El real de los cristianos se extendía por todo el campo de Guadaíra,
hasta tocar en la margen izquierda del Guadalquivir. Enfrente del
real y destacándose sobre el luminoso horizonte, se alzaban los muros
de Sevilla flanqueados de torres almenadas y fuertes. Por encima de
la corona de almenas rebosaba la verdura de los mil jardines de la
morisca ciudad, y entre las oscuras manchas del follaje lucían los
miradores blancos como la nieve, los minaretes de las mezquitas y la
gigantesca atalaya, sobre cuyo aéreo pretil lanzaban chispas de luz,
heridas por el sol, las cuatro grandes bolas de oro, que desde el
campo de los cristianos parecían cuatro llamas.
La empresa de Don Fernando, una de las más heroicas y atrevidas
de aquella época, había traído á su alrededor á los más célebres
guerreros de los diferentes reinos de la Península, no faltando
algunos que de países extraños y distantes vinieran también, llamados
por la fama, á unir sus esfuerzos á los del santo rey.
Tendidas á lo largo de la llanura, mirábanse, pues, tiendas de
campaña de todas formas y colores, sobre el remate de las cuales
ondeaban al viento distintas enseñas con escudos partidos, astros,
grifos, leones, cadenas, barras y calderas, y otras cien y cien
figuras ó símbolos heráldicos que pregonaban el nombre y la calidad
de sus dueños. Por entre las calles de aquella improvisada ciudad
circulaban en todas direcciones multitud de soldados, que hablando
dialectos diversos y vestidos cada cual al uso de su país, y cada
cual armado á su guisa, formaban un extraño y pintoresco contraste.
Aquí descansaban algunos señores de las fatigas del combate sentados
en escaños de alerce á la puerta de sus tiendas y jugando á las
tablas, en tanto que sus pajes les escanciaban el vino en copas de
metal; allí algunos peones aprovechaban un momento de ocio para
aderezar y componer sus armas, rotas en la última refriega; más allá
cubrían de saetas un blanco los más expertos ballesteros de la hueste
entre las aclamaciones de la multitud, pasmada de su destreza; y el
rumor de los atambores, el clamor de las trompetas, las voces de
los mercaderes ambulantes, el golpear del hierro contra el hierro,
los cánticos de los juglares que entretenían á sus oyentes con la
relación de hazañas portentosas, y los gritos de los farautes que
publicaban las ordenanzas de los maestres del campo, llenando los
aires de mil y mil ruidos discordes, prestaban á aquel cuadro de
costumbres guerreras una vida y una animación imposibles de pintar
con palabras.
El conde de Gómara, acompañado de su fiel escudero, atravesó por
entre los animados grupos sin levantar los ojos de la tierra,
silencioso, triste, como si ningún objeto hiriese su vista ni llegase
á su oído el rumor más leve. Andaba maquinalmente, á la manera que un
sonámbulo, cuyo espíritu se agita en el mundo de los sueños, se mueve
y marcha sin la conciencia de sus acciones y como arrastrado por una
voluntad ajena á la suya.
Próximo á la tienda del rey y en medio de un corro de soldados,
pajecillos y gente menuda que le escuchaban con la boca abierta,
apresurándose á comprarle algunas de las baratijas que anunciaba á
voces y con hiperbólicos encomios, había un extraño personaje, mitad
romero, mitad juglar, que ora recitando una especie de letanía en
latín bárbaro, ora diciendo una bufonada ó una chocarrería, mezclaba
en su interminable relación chistes capaces de poner colorado á un
ballestero con oraciones devotas, historias de amores picarescos con
leyendas de santos. En las inmensas alforjas que colgaban de sus
hombros se hallaban revueltos y confundidos mil objetos diferentes:
cintas tocadas en el sepulcro de Santiago; cédulas con palabras que
él decía ser hebráicas, las mismas que dijo el rey Salomón cuando
fundaba el templo, y las únicas para libertarse de toda clase de
enfermedades contagiosas; bálsamos maravillosos para pegar á hombres
partidos por la mitad; Evangelios cosidos en bolsitas de brocatel;
secretos para hacerse amar de todas las mujeres; reliquias de los
santos patronos de todos los lugares de España; joyuelas, cadenillas,
cinturones, medallas y otras muchas baratijas de alquimia, de vidrio
y de plomo.
Cuando el conde llegó cerca del grupo que formaban el romero y sus
admiradores, comenzaba éste á templar una especie de bandolina ó
guzla árabe con que se acompañaba en la relación de sus romances.
Después que hubo estirado bien las cuerdas unas tras otras y con
mucha calma, mientras su acompañante daba la vuelta al corro sacando
los últimos cornados de la flaca escarcela de los oyentes, el romero
empezó á cantar con voz gangosa y con un aire monótono y plañidero un
romance que siempre terminaba con el mismo estribillo.
El conde se acercó al grupo y prestó atención. Por una coincidencia,
al parecer extraña, el título de aquella historia respondía en un
todo á los lúgubres pensamientos que embargaban su ánimo. Según había
anunciado el cantor antes de comenzar, el romance se titulaba el
_Romance de la mano muerta_.
Al oir el escudero tan extraño anuncio, pugnó por arrancar á su señor
de aquel sitio; pero el conde, con los ojos fijos en el juglar,
permaneció inmóvil, escuchando esta cantiga:
I
La niña tiene un amante
que escudero se decía;
el escudero le anuncia
que á la guerra se partía.
--Te vas y acaso no tornes.
--Tornaré por vida mía.
Mientras el amante jura,
diz que el viento repetía:
_¡Mal haya quien en promesas_
_de hombre fía!_