XXVI

Referidos estos curiosos diálogos, me cumple ahora contar de qué medio

se valió la Condesa para facilitarme la deseada fuga. Mandome, pues,

que volviera al día siguiente, prometiéndome tener todo concertado

y en regla, de modo que pudiese sin pérdida de tiempo emprender la

marcha, desafiando la vigilancia ejercida en las matritenses puertas.

Hicimos Salmón y yo lo que se nos mandaba, y al otro día, cuando nos

disponíamos a volver de nuevo a casa de Amaranta, llamonos el Padre

Prior, y nos dijo:

--Este joven no puede estar aquí ni un día más, y esta noche misma, si

no encuentra medio de escaparse, es fuerza que busque un asilo más

seguro.

--¿Más seguro que la Merced?

--Sí --añadió Ximénez de Azofra--. Han venido a avisarme que se

sospecha de los conventos, que se nos acusa de ocultar a los

conspiradores y a los espías de los insurgentes, y parece que mañana

mismo registrarán todas estas casas, principiando por la Merced.

--Por fortuna la señora Condesa te amparará hoy mismo --dijo Salmón--.

Vamos allá sin perder un instante.

Vestido de novicio y en coche, como el día anterior, fuimos a casa de

Amaranta, y desde que nos vio entrar, díjome con semblante alegre:

--Mi primo el Duque de Arión ha llegado anoche, y me ha prometido

conseguir la carta de seguridad antes de tres días.

--Es que yo quisiera partir esta misma noche, señora Condesa --dije.

--¿Esta misma noche?

--Tememos que esos hotentotes registren mañana nuestra casa --añadió el

Padre Salmón.

--Pues es preciso hacer un esfuerzo y salir de este mal paso --indicó

Amaranta--. La principal contrariedad consiste en que no puede uno

fiarse de nadie. Me han asegurado que la policía francesa ha extendido

sus ramificaciones a muchas casas principales, y que sobornando lacayos

y pajes tiene bajo su vigilancia a las familias que juzga desafectas.

No quisiera poner en el secreto a ningún criado, y... ¡Ah! ¿No podría

salir con ese mismo traje de novicio?

--Mal vestido es, señora, para estas circunstancias --dijo Salmón--.

Tengo entendido que el registro que se hace en las puertas es tan

escrupuloso, que hace difícil toda superchería. A unos les hacen

desnudar, no librándose de este vejamen ni aun las pudorosas

doncellas y las que no lo son. Examinan con farolitos las facciones,

confrontándolas con las notas de la carta; hacen vaciar las

faltriqueras, y esta ceremonia se repite en dos o tres puntos, y ante

los ojos de distintos esbirros.

--Un criado de casa --dijo la Condesa-- tiene carta de seguridad. Con

ella y disfrazándose de paleto, ¿no sería fácil burlar la suspicacia de

esa gente?

--Los paletos --dije yo-- son los más perseguidos y a los que primero

detienen, porque se teme que comuniquen a los conspiradores de aquí con

los insurgentes de fuera.

--En este momento --exclamó Amaranta-- me ocurre una idea salvadora.

Diciendo esto llamó a un criado y mandole un recado al Duque de Arión,

que vino sin tardanza alguna, pues residía en la propia casa. El cual

Duque de Arión, a quien llamo así porque se me antoja, callando su

verdadero título, que es de los más conocidos entre los de España, era

un joven de veintidós a veintitrés años, delgado, de regular estatura,

semblante frío y sin expresión, de modales elegantes y comedidos, como

de persona habituada a la alta etiqueta, y sin otra cosa notable

en su persona que la atildada perfección del vestir. Digo mal, pues

también llamaba la atención en él un acento francés tan marcado y un

tan incorrecto uso de nuestro lenguaje, que a veces no era posible

oírle con seriedad. Hijo único de una señora que no nombro, y que fue

mujer muy corrida y muy tomada en lenguas allá por los últimos años del

siglo antecedente, marchó con ella a París a los siete años de edad y

en tiempo del Directorio: allí se educó, permaneciendo tres lustros

fuera de su patria. Era primo, no sé si en segundo o tercer grado, de

los que yo llamo de Leiva; pero la Marquesa, que le había criado, casi

le consideraba como hijo. Ya saben ustedes que este joven, a quien no

faltaba cierta discreción y muy buenas luces, era partidario decidido

de Bonaparte, más que por aficiones políticas, por la amistad que le

unía al mariscal Berthier. Cuando verificó el Emperador su expedición a

España, trájole consigo, dándole no sé qué puesto en la casa imperial.

Desde Somosierra fuele encargada una comisión confidencial cerca de

los vecinos acomodados de Burgos: desempeñola bien, según entendí, y

al venir a Chamartín, después de un día de descanso, pasó a Madrid con

objeto de abrazar a aquellos sus parientes, y con ansia también de

visitar su posesión de Parla, donde había nacido. Llegó Arión por la

noche, y al siguiente día tuve el honor de verle y ocurrieron sucesos

muy notables, a consecuencia de un diálogo que no puedo menos de

copiar, reuniendo los más oscuros recuerdos que almacena en sus antros

sin fin mi memoria.

--Primito --dijo Amaranta--, me vas a hacer un favor.

--¡Oh! Mi querida prima --repuso Arión--, _de tout mon cœur_.

--Préstame, o mejor dicho, dame tu carta de seguridad. No dudo que me

harás este obsequio, ya que has mostrado tantos deseos de obsequiarme.

--¡Oh, _ma belle comtesse_! --dijo el currutaco llevándose la mano al

corazón--. Yo estoy muy obligado a vuestras bondades, y si pudiera

exprimaros lo que siento... Mi deseo fuera que me demandaríais _quelque

chose_ de más difícil, extraordinario y peligroso, para probaros que...

--Gracias por la condescendencia, primo, y excusemos galanterías. Yo

soy una vieja. ¿Se usa en Francia que los petimetres galanteen a las

viejas? Por aquí no ha llegado todavía esa moda; pero me parece que tú

traes los primeros figurines de ella.

--¡Oh, oh!

--¿Y no te enfadarás si tomo tu nombre para una obra de caridad?

Deseo facilitar la evasión de Madrid a un joven desgraciado, a quien

persiguen miserables polizontes por satisfacer una ruin venganza.

--¡Oh, oh, _volontiers_! _Ma belle contesse_ es dueña de hacer lo que

querrá con mi nombre.

--También me darás uno de tus vestidos, primito, ¿no es verdad? --dijo

Amaranta con encantadora gracia y examinándome rápidamente de pies a

cabeza--; uno de esos magníficos trajes que has traído de París, hechos

conforme a las últimas modas, y que servirán de desconsuelo a todos los

petimetres de por acá.

--¡Oh, oh, yo soy _très_ contento de daros mi _hábito_!

--Pues bien --dijo Amaranta con satisfacción--. Creo que podré salir

adelante con mi invento. Al anochecer escapará este joven de Madrid con

el menor riesgo posible.

Y tomando de mano de Arión la carta de seguridad, me la dio diciéndome:

--Esta tarde, antes de marchar al Pardo con mi tía y mi primo, lo

dejaré arreglado todo. Puede este joven retirarse tranquilo; y si el

discreto Salmón tiene la bondad de pasar por aquí esta tarde, yo le

daré las necesarias instrucciones para que todo marche a pedir de boca.

--Señora --dijo el fraile--, volveré al anochecer o cuando usía quiera;

que tan a pechos he tomado este negocio como el mismo interesado.

--Vuelva su merced antes de las tres, pues hemos de salir para el

Pardo temprano, por sernos preciso visitar de paso en la Moncloa a mi

madrina, que allí reside y está enferma, aunque no de gravedad.

Di yo las gracias a la Condesa por sus muchas bondades; rogome ella que

si salía en bien, como esperaba, se lo comunicase, indicándole el sitio

de mi residencia para enviarme nuevos testimonios de su protección,

y con esto salimos el mercenario y yo muy satisfechos para tomar el

camino del convento.

Más tarde, cuando el fraile regresó de su segundo viaje a la misma

casa, conocí en conjunto el plan maravilloso de Amaranta, que era digno

ciertamente de su habilidoso y enredador talento.

--No he visto más graciosa invención --dijo mi amigo--. Te pones el

vestido que te mandarán, para que puedas pasar por persona principal;

y como tú y el señor Duque tenéis la misma estatura y talle, quedarás

que ni pintado. Con esto y la carta de seguridad que ya tienes, esta

noche no eres Gabriel, ni Pico de la Mirandola, sino el señor Duque de

Arión que sale por la Puerta de Toledo para ir a su posesión de Parla.

Asimismo estará a tu disposición un coche... ¡pero qué coche! La señora

Condesa tiene sospechas de que alguno de su servidumbre está sobornado

por esos indignos corchetes, y teme confiarles el secreto. Para quitar

de en medio esa dificultad, he solicitado de una amiga que le facilite

un _bombé_... ¡Conque en _bombé_ nada menos, chiquillo! Te advierto

que al cochero y lacayo se les dice que eres el propio Arión; y como

no conocen a este, es imposible que te vendan, aunque alguno fuese

bastante malo para hacerlo. Tendrán orden de llevarte a donde tú les

digas; pero se te aconseja que no pases más allá de Navalcarnero si

sales por la Puerta de Segovia, o de Leganés si vas por la de Toledo,

en cuyos puntos no creo que haya peligro. Conque, señor Duque, beso a

usía las manos. Es imposible que sospechen nada al ver tu empaque y

tu carta de seguridad... Ya verás cómo lejos de ponerte reparos esos

gaznápiros, se quitarán los sombreros ante ti, y aun se brindarán a

acompañarte hasta tu palacio de Parla. ¡Que las tenga vuecencia muy

felices!

La idea de Amaranta era de éxito casi seguro, y no tropezando con

Santorcaz, con Román o con otro cualquiera que personalmente me

conociese, era inevitable mi escapatoria, pues mi carta de seguridad

llevaba el nombre de una principalísima persona, reputada por muy

adicta a la causa francesa. Con esta confianza estuve todo el día,

y antes del anochecer llegó un criado con el traje, el cual me caía

que ni pintado. Era elegantísimo, y de mucho lujo por la finura del

paño, el primor de los adornos y lo exquisito de todos sus accesorios;

mas no era traje de corte, sino de diario traer, si bien de esos que

por sí solos hacen resaltar sobre el vulgo a cualquiera que se los

pone, aunque más los lleve colgados que puestos. Consistía en casaca,

chupa y calzón de paño verde muy oscuro, con medias del mismo color;

cuello blanco, de infinidad de randas compuesto, y un rendigot pardo

con vueltas y solapas de pieles. Esta prenda tenía algún uso, mas aún

conservaba muy buen ver.

Cuando encajé sobre mi cuerpo aquellas prendas, todos los frailes

vinieron a verme, y a porfía dijeron que nada podía pedirse en el arte

y buen parecer; que el sastre, autor de tales ropas, por fuerza había

adivinado las medidas de mi cuerpo, y que de tan linda manera vestido,

podía echarme a buscar aventuras por las altas casas de Madrid, seguro

de encontrar en alguna quien me mirase con agrado. A estas alabanzas

contestaba yo con risas y bromas; pero la verdad era (y en conciencia

no quiero ocultar esto, aunque me desfavorezca) que yo estaba un

poquito envanecido con mi traje, y todo se me volvía dar vueltas

ante un espejillo, pues también en los conventos los había. El más

satisfecho de todos era Salmón, que no cesaba de hacer reverencias ante

mí, llamándome _señor duque_; y por fin, lleváronme como en jubileo a

la celda del Prior, el cual se rio mucho, alabando con exageración mi

buen empaque.

Vestido ya, vinieron a decir al fraile que un joven le buscaba con

mucho empeño. Salimos los dos, y en el claustro bajo hallamos a Don

Diego, pálido, azorado, inquieto, el cual llegose impaciente al

mercenario, y le habló así:

--Padre, la Zaina se muere y quiere confesarse.

--¡Pobre Zainilla! --exclamó el religioso--. ¿Y qué es ello?

--Un mal que nadie conoce, ni se ha visto otro parecido, pues unos

lo tienen por locura, otros por consunción, estos por reumatismo,

y aquellos por melancolía. Lo cierto es que se muere sin remedio,

y ahora ha dado en llorar después de dos días en que no ha hecho

más que morderse, arrancarse los cabellos, o insultar a todos, a mí

principalmente, llamándome necio y mentecato.

--¡Era usted su cortejo! --dijo con desabrimiento Salmón--. ¡Oh, entre

qué gente anda metido el señor Conde de Rumblar!

--Padre, dejémonos de discusiones, y vaya pronto a confesar a la Zaina,

que se muere, pues ahora a ratos llora mucho y habla con razón diciendo

que quiere confesar sus pecados a Dios para irse al cielo, y a ratos le

entra un delirio en que dice mil disparates, y manda a todos que laven

las piedras del arroyo que están manchadas de sangre, y luego pregunta

que cuándo acaba de pasar la estera, que ya lleva tantos años y tantos

siglos de estar pasando por delante de sus ojos; en fin, mil desatinos

que no son para contados.

--Pues voy allá al momento; pero antes pediré licencia al Prior, por

ser ya de noche.

--Gabriel --me dijo Rumblar cuando nos quedamos solos en el claustro--,

¿qué traje es ese? ¿Te has vuelto caballero?

--Amigo D. Diego --le contesté--, de menos nos hizo Dios.

--¿Y qué es de ti? No se te ve por ninguna parte. ¿Qué traes a vueltas

con estos frailuchos?

--Más respeto, Sr. D. Diego, para esta buena gente --le dije--,

siquiera porque estamos en su casa.

--No les puedo ver. Santorcaz, que todo lo sabe, me ha contado mil

cuentos indecentísimos que prueban lo mala que es esta canalla. Es

preciso acabar con ellos. De veras te digo que desde que veo un fraile

me horripilo. Especialmente a este Salmón, a quien llamo el Padre

Tragaldabas, no le puedo ver ni en estampa. Verdad es que él tampoco me

adora, y seguramente es quien, intrigando en casa de la Marquesa, ha

hecho fracasar mi proyectado casamiento.

--¿Ya no se casa el señor Conde? Eso no le será penoso, porque me

parece haber oído decir a usted que no amaba mucho a la novia.

--Verdad es que la tal Inés no me hace mucha gracia; pero yo estoy

decidido a que sea mi esposa, porque así conviene a mis intereses.

¿Sabes? Santorcaz me ha dicho que todo hombre debe mirar por sus

intereses, porque sin esto no se puede tener representación alguna en

el mundo. Además, él, que todo lo sabe y es más listo que el demonio,

me asegura que yo tengo talento, disposición, y estoy llamado a muy

grandes cosas, por lo cual me dice: «D. Diego, a usted le es necesaria

una buena posición, que le permita desplegar sus dotes.»

--¿Pero usted no tiene por sí una desahogada posición?

--Bicoca: el patrimonio de Rumblar es de esos que hacen en las ciudades

chicas un mediano papel; pero aquí apenas puedo presentarme en quinta

fila. Nuestra casa ha vivido desde hace tiempo con la esperanza de que

se le incorpore ese mayorazgo de Leiva, que es uno de los primeros de

España. Si cuando apareció Inés, como legítima heredera, mi señora

mamá se disgustó mucho, luego que se concertó el casarnos para evitar

pleitos y cuestiones, quedose muy satisfecha. Conque figúrate cuál

será su rabia y la mía, ahora que las señoras Marquesa y Condesa me

han dicho terminantemente que no hay nada de lo convenido. Mi madre,

a quien lo escribí, me contesta furiosa, llamándome tonto y necio

y estúpido, y amenazándome con venir a darme mil palmetazos si no

llevo adelante el negocio de la boda, como puede hacerlo un caballero

resuelto y de pesquis. A mí, francamente, no se me ocurre nada; pero

para dicha mía tengo ahí a ese bendito Santorcaz, que me aconseja como

un padre de la Iglesia, y últimamente ha discurrido el más ingenioso

arbitrio para que las de Leiva no se burlen de mí.

--Yo creo que al señor Conde no le será difícil llegar al casamiento,

y con el casamiento a la posesión del mayorazgo, con tal que esa joven

esté dispuesta a darle su mano.

--Eso no, porque no estoy loco por ella, que digamos, y de buena gana

renunciaría a todo, si exclusivamente de mí dependiera. Has de saber,

compañero, que yo, más que todos los mayorazgos del mundo, apetezco una

libertad sin límites para hacer lo que me dé la gana: ir a las logias,

dar gritos en las calles cuando hay alborotos, cortejar a las mozas del

Avapiés, echar un par de pesetas a un caballo de oros, y divertirme

en paz y en gracia de Dios; pero Santorcaz, que es mi mejor amigo y

mi mentor, como él dice, me tiene sujeto, y me hinca las espuelas en

esto del mayorazgo, afeándome mi descuido en cuestión tan importante.

Como además le debo cantidades enormes, que no sé de qué modo pagarle,

aquí tienes el siempre y cuando de esta mi resolución mayorazguil.

Te advierto que lo que me deslumbra y me vuelve lelo es la esperanza

de poseer una renta de esas que le permiten a uno gastar y gastar, y

gastar todo lo que se le antoja. ¿Hay mayor gusto, muchacho, que ir

un día por casa de todos los amigos y convidarles a una merienda en

el Canal, poniendo comida para más de cuatrocientas bocas, con tanta

abundancia como en aquellas célebres bodas de Camacho? ¿Hay mayor goce

que tomar del brazo a la Pelumbres, que es, después de la Zaina, la

primer moza de Madrid, y salir de bureo tapaditos, y acompañarla luego

a su casa? ¿Hay mayor gusto que visitar los interiores del teatro del

Príncipe o de los Caños, y saber que no habrá entre aquellos lienzos

pintados actriz española, cantarina italiana ni bailarina francesa que

no se le rinda a uno de toda voluntad? ¿Hay mayor satisfacción que dar

una corrida de toros, permitiendo la entrada gratis a todo el pueblo,

pagando con doble sueldo a los lidiadores y lidiando uno mismo con un

traje fino bordado de plata y oro? Pues esto y aún más espero tener, si

sale bien lo que hemos tramado.

Quedeme absorto y mudo, meditando en la inconmensurable degradación

a que en pocos meses había caído aquel joven tan estrecha y

meticulosamente educado, bajo la inspección de su rigurosa madre;

instruido tan solo en cosas aparentemente buenas, en el temor

excesivo a los superiores, en el desprecio de las novedades, en el

aborrecimiento de las cosas mundanas, en el respeto a la tradición,

en el encogimiento del espíritu; educado para ser gran señor y

representante de todas las virtudes patriarcales. Ved a dónde había ido

a parar su imaginación, atada durante la infancia con cien cadenas;

ved por qué derrumbaderos tenebrosos se despeñaba salvajemente su

voluntad, criada en el respeto; ved qué clase de pájaro atrevido salía

de aquel huevo, empollado al calor de las mezquinas ideas del siglo

pasado. Verdad es que cuando aquella inocente gallina sacó al mundo

su echadura, se encontró que de los rotos cascarones salían, en vez

de pollos, otras mil alimañas desconocidas, y la infeliz cacareó con

angustia, sin saber quién las había engendrado.

--Pero si ella no le quiere a usted tampoco --dije a D. Diego--, lo que

proyecta no será tan fácil.

--Eso me parecía a mí; pero Santorcaz, que sabe más que siete, me ha

llenado la cabeza de catálogos, principiando por decirme que yo era un

papanatas, y burlándose de mí con tanta zunga, que al fin me enfadé y

dije: «Pues yo seré más osado que Judas, y me atreveré a cuanto hay que

atreverse; pues ni las de Leiva, ni usted, ni nadie, se reirán de mí.»

--¿Y qué hace ahora el Sr. de Santorcaz?

--Le han hecho los franceses jefe de la policía menuda, cargo que

desempeña a las mil maravillas. A todos los desafectos al nuevo

Gobierno me les echa mano lindamente. Verdad es que por ahí le critican

mucho, llamándole traidor; pero él se ríe de todo, y dice que no hay

mejor rey que José, y que los españoles son unos animales. Esto al

principio me enfadaba mucho; pero ya me he acostumbrado a oírselo

decir, y yo mismo, que era antes más español que Fernando VII, ya no

doy dos higos por España, y al son que me tocan bailo... Pero verás lo

que tenemos proyectado. Para probarle a él y a todos sus amigos que no

merezco esas burlas, he decidido que si Inés no se quiere casar conmigo

voluntariamente, se casará por fuerza.

--Eso me parece difícil.

--Así lo parece, pero no lo es. Tú no tienes grandes ideas ni un

corazón osado, como yo lo voy a tener ahora; de modo que no podrás

comprender esto. Figúrate que consigo engañar a la muchacha y sacarla

a hurtadillas de su casa, sin que lo adviertan tías ni primas, y

llevármela bonitamente a donde me diese la gana por unos días...

--Pero eso no podrá ser, porque esa honesta joven no saldrá con usted

de su casa, y mucho menos si, como dice, no le quiere ni pizca.

--Tú eres sandio, por lo que veo --me contestó con petulancia

truhanesca--. Eso mismo me parecía a mí; pero Santorcaz y sus amigos me

llamaron el Papamoscas de Burgos. Te advierto que es preciso tener el

corazón echado para adelante, como dicen ellos, y atreverse a todo. Que

Inés salga conmigo... llévela yo a una casa que tenemos preparada al

efecto, y después su misma familia nos echará la bendición. El siglo lo

tiene dispuesto así.

Tuve que hacer un esfuerzo para refrenar la indignación que tanta

bajeza me producía.

--Poco me importa --añadió-- que Inés no me ame en este momento. Yo

estoy seguro de que se volverá loca por mí en cuanto nos tratemos con

cierta intimidad. Todos dicen que tengo yo cierto atractivo... así...

pues... un gancho para pescar muchachas... Solo espero a que se le pase

la tristeza... No sé si te he contado que allá en los tiempos en que mi

novia andaba abandonada por el mundo, tuvo por novio a un perdido, un

raterillo, un granuja... ¡Qué cosas se ven en el mundo! Lo más raro de

todo es que le ha guardado a su galán zarrapastroso una fidelidad de

novela sentimental, que causa vergüenza a todos los de la casa. ¡Como

que han tenido que hacerla creer que ese joven ha muerto, para que no

deshonrara a la familia pensando en él!

--Pero nada de eso hace al caso, y cada vez veo más difícil que usted

pueda sacar de su casa a tan honrada joven.

--Animal, claro es que no saldrá, si le digo a dónde la llevo; pero

como no lo he de decir, sino que tenemos preparado un cierto artificio.

--¿Cuál?

--Ya he sobornado a Serafina, su doncella, a quien he tenido que dar

una buena suma, y es seguro que mañana muy temprano saldrán las dos

a dar un paseo por los jardines de Palacio, encontrándose en cierto

sitio solitario, donde es lo más fácil del mundo poner en ejecución mi

pensamiento. Santorcaz asegura que esto saldrá muy bien, y él es quien

lo dispone todo, quien prepara los coches, quien ha buscado la casa,

quien ha dado el dinero para sobornar a la sirvienta. ¡Si vieras qué

interés tan grande se toma!

--Lo creo.

--Mañana temprano queda todo hecho. A esa hora la Marquesa está

entregada a sus devociones, la Condesa no se habrá levantado aún, y el

Marqués estará en el primer sueño.

--Sr. D. Diego --dije disimulando la ira cuanto me fue posible--,

¿y usted no ve en eso una serie de repugnantes bajezas, infamias

y desvergüenzas, indignas, no digo de un caballero, sino del más

desarrapado chalán? El que es capaz de hacer esto, está destinado a

acabar sus días en un presidio.

--Te hablaré francamente. Cuando Santorcaz y sus amigos me manifestaron

su plan, sentí aquí dentro cierta repugnancia y no la ocultaré. Pero

se rieron mucho de mí, y allí fue el llamarme zanguango, corazón de

mirlo, hombre de alfeñique y otras injurias que me indignaron mucho. Al

mismo tiempo, por otro lado Santorcaz me apremia para que le pague las

grandes sumas que le debo, y que ya exceden a cinco años de renta de mi

patrimonio. Además de esto, mi madre me manda de Bailén unas cartitas

en que me pone como chupa de dómine. Dice que si no llevo adelante por

cualquier medio este casamiento, soy un necio y un badulaque, y que

pierdo y arruino a mi familia con mi dejadez y pazguatería. Hasta Don

Paco me escribe diciéndome que seré para siempre indigno del _altísono_

nombre de Rumblar, si no pesco ese mayorazgo, y ahí tienes... No hay

más remedio que hacerlo. Fuera, pues, escrúpulos de monja, y adelante.

Ahora voy a probar que soy un hombre hasta allí, capaz de todo y

dispuesto a las más atrevidas cosas. ¿Qué te parece? ¿No apruebas mi

conducta? ¿No te entusiasmas oyéndome?

--¿De modo que mañana temprano? --pregunté con más interés que D. Diego

en aquel asunto.

--Al rayar el día. No sé si te he dicho que ella madruga mucho.

Santorcaz dice que cuanto más pronto, mejor. Ninguno de la familia se

enterará del caso, hasta que estemos en Madrid. Ya he escrito una carta

a la Marquesa, fingiéndome muy enamorado y diciéndole que la fuerza

irresistible de mi pasión me impele a obrar así, y otras muchas cosas

muy bien puestas; como que la ha escrito Santorcaz... Pero, chico,

es tarde y me retiro: quiero ver en qué para esta pobre Zaina, y si

se muere o no se muere. La verdad es que me quería bastante, y sabe

Dios si habré influido en su enfermedad... Como ahora me tiene loco la

hermana de la Pepa Ramos... ¿La conoces tú? ¡Qué guapa y qué mona es!

Adiós, me voy allá. ¿Quieres venir? ¿Qué haces aquí con esos frailucos?

Pero dime, ¿has heredado por ventura? No te conozco. Mira que los

frailes son muy intrigantes... adiós, adiós, que aún tengo algo que

arreglar para mi viaje al Pardo a la madrugada.

Y diciendo esto, se marchó, dejándome solo en el claustro. En este me

paseaba yo, presa de la más grande agitación, cuando me avisaron la

llegada del coche enviado por Amaranta para mi fuga. Al instante corrí

a la calle, y entrando en él, pregunté al lacayo:

--La señora Condesa, ¿dónde está?

--Esta tarde ha marchado al Pardo --me contestó respetuosamente,

sombrero en mano--. ¿A dónde quiere usía que le llevemos?

--Al Pardo --contesté con resolución.

--Dijo la señora Condesa que saldríamos por la Puerta de Toledo, camino

de Illescas. ¿Es que quiere usía dar un rodeo?

--¡Al Pardo, majadero, al Pardo derecho y sin rodeos! --exclamé con

furia--. ¿No he dicho que al Pardo? A toda prisa.

Las mulas partieron a escape, llevándome camino del Real Sitio.

Napoleón en Chamartín · 第 27 / 32 题