XIX

Diose orden de que los cuerpos ocuparan sus primitivas posiciones, y

partí otra vez a Los Pozos, contemplando por el camino el espectáculo

de Madrid abatido y desilusionado. En algunas partes, escenas de

escandalosa protesta contra las autoridades, y amenazas y gritos;

en otras, vergonzoso silencio y raras manifestaciones de la general

angustia.

Cuando llegué a la Puerta de Los Pozos, los soldados y voluntarios

estaban en actitud un tanto sediciosa. El Gran Capitán, que continuaba

en el jardín de Bringas, no quería creer la noticia de la próxima y ya

inevitable capitulación.

--Gabriel --me dijo--, eso que cuentan no puede ser cierto, y sin duda

es alguna estratagema de D. Tomás de Morla. ¡Cómo se miente! ¿Creerás

que unas desvergonzadas mujeres llegaron aquí diciendo que el Prado

y media calle de Alcalá estaban en poder de la Francia? Me dio tal

enfado, que si no estuviera mi mujer entre las que tal insolencia

decían, las habría atravesado de parte a parte.

No quise darle un disgusto, y callé.

--Aquí hemos tenido un combate terrible --continuó--. Se atrevieron a

acercarse, y esa compañía de voluntarios salió y les hizo tan terrible

fuego, que no han vuelto a asomar las narices. En tan grande acción, no

tuvimos más que cinco muertos y once heridos.

Vi, en efecto, que Pujitos se ocupaba en acomodar estos últimos en

las casas inmediatas con auxilio del generoso vecindario, y que

en torno a los cinco primeros una multitud de mujeres entonaban

estrepitoso miserere de imprecaciones y lamentos. En las cuatro puertas

septentrionales no había ocurrido otra lucha importante que aquella que

Fernández me refería.

El cual prosiguió así:

--Pensar que aquí nos rendiremos, es pensar en lo imposible. Ríndase

todo Madrid; mas no se rendirán Los Pozos. ¿No es verdad, muchachos?

Los _muchachos_, sentados en el suelo del citado jardín, y a la

redonda, despachaban unas sopas, acompañados de mujeres y chiquillos;

y con tanta gana comían, y tal era su pachorra y tranquilidad, que no

me parecieron dispuestos a secundar los gigantescos planes del portero

de la oficina de Cuenta y Razón. Antes bien, el uno con su reumatismo,

el otro con sus toses, y aquel con sus escalofríos, tenían cara de

satisfechos por el fin de una aventara que empezó con visos de ser

broma pesada.

--Pues si está de Dios que nos rindamos, nos rendiremos --dijo un

bravo, que lo menos tenía a cuestas sesenta años y pico.

--Hemos hecho todo lo que exigía el honor. No es posible más --dijo

otro--. Cuando los jefes han acordado la rendición, ya sabrán que es

imposible resistir.

--Yo --añadió un tercero-- he cumplido con mi deber. Lo menos he

disparado tres tiros.

--Y yo, aunque no he disparado ninguno, le cargaba la escopeta a aquel

soldadillo del bigote rubio.

--Esto no se puede oír --exclamó bramando de ira D. Santiago--. Pero

¿qué se puede esperar de unos hombres que se ponen a comer sopas,

cuando tenemos a cien varas de nosotros al vencedor de Europa? ¡Fuera

de aquí, almas de mazapán, cuerpos momios y sangre de arrope! ¿De qué

os valen esas canas que estáis deshonrando? ¿De qué vuestros años,

hasta ahora no envilecidos? ¿De qué el haber asistido a aquellas

gloriosas campañas?... Nada, lo dicho, dicho. Se rendirá Madrid; pero

no se rendirán Los Pozos.

--Mira, marido mío --dijo a esta sazón Doña Gregoria, que en unión de

las otras vecinas había venido con un canastillo y algo de bebida para

D. Santiago--, ya has cumplido con tu deber; ya te has portado como

un valiente, y tan verdad es esto, que por todo Madrid andan contando

tus hazañas, y hasta el Capitán General dicen que echó un discurso

poniéndote por modelo de los buenos patriotas. Basta ya, y puesto que

todo se acabó, y no hay más guerra por ahora, no seas testarudo. ¿Qué

vas a hacer tú solo?

El Gran Capitán no contestaba, y paseo arriba, paseo abajo, con el arma

al brazo, atendía tan solo a sus agitados pensamientos.

--Dejémonos de tonterías, marido mío --añadió Doña Gregoria--, y vamos

a despachar este cocidito y esta botella de vino. ¿Acaso puede Napoleón

decir que te ha vencido? Eso no, porque buen cuidado tuvo de no asomar

por aquí; que si tú lo llegas a coger...

--Quítate de mi vista, vete de aquí --gritó de improviso el veterano--;

y no me seduzcas con tu cocidito y tu bebida, que no soy hombre que se

entrega a la molicie en días de peligro. Afuera los cantos de sirena, y

las seducciones del amor y los ricos manjares. No como: he dicho que no

como, y basta. He dicho que no volveré a mi casa vencido, y no volveré.

Se rendirá Madrid; pero yo no me rindo.

--¡Hay hombre más cabezudo!

Entonces el Gran Capitán llamó a su mujer, y llevándola aparte conmigo

a un rincón de la huerta de Bringas, que era donde estábamos, le habló

así muy gravemente:

--Señora Doña Gregoria Conejo, ¿cuánto hace que nos casamos?

--Cuarenta y cinco años, tres meses y nueve días, si no cuento mal

--respondió absorta la anciana, sin comprender en qué pararía aquello.

--En estos cuarenta y cinco años, tres meses y nueve días, ¿le he dado

algún disgusto a la señora Doña Gregoria Conejo?

--No, marido mío --respondió algo conmovida.

--Pues bien: si le he dado alguno, le ruego que me lo perdone, y está

dicho todo.

--Tú estás loco, Santiaguillo. ¿A qué dices esas necedades?

--¿Tiene usted alguna queja de su marido?

--Yo no; y como él no la tenga de mí...

--Pues por mi parte --dijo el Gran Capitán con alguna emoción--, yo le

digo a Doña Gregoria Conejo que la quiero hoy lo mismo que el día que

nos casamos, y que todavía me parece tan guapa, tan mona y tan salada

como cuando éramos novios, y que no tengo ninguna queja de ella, más

que la de no haberme dado hijos, lo cual, en verdad, ha sido voluntad

de Dios.

--Sí, niñito mío --respondió la vieja--; ¿pero a dónde va tanto hablar?

--Esto va a que te retires y me dejes, porque si no, reñimos por

primera vez. Pero te has de ir perdonándome todo agravio que te haya

hecho en el discurso de nuestra común vida. En mi testamento te dejo

todo lo que poseo, que no es mucho, y además de las ocho misas que dejo

mandadas, harás que me digan otras ocho. Y quiero que me entierren con

mi lanza y con los dos reales que me dio Don Luis Daoiz, cuando le

llevé las botas a la calle de la Ternera, y basta ya de palabras.

--¡Ay, Santa Virgen de Maravillas, que mi marido está loco y se quiere

matar! --exclamó Doña Gregoria, echándole los brazos al cuello--.

Santiaguillo, no digas tales simplezas... ¿Me quieres dejar viuda? ¿Qué

es eso de testamentos y misas?

--He dicho que si Madrid se rinde, no se rendirán Los Pozos; y si Los

Pozos se rinden, no se rendirá el jardín de Bringas --afirmó secamente

el anciano, deshaciéndose de los brazos de su esposa--. ¡Atrás,

seductora; atrás, sirena; atrás, flaqueza de mi valor!

--¡Bárbaro, animal! --dijo llorando la buena mujer--. ¡Este pago me

das; así tratas a la que te ha querido tanto! Si fue ayer cuando nos

casamos, y me parece que te estoy viendo venir con tu gorra de cuartel,

tan garboso y tan chusco, a la reja de la casa donde yo servía... A

ver, chiquillo, si te acuerdas de aquellas coplitas que me cantabas...

--Yo no estoy para coplitas, señora. Retírese usted.

--¡Y estar una queriendo a un hombre cincuenta años, estar una

enamorada toda la vida y mirándose en los ojos de su marido, para

recibir este pago!... Santiago, mira que me enfado. Vámonos a casa, y

maldito sea el Emperador, causante de mis desgracias, y a quien vea yo

comido de perros.

Ni los ruegos, ni las amenazas, ni los artificios de su mujer,

quebrantaron la entereza de mi ilustre amigo, el cual, resistiéndose

a tomar alimento, por no caer en la molicie, rechazando toda idea de

descanso, volvió a pasearse de largo a largo en la extensión de la

huerta, arma al brazo.

Y sucedió que una infinidad de chiquillos del barrio, a quienes antes

se había prohibido introducirse allí, vencieron, por fin, con la gran

fuerza de su curiosidad y travesura, los rigores de la guardia; se

colaron repentinamente y en tropel; recorrieron la fortificación,

metiendo las narices por todas partes, y tocando con sus manos los

cañones y cureñas, gozosos de ver tan de cerca todo aquel tremendo

aparato. Como el asedio se daba por concluido, nadie se cuidaba de

estorbar su impertinentísima inspección y entrometimiento. Luego que

en todo pusieron las manos, las narices y los ojos, empezaron a imitar

a los soldados, dando gritos de guerra y marchando a compás, todo

según en las personas mayores habían visto, y con estos militares

aspavientos entráronse por la huerta de Bringas adelante, batiendo

cajas, disparando tiros, soplando cornetas y relinchando al modo de

caballos, todo hecho con la boca, en mil discordes sones que atronaban

el espacio. Y en cuanto divisaron a D. Santiago Fernández, a quien

los más conocían, fueron derechos a él y le rodearon, gritando entre

saltos, brincos, cabriolas y corcovos: «¡Viva el Gran Capitán, viva el

Grandísimo Capitán!»

Visto y oído lo cual por nuestro insigne veterano, parose, y quitándose

el sombrero hizo varios saludos y cortesías, diciendo:

--Gracias, mil gracias, señores míos. Ya he dicho que si Madrid se

rinde, yo no me rindo.

Las aclamaciones y los chillidos, siempre acompañados de zapatetas,

cabriolas y vueltas de carnero, tocaron los límites del delirio.

--Todos vosotros sois grandes patriotas, ¿no es verdad? --prosiguió mi

amigo--; y no como estos cobardes, corrompidos por los placeres. Ya veo

que la juventud vale más que la edad madura, y a mi lado os quisiera

ver, valientes españoles, defendiendo a nuestro amado Monarca.

La algazara y jaleo de los muchachos al oír esto, fue tal, que no

cabe en descripción ni en pintura, pues no parecía sino que cuantos

angelitos engendraron los matrimonios de un siglo, estaban allí

haciendo de las suyas. Allí vierais el correr, el atropellarse, el

darse de coscorrones, el cantar y gritar, el batir palmas, el tirar

coces, el correr y dar vueltas, arremolinándose en torno de mi amigo,

cuyas piernas por largo tiempo estuvieron sin movimiento en medio de

aquel zumbador enjambre.

--Tantas muestras de afecto, señores --dijo al fin--, me conmueven,

y no las puedo considerar sino como una prueba de lo bien acogida

que ha sido en Madrid mi conducta. Pero digan ustedes por ahí que el

cumplimiento del deber no merece alabanzas, pues estas solo son para

lo extraordinario y heroico. Mi deber es defender este sitio, y le

defenderé. Conque basta ya de aclamaciones y aplausos.

¡Pero que si quieres! ¡Buena familia era aquella para hacer caso de

tales exhortaciones! Fue preciso que uno de los jefes diera orden de

echarlos afuera, y aun así costó trabajo librar a D. Santiago de la

ruidosa ovación. Además, quiso nuestro coronel que todas las personas

extrañas desalojaran el recinto fortificado, y al fin, no sin esfuerzo,

hicimos salir a las mujeres, inclusa Doña Gregoria, que se fue llorosa

y entristecida, encargándome que no perdiese de vista a su buen marido.

No sé si he dicho que por Los Pozos había pasado poco antes a caballo

D. Tomás de Morla, camino de Chamartín, donde el Corso tenía su cuartel

general. Largo rato duró la conferencia con el Emperador, porque el

regreso de Morla fue muy tarde, y por cierto que, al volver, su rostro

demudado y tenebroso demostraba que en la entrevista había habido sapos

y culebras. Aquel gigante con corazón de niño fue tratado por Napoleón

como un muchacho de escuela. Después se supo que el vencedor le puso

cual no digan dueñas, sacándole a relucir el haber permitido que no se

cumpliera la capitulación de Bailén, y amenazándole con fusilarle a él

y a sus tropas si la población no se rendía antes de las seis de la

mañana del día siguiente.

La tarde pasó sin ningún acontecimiento militar digno de contarse. Los

franceses ocupaban sus posiciones sin hacer fuego, y nosotros, seguros

de que todo se daría por concluido, estábamos también quietos y en

expectativa. La agitación en el interior de la villa, persistía; y

según oí, numeroso gentío, nada tranquilo por cierto, llenaba la Puerta

del Sol, con la atención fija en la casa de Correos, residencia de la

Junta.

Rendido de cansancio, el gran Pujitos tendiose en el suelo junto a mí,

y me dijo:

--Ya esperaba yo esto que ha pasado. ¿No te dije que los traidores iban

a vendernos a los franceses?

--Más que a la traición --respondí con mucha tristeza--, debemos

atribuir este mal resultado a la falta de recursos para la defensa.

--¿Qué? --gritó el héroe con mucho enojo--. ¡Qué falta de recursos ni

qué niño muerto! Con los voluntarios basta y sobra. Pero, hijo, contra

traidores nada podemos, y así los vea yo podridos, y mala sarna se los

coma. Hace poco estuvo aquí el malcarado y peor chapado Santorcaz, y

no lo despabilé por aquello de que uno no quiere meter bulla en estas

ocasiones; pero...

Y dio un resoplido que anunciaba exterminadores proyectos contra los

enemigos de la patria.

--¿Y a qué vino acá ese charlatán embaucador?

--A buscarte, muchacho. ¿Sabes que debes andarte con cuidado? Cuando

le dijimos que no estabas, dio la gran patá en el suelo y apretó los

dientes. Venían con él Majoma, Tres Pesetas y otros perdidos que ahora

le hacen la comitiva, junto con un tal Román, que fue criado de una

casa rica. Este, cuando oyó que no estabas y vio que Santorcaz daba

aquella gran patá, le dijo: «Pues esta noche no se nos escapará.» ¿Qué

tal? Mala gente es esa, Gabriel, y ya te dije que están vendidos en

cuerpo y alma a los franceses. De modo que ahora hay que huir de ellos

como de la sarna, porque los meterán en lo que llaman _pulicía_, que es

al modo de alguaciles, para prender al que se les antoje.

--No me prenderán a mí --dije--, por lo menos mientras sea soldado.

Después de la rendición, yo buscaré medios de que no me cojan, aunque

la verdad, amigo Pujitos, no sé por qué me quieren mal esos señores, ni

por qué hablan de si me escaparé o no me escaparé.

--Te digo que son malos más que Judas, y que ahora harán ellos migas

con los franceses, como que todos son unos, lobos y zorros... pues, y

a todo el que tengan entre ojos le molerán a palos, si no es que me le

arman un trementorio de otrosíes, y me lo empapelan y me lo ponen a la

sombra.

--En todo eso que ha dicho el amigo Pujitos --respondí-- hay mucho

de verdad. Quiera Dios no nos den que sentir esos bergantes; y si en

Madrid no podemos vivir, afuera todo el mundo, y combatamos allí donde

sepan morir antes que rendirse a los franceses.

Levantose el héroe, y poniéndose la mano en el pecho, hizo

exclamaciones de ardiente patriotismo, después de lo cual nos separamos.

Al avanzar la noche, la tropa de línea que estaba en Los Pozos recibió

orden perentoria de internarse, y fue que cuando la Junta acordó

formalmente la capitulación, no queriendo el Marqués de Castelar

presenciar este hecho, ni tampoco que se rindiera la tropa, discurrió

el escapar con ella por la Puerta de Segovia, lo que verificó con toda

felicidad a media noche. Solos los paisanos, ¿qué esperanza quedaba?

Para que la rendición de Madrid fuera honrosa, la diplomacia, no las

armas, debía hacer un esfuerzo.

Yo conté al Gran Capitán lo que pasaba, con la esperanza de que,

desalentado, se retirase a su casa, como habían hecho otros pobres

veteranos, convencidos de su inutilidad. El juró y perjuró que era

imposible una capitulación acordada por la Junta; pero contra lo que yo

esperaba, de repente dijo:

--Tengo que ir a mi casa, Gabriel: ¿quieres acompañarme?

--Al instante --le contesté.

Y pedimos permiso al jefe, que nos lo concedió de buen grado. Era ya

muy entrada la noche.

Napoleón en Chamartín · 第 20 / 32 题