No tengáis compasión de mí al verme en esta cuerda ignominiosa,
enracimado con otros veinte infelices. No somos ladrones, ni asesinos,
ni falsificadores; somos patriotas, insurgentes de aquella gran
epopeya, y nos llevan a Francia. Felizmente no se cumplió en nosotros
aquel consejo del capitán del siglo, que decía a su hermano: _Ahorcad
unos cuantos pillos, y esto hará mucho efecto_. Por lo que pasó
después, se ha venido a conocer que también Álvarez el de Gerona
entraba en el número de los pillos. No nos ahorcaron, pues aún vivo
para contarlo; y cuando digo que no me tengáis compasión, es porque,
después de preso, la policía no me supuso otra criminalidad que la
traición a la causa francesa, y me juzgó bastante castigado con el
destierro.
--Bien sé yo que no eres ladrón --me dijo Santorcaz en Madrid cuando
me ponían en la cuerda que estrechaba en cordial apretón las cuarenta
manos de los insurgentes--; pero eres un vil soplón y entrometido, a
quien es preciso poner a cien leguas de Madrid. Si te dieras a partido
y quisieras ser mi amigo, yo te conseguiría un puesto en la policía,
con tal que me sirvieses bien en este negocio.
No con palabras, porque no las merecía, sino con una mirada de
desprecio, le contesté, y estuve después meditando sobre mi suerte,
hasta que la cuerda se movió y los cuarenta pies de aquella serpiente
humana se pusieron en marcha. Éramos los _pillos_ que el Gobierno
francés, demasiado generoso, no había querido ahorcar, y se nos mandaba
a Francia. Con nosotros iba el gran poeta Cienfuegos. Isidoro Máiquez y
Sánchez Barbero fueron poco después, aunque no ensartados.
Al dar los primeros pasos, miré al que iba a mi derecha, atado su codo
al mío. ¡Oh, ventura sin igual! Era D. Roque, el lector de periódicos.
--¡Ah, Sr. D. Roque! --le dije--. ¿También habla de esto el _Semanario
patriótico_?
--Queridísimo Gabriel, Dios nos ha puesto juntos en la desgracia como
en la prosperidad. Paciencia, y que la Virgen nos deje ver algún día a
nuestra inolvidable villa.
--¿Por qué le destierran a usted?
--Hijo, por una calaverada. Cometí la indiscreción de decir en un
paraje público que nuestro desgraciado vecino D. Santiago Fernández era
un héroe no menos grande que los de la antigüedad, y podía compararse a
Codro, Leónidas, Horacio Cocles, Mucio Scévola, y al mismo Catón por la
entereza de su ánimo. ¿No lo crees tú así?
--¿Murió nuestro amigo?
--Sí: cuando el general Belliard fue a tomar posesión de Los Pozos,
todos entregaron las armas. D. Santiago continuaba encerrado en el
jardín de Bringas. ¿Qué pensarás que hizo? Pues por la mañana, al
volver de su casa, amontonó toda la leña puesta allí para calentarnos.
Ya recordarás que también había una gran cantidad de madera vieja de
la casa que han derribado en la esquina. Pues con aquellos materiales
y la leña hizo un gran parapeto en el rincón del fondo, donde estaba
el gallinero vacío, y púsose dentro de su improvisada fortaleza.
Derribaron los franceses la puerta del jardín, y cuando vieron aquel
monte de madera, de cuyo interior salía una hueca voz diciendo: «_Se
rendirá Madrid, se rendirán Los Pozos; pero el Gran Capitán no se
rinde_», tuvieron al que tal decía por loco y diéronse a reír. Pero
Fernández había puesto dentro una buena cantidad de cartuchos, y dale
que le das, empieza a hacer fuego por las aberturas y resquicios de
su montón de leña. Los franceses, que se vieron heridos (y alguno
de ellos murió), arremetieron contra el gallinero, destruyendo los
parapetos de madera vieja. Fernández no cesaba de hacerles fuego desde
adentro. Pero cátate que a lo mejor empieza a salir humo, y luego
llamas que crecieron rápidamente, y la ronca voz del defensor del
gallinero gritaba: «_Viva España; mueran los franceses y el granuja de
Napoleón._»
Mandó el oficial que se apartase la madera para sacar a aquel
desgraciado, que sin duda excitaba su admiración; pero Fernández
gritó de nuevo: «_Se rendirá Madrid, se rendirán Los Pozos; pero el
Gran Capitán no se rinde_», hasta que cesó la voz, y las llamas,
extendiéndose vorazmente, destruyéronlo todo. La inmensa hoguera estuvo
humeando todo el día. Cuando aquello se acabó, buscaron el cuerpo; pero
estaba hecho ceniza.
Calló D. Roque, y en el mismo instante el que nos conducía por la Mala
de Francia mandó que hiciéramos alto. Al detenernos vimos que por el
camino y hacia Chamartín venían algunos coches y gran número de jinetes
con deslumbradores uniformes. Era el Emperador que volvía de su visita
al Palacio de Madrid y caminaba hacia su Cuartel. Iba en coche, y al
pasar, nuestro guía y los soldados que nos custodiaban mandáronnos que
le diéramos vivas. Fue preciso repartir algunos culatazos para que
obedeciéramos, y cuando el grande hombre pasó, algunos le saludaron.
Sin duda por estas y otras ovaciones de la misma clase, escribía
con fecha 17 de diciembre: «_En las poblaciones por donde paso, me
manifiestan mucha simpatía y admiración._»
--Acabe usted de contarme la muerte de nuestro amigo--, dije a D. Roque
una vez que pasó la procesión.
--Ya no queda nada --repuso--, sino que con toda su grandeza y poder,
el hombre que acaba de pasar no llega ni con mucho a la inmensa altura
del Gran Capitán. Algunos han dicho que nuestro amigo estaba loco; pero
ese que ahí va, ¿está en su sano juicio?
Enero de 1874.