Entre los monteros de don Dionís había uno llamado Garcés, hijo de
un antiguo servidor de la familia, y por tanto el más querido de sus
señores.
Garcés tenía poco más ó menos la edad de Constanza, y desde muy niño
habíase acostumbrado á prevenir el menor de sus deseos, y á adivinar
y satisfacer el más leve de sus antojos.
Por su mano se entretenía en afilar en los ratos de ocio las agudas
saetas de su ballesta de marfil; él domaba los potros que había
de montar su señora; él ejercitaba en los ardides de la caza á
sus lebreles favoritos y amaestraba á sus halcones, á los cuales
compraba en las ferias de Castilla caperuzas rojas bordadas de oro.
Para con los otros monteros, los pajes y la gente menuda del servicio
de don Dionís, la exquisita solicitud de Garcés y el aprecio con que
sus señores le distinguían, habíanle valido una especie de general
animadversión, y al decir de los envidiosos, en todos aquellos
cuidados con que se adelantaba á prevenir los caprichos de su señora
revelábase su carácter adulador y rastrero. No faltaban, sin embargo,
algunos que, más avisados ó maliciosos, creyeron sorprender en la
asiduidad del solícito mancebo algunas señales de mal disimulado amor.
Si en efecto era así, el oculto cariño de Garcés tenía más que
sobrada disculpa en la incomparable hermosura de Constanza. Hubiérase
necesitado un pecho de roca y un corazón de hielo para permanecer
impasible un día y otro al lado de aquella mujer singular por su
belleza y sus raros atractivos.
La _Azucena del Moncayo_ llamábanla en veinte leguas á la redonda, y
bien merecía este sobrenombre, porque era tan airosa, tan blanca y
tan rubia, que como á las azucenas, parecía que Dios la había hecho
de nieve y oro.
Y sin embargo, entre los señores comarcanos murmurábase que la
hermosa castellana de Veratón no era tan limpia de sangre como bella,
y que á pesar de sus trenzas rubias y su tez de alabastro, había
tenido por madre una gitana. Lo de cierto que pudiera haber en estas
murmuraciones nadie pudo nunca decirlo, porque la verdad era que
don Dionís tuvo una vida bastante azarosa en su juventud, y después
de combatir largo tiempo bajo la conducta del monarca aragonés, del
cual recabó entre otras mercedes el feudo del Moncayo, marchóse á
Palestina, en donde anduvo errante algunos años, para volver por
último á encerrarse en su castillo de Veratón, con una hija pequeña,
nacida sin duda en aquellos países remotos. El único que hubiera
podido decir algo acerca del misterioso origen de Constanza, pues
acompañó á don Dionís en sus lejanas peregrinaciones, era el padre de
Garcés, y éste había ya muerto hacía bastante tiempo, sin decir una
sola palabra sobre el asunto ni á su propio hijo, que varias veces y
con muestras de grande interés se lo había preguntado.
El carácter, tan pronto retraído y melancólico como bullicioso
y alegre de Constanza, la extraña exaltación de sus ideas, sus
extravagantes caprichos, sus nunca vistas costumbres, hasta la
particularidad de tener los ojos y las cejas negras como la noche,
siendo blanca y rubia como el oro, habían contribuído á dar pábulo
á las hablillas de sus convecinos, y aun el mismo Garcés, que tan
íntimamente la trataba, había llegado á persuadirse que su señora era
algo especial y no se parecía á las demás mujeres.
Presente á la relación de Esteban, como los otros monteros, Garcés
fué acaso el único que oyó con verdadera curiosidad los pormenores de
su increíble aventura, y si bien no pudo menos de sonreir cuando el
zagal repitió las palabras de la corza blanca, desde que abandonó el
soto en que habían sesteado comenzó á revolver en su mente las más
absurdas imaginaciones.
--No cabe duda que todo eso del hablar las corzas es pura aprensión
de Esteban, que es un completo mentecato--decía entre sí el joven
montero, mientras que jinete en un poderoso alazán, seguía paso á
paso el palafrén de Constanza, la cual también parecía mostrarse un
tanto distraída y silenciosa, y retirada del tropel de los cazadores,
apenas tomaba parte en la fiesta.--¿Pero quién dice que en lo que
refiere ese simple no existirá algo de verdad?--prosiguió pensando
el mancebo.--Cosas más extrañas hemos visto en el mundo, y una corza
blanca bien puede haberla, puesto que si se ha de dar crédito á las
cantigas del país, San Huberto, patrón de los cazadores, tenía una.
¡Oh, si yo pudiese coger viva una corza blanca para ofrecérsela á mi
señora!
Así pensando y discurriendo pasó Garcés la tarde, y cuando ya el sol
comenzó á esconderse por detrás de las vecinas lomas y don Dionís
mandó volver grupas á su gente para tornar al castillo, separóse sin
ser notado de la comitiva y echó en busca del zagal por lo más espeso
é intrincado del monte.
La noche había cerrado casi por completo cuando don Dionís llegaba á
las puertas de su castillo. Acto continuo dispusiéronle una frugal
colación, y sentóse con su hija á la mesa.
--Y Garcés ¿dónde está?--preguntó Constanza, notando que su montero
no se encontraba allí para servirla como tenía de costumbre.
--No sabemos--se apresuraron á contestar los otros
servidores;--desapareció de entre nosotros cerca de la cañada, y esta
es la hora en que todavía no le hemos visto.
En este punto llegó Garcés todo sofocado, cubierta aún de sudor la
frente, pero con la cara más regocijada y satisfecha que pudiera
imaginarse.
--Perdonadme, señora--exclamó, dirigiéndose á Constanza;--perdonadme
si he faltado un momento á mi obligación; pero allá de donde vengo á
todo el correr de mi caballo, como aquí, sólo me ocupaba en serviros.
--¿En servirme?--repitió Constanza;--no comprendo lo que quieres
decir.
--Sí, señora; en serviros--repitió el joven,--pues he averiguado que
es verdad que la corza blanca existe. A más de Esteban, lo dan por
seguro otros varios pastores, que juran haberla visto más de una vez,
y con ayuda de los cuales espero en Dios y en mi patrón San Huberto
que antes de tres días, viva ó muerta, os la traeré al castillo.
--¡Bah!... ¡Bah!...--exclamó Constanza con aire de zumba, mientras
hacían coro á sus palabras las risas más ó menos disimuladas de los
circunstantes;--déjate de cacerías nocturnas y de corzas blancas:
mira que el diablo ha dado en la flor de tentar á los simples, y si
te empeñas en andarle á los talones, va á dar que reir contigo como
con el pobre Esteban.
--Señora--interrumpió Garcés con voz entrecortada y disimulando
en lo posible la cólera que le producía el burlón regocijo de
sus compañeros,--yo no me he visto nunca con el diablo, y por
consiguiente no sé todavía cómo las gasta; pero conmigo os juro que
todo podrá hacer menos dar que reir, porque el uso de ese privilegio
sólo en vos sé tolerarlo.
Constanza conoció el efecto que su burla había producido en el
enamorado joven; pero deseando apurar su paciencia hasta lo último,
tornó á decir en el mismo tono:
--¿Y si al dispararle te saluda con alguna risa del género de
la que oyó Esteban, ó se te ríe en la nariz, y al escuchar sus
sobrenaturales carcajadas se te cae la ballesta de las manos, y antes
de reponerte del susto ya ha desaparecido la corza blanca más ligera
que un relámpago?
--¡Oh!--exclamó Garcés,--en cuanto á eso, estad segura que como yo la
topase á tiro de ballesta, aunque me hiciese más momos que un juglar,
aunque me hablara, no ya en romance, sino en latín como el abad de
Munilla, no se iba sin un arpón en el cuerpo.
En este punto del diálogo, terció don Dionís, y con una desesperante
gravedad á través de la que se adivinaba toda la ironía de sus
palabras, comenzó á darle al ya asendereado mozo los consejos más
originales del mundo, para el caso de que se encontrase de manos
á boca con el demonio convertido en corza blanca. A cada nueva
ocurrencia de su padre, Constanza fijaba sus ojos en el atribulado
Garcés y rompía á reir como una loca, en tanto que los otros
servidores esforzaban las burlas con sus miradas de inteligencia y su
mal encubierto gozo.
Mientras duró la colación prolongóse esta escena, en que la
credulidad del joven montero fué, por decirlo así, el tema obligado
del general regocijo; de modo que cuando se levantaron los paños,
y don Dionís y Constanza se retiraron á sus habitaciones, y toda
la gente del castillo se entregó al reposo, Garcés permaneció un
largo espacio de tiempo irresoluto, dudando si á pesar de las burlas
de sus señores, proseguiría firme en su propósito, ó desistiría
completamente de la empresa.
--¡Qué diantre!--exclamó saliendo del estado de incertidumbre en que
se encontraba:--mayor mal del que me ha sucedido no puede sucederme,
y si por el contrario es verdad lo que nos ha contado Esteban... ¡oh,
entonces, cómo he de saborear mi triunfo!
Esto diciendo, armó su ballesta, no sin haberle hecho antes la señal
de la cruz en la punta de la vira, y colocándosela á la espalda se
dirigió á la poterna del castillo para tomar la vereda del monte.
Cuando Garcés llegó á la cañada y al punto en que, según las
instrucciones de Esteban, debía aguardar la aparición de las corzas,
la luna comenzaba á remontarse con lentitud por detrás de los
cercanos montes.
A fuer de buen cazador y práctico en el oficio, antes de elegir un
punto á propósito para colocarse al acecho de las reses, anduvo un
gran rato de acá para allá examinando las trochas y las veredas
vecinas, la disposición de los árboles, los accidentes del terreno,
las curvas del río y la profundidad de sus aguas.
Por último, después de terminar este minucioso reconocimiento del
lugar en que se encontraba, agazapóse en un ribazo junto á unos
chopos de copas elevadas y oscuras, á cuyo pie crecían unas matas de
lentisco, altas lo bastante para ocultar á un hombre echado en tierra.
El río, que desde las musgosas rocas donde tenía su nacimiento
venía, siguiendo las sinuosidades del Moncayo, á entrar en la cañada
por una vertiente, deslizábase desde allí bañando el pie de los
sauces que sombreaban su orilla, ó jugueteando con alegre murmullo
entre las piedras rodadas del monte, hasta caer en una hondura
próxima al lugar que servía de escondrijo al montero.
Los álamos, cuyas plateadas hojas movía el aire con un rumor
dulcísimo, los sauces que inclinados sobre la limpia corriente
humedecían en ella las puntas de sus desmayadas ramas, y los
apretados carrascales por cuyos troncos subían y se enredaban las
madreselvas y las campanillas azules, formaban un espeso muro de
follaje alrededor del remanso del río.
El viento, agitando los frondosos pabellones de verdura que
derramaban en torno su flotante sombra, dejaba penetrar á intervalos
un furtivo rayo de luz, que brillaba como un relámpago de plata sobre
la superficie de las aguas inmóviles y profundas.
Oculto tras los matojos, con el oído atento al más leve rumor y la
vista clavada en el punto en donde según sus cálculos debían aparecer
las corzas, Garcés esperó inútilmente un gran espacio de tiempo.
Todo permanecía á su alrededor sumido en una profunda calma.
Poco á poco, y bien fuese que el peso de la noche, que ya había
pasado de la mitad, comenzara á dejarse sentir, bien que el lejano
murmullo del agua, el penetrante aroma de las flores silvestres y las
caricias del viento comunicasen á sus sentidos el dulce sopor en que
parecía estar impregnada la naturaleza toda, el enamorado mozo que
hasta aquel punto había estado entretenido revolviendo en su mente
las más halagüeñas imaginaciones, comenzó á sentir que sus ideas se
elaboraban con más lentitud y sus pensamientos tomaban formas más
leves é indecisas.
Después de mecerse un instante en ese vago espacio que media entre
la vigilia y el sueño, entornó al fin los ojos, dejó escapar la
ballesta de sus manos y se quedó profundamente dormido.
* * * * *
Cosa de dos horas ó tres haría ya que el joven montero roncaba
á pierna suelta, disfrutando á todo sabor de uno de los sueños
más apacibles de su vida, cuando de repente entreabrió los ojos
sobresaltado, é incorporóse á medias lleno aún de ese estupor del que
se vuelve en sí de improviso después de un sueño profundo.
En las ráfagas del aire y confundido con los leves rumores de la
noche, creyó percibir un extraño rumor de voces delgadas, dulces y
misteriosas que hablaban entre sí, reían ó cantaban cada cual por
su parte y una cosa diferente, formando una algarabía tan ruidosa y
confusa como la de los pájaros que despiertan al primer rayo del sol
entre las frondas de una alameda.
Este extraño rumor sólo se dejó oir un instante, y después todo
volvió á quedar en silencio.
--Sin duda soñaba con las majaderías que nos refirió el
zagal--exclamó Garcés restregándose los ojos con mucha calma, y en la
firme persuasión de que cuanto había creído oir no era más que esa
vaga huella del ensueño que queda, al despertar, en la imaginación,
como queda en el oído la última cadencia de una melodía después que
ha expirado temblando la última nota. Y dominado por la invencible
languidez que embargaba sus miembros, iba á reclinar de nuevo la
cabeza sobre el césped, cuando tornó á oir el eco distante de
aquellas misteriosas voces, que acompañándose del rumor del aire, del
agua y de las hojas cantaban así: