Al día siguiente, Salmón me dio muy malas noticias.
--¿Sabes lo que pasa, Gabriel? --me dijo entrando muy de mañana en
la celda que se me había asignado--. Pues he sabido que el Gobierno
francés, que ahora nos rige, ha nombrado alguacil, o como ahora dicen,
oficial, jefe o no sé qué de policía, a ese mismo Santorcaz que quería
prenderte. Esto tiene indignados a cuantos le conocían, y prueba a las
claras que ya estaba vendido a los franceses desde antes del sitio.
También es indudable que en aquellos días fue nombrado alguacil por
la Sala de Alcaldes, sin que nadie acierte a darse cuenta de cómo
consiguió tal cosa. Le acompaña hoy, como antes, su escuadrón de gente
de mal vivir, que, como sabes, era la que días pasados acaloraba los
ánimos contra los franceses en los barrios bajos, haciéndose pasar
por ardientes patriotas. Pero di, ¿qué has hecho para que te quieran
prender? Porque me han dicho que él y los suyos te buscan con verdadero
frenesí, registrando todos los rincones de Madrid.
--En verdad que no sé en qué fundan su persecución --respondí--, pues
por más que me devano los sesos, no puedo traer al pensamiento ninguna
acción mía que a cien leguas se parezca a un delito. Pero esos hombres
son muy malos, y no hay que buscar fuera de ellos la causa de sus
maldades.
--Pues me han dicho que en todo el día de ayer ese Santorcaz no ha
hecho más que prender gente sospechosa, es decir, gente a quien supone
hostil a los franceses.
--Es una venganza personal --dije--, o tal vez deseo de apoderarse de
mí para una baja intriga.
--¡Qué inmunda canalla! ¡Y de esta manera quiere el rey de Copas y
su hermano hacerse amar de los españoles! Pues no es mal chubasco el
que se nos viene encima. Dicen que Napoleón ha rasgado el acta de
capitulación, expidiendo con fecha de ayer varios decretos contrarios a
lo estipulado.
--Pues, Padre mío --dije--, veo que me es preciso huir de Madrid a toda
prisa.
--¡Huir de Madrid! ¿Crees que es fácil ahora? Estate unos días más en
esta casa, que el Prior no tendrá inconveniente en ello, y después
veremos cómo te sacamos de la Villa. ¡Oh! Me han asegurado que la
salida es muy difícil hasta para las ratas. Parece que la gente de
los pueblos inmediatos a Madrid está levantada en armas. Temen los
franceses que esto sea cosa urdida con los de aquí para favorecer
un movimiento insurreccional dentro de la Corte, y han resuelto
incomunicar a Madrid. La vigilancia que hay en las puertas es peor
que de inquisidores: no dejan salir a alma viviente sin registrarle y
darle mil vueltas; y como el viajero no lleve un papelucho que llaman
_carta de seguridad_, expedida por esa bendita Superintendencia de
policía, a quien vea yo comida de lobos, lo someten a un consejo de
guerra. Conque, hijo, estás en peligro; no puedes vivir en Madrid, y
la salida es muy difícil. ¡Ah! En este momento se me ocurre una cosa,
y es que podemos solicitar el amparo de la señora Condesa, en cuya
casa estuviste el otro día, la cual me han dicho que es amiga de los
franceses.
--¡La señora Condesa amiga de los franceses!
--Quiero decir, partidaria. Su primo, el Duque de Arión, que ha pasado
toda su vida en Francia, entró en España con Bonaparte, de quien es
muy devoto, y actualmente está en el Cuartel general de Chamartín.
Anteayer estuve en casa de la Condesa, y le esperaban de un día a otro.
Como haya venido, no nos sería difícil que aquella bondadosa señora te
consiguiese una carta de seguridad para evadirte. Entre tanto, hijo,
aquí estás más seguro; y por sí o por no, vamos tú y yo ahora mismo
a ver al Prior del convento, que es hombre de mucho mundo y de tanta
trastienda, que sería capaz de pegársela al lucero del alba. Él nos
dirá si lo que me ha ocurrido es razonable, o si hay otro medio más
expedito para ponerte en salvo.
Y sin más dimes ni diretes, llevome a la celda del Padre Prior, que en
aquel momento había vuelto de decir su misa y despabilaba dos onzas
de chocolate. Era el Padre Ximénez de Azofra un hombre pequeño, de
edad madura, ojos muy vivos, sonrisa maliciosa, cortesanos modales y
simpática conversación. Recibiome con mucha bondad; y cuando Salmón le
expuso las apreturas en que yo me encontraba, dijo lo que sigue:
--En otras circunstancias, joven incauto, fácil nos habría sido
socorreros poniéndoos al abrigo de esta casa. Pero ahora todo está al
revés. El Gobierno intruso nos mira con muy malos ojos, y bastaría que
le protegiéramos a usted para que se nos acusara de cómplices de la
insurrección, que así llaman ellos a nuestra santa causa. En verdad
que cada vez odio más a esa canalla. Ved lo que hacen ahora. Desde
que Madrid se ha rendido, ya les ha faltado tiempo para quebrantar lo
convenido; y si prometieron respetar las vidas, libertades y hacienda
de este vecindario, ayer todo ha sido prender y encarcelar gentes
honradas, a quienes se acusa de auxiliar a los insurgentes de Talavera
y de Cuenca. Todo es sospechar, y acusar, y asustarse hasta de vanas
sombras; y como los restos del ejército de San Juan y las tropas del
de Castaños que se unieron al Duque del Infantado andan por estas
inmediaciones levantando los pueblos contra los franceses, estos
ven un espía en cada vecino de Madrid, y han resuelto impedir toda
comunicación entre los habitantes de esta Villa y los de Ocaña, Toledo,
Talavera e Illescas, por lo cual no permiten la entrada de los paletos,
fruteros y verduleros, razón de la gran carestía que hoy tienen todos
los artículos.
--Mala situación es esta --dijo Salmón--. ¿De modo, señor Prior de mi
alma, que en buenos tiempos no recibiremos nada de nuestras granjas
de Leganés, Valmojado, Casarrubuelos, Bayona de Tajuña y Santa Cruz
del Romeral? ¡Bonito porvenir! ¿Y entonces _quid manducaverunt vel
manducavere_?
--¡Oh! amigo Salmón --contestó el Prior con malicia--, aquí viene bien
aquello de _ventorumque regat pater_, que quiere decir _viento en
panza_, según traducía aquel gilito descalzo de quien tanto nos hemos
reído. Es preciso hacer penitencia.
--Bien, retebién --exclamó Salmón bufando--. ¡Viva el Emperador de los
franceses y Rey de Italia y protector de la confederación del Rhin! De
esa manera conseguirá Vuestra Majestad Imperial y Real, que asada en
parrillas vea yo, conquistar las simpatías del clero regular.
--No se cuida él de nuestras simpatías, amigo Salmón.
--Pero en resumidas cuentas, señor Padre Prior, este muchacho, de cuya
moralidad y buen proceder respondo, necesita salir de Madrid, y no dudo
que usted con su influencia le podrá sacar una _carta de seguridad_,
con la cual y disfrazado...
--¡Qué cosas tiene Salmón! --dijo Ximénez de Azofra--. ¿Qué puedo yo
hacer? Conque en priesa me ve, y doncellez me demanda. ¿No le he dicho
que desconfían de los regulares, y especialmente han tomado entre ojos
a los de esta casa?
--No sabía tal cosa. Al contrario: oí decir que Vuestra Paternidad es
de los que van a Chamartín a cumplimentar a mi señor Don Caco imperial,
rey de los pillos, y protector de la congregación del Rin... conete y
Cortadillo.
--¡Yo! --exclamó Ximénez con asombro--. No he nacido para besar la mano
que me azota. Español soy, y español seré mientras viva. He predicado
en el púlpito de la Merced contra el Emperador, y no imitaré a los
que siendo primero desaforados patriotas, ahora son patriotas tibios
con vislumbres, amagos y pintas de afrancesados. Cierto es que va a
Chamartín una diputación de todas las clases de la sociedad; cierto
que me han invitado para ir, y vea su merced aquí la carta que sobre
este punto el Corregidor me ha dirigido y que, de haber justicia en
la tierra, debería ser quemada por la mano del verdugo. ¿No es una
vergüenza que de este modo se humillen los hombres? Ayer todo era
inquina contra el _ogro de Córcega_, todo insultarle y ponerle por
esos suelos; hoy todas son blanduras. El mismo señor Corregidor de
Madrid, que en su bando del 25 de noviembre decía: _La España está
invadida por el tirano que domina en Francia, el cual ha quebrantado
pérfidamente las santas leyes, etc._; ese mismo señor Corregidor D.
Pedro de Mora y Lomas, caballero de la Orden de Carlos III, del Consejo
de Su Majestad, subsecretario con ejercicio de decretos, intendente de
los reales ejércitos y de esta provincia, corregidor de esta villa,
subdelegado de Rentas reales, intendente de la real Regalía de Casa
y Aposento, superintendente general de Sisas reales y municipales de
ella, y subdelegado de Montes y Pósitos, etc., etc., pues la retahíla
de títulos no tiene fin; ese mismo Corregidor, repito, es el que hoy
dirige un llamamiento _ante diem_ a todos los regidores, diputados del
Común, procurador general y personero, alcaldes de la Hermandad, Mesta
y alguacil mayor por el estado noble, al ilustrísimo señor obispo
auxiliar, vicarios eclesiástico y castrense, al venerable cabildo
de señores curas y beneficiados, a los reverendos prelados de todas
las religiones, al cuerpo colegiado de la nobleza, diputados de los
cinco gremios mayores, y a todas las diputaciones de los sesenta y
cuatro barrios de esta población. ¿Para qué creerán ustedes? Pues nada
menos que para hacer presente _que la villa de Madrid habrá tenido
el honor de ofrecerse a los pies de S. M. I. y R. para manifestarle
el reconocimiento a la bondad e indulgencia con que ha tratado esta
Corte, felicitarse por tener a S. M. en su seno, y expresarle que
si lograba merecer la dignación y aprecio de S. M., se contemplaría
dichosa_. ¿Qué tal? ¿Es este un lenguaje digno y patriótico? Además, en
la convocatoria --añadió recorriendo con la vista el papel-- se llama
a Napoleón _padre amoroso_, y a sus atropellos _benéficas miras_, y el
objeto es reunir un cierto número de personas respetables que piquen
espuelas hacia Chamartín para pedir a Bonaparte _se digne conceder la
gracia de que vean en Madrid a su augusto hermano nuestro Rey Josef_.
Vamos, vamos, no puedo leer más, porque tanta bajeza me saca los
colores de la cara. Verdad es que los que esto han firmado lo han hecho
cediendo a amenazas del comandante general M. Belliard que les pone el
puñal al pecho; pero no por eso es disculpable, pues si no traición
a la patria, debe imputárseles una debilidad y flaqueza que raya en
crimen.
--¿De modo que usted no va a Chamartín?
--¿Yo? Ni por pienso. He oído que van en representación de los
regulares el Padre Amadeo, abad de San Bernardo, y el Padre Calixto
Núñez, abad de los Basilios. Ya se ve: ¿qué se puede esperar de esos
infelices Benitos, tan dejados de la mano de Dios? Caerán en el garlito
los Mínimos, algunos pobres Franciscos, los desdichados Agonizantes, no
pocos Agustinos, todos los Gilitos, los Hospitalarios, los Donados, los
Carmelitas descalzos, y esos infelices Afligidos, que son los mayores
mentecatos de la cristiandad; pero la Merced sostendrá su bandera; la
Merced no adulará Emperadores; la Merced, en unión con los Dominicos,
desafiará el poder del tirano, contra franceses ladrones y empecatados
españoles.
--Y los víveres por esas nubes, y las puertas de Madrid cerradas al
buen vino, al rico aceite, a los huevos, a las coles, al extremeño
tocino, y a los jamones de Candelario. Bueno, bueno: comamos ensalada
de perejil y cañutillos de monjas mojados en agua de limón. ¡Viva la
patria, Sr. Ximénez; viva el orgullito que nos pondrá como espátulas!
--Pues bien: lo que he dicho a usted --continuó el Prior-- lo he dicho
a los que vinieron a sonsacarme; y oídas mis palabras, tratáronme con
tal acritud, que espero grandes desdichas para nuestra Orden y nuestra
casa. De modo que nada puedo hacer por este joven.
A esto llegaban, cuando entró el Padre Castillo acompañado de otros
dos frailes. El uno supe después que se llamaba el Padre Vargas, y
aunque del mismo hábito y Orden, pertenecía al convento de la Trinidad
calzada, también de mercenarios redentores de cautivos, y el otro era
dominico, del convento de Santo Tomás, y tenía por nombre el Padre
Luceño de Frías.
--Ya, ya pareció aquello --exclamó Vargas con estrepitosa voz--. Ya
no podemos dudar de la veracidad de esos decretos, porque por ahí los
reparten impresos, y aquí tengo un ejemplar. Todos los decretos llevan
la fecha del 4, y son tales que podrían arder en un candil en noche de
aquelarre.
--Veámoslos. ¿Es cierto que nos reducen a la tercera parte?
--Tan cierto que... --dijo el dominico-- no nos reducen a la tercera
parte, sino que nos parten por el eje, Sr. D. Ximénez de Azofra.
--Atención, que leo --dijo Vargas, poniendo ante los ojos, de verdes
antiparras armados, un papel impreso--. Los decretos rezan lo
siguiente: _En nuestro Campo Imperial de Madrid a 4 de diciembre de
1808. Napoleón Emperador de los, etc... Considerando que el Consejo
de Castilla se ha comportado en el ejercicio de sus funciones con
tanta debilidad como superchería... que después de haber reconocido y
proclamado nuestros legítimos derechos al trono, ha tenido la bajeza de
declarar que había suscrito a estos diversos actos con restricciones
secretas y pérfidas, hemos decretado y decretamos lo siguiente: Art.
1.º Los individuos del Consejo de Castilla quedan destituidos como
cobardes e indignos de ser magistrados de una nación brava y generosa._
--Pues digo --exclamó Ximénez-- que eso está muy lindísimamente hecho.
--Es verdad --afirmó el dominico--, porque esos señores han estado
jugando a dos juegos, y con todo el mundo quieren comer. Adelante.
--Otro --prosiguió Vargas--. _En nuestro Campo Imperial, etc...
Napoleón, etc..._ Este no hace exposición de motivos, ni considerando
alguno, sino que dice simplemente: _Art. 1.º El Tribunal de la
Inquisición queda suprimido como atentatorio a la soberanía y a la
autoridad civil. Art. 2.º Los bienes pertenecientes a la Inquisición se
secuestrarán y reunirán a la corona de España_.
--Ya se ve --manifestó el dominico sin disimular su enojo--. Sin eso no
podía pasar. Afuera Inquisición, y vengan herejes, y lluevan masones:
¿qué les importa esto a los que no se cuidan de lo espiritual?
--Poco significa esto --dijo Castillo--; porque el Santo Tribunal casi
no existe ya de hecho, abolido por la suavidad de las costumbres.
--Pero se conservan las fórmulas, señor mío --contestó con aspereza
el dominico--, y las fórmulas tienen gran fuerza. Verdad es que no
se quema, ni se descuartiza (lo cual, dicho sea de paso, es excesiva
blandura, según estamos hoy comidos de herejía); pero hay todavía
degradaciones y simulados tormentos, que tienen muy buen ver para los
malos.
--_Item_ --prosiguió Vargas--. _Art. 1.º Un mismo individuo no puede
poseer sino una sola encomienda._
--Adelante, que eso nos interesa poco.
--_Item. Art. 1.º El derecho feudal queda abolido en España. Art.
2.º Toda carga personal, todos los derechos exclusivos de pesca, de
almadrabas u otros derechos de la misma naturaleza, en ríos grandes y
pequeños; todos los derechos sobre hornos, molinos y posadas, quedan
suprimidos, y se permite a todos, conformándose a las leyes, dar una
extensión libre a su industria._
--Eso no es nuevo --dijo Castillo--, y es lástima que nuestros
gobernantes con su indolencia hayan permitido a los franceses el
jactarse de promulgar una ley tan buena.
--Eso, eso es, ¡hágale su merced la mamola! --observó Luceño de Frías
con el mayor desabrimiento, sentándose a horcajadas en una silla para
apoyar los brazos en el respaldo--. Me gustan las ideas del Padre
Castillo. Si para eso pasa Vuestra Paternidad la vida entre la polilla
de los libros, buenas nos las dé Dios.
Y sacando su tabaquera y alargando la mano hacia el Prior, añadió:
--Señor Ximénez, un polvito, que los duelos con rapé son menos.
--No lo gasto --repuso el Prior.
--Vamos, amigo Vargas, un polvito.
--No lo gasto, que eso es cosa de viejas. Aquí tengo unos cigarritos de
la Habana, que merecen ser chupados por los ángeles del cielo. Si el
señor Prior me da su permiso...
--Vengan --gritó Salmón-- esos tabaquíferos incensarios y pebetes de
Oriente, que tan bien matan el fastidio.
--Allá van --dijo Vargas--. Son regalo de la señora Marquesa del
Fresno, y fuéronme remitidos poniéndolos en la mano de un Niño Jesús,
que me envió para que le diera una mano de pintura.
--Pues en lo relativo a ese decreto que acaba de leerse --dijo
Castillo--, mi conciencia no me dicta sino alabanzas, y alabanzas le
daré, aunque lo haya escrito el gran Tamerlán. ¿Por ventura no son
esas las mismas ideas que han hecho célebre en toda la redondez de la
tierra a nuestro gran Jovellanos? El mismo Conde de Floridablanca, ¿no
intentó algo en ese asunto? Y los sabios consejeros de Carlos III, ¿no
se dieron de cabezadas por quitar esas trabas a la industria? Todos
sabemos que a aquel eminente Rey se le pasaron ganas de promulgar este
decreto.
--¡Cosas de los jesuitas! --exclamó el dominico meciéndose en la
silla--. Pero esos pelanduscas andan también al retortero de Napoleón,
por ver si sacan tajada. Adelante con la lectura.
--Pues adelante --continuó Vargas--. _Considerando que uno de los
establecimientos que perjudican a la prosperidad de España son
las aduanas y registros existentes de provincia a provincia, hemos
decretado lo siguiente: Desde 1.º de enero próximo, las aduanas y
registros de provincia a provincia quedan suprimidos. Las aduanas se
colocarán y establecerán en las fronteras._
--Tampoco eso tiene pero --observó Castillo--, y la Junta central, ya
que pensó decretarlo, no debió esperar a que lo hicieran los franceses.
--También esto le parece bocadito de ángeles al reverendo Castillo
--dijo Luceño--. Medrados estamos. ¿Tratan de eso los libros de vuestra
merced?
--Atención --indicó Vargas haciendo un gesto dramático-- que ahora
viene lo gordo. _Considerando que los religiosos de las diversas
Órdenes monásticas en España se han multiplicado con exceso; que si
un cierto número es útil para ayudar a los ministros del altar en la
administración de los Sacramentos, la existencia de un número demasiado
considerable es perjudicial a la prosperidad del Estado, decretamos lo
siguiente: Art. 1.º El número de los conventos actualmente existentes
en España, se reducirá a una tercera parte. Esta reducción se ejecutará
reuniendo los religiosos de muchos conventos de la misma Orden en una
sola casa. Art. 2.º No se admitirá ningún novicio ni permitirá que
profese ninguno, hasta que el número de religiosos se reduzca a una
tercera parte. Art. 3.º Los regulares que quieran renunciar a la vida
común y vivir como eclesiásticos seculares, quedan en libertad de
salir de sus conventos. Art. 4.º Los que renuncien a la vida común,
gozarán de una pensión que se fijará en razón de su edad, y que no
podrá ser menor de tres mil reales ni mayor de cuatro mil. Art. 5.º Del
fondo de los bienes de los conventos que se supriman, se tomará la suma
necesaria para aumentar la congrua de los curas. Art. 6.º Los bienes de
los conventos suprimidos quedarán incorporados al dominio de España,
y aplicados a la garantía de los vales y otros efectos de la Deuda
pública._
Durante la lectura de este decreto, no se oyó en la celda de Ximénez
otro rumor que el producido por el vuelo de una mosca, que andaba a
vueltas tras los restos del chocolate prioral, como Bonaparte tras
los reinos de España. Después de leído, aún duró una buena pieza el
silencio.