El ejército de Don Fernando, después de salir de Córdoba, había
venido por sus jornadas hasta Sevilla, no sin haber luchado antes en
Écija, Carmona y Alcalá del Río de Guadaíra, donde una vez expugnado
el famoso castillo, puso los reales á la vista de la ciudad de los
infieles.
El conde de Gómara estaba en la tienda sentado en un escaño de
alerce, inmóvil, pálido, terrible, las manos cruzadas sobre la
empuñadura del montante y los ojos fijos en el espacio, con esa
vaguedad del que parece mirar un objeto, y sin embargo no ve nada de
cuanto hay á su alrededor.
A un lado y de pie, le hablaba el más antiguo de los escuderos de
su casa, el único que en aquellas horas de negra melancolía hubiera
osado interrumpirle sin atraer sobre su cabeza la explosión de
su cólera.--¿Qué tenéis, señor?--le decía.--¿Qué mal os aqueja y
consume? Triste vais al combate, y triste volvéis, aun tornando con
la victoria. Cuando todos los guerreros duermen rendidos á la fatiga
del día, os oigo suspirar angustiado; y si corro á vuestro lecho, os
miro allí luchar con algo invisible que os atormenta. Abrís los ojos,
y vuestro terror no se desvanece. ¿Qué os pasa, señor? Decídmelo. Si
es un secreto, yo sabré guardarlo en el fondo de mi memoria como en
un sepulcro.
El conde parecía no oir al escudero; no obstante, después de un largo
espacio, y como si las palabras hubiesen tardado todo aquel tiempo
en llegar desde sus oídos á su inteligencia, salió poco á poco de su
inmovilidad, y atrayéndole hacia sí cariñosamente, le dijo con voz
grave y reposada:
--He sufrido mucho en silencio. Creyéndome juguete de una vana
fantasía, hasta ahora he callado por vergüenza; pero no, no es
ilusión lo que me sucede.
Yo debo de hallarme bajo la influencia de alguna maldición terrible.
El cielo ó el infierno deben de querer algo de mí, y lo avisan con
hechos sobrenaturales.
¿Te acuerdas del día de nuestro encuentro con los moros de Nebrija
en el aljarafe de Triana? Éramos pocos; la pelea fué dura, y yo
estuve á punto de perecer. Tú lo viste: en lo más reñido del combate,
mi caballo herido y ciego de furor se precipitó hacia el grueso de
la hueste mora. Yo pugnaba en balde por contenerle; las riendas se
habían escapado de mis manos, y el fogoso animal corría llevándome á
una muerte segura.
Ya los moros, cerrando sus escuadrones, apoyaban en tierra el cuento
de sus largas picas para recibirme en ellas; una nube de saetas
silbaba en mis oídos; el caballo estaba á algunos pies de distancia
del muro de hierro en que íbamos á estrellarnos, cuando... créeme, no
fué una ilusión, vi una mano que agarrándole de la brida lo detuvo
con una fuerza sobrenatural, y volviéndole en dirección á las filas
de mis soldados, me salvó milagrosamente.
En vano pregunté á unos y otros por mi salvador; nadie le conocía,
nadie le había visto.
--Cuando volabais á estrellaros en la muralla de picas--me
dijeron,--ibais solo, completamente solo; por eso nos maravillamos al
veros tornar, sabiendo que ya el corcel no obedecía al jinete.
--Aquella noche entré preocupado en mi tienda; quería en vano
arrancarme de la imaginación el recuerdo de la extraña aventura; mas
al dirigirme al lecho, torné á ver la misma mano, una mano hermosa,
blanca hasta la palidez, que descorrió las cortinas, desapareciendo
después de descorrerlas. Desde entonces, á todas horas, en todas
partes, estoy viendo esa mano misteriosa que previene mis deseos y
se adelanta á mis acciones. La he visto, al expugnar el castillo de
Triana, coger entre sus dedos y partir en el aire una saeta que venía
á herirme; la he visto, en los banquetes donde procuraba ahogar mi
pena entre la confusión y el tumulto, escanciar el vino en mi copa,
y siempre se halla delante de mis ojos, y por donde voy me sigue: en
la tienda, en el combate, de día, de noche... ahora mismo, mírala,
mírala aquí apoyada suavemente en mis hombros.
Al pronunciar estas últimas palabras, el conde se puso de pie, y dió
algunos pasos como fuera de sí y embargado de un terror profundo.
El escudero se enjugó una lágrima que corría por sus mejillas.
Creyendo loco á su señor, no insistió, sin embargo, en contrariar sus
ideas, y se limitó á decirle con voz profundamente conmovida:
--Venid... salgamos un momento de la tienda; acaso la brisa de la
tarde refrescará vuestras sienes, calmando ese incomprensible dolor,
para el que yo no hallo palabras de consuelo.