IV

Aunque desvanecida su esperanza de alcanzar á los que habían entrado

por el postigo de San Saturio, no por eso nuestro héroe perdió la de

saber la casa que en la ciudad podía albergarlos. Fija en su mente

esta idea, penetró en la población, y dirigiéndose hacia el barrio de

San Juan, comenzó á vagar por sus calles á la ventura.

Las calles de Soria eran entonces, y lo son todavía, estrechas,

oscuras y tortuosas, un silencio profundo reinaba en ellas, silencio

que sólo interrumpían, ora el lejano ladrido de un perro, ora el

rumor de una puerta al cerrarse, ora el relincho de un corcel que

piafando hacía sonar la cadena que le sujetaba al pesebre en las

subterráneas caballerizas.

Manrique, con el oído atento á estos rumores de la noche, que unas

veces le parecían los pasos de alguna persona que había doblado ya

la última esquina de un callejón desierto, otras, voces confusas de

gentes que hablaban á sus espaldas y que á cada momento esperaba ver

á su lado, anduvo algunas horas corriendo al azar de un sitio á otro.

Por último, se detuvo al pie de un caserón de piedra, oscuro y

antiquísimo, al detenerse brillaron sus ojos con una indescriptible

expresión de alegría. En una de las altas ventanas ojivales de aquel

que pudiéramos llamar palacio, se veía un rayo de luz templada y

suave, que pasando á través de unas ligeras colgaduras de seda color

de rosa, se reflejaba en el negruzco y grieteado paredón de la casa

de enfrente.

--No cabe duda; aquí vive mi desconocida--murmuró el joven en voz

baja y sin apartar un punto sus ojos de la ventana gótica;--aquí

vive. Ella entró por el postigo de San Saturio... por el postigo de

San Saturio se viene á este barrio... en este barrio hay una casa,

donde pasada la media noche aún hay gente en vela... ¿en vela? ¿Quién

sino ella, que vuelve de sus nocturnas excursiones, puede estarlo á

estas horas?... No hay más; esta es su casa.

En esta firme persuasión, y revolviendo en su cabeza las más locas y

fantásticas imaginaciones, esperó el alba frente á la ventana gótica,

de la que en toda la noche no faltó la luz, ni él separó la vista un

momento.

Cuando llegó el día, las macizas puertas del arco que daba entrada

al caserón, y sobre cuya clave se veían esculpidos los blasones de

su dueño, giraron pesadamente sobre los goznes, con un chirrido

prolongado y agudo. Un escudero apareció en el dintel con un manojo

de llaves en la mano, restregándose los ojos, y enseñando al bostezar

una caja de dientes capaces de dar envidia á un cocodrilo.

Verle Manrique y lanzarse á la puerta, todo fué obra de un instante.

--¿Quién habita en esta casa? ¿Cómo se llama ella? ¿De dónde es?

¿Á qué ha venido á Soria? ¿Tiene esposo? Responde, responde,

animal.--Esta fué la salutación que sacudiéndole el brazo

violentamente, dirigió al pobre escudero, el cual después de mirarle

un buen espacio de tiempo con ojos espantados y estúpidos, le

contestó con voz entrecortada por la sorpresa:

--En esta casa vive el muy honrado señor D. Alonso de Valdecuellos,

montero mayor de nuestro señor el rey, que herido en la guerra contra

moros, se encuentra en esta ciudad reponiéndose de sus fatigas.

--Pero ¿y su hija?--interrumpió el joven impaciente;--¿y su hija, ó

su hermana, ó su esposa, ó lo que sea?

--No tiene ninguna mujer consigo.

--¡No tiene ninguna!... ¿Pues quién duerme allí en aquel aposento,

donde toda la noche he visto arder una luz?

--¿Allí? Allí duerme mi señor D. Alonso, que como se halla enfermo,

mantiene encendida su lámpara hasta que amanece.

Un rayo cayendo de improviso á sus pies, no le hubiera causado más

asombro que el que le causaron estas palabras.

V

--Yo la he de encontrar, la he de encontrar; y si la encuentro,

estoy casi seguro de que he de conocerla... ¿En qué?... Eso es lo

que no podré decir... pero he de conocerla. El eco de su pisada ó

una sola palabra suya que vuelva á oir; un extremo de su traje, un

solo extremo que vuelva á ver, me bastarán para conseguirlo. Noche

y día estoy mirando flotar delante de mis ojos aquellos pliegues de

una tela diáfana y blanquísima; noche y día me están sonando aquí

dentro, dentro de la cabeza, el crujido de su traje, el confuso

rumor de sus ininteligibles palabras... ¿Qué dijo?... ¿qué dijo?

¡Ah! si yo pudiera saber lo que dijo, acaso... pero aun sin saberlo

la encontraré... la encontraré; me lo da el corazón, y mi corazón

no me engaña nunca. Verdad es que ya he recorrido inútilmente todas

las calles de Soria; que he pasado noches y noches al sereno, hecho

poste de una esquina; que he gastado más de veinte doblas de oro en

hacer charlar á dueñas y escuderos; que he dado agua bendita en San

Nicolás á una vieja, arrebujada con tal arte en su manto de anascote,

que se me figuró una deidad; y al salir de la Colegiata una noche de

maitines, he seguido como un tonto la litera del arcediano, creyendo

que el extremo de sus hopalandas era el del traje de mi desconocida;

pero no importa... yo la he de encontrar, y la gloria de poseerla

excederá seguramente al trabajo de buscarla.

¿Cómo serán sus ojos?... Deben de ser azules, azules y húmedos como

el cielo de la noche; me gustan tanto los ojos de ese color; son tan

expresivos, tan melancólicos, tan... Sí... no hay duda; azules deben

de ser, azules son, seguramente; y sus cabellos negros, muy negros, y

largos para que floten... Me parece que los vi flotar aquella noche,

al par que su traje, y eran negros... no me engaño, no; eran negros.

¡Y qué bien sientan unos ojos azules, muy rasgados y adormidos, y una

cabellera suelta, flotante y oscura, á una mujer alta!... porque...

ella es alta, alta y esbelta, como esos ángeles de las portadas de

nuestras basílicas, cuyos ovalados rostros envuelven en un misterioso

crepúsculo las sombras de sus doseles de granito.

¡Su voz!... su voz la he oído... su voz es suave como el rumor del

viento en las hojas de los álamos, y su andar acompasado y majestuoso

como las cadencias de una música.

Y esa mujer, que es hermosa como el más hermoso de mis sueños de

adolescente, que piensa como yo pienso, que gusta como yo gusto,

que odia lo que yo odio, que es un espíritu hermano de mi espíritu,

que es el complemento de mi ser, ¿no se ha de sentir conmovida al

encontrarme? ¿No me ha de amar como yo la amaré, como la amo ya, con

todas las fuerzas de mi vida, con todas las facultades de mi alma?

Vamos, vamos al sitio donde la vi la primera y única vez que la he

visto... ¿Quién sabe si, caprichosa como yo, amiga de la soledad y

el misterio, como todas las almas soñadoras, se complace en vagar por

entre las ruinas, en el silencio de la noche?

Dos meses habían transcurrido desde que el escudero de D. Alonso de

Valdecuellos desengañó al iluso Manrique; dos meses, durante los

cuales en cada hora había formado un castillo en el aire, que la

realidad desvanecía con un soplo; dos meses, durante los cuales había

buscado en vano á aquella mujer desconocida, cuyo absurdo amor iba

creciendo en su alma, merced á sus aún más absurdas imaginaciones,

cuando después de atravesar absorto en estas ideas el puente que

conduce á los Templarios, el enamorado joven se perdió entre las

intrincadas sendas de sus jardines.

Obras escogidas · 第 20 / 158 题