II

Apenas rayaba en el cielo la primera luz del alba, cuando empezó

á oirse por todo el campo de Gómara la aguda trompetería de los

soldados del conde, y los campesinos que llegaban en numerosos grupos

de los lugares cercanos vieron desplegarse al viento el pendón

señorial en la torre más alta de la fortaleza.

Unos sentados al borde de los fosos, otros subidos en las copas

de los árboles, éstos vagando por la llanura, aquéllos coronando

las cumbres de las colinas, los de más allá formando un cordón

á lo largo de la calzada, ya haría cerca de una hora que los

curiosos esperaban el espectáculo, no sin que algunos comenzaran

á impacientarse, cuando volvió á sonar de nuevo, el toque de los

clarines, rechinaron las cadenas del puente, que cayó con pausa sobre

el foso, y se levantaron los rastrillos, mientras se abrían de par

en par y gimiendo sobre sus goznes las pesadas puertas del arco que

conducía al patio de armas.

La multitud corrió á agolparse en los ribazos del camino para ver más

á su sabor las brillantes armaduras y los lujosos arreos del séquito

del conde de Gómara, célebre en toda la comarca por su esplendidez y

sus riquezas.

Rompieron la marcha los farautes, que deteniéndose de trecho en

trecho, pregonaban en alta voz y á son de caja las cédulas del rey

llamando á sus feudatarios á la guerra de moros, y requiriendo á las

villas y lugares libres para que diesen paso y ayuda á sus huestes.

A los farautes siguieron los heraldos de corte, ufanos con sus

casullas de seda, sus escudos bordados de oro y colores y sus

birretes guarnecidos de plumas vistosas.

Después vino el escudero mayor de la casa, armado de punta en blanco,

caballero sobre un potro morcillo, llevando en sus manos el pendón de

ricohombre con sus motes y sus calderas, y al estribo izquierdo el

ejecutor de las justicias del señorío, vestido de negro y rojo.

Precedían al escudero mayor hasta una veintena de aquellos famosos

trompeteros de la tierra llana, célebres en las crónicas de nuestros

reyes por la increíble fuerza de sus pulmones.

Cuando dejó de herir al viento el agudo clamor de la formidable

trompetería, comenzó á oirse un rumor sordo, compasado y uniforme.

Eran los peones de la mesnada, armados de largas picas y provistos

de sendas adargas de cuero. Tras éstos no tardaron en aparecer los

aparejadores de las máquinas, con sus herramientas y sus torres de

palo, las cuadrillas de escaladores y la gente menuda del servicio de

las acémilas.

Luego, envueltos en la nube de polvo que levantaba el casco de sus

caballos, y lanzando chispas de luz de sus petos de hierro, pasaron

los hombres de armas del castillo formados en gruesos pelotones, que

semejaban á lo lejos un bosque de lanzas.

Por último, precedido de los timbaleros que montaban poderosas mulas

con gualdrapas y penachos, rodeado de sus pajes que vestían ricos

trajes de seda y oro y seguido de los escuderos de su casa, apareció

el conde.

Al verle la multitud levantó un clamor inmenso para saludarle, y

entre la confusa vocería se ahogó el grito de una mujer, que en aquel

momento cayó desmayada y como herida de un rayo en los brazos de

algunas personas que acudieron á socorrerla. Era Margarita, Margarita

que había conocido á su misterioso amante en el muy alto y muy temido

señor conde de Gómara, uno de los más nobles y poderosos feudatarios

de la corona de Castilla.

Obras escogidas · 第 34 / 158 题