XXII

Cuando me levanté y hube despachado el desayuno que con sus propias

caritativas manos me llevó el Padre Salmón, salí al claustro alto,

donde mi amigo me dijo:

--Hay grandes novedades. Ayer a eso de las diez se entregó la plaza a

los franceses, una vez firmada la capitulación por el Emperador en su

Cuartel general de Chamartín.

--¿Y ha habido algo en Los Pozos? --pregunté, acordándome pesaroso del

Gran Capitán.

--Creo que es el único punto donde hubo alguna resistencia, pues

de todos los demás se apoderó sin dificultad el general Belliard,

Gobernador de la plaza.

Salió al encuentro de Salmón un fraile pequeño y viejo, que se apoyaba

en un palo; hombre al parecer enfermizo y de mal genio, que dijo:

--¿Sabe su merced, Sr. Salomón jaulista, las bases de la entrega?

--Hermano Palomeque, no las sé; pero creo que ha llegado Fray Agustín

del Niño Jesús, el cual dicen tiene una copia que le suministró un

individuo de la Junta.

--¿Qué, de vuelta por el claustro, Padre Palomeque? --dijo un frailito

joven, barbilindo, ancho de cuello, pulcro de rostro, arrebolado de

nariz, nimio de cerquillo y con cierto aire galán, el cual de improviso

se unió a nuestro grupo.

--Lo que hay --contestó Palomeque con rabia, dando un fuerte bastonazo

en el suelo-- es que anoche me han robado una gallina, de las seis

que tenía en el corral, y ¡ay del pícaro zorrón si le descubro, que

por nuestro santo hábito, si fuera cierta la sospecha que tengo de un

fraile madamo y almibaradillo, yo le juro que me la ha de pagar!

--¡_Oh curas hominum_! ¡_Oh quantum est in rebus inane_! ¡_Oh

cupidinitas gallinacea_! ¿Y todo ese enfado es por una polla seca y

encanijada, con cuyo caldo se podía administrar el Bautismo?

--Basta de bromas; y si era encanijada, no la tenía yo para ningún

zángano --exclamó Palomeque--. Pero a otra, y díganme de una vez en

que términos se ha hecho esa maldita capitulación. Por ahí asoma Fray

Agustín del Niño Jesús.

Llegó, en efecto, con paso grave el tal Niño Jesús, que era un fraile

altísimo de estatura, moreno, de pelo en pecho, de aspecto temeroso,

ojos fieros y una voz, por raro constraste, tan infantil y atiplada,

que parecía salir de otra garganta que la suya. Seguíanle otros dos

frailes.

--Vamos a ver, señor músico, ¿qué dice esa minuta? --le preguntó el

fraile barbilindo.

--Ahora lo veredes, dijo Agrages --fue la contestación del Padre

Agustín--. Creo que Napoleón ha aceptado todos los artículos, excepto

dos o tres de los menos importantes.

--El primero --dijo Salmón-- habla de la conservación de la religión

católica, sin que se consienta otra.

--Justo --respondió el Niño Jesús sacando un papel--; y el segundo de

_la libertad y seguridad de las vidas y propiedades de los vecinos

de Madrid_. Igualmente establece el respeto a _las vidas, derechos y

propiedades de los eclesiásticos seculares y regulares de ambos sexos,

conservándose el respeto debido a los templos, todo con arreglo a

nuestras leyes_.

--Como no lo han de cumplir --indicó Palomeque--, excusado es que lo

digan. Siga adelante.

--¿Para qué ha de leer más? Lo que sigue poco interés tendrá, y apuesto

a que habla de que si las tropas saldrán de Madrid con los honores de

la guerra o no.

--Justo --dijo Fray Agustín--, y también hay otro artículo en que se

establece que no se perseguirá a persona alguna por opinión ni escritos

políticos.

--Eso está muy mal pensado y peor resuelto --dijo otro de los

presentes, que era el Padre Rubio, fabricador y artífice de

acertijos--, porque si no quitan de en medio a los francmasones y

diaristas...

Luego el frailito almibarado, que era nada menos que maestro de

Teología, llegose a Salmón y le dijo:

--¿Se atreve Vuestra Paternidad a echar dos tantos a la barra esta

tarde después de la siesta?

--¿Pues no me he de atrever? --contestó--. Y tú, Gabriel, ¿juegas a la

barra?

--Este joven --dijo el maestro de Teología con bondad-- ¿es aquel

portento de las Humanidades, aquel consumado latinista de quien Vuestra

Merced me habló?

--El mismo que viste y calza, o por mejor decir, el segundo Pico de la

Mirandola. Puede examinarlo Vuestra Merced y verá lo que son castañas.

Yo repetí que no sabía palabra de latín, y que toda mi fama en dicha

lengua provenía de una equivocación.

--_Modestus es_ --dijo el teólogo--. Y puesto que es usted tan gran

latino, contésteme a esto: ¿qué quiere decir _Vino a lo que vino_?

--Eso no es latín, sino castellano --dijo Salmón.

--¡Oh! --exclamó el otro batiendo palmas--. Los dos se atascaron.

¿Conque castellano? Pues es tan latín como el _Arma virumque_. _Vino a

lo que vino_, o lo que es lo mismo, _vi no aloque vino_, que, traducido

literalmente, quiere decir _con fuerza nado y me alimento con vino_.

--Este Fray Jacinto de los Traspasos de María es un pozo de ciencia

--dijo Salmón--. Gabriel, te atascaste.

--Y díganme ustedes --prosiguió el otro--, ¿qué quiere decir

_Archiepiscopi toletani onerati sunt mulieribus_?

--Eso más claro es que el agua, mi señor don Teólogo --repuso Salmón--.

Es una blasfemia y calumnia; pero valga lo que valiere, quiere decir,

salva la intención, que los Arzobispos de Toledo están cargados de

mujeres.

--¡Oh gansos, oh acémilas! Ya les cogí otra vez --dijo Fray Jacinto--.

El _archiepiscopi_, que parece nominativo plural, es genitivo singular.

De la palabra que suena _mulieribus_, hago dos, a saber: _muli æribus_

y resulta: _los mulos del Arzobispo de Toledo están cargados de

riquezas_. ¡Ajajá! Pues y lo de _tú comes caracoles_, ¿qué significa?

--¡Oh! No estoy para quebraderos de cabeza --replicó Salmón--. Dejemos

eso, y ya que en el latín me ha vencido, esta tarde le venceré a la

barra.

--Esta tarde no --dijo Rubio--, pues Fray Jacinto ha prometido venir

conmigo a ver a las Constantinoplas, que están locas por conocerle.

--Y Castillo, ¿dónde está? --preguntó Palomeque.

--En misa.

--¡Oh, _patres conscripti_! --dijo otro fraile que vino a toda prisa

por el claustro adelante--. ¡Grandes y estupendas novedades! Han

llegado tres Consejeros de Castilla, y están en conferencia con el

Prior.

--¿Y a qué vienen esos Consejeros del diantre?

--Según he olido, los manda Napoleón para que nos emboben, por ver si

consigue que una diputación de regulares de todas las Órdenes vaya a

cumplimentarle y hacerle _randibú_ en su cuartel de Chamartín.

--Antes al demonio.

--¿Conque _randibú_ al azote de los pueblos, al enemigo de la religión,

al carcelero de nuestro Rey? Muy bien, tras de cornudo, aporreado,

y vengan palos, que con besar la mano que nos los da, todo queda

concluido.

--Como se han de levantar contra Napoleón hasta las piedras, y al fin

ha de marcharse con su hermano, excusado es andarse con mieles.

A esta sazón llegó el Padre Castillo que venía de decir su misa, aquel

discreto y agudo fraile que en casa de la señora Condesa había hecho el

expurgo de libros.

--Padre Castillo, ¿conque tenemos visita de Consejeros de Castilla para

que nos humillemos ante Napoleón?

--No sé nada de esto.

--Yo estoy determinado a salir de Madrid e irme por esas provincias a

predicar la guerra, juntando gente armada --dijo Rubio.

--Y yo, como me suelte por tierra del Barco de Ávila y eche allá cuatro

sermones, levanto hasta las piedras --afirmó el Niño Jesús.

--Yo no me moveré de aquí --dijo Castillo--. En esta casa me mandan los

estatutos que resida, y aquí residiré mientras no me echen. Fundose

nuestra Orden para redimir cautivos, no para predicar guerra ni armar

soldados.

--Muy bien dicho; mas tampoco se fundó para que la patearan Emperadores

y la escupieran Juntas.

--Dios hará de nuestra Orden lo que fuese servido --repuso Castillo--.

En tanto, nosotros nos estamos mejor en nuestra casa, que por montes

y valles incitando a los hombres a matarse. Y no es que dejemos de

ser patriotas. Más harán las oraciones de un fraile piadoso en pro

de nuestros ejércitos, que los sermones furibundos y crueles de esos

desgraciados que con los hábitos al cinto se han lanzado a la guerra. Y

dígame el buen Niño Jesús, ¿le parece meritoria y digna de un cristiano

y de un sacerdote la conducta de ese dominico que no quiero nombrar,

y que se ha señalado por sus sanguinarias excitaciones a la matanza

de franceses? No: nada que sea contrario a las generales leyes de la

caridad, debe sacarnos de nuestra ordinaria vida.

--Con buenas retóricas se viene ahora el Padre Castillo --dijo otro de

los presentes--. No, sino hagámonos miel para que nos papen imperiales

moscas.

--Dígame --preguntó un tercero--, ¿ha oído decir el Sr. D. Librote y

Cata-pergaminos, que Napoleón va a reducir el número de regulares a

la tercera parte? Pues sí, eso está muy bonito. Apláudalo el Padre

Castillo. Y nosotros veámoslo y callemos, ¿no? ¡Pues me gusta! De modo

que si un conquistador atrevido pone en peligro nuestro instituto, lo

daremos por bien hecho.

--¿Conque reducirnos a una tercera parte? --dijo Salmón--. ¡Bonita

invención! Esas son las tan decantadas novedades de los filósofos y de

todos esos masones a la francesa que hay ahora.

--No disputaré sobre si es conveniente o no reducir el número de

conventos --dijo Castillo--. Cuestión es esta delicada y sobre la que

se podría hablar mucho. Lo que sí afirmo es que la reducción del número

de regulares, y las ideas de poner coto a tantas fundaciones, son

bastantes antiguas, y se han ocupado de ello mil eminentes repúblicos.

Ya saben todos que en el siglo pasado se ha clamoreado bastante sobre

esto. ¿Y qué más? A principios del decimoséptimo siglo, cuando aún no

se soñaba en enciclopedias, ni en revoluciones, ni en logias, ni en

filosofías, personajes respetables, y entre ellos algunos españoles

sapientísimos, se expresaron en igual sentido. Como me dedico a buscar

papeles viejos, ¡vean mis caros hermanos la casualidad! en estos días

he encontrado dos que vienen como de molde a terciar en esta contienda.

Y al punto fue a su celda, que muy cerca estaba, y volviendo con dos

libros viejos, los mostró a sus hermanos.

--Aquí están --dijo--. Uno es el _Memorial que al Rey D. Felipe III

dio en su Consejo de Estado Fray Luis de Miranda, lector jubilado,

de la Orden de San Francisco, acerca de la ruyna y destrucción que

amenazaba a la república y monarquía de España, si con presteza no

se acude al remedio_. Las causas y razones que expone, son: PRIMERA,

_la muchedumbre de hacienda que de secular se está convirtiendo en

eclesiástica_. SEGUNDA, _las innumerables personas que, por sus

particulares fines, de seglares se hacen religiosos, sin aver de ello

necesidad, antes con daño de las mismas religiones_. Esto se escribía

en los primeros años del siglo decimoséptimo, y si el mal era cierto,

juzguen Vuestras Paternidades si habrá aumentado, no habiendo nadie

acudido al remedio. El otro libro se titula _Discurso del doctor

D. Gutiérrez, Marqués de Careaga, en que intenta persuadir que la

monarquía de España se va acabando y destruyendo a causa del estado

eclesiástico, fundación de Religiones, Capellanías, Aniversarios y

Mayorazgos_. Esto está impreso en 1620. De modo, hermanos míos --añadió

con zunga el buen Castillo--, que hace doscientos años hubo quien ya

dio en la flor de decir que éramos muchos. Ahora, pues, carísimos, cada

uno meta la mano en su pecho, consulte a su conciencia y pregúntese a

sí mismo si cree estar de más: _intelligenti pauca_. ¿Y esas gallinas,

Padre Palomeque, cuántos huevos han puesto en la semana? ¿Y cómo van

esas jaulas, Padre Salmón? ¿Qué me dice Vuestra Paternidad de aquellos

enigmillas tan reservados que le enviaron ayer las Constantinoplas,

Padre Rubio? ¿Halos acertado ya? ¿Y qué tal van esos toques de flauta,

Fray Agustín del Niño Jesús?

Y así fue dirigiendo a todos graciosas pullas, si bien ellos no se

irritaban, gracias al respeto que le tenían. Con esto y con la retirada

de Castillo se desbarató el corro, y casi todos fueron a husmear a

la puerta de la celda del Prior por ver si descubrían cuál era la

misteriosa comisión de los Consejeros de Castilla. Cuando Salmón y yo

íbamos a espaciarnos un poco por la huerta, vimos un fraile anciano

que, leyendo devotamente su libro de oraciones, se paseaba en el

claustro bajo. Pregunté a mi amigo quién era aquel venerable sujeto, y

me dijo:

--Este es el Padre Chaves, el más piadoso y recogido de todos los

frailes de este convento, si bien me parece que es algo mentecato. No

hace más que rezar, leer libros santos, y asistir a todos los enfermos

de la casa. Hace catorce años que no ha salido una sola vez a la calle.

No recibe regalos, sino aquellos que puede dar a los pobres. Apenas

come, y cuanto le dan aquí lo guarda para repartirlo los sábados a una

chusma que viene a la portería, porque, según dice él, ya que no puede

redimir cautivos, quiere redimir a los que padecen la peor esclavitud

de todas, que es la miseria. Antes te dije que era un mentecato; pero

la verdad, hijo, Chaves es un excelente hermano.

--Dios ha puesto de todo en el mundo --pensé yo--; y así como no hay

nada perfecto, tampoco hay cosa alguna que sea rematadamente mala.

Napoleón en Chamartín · 第 23 / 32 题