III

Siguiendo el camino donde hoy se encuentra la pintoresca ermita de

la Virgen del Valle, y como á dos tiros de ballesta del picacho que

el vulgo conoce en Toledo por la _Cabeza del Moro_, existían aún en

aquella época los ruinosos restos de una iglesia bizantina, anterior

á la conquista de los árabes.

En el atrio que dibujaban algunos pedruscos diseminados por el

suelo, crecían zarzales y hierbas parásitas, entre los que yacían

medio ocultos, ya el destrozado capitel de una columna, ya un sillar

groseramente esculpido con hojas entrelazadas, endriagos horribles ó

grotescos, é informes figuras humanas. Del templo sólo quedaban en

pie los muros laterales y algunos arcos rotos y cubiertos de hiedra.

Sara, á quien parecía guiar un sobrenatural presentimiento, al

llegar al punto que le había señalado su conductor, vaciló algunos

instantes, indecisa acerca del camino que debía seguir; pero por

último, se dirigió con paso firme y resuelto hacia las abandonadas

ruinas de la iglesia.

En efecto, su instinto no la había engañado. Daniel, que ya no

sonreía, Daniel, que no era ya el viejo débil y humilde, sino que

antes bien, despidiendo cólera de sus pequeños y redondos ojos

parecía animado del espíritu de la venganza, rodeado de una multitud,

como él, ávida de saciar su sed de odio en uno de los enemigos de su

religión, estaba allí y parecía multiplicarse dando órdenes á los

unos, animando en el trabajo á los otros, disponiendo, en fin, con

una horrible solicitud los aprestos necesarios para la consumación

de la espantosa obra que había estado meditando días y días mientras

golpeaba impasible el yunque en su covacha de Toledo.

Sara, que á favor de la oscuridad había logrado llegar hasta

el atrio de la iglesia, tuvo que hacer un esfuerzo supremo para

no arrojar un grito de horror al penetrar en su interior con la

mirada. Al rojizo resplandor de una fogata que proyectaba la forma

de aquel círculo infernal en los muros del templo, había creído ver

que algunos hacían esfuerzos por levantar en alto una pesada cruz,

mientras otros tejían una corona con las ramas de los zarzales, ó

aplastaban sobre una piedra las puntas de enormes clavos de hierro.

Una idea espantosa cruzó por su mente; recordó que á los de su raza

los habían acusado más de una vez de misteriosos crímenes; recordó

vagamente la aterradora historia del _Niño Crucificado_, que ella

hasta entonces había creído una grosera calumnia, inventada por el

vulgo para apostrofar y zaherir á los hebreos.

Pero ya no le cabía duda alguna: allí, delante de sus ojos, estaban

aquellos horribles instrumentos de martirio, y los feroces verdugos

sólo aguardaban la víctima.

Sara, llena de una santa indignación, rebosando en generosa ira

y animada de esa fe inquebrantable en el verdadero Dios que su

amante le había revelado, no pudo contenerse á la vista de aquel

espectáculo, y rompiendo por entre la maleza que la ocultaba,

presentóse de improviso en el dintel del templo.

Al verla aparecer, los judíos arrojaron un grito de sorpresa; y

Daniel, dando un paso hacia su hija en ademán amenazante, le preguntó

con voz ronca:--¿Qué buscas aquí, desdichada?

--Vengo á arrojar sobre vuestras frentes--dijo Sara con voz firme y

resuelta,--todo el baldón de vuestra infame obra, y vengo á deciros

que en vano esperáis la víctima para el sacrificio, si ya no es que

intentáis cebar en mí vuestra sed de sangre; porque el cristiano á

quien aguardáis no vendrá, porque yo le he prevenido de vuestras

asechanzas.

--¡Sara!--exclamó el judío rugiendo de cólera:--Sara, eso no es

verdad; tú no puedes habernos hecho traición hasta el punto de

revelar nuestros misteriosos ritos; y si es verdad que los has

revelado, tú no eres mi hija...

--No; ya no lo soy: he encontrado otro padre, un padre todo amor para

los suyos, un padre á quien vosotros enclavasteis en una afrentosa

cruz, y que murió en ella por redimirnos, abriéndonos para una

eternidad las puertas del cielo. No; ya no soy vuestra hija, porque

soy cristiana y me avergüenzo de mi origen.

Al oir estas palabras, pronunciadas con esa enérgica entereza que

sólo pone el cielo en boca de los mártires, Daniel, ciego de furor,

se arrojó sobre la hermosa hebrea, y derribándola en tierra y

asiéndola por los cabellos, la arrastró como poseído de un espíritu

infernal hasta el pie de la cruz, que parecía abrir sus descarnados

brazos para recibirla, exclamando al dirigirse á los que les rodeaban:

--Ahí os la entrego; haced vosotros justicia de esa infame, que ha

vendido su honra, su religión y á sus hermanos.

Obras escogidas · 第 31 / 158 题