--Los cartuchos están llenos de arena --gritó la muchacha, mostrando a
todos aquel objeto.
Y al mismo tiempo los hombres allí presentes sacaban de sus sacos
otros cartuchos, los mordían, y, en efecto, en todos o en casi todos
aparecía arena.
--¡Ese traidor nos ha dado cartuchos de arena!
La terrible voz cundió por la plaza. Allí cerca había un retén de
guardia de voluntarios. Sacaron el depósito de cartuchos, mordíanlos, y
por cada dos o tres con pólvora, había uno con arena. Esto lo vimos el
Gran Capitán y yo, y ambos nos quedamos mudos de indignación.
--Pues indudablemente ha habido traición --dije yo.
--¡Poner arena en los cartuchos! ¡Qué alevosía! Esto es entregar la
patria villanamente al extranjero.
--El que tal ha hecho --exclamé no ocultando mi rabia-- es un miserable
que debe ser castigado.
--Gabriel, no lo creí --vociferó mi amigo, derramando lágrimas de
coraje--; no creí que hubiera españoles capaces de semejante vileza.
No, el que tal ha hecho no es español.
Y los dos, casi sin darnos cuenta de ello, hicimos coro con la rabiosa
multitud, gritando: «¡Mueran los traidores!»
--¡Ese Mañara, ese ladrón! --gritaron a nuestro lado.
--¡Él ha sido! ¡Mueran los traidores y viva Fernando VII!
¡De arena! ¡Cartuchos de arena! Esta funesta frase corrió por todo
Madrid más rápidamente que si la llevara la electricidad. En muchas
partes, que no en todas, pudo confirmarse la verdad de la afirmación;
pero la ira era general, y el que había puesto arena en los cartuchos
fue condenado a muerte por la indignación del pueblo. Mi amigo y yo
observamos que la multitud corría en todas direcciones; pero los más
iban hacia la Merced. Desaparecieron de nuestra vista la Pelumbres,
el tío Mano, y desapareció también la Zaina. Corrimos por la calle de
Jesús y María, y al llegar a la de la Magdalena, la vimos completamente
llena de gente: todo el vecindario estaba en los balcones, y un clamor
inmenso llenaba la vasta longitud de la calle. Hacia el centro de ella
existía entonces, y existe aún, una casa suntuosa, pero de bastarda y
ridícula arquitectura, por haber puesto en ella su mano D. Pedro de
Ribera, autor de la fachada del Hospicio. A aquella casa histórica,
residencia antes y también hoy de una respetabilísima familia, por mil
títulos merecedora de la estimación pública, se dirigían las amenazas
de la muchedumbre, borracha de ira. Todos querían entrar; pero las
puertas estaban cerradas. Este obstáculo no tardó en desaparecer, y
terribles hachazos hicieron temblar las labradas maderas de la puerta
señorial, protegida por el ancho escudo que en esculpidos emblemas
representaba hazañas y virtudes de otros tiempos. Mas ¿quién reparaba
en esto? El pueblo, que ya había pisoteado en Aranjuez la real corona,
no vacilaba en pasar por sobre la de un noble. Hicieron, pues, pedazos
la puerta, y el pueblo entró desbordándose o invadiendo el palacio,
como un río que rompe los diques que durante siglos le han contenido
y se extiende por el llano con ímpetu destructor. Entraron todos, los
que iban con algún objeto y los que no iban más que a gritar. No debía,
pues, hacerse esperar mucho la satisfacción de la popular furia, y bien
pronto nos quedamos helados de terror, oyendo decir:
--Le han matado, ya le han matado.
¡Pobre y desgraciado Mañara! Ayer ídolo, ayer amigo, ayer compañero de
la vil plebe, cuyo traje y costumbre, y hablar y modos imitaba, hoy
inmolado por ella con barbarie inaudita, con esa cruel presteza que
ella emplea, ¡la infame furia! en todas sus cosas.
Pero lo espantoso, lo abominable, y más que abominable, vergonzoso
para la especie humana, fue lo que ocurrió después. La plebe tiene un
sistema especial para celebrar las exequias de sus víctimas, y consiste
en echarles una cuerda al cuello y arrastrarlas después por las calles,
paseando su obra criminal, sin duda para presentarse a los piadosos
ojos en la plenitud de su execrable fealdad. Esto pasó con el cadáver
del infeliz Regidor, a quien conocimos amante de Lesbia, amante de la
Zaina, amante de todas, pues no hubo otro que como él prodigara su
hermosa persona en altas y bajas aventuras; esto pasó con el cadáver
del infeliz a quien llamo D. Juan de Mañara, no porque este fuera su
nombre, sino porque me cuadra designarle así, para no andar trayendo
y llevando los títulos de respetables casas por los altibajos de
esta puntual historia. Pero apartemos los ojos; no miremos, no, ese
despojo sangriento que por la calle de la Magdalena, y después por la
del Avapiés abajo, arrastran en inmunda estera unos cuantos monstruos,
hombres y mujeres tan solo en la apariencia; cerremos los oídos a sus
infames gritos, y, sobre todo, no miremos ese destrozado cuerpo, aún
caliente, a quien las puñaladas, los golpes, el frecuente tropezar van
quitando la figura humana, haciendo un jirón lastimoso de lo que fue,
de lo que era pocos minutos antes hombre gallardo y gentil, y lo que
es más digno de consideración, hombre dichoso y amable. Y mientras
pasa esa salvaje bacanal, ese río de sangre y de infamia y de crimen,
meditemos sobre las mudanzas mundanas, y especialmente sobre las cosas
populares, las más dignas de meditación y estudio.
¿Era Mañara autor de la traición indudable descubierta en los cartuchos
de arena? Histórica, no hija de nuestra invención, es la persona
de Mañara; histórica es también su vida licenciosa, sus hábitos
manolescos, sus aventuras y trato con la gente de los barrios bajos;
histórica es también la Zaina, y tan históricos como la Jura en Santa
Gadea y el compromiso de Caspe son sus amores con el Regidor, su
abandono, sus celos, su despecho, su ira, su sed de venganza y el
descubrimiento, fatalmente hecho por ella, de los cartuchos de arena.
Para saber todo esto, basta leer media página de la historia mejor y
más conocida que sobre aquellos tiempos se ha escrito. Pero ni en este
eminente libro, ni en otro alguno, ni en boca de ningún viejo oiréis
razones para contestar categóricamente a la pregunta que antes hice.
¿Fue Mañara traidor? ¿Intervino él en la obra criminal de los cartuchos
de arena?
Os diré francamente que yo tampoco lo sé; pero debo advertiros que
nunca tuve a aquel desgraciado por capaz de acción tan fea. Mañara
pecaba de libertino, de ligero, de vano, y más que nada de enamorado.
Jamás se distinguió en otras maldades que en las del amor, por cierto
bien perdonables. Le conocí alevoso y traidor en cuestiones de faldas;
pero no supe nunca que en asuntos graves faltara a las leyes del honor.
Con estos antecedentes casi puede asegurarse que no fue Mañara autor
de la superchería de los cartuchos. ¿Pues quién lo fue entonces? Esto
sí que ni la historia, ni la tradición, ni los viejos, ni yo, podemos
decíroslo. ¿No habéis observado que todos los movimientos populares
llevan en su seno un germen de traición, cuyo misterioso origen jamás
se descubre? En todo aquello que hace la plebe por sí y de su propio
brutal instinto llevada, se ve tras la apariencia de la pasión un
tejido de alevosías, de menguados intereses o de criminales engaños;
pero ningún sutil dedo puede tocar ni determinar los hilos de esta tela
escondida, en cuyas mallas quedan enredados y cogidos mil bárbaros
incautos.
¿Quién hizo correr la voz de la traición de Mañara? ¿Fue todo obra
deliberada de la Zaina? La historia dice que sí; pero yo creo haber
oído tachar de sospechoso al pobre Regidor en parajes muy distantes
de la calle de la Pasión. Sin duda el frecuente roce con la plebe
había desconceptuado mucho a D. Juan en la opinión de sus iguales.
Carecía en absoluto de respetabilidad, y el que la pierde entre
los de arriba, queriendo sustituirla con bajas amistades, que son
siempre inconstantes, está expuesto a perderlo todo en un momento, y
a que cualquier chispa fugaz incendie de improviso la fábrica de una
reputación que no se funda en nada sólido.
Mañara había adulado a la plebe imitándola. Con este animal no se
juega. Es como el toro, que tanto divierte y de quien tantos se burlan;
pero que cuando acierta a coger a uno, lo hace a las mil maravillas.
Vimos caer a Godoy, favorito de los reyes, y ahora hemos visto caer
a Mañara, favorito del pueblo. Todas las privanzas que no tienen por
fundamento el mérito o la virtud, suelen acabar lo mismo. Pero nada
hay más repugnante que la justicia popular, la cual tiene sobre sí el
anatema de no acertar nunca, pues toda ella se funda en lo que llamaba
Cervantes _el vano discurso del vulgo, siempre engañado_.
--Pero vámonos de aquí --dije a mi amigo--. ¿No oye usted lo que dicen
esos que pasan? Dicen que los franceses han aparecido por Fuencarral.
--Vamos, vamos a cumplir con nuestro deber --repuso el Gran Capitán,
siguiéndome por la calle de las Urosas--. Pero me temo que lo que debía
ser gloriosísima jornada, va a ser cualquier cosa, gracias a esa vil
gentualla. La traición mina la plaza. Eso de los cartuchos de arena
me ha puesto triste, y el miserable canalla que tal hizo merece mil
muertes.
Madrid, después de inmolado Mañara, continuaba inquieto, como
presagiando grandes males, mientras los frailes agonizantes arrancaban
de manos del pueblo el cadáver informe. La noticia de que los franceses
estaban a las puertas de la villa, lo hizo, sin embargo, olvidar todo,
y corría la gente azorada y medrosa, creyendo ver asomar, al volver de
una esquina, la figura característica del azote de Europa.