Llegó con el 28 de noviembre la noticia de la batalla de Tudela,
y una vez que se consideró deshecho nuestro ejército de Aragón y
del Centro, ya todos vimos el sombrero de Napoleón asomando por la
Mala de Francia. Las fortificaciones avanzaban, y en los días 27,
28 y 29 recuerdo que menudearon bastante las que podremos llamar
fortificaciones y armamentos espirituales, que eran las rogativas,
rosarios, funciones de desagravios, novenas y otras devociones para
alcanzar de la Divina Providencia, no que apartase los peligros, sino
que enardeciera nuestros ánimos para salir victoriosos. Hubo rosario
en San Ginés, jubileo en los Dominicos de la Pasión, solemnes cultos
en el Carmen Calzado, y, por último, en la iglesia de Nuestra Señora
de Gracia, sita en la Plazuela de la Cebada, se inauguró un novenario
que fue la más popular de las devociones de aquellos días, por predicar
allí popularísimos oradores. La gente piadosa, al par que patriota, no
tenía tiempo para acudir a tantas partes, y vacilaba entre la iglesia
y la trinchera. En los sermones había de todo, como es fácil suponer:
piedad cristiana y entusiasmo bíblico en algunos púlpitos; garrulería
en otros, con perdón sea dicho de mi respetable amigo el mercenario
calzado a quien ustedes conocen. Los hombres, aunque lo deseáramos,
no teníamos tiempo para frecuentar las iglesias, y especialmente los
armados no dábamos paz a los pies ni a las manos con el frecuente
ejercicio y ensayo de nuestra fuerza. Los soldados, los voluntarios,
los conscriptos, los _honrados_ que tenían armas, nos confundimos
por algunos días en comunes trabajos y preparativos, dando al olvido
discordias importunas. Y no estaba el tiempo para andarse con juegos,
porque ya Napoleón se nos venía encima. La temida sombra veíase por
todas partes. Mientras existió la pueril confianza de que las tropas
enviadas a Somosierra estorbarían el paso del tirano, menos mal: íbamos
viviendo, alimentando nuestro espíritu con risueñas ilusiones, y
soñando con ver hechos pedazos el poder de Bonaparte en la era del Mico.
Pero el día 1.º de diciembre comenzaron a circular desde muy temprano
rumores gravísimos acerca de la derrota del general San Juan en
Somosierra. Echose todo el mundo a la calle en averiguación de lo
ocurrido, y corriendo de boca en boca las nuevas, exageradas por la
ignorancia o la mala fe, bien pronto llegó a decirse que los franceses
estaban en Alcobendas, y hasta alguno aseguró haberlos visto paseándose
en el Campo de Guardias. Desde el famoso 2 de mayo no había visto
a Madrid tan agitado: corrían hombres y mujeres por las calles, y
entonces era el lamentar la ciega confianza, el echar de menos la
actividad y previsión propias de un pueblo realmente decidido a
defenderse. El Gran Capitán y yo habíamos salido desde muy temprano, él
para tomar disposiciones importantes en el Cuerpo de _honrados_ a que
pertenecía, y yo por acudir a mi puesto, o curiosear en caso de que aún
no se tratara de cosa formal.
--Lejos de acoquinarme yo, como estos gallinas --decía el Gran
Capitán--, me animo y me gallardeo y me esponjo al saber que los
tenemos tan cerca. Y a mí no me hablen de que el general San Juan ha
sido derrotado. Para los que conocemos las artimañas y recovecos del
arte de la guerra, esa dispersión de las tropas de San Juan que parece
derrota, no es otra cosa más que un hábil movimiento para engañar a
Napoleón, dejándole pasar el Puerto. Y si no, figúrate si será bonito
ver a lo mejor que, cuando tranquilamente avanzan los franceses
creyéndose seguros, aparecen como llovidas por el flanco derecho
las tropas españolas, y me los cogen ahí sin disparar un tiro entre
Alcobendas y San Agustín.
--Podrá suceder --dije yo sin manifestarle mi incredulidad--; pero
figúrese el Sr. Fernández que no pasa nada de esto, sino que viene
Napoleón sano y entero, y nos pone cerco. ¿Cómo saldremos de este apuro?
--Admirablemente --repuso--. Podrá suceder que si trae muchas,
muchísimas tropas, vamos al decir, un par de milloncitos de hombres,
dure el sitio dos o tres años, al cabo de los cuales tendrá que
retirarse... porque pensar que Madrid se ha de rendir, es pensar en
lo excusado. Y si no, pasea tus ojos por esas fortificaciones que en
diferentes partes se han hecho en lo que el diablo se restrega un ojo;
espacia tu vista por esos hondos fosos, por esos gruesos parapetos, por
esos inexpugnables montones de tierra, y por esas terroríficas baterías
de cañones de a 6; y si la admiración te da tregua a las reflexiones,
comprenderás que es imposible tomar a Madrid, aunque Napoleón trajera
mejor gente que aquella que fue a Portugal con el señor Marqués de
Sarriá.
--Dios le oiga a usted. Por mi parte haré lo que pueda. ¿Y usted manda,
o es mandado?
--Yo mando; que a ello me obligan antiguos amigos, cuya ciega confianza
en mis conocimientos raya en fanatismo. Yo no quería mandar porque
no me gustan papeles; pero he tenido que ceder, y entre todos hemos
formado una compañía que ha recibido orden de operar en Los Pozos,
sitio el más arriesgado, peligroso y temerario de este gran asedio que
nos espera. Casi todos tenemos fusiles, y los que no, manejarán la
lanza.
--¡Lanza para defender murallas! --exclamé sin poder disimular la risa.
--Sí, hijo: ¿qué entiendes tú de eso? Figúrate que a esos tontos se les
ponga en la cabeza dar un asalto: ¿qué mejor cosa para impedirlo...?
Por cierto que voy a reunir mi gente para ir a ocupar la posición, no
sea que el señor _córcego_ quiera darnos una sorpresa con su mala fe
acostumbrada.
--Ahora dejémonos llevar a la Puerta del Sol con todo ese gentío que
allá va --dije yo--, y parece que ocurre alguna cosa grave, según
gritan.
--Efectivamente; pero esa gritería es de mujeres. Sin duda esas
valerosas matronas piden que se les den armas.
--Bajemos por la calle de la Montera... Por allí sube, si no me engaño,
el Sr. de Santorcaz. Llamémosle: él sabrá lo que ocurre... ¡Eh, Sr. D.
Luis!
--¿Qué hay en la Puerta del Sol, que tanto chilla la gente? --preguntó
Fernández cuando el otro se nos acercó.
--Es que el pueblo pide armas y no se las quieren dar --repuso
Santorcaz--. Es una picardía, y todos esos mandrias de la Junta deben
ser arrastrados.
--¡La Junta! ¡Los señores de la Junta Central!
--No hablo de la Central --prosiguió Santorcaz--, que esa, si es cierto
lo que dicen, ha acordado hoy retirarse de Aranjuez, buscando refugio
en Andalucía. Hablo de la Juntilla que se ha formado aquí para la
defensa de Madrid, y que está en permanencia en la casa de Correos.
¡Aquí hay muchos traidores --añadió en voz alta--, y algunos han cogido
dinero para entregar la plaza a los franceses! ¡Canallas de traidores!
Ahora salimos con que se han acabado las armas y los cartuchos.
¡Mentira! Yo sé dónde hay armas y cartuchos. ¡Nos están engañando, nos
van a vender!
Diciendo esto, se apartó de nosotros, después de lo cual seguimos
hacia abajo, y al llegar a la Puerta del Sol vimos que estaba de
bote en bote, llena de gente. Aquel hueco abierto en el apelmazado
caserío de Madrid, es el corazón de la antigua villa, y a él afluye
con precipitada congestión la sangre toda en sus ratos de cólera,
de alegría o de miedo. La Puerta del Sol latía con furia. Hombres
y mujeres hablaban a la vez, y a sus voces se unían actitudes y
gestos amenazadores. La masa más inquieta, más hirviente, más loca y
alborotadora estaba al pie de la casa de Correos.
--Busquemos algún conocido que nos informe de lo que aquí ha pasado
--dije, metiéndome con el Gran Capitán por lo menos apretado del gentío.
--Astavía no ha pasado nada --dijo un caballero que, envuelto en
una capa, se nos apareció, y en quien al punto reconocí al señor de
Majoma--. Astora nada; pero... ya verán.
--¿Qué pide esa gente?
--¿Qué ha de pedir? Armas y cartuchos.
--Ya están repartidos todos los que hay.
--¡A mí con esas! --exclamó el apreciable sujeto--. Ya estamos de
traidores hasta el gañote. ¡Pillos lairones! Si no les espachamos, nos
van a entregar a los franceses. ¡Perros gabachos! Les conozco bien, y
se la tengo sentenciada, sí, señor; y el que diga que no son traidores,
que se vea conmigo, porque yo soy más español que Santiago y más
patriota que Fernando VII.
--Pero desde hace tiempo se sabe que la plaza tenía muy pocas armas;
y en cuanto a los cartuchos, todos los que había y los fabricados
en esta semana, se han repartido ya. El Sr. de Mañara ha estado ocho
días ocupado en dirigir la fábrica de cartuchos, y ayer tarde repartió
muchos miles en el Ave María y en la Comadre.
--¡No me lo nombres! --exclamó Majoma, afectando una indignación que
más tenía de cómica que de trágica--. Ahí tienes al traidor más que
Judas, al gabachón más que Copas... Gabriel, ¿eres tú traidor también?
¿Estás vendido a los franceses, como ese regidorcillo hambrón? Dime que
sí y verás... miá tú... aquí mismo te pongo en pipitoria con esto que
traigo debajo de la capa.
--¿La navajita? Guarda tu coraje para mejor ocasión, Majomilla --le
respondí--. Me parece que estás borracho.
--¿Borracho yo? Si no lo he probao, chico... Esta mañana me convidó el
Sr. de Santorcaz a beber unas copas, y... por esta, que no bebí más que
dos azumbres... ¿Qué hacer sin la calorcilla en el estómago?... Pero
di, ¿eres tú traidor? Di que no, porque te rajo... pues yo (y se daba
fuertes golpes en el pecho) tengo un corazón como un bronce, y soy más
valiente que el Ciz, y nadie me tosa, si no quiere ver quién es Majoma.
Y sin oír más, nos apartamos del insigne varón.
--Esto no me gusta --dijo Fernández--, y me parece que si la alta
empresa que entre manos traemos no sale tan bien como debiera,
consistirá en esta inmunda canalla motinesca, díscola y bullanguera,
que en circunstancias tan críticas se vuelve contra sus jefes.
Gabriel, de buena gana te digo que si nuestro D. Tomás de Morla
nos mandase cerrar contra esta gentuza, la meteríamos en un puño
prontamente. Y has de saber que estos perdularios chillones, más sirven
de estorbo que de ayuda en la defensa, y verás cómo son ellos los
primeros que se rinden.
Miramos al balcón de la casa de Correos, y vimos que en él aparecía
un hombre alto, moreno, hosco, vestido de uniforme; le vimos accionar
hablando a la multitud; pero no pudimos oír sus palabras, porque la
femenil chillería de abajo habría impedido oír tiros de cañón, que no
digo humanas voces. Después aquel militar, el cual no era otro que
D. Tomás de Morla, encogíase de hombros y cruzaba los brazos. Este
lenguaje le entendimos mejor, y evidentemente quería decir: «No hay
nada de lo que me pedís: se acabaron las armas y los cartuchos.»
Pero la multitud se enfurecía con la negativa y le silbaba, pidiendo
con su omnipotente antojo y volubilidad que saliese Castelar, personaje
más conocido que Morla. Salió el Marqués de Castelar, habló sin poder
apaciguar a sus admiradores, y repitiose el encogimiento de hombros y
el gesto desconsolador. Aquí de los silbidos, de los gritos, de las
amenazas; poco después el pueblo empezó a arremolinarse y a culebrear
como dragón de mil colas que se dispone a emprender movimiento, y vimos
que muchos se desparramaban por la calle Mayor, y que otros subían
hacia Santa Cruz.
--Vamos allá a ver en qué para esto --dijo D. Santiago, apoyándose en
mi brazo y siguiendo el general torrente--. Estos majaderos primero
dejarán de existir que de hacer alguna atrocidad. ¿Por qué piden armas,
si con las que hay repartidas basta y sobra? ¿A qué piden cartuchos, si
no hay cartucho que mate más franceses que el entusiasmo español, ni
mejor pólvora que nuestra indignación?
--Todo eso es verdad, Sr. D. Santiago --repuse--; pero no habría sido
malo que la Junta Central o el Consejo, en vez de ocuparse en discutir
sus rivalidades, hubiera depositado en Madrid unos cuantos barriles
de indignación, de esa que se hace con salitre, carbón y azufre, que
la otra sin esta de poco sirve. Pero aquí no ha habido previsión, ni
iniciativa, ni actividad, ni eminentes cabezas que dirijan, sino que la
defensa ha quedado a merced de la voluntad, de la invención y del buen
sentido del pueblo, Sr. D. Santiago; y no llamo pueblo a esa miserable
turba gritona que de nada sirve, sino a todos nosotros, altos y bajos,
grandes y chicos... ¿Pero quién es aquel que corre? Es el insigne
patriota a quien llaman Pujitos. ¡Eh... Sr. de Pujitos, lléguese acá y
díganos lo que ocurre!
--Ahora va la gente hacia la calle de la Magdalena --contestó-- donde
vive el Regidor Mañara. Esta mañana estuvimos allí: salió al balcón y
nos dijo que los miles de cartuchos que ha fabricado los entregó ya,
y que no hay más pólvora. ¿Van ustedes hacia el Avapiés? Por allá hay
gran alboroto, y dicen que Mañara es un traidor, y que acá y allá.
--¿Y usted, qué piensa de Mañara?
--Mañara es hombre cabal, porque lo digo yo --afirmó Pujitos en tono
misterioso--. Los traidores son otros y andan por allí revolviendo la
gente y armando estas tramoyas. Gabriel, acuérdate de lo dicho. Los que
más chillan son los piores; pero yo ando con mucho ojo, porque así me
lo ha mandado el jefe, y como les eche la mano encima, verán quién es
Pujitos.
Siguió a toda prisa hacia la Puerta del Sol, y nosotros, atravesando
la Plaza Mayor, entramos en la calle de Toledo, arteria de toda la
circulación manolesca, centro de las chulerías, metrópoli de las
gracias, bazar de las bullangas, cátedra de picardías y teatro de todas
las barrabasadas madrileñas.
Pasando luego a la calle de Embajadores, oímos de nuevo que hacia el
Avapiés había gran marejada, por lo cual, atravesando por los Abades
hacia el Mesón de Paredes, nos fuimos a presenciar el tumulto, que no
era flojo, según el rumor de voces que desde lejos se oía. En efecto,
habíase armado un zipizape que déjelo usted estar.
De manos a boca tropezamos con el tío Mano de Mortero, que se llegó a
nosotros diciendo:
--¡Cómo nos engañan, Gabriel! ¡Quién lo había de decir en un caballero
tan bueno como el Sr. de Mañara!
--¿Pero es traidor el Sr. de Mañara? Vamos, tío Mano. ¿Usted también?
Usted que es una persona de tantísimo talento...
--Es verdad, niño de mi alma; ¿pero qué quieres tú? Lo dicen por ahí.
A mí no me consta; pero al son que me tocan bailo. Pues dicen que hay
traidores, ¡abajo los traidores!
--¿Y qué dicen de Mañara?
--Que tiene arreglado con los franceses el entregarles la Puerta de
Toledo.
--¿Y cómo lo saben?
--¡Qué sé yo! Pero cuando el río suena agua lleva. Yo no he de ser
menos que los demás, y pues hay traidores, ¡abajo los traidores!
--¿Y la Zaina?
--¿Pues no la oyes? ¡Si es la que más grita en medio de la plaza!
¡Santa Virgen! ¡Y no está poco furiosa esa leoncilla! Ahora se ha
vuelto la patriota más patriota de todo Madrid. ¡Ay, mi Dios, qué
nacionala tengo a mi niña!
De rato en rato aumentaba el gentío en la Plazuela del Avapiés, y los
hombres de mala facha, unidos a las mujeres más desenvueltas de los
cercanos barrios, menudeaban sus gritos y vociferaciones de tal modo,
que ninguna persona honrada podría ante tal espectáculo permanecer
tranquila.
--Acerquémonos --me dijo Fernández--. Yo con todo mi corazón te aseguro
que si Su Majestad, y en su Real nombre la Sala de Alcaldes de casa
y corte, me mandase despejar este sitio, lo haría con dos lanzazos o
sablazos, que para el caso lo mismo daría.
--Guárdese usted de decir en alta voz tales cosas, y acerquémonos a
aquel grupito de damas.
La Primorosa salió del grupo.
--¿Eh... Primorosa, qué traes por aquí? --le pregunté.
--¡Cachiporros! --exclamó la arpía alzando los brazos, cerrando los
puños, y dirigiéndose a algunos hombres que la rodeaban--. ¿Pa qué
estáis aquí? ¿No vos quieren dar cartuchos? Pues dir ca el Regidor
y sacárselos de las asauras. ¡Él los tiene escondíos! Él los tiene
enterraos en paquetes pa dárselos a los franceses.
Entonces la Zaina, abriéndose paso, presentose en el centro del
corrillo formado en torno a la Primorosa. Estaba la hermosa verdulera
amoratada y ronca, con los ojos encendidos, las ropas hechas pedazos, y
con tan fiera expresión retratada en su semblante y en toda su persona,
que causaba espanto. En el momento de presentarse, traía un cartucho
entre los dedos, y lo mordía, y derramaba en la palma de la mano lo que
debía ser pólvora y resultaba ser arena.