--¡Toquen castañuelas, repiquen panderos, machaquen almireces, punteen
vihuelas y aporreen zambombas para celebrar el talento del sabio
legislador, harto de bazofia y comido de piojos, que sacó de su cabeza
ese pomposo y coruscante decreto! --exclamó al fin Luceño dando un
porrazo en el brazo del sillón y levantándose.
--¿Conque a la tercera parte? --dijo Salmón--. ¿De modo que de cada
tres no ha de quedar más que uno?
--Eso es, y los demás a la calle, a pedir limosna, porque una pensión
de tres mil reales para personas que han de vivir decentemente, es
aquello de hártate, comilón, con pasa y media.
--Y afuera novicios.
--¡Y no más profesar!
--Y con los bienes se aumentará la congrua de los curas.
--También eso está bien --dijo el dominico--. Alábelo su merced, Padre
Castillo. ¡Que nos quiten lo nuestro para darlo a los curas! ¿Quiénes
son los curas, ni qué hacen esos zanguangos en bien de la cristiandad?
Ya... como los curas son tan tibios patriotas... ¡Estoy que bufo!
--Lo mejorcito es que los bienes de los conventos suprimidos pasen al
dominio de España.
--¿Qué tiene que ver España, ni San España, ni Marizápalos con esos
bienes?
--¿De modo que nuestras granjas de Leganés, de Valmojado...? --preguntó
Salmón.
--¡Ya se ve! De esto se ríen todos esos infelices Mínimos, Gilitos y
Franciscos que nada tienen. A ellos, ¿qué les importa? Por eso van a
hacerle el _como la porta bu_. Bien, retebién. Y lo mismo hacen los
Afligidos, que son la cáfila de majaderos más desaforados que he visto.
--No murmurar, hermano --indicó Castillo.
--Dios me lo perdone --dijo Luceño--, y no lo digo por nada malo, que
hay Afligidos de todas clases. ¿Pero creen vuestras mercedes que se
llevará a cabo esto de las terceras partes?
--Yo creo que va a ser dificilillo.
--Pues yo temo que lo llevarán adelante --afirmó Luceño--; que esta
mañana me ha dicho en confianza un regidor que va a Chamartín, que ya
tienen hecho su plan, y que dentro de pocos días comenzará el restar y
dividir, para dar principio a la demolición de los conventos.
--¡La demolición!
--Sí; que todas estas casas las destinan a oficinas del Estado, y la
primera que va a caer hecha pedazos es este monasterio de la Merced en
que ahora estamos.
--¡Cómo, la Merced! ¡Se atreverán a ello! --exclamó Ximénez de Azofra,
dándose un golpe en la rodilla--. ¡Cómo! ¿Se atreverán a derribar
esta casa, que lo fue del gran Tirso de Molina? ¿Y la gran devoción
que inspira la Virgen de los Remedios, que está en una de nuestras
capillas? ¿Pues y el sepulcro de los nietos de Hernán Cortés? No, no
puede ser. Derriben en buen hora otras casas de religiosos; pero no
esta por tantos títulos, además de su antigüedad, venerable.
--Y también está amenazada la Trinidad Calzada --apuntó Luceño-- si no
de que la derriben, al menos de que la vacíen.
--Eso no puede ser --declaró Vargas--, que más glorias encierra mi
casa que todos los demás claustros de Madrid reunidos. Díganlo si no,
el beato Simón de Rojas y el Padre Hortensio de Paravicino, autor del
libro _De locis theologicis_.
--Autor de las _Oraciones evangélicas_, de la _Historia de Felipe III_
y de la _España probada_, querrá decir Vuestra Paternidad --indicó
Castillo con malicia--; que el libro _De locis theologicis_, hasta los
chicos de las calles saben que es de Melchor Cano.
--Tiene razón Castillo: me equivoqué. Pero sea lo que quiera, también
tiene mi convento la honra de haber rescatado, mediante los Padres
Bella y Gil, al inmortal Cervantes, autor del _Quijote_, Sr. Castillo,
pues yo también entiendo algo de autores. En caso de desalojar
conventos para oficinas, ahí está Santo Tomás, donde caben todas.
--¡Cómo es eso! ¡Santo Tomás! ¡Desalojar a Santo Tomás, el más
ilustre de los conventos de Madrid! --exclamó impetuosamente el
dominico--. ¿Y qué sería de este pueblo si le quitaran el espectáculo
de las procesiones que de allí salen con motivo de las funciones del
Santo Oficio? A fe que hartas casas hay en Madrid, si quieren hacer
plazuelas, como dicen, aunque más vale que no se toque a ninguna,
porque _setenta y dos_ conventos para una población de 160.000 almas,
me parece que no es mucho. Las casas de religiosos apenas ocupan un
poco más de la mitad del perímetro de esta gran villa, lo cual no es
nada desmedido, y de todas las casas que se alzan en ella, solo _cuatro
quintas partes_ pertenecen a conventos, memorias pías, capellanías y
otras fundaciones.
--Y dígame, Luceño --preguntó Ximénez--, ¿van dominicos a la reunión
que convoca el Corregidor?
--Creo que no. Según he oído, solo se prestan a ir a Chamartín el
prepósito de San Cayetano, el abad de Montserrat, dos Agonizantes, un
par de Franciscos, un Rector de Niñas de la Paz y un Afligido.
--Pues esos sacarán tajada, no lo duden vuestras mercedes. Sobre
nosotros lloverán los decretos y las terceras partes.
--Mi opinión es --dijo Salmón-- que, pues cuesta bien poco ir de aquí
a Chamartín, nada se pierde con que vayan un par de Padres, y yo me
brindo a ello, que bueno es estar bien con todos, y el orgullo es
pecado, y quien al cielo escupe en la cara le cae.
--No en mis días: de esta casa no irá nadie --aseguró Ximénez de
Azofra--; y en cuanto a este joven, nada podemos hacer. Indigno sería
pedir favores a quien nos trata mal, amenazándonos con terciarnos y
partirnos como si fuéramos aranzadas de tierra. Conque busque usted
quien le proporcione la _carta de seguridad_ para salir de Madrid.
--Dificilillo es --afirmó Luceño--, pues entiendo que se miran mucho
para dar las tales _cartas_, y sin ellas no es posible dar un paso de
puertas afuera.
--Sin embargo --dijo el discreto Castillo--, hay multitud de personas
que por estar en bien con los franceses, pueden socorrer a este joven.
¿No conoce usted ninguna persona de alta posición y de influencia?
--Sí, ya me ocurrió acudir a la señora Condesa --indicó Salmón--, y
confío en que su generosidad sacará a este joven del mal empeño en que
se ve. El señor Marqués se ha afrancesado, y dicen que va a entrar en
la alta servidumbre del Rey José.
--El Sr. D. Felipe bebe los vientos por que cualquier Gobierno se
acuerde de él --dijo Castillo--. Algo debe de haber de cierto en eso,
pues hace tres días, después de haberse presentado a Belliard, fuese al
Pardo, donde se ha instalado con su hija. Ayer creo que debió llegar a
dicho real sitio el Rey José. A pesar del influjo que en la botellesca
Corte tiene el señor Marqués, yo no me fiaría de él para ningún
delicado asunto. De más eficacia me parece en el caso presente el señor
Duque de Arión, pariente de esta familia y que goza de gran poder en el
Cuartel general.
--¡Admirable idea! Veremos al señor Duque.
--No ha llegado aún a Madrid; y como no sea exponiéndose a los peligros
de un viaje a Chamartín, este joven no podría verle.
--Lo mejor --añadió Salmón-- es que veamos hoy mismo a la señora
Condesa. ¿Va hoy allá la Paternidad del Sr. Castillo?
--Dentro de un rato, pues la señora Marquesa me ha mandado llamar hoy
con toda premura. Si quiere este joven venir conmigo, le llevaré.
--Oportunísimo --añadió Salmón--. Yo iré también. Pero, hijo, si en la
calle acertamos a pasar por junto a esos cafres...
--Pues bien --dijo Ximénez--: para que vaya más seguro, yo les presto
mi coche, que, con sus dos gallardas mulas, debe de estar ya en la
huerta.
--Muy bien --declaró Salmón batiendo palmas--. Me parece buena idea la
del coche; pero para mayor seguridad, te vestiremos de novicio. Venga
la carroza prioral y a casa de la Condesa.
--Pues entrareme también en ella, y me dejarán de paso en Santo Tomás
--añadió Vargas.
--Pues allá voy también --dijo Luceño--, si me dejan en las Descalzas
Reales.
Y así acabó la conferencia, sin más resultas que las de mi improvisado
disfraz de novicio y mi viaje a casa de la Condesa, donde me pasó
lo que el lector verá a continuación si tiene paciencia para seguir
leyendo.