«Genios del aire, habitadores del luminoso éter, venid envueltos en
un girón de niebla plateada.
»Silfos invisibles, dejad el cáliz de los entreabiertos lirios,
y venid en vuestros carros de nácar á los que vuelan uncidas las
mariposas.
»Larvas de las fuentes, abandonad el lecho de musgo y caed sobre
nosotras en menuda lluvia de perlas.
»Escarabajos de esmeralda, luciérnagas de fuego, mariposas negras,
¡venid!
»Y venid vosotros todos, espíritus de la noche, venid zumbando como
un enjambre de insectos de luz y de oro.
»Venid, que ya el astro protector de los misterios brilla en la
plenitud de su hermosura.
»Venid, que ha llegado el momento de las transformaciones
maravillosas.
»Venid, que las que os aman os esperan impacientes.»
* * * * *
Garcés, que permanecía inmóvil, sintió al oir aquellos cantares
misteriosos que el áspid de los celos le mordía el corazón, y
obedeciendo á un impulso más poderoso que su voluntad, deseando
romper de una vez el encanto que fascinaba sus sentidos, separó con
mano trémula y convulsa el ramaje que le ocultaba, y de un solo salto
se puso en la margen del río. El encanto se rompió, desvanecióse
todo como el humo, y al tender en torno suyo la vista, no vió
ni oyó más que el bullicioso tropel con que las tímidas corzas,
sorprendidas en lo mejor de sus nocturnos juegos, huían espantadas de
su presencia, una por aquí, otra por allá, cuál salvando de un salto
los matorrales, cuál ganando á todo correr la trocha del monte.
--¡Oh! bien dije yo que todas estas cosas no eran más que
fantasmagorías del diablo--exclamó entonces el montero;--pero por
fortuna esta vez ha andado un poco torpe dejándome entre las manos la
mejor presa.
Y en efecto, era así: la corza blanca, deseando escapar por el soto,
se había lanzado entre el laberinto de sus árboles, y enredándose
en una red de madreselvas, pugnaba en vano por desasirse. Garcés le
encaró la ballesta; pero en el mismo punto en que iba á herirla, la
corza se volvió hacia el montero, y con voz clara y aguda detuvo
su acción con un grito, diciéndole:--Garcés, ¿qué haces?--El joven
vaciló, y después de un instante de duda, dejó caer al suelo el arma,
espantado á la sola idea de haber podido herir á su amante. Una
sonora y estridente carcajada vino á sacarle al fin de su estupor;
la corza blanca había aprovechado aquellos cortos instantes para
acabarse de desenredar y huir ligera como un relámpago, riéndose de
la burla hecha al montero.
--¡Ah! condenado engendro de Satanás--dijo éste con voz espantosa,
recogiendo la ballesta con una rapidez indecible;--pronto has cantado
la victoria, pronto te has creído fuera de mi alcance;--y esto
diciendo, dejó volar la saeta, que partió silbando y fué á perderse
en la oscuridad del soto, en el fondo del cual sonó al mismo tiempo
un grito, al que siguieron después unos gemidos sofocados.
--¡Dios mío!--exclamó Garcés al percibir aquellos lamentos
angustiosos.--¡Dios mío, si será verdad! Y fuera de sí, como loco,
sin darse cuenta apenas de lo que le pasaba, corrió en la dirección
en que había disparado la saeta, que era la misma en que sonaban los
gemidos. Llegó al fin; pero al llegar, sus cabellos se erizaron de
horror, las palabras se anudaron en su garganta, y tuvo que agarrarse
al tronco de un árbol para no caer á tierra.
Constanza, herida por su mano, expiraba allí á su vista, revolcándose
en su propia sangre, entre las agudas zarzas del monte.
[Ilustración]
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