III

Llegó al punto en que había visto perderse entre la espesura de las

ramas á la mujer misteriosa. Había desaparecido. ¿Por dónde? Allá

lejos, muy lejos, creyó divisar por entre los cruzados troncos de los

árboles como una claridad ó una forma blanca que se movía.

--¡Es ella, es ella, que lleva alas en los pies y huye como una

sombra!--dijo, y se precipitó en su busca, separando con las manos

las redes de hiedra que se extendían como un tapiz de unos en otros

álamos. Llegó rompiendo por entre la maleza y las plantas parásitas

hasta una especie de rellano que iluminaba la claridad del cielo...

¡Nadie!--¡Ah! por aquí, por aquí va--exclamó entonces.--Oigo sus

pisadas sobre las hojas secas, y el crujido de su traje que arrastra

por el suelo y roza en los arbustos;--y corría, y corría como un

loco de aquí para allá, y no la veía.--Pero siguen sonando sus

pisadas--murmuró otra vez;--creo que ha hablado; no hay duda, ha

hablado... El viento que suspira entre las ramas; las hojas, que

parece que rezan en voz baja, me han impedido oir lo que ha dicho;

pero no hay duda, va por ahí, ha hablado... ha hablado... ¿En qué

idioma? No sé, pero es una lengua extranjera... Y tornó á correr en

su seguimiento, unas veces creyendo verla, otras pensando oirla; ya

notando que las ramas, por entre las cuales había desaparecido, se

movían; ya imaginando distinguir en la arena la huella de sus breves

pies; luego, firmemente persuadido de que un perfume especial que

aspiraba á intervalos era un aroma perteneciente á aquella mujer

que se burlaba de él, complaciéndose en huirle por entre aquellas

intrincadas malezas. ¡Afán inútil!

Vagó algunas horas de un lado á otro fuera de sí, ya parándose para

escuchar, ya deslizándose con las mayores precauciones sobre la

hierba, ya en una carrera frenética y desesperada.

Avanzando, avanzando por entre los inmensos jardines que bordaban

la margen del río, llegó al fin al pie de las rocas sobre que se

eleva la ermita de San Saturio.--Tal vez, desde esta altura podré

orientarme para seguir mis pesquisas á través de ese confuso

laberinto--exclamó trepando de peña en peña con la ayuda de su daga.

Llegó á la cima, desde la que se descubre la ciudad en lontananza y

una gran parte del Duero que se retuerce á sus pies, arrastrando una

corriente impetuosa y oscura por entre las corvas márgenes que lo

encarcelan.

Manrique, una vez en lo alto de las rocas, tendió la vista á su

alrededor; pero al tenderla y fijarla al cabo en un punto, no pudo

contener una blasfemia.

La luz de la luna rielaba chispeando en la estela que dejaba en pos

de sí una barca que se dirigía á todo remo á la orilla opuesta.

En aquella barca había creído distinguir una forma blanca y esbelta,

una mujer sin duda, la mujer que había visto en los Templarios, la

mujer de sus sueños, la realización de sus más locas esperanzas. Se

descolgó de las peñas con la agilidad de un gamo, arrojó al suelo

la gorra, cuya redonda y larga pluma podía embarazarle para correr,

y desnudándose del ancho capotillo de terciopelo, partió como una

exhalación hacia el puente.

Pensaba atravesarlo y llegar á la ciudad antes que la barca tocase en

la otra orilla. ¡Locura! Cuando Manrique llegó jadeante y cubierto

de sudor á la entrada, ya los que habían atravesado el Duero por la

parte de San Saturio, entraban en Soria por una de las puertas del

muro, que en aquel tiempo llegaba hasta la margen del río, en cuyas

aguas se retrataban sus pardas almenas.

Obras escogidas · 第 19 / 158 题