--Señora --le dije comprendiendo con rápida penetración sus
pensamientos en aquel instante--, no me condene vuecencia sin oírme;
no me juzgue ingrato, desleal y mentiroso, si tan impensadamente me
encuentra aquí.
--¡De qué indigna manera me has engañado! --repuso con voz turbada
por la ira--. Jamás lo creí: yo pensé que tenías en tu baja e innoble
alma una chispa del fuego de honor. No: tu abyecta condición se revela
en tus actos, y no es posible esperar del miserable pilluelo de las
calles sino doblez y maldad. Hipócrita, ¿dónde has aprendido a fingir?
¿Cómo tu despreciable carácter, formado de todas las perfidias y malos
intentos, ha podido disimularse con la apariencia de la sencillez
honrada y de sentimientos nobles?
--Señora --respondí--, usía me tratará de otro modo cuando sepa qué
motivos me han traído aquí.
--No quiero saber nada. ¿Has visto a mi hija? ¿La has hablado?
--Sí, señora.
--¡Oh! No es posible que viéndote haya dejado de comprender qué clase
de persona eres. ¿Dónde está Inés? Que venga aquí, y si al ver este
pillastre desarrapado que se disfraza de gran señor para llegar hasta
ella; si al ver una palpable muestra de tu bajeza y vil condición en
esta lastimosa figura de Duque, que magullado y roto se arrastra por el
suelo pidiendo misericordia, persiste en creerte digno de un recuerdo,
Inés no es lo que yo quiero que sea, no es mi hija, no es de mi sangre.
Y en efecto, yo me arrastraba por el suelo, magullado y roto; y
confundido por el anatema de la Condesa, imploraba con inconexas
palabras que me perdonase, indicando a medias frases los hechos que
atenuaban mi falta.
--Señora --exclamé prosternándome hasta tocar con mis labios los pies
de Amaranta--, verdad es que he faltado a mi palabra. Arrójeme usía de
aquí; entrégueme a los alguaciles; permita que me lleven a la cárcel,
al presidio; mándeme matar si gusta; pero no me pida, no, de ningún
modo me pida que deje de amar a Inés, porque es pedirme lo imposible
y lo que no está en mi mano prometer. Usía me hablará de su casa y de
todas las casas. Yo confieso mi pequeñez; yo reconozco que al lado
de la grandeza de vuecencia soy como un grano de arena comparado con
el tamaño de todo el mundo; yo no soy nadie, yo soy un insensato, un
malvado, un miserable y todo lo que usía quiera que sea; pero yo no
puedo dejar de amar a Inés. Cuando sus padres la abandonaban, yo la
amé; cuando estaba sola en el mundo, yo fui su amigo; cuando era pobre,
yo trabajaba para ella. Creí que su repentino cambio de fortuna la
apartaría de mí para siempre: prometí en falso; prometí lo que no podía
ni debía cumplir, lo que estaba fuera de mi voluntad; prometí renunciar
a lo que siempre ha sido mío, y mi ceguera y mi error han durado hasta
esta noche, en que la he visto y la he hablado, señora Condesa; hasta
esta noche en que he comprendido que Inés no puede, no puede de modo
alguno resistir el peso abrumador de su nobleza.
Amaranta golpeó mi humillado rostro con sus pies. Sentí las suelas de
sus zapatos hiriendo mi cabeza, y los encajes de sus faldas barrieron
mi frente. La Condesa estaba frenética y cruel en su desbordada ira.
--¿Qué has dicho? --exclamó--. ¿Que no renuncias?... ¿Sabes que un
miserable como tú puede desaparecer del mundo sin que el mundo lo
advierta? ¡Despreciable gusano! ¡No te aplasto por compasión, y te
levantas para insultarme!
--Yo no insulto a usía --dije--. Yo respeto y venero a la que tantos
deseos de favorecerme ha manifestado. Vuecencia puede hacerme
desaparecer del mundo si gusta: sin duda lo merezco. Yo prometí a
usía no verla más, y no he cumplido mi palabra: soy un truhan y un
miserable. Vine a este Palacio sin intención de verla; encontreme solo,
y una fuerza irresistible, una fiebre que me devoraba lleváronme a su
aposento, donde la vi y nos hablamos largo rato. ¡Oh! ¿Me pide usía que
deje de amarla? No puede ser. ¿Me pide usía que no la vea más? Pues
haga su grandeza de modo que me den la muerte, porque mientras tenga
un solo aliento de vida y mientras me quede fuerza para arrastrarme,
correré tras ella, la buscaré, penetraré en lo más escondido y subiré
a lo más alto, sin ceder en esta persecución hasta que Inés no me diga
que se ha concluido la guerra a muerte trabada entre ella y su noble
familia.
--¡Oh! Quiero concluir de una vez --dijo sin poder contener su
agitación--: que venga aquí mi hija; la traeré aquí, te verá delante
de mí, y si todavía... No, no puede ser. ¡Dios mío! ¿Qué aberración,
qué absurdo es este que presenciamos? Miserable mendigo --añadió
volviéndose a mí--, vete. La culpa la tiene quien te ha dado más
importancia de la que mereces. Inés te desprecia: si has creído otra
cosa, te equivocas. ¿Por qué no hiciste lo que te mandé? ¿Por qué
viniste aquí? Mereces la muerte, sí, la muerte. No soy cruel; pero
¿acaso la vida de un indigno ser, que se perdería en el mundo sin
que nadie lo echara de menos, debe estorbar la felicidad de toda una
familia, debe estorbar mi reposo y echar por tierra la grandeza de una
casa como la mía? No, no puede ser. Vete de aquí; que te lleven, que te
arrastren como infame ladrón que eres. Si ella lo siente que lo sienta;
si padece, que padezca. Así no se puede vivir. Seré inflexible; yo
enseñaré a mi hija cuáles son sus deberes; yo le enseñaré el respeto
que debe tener a su nombre, y me obedecerá, cueste lo que cueste.
--Deje usía --le dije--, que la maten los demás; y cuando haya
sucumbido a las violencias, a las vejaciones y a la tiranía de sus
parientes, quédele a la madre el consuelo de no haber puesto las manos
en ella.
--¿Qué dices? ¿Qué has dicho? --preguntó Amaranta mirándome fijamente
y cambiando por completo en un instante de tono, de actitud, de
expresión--. ¿Qué has dicho?
--He dicho que usía no debe, que no puede contribuir a matarla.
--¡A matarla! --exclamó con estupor y como vacilando entre admitir o
rechazar aquella idea.
--Sí, señora. Bien sabe usía que Inés es muy desgraciada.
Vi entonces cómo se disipaba la ira en el rostro de Amaranta, cómo
se aclaraba su semblante, cómo todo aparato de indignación y de
biliosidad y de tirantez nerviosa desaparecía, sucediendo a aquella
tempestad aplacada una quietud reflexiva en que al instante se sumergió
su espíritu, lanzado desde las cimas de la cólera a los abismos de la
meditación. Me miró largo rato, y yo la miré. Estaba profundamente
pensativa. Estaba en poder de uno de esos invasores pensamientos que
vienen de repente y ocupan toda el alma, que suspenden todas las
sensaciones, y envuelven y embargan las facultades todas. Al fin, sin
pestañear, sin apartar los ojos de mí, sin hacer movimiento alguno,
exhaló un profundo suspiro y después dijo:
--Sí, mi hija es muy desgraciada.
No era sin duda la primera vez que a sí misma se decía aquellas
palabras.
Sentada en el sofá, apoyó la barba en los dedos pulgar e índice, y el
codo en el brazo del sillón, y así estuvo largo espacio de tiempo.
Me parece que la estoy mirando. ¡Cuán hermosa y cuán imponente y
subyugadora! _¡Digna concha de tal perla!_ como ha dicho, no por cierto
refiriéndose a esta, sino a otra, un gran poeta contemporáneo.
Alzó luego la vista, y me examinó atentamente; ¡pero de qué modo, con
cuánto interés me miraba! De sus ojos había desaparecido el rayo de la
indignación que antes la hacía tan terrible. Yo no me atrevía a decir
nada. Una dulce sensibilidad embargaba mi espíritu.
Amaranta, esclava de su pensamiento, volvió a repetir:
--¡Oh! sí: mi hija es muy desgraciada, y yo no puedo hacerla feliz.
Dicho esto, me miró con cierta perplejidad. En sus ojos se retrataba
una viva compasión hacia mi persona, quizás algún sentimiento más
favorable. Al principio creí engañarme; pero mi corazón, con su
misterioso lenguaje, me indicó que habían cambiado de súbito los
sentimientos de la Condesa respecto a mí. De mi pecho pugnaban por
desbordarse los míos.
Acerqueme a ella y me dijo:
--¿Qué has hablado con Inés? ¿Qué te ha dicho?
No le pude contestar de otro modo que arrojándome de rodillas a sus
pies. Pero ella repitió la pregunta intentando con sus manos alzar mi
frente, que se había adherido con fuerza a sus rodillas.
--Señora --le contesté al fin--, me ha dicho la verdad; me ha dicho que
a nadie puede amar más que a mí.
Yo besaba sus manos, y la sentí llorar.
Duró poco tiempo aquella situación. Sentimos gran ruido de voces;
abriose la puerta, y en el dintel apareció la Marquesa, terrorífica,
abrumadora de cólera y de severidad. Con ella venían el diplomático,
D. Diego, el verdadero Duque de Arión, algunos criados y soldados de
la guardia. Amaranta no dijo nada, ni yo tampoco. La actitud en que
nos encontraron debió sorprenderles más que la noticia de que había un
ladrón en la casa, y estoy seguro de que cada individuo de la familia
interpretaba de un modo distinto aquella escena. En cuanto a esto, mis
lectores verán más adelante algo que les interesará.
Como en opinión de la servidumbre yo era un ladronzuelo, vino gente
de la policía, y cuando Santorcaz penetró en la habitación y ordenó
a los suyos que se apoderaran de mí, huyeron con el rápido paso del
terror las dos nobles damas. La algazara de aquel momento no me impidió
percibir lejanos gritos y alteradas voces de mujer en las cuadras
interiores. Un oficial de la guardia francesa, llamado a última hora
no sé por quién, echó de Palacio de un modo algo despreciativo a
alguaciles y alguacilado, tratándonos a todos como a gente de perversa
ralea.