XXIII

Al día siguiente, Salmón me dio muy malas noticias.

--¿Sabes lo que pasa, Gabriel? --me dijo entrando muy de mañana en

la celda que se me había asignado--. Pues he sabido que el Gobierno

francés, que ahora nos rige, ha nombrado alguacil, o como ahora dicen,

oficial, jefe o no sé qué de policía, a ese mismo Santorcaz que quería

prenderte. Esto tiene indignados a cuantos le conocían, y prueba a las

claras que ya estaba vendido a los franceses desde antes del sitio.

También es indudable que en aquellos días fue nombrado alguacil por

la Sala de Alcaldes, sin que nadie acierte a darse cuenta de cómo

consiguió tal cosa. Le acompaña hoy, como antes, su escuadrón de gente

de mal vivir, que, como sabes, era la que días pasados acaloraba los

ánimos contra los franceses en los barrios bajos, haciéndose pasar

por ardientes patriotas. Pero di, ¿qué has hecho para que te quieran

prender? Porque me han dicho que él y los suyos te buscan con verdadero

frenesí, registrando todos los rincones de Madrid.

--En verdad que no sé en qué fundan su persecución --respondí--, pues

por más que me devano los sesos, no puedo traer al pensamiento ninguna

acción mía que a cien leguas se parezca a un delito. Pero esos hombres

son muy malos, y no hay que buscar fuera de ellos la causa de sus

maldades.

--Pues me han dicho que en todo el día de ayer ese Santorcaz no ha

hecho más que prender gente sospechosa, es decir, gente a quien supone

hostil a los franceses.

--Es una venganza personal --dije--, o tal vez deseo de apoderarse de

mí para una baja intriga.

--¡Qué inmunda canalla! ¡Y de esta manera quiere el rey de Copas y

su hermano hacerse amar de los españoles! Pues no es mal chubasco el

que se nos viene encima. Dicen que Napoleón ha rasgado el acta de

capitulación, expidiendo con fecha de ayer varios decretos contrarios a

lo estipulado.

--Pues, Padre mío --dije--, veo que me es preciso huir de Madrid a toda

prisa.

--¡Huir de Madrid! ¿Crees que es fácil ahora? Estate unos días más en

esta casa, que el Prior no tendrá inconveniente en ello, y después

veremos cómo te sacamos de la Villa. ¡Oh! Me han asegurado que la

salida es muy difícil hasta para las ratas. Parece que la gente de

los pueblos inmediatos a Madrid está levantada en armas. Temen los

franceses que esto sea cosa urdida con los de aquí para favorecer

un movimiento insurreccional dentro de la Corte, y han resuelto

incomunicar a Madrid. La vigilancia que hay en las puertas es peor

que de inquisidores: no dejan salir a alma viviente sin registrarle y

darle mil vueltas; y como el viajero no lleve un papelucho que llaman

_carta de seguridad_, expedida por esa bendita Superintendencia de

policía, a quien vea yo comida de lobos, lo someten a un consejo de

guerra. Conque, hijo, estás en peligro; no puedes vivir en Madrid, y

la salida es muy difícil. ¡Ah! En este momento se me ocurre una cosa,

y es que podemos solicitar el amparo de la señora Condesa, en cuya

casa estuviste el otro día, la cual me han dicho que es amiga de los

franceses.

--¡La señora Condesa amiga de los franceses!

--Quiero decir, partidaria. Su primo, el Duque de Arión, que ha pasado

toda su vida en Francia, entró en España con Bonaparte, de quien es

muy devoto, y actualmente está en el Cuartel general de Chamartín.

Anteayer estuve en casa de la Condesa, y le esperaban de un día a otro.

Como haya venido, no nos sería difícil que aquella bondadosa señora te

consiguiese una carta de seguridad para evadirte. Entre tanto, hijo,

aquí estás más seguro; y por sí o por no, vamos tú y yo ahora mismo

a ver al Prior del convento, que es hombre de mucho mundo y de tanta

trastienda, que sería capaz de pegársela al lucero del alba. Él nos

dirá si lo que me ha ocurrido es razonable, o si hay otro medio más

expedito para ponerte en salvo.

Y sin más dimes ni diretes, llevome a la celda del Padre Prior, que en

aquel momento había vuelto de decir su misa y despabilaba dos onzas

de chocolate. Era el Padre Ximénez de Azofra un hombre pequeño, de

edad madura, ojos muy vivos, sonrisa maliciosa, cortesanos modales y

simpática conversación. Recibiome con mucha bondad; y cuando Salmón le

expuso las apreturas en que yo me encontraba, dijo lo que sigue:

--En otras circunstancias, joven incauto, fácil nos habría sido

socorreros poniéndoos al abrigo de esta casa. Pero ahora todo está al

revés. El Gobierno intruso nos mira con muy malos ojos, y bastaría que

le protegiéramos a usted para que se nos acusara de cómplices de la

insurrección, que así llaman ellos a nuestra santa causa. En verdad

que cada vez odio más a esa canalla. Ved lo que hacen ahora. Desde

que Madrid se ha rendido, ya les ha faltado tiempo para quebrantar lo

convenido; y si prometieron respetar las vidas, libertades y hacienda

de este vecindario, ayer todo ha sido prender y encarcelar gentes

honradas, a quienes se acusa de auxiliar a los insurgentes de Talavera

y de Cuenca. Todo es sospechar, y acusar, y asustarse hasta de vanas

sombras; y como los restos del ejército de San Juan y las tropas del

de Castaños que se unieron al Duque del Infantado andan por estas

inmediaciones levantando los pueblos contra los franceses, estos

ven un espía en cada vecino de Madrid, y han resuelto impedir toda

comunicación entre los habitantes de esta Villa y los de Ocaña, Toledo,

Talavera e Illescas, por lo cual no permiten la entrada de los paletos,

fruteros y verduleros, razón de la gran carestía que hoy tienen todos

los artículos.

--Mala situación es esta --dijo Salmón--. ¿De modo, señor Prior de mi

alma, que en buenos tiempos no recibiremos nada de nuestras granjas

de Leganés, Valmojado, Casarrubuelos, Bayona de Tajuña y Santa Cruz

del Romeral? ¡Bonito porvenir! ¿Y entonces _quid manducaverunt vel

manducavere_?

--¡Oh! amigo Salmón --contestó el Prior con malicia--, aquí viene bien

aquello de _ventorumque regat pater_, que quiere decir _viento en

panza_, según traducía aquel gilito descalzo de quien tanto nos hemos

reído. Es preciso hacer penitencia.

--Bien, retebién --exclamó Salmón bufando--. ¡Viva el Emperador de los

franceses y Rey de Italia y protector de la confederación del Rhin! De

esa manera conseguirá Vuestra Majestad Imperial y Real, que asada en

parrillas vea yo, conquistar las simpatías del clero regular.

--No se cuida él de nuestras simpatías, amigo Salmón.

--Pero en resumidas cuentas, señor Padre Prior, este muchacho, de cuya

moralidad y buen proceder respondo, necesita salir de Madrid, y no dudo

que usted con su influencia le podrá sacar una _carta de seguridad_,

con la cual y disfrazado...

--¡Qué cosas tiene Salmón! --dijo Ximénez de Azofra--. ¿Qué puedo yo

hacer? Conque en priesa me ve, y doncellez me demanda. ¿No le he dicho

que desconfían de los regulares, y especialmente han tomado entre ojos

a los de esta casa?

--No sabía tal cosa. Al contrario: oí decir que Vuestra Paternidad es

de los que van a Chamartín a cumplimentar a mi señor Don Caco imperial,

rey de los pillos, y protector de la congregación del Rin... conete y

Cortadillo.

--¡Yo! --exclamó Ximénez con asombro--. No he nacido para besar la mano

que me azota. Español soy, y español seré mientras viva. He predicado

en el púlpito de la Merced contra el Emperador, y no imitaré a los

que siendo primero desaforados patriotas, ahora son patriotas tibios

con vislumbres, amagos y pintas de afrancesados. Cierto es que va a

Chamartín una diputación de todas las clases de la sociedad; cierto

que me han invitado para ir, y vea su merced aquí la carta que sobre

este punto el Corregidor me ha dirigido y que, de haber justicia en

la tierra, debería ser quemada por la mano del verdugo. ¿No es una

vergüenza que de este modo se humillen los hombres? Ayer todo era

inquina contra el _ogro de Córcega_, todo insultarle y ponerle por

esos suelos; hoy todas son blanduras. El mismo señor Corregidor de

Madrid, que en su bando del 25 de noviembre decía: _La España está

invadida por el tirano que domina en Francia, el cual ha quebrantado

pérfidamente las santas leyes, etc._; ese mismo señor Corregidor D.

Pedro de Mora y Lomas, caballero de la Orden de Carlos III, del Consejo

de Su Majestad, subsecretario con ejercicio de decretos, intendente de

los reales ejércitos y de esta provincia, corregidor de esta villa,

subdelegado de Rentas reales, intendente de la real Regalía de Casa

y Aposento, superintendente general de Sisas reales y municipales de

ella, y subdelegado de Montes y Pósitos, etc., etc., pues la retahíla

de títulos no tiene fin; ese mismo Corregidor, repito, es el que hoy

dirige un llamamiento _ante diem_ a todos los regidores, diputados del

Común, procurador general y personero, alcaldes de la Hermandad, Mesta

y alguacil mayor por el estado noble, al ilustrísimo señor obispo

auxiliar, vicarios eclesiástico y castrense, al venerable cabildo

de señores curas y beneficiados, a los reverendos prelados de todas

las religiones, al cuerpo colegiado de la nobleza, diputados de los

cinco gremios mayores, y a todas las diputaciones de los sesenta y

cuatro barrios de esta población. ¿Para qué creerán ustedes? Pues nada

menos que para hacer presente _que la villa de Madrid habrá tenido

el honor de ofrecerse a los pies de S. M. I. y R. para manifestarle

el reconocimiento a la bondad e indulgencia con que ha tratado esta

Corte, felicitarse por tener a S. M. en su seno, y expresarle que

si lograba merecer la dignación y aprecio de S. M., se contemplaría

dichosa_. ¿Qué tal? ¿Es este un lenguaje digno y patriótico? Además, en

la convocatoria --añadió recorriendo con la vista el papel-- se llama

a Napoleón _padre amoroso_, y a sus atropellos _benéficas miras_, y el

objeto es reunir un cierto número de personas respetables que piquen

espuelas hacia Chamartín para pedir a Bonaparte _se digne conceder la

gracia de que vean en Madrid a su augusto hermano nuestro Rey Josef_.

Vamos, vamos, no puedo leer más, porque tanta bajeza me saca los

colores de la cara. Verdad es que los que esto han firmado lo han hecho

cediendo a amenazas del comandante general M. Belliard que les pone el

puñal al pecho; pero no por eso es disculpable, pues si no traición

a la patria, debe imputárseles una debilidad y flaqueza que raya en

crimen.

--¿De modo que usted no va a Chamartín?

--¿Yo? Ni por pienso. He oído que van en representación de los

regulares el Padre Amadeo, abad de San Bernardo, y el Padre Calixto

Núñez, abad de los Basilios. Ya se ve: ¿qué se puede esperar de esos

infelices Benitos, tan dejados de la mano de Dios? Caerán en el garlito

los Mínimos, algunos pobres Franciscos, los desdichados Agonizantes, no

pocos Agustinos, todos los Gilitos, los Hospitalarios, los Donados, los

Carmelitas descalzos, y esos infelices Afligidos, que son los mayores

mentecatos de la cristiandad; pero la Merced sostendrá su bandera; la

Merced no adulará Emperadores; la Merced, en unión con los Dominicos,

desafiará el poder del tirano, contra franceses ladrones y empecatados

españoles.

--Y los víveres por esas nubes, y las puertas de Madrid cerradas al

buen vino, al rico aceite, a los huevos, a las coles, al extremeño

tocino, y a los jamones de Candelario. Bueno, bueno: comamos ensalada

de perejil y cañutillos de monjas mojados en agua de limón. ¡Viva la

patria, Sr. Ximénez; viva el orgullito que nos pondrá como espátulas!

--Pues bien: lo que he dicho a usted --continuó el Prior-- lo he dicho

a los que vinieron a sonsacarme; y oídas mis palabras, tratáronme con

tal acritud, que espero grandes desdichas para nuestra Orden y nuestra

casa. De modo que nada puedo hacer por este joven.

A esto llegaban, cuando entró el Padre Castillo acompañado de otros

dos frailes. El uno supe después que se llamaba el Padre Vargas, y

aunque del mismo hábito y Orden, pertenecía al convento de la Trinidad

calzada, también de mercenarios redentores de cautivos, y el otro era

dominico, del convento de Santo Tomás, y tenía por nombre el Padre

Luceño de Frías.

--Ya, ya pareció aquello --exclamó Vargas con estrepitosa voz--. Ya

no podemos dudar de la veracidad de esos decretos, porque por ahí los

reparten impresos, y aquí tengo un ejemplar. Todos los decretos llevan

la fecha del 4, y son tales que podrían arder en un candil en noche de

aquelarre.

--Veámoslos. ¿Es cierto que nos reducen a la tercera parte?

--Tan cierto que... --dijo el dominico-- no nos reducen a la tercera

parte, sino que nos parten por el eje, Sr. D. Ximénez de Azofra.

--Atención, que leo --dijo Vargas, poniendo ante los ojos, de verdes

antiparras armados, un papel impreso--. Los decretos rezan lo

siguiente: _En nuestro Campo Imperial de Madrid a 4 de diciembre de

1808. Napoleón Emperador de los, etc... Considerando que el Consejo

de Castilla se ha comportado en el ejercicio de sus funciones con

tanta debilidad como superchería... que después de haber reconocido y

proclamado nuestros legítimos derechos al trono, ha tenido la bajeza de

declarar que había suscrito a estos diversos actos con restricciones

secretas y pérfidas, hemos decretado y decretamos lo siguiente: Art.

1.º Los individuos del Consejo de Castilla quedan destituidos como

cobardes e indignos de ser magistrados de una nación brava y generosa._

--Pues digo --exclamó Ximénez-- que eso está muy lindísimamente hecho.

--Es verdad --afirmó el dominico--, porque esos señores han estado

jugando a dos juegos, y con todo el mundo quieren comer. Adelante.

--Otro --prosiguió Vargas--. _En nuestro Campo Imperial, etc...

Napoleón, etc..._ Este no hace exposición de motivos, ni considerando

alguno, sino que dice simplemente: _Art. 1.º El Tribunal de la

Inquisición queda suprimido como atentatorio a la soberanía y a la

autoridad civil. Art. 2.º Los bienes pertenecientes a la Inquisición se

secuestrarán y reunirán a la corona de España_.

--Ya se ve --manifestó el dominico sin disimular su enojo--. Sin eso no

podía pasar. Afuera Inquisición, y vengan herejes, y lluevan masones:

¿qué les importa esto a los que no se cuidan de lo espiritual?

--Poco significa esto --dijo Castillo--; porque el Santo Tribunal casi

no existe ya de hecho, abolido por la suavidad de las costumbres.

--Pero se conservan las fórmulas, señor mío --contestó con aspereza

el dominico--, y las fórmulas tienen gran fuerza. Verdad es que no

se quema, ni se descuartiza (lo cual, dicho sea de paso, es excesiva

blandura, según estamos hoy comidos de herejía); pero hay todavía

degradaciones y simulados tormentos, que tienen muy buen ver para los

malos.

--_Item_ --prosiguió Vargas--. _Art. 1.º Un mismo individuo no puede

poseer sino una sola encomienda._

--Adelante, que eso nos interesa poco.

--_Item. Art. 1.º El derecho feudal queda abolido en España. Art.

2.º Toda carga personal, todos los derechos exclusivos de pesca, de

almadrabas u otros derechos de la misma naturaleza, en ríos grandes y

pequeños; todos los derechos sobre hornos, molinos y posadas, quedan

suprimidos, y se permite a todos, conformándose a las leyes, dar una

extensión libre a su industria._

--Eso no es nuevo --dijo Castillo--, y es lástima que nuestros

gobernantes con su indolencia hayan permitido a los franceses el

jactarse de promulgar una ley tan buena.

--Eso, eso es, ¡hágale su merced la mamola! --observó Luceño de Frías

con el mayor desabrimiento, sentándose a horcajadas en una silla para

apoyar los brazos en el respaldo--. Me gustan las ideas del Padre

Castillo. Si para eso pasa Vuestra Paternidad la vida entre la polilla

de los libros, buenas nos las dé Dios.

Y sacando su tabaquera y alargando la mano hacia el Prior, añadió:

--Señor Ximénez, un polvito, que los duelos con rapé son menos.

--No lo gasto --repuso el Prior.

--Vamos, amigo Vargas, un polvito.

--No lo gasto, que eso es cosa de viejas. Aquí tengo unos cigarritos de

la Habana, que merecen ser chupados por los ángeles del cielo. Si el

señor Prior me da su permiso...

--Vengan --gritó Salmón-- esos tabaquíferos incensarios y pebetes de

Oriente, que tan bien matan el fastidio.

--Allá van --dijo Vargas--. Son regalo de la señora Marquesa del

Fresno, y fuéronme remitidos poniéndolos en la mano de un Niño Jesús,

que me envió para que le diera una mano de pintura.

--Pues en lo relativo a ese decreto que acaba de leerse --dijo

Castillo--, mi conciencia no me dicta sino alabanzas, y alabanzas le

daré, aunque lo haya escrito el gran Tamerlán. ¿Por ventura no son

esas las mismas ideas que han hecho célebre en toda la redondez de la

tierra a nuestro gran Jovellanos? El mismo Conde de Floridablanca, ¿no

intentó algo en ese asunto? Y los sabios consejeros de Carlos III, ¿no

se dieron de cabezadas por quitar esas trabas a la industria? Todos

sabemos que a aquel eminente Rey se le pasaron ganas de promulgar este

decreto.

--¡Cosas de los jesuitas! --exclamó el dominico meciéndose en la

silla--. Pero esos pelanduscas andan también al retortero de Napoleón,

por ver si sacan tajada. Adelante con la lectura.

--Pues adelante --continuó Vargas--. _Considerando que uno de los

establecimientos que perjudican a la prosperidad de España son

las aduanas y registros existentes de provincia a provincia, hemos

decretado lo siguiente: Desde 1.º de enero próximo, las aduanas y

registros de provincia a provincia quedan suprimidos. Las aduanas se

colocarán y establecerán en las fronteras._

--Tampoco eso tiene pero --observó Castillo--, y la Junta central, ya

que pensó decretarlo, no debió esperar a que lo hicieran los franceses.

--También esto le parece bocadito de ángeles al reverendo Castillo

--dijo Luceño--. Medrados estamos. ¿Tratan de eso los libros de vuestra

merced?

--Atención --indicó Vargas haciendo un gesto dramático-- que ahora

viene lo gordo. _Considerando que los religiosos de las diversas

Órdenes monásticas en España se han multiplicado con exceso; que si

un cierto número es útil para ayudar a los ministros del altar en la

administración de los Sacramentos, la existencia de un número demasiado

considerable es perjudicial a la prosperidad del Estado, decretamos lo

siguiente: Art. 1.º El número de los conventos actualmente existentes

en España, se reducirá a una tercera parte. Esta reducción se ejecutará

reuniendo los religiosos de muchos conventos de la misma Orden en una

sola casa. Art. 2.º No se admitirá ningún novicio ni permitirá que

profese ninguno, hasta que el número de religiosos se reduzca a una

tercera parte. Art. 3.º Los regulares que quieran renunciar a la vida

común y vivir como eclesiásticos seculares, quedan en libertad de

salir de sus conventos. Art. 4.º Los que renuncien a la vida común,

gozarán de una pensión que se fijará en razón de su edad, y que no

podrá ser menor de tres mil reales ni mayor de cuatro mil. Art. 5.º Del

fondo de los bienes de los conventos que se supriman, se tomará la suma

necesaria para aumentar la congrua de los curas. Art. 6.º Los bienes de

los conventos suprimidos quedarán incorporados al dominio de España,

y aplicados a la garantía de los vales y otros efectos de la Deuda

pública._

Durante la lectura de este decreto, no se oyó en la celda de Ximénez

otro rumor que el producido por el vuelo de una mosca, que andaba a

vueltas tras los restos del chocolate prioral, como Bonaparte tras

los reinos de España. Después de leído, aún duró una buena pieza el

silencio.

Napoleón en Chamartín · 第 24 / 32 题