Aquella mañana fue muy alegre para nosotros, porque sin motivo alguno
que lo justificara, nos sentíamos tan animados, que no nos cambiáramos
por los sitiadores. El peligro había acallado por el momento todas
las discordias, y nuestro patriotismo nos achicaba las circunstancias
desfavorables, aumentando considerablemente las ventajosas. Todo se
volvía gritar, dando vivas y mueras, pues nada cuesta triunfar de este
modo con las fáciles armas de la lengua.
Nos desayunamos muy contentos con lo que las mujeres del barrio, altas
y bajas, feas y bonitas, nos traían en repletas cestas. También fue
con la suya Doña Gregoria; mas del contenido de ella no probó bocado
D. Santiago, porque, según decía, en los momentos supremos no debe
embrutecerse el cuerpo con viciosos regalos.
Lejos de asentir a la más mínima concupiscencia del paladar, increpó
D. Santiago a los glotones, y luego, pasando revista a sus compañeros,
que, desiguales en estatura, armamento y vestido, no tenían más
uniformidad que la de su vejez, ni otro aspecto respetable que el de
sus canas, les arengó así:
--Muchachos, acordaos de que todos sois unos buenos chicos, y de que
os habéis cubierto de gloria en los reales ejércitos. Ha llegado la
ocasión suprema, y desde el momento en que se presenta a las puertas
de Madrid ese monstruo infame, ya no pertenecéis a vuestros hogares,
ya no pertenecéis a la oficina de Cuenta y Razón, ya no pertenecéis
sino a la patria. Compañeros: todos sois hombres experimentados; no
como estos mocosos rapazuelos, que no saben coger un fusil. ¡Ya se ve!
¡Cuándo las han visto ellos más gordas! Y basta de sermones, que ahora,
obras y no palabras, y más vale una buena puntería que cien discursos;
conque, compañeros: ¡viva Fernando VII! y sepan que los estima su amigo
y seguro servidor Santiago Fernández.
Esta alocución del veterano hizo reír a muchos de sus amigos, y
casi, casi... si no fuera por temor a denigrar la memoria de varón
tan insigne, diría que la recibieron con chistes, jácaras y todas
las zandunguerías que son propias de los españoles, aun en apretadas
ocasiones de la vida; pero Fernández, sin hacer caso, seguía tomando
enérgicas disposiciones. Quiso también meter su cucharada en la
artillería, echándoselas de gran balístico; pero le mandaron que fuera
a rezar el rosario, insulto que le exasperó de tal manera, que, a no
reparar en consideraciones patrióticas de gran peso, habríale abierto
en dos tajadas la cabeza al descomedido y grosero que tal dijo.
En confianza revelaré a mis lectores que el deslenguado y procaz que de
tal modo prohibió a nuestro Gran Capitán que se acercase a los cañones,
fue el insigne Pujitos, flor y espejo de los entremetidos, personaje de
todas las ocasiones y de todos los sitios, a quien la suerte nos deparó
también por compañero en aquella gran jornada.
A eso de las doce nos visitó el Capitán General con D. Tomás de Morla,
y aunque los vitoreamos hasta quedar roncos, no me pareció que estaban
ellos muy satisfechos. Aún permanecían allí cuando distinguimos un
gran tropel de franceses por la Mala de Francia abajo y flanqueando el
camino. Era la avanzada del Cuerpo de Bessières que venía a intimarnos
la rendición. Cuando el parlamentario llegó a Los Pozos, poco faltó
para que los más belicosos y trapisondistas le despidieran a puntapiés;
pero al fin fue recibido decorosamente, y se le contestó que no nos
daba gana de rendirnos.
--Como no sea por medio de artimañas, embaucamientos o pérfidas tretas,
semejantes a aquella del caballo de Troya, no nos rendiremos --me dijo
Fernández--. Mira qué cabizbajo se va el oficial a dar la infausta
nueva a su Emperador. Me parece que veo a este pateando y arrancándose
los pelos de rabia al saber nuestra respuesta.
Durante aquella tarde no volvieron parlamentarios, ni se presentó
fuerza alguna francesa; pero a lo lejos distinguíamos el movimiento
de las columnas tomando posiciones y estableciendo trincheras para la
artillería, lo cual indicaba que los franceses diferían la función para
el día 3. Durante la noche el mariscal Ney hizo otra intimación; pero
fue hacia la parte de Recoletos o Puerta de Alcalá.
--¿Ves cómo no se atreven a volver acá, ni quieren más cuentas con
nosotros? --dijo el Gran Capitán cuando lo supo--; pero allá les habrán
contestado lindezas. Ya se ve: comprendiendo que por las armas no
pueden nada, ponen en juego melosidades, agasajos y socaliñas. Pero
durmamos, Gabriel, con toda tranquilidad, pues me parece que mañana
3 tampoco habrá nada, y sabe Dios si al ver el aparato de estas
intomables fortificaciones, habrán decidido retirarse del lado allá de
la sierra.
No necesito decir que de todo en todo se engañaba mi optimista amigo,
pues cuando dormíamos a pierna suelta en la huerta de Bringas al calor
de una hermosísima hoguera, nos despertaron unos tremendos cañonazos
que retumbaban en todo Madrid con pavoroso ruido.
--¡A las armas! --dijo Fernández--. Levántense todos, y si cae una
granada, arrojarse de barriga. Mi opinión es que hagamos una salida
para ver de ponerle las peras a cuarto a esos de los cañoncitos. Mirad,
chicos: hacia Chamberí hay una batería.
Al punto nuestros artilleros, que eran mitad de línea y mitad paisanos,
se dispusieron a la defensa; y como dos de las piezas hicieran fuego,
no quisimos ser menos los infantes, y allá fue una descarga sin saber
contra quién.
Densa niebla envolvía la tierra, y no se percibían los lejos, lo cual
hizo que figurándonos nosotros tener enfrente un formidable ejército,
disparásemos cañones y fusiles en ruidosísima salva sin resultado
alguno, pues los franceses no soñaban con atacar Los Pozos, y las
detonaciones oídas eran las de la artillería que empezaba a embestir la
Puerta de Recoletos.
--Cese el fuego --dijo nuestro jefe--. No nos atacan ni hay enemigos en
la Mala de Francia.
--¿Pues cómo ha de haber? --dijo el Gran Capitán dando fuerte patada en
el suelo--. ¿Cómo ha de haber si han huido todos?
--No hay tal trinchera ni cosa que lo valga en Chamberí. Los franceses
están hacia la Fuente Castellana.
--A mí que no me vengan con músicas --gruñó el Gran Capitán preparando
su arma--. Favorecidos de la niebla, esos miserables quieren
engañarnos. Haré fuego mientras me quede un cartucho.
Seguía disparando como si quisiera acribillar la espesa cortina
de niebla, por cuyo insensato acaloramiento pronto se quedó sin
municiones. Y como continuaran oyéndose tiros de cañón hacia nuestra
derecha, Fernández exclamaba, volviéndose a sus amigos:
--Van en retirada, valientes compañeros. Gracias a vuestro arrojo
temerario, todo se acabará felizmente.
Por largo tiempo estuvimos quietos y mudos, esperando con la mayor
ansiedad a que de una vez se nos atacara; pero pasaban horas y como no
fuera D. Santiago, nadie veía enemigos enfrente, ni lejos ni cerca.
Entre ocho y nueve, el fuego de cañón y de fusilería arreció tanto
por Recoletos, que no dudamos era este sitio teatro de una vigorosa
lucha; y al mismo tiempo, como comenzase a disiparse la niebla, vimos
que cesaba poco a poco aquel desdeñoso abandono en que el Emperador
nos tenía, porque corrían de oriente a poniente algunas columnas con
apariencia de tener en respeto a las cuatro puertas septentrionales.
--Gracias a Dios --dijo Fernández--, que se atreven a atacarnos.
Por detrás del parador del Norte me parece que avanza un cuerpo de
artillería de batalla.
No tardaron en romper el fuego contra las trincheras de Los Pozos,
y nuestros seis cañones, que ya rabiaban por tomar formalmente la
palabra, contestaron con precisión; mas para que todo fuera desastroso,
mientras la bala rasa de sus piezas nos deterioraba los espaldones,
nuestros proyectiles, lanzados por la carretera adelante o hacia la
derecha, apenas llegaban hasta ellos: tan inferior era la artillería
española en aquel trance. Entonces comenzó una lucha, que antes que
lucha debería llamarse simulacro, harto deslucida para nosotros, pues
más nos hubiera valido ser destrozados por el enemigo, que soportar tan
cruel situación; y fue que los franceses nos cañoneaban desde muy lejos
con sus piezas de superior calibre, y mientras recibíamos cada poco
rato la visita de una bala rasa o de una granada, a nosotros no nos era
posible hacerles daño alguno.
--Pero esos cobardes, canallas, ¿por qué no se acercan? --decía
Fernández bufando de cólera--. Eso no es de caballeros, no, señor:
cañonearnos sin piedad, destruyendo los parapetos con tanto trabajo
levantados, y ponerse en donde no alcanzan las balas de aquí, eso no es
de gente hidalga, y bien dicen que Napoleón ha hecho siempre la guerra
de mala fe.
--¡Malditos sean! --gritó el oficial que nos mandaba--. Esta era
ocasión para hacer una salida, si tuviéramos un puñado de gente de la
buena que yo conozco.
--¿Pues y nosotros, pues y mis amigos, todos estos bravos muchachos de
la compañía de _honrados_? --dijo el Gran Capitán dando un fuerte golpe
en el suelo con la culata--. ¿Pues qué desean ellos, sino es salir para
que esa canalla se marche de ahí o se ponga al alcance de nuestros
fuegos?
--Lo que es eso, buenos tontos serán si lo hacen, pudiendo foguearnos a
pecho descubierto.
--Saldremos, sí, saldremos --insistió mi amigo--. Muchachos, os conozco
en la cara el ardor sublime y el generoso patriotismo que os inflama.
Rabiando estáis por cebaros en esa gentuza. ¿Salimos, señor coronel?
El coronel se rio con lástima y pena al ver la bravura del anciano. Uno
de los _honrados_, a quienes Fernández llamaba _muchachos_, aseguró
que no podía dar un paso porque el reúma se lo impedía; otro dijo que
el ruido de los cañonazos le había vuelto completamente sordo, y un
tercero se tendió en el suelo de largo a largo, lamentándose de haber
cogido una pulmonía por razón del mucho frío y desabrigo en que toda
la noche estuvieran. Entre los demás _honrados_, había alguna gente
fuerte y valerosa; pero casi todos los del grupito que rodeaba a D.
Santiago, componíase de unos Matusalenes tan mandados recoger, que daba
compasión verles. Cuando algunas mujeres de Maravillas y del Barquillo
vinieron tumultuosamente a Los Pozos y pidieron con gritos y chillidos
que les dieran las armas de los ancianos, yo creo que se hizo mal en
no acceder a su petición; y aunque todos ellos rechazaron indignados
tan deshonrosa propuesta, sospecho que alguno pedía interiormente a la
Virgen Santísima que lograran su objeto aquellas valientes semidiosas
de San Antón y de la Chispería.
La defensa de aquella posición continuó por espacio de más de una hora,
sin más accidentes que los que he referido. Hacíamos fuego de cañón
ineficazmente, y lo sufríamos de los franceses sin poder causarles
daño. Indudablemente su intención era entretenernos, mientras se
verificaba el ataque formal por Recoletos; y seguros de su triunfo, no
querían sacrificar hombres inútilmente lanzándoles contra posiciones
que al fin se habían de rendir. Cerca de las diez, el que nos mandaba
recibió aviso de enviar a Recoletos la gente de infantería que no
necesitase, y así lo hizo, tocándome a mí marchar entre los cien
hombres destinados a aquella operación.
Por el camino, mientras atravesamos las calles de San Opropio y de
las Flores hasta llegar a la Plazuela de las Salesas, encontramos
mucha gente que corría alarmadísima, dando a entender con sus gritos
y agitación que la cosa iba mal. Extendiéndonos luego por la calle
de los Reyes Alta[3], bajamos por la del Almirante a la Ronda de
Recoletos, donde reinaba gran confusión. Fuerte cañoneo se oía por
detrás de la Veterinaria, edificio que ustedes habrán conocido en el
solar de la comenzada Biblioteca, y también por detrás de los Hornos
de Villanueva y del Pósito, hacia la Puerta de Alcalá. El convento de
Recoletos estaba ocupado por tropa española; pero en el momento en que
nosotros llegamos casi toda la fuerza salía, por ser más necesaria
fuera que dentro. En el principio del ataque, la batería puesta
detrás de la Veterinaria rechazó con tanta energía el empuje de los
franceses, mandados en persona por el mismo Emperador, que este tuvo
que retroceder a toda prisa.
[3] Hoy de las Salesas.
Suprimid con la imaginación el barrio de Salamanca y todos los jardines
y palacios del costado oriental de la Castellana; figuraos aquella casi
desnuda planicie poblada por numerosa tropa francesa de todas armas,
con dos frentes que operaban uno contra el Retiro y la Plaza de Toros,
otro contra la Veterinaria y Recoletos, y tendréis completa idea de la
situación. En el centro de aquellas tropas y en lo que hoy es parte
de la calle de Serrano, poco más o menos entre el jardín llamado del
Pajarito y las casas de Maroto, estaba Napoleón sereno y tranquilo,
montado en aquel caballejo blanco que había pateado el suelo de las
principales naciones del continente; allí estaba, sí, disponiendo los
movimientos de sus soldados, y sin quitarse del ojo derecho el catalejo
con que alternativamente miraba, ya a este punto, ya al otro. Como es
fácil comprender, yo no le vi en aquella ocasión; pero me lo figuraba
y me lo figuro por lo que me contara quien lo vio muy de cerca; y
por cierto que aquel testigo ocular observó detenidamente algunos
pormenores muy curiosos de su persona, que no nombra la historia,
cuales eran ciertos monosílabos o gruñiditos que emitía mientras miraba
por el anteojo, un movimiento maquinal de apretarse el vientre con
la mano izquierda, repentinos fruncimientos de cejas y algunas veces
una sonrisa dirigida a su mayor general Berthier. Con su anteojo, su
tosecilla, sus mugidos, sus golpes en la barriga, sus polvos de tabaco
y sus delgadas y finas sonrisas, el _ogro de Córcega_ nos estaba
partiendo de medio a medio.