Llegó al punto en que había visto perderse entre la espesura de las
ramas á la mujer misteriosa. Había desaparecido. ¿Por dónde? Allá
lejos, muy lejos, creyó divisar por entre los cruzados troncos de los
árboles como una claridad ó una forma blanca que se movía.
--¡Es ella, es ella, que lleva alas en los pies y huye como una
sombra!--dijo, y se precipitó en su busca, separando con las manos
las redes de hiedra que se extendían como un tapiz de unos en otros
álamos. Llegó rompiendo por entre la maleza y las plantas parásitas
hasta una especie de rellano que iluminaba la claridad del cielo...
¡Nadie!--¡Ah! por aquí, por aquí va--exclamó entonces.--Oigo sus
pisadas sobre las hojas secas, y el crujido de su traje que arrastra
por el suelo y roza en los arbustos;--y corría, y corría como un
loco de aquí para allá, y no la veía.--Pero siguen sonando sus
pisadas--murmuró otra vez;--creo que ha hablado; no hay duda, ha
hablado... El viento que suspira entre las ramas; las hojas, que
parece que rezan en voz baja, me han impedido oir lo que ha dicho;
pero no hay duda, va por ahí, ha hablado... ha hablado... ¿En qué
idioma? No sé, pero es una lengua extranjera... Y tornó á correr en
su seguimiento, unas veces creyendo verla, otras pensando oirla; ya
notando que las ramas, por entre las cuales había desaparecido, se
movían; ya imaginando distinguir en la arena la huella de sus breves
pies; luego, firmemente persuadido de que un perfume especial que
aspiraba á intervalos era un aroma perteneciente á aquella mujer
que se burlaba de él, complaciéndose en huirle por entre aquellas
intrincadas malezas. ¡Afán inútil!
Vagó algunas horas de un lado á otro fuera de sí, ya parándose para
escuchar, ya deslizándose con las mayores precauciones sobre la
hierba, ya en una carrera frenética y desesperada.
Avanzando, avanzando por entre los inmensos jardines que bordaban
la margen del río, llegó al fin al pie de las rocas sobre que se
eleva la ermita de San Saturio.--Tal vez, desde esta altura podré
orientarme para seguir mis pesquisas á través de ese confuso
laberinto--exclamó trepando de peña en peña con la ayuda de su daga.
Llegó á la cima, desde la que se descubre la ciudad en lontananza y
una gran parte del Duero que se retuerce á sus pies, arrastrando una
corriente impetuosa y oscura por entre las corvas márgenes que lo
encarcelan.
Manrique, una vez en lo alto de las rocas, tendió la vista á su
alrededor; pero al tenderla y fijarla al cabo en un punto, no pudo
contener una blasfemia.
La luz de la luna rielaba chispeando en la estela que dejaba en pos
de sí una barca que se dirigía á todo remo á la orilla opuesta.
En aquella barca había creído distinguir una forma blanca y esbelta,
una mujer sin duda, la mujer que había visto en los Templarios, la
mujer de sus sueños, la realización de sus más locas esperanzas. Se
descolgó de las peñas con la agilidad de un gamo, arrojó al suelo
la gorra, cuya redonda y larga pluma podía embarazarle para correr,
y desnudándose del ancho capotillo de terciopelo, partió como una
exhalación hacia el puente.
Pensaba atravesarlo y llegar á la ciudad antes que la barca tocase en
la otra orilla. ¡Locura! Cuando Manrique llegó jadeante y cubierto
de sudor á la entrada, ya los que habían atravesado el Duero por la
parte de San Saturio, entraban en Soria por una de las puertas del
muro, que en aquel tiempo llegaba hasta la margen del río, en cuyas
aguas se retrataban sus pardas almenas.