II

Sobre el Duero, que pasaba lamiendo las carcomidas y oscuras piedras

de las murallas de Soria, hay un puente que conduce de la ciudad al

antiguo convento de los Templarios, cuyas posesiones se extendían á

lo largo de la opuesta margen del río.

En la época á que nos referimos, los caballeros de la Orden habían

ya abandonado sus históricas fortalezas; pero aún quedaban en pie

los restos de los anchos torreones de sus muros, aún se veían, como

en parte se ven hoy, cubiertos de hiedra y campanillas blancas, los

macizos arcos de su claustro, las prolongadas galerías ojivales de

sus patios de armas, en las que suspiraba el viento con un gemido,

agitando las altas hierbas.

En los huertos y en los jardines, cuyos senderos no hollaban hacía

muchos años las plantas de los religiosos, la vegetación, abandonada

á sí misma, desplegaba todas sus galas, sin temor de que la mano del

hombre la mutilase, creyendo embellecerla. Las plantas trepadoras

subían encaramándose por los añosos troncos de los árboles; las

sombrías calles de álamos, cuyas copas se tocaban y se confundían

entre sí, se habían cubierto de césped; los cardos silvestres y las

ortigas brotaban en medio de los enarenados caminos, y en los trozos

de fábrica, próximos á desplomarse, el jaramago, flotando al viento

como el penacho de una cimera, y las campanillas blancas y azules,

balanceándose como en un columpio sobre sus largos y flexibles

tallos, pregonaban la victoria de la destrucción y la ruina.

Era de noche; una noche de verano, templada, llena de perfumes y de

rumores apacibles, y con una luna blanca y serena, en mitad de un

cielo azul, luminoso y transparente.

Manrique, presa su imaginación de un vértigo de poesía, después

de atravesar el puente, desde donde contempló un momento la negra

silueta de la ciudad, que se destacaba sobre el fondo de algunas

nubes blanquecinas y ligeras arrolladas en el horizonte, se internó

en las desiertas ruinas de los Templarios.

La media noche tocaba á su punto. La luna, que se había ido

remontando lentamente, estaba ya en lo más alto del cielo, cuando al

entrar en una oscura alameda que conducía desde el derruído claustro

á la margen del Duero, Manrique exhaló un grito leve, ahogado,

mezcla extraña de sorpresa, de temor y de júbilo.

En el fondo de la sombría alameda había visto agitarse una cosa

blanca, que flotó un momento y desapareció en la oscuridad. La orla

del traje de una mujer, de una mujer que había cruzado el sendero y

se ocultaba entre el follaje, en el mismo instante en que el loco

soñador de quimeras ó imposibles penetraba en los jardines.

--¡Una mujer desconocida!... ¡En este sitio!... ¡A estas horas! Esa,

esa es la mujer que yo busco--exclamó Manrique; y se lanzó en su

seguimiento, rápido como una saeta.

Obras escogidas · 第 18 / 158 题