XX

Pronto llegamos a nuestra morada de la calle del Barquillo. Abrió mi

amigo la puerta de su casa, con llave que consigo llevaba; subimos;

abrió la entrada de su domicilio de la misma manera, y encontrámonos

dentro de la salita, donde tantas veces me ha visto el discreto lector

en compañía de mis amables vecinos. En la pared del fondo, donde

desde inmemoriales tiempos tenía asiento la lanza consabida, había

una especie de altarejo, sobre cuya tabla dos velas de cera, puestas

en candeleros de azófar, alumbraban una imagen de la Virgen de los

Dolores, un San Antonio y otros muchos santos de estampa, que de los

cuatro testeros habían sido descolgados para congregarlos allí. Algunas

cintas y lazos a falta de flores, servían de adorno al improvisado

tabernáculo, con varios jarros y cacharros antaño lujosos y bonitos,

pero ya perniquebrados, mancos y heridos. Delante de todo esto, estaba

el sillón de cuero, y sentada en él Doña Gregoria, profundamente

dormida. La pobre mujer, que de tal modo se había rendido al cansancio,

tenía la cabeza inclinada sobre el pecho, aún humedecida la cara por

recientes lágrimas, y sus cruzadas manos indicaban que el sueño la

había sorprendido en lo mejor de su fervorosa oración.

Quedose suspenso el esposo al verla, y después me dijo:

--Gabriel, no hagamos ruido, porque no se despierte; que más vale que

descanse la pobrecita.

Después, llegándose a una cómoda vieja que en un rincón había, añadió

en voz muy baja:

--Aquí en la tercera gaveta está mi testamento, y en esta otra todo el

dinero que tengo ahorrado, con el cual mi mujer puede mantenerse en lo

que le quedare de vida, que no será mucho. Voy a escribir mis últimas

disposiciones. No chistes, ni me respondas nada.

Y acto continuo sentose junto a la mesilla, y con una pluma de ganso

mal cortada, trazó sobre un papel dos docenas de torcidas líneas.

--Aquí dispongo --añadió alzando la vista del papel-- que las misas me

las digan en San Marcos, donde está enterrado D. Pedro Velarde, ese

valiente entre todos los valientes. En cuanto a mis huesos, no dispongo

nada, porque no se dónde caerán.

--¿Todavía está usted con esas manías? --dije--. Hablaré en voz alta

para que despierte Doña Gregoria y le ponga a usted las peras a cuarto.

--No harás tal, porque te estrangularé, que no quiero que ella abandone

su blando sueño para pasar amarguras. Aquí en esta primera gaveta dejo

mi última disposición.

Y luego, levantándose y acercándose de puntillas a su mujer, la

contempló un buen espacio, pálido y conmovido. Después de un rato,

llevome a la alcoba inmediata, y sentándose en la cama en sitio desde

el cual, al través de la mampara medio abierta, se veía el rostro de

Doña Gregoria iluminado por las luces del altar, hablome así:

--Si algo enflaquece mi ánimo, es la vista de mi inocente esposa, a

quien voy a dejar viuda. Te confieso que al considerar esto, se me

nublan los ojos, se me oprime el corazón y estoy a punto de dar al

traste con toda mi fiereza. ¿No la ves desde aquí? Parece que fue ayer

cuando nos casamos; parece que no han pasado cuarenta y cinco años,

y se me representa con la misma celestial figura que tenía allá por

los tiempos de Maricastaña, cuando yo iba a la reja, llevándole media

libra de peras en el pañuelo o un par de mantecadas de Astorga. En

todo este tiempo no me ha dado nada que sentir, y hemos vivido juntos

como dos palomos, queriéndonos lo mismo que el primer día. ¿No la ves

desde aquí? ¿No ves su hermosa cara, tan serena y tranquila a pesar de

su tristeza? Yo la estoy viendo con sus cabellos de oro, con su boquita

encarnada como un casco de granada, con sus dulces ojos azules, que al

mirarte parece que se abre el cielo delante de los tuyos; estoy viendo

el nácar de su tez, y su airoso y gentil cuerpecito, lo mismo que su

garganta alabastrina. ¡Oh, Dios mío! ¡Tan hermosa, tan buena y tan

desgraciada!

Bien por efecto de la imaginación, ofuscada por aquellas palabras, bien

porque la situación diese a Doña Gregoria ideales encantos, lo cierto

fue que a pesar de sus blancos cabellos, de su tez arrugada y de su en

tantas partes notoria vejez, la estaba viendo tan hermosa como el Gran

Capitán decía. ¡Milagroso efecto del pensamiento!

--Mira, Gabriel: desde que nos vimos hace cincuenta años, nos quisimos;

vernos y querernos fue todo uno, lo mismísimo que cuentan de los

amantes de Teruel. Un lustro duró nuestro noviazgo, porque yo no tenía

posibles; pero desde el primer día concertamos la boda. Durante aquel

tiempo, ni riñas, ni bromicas, ni celillos. Nunca hemos tenido celos

el uno del otro, porque desde el primer día la confianza fue nuestro

norte. Todos me tenían envidia. ¡Ay! Cuando nos casamos fuimos tan

felices, que no hubiéramos cambiado nuestra casa por siete imperios.

Y desde entonces, hijo, esta felicidad no se ha alterado. ¡Ay! se me

parte el corazón al pensar que desde mañana se acostará sola en esta

cama, que por cuarenta y cinco años nos ha visto juntitos.

Al decir esto, el Gran Capitán se llevó el pañuelo a los ojos para

secar sus lágrimas.

--Vamos, amigo --le dije--: de veras no sé si reírme o enfadarme oyendo

lo que usted dice. ¿Está loco por ventura?

--Si tú no comprendes esto --me contestó-- es porque eres un simplón

y un majadero egoísta. ¿Tú sabes lo que significa cumplir uno con su

deber? ¿Tú sabes lo que significa el honor? Y si sabes todo esto,

¿ignoras lo que es la honra de la patria, que vale más que la propia

honra? Escúchame bien: si me causa angustia y pesar la consideración de

la viudez de Gregorilla, mayor, mucha mayor pena me causa el considerar

que la capital de España se entrega a los franceses. Esto es terrible,

esto es espantoso, y no vacilaría en dar mil vidas y en sufrir todos

los tormentos por impedirlo. ¡España vencida por Francia! ¡España

vencida por Napoleón! Esto es para volverse uno loco; ¡y Madrid,

Madrid, la cabeza de todas las Españas, en poder de ese perdido! De

modo que una nación como esta, que ha tenido debajo de la suela del

zapato a todas las otras naciones, y especialmente a Francia; de modo

que esta nación que antes no permitía que en la Europa se dijera una

palabra más alta que otra, ¿ha de rendirse a cuatro troneras hambrones?

¿Cómo puede ser eso? ¡Eche usted a los moros, descubra y conquiste

usted toda la América, invente usted las más sabias leyes, extienda

su imperio por todo lo descubierto de la tierra, levante los primeros

templos y monasterios del mundo, someta usted pueblos, conquiste

ciudades, reparta coronas, humille países, venza naciones, para luego

caer a los pies de un miserable emperadorcillo salido de la nada,

tramposo y embustero! Madrid no es Madrid si se rinde. Y no me vengan

acá con que es imposible defenderse. Si no es posible defenderse, deber

de los madrileños es dejarse morir todos en estas fuertes tapias, y

quemar la ciudad entera, como hicieron los numantinos. ¡Ay! todos mis

compañeros se han portado cobardemente. España está deshonrada, Madrid

está deshonrado. No hay aquí quien sepa morir, y todos prefieren la

mísera vida al honor.

--Pero cuando no se puede triunfar --le dije-- es una temeridad seguir

peleando, y más vale guardar la vida para emplearla con éxito en mejor

ocasión.

--¡Simplezas y tonterías! El honor mandaba a los madrileños morir antes

que rendirse, y el honor nos manda a los de la Puerta de Los Pozos que

muramos todos allí antes que entregarla.

--Yo no creo que estén dispuestos a ello.

--Pues yo lo estoy, porque mi conciencia, que es la voz de Dios, me lo

manda. Se rendirá la Puerta; pero el jardín de Bringas está bajo mi

mando, y el que quiera entrar en él pasará sobre mi cadáver.

--¡Temeridad loca y hasta ridícula!

--Así será para los que no tienen idea de la honra de la patria, y para

los que no ven nada más allá de esta ruin existencia, ni nada más allá

del pan que comen todos los días.

--Entregarse de ese modo a la muerte es un suicidio, y el suicidio es

un gran pecado.

--No es suicidio, no. La ley ineludible de la patria me ha puesto

en un lugar que debo defender, aun a costa de la vida. ¿Que vienen

fuerzas superiores? ¡Pues vengan! La patria me manda esperar tranquilo,

y la ley me veda el apartar los pies de aquel sitio. ¿No morían los

mártires por la religión? Pues la patria es una segunda religión, y

antes que faltar a su ley, el hombre debe morir. ¿Y qué es la muerte?

Los necios se asustan de la muerte, porque la muerte les quita el comer

y el gozar. ¡Mentecatos! ¿Por ventura, no son mejor comida y mejor

goce los de la bienaventuranza eterna? Ve ahí a mi esposa. Cierto

que me aflige dejarla; pero sé que la perderé de vista tan solo por

algún tiempo, y que sus virtudes la llevarán luego a donde la tenga

delante de mis ojos durante todas las eternidades, sin cuya compañía

creo que el mismo cielo me sería fastidioso. ¡Morir! ¡Ahí es gran cosa

morir, y apañado tienes el ojo! ¿Pues acaso el morir es mal que puede

compararse siquiera al dolor de un rasguño recibido en la tierra? Y si

el morir no es nada para el miserable cuerpo, ¡cuán grande y fausto

suceso no es para nuestra alma, mayormente si por la nobleza de nuestro

fin nos empingorotamos sobre todas las cosas nacidas! ¡Morir por la

patria; morir en el puesto que a uno le marca su deber; morir, no por

conquistar un pedazo de tierra, ni por un cacho de pan, ni por una baja

ambición, sino por una cosa que no se ve, ni se toca, cual es una idea

y un sentimiento puro! ¿No es equipararnos a los santos del cielo y

acercarnos a Dios todo lo que acercarse puede una criatura?

Dicho esto, calló. No le contesté nada, porque tanta grandeza me tenía

anonadado.

Al cabo de un buen espacio volvimos de la alcoba a la sala; acercose

él con pasos muy quedos a Doña Gregoria, y le dio muchos besos, tan

en flor por no despertarla, que apenas tocaban sus labios el arrugado

cutis de la anciana.

Luego enjugose las lágrimas, y dirigiendo una mirada en redondo a todos

los objetos de la sala, me dijo con voz grave y entera:

--Gabriel, vamos.

Napoleón en Chamartín · 第 21 / 32 题