«El arquero que velaba en lo alto de la torre ha reclinado su pesada
cabeza en el muro.
»Al cazador furtivo que esperaba sorprender la res, lo ha sorprendido
el sueño.
»El pastor que aguarda el día consultando las estrellas, duerme ahora
y dormirá hasta el amanecer.
»Reina de las ondinas, sigue nuestros pasos.
»Ven á mecerte en las ramas de los sauces sobre el haz del agua.
»Ven á embriagarte con el perfume de las violetas que se abren entre
las sombras.
»Ven á gozar de la noche, que es el día de los espíritus.»
* * * * *
Mientras flotaban en el aire las suaves notas de aquella deliciosa
música, Garcés se mantuvo inmóvil. Después que se hubo desvanecido,
con mucha precaución apartó un poco las ramas, y no sin experimentar
algún sobresalto vió aparecer las corzas que en tropel y salvando
los matorrales con ligereza increíble unas veces, deteniéndose como
á escuchar otras, jugueteando entre sí, ya escondiéndose entre la
espesura, ya saliendo nuevamente á la senda, bajaban del monte con
dirección al remanso del río.
Delante de sus compañeras, más ágil, más linda, más juguetona y
alegre que todas, saltando, corriendo, parándose y tornando á correr,
de modo que parecía no tocar el suelo con los pies, iba la corza
blanca, cuyo extraño color destacaba como una fantástica luz sobre el
oscuro fondo de los árboles.
Aunque el joven se sentía dispuesto á ver en cuanto le rodeaba
algo de sobrenatural y maravilloso, la verdad del caso era, que
prescindiendo de la momentánea alucinación que turbó un instante sus
sentidos, fingiéndole músicas, rumores y palabras, ni en la forma
de las corzas ni en sus movimientos, ni en los cortos bramidos con
que parecían llamarse, había nada con que no debiese estar ya muy
familiarizado un cazador práctico en esta clase de expediciones
nocturnas.
A medida que desechaba la primera impresión, Garcés comenzó á
comprenderlo así, y riéndose interiormente de su incredulidad y su
miedo, desde aquel instante sólo se ocupó en averiguar, teniendo
en cuenta la dirección que seguían, el punto donde se hallaban las
corzas.
Hecho el cálculo, cogió la ballesta entre los dientes, y
arrastrándose como una culebra por detrás de los lentiscos, fué á
situarse obra de unos cuarenta pasos más lejos del lugar en que antes
se encontraba. Una vez acomodado en su nuevo escondite, esperó el
tiempo suficiente para que las corzas estuvieran ya dentro del río,
á fin de hacer el tiro más seguro. Apenas empezó á escucharse ese
ruido particular que produce el agua que se bate á golpes ó se agita
con violencia, Garcés comenzó á levantarse poquito á poco y con las
mayores precauciones, apoyándose en la tierra primero sobre la punta
de los dedos, y después con una de las rodillas.
Ya de pie, y cerciorándose á tientas de que el arma estaba preparada,
dió un paso hacia adelante, alargó el cuello por cima de los arbustos
para dominar el remanso, y tendió la ballesta; pero en el mismo
punto en que, á par de la ballesta, tendió la vista buscando el
objeto que había de herir, se escapó de sus labios un imperceptible é
involuntario grito de asombro.
La luna, que había ido remontándose con lentitud por el ancho
horizonte, estaba inmóvil y como suspendida en la mitad del cielo.
Su dulce claridad inundaba el soto, abrillantaba la intranquila
superficie del río y hacía ver los objetos como á través de una gasa
azul.
Las corzas habían desaparecido.
En su lugar, lleno de estupor y casi de miedo, vió Garcés un grupo
de bellísimas mujeres, de las cuales, unas entraban en el agua
jugueteando, mientras las otras acababan de despojarse de las ligeras
túnicas que aún ocultaban á la codiciosa vista el tesoro de sus
formas.
En esos ligeros y cortados sueños de la mañana, ricos en imágenes
risueñas y voluptuosas, sueños diáfanos y celestes como la luz
que entonces comienza á transparentarse á través de las blancas
cortinas del lecho, no ha habido nunca imaginación de veinte años que
bosquejase con los colores de la fantasía una escena semejante á la
que se ofrecía en aquel punto á los ojos del atónito Garcés.
Despojadas ya de sus túnicas y sus velos de mil colores, que
destacaban sobre el fondo suspendidos de los árboles ó arrojados con
descuido sobre la alfombra del césped, las muchachas discurrían á su
placer por el soto, formando grupos pintorescos, y entraban y salían
en el agua, haciéndola saltar en chispas luminosas sobre las flores
de la margen como una menuda lluvia de rocío.
Aquí una de ellas, blanca como el vellón de un cordero, sacaba
su cabeza rubia entre las verdes y flotantes hojas de una planta
acuática, de la cual parecía una flor á medio abrir, cuyo flexible
tallo más bien se adivinaba que se veía temblar debajo de los
infinitos círculos de luz de las ondas.
Otra allá, con el cabello suelto sobre los hombros, mecíase
suspendida de la rama de un sauce sobre la corriente del río,
y sus pequeños pies color de rosa, hacían una raya de plata
al pasar rozando la tersa superficie. En tanto que éstas
permanecían recostadas aún al borde del agua con los azules ojos
adormidos, aspirando con voluptuosidad el perfume de las flores y
estremeciéndose ligeramente al contacto de la fresca brisa, aquéllas
danzaban en vertiginosa ronda, entrelazando caprichosamente sus
manos, dejando caer atrás la cabeza con delicioso abandono, é
hiriendo el suelo con el pie en alternada cadencia.
Era imposible seguirlas en sus ágiles movimientos, imposible abarcar
con una mirada los infinitos detalles del cuadro que formaban, unas
corriendo, jugando y persiguiéndose con alegres risas por entre el
laberinto de los árboles; otras surcando el agua como un cisne,
y rompiendo la corriente con el levantado seno; otras, en fin,
sumergiéndose en el fondo, donde permanecían largo rato para volver
á la superficie, trayendo una de esas flores extrañas que nacen
escondidas en el lecho de las aguas profundas.
La mirada del atónito montero vagaba absorta de un lado á otro, sin
saber dónde fijarse, hasta que sentado bajo un pabellón de verdura
que parecía servirle de dosel, y rodeado de un grupo de mujeres todas
á cual más bellas, que la ayudaban á despojarse de sus ligerísimas
vestiduras, creyó ver el objeto de sus ocultas adoraciones, la hija
del noble don Dionís, la incomparable Constanza.
Marchando de sorpresa en sorpresa, el enamorado joven no se atrevía
ya á dar crédito ni al testimonio de sus sentidos, y creíase bajo la
influencia de un sueño fascinador y engañoso.
No obstante, pugnaba en vano por persuadirse de que todo cuanto veía
era efecto del desarreglo de su imaginación; porque mientras más la
miraba, y más despacio, más se convencía de que aquella mujer era
Constanza.
No podía caber duda, no: suyos eran aquellos ojos oscuros y
sombreados de largas pestañas, que apenas bastaban á amortiguar
la luz de sus pupilas; suya aquella rubia y abundante cabellera,
que después de coronar su frente, se derramaba por su blanco seno
y sus redondas espaldas como una cascada de oro; suyos, en fin,
aquel cuello airoso, que sostenía su lánguida cabeza, ligeramente
inclinada como una flor que se rinde al peso de las gotas de rocío, y
aquellas voluptuosas formas que él había soñado tal vez, y aquellas
manos semejantes á manojos de jazmines, y aquellos pies diminutos,
comparables sólo con dos pedazos de nieve que el sol no ha podido
derretir, y que á la mañana blanquean entre la verdura.
En el momento en que Constanza salió del bosquecillo, sin velo
alguno que ocultase á los ojos de su amante los escondidos tesoros
de su hermosura, sus compañeras comenzaron nuevamente á cantar estas
palabras con una melodía dulcísima: