El Cuerpo de voluntarios a que yo pertenecía fue destinado a defender
la Puerta de los Pozos (la misma que después se llamó de Bilbao, al
extremo de la calle de Fuencarral), y el inmediato jardín de Bringas.
Consistía su fortificación en un foso no muy profundo en un gran
espaldón de tierra y piedras, a toda prisa levantado, y en seis cañones
de a 6. La tapia, que no tenía facha de inexpugnable, como recordarán
los que han alcanzado alguno de sus heroicos trozos, había sido
aspillerada en toda su extensión. Iguales, poco más o menos, eran las
fortificaciones de las vecinas Puertas de Santa Bárbara y Fuencarral.
El sitio donde se habían levantado obras más considerables era la
Puerta de Recoletos, monumento que ha durado hasta ayer y que no
necesito designar topográficamente, con su Costanilla de la Veterinaria
ni su convento de Agustinos, porque los mozuelos barbilampiños los han
conocido. Pero volvamos a Los Pozos, puerta destinada a ser teatro
de nuestro heroísmo, y empecemos diciendo que en la noche del 1.º
de diciembre nos situamos allá, tan convencidos de que íbamos a ser
atacados, que estuvimos largas horas sobre las armas, dispuestos a
vender caras nuestras vidas. La fuerza se componía de estos elementos:
unos sesenta soldados, que aunque no todos artilleros, hacían de
tales por necesidad imprescindible; cuatro compañías de voluntarios
antiguos, con los cuales mezclábase un número irregular de conscriptos,
y como ochenta hombres de la milicia _honrada_, a quien mandaba o
quería mandar el Gran Capitán, no sé si con el título de sargento,
coronel o general, pues cualquiera de estos grados le cuadraría. Los
soldados estaban fríos y con poco ánimo; los voluntarios inflamados
en patriotismo y llenos de ilusiones; pero tan inexpertos, que no
daban pie con bola, como vulgarmente se dice, a pesar de estar entre
ellos el gran Pujitos; y finalmente, los _honrados_ no cabían en sí
de entusiasmo, no obstante ser todos ellos personas de paz, y tener
algunos buena carga de años a la espalda, especialmente los de la
compañía, o mejor, los del grupito en que alzaba el gallo D. Santiago,
cuya hueste se componía de respetables porteros y criados de la oficina
de Cuenta y Razón.
En cuanto a jefes, debo decir que allí no existían en todo el rigor de
la palabra, pues si bien entre la tropa había oficiales valientes y
entendidos, no sabían o no querían hacerse obedecer de los paisanos,
resultando de esta desconformidad que allí cada cual hacía lo que le
daba la gana y según su propia inspiración; y aunque mi amigo tenía
pretensiones de imponer su autoridad, esto no pasó nunca de un conato
de dictadura que más se inclinaba a lo cómico que a lo trágico.
En cambio, reinaba gran fraternidad, y cuando avanzada la noche tuvimos
la certeza de que no había tales franceses por los alrededores, nos
reunimos en el jardín de Bringas, y encendida una gran hoguera,
celebramos agradable tertulia, donde se habló de temas patrióticos con
la verbosidad, facundia y exageración propia de españolas lenguas.
Cuál encomiaba la defensa de Zaragoza; cuál ponía la defensa de
Valencia contra Moncey por cima de todos los hechos de armas antiguos
y modernos; quién decía que nada podía igualarse a lo del Bruch; quién
encomió hasta las nubes la vuelta de las tropas de la Romana, y, por
último, no faltó uno que, sin quitar su mérito a estas gloriosas
acciones, pusiera sobre los cuernos de la luna cierta campaña famosa de
Portugal en 1762.
Disipado todo temor, muchas mujeres fueron a visitarnos, y entre ellas
no faltó Doña Gregoria, ni Doña Melchora con las niñas, ni tampoco la
señora de Cuervatón, pues ha de saberse que su marido formaba en las
filas de los _honrados_. Para que no se crea que todos éramos gente de
poco más o menos, añadiré que algunas altísimas damas fueron a visitar
a sus hijos, hermanos o maridos, que allí se andaban mano a mano con
nosotros, o como voluntarios o como sorteados.
Cenamos, bebimos, cantamos, hablamos, y, por último, a todos nos vino
el deseo de llevar adelante alguna hazaña aquella misma noche. El
primero que emitió la idea fue D. Santiago, y al punto se la aceptó
con alborozo, determinando hacer una exploración camino arriba hasta
Fuencarral, por ver si realmente estaban los franceses tan cerca como
se creía. A toda prisa se preparó la salida, y a eso de las dos de la
madrugada nos pusimos en marcha unos doscientos hombres, en buen orden,
mandados por un coronel de ejército.
--¡Qué bueno fuera --me decía Fernández-- que ahora tropezáramos con
una avanzada enemiga y la derrotáramos en un abrir y cerrar de ojos,
volviendo a Madrid con unos cuantos miles de prisioneros!
--Todo podría ser, amigo mío --le respondí--, que para la voluntad de
Dios no hay nada imposible.
--Más gracioso aún sería --prosiguió-- que el bergante del Emperador
se anduviera paseando por ahí, mirando desde lejos la gran ciudad que
aspira a ganar, y le sorprendiéramos de sopetón, echándole mano para
llevarle a Madrid sobre un asno foncarralero.
--También es posible --repuse--, y pongamos que ese señor se haya
aburrido de estar en su campamento, y tomando una escopeta, a pesar
de la oscuridad de la noche, se venga con un par de generales y un par
de perros por esos trigos a levantar y correr perdices, que todos los
monarcas suelen ser cazadores.
--Eso no me parece verosímil --dijo--; pero bien podría suceder que ese
hombre, conociendo que no puede vencernos por la fuerza, intente dar al
traste con la astucia a nuestro poderío, y se disfrace con el traje de
un payo huevero de Alcobendas, para acercarse a nuestras formidables
fortificaciones y estudiarlas cómodamente.
Con estos y otros coloquios rebasamos más allá de la venta situada en
lo que hoy se llama Cuatro Caminos, sin hallar alma viviente ni sentir
rumor alguno; pero cuando estábamos cerca del camino que a mano derecha
conduce a Chamartín, percibimos un ruido lejano que a todos nos dejó
suspensos, pues no parecía sino que temblaba la tierra al galopar de
millares de caballos.
--¡Es una avanzada de caballería! --gritó nuestro coronel--.
Retirémonos.
--¿Qué es eso de retirarse? --gritó con enojo el Gran Capitán--. ¿Somos
españoles o qué somos?
--No tenemos más que cuatro caballos --le dijo el jefe--. Si nos dan
una carga, ¿qué va a ser de nosotros?
--¡Qué cargas ni cargas! ¡Buenos son ellos para meterse en cargamentos!
Ea, muchachos, el que quiera seguirme que me siga: yo voy adelante.
Los _muchachos_, cuyo patriotismo invocaba Fernández, eran seis o siete
vejestorios como él, compañeros en la portería y servicio interior de
las oficinas de Cuenta y Razón. Pero aquellos valientísimos militares,
más duchos en el manejo de la escoba que en el de otra arma alguna,
profesaban aquel principio, tan sabio como famoso, de que una retirada
a tiempo es una gran victoria, y todos a una manifestaron al Gran
Capitán que no le seguirían en tan temeraria empresa, pues hazañas sin
cuento podrían realizar tras las fortificaciones.
El escuadrón francés avanzaba, a juzgar por el acrecentamiento del
ruido; pero no veíamos cosa alguna. Se dio orden de retirada, y para
hacerla más a salvo, nos desviamos del camino, escurriéndonos por una
hondonada que caía hacia la dehesa de Amaniel. D. Santiago renunció a
regañadientes a los peligros de una lucha con los dragones que a toda
prisa avanzaban, y me decía:
--Pensar que de esta manera hemos de vencer, es una necedad. En la
guerra ha de fiarse todo a lo imprevisto, a la sorpresa y a los golpes
de mano. ¿Qué nos costaba esperar esos caballos, sorprenderlos, matar a
los jinetes y entrar en Madrid caballeros los que salieron peones?
En esto vimos un bulto, un hombre, que saliendo precipitadamente de
detrás de unos tejares, corrió hacia la carretera, al parecer huyendo
de nosotros.
--¡Eh! ¡Un hombre! ¡Un espía!... ¡Quién vive! --gritamos, corriendo
algunos en su persecución.
Detúvose el hombre ante nosotros con muestras de tener mucho miedo,
y entonces advertimos que su traje era el de un paleto, con ancho
sombrero y una manta por capa. Cuando nos llegábamos a él, pareció
vacilante e indeciso; pero al fin, oyéndonos hablar, abalanzose hacia
nosotros, diciendo:
--¡Ah! Sois españoles. Gracias a Dios: ya me he salvado.
Acabando de decir esto, cayó de rodillas. Pero en el mismo instante
llegose a él con aire resuelto el Gran Capitán, y poniéndole en el
pecho la boca de un fusil, exclamó con voz exaltada y furiosa:
--Dese a prisión Vuestra Majestad Imperial y Real. Bien lo decía yo;
pero a mí no me la da usted... digo, Vuestra Majestad, que soy perro
viejo, y harto se ve que, disfrazado con traje de paleto, se acerca
Vuestra Majestad Imperial a nuestra gran plaza para estudiar las
fortificaciones.
--Hombre de Dios --dijo el payo--, usted es loco o me toma por el
Emperador Napoleón.
--¡Por quién le he de tomar, hermano! A mí no se me engaña con
palabritas. Es Vuestra Majestad mi prisionero, y no le he de soltar
aunque me dé siete condados. ¡Viva España y viva Fernando VII!
Todos los circunstantes nos reímos, lo cual desconcertó a D. Santiago,
y al punto el prisionero dijo levantándose:
--Yo, señores, soy oficial del ejército de D. Benito San Juan, y
he asistido al desastre más funesto de esta campaña. Perdí en la
acción de Somosierra a mi padre y a dos hermanos, y vengo huyendo
de las guerrillas francesas que persiguen a los dispersos. Tuve que
disfrazarme en Robregordo para evitar que me cogieran, y a pie he
llegado hasta aquí. Pero si quieren que les diga más, denme algo que me
sustente, pues con dos días de no probar bocado, estoy cayéndome muerto
por instantes.
Un compañero nuestro le dio a beber un trago de aguardiente, con lo
cual tomó fuerzas y pudo seguirnos, reanimado también moralmente por
verse en nuestra compañía. El Gran Capitán, corrido y confuso, marchaba
silenciosamente a su lado; pero no las tenía todas consigo, y no hacía
más que mirarle y remirarle, sospechando que si no el mismo Emperador,
podía ser algún generalazo, o cualquier archipámpano de la corte
imperial.
--Con ser tantas mis personales desdichas --dijo el desconocido--,
pues en el campo de batalla quedaron mis dos hermanos y mi buen padre
(que somos de un antiguo solar de tierra de Sepúlveda), todavía abruma
mi ánimo más que nada la catástrofe nacional de que he sido testigo.
Nosotros acudimos a tomar las armas en defensa de la patria. Felices
mil veces los que murieron por tan santo objeto, y malhayan los que
quedamos para contar tan gran desventura. ¿Se sabe ya en Madrid la
derrota de San Juan? ¿Cómo se cuenta? ¿Qué se dice? Se nos tachará de
medrosos o cobardes. ¡Oh, señores! Yo no creo que sea posible llevar
más adelante el heroísmo. Nuestros soldados se han conducido con
bravura portentosa, y si no vencieron, fue porque la superioridad de
los enemigos y su mucho número lo han hecho imposible.
--Eso será lo que tase un sastre --dijo el Gran Capitán--. ¿Por dónde
anda ahora San Juan? Porque yo entiendo que fingió retirarse para
atacar después en mejor posición.
--¡Qué ha de fingir, hombre, qué ha de fingir! --repuso el oficial--.
San Juan, si es que vive, andará fugitivo como yo y sin un solo soldado.
--Eso no puede ser, caballero. ¿Cómo se entiende? Si eso fuera cierto,
señor mío, significaría ni más ni menos una especie de derrota.
--Pues ya lo creo; pero les contaré punto por punto. San Juan tomó
buenas posiciones en el paso de Somosierra y puso una vanguardia en
Sepúlveda. Atacaron esta los franceses anteayer de madrugada; mas no
pudieron romper su línea y tuvieron que retirarse.
--¿Los franceses? Bien --dijo el Gran Capitán--. Pues si se retiraron,
¿cómo se entiende nuestra derrota?
--Paciencia, señor mío, paciencia. Sepa usted que sin aparente
motivo, aunque es fácil comprender que ha habido algo de traición, la
vanguardia de Sepúlveda, a pesar de quedar victoriosa, se retiró a
Segovia. Avanzaron los franceses, y nos atacaron en nuestras posiciones
de Somosierra. Nosotros no teníamos fuerzas bastantes para defender el
paso, y mucho menos después de la defección, o no sé cómo llamarlo,
de la vanguardia. Sin embargo, nos resistimos toda la mañana de ayer,
aglomerando nuestra gente en el camino, y sin disponer de fuerzas
ligeras que flanquearan las alturas. Los franceses, que traen muchos
soldados y cuerpos de todas clases, dispusieron guerrillas de cazadores
que en un instante tomaron las alturas, y con un cuerpo de caballería
polaca nos cargaron en la carretera de un modo espantoso. No puede
formarse idea de aquel ataque sino viéndolo. Escuadrones enteros se
estrellaban contra nuestra batería, y centenares de jinetes caían
despeñados a los abismos que costean el camino; pero sus recursos son
inmensos: tras un escuadrón inútilmente sacrificado, lanzaban otro
y otro, sin que se les importara ver morir oficiales a centenares y
generales por docenas. Con este ataque incesante combinaban el fuego de
las tropas ligeras, desparramadas por los altos, y al fin sucumbimos
al número, que no al valor. Los franceses se abrieron paso a costa de
inmensas pérdidas, y luego persiguieron a los restos de nuestra tropa
con tanto encarnizamiento, que dudo que hayan podido sobrevivir muchos.
La mayor parte, pereciendo en aquellas fragosidades, han cumplido con
su deber, que era defenderlas mientras tuvieran cuerpo vivo en que
recibir una bala. No fue posible más, porque más habría sido hacer
milagros, y estos solo Dios los hace.
Calló el oficial, y todos los que le oíamos estábamos tan
apesadumbrados y tristes con su relato, que nada le contestamos.
Tampoco él habló más, y así silenciosos y taciturnos llegamos a
Madrid y a nuestra Puerta de Los Pozos, donde el desgraciado tránsfuga
halló una hoguera en que calentarse, y un bocado con que reanimar sus
fuerzas. Todos le prodigaban solícitos cuidados, menos D. Santiago
Fernández, el cual no podía desechar cierta comezón y desasosiego.
--Gabriel --me dijo, llevándome aparte--, no insisto por no parecer
pesado; pero digan lo que quieran los demás, ese hombre que hemos
encontrado no me gusta, y quiera Dios no tengamos que sentir; porque
yo sé, y tú sabráslo también, que en las guerras es muy común eso
de disfrazarse para visitar el campo enemigo y examinar a mansalva
las fortificaciones, así como también es cosa corriente sobornar a
algún infeliz para que, fingiéndose amigo, penetre en la plaza y haga
circular noticias falsas que desalienten a los sitiados.
Amaneció el 2 de diciembre, y a favor de las primeras luces del día se
distinguieron fuertes columnas de caballería francesa en los cerros del
Norte. Ya estaban allí, y no eran pocos ciertamente.