Y digo esto porque la batería de la Veterinaria, después de una defensa
heroica, caía en poder de los franceses, precisamente en el momento en
que llegamos, refuerzo tardío, los de la Puerta de Los Pozos. Ya no
había nada que hacer allí. ¿Podía prolongarse aún la resistencia en
el Retiro? Así lo creímos en el primer momento; pero no tardamos en
perder esta ilusión, porque atacado aquel sitio por treinta cañones,
no tardó en entregar sus débiles tapias, que lo eran de jardín y no
de fortaleza. Así es que mientras un regimiento de voluntarios y
otro de ejército recibían a tiros con admirable arrojo en Recoletos a
la primer columna francesa que se destacó a apoderarse de la Puerta,
los defensores del Retiro, faltos de recursos, de armas y de jefes,
retrocedían al Prado, fiando la defensa a las barricadas de la calle de
Alcalá. El momento aquel lo fue de gran pánico y de consternación; pero
la verdad es que entre mucha gente apocada, la hubo también resuelta y
decidida.
Perdido al fin Recoletos, corrimos todos por la calle del Barquillo
hacia la de Alcalá, y cuando llegamos, ya los franceses eran dueños
del Pósito, del palacio de San Juan, y procuraban apoderarse de San
Fermín y de la casa de Alcañices. Fue muy mala idea la de construir la
gran barricada más arriba del Carmen Calzado, dejando al descubierto
la calle del Turco y todos los edificios del extremo de aquella gran
vía; así es que los imperiales apoderáronse fácilmente de estos, y
abriéndose paso después por el interior a la citada calle del Turco,
dominaron de tal modo la posición, que al cabo de un cuarto de hora
de estéril tiroteo, vimos que era preciso buscar la nuestra un poco
más arriba, entre Vallecas y el callejón de Sevilla. Se hacía fuego
tenazmente desde los balcones de ambos lados de la calle, y no había
casa alguna que no fuese improvisada fortaleza, pues la tenacidad de
nuestros paisanos era tanta, que no les acobardaba ver la creciente
ventaja del enemigo, su inmensa fuerza y arrogancia. La población,
antes indecisa, cobraba ánimos al verse invadida, y un furor parecido
al del 2 de mayo inflamaba el pecho de sus habitantes. Escenas
parciales de encarnizada y cruel lucha se repetían a cada rato en
las casas invadidas; batíanse con ferocidad a arma blanca los que
no la tenían de fuego, y el Emperador pudo ver muy de cerca aquella
enajenación popular y aquel divino estro de la guerra, que varias veces
mostró no comprender en paisanos y menos en mujeres.
En medio de esta refriega se hizo la tercera intimación, y cuando
creímos que nuestros jefes contestarían a ella mandando redoblar
el fuego, observamos que este cesaba en la gran barricada, y que a
todo escape corría a caballo el Marqués de Castelar hacia la casa de
Correos, donde estaba la Junta permanente.
--¿Qué hay, Sr. D. Diego? --pregunté a este, viéndole venir hacia mí,
con su escarapela de _honrado_--. No sabía que también estaba usted
entre nosotros.
--He estado en el Retiro desde el amanecer --me contestó--. Pero ¿qué
se había de hacer con tan mala y tan poca artillería?
--¿Pero por qué ha cesado el fuego?
--El Marqués de Castelar ha pedido una tregua para consultar a la
Junta. Creo que habrá capitulación. ¿Has visto a Santorcaz?
--¿Yo?... Ni ganas.
--Pues te andaba buscando ayer tarde con mucho empeño.
--¿También se ha batido D. Luis?
--¡Vaya! en el Retiro estaba hace poco gritando como un furioso y
jurando matar a los que nos han hecho traición. Pero luego nos ha
aconsejado que nos retiremos a nuestras casas, porque es imposible
pelear contra los franceses.
Subía la calle arriba mucha gente del bronce, gran número de
_honrados_, voluntarios y algunas mujeres, y por las imprecaciones que
oí en boca de todos, se comprendía que los defensores de Madrid no
habían recibido bien la suspensión de armas.
--Como que les han untao --decía un majo de trabuco y charpa.
--¡Que nos han vendío! --exclamaba una mujer, en quien me pareció
reconocer a la viuda de Chinitas.
--Si cojo a Castelar por delante, me lo como.
--Ya me percataba yo que el Tomasillo Morla estaba vendido al Tuerto.
¿Cuánto va a que él puso los cartuchos de arena?
--¡Más vale morir que rendirse! Canallas, cobardes: si tenéis miedo,
quitaos de en medio, y dejadnos a nosotros.
--Compañeros, antes que la corte de las Españas y la mapa del mundo,
que es Madrid, caiga en poder de los gabachones, tuertos, botelludos,
dejémonos matar tras esas piedras.
--¡Que hayamos vivido para ver esto!
--Ni la Junta, ni el Consejo, ni los Generales, ni el Corregidor, ni
ninguno de esos Caifases tienen tanto así de vergüenza.
De este modo, en diversos estilos, expresaba el pueblo de Madrid
su rabia, no tanto por verse casi vencido, como por echar de menos
el amparo de las autoridades, y encontrarse solo entre un enemigo
formidable y un poder débil, incapaz de imitar las desesperadas
sublimidades de Zaragoza y Valencia. Así es que desde la suspensión
de la lucha cundió el desaliento tan rápidamente, y la idea de
una capitulación indispensable se apoderó tan pronto de todos los
espíritus, que las armas se caían de las manos. Cercados por poderoso
enemigo, ¿qué podía hacerse sin entusiasmo, y qué entusiasmo cabía
allí, donde los jefes no contaban para nada con lo extraordinario, con
lo divino, con aquella táctica ideal y no aprendida, que o detiene
las catástrofes o las hace gloriosas, no dejando al vencedor sino lo
material de la victoria, la posición topográfica, aquello que podrá ser
lo principal en los hechos de un día, pero que es lo secundario y lo
último en la historia?
El pueblo español, que con presteza se inflama, con igual presteza
se apaga, y si en una hora es fuego asolador que sube al cielo, en
otra es ceniza que el viento arrastra y desparrama por el bajo suelo.
Ya desde antes del sitio se preveía un mal resultado por la falta de
precaución, la escasez de recursos y la excesiva confianza en las
propias fuerzas, hija de recuerdos gloriosos a todas horas evocados,
y que suelen ser altamente perjudiciales, porque todo lo que aumenta
la petulancia, lo hace quitándoselo al verdadero valor. Lo que habían
preparado las discordias, la impremeditación y la soberbia, rematolo
la excesiva prudencia de autoridades timoratas, que además de no ver
dos palmos más allá de sí mismas, no comprendieron que la capital no
debía rendirse con menos aparato que la última aldea de Castilla. La
presencia de Napoleón traía a aquellos pobres señores muy azorados, y
tanto se preocuparon de sus togas, de sus posiciones, de sus fajas y de
sus sueldos, que con todas estas telarañas ante los ojos era imposible
que pudieran ver cosa alguna.