II

Entre los monteros de don Dionís había uno llamado Garcés, hijo de

un antiguo servidor de la familia, y por tanto el más querido de sus

señores.

Garcés tenía poco más ó menos la edad de Constanza, y desde muy niño

habíase acostumbrado á prevenir el menor de sus deseos, y á adivinar

y satisfacer el más leve de sus antojos.

Por su mano se entretenía en afilar en los ratos de ocio las agudas

saetas de su ballesta de marfil; él domaba los potros que había

de montar su señora; él ejercitaba en los ardides de la caza á

sus lebreles favoritos y amaestraba á sus halcones, á los cuales

compraba en las ferias de Castilla caperuzas rojas bordadas de oro.

Para con los otros monteros, los pajes y la gente menuda del servicio

de don Dionís, la exquisita solicitud de Garcés y el aprecio con que

sus señores le distinguían, habíanle valido una especie de general

animadversión, y al decir de los envidiosos, en todos aquellos

cuidados con que se adelantaba á prevenir los caprichos de su señora

revelábase su carácter adulador y rastrero. No faltaban, sin embargo,

algunos que, más avisados ó maliciosos, creyeron sorprender en la

asiduidad del solícito mancebo algunas señales de mal disimulado amor.

Si en efecto era así, el oculto cariño de Garcés tenía más que

sobrada disculpa en la incomparable hermosura de Constanza. Hubiérase

necesitado un pecho de roca y un corazón de hielo para permanecer

impasible un día y otro al lado de aquella mujer singular por su

belleza y sus raros atractivos.

La _Azucena del Moncayo_ llamábanla en veinte leguas á la redonda, y

bien merecía este sobrenombre, porque era tan airosa, tan blanca y

tan rubia, que como á las azucenas, parecía que Dios la había hecho

de nieve y oro.

Y sin embargo, entre los señores comarcanos murmurábase que la

hermosa castellana de Veratón no era tan limpia de sangre como bella,

y que á pesar de sus trenzas rubias y su tez de alabastro, había

tenido por madre una gitana. Lo de cierto que pudiera haber en estas

murmuraciones nadie pudo nunca decirlo, porque la verdad era que

don Dionís tuvo una vida bastante azarosa en su juventud, y después

de combatir largo tiempo bajo la conducta del monarca aragonés, del

cual recabó entre otras mercedes el feudo del Moncayo, marchóse á

Palestina, en donde anduvo errante algunos años, para volver por

último á encerrarse en su castillo de Veratón, con una hija pequeña,

nacida sin duda en aquellos países remotos. El único que hubiera

podido decir algo acerca del misterioso origen de Constanza, pues

acompañó á don Dionís en sus lejanas peregrinaciones, era el padre de

Garcés, y éste había ya muerto hacía bastante tiempo, sin decir una

sola palabra sobre el asunto ni á su propio hijo, que varias veces y

con muestras de grande interés se lo había preguntado.

El carácter, tan pronto retraído y melancólico como bullicioso

y alegre de Constanza, la extraña exaltación de sus ideas, sus

extravagantes caprichos, sus nunca vistas costumbres, hasta la

particularidad de tener los ojos y las cejas negras como la noche,

siendo blanca y rubia como el oro, habían contribuído á dar pábulo

á las hablillas de sus convecinos, y aun el mismo Garcés, que tan

íntimamente la trataba, había llegado á persuadirse que su señora era

algo especial y no se parecía á las demás mujeres.

Presente á la relación de Esteban, como los otros monteros, Garcés

fué acaso el único que oyó con verdadera curiosidad los pormenores de

su increíble aventura, y si bien no pudo menos de sonreir cuando el

zagal repitió las palabras de la corza blanca, desde que abandonó el

soto en que habían sesteado comenzó á revolver en su mente las más

absurdas imaginaciones.

--No cabe duda que todo eso del hablar las corzas es pura aprensión

de Esteban, que es un completo mentecato--decía entre sí el joven

montero, mientras que jinete en un poderoso alazán, seguía paso á

paso el palafrén de Constanza, la cual también parecía mostrarse un

tanto distraída y silenciosa, y retirada del tropel de los cazadores,

apenas tomaba parte en la fiesta.--¿Pero quién dice que en lo que

refiere ese simple no existirá algo de verdad?--prosiguió pensando

el mancebo.--Cosas más extrañas hemos visto en el mundo, y una corza

blanca bien puede haberla, puesto que si se ha de dar crédito á las

cantigas del país, San Huberto, patrón de los cazadores, tenía una.

¡Oh, si yo pudiese coger viva una corza blanca para ofrecérsela á mi

señora!

Así pensando y discurriendo pasó Garcés la tarde, y cuando ya el sol

comenzó á esconderse por detrás de las vecinas lomas y don Dionís

mandó volver grupas á su gente para tornar al castillo, separóse sin

ser notado de la comitiva y echó en busca del zagal por lo más espeso

é intrincado del monte.

La noche había cerrado casi por completo cuando don Dionís llegaba á

las puertas de su castillo. Acto continuo dispusiéronle una frugal

colación, y sentóse con su hija á la mesa.

--Y Garcés ¿dónde está?--preguntó Constanza, notando que su montero

no se encontraba allí para servirla como tenía de costumbre.

--No sabemos--se apresuraron á contestar los otros

servidores;--desapareció de entre nosotros cerca de la cañada, y esta

es la hora en que todavía no le hemos visto.

En este punto llegó Garcés todo sofocado, cubierta aún de sudor la

frente, pero con la cara más regocijada y satisfecha que pudiera

imaginarse.

--Perdonadme, señora--exclamó, dirigiéndose á Constanza;--perdonadme

si he faltado un momento á mi obligación; pero allá de donde vengo á

todo el correr de mi caballo, como aquí, sólo me ocupaba en serviros.

--¿En servirme?--repitió Constanza;--no comprendo lo que quieres

decir.

--Sí, señora; en serviros--repitió el joven,--pues he averiguado que

es verdad que la corza blanca existe. A más de Esteban, lo dan por

seguro otros varios pastores, que juran haberla visto más de una vez,

y con ayuda de los cuales espero en Dios y en mi patrón San Huberto

que antes de tres días, viva ó muerta, os la traeré al castillo.

--¡Bah!... ¡Bah!...--exclamó Constanza con aire de zumba, mientras

hacían coro á sus palabras las risas más ó menos disimuladas de los

circunstantes;--déjate de cacerías nocturnas y de corzas blancas:

mira que el diablo ha dado en la flor de tentar á los simples, y si

te empeñas en andarle á los talones, va á dar que reir contigo como

con el pobre Esteban.

--Señora--interrumpió Garcés con voz entrecortada y disimulando

en lo posible la cólera que le producía el burlón regocijo de

sus compañeros,--yo no me he visto nunca con el diablo, y por

consiguiente no sé todavía cómo las gasta; pero conmigo os juro que

todo podrá hacer menos dar que reir, porque el uso de ese privilegio

sólo en vos sé tolerarlo.

Constanza conoció el efecto que su burla había producido en el

enamorado joven; pero deseando apurar su paciencia hasta lo último,

tornó á decir en el mismo tono:

--¿Y si al dispararle te saluda con alguna risa del género de

la que oyó Esteban, ó se te ríe en la nariz, y al escuchar sus

sobrenaturales carcajadas se te cae la ballesta de las manos, y antes

de reponerte del susto ya ha desaparecido la corza blanca más ligera

que un relámpago?

--¡Oh!--exclamó Garcés,--en cuanto á eso, estad segura que como yo la

topase á tiro de ballesta, aunque me hiciese más momos que un juglar,

aunque me hablara, no ya en romance, sino en latín como el abad de

Munilla, no se iba sin un arpón en el cuerpo.

En este punto del diálogo, terció don Dionís, y con una desesperante

gravedad á través de la que se adivinaba toda la ironía de sus

palabras, comenzó á darle al ya asendereado mozo los consejos más

originales del mundo, para el caso de que se encontrase de manos

á boca con el demonio convertido en corza blanca. A cada nueva

ocurrencia de su padre, Constanza fijaba sus ojos en el atribulado

Garcés y rompía á reir como una loca, en tanto que los otros

servidores esforzaban las burlas con sus miradas de inteligencia y su

mal encubierto gozo.

Mientras duró la colación prolongóse esta escena, en que la

credulidad del joven montero fué, por decirlo así, el tema obligado

del general regocijo; de modo que cuando se levantaron los paños,

y don Dionís y Constanza se retiraron á sus habitaciones, y toda

la gente del castillo se entregó al reposo, Garcés permaneció un

largo espacio de tiempo irresoluto, dudando si á pesar de las burlas

de sus señores, proseguiría firme en su propósito, ó desistiría

completamente de la empresa.

--¡Qué diantre!--exclamó saliendo del estado de incertidumbre en que

se encontraba:--mayor mal del que me ha sucedido no puede sucederme,

y si por el contrario es verdad lo que nos ha contado Esteban... ¡oh,

entonces, cómo he de saborear mi triunfo!

Esto diciendo, armó su ballesta, no sin haberle hecho antes la señal

de la cruz en la punta de la vira, y colocándosela á la espalda se

dirigió á la poterna del castillo para tomar la vereda del monte.

Cuando Garcés llegó á la cañada y al punto en que, según las

instrucciones de Esteban, debía aguardar la aparición de las corzas,

la luna comenzaba á remontarse con lentitud por detrás de los

cercanos montes.

A fuer de buen cazador y práctico en el oficio, antes de elegir un

punto á propósito para colocarse al acecho de las reses, anduvo un

gran rato de acá para allá examinando las trochas y las veredas

vecinas, la disposición de los árboles, los accidentes del terreno,

las curvas del río y la profundidad de sus aguas.

Por último, después de terminar este minucioso reconocimiento del

lugar en que se encontraba, agazapóse en un ribazo junto á unos

chopos de copas elevadas y oscuras, á cuyo pie crecían unas matas de

lentisco, altas lo bastante para ocultar á un hombre echado en tierra.

El río, que desde las musgosas rocas donde tenía su nacimiento

venía, siguiendo las sinuosidades del Moncayo, á entrar en la cañada

por una vertiente, deslizábase desde allí bañando el pie de los

sauces que sombreaban su orilla, ó jugueteando con alegre murmullo

entre las piedras rodadas del monte, hasta caer en una hondura

próxima al lugar que servía de escondrijo al montero.

Los álamos, cuyas plateadas hojas movía el aire con un rumor

dulcísimo, los sauces que inclinados sobre la limpia corriente

humedecían en ella las puntas de sus desmayadas ramas, y los

apretados carrascales por cuyos troncos subían y se enredaban las

madreselvas y las campanillas azules, formaban un espeso muro de

follaje alrededor del remanso del río.

El viento, agitando los frondosos pabellones de verdura que

derramaban en torno su flotante sombra, dejaba penetrar á intervalos

un furtivo rayo de luz, que brillaba como un relámpago de plata sobre

la superficie de las aguas inmóviles y profundas.

Oculto tras los matojos, con el oído atento al más leve rumor y la

vista clavada en el punto en donde según sus cálculos debían aparecer

las corzas, Garcés esperó inútilmente un gran espacio de tiempo.

Todo permanecía á su alrededor sumido en una profunda calma.

Poco á poco, y bien fuese que el peso de la noche, que ya había

pasado de la mitad, comenzara á dejarse sentir, bien que el lejano

murmullo del agua, el penetrante aroma de las flores silvestres y las

caricias del viento comunicasen á sus sentidos el dulce sopor en que

parecía estar impregnada la naturaleza toda, el enamorado mozo que

hasta aquel punto había estado entretenido revolviendo en su mente

las más halagüeñas imaginaciones, comenzó á sentir que sus ideas se

elaboraban con más lentitud y sus pensamientos tomaban formas más

leves é indecisas.

Después de mecerse un instante en ese vago espacio que media entre

la vigilia y el sueño, entornó al fin los ojos, dejó escapar la

ballesta de sus manos y se quedó profundamente dormido.

* * * * *

Cosa de dos horas ó tres haría ya que el joven montero roncaba

á pierna suelta, disfrutando á todo sabor de uno de los sueños

más apacibles de su vida, cuando de repente entreabrió los ojos

sobresaltado, é incorporóse á medias lleno aún de ese estupor del que

se vuelve en sí de improviso después de un sueño profundo.

En las ráfagas del aire y confundido con los leves rumores de la

noche, creyó percibir un extraño rumor de voces delgadas, dulces y

misteriosas que hablaban entre sí, reían ó cantaban cada cual por

su parte y una cosa diferente, formando una algarabía tan ruidosa y

confusa como la de los pájaros que despiertan al primer rayo del sol

entre las frondas de una alameda.

Este extraño rumor sólo se dejó oir un instante, y después todo

volvió á quedar en silencio.

--Sin duda soñaba con las majaderías que nos refirió el

zagal--exclamó Garcés restregándose los ojos con mucha calma, y en la

firme persuasión de que cuanto había creído oir no era más que esa

vaga huella del ensueño que queda, al despertar, en la imaginación,

como queda en el oído la última cadencia de una melodía después que

ha expirado temblando la última nota. Y dominado por la invencible

languidez que embargaba sus miembros, iba á reclinar de nuevo la

cabeza sobre el césped, cuando tornó á oir el eco distante de

aquellas misteriosas voces, que acompañándose del rumor del aire, del

agua y de las hojas cantaban así:

Obras escogidas · 第 26 / 158 题