Apenas rayaba en el cielo la primera luz del alba, cuando empezó
á oirse por todo el campo de Gómara la aguda trompetería de los
soldados del conde, y los campesinos que llegaban en numerosos grupos
de los lugares cercanos vieron desplegarse al viento el pendón
señorial en la torre más alta de la fortaleza.
Unos sentados al borde de los fosos, otros subidos en las copas
de los árboles, éstos vagando por la llanura, aquéllos coronando
las cumbres de las colinas, los de más allá formando un cordón
á lo largo de la calzada, ya haría cerca de una hora que los
curiosos esperaban el espectáculo, no sin que algunos comenzaran
á impacientarse, cuando volvió á sonar de nuevo, el toque de los
clarines, rechinaron las cadenas del puente, que cayó con pausa sobre
el foso, y se levantaron los rastrillos, mientras se abrían de par
en par y gimiendo sobre sus goznes las pesadas puertas del arco que
conducía al patio de armas.
La multitud corrió á agolparse en los ribazos del camino para ver más
á su sabor las brillantes armaduras y los lujosos arreos del séquito
del conde de Gómara, célebre en toda la comarca por su esplendidez y
sus riquezas.
Rompieron la marcha los farautes, que deteniéndose de trecho en
trecho, pregonaban en alta voz y á son de caja las cédulas del rey
llamando á sus feudatarios á la guerra de moros, y requiriendo á las
villas y lugares libres para que diesen paso y ayuda á sus huestes.
A los farautes siguieron los heraldos de corte, ufanos con sus
casullas de seda, sus escudos bordados de oro y colores y sus
birretes guarnecidos de plumas vistosas.
Después vino el escudero mayor de la casa, armado de punta en blanco,
caballero sobre un potro morcillo, llevando en sus manos el pendón de
ricohombre con sus motes y sus calderas, y al estribo izquierdo el
ejecutor de las justicias del señorío, vestido de negro y rojo.
Precedían al escudero mayor hasta una veintena de aquellos famosos
trompeteros de la tierra llana, célebres en las crónicas de nuestros
reyes por la increíble fuerza de sus pulmones.
Cuando dejó de herir al viento el agudo clamor de la formidable
trompetería, comenzó á oirse un rumor sordo, compasado y uniforme.
Eran los peones de la mesnada, armados de largas picas y provistos
de sendas adargas de cuero. Tras éstos no tardaron en aparecer los
aparejadores de las máquinas, con sus herramientas y sus torres de
palo, las cuadrillas de escaladores y la gente menuda del servicio de
las acémilas.
Luego, envueltos en la nube de polvo que levantaba el casco de sus
caballos, y lanzando chispas de luz de sus petos de hierro, pasaron
los hombres de armas del castillo formados en gruesos pelotones, que
semejaban á lo lejos un bosque de lanzas.
Por último, precedido de los timbaleros que montaban poderosas mulas
con gualdrapas y penachos, rodeado de sus pajes que vestían ricos
trajes de seda y oro y seguido de los escuderos de su casa, apareció
el conde.
Al verle la multitud levantó un clamor inmenso para saludarle, y
entre la confusa vocería se ahogó el grito de una mujer, que en aquel
momento cayó desmayada y como herida de un rayo en los brazos de
algunas personas que acudieron á socorrerla. Era Margarita, Margarita
que había conocido á su misterioso amante en el muy alto y muy temido
señor conde de Gómara, uno de los más nobles y poderosos feudatarios
de la corona de Castilla.