XVII

Aquella mañana fue muy alegre para nosotros, porque sin motivo alguno

que lo justificara, nos sentíamos tan animados, que no nos cambiáramos

por los sitiadores. El peligro había acallado por el momento todas

las discordias, y nuestro patriotismo nos achicaba las circunstancias

desfavorables, aumentando considerablemente las ventajosas. Todo se

volvía gritar, dando vivas y mueras, pues nada cuesta triunfar de este

modo con las fáciles armas de la lengua.

Nos desayunamos muy contentos con lo que las mujeres del barrio, altas

y bajas, feas y bonitas, nos traían en repletas cestas. También fue

con la suya Doña Gregoria; mas del contenido de ella no probó bocado

D. Santiago, porque, según decía, en los momentos supremos no debe

embrutecerse el cuerpo con viciosos regalos.

Lejos de asentir a la más mínima concupiscencia del paladar, increpó

D. Santiago a los glotones, y luego, pasando revista a sus compañeros,

que, desiguales en estatura, armamento y vestido, no tenían más

uniformidad que la de su vejez, ni otro aspecto respetable que el de

sus canas, les arengó así:

--Muchachos, acordaos de que todos sois unos buenos chicos, y de que

os habéis cubierto de gloria en los reales ejércitos. Ha llegado la

ocasión suprema, y desde el momento en que se presenta a las puertas

de Madrid ese monstruo infame, ya no pertenecéis a vuestros hogares,

ya no pertenecéis a la oficina de Cuenta y Razón, ya no pertenecéis

sino a la patria. Compañeros: todos sois hombres experimentados; no

como estos mocosos rapazuelos, que no saben coger un fusil. ¡Ya se ve!

¡Cuándo las han visto ellos más gordas! Y basta de sermones, que ahora,

obras y no palabras, y más vale una buena puntería que cien discursos;

conque, compañeros: ¡viva Fernando VII! y sepan que los estima su amigo

y seguro servidor Santiago Fernández.

Esta alocución del veterano hizo reír a muchos de sus amigos, y

casi, casi... si no fuera por temor a denigrar la memoria de varón

tan insigne, diría que la recibieron con chistes, jácaras y todas

las zandunguerías que son propias de los españoles, aun en apretadas

ocasiones de la vida; pero Fernández, sin hacer caso, seguía tomando

enérgicas disposiciones. Quiso también meter su cucharada en la

artillería, echándoselas de gran balístico; pero le mandaron que fuera

a rezar el rosario, insulto que le exasperó de tal manera, que, a no

reparar en consideraciones patrióticas de gran peso, habríale abierto

en dos tajadas la cabeza al descomedido y grosero que tal dijo.

En confianza revelaré a mis lectores que el deslenguado y procaz que de

tal modo prohibió a nuestro Gran Capitán que se acercase a los cañones,

fue el insigne Pujitos, flor y espejo de los entremetidos, personaje de

todas las ocasiones y de todos los sitios, a quien la suerte nos deparó

también por compañero en aquella gran jornada.

A eso de las doce nos visitó el Capitán General con D. Tomás de Morla,

y aunque los vitoreamos hasta quedar roncos, no me pareció que estaban

ellos muy satisfechos. Aún permanecían allí cuando distinguimos un

gran tropel de franceses por la Mala de Francia abajo y flanqueando el

camino. Era la avanzada del Cuerpo de Bessières que venía a intimarnos

la rendición. Cuando el parlamentario llegó a Los Pozos, poco faltó

para que los más belicosos y trapisondistas le despidieran a puntapiés;

pero al fin fue recibido decorosamente, y se le contestó que no nos

daba gana de rendirnos.

--Como no sea por medio de artimañas, embaucamientos o pérfidas tretas,

semejantes a aquella del caballo de Troya, no nos rendiremos --me dijo

Fernández--. Mira qué cabizbajo se va el oficial a dar la infausta

nueva a su Emperador. Me parece que veo a este pateando y arrancándose

los pelos de rabia al saber nuestra respuesta.

Durante aquella tarde no volvieron parlamentarios, ni se presentó

fuerza alguna francesa; pero a lo lejos distinguíamos el movimiento

de las columnas tomando posiciones y estableciendo trincheras para la

artillería, lo cual indicaba que los franceses diferían la función para

el día 3. Durante la noche el mariscal Ney hizo otra intimación; pero

fue hacia la parte de Recoletos o Puerta de Alcalá.

--¿Ves cómo no se atreven a volver acá, ni quieren más cuentas con

nosotros? --dijo el Gran Capitán cuando lo supo--; pero allá les habrán

contestado lindezas. Ya se ve: comprendiendo que por las armas no

pueden nada, ponen en juego melosidades, agasajos y socaliñas. Pero

durmamos, Gabriel, con toda tranquilidad, pues me parece que mañana

3 tampoco habrá nada, y sabe Dios si al ver el aparato de estas

intomables fortificaciones, habrán decidido retirarse del lado allá de

la sierra.

No necesito decir que de todo en todo se engañaba mi optimista amigo,

pues cuando dormíamos a pierna suelta en la huerta de Bringas al calor

de una hermosísima hoguera, nos despertaron unos tremendos cañonazos

que retumbaban en todo Madrid con pavoroso ruido.

--¡A las armas! --dijo Fernández--. Levántense todos, y si cae una

granada, arrojarse de barriga. Mi opinión es que hagamos una salida

para ver de ponerle las peras a cuarto a esos de los cañoncitos. Mirad,

chicos: hacia Chamberí hay una batería.

Al punto nuestros artilleros, que eran mitad de línea y mitad paisanos,

se dispusieron a la defensa; y como dos de las piezas hicieran fuego,

no quisimos ser menos los infantes, y allá fue una descarga sin saber

contra quién.

Densa niebla envolvía la tierra, y no se percibían los lejos, lo cual

hizo que figurándonos nosotros tener enfrente un formidable ejército,

disparásemos cañones y fusiles en ruidosísima salva sin resultado

alguno, pues los franceses no soñaban con atacar Los Pozos, y las

detonaciones oídas eran las de la artillería que empezaba a embestir la

Puerta de Recoletos.

--Cese el fuego --dijo nuestro jefe--. No nos atacan ni hay enemigos en

la Mala de Francia.

--¿Pues cómo ha de haber? --dijo el Gran Capitán dando fuerte patada en

el suelo--. ¿Cómo ha de haber si han huido todos?

--No hay tal trinchera ni cosa que lo valga en Chamberí. Los franceses

están hacia la Fuente Castellana.

--A mí que no me vengan con músicas --gruñó el Gran Capitán preparando

su arma--. Favorecidos de la niebla, esos miserables quieren

engañarnos. Haré fuego mientras me quede un cartucho.

Seguía disparando como si quisiera acribillar la espesa cortina

de niebla, por cuyo insensato acaloramiento pronto se quedó sin

municiones. Y como continuaran oyéndose tiros de cañón hacia nuestra

derecha, Fernández exclamaba, volviéndose a sus amigos:

--Van en retirada, valientes compañeros. Gracias a vuestro arrojo

temerario, todo se acabará felizmente.

Por largo tiempo estuvimos quietos y mudos, esperando con la mayor

ansiedad a que de una vez se nos atacara; pero pasaban horas y como no

fuera D. Santiago, nadie veía enemigos enfrente, ni lejos ni cerca.

Entre ocho y nueve, el fuego de cañón y de fusilería arreció tanto

por Recoletos, que no dudamos era este sitio teatro de una vigorosa

lucha; y al mismo tiempo, como comenzase a disiparse la niebla, vimos

que cesaba poco a poco aquel desdeñoso abandono en que el Emperador

nos tenía, porque corrían de oriente a poniente algunas columnas con

apariencia de tener en respeto a las cuatro puertas septentrionales.

--Gracias a Dios --dijo Fernández--, que se atreven a atacarnos.

Por detrás del parador del Norte me parece que avanza un cuerpo de

artillería de batalla.

No tardaron en romper el fuego contra las trincheras de Los Pozos,

y nuestros seis cañones, que ya rabiaban por tomar formalmente la

palabra, contestaron con precisión; mas para que todo fuera desastroso,

mientras la bala rasa de sus piezas nos deterioraba los espaldones,

nuestros proyectiles, lanzados por la carretera adelante o hacia la

derecha, apenas llegaban hasta ellos: tan inferior era la artillería

española en aquel trance. Entonces comenzó una lucha, que antes que

lucha debería llamarse simulacro, harto deslucida para nosotros, pues

más nos hubiera valido ser destrozados por el enemigo, que soportar tan

cruel situación; y fue que los franceses nos cañoneaban desde muy lejos

con sus piezas de superior calibre, y mientras recibíamos cada poco

rato la visita de una bala rasa o de una granada, a nosotros no nos era

posible hacerles daño alguno.

--Pero esos cobardes, canallas, ¿por qué no se acercan? --decía

Fernández bufando de cólera--. Eso no es de caballeros, no, señor:

cañonearnos sin piedad, destruyendo los parapetos con tanto trabajo

levantados, y ponerse en donde no alcanzan las balas de aquí, eso no es

de gente hidalga, y bien dicen que Napoleón ha hecho siempre la guerra

de mala fe.

--¡Malditos sean! --gritó el oficial que nos mandaba--. Esta era

ocasión para hacer una salida, si tuviéramos un puñado de gente de la

buena que yo conozco.

--¿Pues y nosotros, pues y mis amigos, todos estos bravos muchachos de

la compañía de _honrados_? --dijo el Gran Capitán dando un fuerte golpe

en el suelo con la culata--. ¿Pues qué desean ellos, sino es salir para

que esa canalla se marche de ahí o se ponga al alcance de nuestros

fuegos?

--Lo que es eso, buenos tontos serán si lo hacen, pudiendo foguearnos a

pecho descubierto.

--Saldremos, sí, saldremos --insistió mi amigo--. Muchachos, os conozco

en la cara el ardor sublime y el generoso patriotismo que os inflama.

Rabiando estáis por cebaros en esa gentuza. ¿Salimos, señor coronel?

El coronel se rio con lástima y pena al ver la bravura del anciano. Uno

de los _honrados_, a quienes Fernández llamaba _muchachos_, aseguró

que no podía dar un paso porque el reúma se lo impedía; otro dijo que

el ruido de los cañonazos le había vuelto completamente sordo, y un

tercero se tendió en el suelo de largo a largo, lamentándose de haber

cogido una pulmonía por razón del mucho frío y desabrigo en que toda

la noche estuvieran. Entre los demás _honrados_, había alguna gente

fuerte y valerosa; pero casi todos los del grupito que rodeaba a D.

Santiago, componíase de unos Matusalenes tan mandados recoger, que daba

compasión verles. Cuando algunas mujeres de Maravillas y del Barquillo

vinieron tumultuosamente a Los Pozos y pidieron con gritos y chillidos

que les dieran las armas de los ancianos, yo creo que se hizo mal en

no acceder a su petición; y aunque todos ellos rechazaron indignados

tan deshonrosa propuesta, sospecho que alguno pedía interiormente a la

Virgen Santísima que lograran su objeto aquellas valientes semidiosas

de San Antón y de la Chispería.

La defensa de aquella posición continuó por espacio de más de una hora,

sin más accidentes que los que he referido. Hacíamos fuego de cañón

ineficazmente, y lo sufríamos de los franceses sin poder causarles

daño. Indudablemente su intención era entretenernos, mientras se

verificaba el ataque formal por Recoletos; y seguros de su triunfo, no

querían sacrificar hombres inútilmente lanzándoles contra posiciones

que al fin se habían de rendir. Cerca de las diez, el que nos mandaba

recibió aviso de enviar a Recoletos la gente de infantería que no

necesitase, y así lo hizo, tocándome a mí marchar entre los cien

hombres destinados a aquella operación.

Por el camino, mientras atravesamos las calles de San Opropio y de

las Flores hasta llegar a la Plazuela de las Salesas, encontramos

mucha gente que corría alarmadísima, dando a entender con sus gritos

y agitación que la cosa iba mal. Extendiéndonos luego por la calle

de los Reyes Alta[3], bajamos por la del Almirante a la Ronda de

Recoletos, donde reinaba gran confusión. Fuerte cañoneo se oía por

detrás de la Veterinaria, edificio que ustedes habrán conocido en el

solar de la comenzada Biblioteca, y también por detrás de los Hornos

de Villanueva y del Pósito, hacia la Puerta de Alcalá. El convento de

Recoletos estaba ocupado por tropa española; pero en el momento en que

nosotros llegamos casi toda la fuerza salía, por ser más necesaria

fuera que dentro. En el principio del ataque, la batería puesta

detrás de la Veterinaria rechazó con tanta energía el empuje de los

franceses, mandados en persona por el mismo Emperador, que este tuvo

que retroceder a toda prisa.

[3] Hoy de las Salesas.

Suprimid con la imaginación el barrio de Salamanca y todos los jardines

y palacios del costado oriental de la Castellana; figuraos aquella casi

desnuda planicie poblada por numerosa tropa francesa de todas armas,

con dos frentes que operaban uno contra el Retiro y la Plaza de Toros,

otro contra la Veterinaria y Recoletos, y tendréis completa idea de la

situación. En el centro de aquellas tropas y en lo que hoy es parte

de la calle de Serrano, poco más o menos entre el jardín llamado del

Pajarito y las casas de Maroto, estaba Napoleón sereno y tranquilo,

montado en aquel caballejo blanco que había pateado el suelo de las

principales naciones del continente; allí estaba, sí, disponiendo los

movimientos de sus soldados, y sin quitarse del ojo derecho el catalejo

con que alternativamente miraba, ya a este punto, ya al otro. Como es

fácil comprender, yo no le vi en aquella ocasión; pero me lo figuraba

y me lo figuro por lo que me contara quien lo vio muy de cerca; y

por cierto que aquel testigo ocular observó detenidamente algunos

pormenores muy curiosos de su persona, que no nombra la historia,

cuales eran ciertos monosílabos o gruñiditos que emitía mientras miraba

por el anteojo, un movimiento maquinal de apretarse el vientre con

la mano izquierda, repentinos fruncimientos de cejas y algunas veces

una sonrisa dirigida a su mayor general Berthier. Con su anteojo, su

tosecilla, sus mugidos, sus golpes en la barriga, sus polvos de tabaco

y sus delgadas y finas sonrisas, el _ogro de Córcega_ nos estaba

partiendo de medio a medio.

Napoleón en Chamartín · 第 18 / 32 题