Cuando Inés alzó la cabeza y me vio delante, tras un estremecimiento
que indicaba el mayor espanto, quedose atónita, sin habla, con
disposición a perder el sentido. La emoción me impedía al mismo tiempo
el pronunciar algunas palabras para tranquilizarla. Mi presencia le
causaba terror; iba a gritar sin duda.
--Inés, Inesilla --dije al fin--, no te asustes: soy yo, soy yo mismo.
¿Creías tú que me había muerto? No: mírame bien, estoy vivo. No me
tengas miedo.
Diciendo esto la abrazaba, estrechándola contra mi pecho.
--¿Creías tú no volver a verme más? --proseguí--. Te dijeron que me
había muerto. ¡Pícaros, cómo te engañan! Aquí estoy; no me preguntes
cómo he venido. Yo no lo sé. Creo que Dios me ha traído por la mano
para que nos veamos.
Inés tardaba mucho en volver de aquel estupor que por algunos minutos
pareció quitarla el conocimiento: mirábame con ojos asombrados;
derramó algunas lágrimas, y su rostro, fluctuando entre el llanto y
la sonrisa, revelaba en cada segundo una sensación distinta. Pasado
un rato, fijando la atención en mi vestido, pareció profundamente
asombrada; volvió a reír, y me interrogó con los ojos. Sus manos,
sus brazos temblaban entre los míos de un modo alarmante, y temiendo
que la impresión producida en su organismo por tan fuerte sorpresa
fuera demasiado lejos, la tomé en brazos, púsela con el mayor cariño
sobre el cercano sofá, y senteme junto a ella, procurando calmarla y
explicándole en términos precisos mi inesperada aparición.
--¿Pero dónde estabas tú? --me dijo.
--En la habitación de tu padre. Allá me dejó cuando te llamaron, y
allí te estaba esperando. ¿Por qué no fuiste? Mi impaciencia era tanta
que no pude resistir, y como un ratero me metí por esas habitaciones
hasta llegar aquí.
--¿Y cómo entraste en Palacio?
--Eso es largo de contar. Me han pasado muchas cosas, Inesilla de mi
corazón. Yo no sé cómo he venido aquí. Había prometido no verte más ni
hablarte; pero yo no sé por qué me encuentro a tu lado y te veo y te
hablo. ¿Conque me creías muerto?
--Sí, ¡muerto! --dijo con tristeza--. Sin embargo, yo confiaba en que
fuera mentira, y muchas veces he tenido el pensamiento de que ibas
a venir. Anoche, ayer, ahora mismo he estado pensando en esto, y al
quedarme sola he sentido gran zozobra creyendo verte en los espejos,
o salir de detrás de esos armarios, o entrar por cualquiera de esas
puertas como un fantasma. ¿Pero cómo has venido aquí? ¿De qué invención
te has valido? Si te descubren... Estás vestido como un caballero.
--Sí, Inesilla --respondí besándole las manos--. Pero aunque me ves
vestido de caballero, no creas que lo soy. Soy lo mismo que era antes,
cuando estábamos en casa de D. Mauro: es decir, no soy nada. Tú estás
tan por encima de mí, que debes avergonzarte de mirarme.
Al oír esto, todo cambió en su espíritu, y la vi sonreír de un modo
espontáneo y festivo, perdida ya la emoción dolorosa del primer
momento.
--Yo no pensaba verte más --continué--; pero la casualidad o la
Providencia han querido que te vea. ¡Qué desgraciados somos, o mejor
dicho, qué desgraciado soy! Porque yo tengo que renunciar a ti, tengo
que marcharme para no volver más. ¿No comprendes tú que ha de ser así,
que no puede ser de otra manera? Para mí valiera más no haber nacido.
¿Por qué te conocí? ¿Por qué te volviste gran señora? ¿Por qué Dios,
que a ti te sacó de la humildad para traerte a los palacios, me dejó a
mí en la miseria y en la oscuridad de mi nombre?
--No me has dicho todavía por qué estás vestido así --indicó con el
mayor asombro.
--Nada de esto es mío, Inesilla --repliqué con profundo dolor--. Estas
ropas son como las que se ponen los cómicos cuando salen a la escena
vestidos de reyes. Después se las quitan y quedan hechos unos mendigos:
lo mismo soy yo. Si ahora se descubre la farsa que me ha traído aquí,
tus criados me echarán del Palacio ignominiosamente. No soy nadie, no
soy nada. Yo creí que no te vería más; pero algún poder superior nos
ha puesto esta noche juntos, y yo que he jurado ante la Condesa, tu
prima, no verte ni hablarte más en la vida, estoy ahora a tu lado para
decirte que te quiero y te adoro, y me muero por ti. Seré un malvado,
un tramposo, un miserable que se burla de todas las conveniencias de
la sociedad; pero siendo todo esto, y aún más, insisto en decir que no
puedo dejar de quererte, aunque me lo prohíban todas las potencias de
la tierra, y aunque entre nosotros se pusieran con la espada en la
mano todos tus parientes y antecesores desde que el mundo es mundo.
Inés parecía meditar. Después de un rato de silencio, me dijo con
tristeza:
--Mis parientes son muy crueles conmigo.
--No, hijita mía: considera tú su posición, su nombre, lo que deben a
la sociedad, y comprenderás que no pueden hacer otra cosa. ¿Cómo han de
admitirme en tu familia? La idea de que me amas les causa horror, y se
creen deshonrados con solo mirarme. Tu prima la Condesa es muy buena.
Si tuviera tiempo para contarte los beneficios que le debo y el afecto
que me muestra, te asombrarías.
--Ha llegado el caso de que yo devuelva a mi familia todo lo que me ha
dado, y tome por mí misma lo que no ha querido darme --dijo Inés.
--Tú tendrás prudencia y esperarás.
--Hablaré francamente a mi prima. Ella me ha dicho que quiere verme
feliz a toda costa, y es la que me defiende de las impertinencias de
mis cinco maestros, y la que me salva de la etiqueta, que es lo que más
aborrezco. Yo le diré que has estado aquí...
--No, no, por Dios; no le digas que he estado aquí. Yo debo marcharme
ahora mismo, Inés; yo no puedo estar más a tu lado.
--No te has de ir --me dijo asiendo mis dos brazos para detenerme--. Yo
se lo diré todo a mi prima; le diré que no te has muerto, que yo sé que
no te has muerto, que nos hemos visto, y que has de volver.
--No, no le digas eso: desde este momento ya no merezco la benevolencia
que ha manifestado.
--¡Oh! --exclamó Inés con mucha pena--. Pues entonces, ¿qué recurso nos
queda? ¿Qué podemos hacer? ¿Cuándo vuelves tú?
--Nunca --le respondí, sin reparar en lo que decía, pues mi exaltación
no me permitía formular ideas concretas sobre nada.
--¿Cómo nunca?
--Sí, volveré cuando quieras --dije, estrechándola contra mi corazón--.
Si tú me mandas que vuelva; si tú, despreciando las resoluciones de tu
familia, insistes en quererme lo mismo que cuando éramos dos pobres
criaturas desamparadas, volveré, quebrantaré las promesas que hice a tu
prima, porque ¡ay! sin duda tu prima no sabe cuánto te quiero, cuánto
te adoro, y de qué manera nosotros nos hemos dado un juramento que
está por encima de todos los demás. Dile que no me he muerto, ni me
moriré, mientras tú vivas, porque no quiero ni debo morirme; dile que
aquí estaré, mientras tú no me eches, y que antes que fueras Condesa,
y Duquesa, y Princesa, habías resuelto casarte conmigo, que no soy
caballero ni soy nada, aunque teniendo tu cariño no me cambio por todos
los nobles de la tierra.
Inés al oírme se animaba mucho. Encendiéronse sus mejillas, y el vivo
resplandor de sus ojos indicó una irrupción de sensaciones agradables
y de ideas de felicidad, que de improviso se apoderaban de su abatido
espíritu. Tomándome la mano, me dijo:
--Juro que no me he de casar sino contigo, cualquiera que sea tu
suerte, cualquiera que sea tu posición. Dicen que yo soy rica, y que
soy noble. ¿No es esto bastante? Yo les diré que si no me quieren de
este modo, me quiten todo lo que me han dado. Les diré que tú eres para
mí más caballero que todos los demás, y, por último, que ninguna fuerza
humana me obligará a dejar de quererte, porque Dios lo ha ordenado así.
Tengamos confianza en Dios y esperemos. Lo que parece más difícil, se
hace de pronto fácil. Yo sé, sin que nadie me lo haya enseñado, que
cuando las cosas deben pasar, pasan, y que la voluntad de los pequeños
suele a veces triunfar de la de los grandes.
Al decir estas palabras, que indicaban, junto con un firme amor, un
profundo sentido, Inés me mostraba la superioridad de su alma, bastante
fuerte para poner las leyes inmortales del corazón sobre todas las
conveniencias, preocupaciones y artificiosas leyes de la sociedad.
--¡Inés! --le dije, prodigándole las más tiernas muestras de cariño--.
A pesar de estar tan alta, tú eres hoy tan desgraciada como yo; pero
para los dos vendrán días felices y tranquilos.
Yo había olvidado todo temor, las causas de mi presencia en aquel
sitio, lo avanzado de la hora; no me acordaba de su familia, ni de
mi fuga, ni de la policía, ni de nada; no veía más mundo que aquel
pequeño, ¡qué digo pequeño!... aquel mundo infinito que mediaba entre
nuestros ojos.
--Tú sabes y sientes mejor que yo --exclamé--; tú me señalas el camino
que debo seguir, y lo seguiré. Te amo tanto, que querría morirme aquí
mismo, si supiera que habías de ser para otro. Y vengan contrariedades,
vengan orgullos, vengan obstinaciones de familia, vengan obstáculos,
venga todo, que todo lo desprecio. ¿Qué valen cien mil coronas
condales, y las mayores riquezas del mundo? Todo eso no será suficiente
razón para quitarme lo que es mío, mi Inesilla de mi alma y de mi
corazón. Si soy pobre y miserable, que lo sea: nada importa, puesto
que, miserable y pobre, quieres tú más uno de mis cabellos que las
coronas y tesoros de todos los duques de la tierra. ¿No es cierto? Y
que venga ahora toda la sociedad y toda Europa, y toda la historia y
el mundo todo a decirme que no podrás ser mía. Que vengan y yo les
diré que se vayan a paseo, porque nosotros no necesitamos de ellos
para nada, y nosotros valemos más que todo eso. ¿No es verdad? Cuando
prometí a tu prima renunciar a ti, prometí lo absurdo y lo imposible,
lo que no dependía de mi voluntad, porque el amor que nos tenemos es
obra de Dios, es como la vida, y solo puede quitarlo el mismo que lo da.
Así me expresé yo, y en este tono hablamos un poco más, y luego
cambiamos de asunto, y seguimos departiendo en serio y en broma sobre
mil cosas que nos ocurrían, sin acordarnos de nada que no fuera
nosotros mismos, y menos del tiempo que iba transcurriendo a toda
prisa. De tema en tema vino a mi pensamiento el objeto que allí me
había llevado, y le conté el incidente de D. Diego con sus torpes y
abominables planes. Ella se sorprendió de esto, y me dijo que nunca
había supuesto a Rumblar tan rematadamente malo. Seguimos luego
hablando de otros asuntos, y ella se reía de mi traje, y yo de sus
graciosas ocurrencias, al referir las ceremonias palaciegas a que había
asistido. Repetidas veces pasó por mi mente la idea del gran peligro
que allí corría; pero era tan feliz, que yo propio arrojaba lejos de mí
aquella idea importuna. Al fin entró de pronto una criada, y dijo:
--¿Se le ofrece a la señorita alguna cosa?
Díjole Inés que no, y se fue; pero me observó de soslayo el tiempo que
allí estuvo.
Seguimos hablando, y al poco rato apareció otra criada que me miró
mucho también, preguntando:
--¿Ha llamado la señorita?
Y luego que esta se retiró, pareciome sentir cuchicheos y ruido de
pasos tras de la puerta. Comuniqué a Inés mi recelo, y al punto
convinimos en que me debía retirar. ¡Qué escándalo! Era mucho más de
media noche. Ella misma me llevó al cuarto donde antes me había dejado
el diplomático, y después de discutir un rato sobre lo más conveniente
para salir en bien de aquel paso, acordamos que esperaría al Sr. D.
Felipe, continuando, cuando volviera, el mismo papel de Duque de Arión,
y que con cualquier pretexto saliese después, poniéndome en salvo
antes de la mañana y hora en que necesariamente habían de llegar
Amaranta o su tía. Despidiose Inés de mí, dándome muchas esperanzas, y
prometiéndome que nos veríamos cuando menos lo pensase, y me quedé solo
otra vez donde antes estaba.
Cansado de esperar, quise salir; pero encontré la puerta cerrada
por fuera, y en el mismo instante en que lo advertía, sentí que una
mano desconocida cerraba también la que me había dado paso hacia la
habitación de Inés. Estaba preso.
Presté atención a ciertos ruidos cercanos, y percibí otra vez cuchicheo
de voces diversas, como risas y chacota de criados y gente menuda; lo
que acabó de revelarme el peligro en que me encontraba, y la proximidad
de un lance desastroso. A esto había venido a parar el Duque de Arión.
Oí a poco también la voz del diplomático, que algo turbada decía:
--Id a avisar al cuerpo de guardias. ¿Estáis seguro de que no lleva
armas?
Luego los rumores se extinguieron para resonar de nuevo hacia el cuarto
de Inés, con voces de hombre y de mujer, confundidas en viva disputa.
Y la voz de Inés se oyó muy cerca, aunque me fue imposible entender lo
que decía. Lleno de congoja, mas también colérico ante la idea de que
se me tomase por un ladrón, di golpes en la puerta con pies y manos,
pidiendo que se me abriera, lo cual aumentó las risas del exterior.
--Es muy posible que lleve pistolas --dijo el diplomático--. No abráis,
mientras no venga un pelotón de la guardia.
Pero el criado a quien tan prudentes advertencias se dirigían, no hizo
caso de ellas; abriome la puerta, y abalanzándose hacia mí con otros
dos de su misma estofa, dijo:
--No te escaparás, no. A ver, registradle bien los bolsillos, y sacadle
todo lo que lleve.
--Canallas --grité luchando con ellos--. Yo no me llevo nada. Ladrones
y rateros seréis vosotros, que no yo.
--Creo que debéis amarrarle, muchachos --dijo el diplomático, entrando
con gran arrojo--. Desde luego sospeché que este joven no era mi
pariente. Por fuerza ha de tener los bolsillos llenos de alhajas:
registradle bien. ¿Decís que estuvo en el cuarto de mi hija más de tres
horas? Eso no puede ser, caballerito --añadió encarándose conmigo--.
¿Quién es usted? Vive Dios que aquí hay algún misterio.
--Este es el que en el Escorial sirvió de paje a la señora Condesa
--dijo uno de los criados empujándome con tal fuerza, que me hizo caer
al suelo.
--Este estaba en Córdoba hace seis meses, y todos los días venía a la
puerta de casa --dijo otro dándome con el pie, una vez que caído me vio.
--Y es, si no me engaño, el que tiraba chinitas a la ventana --afirmó
una criada, hundiendo sus uñas en mi carne.
--Me parece que le he visto en casa vestido de fraile --dijo otra
dándome en la cabeza con las tenazas de la chimenea.
--Ya le conozco, y sé muy bien lo que le trae por aquí --indicó una
tercera tirándome fuertemente del cabello.
--¿Conque nada menos que Duque de Arión? --dijo un lacayo dándome una
manotada en la chupa con tanta fuerza, que me la rasgó de arriba abajo.
--¡Miren el Duque de papelón! ¡Pues no vino con pocos humos! --exclamó
otro anudándome la corbata tan violentamente, que pensé morir
estrangulado.
--Desnudadle en el acto.
--No: aguardad a que venga la autoridad --ordenó el Marqués--. ¿Conque
es un paje de Amaranta, que fue a Córdoba, y que arrojaba chinitas
vestido de fraile? Bien decía yo que esta cara no me era desconocida.
¡En el Escorial, en Córdoba...! ¿Te llamas tú Gabriel? ¡Gabriel,
Gabriel!... Conque Gabriel...
Y diciendo esto, D. Felipe Pacheco y López de Barrientos dio
algunas vueltas por la estancia, revolviendo, sin duda, en su magín
contradictorios pensamientos. Juzgue el lector de mi martirio al verme
entre aquellos soeces criados, cuyas almas experimentaban deliciosa
fruición en degradar al que creyeron Duque y en pisotear mi supuesta
nobleza y caballerosidad. Defendime al principio rabiosamente de sus
groseros insultos; mas nada podían contra tantos mis fuerzas, por
momentos enflaquecidas, y me entregué a las vengativas manos de aquella
pequeña plebe irritada que no podía tolerar el encumbramiento ficticio
de uno de los suyos. Yo creo que me habrían roto los huesos; que me
habrían arrastrado en tropel por la casa; que me habrían arrancado
pedazo a pedazo los vestidos, y con los vestidos la carne; que me
habrían deshecho a pellizcos, pinchazos y rasguños, si la llegada de
la Condesa no hubiera puesto fin de repente a la dolorosa escena de mi
crucificación. La vi aparecer cuando ya iluminaban completamente la
habitación las primeras luces del día, y pareciome un ángel salvador.
La sorpresa que tal espectáculo le causó, junto con lo que a su llegada
le contaron, habíanla puesto como fuera de sí. La ira y la compasión
se sucedían rápidamente una tras otra en su semblante. Parecía no dar
crédito a sus ojos; me miraba casi exánime y maltratado, y reconocía
en mis ropas las del Duque de Arión, que ella me diera para fugarme.
Por de pronto, a pesar de su enojo, me libró de toda aquella canalla,
y haciendo que los criados saliesen afuera, quedose sola conmigo,
mientras su tío iba en busca de quien me llevase a la cárcel.