chimeneas desiguales y puntiagudas, por cima de las que se eleva el
campanario de la parroquia con su reloj de sol, su esquiloncillo que
llama á la primera misa, y su gallo de hoja de lata que gira en lo
alto de la veleta á merced de los vientos.
Una senda que sigue el curso del arroyo que cruza el valle
serpenteando por entre los cuadros de los trigos, verdes y tirantes
como el paño de una mesa de billar, sube dando vueltas á los
amontonados pedruscos sobre que se asienta el pueblo, hasta el punto
en que un pilarote de ladrillos con una cruz en el remate señala la
entrada. Sucede con estos pueblecitos tan pintorescos, cuando se ven
en lontananza tantas líneas caprichosas, tantas chimeneas arrojando
pilares de humo azul, tantos árboles y peñas y accidentes artísticos,
lo que con otras muchas cosas del mundo, en que todo es cuestión de
la distancia á que se miran; y la mayor parte de las veces, cuando se
llega á ellos, la poesía se convierte en prosa. Ya en la cruz de la
entrada, lo que pude descubrir del interior del lugar no me pareció,
en efecto, que respondía ni con mucho á su perspectiva; de modo
que, no queriendo arriesgarme por sus estrechas, sucias y empinadas
callejas, comencé á costearlo, y me dirigí á una reducida llanura que
se descubre á su espalda, dominada sólo por la iglesia y el castillo.
Allí, en unos campos de trigo, y junto á dos ó tres nogales aislados
que comenzaban á cubrirse de hojas, está lo que, por su especial
situación y la pobre cruz de palo enclavada sobre la puerta, colegí
que sería el cementerio. Desde muy niño concebí, y todavía conservo,
una instintiva aversión á los camposantos de las grandes poblaciones:
aquellas tapias encaladas y llenas de huecos, como la estantería de
una tienda de géneros de ultramarinos; aquellas calles de árboles
raquíticos, simétricas y enarenadas, como las avenidas de un parque
inglés; aquella triste parodia de jardín con flores sin perfume y
verdura sin alegría, me oprimen el corazón y me crispan los nervios.
El afán de embellecer grotesca y artificialmente la muerte, me trae
á la memoria á esos niños de los barrios bajos, á quienes después de
expirar embadurnan la cara con arrebol, de modo que, entre el cerco
violado de los ojos, la intensa palidez de las sienes y el rabioso
carmín de las mejillas, resulta una mueca horrible.
Por el contrario, en más de una aldea he visto un cementerio chico,
abandonado, pobre, cubierto de ortigas y cardos silvestres, y me ha
causado una impresión siempre melancólica, es verdad, pero mucho más
suave, mucho más respetuosa y tierna. En aquellos vastos almacenes de
la muerte, siempre hay algo de esa repugnante actividad del tráfico;
la tierra, constantemente removida, deja ver fosas profundas que
parecen aguardar su presa con hambre. Aquí nichos vacíos, á los que
no falta más que un letrero: «Esta casa se alquila»; allí huesos
que se retrasan en el pago de su habitación, y son arrojados qué
sé yo adónde para dejar lugar á otros; y lápidas con filetes de
relumbrones, y décimas y coronas de flores de trapo, y siemprevivas
de comerciantes de objetos fúnebres. En estos escondidos rincones,
último albergue de los ignorados campesinos, hay una profunda calma:
nadie turba su santo recogimiento, y después de envolverse en su
ligera capa de tierra, sin tener siquiera encima el peso de una losa,
deben de dormir mejor y más sosegados.
Cuando, no sin tener que forcejear antes un poco, logré abrir la
carcomida y casi deshecha puerta del pequeño cementerio que por
casualidad había encontrado en mi camino, y éste se ofreció á mi
vista, no pude menos de confirmarme nuevamente en mis ideas. Es
imposible ni aun concebir un sitio más agreste, más solitario y más
triste, con una agradable tristeza, que aquél. Nada habla allí de la
muerte con ese lenguaje enfático y pomposo de los epitafios; nada la
recuerda de modo que horrorice con el repugnante espectáculo de sus
atavíos y despojos. Cuatro lienzos de tapia humilde, compuestos de
arena amasada con piedrecillas de colores, ladrillos rojos y algunos
sillares cubiertos de musgo en los ángulos, cercan un pedazo de
tierra, en el cual la poderosa vegetación de este país, abandonada á
sí misma, despliega sus silvestres galas con un lujo y una hermosura
imponderables. Al pie de las tapias y por entre sus rendijas, crecen
la hiedra y esas campanillas de color de rosa pálido que suben
sosteniéndose en las asperezas del muro hasta trepar á los bardales
de heno, por donde se cruzan y se mecen como una flotante guirnalda
de verdura. La espesa y fina yerba que cubre el terreno y marca con
suave claroscuro todas sus ondulaciones, produce el efecto de un
tapiz bordado de esas mil florecillas cuyos poéticos nombres ignora
la ciencia, y sólo podrían decir las muchachas del lugar que en las
tardes de Mayo las cogen en el halda para engalanar el retablo de la
Virgen.
Allí, en medio de algunas espigas, cuya simiente acaso trajo el aire
de las eras cercanas, se columpian las amapolas con sus cuatro hojas
purpúreas y descompuestas: las margaritas blancas y menudas, cuyos
pétalos arrancan uno á uno los amantes, semejan copos de nieve que
el calor no ha podido derretir, contrastando con los dragoncillos
corales y esas estrellas de cinco rayos amarillas é inodoras
que llaman de los muertos, las cuales crecen salpicadas en los
camposantos entre las ortigas, las rosas de los espinos, los cardos
silvestres y las alcachoferas puntiagudas y frondosas. Una brisa
pura y agradable mueve las flores, que se balancean con lentitud, y
las altas yerbas, que se inclinan y levantan á su empuje como las
pequeñas olas de un mar verde y agitado. El sol resbala suavemente
sobre los objetos, los ilumina ó los transparenta, aumentando la
intensidad y la brillantez de sus tintas, y parece que los dibuja
con un perfil de oro para que destaquen entre sí con más limpieza.
Algunas mariposas revolotean de acá para allá haciendo en el aire
esos giros extraños que fatigan la vista que inútilmente se empeña
en seguir su vuelo tortuoso; y mientras las abejas estrechan sus
círculos zumbando alrededor de los cálices llenos de perfumada miel,
y los pardillos picotean los insectos que pululan por el bardal de
la tapia, una lagartija asoma su cabeza triangular y aplastada y sus
ojos pequeños y vivos por entre sus hendiduras, y huye temerosa á
guarecerse en su escondite al menor movimiento.
Después que hube abarcado con una mirada el conjunto de aquel
cuadro, imposible de reproducir con frases siempre descoloridas y
pobres, me senté en un pedrusco, lleno de esa emoción sin ideas
que experimentamos siempre que una cosa cualquiera nos impresiona
profundamente, y parece que nos sobrecoge por su novedad ó su
hermosura. En esos instantes rapidísimos en que la sensación fecunda
la inteligencia, y allá en el fondo del cerebro tiene lugar la
misteriosa concepción de los pensamientos que han de surgir algún
día evocados por la memoria, nada se piensa, nada se razona: los
sentidos todos parecen ocupados en recibir y guardar la impresión que
analizarán más tarde.
Sintiendo aún las vibraciones de esta primera sacudida del alma, que
la sumerge en un agradable sopor, estuve, pues, largo tiempo, hasta
que gradualmente comenzaron á extinguirse, y poco á poco fueron
levantándose las ideas relativas. Estas ideas, que ya han cruzado
otras veces por la imaginación y duermen olvidadas en alguno de
sus rincones, son siempre las primeras en acudir cuando se toca su
resorte misterioso. No sé si á todos les habrá pasado igualmente;
pero á mí me ha sucedido con bastante frecuencia preocuparme en
ciertos momentos con la idea de la muerte, y pensar largo rato y
concebir deseos y formular votos acerca de la destinación futura,
no sólo de mi espíritu, sino de mis despojos mortales. En cuanto
al alma, dicho se está que siempre he deseado que se encaminase
al cielo. Con el destino que darían á mi cuerpo es con lo que más
he batallado, y acerca de lo cual he echado más á menudo á volar
la fantasía. En aquel punto en que todas aquellas viejas locuras
de mi imaginación salieron en tropel de los desvanes de la cabeza
donde tengo arrinconados, como trastos inútiles, los pensamientos
extraños, las ambiciones absurdas y las historias imposibles de la
adolescencia, ilusiones rosadas que, como los trajes antiguos, se han
ajado ya y se han puesto de color de ala de mosca con los años, fué
cuando pude apreciar, sonriendo al compararlas entre sí, la candidez
de mis aspiraciones juveniles.
En Sevilla, y en la margen del Guadalquivir que conduce al convento
de San Jerónimo, hay cerca del agua una especie de remanso que
fertiliza un valle en miniatura formado por el corte natural de la
ribera, que en aquel lugar es bien alta y tiene un rápido declive.
Dos ó tres álamos blancos, corpulentos y frondosos, entretejiendo sus
copas, defienden aquel sitio de los rayos del sol, que rara vez logra
deslizarse entre las ramas, cuyas hojas producen un ruido manso y
agradable cuando el viento las agita y las hace parecer ya plateadas,
ya verdes, según del lado que las empuja. Un sauce baña sus raíces
en la corriente del río, hacia el que se inclina como agobiado de
un peso invisible, y á su alrededor crecen multitud de juncos y de
esos lirios amarillos y grandes que nacen espontáneos al borde de los
arroyos y las fuentes.
Cuando yo tenía catorce ó quince años, y mi alma estaba henchida
de deseos sin nombre, de pensamientos puros y de esa esperanza sin
límites que es la más preciada joya de la juventud; cuando yo me
juzgaba poeta; cuando mi imaginación estaba llena de esas risueñas
fábulas del mundo clásico, y Rioja en sus silvas á las flores,
Herrera en sus tiernas elegías y todos mis cantores sevillanos,
dioses penates de mi especial literatura, me hablaban de continuo del
Betis majestuoso, el río de las ninfas, de las náyades y los poetas,
que corre al Océano escapándose de un ánfora de cristal, coronado
de espadañas y laureles ¡cuántos días, absorto en la contemplación
de mis sueños de niño, fuí á sentarme en su ribera, y allí, donde
los álamos me protegían con su sombra, daba rienda suelta á mis
pensamientos y forjaba una de esas historias imposibles, en las
que hasta el esqueleto de la muerte se vestía á mis ojos con galas
fascinadoras y espléndidas! Yo soñaba entonces una vida independiente
y dichosa, semejante á la del pájaro, que nace para cantar, y Dios
le procura de comer; soñaba esa vida tranquila del poeta que irradia
con suave luz de una en otra generación; soñaba que la ciudad que me
vió nacer se enorgulleciese con mi nombre, añadiéndolo al brillante
catálogo de sus ilustres hijos; y cuando la muerte pusiera un término
á mi existencia, me colocasen para dormir el sueño de oro de la
inmortalidad á la orilla del Betis, al que yo habría cantado en odas
magníficas, y en aquel mismo punto adonde iba tantas veces á oir el
suave murmullo de sus ondas. Una piedra blanca con una cruz y mi
nombre, serían todo el monumento.
Los álamos blancos, balanceándose día y noche sobre mi sepultura,
parecerían rezar por mi alma con el susurro de sus hojas plateadas y
verdes, entre las que vendrían á refugiarse los pájaros para cantar
al amanecer un himno alegre á la resurrección del espíritu á regiones
más serenas; el sauce, cubriendo aquel lugar de una flotante sombra,
le prestaría su vaga tristeza, inclinándose y derramando en derredor
sus ramas desmayadas y flexibles como para proteger y acariciar mis
despojos; y hasta el río, que en las horas de creciente casi vendría
á besar el borde de la losa cercada de juncos, arrullaría mi sueño
con una música agradable. Pasado algún tiempo, y después que la losa
comenzara á cubrirse de manchas de musgo, una mata de campanillas, de
esas campanillas azules con un disco de carmín en el fondo que tanto
me gustaban, crecería á su lado enredándose por entre sus grietas y
vistiéndola con sus hojas anchas y transparentes, que no sé por qué
misterio tienen la forma de un corazón; los insectos de oro con alas
de luz, cuya zumbido convida á dormir en la calurosa siesta, vendrían
á revolotear en torno de sus cálices; para leer mi nombre, ya borroso
por la acción de la humedad y los años, sería preciso descorrer un
cortinaje de verdura. ¿Pero para qué leer mi nombre? ¿Quién no sabría
que yo descansaba allí? Algún desconocido admirador de mis versos,
plantaría un laurel que, descollando altivo entre los otros árboles,
hablase á todos de mi gloria; y ya una mujer enamorada que halló en
mis cantares un rasgo de esos extraños fenómenos del amor que sólo
las mujeres saben sentir y los poetas descifrar, ya un joven que
se sintió inflamado con el sacro fuego que hervía en mi mente, y á
quien mis palabras revelaron nuevos mundos de la inteligencia, hasta
entonces para él ignotos, ó un extranjero que vino á Sevilla llamado
por la fama de su belleza y los recuerdos que en ella dejaron sus
hijos, echaría una flor sobre mi tumba, contemplándola un instante
con tierna emoción, con noble envidia ó respetuosa curiosidad: á
la mañana, las gotas del rocío resbalarían como lágrimas sobre su
superficie.
Después de remontado el sol, sus rayos la dorarían, penetrando tal
vez en la tierra y abrigando con su dulce calor mis huesos. En la
tarde y á la hora en que las aguas del Guadalquivir copian temblando
el horizonte de fuego, la árabe torre y los muros romanos de mi
hermosa ciudad, los que siguen la corriente del río en un ligero bote
que deja en pos una inquieta línea de oro, dirían al ver aquel rincón
de verdura donde la piedra blanqueaba al pie de los árboles: «allí
duerme el poeta.» Y cuando el _gran Betis_ dilatase sus riberas hasta
los montes; cuando sus alteradas ondas, cubriendo el pequeño valle,
subiesen hasta la mitad del tronco de los álamos, las ninfas que
viven ocultas en el fondo de sus palacios, diáfanos y transparentes,
vendrían á agruparse alrededor de mi tumba: yo sentiría la frescura
y el rumor del agua agitada por sus juegos; sorprendería el secreto
de sus misteriosos amores; sentiría tal vez la ligera huella de sus
pies de nieve al resbalar sobre el mármol en una danza cadenciosa,
oyendo, en fin, como cuando se duerme ligeramente se oyen las
palabras y los sonidos de una manera confusa, el armonioso coro de
sus voces juveniles y las notas de sus liras de cristal.
Así soñaba yo en aquella época. ¡Á tanto y á tan poco se limitaban
entonces mis deseos! Pasados algunos años, luego que hube salido de
mi ciudad querida; después que mis ideas tomaron poco á poco otro
rumbo, y la imaginación, cansada ya de idilios, de ninfas, de poesías
y de flores, comenzó á remontarse á épocas distantes, complaciéndose
en vestir con sus galas las dramáticas escenas de la historia,
fingiendo un marco de oro para cada uno de sus cuadros y haciendo un
pedestal para cada uno de sus personajes, volví á soñar, y, como en
las comedias de magia, nuevas decoraciones de fantasía sustituyeron
á las antiguas, y la vara mágica del deseo hizo posible en la mente
nuevos absurdos.
¡Cuántas veces, después de haber discurrido por las anchurosas naves
de alguna de nuestras inmensas catedrales góticas, ó de haberme
sorprendido la noche en uno de esos imponentes y severos claustros
de nuestras históricas abadías, he vuelto á sentir inflamada mi alma
con la idea de la gloria, pero una gloria más ruidosa y ardiente
que la del poeta! Yo hubiera querido ser un rayo de la guerra,
haber influído poderosamente en los destinos de mi patria, haber
dejado en sus leyes y sus costumbres la profunda huella de mi paso;
que mi nombre resonase unido, y como personificándola, á alguna de
sus grandes revoluciones, y luego, satisfecha mi sed de triunfos y
de estrépito, caer en un combate, oyendo como el último rumor del
mundo el agudo clamor de la trompetería de mis valerosas huestes
para ser conducido sobre el pavés, envuelto en los pliegues de mi
destrozada bandera, emblema de cien victorias, á encontrar la paz
del sepulcro en el fondo de uno de esos claustros santos, donde
vive el eterno silencio y al que los siglos prestan su majestad y
su color misterioso é indefinible. Una airosa ojiva, erizada de
hojas revueltas y puntiagudas, por entre las cuales se enroscaran,
asomando su deforme cabeza, por aquí un grifo, por allá uno de esos
monstruos alados, engendro de la imaginación del artífice, bañaría
en oscura sombra mi sepulcro: á su alrededor, y debajo de calados
doseletes, los santos patriarcas, los bienaventurados y los mártires
con sus miembros de hierro y sus emblemáticos atributos, parecerían
santificarle con su presencia. Dos guerreros inmóviles y vestidos
de su fantástica y blanca armadura velarían día y noche de hinojos
á sus costados; y mientras que mi estatua de alabastro riquísimo y
transparente, con arreos de batallar, la espada sobre el pecho y un
león á los pies, dormiría majestuosa sobre el túmulo, los ángeles
que, envueltos en largas túnicas y con un dedo en los labios,
sostuviesen el cojín sobre que descansaba mi cabeza, parecerían
llamar con sus plegarias á las santas visiones de oro que llenan el
desconocido sueño de la muerte de los justos, defendiéndome con sus
alas de los terrores y de las angustias de una pesadilla eterna.
En los huecos de la urna y entre un sinnúmero de arcos con caireles
y grumos de hojas de trébol, rosetas caladas, haces de columnillas y
esas largas procesiones de plañideras que, envueltas en sus mantos
de piedra, andan, al parecer, en torno del monumento llorando con
llanto sin gemidos, se verían mis escudos triangulares soportados por
reyes de armas con sus birretes y sus blasonadas casullas, y en los
cuarteles, realzados con vivos colores, merced á un hábil iluminador,
las bandas de oro, las estrellas, los veros y los motes heráldicos
con una larga inscripción en esa letra gótica, estrecha y puntiaguda,
donde el curioso, lleno de hondo respeto, leería con pena, y casi
descifrándolos, mi nombre, mis títulos y mi gloria. Allí, rodeado
de esa atmósfera de majestad que envuelve á todo lo grande, sin que
turbara mi reposo más que el agudo chillido de una de esas aves
nocturnas de ojos redondos y fosfóricos, que acaso viniera á anidar
entre los huecos del arco, viviría todo lo que vive un recuerdo
histórico y glorioso unido á una magnífica obra de arte; y en la
noche, cuando un furtivo rayo de luna dibujase en el pavimento del
claustro los severos perfiles de las ojivas; cuando sólo se oyesen
los gemidos del aire extendiéndose de eco en eco por sus inmensas
bóvedas; después de haberse perdido la última vibración de la campana
que toca la queda, mi estatua, en la que habría algo de lo que yo
fuí, un poco de ese soplo que anima el barro encadenado por un
fenómeno incomprensible al granito, ¡quién sabe si se levantaría de
su lecho de piedra para discurrir por entre aquellas gigantes arcadas
con los otros guerreros que tendrían su sepultura por allí cerca,
con los prelados revestidos de sus capas pluviales y sus mitras, y
esas damas de largo brial y plegados monjiles que, hermosas aun en la
muerte, duermen sobre las urnas de mármol en los más oscuros ángulos
de los templos!...
Desde que impresionada la imaginación por la vaga melancolía ó la
imponente hermosura de un lugar cualquiera, se lanzaba á construir
con fantásticos materiales uno de esos poéticos recintos, último
albergue de mis mortales despojos, hasta el punto aquel en que
sentado al pie de la humilde tapia del cementerio de una aldea
oscura, parecía como que se reposaba mi espíritu en su honda calma
y se abrían mis ojos á la luz de la realidad de las cosas ¡qué
revolución tan radical y profunda no se ha hecho en todas mis ideas!
¡Cuántas tempestades silenciosas no han pasado por mi frente;
cuántas ilusiones no se han secado en mi alma; á cuántas historias
de poesía no les he hallado una repugnante vulgaridad en el último
capítulo! Mi corazón, á semejanza de nuestro globo, era como una
masa incandescente y líquida, que poco á poco se va enfriando y
endureciendo. Todavía queda algo que arde allá en lo más profundo,
pero rara vez sale á la superficie. Las palabras amor, gloria,
poesía, no me suenan al oído como me sonaban antes. ¡Vivir!...
Seguramente que deseo vivir, porque la vida, tomándola tal como es,
sin exageraciones ni engaños, no es tan mala como dicen algunos;
pero vivir oscuro y dichoso en cuanto es posible, sin deseos, sin
inquietudes, sin ambiciones, con esa felicidad de la planta que tiene
á la mañana su gota de rocío y su rayo de sol; después un poco de
tierra echada con respeto y que no apisonen y pateen los que sepultan
por oficio; un poco de tierra blanda y floja que no ahogue ni oprima;
cuatro ortigas, un cardo silvestre y alguna yerba que me cubra con su
manto de raíces, y por último, un tapial que sirva para que no aren
en aquel sitio ni revuelvan los huesos.
He aquí hoy por hoy todo lo que ambiciono. Ser un comparsa en la
inmensa comedia de la humanidad; y concluído mi papel de hacer bulto,
meterme entre bastidores sin que me silben ni me aplaudan, sin que
nadie se dé cuenta siquiera de mi salida.
No obstante esta profunda indiferencia, se me resiste el pensar que
podrían meterme preso en un ataúd formado con las cuatro tablas
de un cajón de azúcar, en uno de los huecos de la estantería de
una sacramental, para esperar allí la trompeta del juicio como
empapelado, detrás de una lápida con una redondilla elogiando mis
virtudes domésticas é indicando precisamente el día y la hora de mi
nacimiento y de mi muerte. Esta profunda é instintiva preocupación
ha sobrevivido, no sin asombro por mi parte, á casi todas las que
he ido abandonando en el curso de los años; pero al paso que voy,
probablemente mañana no existirá tampoco; y entonces me será tan
igual que me coloquen debajo de una pirámide egipcia, como que me
aten una cuerda á los pies y me echen á un barranco como un perro.
Ello es que cada día voy creyendo más, que de lo que vale, de lo que
es algo, no ha de quedar ni un átomo aquí.
[Ilustración]
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