XXVII

Fue detenido el coche en la Puerta de San Vicente, abrieron la

portezuela, presenté mi carta de seguridad, y después de abrumarme

con cumplidos y cortesías, me dejaron pasar. Sufrí nueva detención

hacia San Antonio, y una tercera en la Puerta de Hierro. Tantas

molestias me hicieron ver que era arriesgadísimo salir disfrazado,

y enteramente imposible sin el documento prescrito. Pero yo pasé el

camino felizmente, y ninguno de los que echaron su mirada importuna

dentro de mi coche, sospechó el papel que un servidor de ustedes estaba

representando.

Iba yo en un estado de agitación indefinible, y la marcha de las mulas

me parecía tan desproporcionada a mi febril impaciencia, que sentía

impulsos de bajar y correr a pie, creyendo de este modo llegar más

pronto. Arrastrado por una ciega e invencible determinación, yo la

había formulado en estos términos sencillísimos: «Llegaré, haré por

ver a la Condesa, informarela de la alevosa intención de D. Diego, y

partiré después. No es preciso nada más.» Yo no pensaba en dificultades

de ninguna clase, y las contrariedades subalternas eran despreciadas

entonces por mi impetuosa voluntad. Tampoco atendía en manera alguna

a mi proyectada fuga, ni me cuidaba de si iba vestido de esta o de la

otra manera. Caer en poder de la policía, una vez llevado a efecto mi

pensamiento, me importaba poco.

Por fin, en poco más de una hora llegamos a la plaza de Palacio, donde

vi una gran escolta de caballería y muchos coches. El cochero del

mío azotó las mulas y las hizo penetrar por la ancha puerta hasta el

vestíbulo de donde arranca la gran escalera. Todo lo vi iluminado, todo

lleno de guardias españolas y francesas. Una música militar tocaba el

himno imperial en la galería que domina la escalera. Napoleón, que

había ido a comer con su hermano, estaba allí todavía.

Figuraos que uno se muere y despierta en otro planeta, en otro mundo,

encontrándose con forma distinta, en atmósfera diversa, en un medio

diferente, donde crecen Fauna y Flora que no se parecen a la Flora y

Fauna del mundo donde nació. Esta fue mi impresión: yo estaba aturdido

y atontado. No obstante, saliendo precipitadamente del coche, pregunté

al primer criado que se me apareció por los aposentos del señor Marqués

de X. En el mismo instante el lacayo me decía:

--Venga vuecencia por aquí, que es en este piso bajo a la izquierda.

Dos o tres, no sé cuántos, se apresuraron a franquearme la entrada, y

mi lacayo, entrando delante de mí, dijo a los criados que salían a su

encuentro:

--Ya está aquí el señor Duque; avisad que ha llegado el señor Duque de

Arión.

Yo no sé por dónde me llevaron; yo no sé por dónde entré; yo no sé

en qué sitio me encontraba: yo solo sé que me vi en un recinto muy

alumbrado y caliente, y que el diplomático, estrechándome en sus

brazos, exclamaba:

--¡Picarón, gracias a Dios que te vemos!... Pero ¿por qué has venido

tan tarde? Ya se ha acabado la comida... ¡Ah, picarón, qué alto estás!

Yo balbucí algunas excusas; pero comprendiendo al punto que era preciso

disipar aquel engaño, dije:

--¿No está la señora Condesa?

--No ha venido. Estoy solo con mi hija. Pero, chico, no tienes acento

francés, y me dijeron que hablabas como un amolador. Ven, ven: al

instante te voy a presentar al Rey José, que tanto desea verte. Ahí

está el Emperador. ¡Albricias!... Ha convenido en que su hermano

vuelva a ser Rey de España, y ya están zanjadas todas las diferencias.

Conque ven... ven... Pero, primo, ¿cómo es eso? --añadió examinando

mi traje--. ¿Cómo no has venido de etiqueta? Pues oiga... también te

has venido sin relojes... Pues ¿y tus cruces, y tu Legión de Honor, tu

Cristo de Portugal, y tu Carlos III, y tu San Mauricio y San Lázaro, y

tu Águila Negra?

--Déjese usted de bromas --repliqué sin poder disimular mi

impaciencia--. Ahora vengo para un asunto urgente y del cual depende...

--¿La suerte de Europa? --dijo interrumpiéndome--. Corro, corro al

instante a ponerlo en conocimiento de Urquijo. ¿Vienes del Cuartel

general? ¿Ha llegado allí algún correo de Francia con noticias del

Austria?

--No, no es eso --repuse sin atreverme a disipar el engaño--. ¿Pero

dice usted que no está aquí mi señora la Condesa?

--¿Tu prima? Esta tarde la esperábamos; pero debía pasar por la

Moncloa, por ver a su madrina, y como esta se halla _in articulo

mortis_, presumo que Amaranta y mi hermana habrán determinado quedarse

allí toda la noche. ¿Vienes tú de Madrid, o directamente de Chamartín?

--Siento mucho --manifesté con la mayor zozobra-- que no esté aquí la

señora Condesa.

--Te presentaré a mi hija, ven. Pues es lástima que no hayas venido

de etiqueta. Cierto que tú tienes familiaridad con el Emperador, y si

te anuncias, puedes pasar a verle con ese traje... Pero, dime, ¿qué

noticias traes? ¿Ha llegado algún correo al Cuartel general? ¿A que

me he salido yo con la mía?... ¿apostamos a que el Austria?... A mí

puedes contármelo. Ya sabes que el Emperador me consulta todo... Pero,

chico, ¿sabes que tienes una arrogante figura? Me habían dicho que

eras... así... un poco cargado de espaldas y... la nariz chata, y un

ojo un poco... Pero no... veo que me habían engañado. Eres mejor de

lo que yo suponía, y lo que es tu cara... casi juraría que no me es

desconocida... pues... que te he visto en alguna parte.

Estábamos en un lujoso salón, con magníficos tapices decorado.

Sentíase ruido de voces en las habitaciones inmediatas; pero allí

no había nadie más que nosotros dos. El diplomático, asiendo las

solapas de mi casaquín, me sacudía, me sofocaba, me volvía loco con

su charlar inacabable. En vano era que yo pretendiese quitarle la

palabra, hablando de otras cosas, y principalmente indicando algo del

móvil de mi viaje. Aquel insensato me quitaba la palabra de la boca,

ávido y hambriento de hablárselo él todo, y con sus gesticulaciones,

su cotorreo sempiterno, semejante al son de una matraca, me tenía

aturdido, colérico, nervioso.

--¡Ay, sobrinillo de mi alma! --continuó--. Si me confiaras las

noticias que traes... Ya habrá llegado a tu conocimiento que yo soy

la misma reserva... Porque no me queda duda de que tú traes algo, sí,

señor, algo grave. Si hubieras venido a la comida, habríaslo hecho más

temprano y con otro traje. Y no es más sino que estabas en el Cuartel

general, y el Mayor General Berthier te envió a toda prisa con una

comisión. A ver, dímelo a mí solo, a mí solo... ¿Vas ahora mismo a ver

al Emperador? Si quieres, pasaré aviso al gentilhombre para que te

introduzca. Ya han concluido de comer, y están conferenciando juntos el

Emperador, el Rey José, el secretario Hugues Maret, Urquijo y Monseñor

de Pradt, ex-Arzobispo de Malinas. Anda, anúnciate, subamos...

--Señor mío --dije bruscamente sin poder disimular ya mi impaciencia

y desasosiego--, yo no vengo a hablar con el Emperador, ni con el Rey

José, ni con el Arzobispo, ni tengo nada que ver con ninguno de esos

señores. Yo vengo a...

Y callé, sin atreverme a decirle el objeto de mi visita.

--¿Conque no está aquí la señora Condesa? --volví a preguntar después

de una pequeña pausa.

--Dale con la Condesa. Que no, que no está. La esperábamos esta tarde;

pero según entiendo, se ha detenido en la Moncloa por acompañar a su

madrina, que se muere por momentos. Puede ser que llegue antes de media

noche.

--Pues la esperaré --dije resueltamente sentándome en un sillón.

--Veo que Amaranta te interesa más, y es para ti de mayor importancia

que la suerte del mundo. ¿Pero no querrás decírmelo?... Aquí en

confianza... a mí solo --dijo sentándose junto a mí y poniéndome la

mano en el muslo.

--¿Qué, hombre de Dios, qué le he de decir, si no sé nada?

--Pesado estás, sobrino. Para mí sería muy satisfactorio saberlo antes

que el mismo Emperador, y poderlo decir a todos esos que están ahí

muertos de sed por una noticia.

--¿Dice usted que la Condesa vendrá antes de media noche? ¿Cuánto hay

de aquí a la Moncloa?

--¿Pero qué traes tú con la Amarantilla?... Todo eso es para disimular.

Pero ven... quiero que conozcas a mi hija. Ya tendrás noticias de ella.

¡Pobrecita! La he recogido y reconocido... Es preciso reparar de algún

modo los errores de nuestra juventud. En París habrás oído hablar mucho

de mí. Bastantes ruinas hay allá todavía de mi ímpetu destructor en

materias amorosas. Pero ven... conocerás a Inés... es guapísima. No se

ha recogido aún, y si está acostada haré que se levante.

--No --dije yo--: la veré mañana.

Mi situación, queridos señores míos, era bastante comprometida. La

Condesa, a quien necesitaba ver y hablar, no estaba allí. Yo no

quería faltar al solemne compromiso contraído con ella, cuando le

prometí no presentarme jamás a su hija; y en verdad, si Amaranta me

hubiera sorprendido allí en compañía de Inés, todas mis explicaciones

le habrían parecido artificios y malas artes, y la aventura de mi

disfraz un ardid alevoso para arrebatarle aquel tesoro de su familia

que, por la sociedad y por otras mil consideraciones, me estaba tan

implacablemente vedado. En todo esto pensé, mientras D. Felipe de

Pacheco y López de Barrientos me volvía loco para que le comunicara

noticias del Cuartel general. Discurriendo rapidísimamente sobre

aquella situación, vine a deducir que era preciso valerme del mismo

diplomático para mi objeto, no hallándose en Palacio ninguna otra

persona de la familia; mas para esto era también preciso no perder

el disfraz, ni correr el velo de aquel gracioso engaño, pues si esto

ocurría, todo acababa con echarme a la calle o ponerme a disposición de

un alguacil. Meditando en breves términos mi plan, di principio a su

ejecución de la siguiente manera:

--Después, mi querido tío, informaré a usted de todo lo que se dice en

el Cuartel general. Por ahora quiero hablarle de otro importante asunto.

--¿Importante? Vamos a ver --dijo en voz baja y tan impaciente como un

niño.

--Importantísimo.

--Ya adivino. La Inglaterra, el enemigo común...

--No es nada de eso. Lo que digo es que ese Condesito del Rumblar...

¡Oh! Es un joven de malísimas costumbres.

--Ya lo sabemos; pero dejemos ahora a D. Diego, ¡qué majadería!

--exclamó con desagrado.

--Es preciso que usted esté prevenido por si...

Entraron en aquel momento en la sala dos personajes vestidos de

uniforme, uno de los cuales era español y el otro francés; pero los

dos se expresaban en nuestra lengua. Levantámonos, y el diplomático me

presentó gravemente a ellos, diciendo después:

--Por más que le pincho, nada, no suelta una palabra. Viene del Cuartel

general, con noticias interesantísimas.

--¿Sube usted a ver al Emperador? --me preguntó uno de ellos.

--No, señor --respondí, obligado a llevar adelante la farsa--. No

necesito ver por ahora a S. M. I.

--En el Cuartel general --me dijo el otro--, ¿qué se dice de la actitud

del Emperador respecto a su hermano?

--¡Oh! --exclamé yo dándome importancia--: se dicen muchas cosas.

--¡Muchas cosas! --repitió el Marqués haciendo aspavientos.

--Aún no está decidido --añadió el que parecía francés-- que el

Emperador, nuestro señor, ceda el reino de España a su hermano. ¿Qué ha

oído usted en Chamartín? ¿Insiste Su Majestad en la idea de considerar

a España como país conquistado?

--Sí, señores, como país conquistado --respondí con mucho aplomo,

metiendo mi cucharada en los arreglos y desarreglos del mundo.

--La verdad es --dijo otro-- que los dos hermanos no están muy acordes.

¿Va tomando cuerpo la idea de agregar la España al territorio de la

Francia?

--Sí, señores --afirmé condoliéndome de la suerte de mi país--. España

se unirá a Francia.

--¡Oh! ¡qué calamidad! --clamó D. Felipe--. No podemos en modo alguno

seguir al servicio de la causa francesa. ¿Y se insiste en dividir a

nuestro país en cinco virreinatos?

--¿Pues qué duda tiene, señores? --repuse en tono de hombre listo--.

Pero aún se duda si serán cinco o seis.

--Sin embargo --indicó el que parecía francés--, yo creo que esta noche

se reconciliarán.

--Por supuesto, que si el Emperador se decide a tratar a España como

país conquistado, le mueven a ello las intrigas de Inglaterra.

--De Inglaterra, justo --repuse yo vivamente--. Me lo ha quitado usted

de la boca.

--Y la insensata resistencia del pueblo español.

--Exactamente... la insensata resistencia...

--A pesar de todo --dijo el español--, yo dudo mucho que Napoleón pueda

llevar adelante tan atrevido pensamiento, y menos ahora cuando corren

rumores de que el Austria...

--¿Qué dicen los últimos despachos? Parece que el Austria se arma.

--Sí, señores --respondí yo en tono profético, misterioso y

sibilítico--. El Austria se arma y... no diré más.

--Pero, hombre --apuntó el diplomático--, si aquí somos todos amigos.

Di de una vez todo lo que sabes.

--Dispénsenme ustedes, señores --indiqué cortésmente--. De buena gana

lo haría por complacer a personas tan amables; pero antes que mi deseo

está mi deber; antes que la satisfacción de un capricho amistoso, la

conciencia de mi discreción, cuyo inexpugnable baluarte en vano atacan

galantes sugestiones, o arteras amabilidades. Callaré por ahora; pero

tengan ustedes entendido que el Austria... el Austria...

Los tres cortesanos se miraron, y yo examiné las pinturas del techo.

De improviso entraron otros dos, a quienes igualmente me presentó mi

augusto tío; pero aquí fui menos afortunado, porque uno de ellos, al

saludarme, me dijo con cierta malicia:

--Es muy particular. Hace tres años vi en París al señor Duque

de Arión, y no reconozco su fisonomía en la de usted. O yo estoy

trascordado, o usted ha variado considerablemente.

Por mi suerte, el diplomático se había apartado un poco, y además

yo tuve buen cuidado de no engolfarme en conversaciones con aquel

caballero. También quiso mi buena estrella que viniese a sacarme de

apuros otro que llegó de repente y con gran prisa, diciendo:

--Señores, la conferencia va tomando carácter de altercado. Alzan mucho

la voz, y desde el corredor de Poniente se oyen los gritos. Vamos allá

y oiremos algo.

Viérais allí cómo aquellos cortesanos corrían por los pasillos; cómo

se escurrían por los laberintos de Palacio; cómo se precipitaban unos

delante de otros, disputándose cuál llegaba primero a pescar una

noticia, una voz perdida, un gesto visto al través de un resquicio,

un accidente, un destello de reales miradas, cualquier mezquindad que

les fuera favorable. Yo seguí tras ellos, y salí también; atravesamos

un gran salón, donde había hasta una veintena de personas de distintos

uniformes; internáronse en nuevos pasillos; pasaron de sala en sala,

llegando, por último, a un largo y oscurísimo corredor que tenía

ventanas a un angosto patio. Allí había otros cinco o seis, asomados a

las ventanas, y muy atentos a no sé qué, pues yo no veía nada digno de

llamar la atención. Todos se acercaban con pasos quedos, chicheaban muy

por lo bajo, y atendían y miraban; ¿pero qué miraban y a qué atendían?

El patio a que me refiero era muy estrecho. En la pared de enfrente

había una gran ventana cuyas hojas de cristal, cerradas y por dentro

cubiertas con una cortina de gasa, daban paso a la luz interior. Los

gruesos cortinones de invierno estaban recogidos a un lado y otro, de

modo que quedaba un triángulo de luz, con el ángulo más agudo en la

parte superior. En este triángulo se dibujaban varias sombras, pero con

toda precisión una sola, efecto de linterna mágica producido por la

presencia de un hombre entre la luz que iluminaba aquella pieza y el

hueco de la ventana. Movíase la sombra al tenor de los diversos grados

de animación de la palabra, y en esta sombra y en sus irregulares

movimientos fijaban la vista y el oído y la atención y el alma toda los

cortesanos allí reunidos.

--Ahora hablan más bajo --dijo muy quedamente uno de ellos--; pero hace

poco se han oído con claridad algunas palabras.

Y alargaban los cuerpos fuera del corredor, con esperanza de que sus

pabellones auriculares cogieran al vuelo alguna sílaba. Yo también

atendí; pero la verdad es que allí se oía tanto como en un desierto.

Lo que sí excitó mucho mi curiosidad, fue la sombra que ocupaba el

centro del triángulo. Era la de un hombre rechoncho y de cabeza

redonda, con pelo corto. Notábase el movimiento pausado de sus brazos

al hablar, el de su cabeza al atender; notábanse claramente las señales

de asentimiento, las negaciones vagas y las fuertes; notábanse la

tenacidad, la duda, el ademán de la pregunta, el de la respuesta; y

tanta era la verdad con que aquella sombra reproducía a la persona

misma, que hasta se creía advertir en ella la sonrisa, el fruncimiento

de cejas, el asombro y cuantos modos de lenguaje posee y usa el

rostro humano. Unas veces la cabeza, puesta de frente, proyectaba

en la vidriera una forma redonda; otras, volviéndose, proyectaba su

perfil; luego veíamos que a su altura subía una mano, y distinguíamos

perfectamente el dedo índice afianzando y dando energía a la palabra;

después desaparecían las manos, y los brazos, juntándose a la masa

del cuerpo, indicaban que se habían cruzado; luego transcurría mucho

tiempo sin que la figura hiciese ademán alguno, señal de que oía o de

que meditaba, hasta que de nuevo volvía a ponerse en acción.

--Miren ustedes ahora --dijo uno de los cortesanos-- cómo dice que no,

que no y que no con la cabeza.

En efecto, la sombra movió su cabeza, haciendo la señal negativa por

espacio de algunos segundos.

--De seguro está diciendo que no cederá a nadie sus derechos a la

Corona de España --indicó uno.

--Lo que indudablemente estará diciendo --habló otro-- es que pasará

por todo menos por que los ingleses se metan aquí.

--¡Quiá! --exclamó un tercero--. Lo que debe de estar diciendo es que

los españoles no podrán resistir mucho tiempo.

Entonces la sombra movió la cabeza en señal afirmativa repetidas veces

y con mucha insistencia, acentuando con la mano aquel movimiento.

--Pues ahora dice que sí, que sí y que sí --indicó uno.

--Sin duda habla de que son indudables sus derechos de conquista.

--Y de que puede disponer del trono de España como se le antoje.

--¡Patarata! Apuesto a que no es nada de eso, y lo que hace es asegurar

que vencerá a los ingleses.

Poco después la sombra se llevó la mano a la nariz.

--Toma tabaco --dijeron los cortesanos.

--Ya van trece veces desde que estamos aquí.

Luego la sombra acercó un bulto a su cara, inclinándola después, y se

oyó desde nuestro observatorio un lejano ronquido.

--¡Se suena! --exclamaron los cortesanos.

--¡Buena señal! --dijo uno.

--¡No, sino muy mala! --añadió otro.

Después la sombra se levantó, y al instante confundiose entre

otras sombras. Un momento después, separadas las demás, volvía a

destacarse; pero ya estaba transfigurada, porque la cabeza redonda

había desaparecido en otra mayor sombra trapezoidal. Una vez puesto el

sombrero, se hubiera distinguido de cuantas sombras suele engendrar

la noche, y de cuantas pueden volver de los Elíseos Campos o de los

cristianos cementerios a pasearse por el mundo.

--Ya sale... --dijeron los cortesanos.

--Corramos al salón.

Y aquello no fue correr, sino volar a la desbandada.

--¿No vienes al salón? --me preguntó el diplomático.

--¿No ve usted que no vengo de etiqueta?

--Es verdad; pero tú... Te advierto que el Emperador se marcha. ¿Acaso

vienes a hablar con el Rey José?

--Yo no quiero ver al Emperador esta noche --le respondí--. Aunque él

me trata con bastante intimidad, y solemos jugar un poco al tute...

--¡Al tute!... hombre... Eso sí que no lo sabía.

--Sí... Pues decía que aunque tenemos mucha confianza, y nos tratamos

como dos amigos, no puedo presentarme así en el salón cuando los demás

van de etiqueta. Usted no irá tampoco...

--¡Oh, sí! Yo voy al salón... Porque te advierto que el Emperador al

entrar me miró, y después preguntó quién era yo. De modo que ahora...

--¿Pero no le ha hablado usted nunca?

--Te diré: lo que es hablarle... así... pues... así como estoy hablando

ahora contigo, no... pero hemos cambiado notas, y no creas... en

ocasiones, con la pluma en la mano, nos hemos puesto como ropa de

pascuas.

--¿Usted se retirará a su aposento? Hablaremos un poco y luego me

marcharé.

--¡A estas horas! No... aquí te has de quedar. No dudes que vendrá la

Condesa mañana temprano. Hablaremos todo lo que quieras; pero después

que yo vaya al salón y haga por ver si S. M. I. me mira otra vez, y me

entera de todo lo que se dice... ¿Qué sabes tú si el Rey José querrá

llamarme como anoche para que le dé un poco de conversación?

--Antes hablemos los dos de un asunto que nos interesa... Es cosa de

pocas palabras.

--Entremos en mi cuarto --dijo llegando a la sala donde me recibió la

vez primera.

--No, aquí mismo --repuse--. Ahora caigo en que tengo que marcharme en

cuanto hablemos dos palabras.

--¡Qué singular! Hombre, aquí me hielo de frío. Entremos en mi cuarto.

En efecto, pasamos a otra pieza, nos sentamos; pero aún no se habían

arrellanado nuestros cuerpos en el sofá, cuando entró un criado

diciendo:

--Aquí está un gentilhombre que viene a decir a usía que el señor Conde

de Cabarrús quiere verle al momento.

--Al instante, corro al instante. ¡Oh, Ministro amabilísimo! --exclamó

el diplomático con súbita e inmensa alegría--. Primo, ahí te quedas.

Vendrá Inés a hacerte compañía.

--No... Que no se moleste --repliqué yo con inquietud--. Esperaré solo.

--Que venga la señorita Inés --dijo el diplomático al criado.

El criado me miraba atentamente.

--Que venga mi hija --repitió el Marqués--. Dile que está aquí el señor

Duque de Arión, su pariente; que venga al instante a hacerle compañía,

porque el Emperador... digo, el Rey José... digo, el Ministro Cabarrús,

me ha mandado llamar para consultarme un grave asunto.

Y sin esperar más, porque su impaciencia era febril, salió, dejándome

solo. Yo estaba tan agitado, que no me era posible apreciar la

extensión del tiempo que iba pasando, mientras permanecía en la soledad

de aquel cuarto, sin percibir otro ruido que el tic-tac de un reloj

de chimenea, y el chisporroteo de los leños que en ella se quemaban.

Yo no cabía en mí mismo de inquietud, de ansiedad y desasosiego,

y juntamente se me representaban, en espantosa lucha, la inefable

felicidad de ver a Inés y el pesar de mi conciencia turbada por

quebrantar una leal promesa. A veces me parecía que los minutos corrían

con inconcebible rapidez, y a veces que se estaban quietos delante de

mí, mirándome como geniecillos desvergonzados. Mi espíritu, a ratos

impaciente y lleno de amorosas ansias, me impulsaba a penetrar en

las habitaciones interiores, buscando a la que no parecía; y a ratos

me venían deseos de abrir la ventana, echarme por ella al jardín

inmediato, y huir para siempre de aquella casa. Sentado estaba mal, y

mal estaba en pie, y mal también paseándome de un ángulo a otro en la

reducida estancia: el pulso y las sienes me latían con furia, y aquel

violento y acompasado golpear determinó bien pronto en mí una viva

calentura, que me inflamaba todo. Inés tardaba mucho. «Si no viene, me

muero», dije para mí, olvidándome al fin de todas las consideraciones

que al principio me habían hecho temer su llegada. Pasaron no sé si

horas o minutos: solo sé que muchas ideas mías se iban quedando atrás,

y que venían otras a sustituirlas, para marcharse luego. De este modo

apreciaba el transcurso del tiempo. El reloj avanzó mucho, sin que Inés

pareciese. Aquella soledad empezó a hacérseme insoportable, y la idea

de que ella no vendría se representó en mi pensamiento, produciéndome

un dolor inmenso. Después de mis primeras dudas, habíase entregado mi

espíritu al gozo de suponer que vendría, y su tardanza me ponía en

estado febril.

Arrastrado por una fuerza irresistible, sin reparar en mi situación ni

en circunstancia alguna, casi ignorando lo que hacía, abrí la pequeña

puerta que comunicaba aquella pieza con la inmediata. Al pasar a esta,

halleme en una sala sin luz; pero como entraba alguna claridad por

la puerta recién abierta, pude ver por dónde andaba. Con pasos muy

quedos atravesé aquella sala, y al ver reflejada oscuramente mi imagen

en los espejos, sentía miedo de mí mismo. En el testero del fondo vi

otra puerta que cedió al punto a mi mano, y encontreme en una tercera

estancia más pequeña. Profunda oscuridad reinaba en ella; pero al poco

tiempo de estar allí, distinguí en el fondo negro una perpendicular

raya de luz. Al mismo tiempo creí que sonaban voces de mujer por aquel

lado, y esto, con la débil claridad, impeliome más hacia allí. Andaba

muy lentamente, extendiendo las manos para no tropezar con los muebles;

andaba como un ladrón, conteniendo el aliento, apagando el ruido de los

pasos, creyendo que hasta las oscilaciones del aire a mi tránsito iban

a delatar mi presencia a los de la casa. Yo había perdido todo dominio

sobre mí mismo, y en nada reparaba más que en llegar pronto a aquella

raya luminosa, tras la cual sentía más claramente ya la voz de Inés. Al

fin llegué. Por la estrecha rendija no se veía nada; pero se oía. Dos

mujeres hablaban.

Al poco rato una de las voces dijo algo como despidiéndose; sentí

el ruido de una puerta, y todo quedó en completo silencio. Aguardé

un poco. Puse luego la mano en el picaporte, y con mucha, muchísima

lentitud, lo fui levantando, levantando, de modo que no hiciera ruido.

Cuando me pareció bastante, empujé, y la puerta cedió; empujé más, y la

fui abriendo poco a poco, cuidando de que no rechinara. Durante esta

operación, toda mi sangre se paró dentro de mí. A medida que la puerta

se abría, iba observando todo lo que había dentro de aquella estancia.

Primero vi un lecho con cortinas blancas, luego una mesa con labores

de mujer, y, por último, una figura puesta de rodillas delante de un

reclinatorio. Vuelta hacia mí aquella figura, que apoyaba la frente en

el reclinatorio, no era fácil reconocerla, pues de su cabeza no se veía

sino el cabello; pero yo la reconocí, y era ella misma: era Inés.

Avanzando resueltamente, pero siempre con pasos muy quedos, entré y me

dirigí hacia ella.

Napoleón en Chamartín · 第 28 / 32 题