Era noche de Viernes Santo, y los habitantes de Toledo, después de
haber asistido á las tinieblas en su magnífica catedral, acababan
de entregarse al sueño, ó referían al amor de la lumbre consejas
parecidas á la del _Cristo de la Luz_, que robado por unos judíos,
dejó un rastro de sangre por el cual se descubrió el crimen, ó la
historia del _Santo Niño de la Guarda_, en quien los implacables
enemigos de nuestra fe renovaron la cruel Pasión de Jesús. Reinaba
en la ciudad un silencio profundo, interrumpido á intervalos ya por
las lejanas voces de los guardias nocturnos que en aquella época
velaban en derredor del alcázar, ya por los gemidos del viento que
hacía girar las veletas de las torres, ó zumbaba entre las torcidas
revueltas de las calles, cuando el dueño de un barquichuelo que
se mecía amarrado á un poste cerca de los molinos, que parecen
como incrustados al pie de las rocas que baña el Tajo y sobre las
que se asienta la ciudad, vió aproximarse á la orilla, bajando
trabajosamente por uno de los estrechos senderos que desde lo alto de
los muros conducen al río, á una persona á quien al parecer aguardaba
con impaciencia.
--¡Ella es!--murmuró entre dientes el barquero.--¡No parece sino
que esta noche anda revuelta toda esa endiablada raza de judíos!...
¿Dónde diantres se tendrán dada cita con Satanás, que todos acuden á
mi barca teniendo tan cerca el puente?... No, no irán á nada bueno,
cuando así evitan toparse de manos á boca con los hombres de armas
de San Servando... pero, en fin, ello es que me dan buenos dineros á
ganar, y á su alma su palma, que yo en nada entro ni salgo.
Esto diciendo el buen hombre, sentándose en su barca aparejó los
remos, y cuando Sara, que no era otra la persona á quien al parecer
había aguardado hasta entonces, hubo saltado al barquichuelo, soltó
la amarra que lo sujetaba y comenzó á bogar en dirección á la orilla
opuesta.
--¿Cuántos han pasado esta noche?--preguntó Sara al barquero apenas
se hubieron alejado de los molinos y como refiriéndose á algo de que
ya habían tratado anteriormente.
--Ni los he podido contar--respondió el interpelado;--¡un
enjambre!... Parece que esta noche será la última que se reunen.
--¿Y sabes de qué tratan y con qué objeto abandonan la ciudad á estas
horas?
--Lo ignoro... pero ello es que aguardan á alguien que debe de llegar
esta noche... Yo no sé para qué le aguardarán, aunque presumo que
para nada bueno.
Después de este breve diálogo, Sara se mantuvo algunos instantes
sumida en un profundo silencio y como tratando de coordinar sus
ideas.--No hay duda--pensaba entre sí;--mi padre ha sorprendido
nuestro amor, y prepara alguna venganza horrible. Es preciso que yo
sepa adónde van, qué hacen, qué intentan. Un momento de vacilación
podría perderle.
Cuando Sara se puso un instante de pie, y como para alejar las
horribles dudas que la preocupaban se pasó la mano por la frente, que
la angustia había cubierto de un sudor glacial, la barca tocaba á la
orilla opuesta.
--Buen hombre--exclamó la hermosa hebrea arrojando algunas monedas
á su conductor y señalando un camino estrecho y tortuoso que subía
serpenteando por entre las rocas,--¿es ese el camino que siguen?
--Ese es, y cuando llegan á la _Cabeza del Moro_, desaparecen
por la izquierda. Después el diablo y ellos sabrán adónde se
dirigen--respondió el barquero.
Sara se alejó en la dirección que éste le había indicado. Durante
algunos minutos se la vió aparecer y desaparecer alternativamente
entre aquel oscuro laberinto de rocas oscuras y cortadas á pico;
después, y cuando hubo llegado á la cima llamada la _Cabeza del
Moro_, su negra silueta se dibujó un instante sobre el fondo azul del
cielo, y por último desapareció entre las sombras de la noche.