--No ha sido una simpleza de este buen religioso lo que te ha traído
aquí --me dijo severamente--; esto ha sido obra de tu astucia y
malignidad.
--Señora --le respondí--, por mi madre juro a usía que no pensaba
volver a esta casa, cuando el Padre Salmón se empeñó en traerme, con el
objeto que él mismo ha manifestado.
--¿Y qué sabes tú de D. Diego?
--Yo no sé más sino aquello que no ignora nadie que le trata.
--D. Diego es jugador, francmasón, libertino; ¿no es cierto?
--Usía lo ha dicho; y si lo confirmo, no es porque me guste ni esté en
mi condición el delatar a nadie, sino porque eso de D. Diego todo el
mundo lo sabe.
--Bien: ¿y tú querrías llevarme a mí o a otra persona de esta casa a
cualquiera de los abominables sitios que el Conde frecuenta por las
noches, para sorprenderle allí, de modo que no pueda negarnos su falta?
--Eso, señora, no lo haré, aunque usía, a quien tanto respeto, me lo
mande.
--¿Por qué?
--Porque es una fea y villana acción. Don Diego es mi amigo, y la
traición y doblez con los amigos me repugna.
--Bueno --dijo Amaranta con menos severidad--. Pero me parece que tú
eres tan necio como él, y que le llevas a la perdición, incitándole y
adulando sus vicios.
--Al contrario, señora: a menudo le afeo su conducta, diciéndole que
tal proceder es indigno de caballeros, y que al paso que deshonra su
casa, deshonra también a aquella con quien va a emparentarse.
--Eso está muy bien dicho --afirmó con pesadumbre--. Lo que hace
Rumblar no tiene perdón de Dios. ¿Y quién le acompaña en su libertinaje?
--El Sr. de Mañara y D. Luis de Santorcaz.
--¡También ese! --dijo con sobresalto y súbita transformación en su
bello rostro--. ¿Qué hombre es ese? ¿Le conoces tú? ¿Dónde vive? ¿En
qué se ocupa?
--Si he de decir verdad, aún ignoro qué clase de hombre es. Tampoco sé
dónde vive; pero he oído que es espía de los franceses, y que estos le
dan un sueldo para que les escriba todo lo que pasa. Esto me han dicho;
pero no lo aseguro.
Entonces Amaranta acercó su silla a la mía; mirome como quien se
dispone a entablar relaciones de confianza, y me habló así con voz
dulce:
--Gabriel, está de Dios que me prestes de vez en cuando servicios
de esos que no se encomiendan sino a la despierta observancia y a
la discreta malicia. ¿Querrás averiguar si D. Diego anda también en
conspiraciones y malos pasos con ese que has llamado espía de los
franceses?
--No sé si podré hacerlo, señora. Tendría que hacerme dueño de su
confianza para abusar de ella. Por otro conducto podrá averiguarlo su
señoría.
--Estás orgulloso; pero ven acá, chicuelo: ¿quién eres tú? ¿A quién
sirves ahora?
--No sirvo a nadie, ni quiero servir. Por ahora soy soldado, si soldado
es ser alguna cosa. Vivo de la paga que da el Ayuntamiento de Madrid
a las tropas que ha levantado. Pero no tengo afición a las armas,
y si las tomo hoy es por puro patriotismo y solo mientras dure la
guerra. Después Dios dispondrá de mí, aunque, como no tengo riquezas,
ni padres, ni parientes, ni papeles de nobleza, ni protección alguna,
espero que no saldré de esta humilde esfera en que he nacido y vivo.
--¿Quieres que te proteja yo? ¿Necesitas algo? --me preguntó con
bondad--. Te buscaré un buen acomodo, te socorreré, si por acaso no
estás muy desahogado.
--Aunque el recibir limosnas no deshonra a nadie, antes me asparían que
tomarlas de vuecencia.
--¿Por qué? Pero ¿qué pretendes tú? Yo sé que tú picas muy alto, y no
te andas por las ramas. Vamos, Gabriel, si me abres tu corazón, si
me confías francamente todo lo que sientes, te prometo ser benévola
contigo. ¿Crees que no estoy al tanto de tus atrevimientos? Y si no,
dime: ¿a qué paseas de noche por ese callejón cercano? ¿A qué arrojas
piedrecitas a las ventanas?
--¿Usía me vio? --pregunté muy confuso.
--Sí; y aunque me causó ira, reconozco que nadie es dueño de borrar de
un golpe lo pasado, mucho más cuando uno no es autor de la situación
en que ahora o después se encuentra, sino que es Dios quien a ella
le conduce. Tú tienes aspiraciones ridículas y absurdas, y ahora yo,
renunciando a medios violentos, hablándote con templanza y sensatez,
voy a quitártelas de la cabeza.
--Hable vuecencia; pero debo advertirle que no tengo ya pretensiones
ridículas, pues todo aquello que vuecencia recordará de mi afán de ser
generalísimo, pasó y...
--No me refiero a eso, y bien sabes a qué aludo, tunantuelo. No puedo
ocultarte el disgusto que tuve cuando en Córdoba me dijiste con mucha
ingenuidad: «Señora, Inés y yo éramos novios.» Tal despropósito,
tratándose de mi prima, me indignó al principio; pero después me hizo
reír. ¡Ay! cuánto he reído con esto. Por supuesto, no creas que ella se
acuerda de ti. ¡Eres tan inferior a ella! Bien sabe Inés que si en otro
tiempo y lugar la aparente igualdad de vuestra condición permitía que
os estimarais, hoy el solo pensar en tal cosa es un crimen. ¡Pues si
vieras cómo se ríe de ti y cuenta tus simplezas!... Eso sí, dice que te
está agradecida porque dice que la salvaste de no sé qué peligro; pero
nada más. Mi primita ha sacado tal dignidad y estimación de su linaje,
que no digo yo con Condes, con Emperadores se casaría, y aún se juzgara
rebajada.
--¡Bendito sea Dios, y cómo se mudan las personas! --dije yo,
comprendiendo no ser cierto lo que oía.
--Pero si esto te digo --continuó Amaranta--, también añado que me
intereso por ti y quiero recompensar los servicios que prestaste a Inés
cuando estaba en la miseria: de modo que te daré lo necesario para
que hagas fortuna con tu trabajo; mas con la condición de que has de
marcharte de Madrid y de España mañana mismo, para no volver nunca.
Oí con mucha calma estas razones que la Condesa dijo, queriendo
aparentar una tranquilidad de espíritu que no tenía, y le contesté:
--¡Ay, señora, y qué mal me ha comprendido usía! Hábleme ahora
vuecencia sin ninguna clase de artificio, pues yo, con el corazón en
la mano, le digo que conozco muy bien quien soy y todo lo que puedo
esperar. En mi corta vida he aprendido a conocer un poco las cosas del
mundo, y sé que aspirar a lo que, por mi humildad, mi ignorancia y mi
pobreza, está tan lejos de mí como el cielo de la tierra, sería una
estupidez. No ocultaré a usía nada de lo que me ha pasado. Cuando Inés,
quiero decir, la señorita Inés, estaba en casa del cura de Aranjuez,
nosotros nos tuteábamos, hablando de nuestro porvenir, como si nunca
hubiéramos de separarnos. Después, en casa de Don Mauro Requejo,
parecía como que nuestras desgracias nos hacían querernos más. Teníamos
mil bromas y yo le decía: «Inesilla, cuando seas Condesa, ¿me querrás
como ahora?» Y ella me contestaba que sí, y yo me lo creía. Después,
todo ha cambiado. Cuando fui a la guerra, yo no pensaba sino en ser
un hombre de provecho para hacerla mi mujer; mas al mirar de cerca la
esfera a donde ella había subido; al verme a mí mismo sin poder avanzar
un solo peldaño en la escala de la sociedad, me entró una tristeza
tal, que pensé morirme. Pero al fin se ha ido abriendo paso mi razón
por entre este laberinto de atrevidas locuras, y he dicho para mí:
«Gabriel, eres un loco en pensar que el mundo se va a volver del revés
para darte gusto. Dios lo ha hecho así, y cuando su obra ha salido con
tantas desigualdades, Él se sabrá por qué. Renuncia a tus vanos sueños;
que esto y ser generalísimo de un tirón, como antes pensabas, es todo
uno.» Al fin, señora Condesa, he llegado, a costa de grandes tristezas,
a adquirir una resignación profunda, con cuyo auxilio ya estoy curado
de mis atrevimientos. He renunciado a lo imposible. Si así no lo
hubiera hecho, sería real y efectivo lo que cuentan las malas novelas
de que se reía hace poco el Padre Castillo, y en las cuales se ve a
una archiduquesa que se casa con un paje, y a un porquerizo enamorado
de una emperatriz No, señora: vengamos a la realidad triste; pero
que dicen es lo único que no engaña. Ya no tengo las aspiraciones que
usía me supone, y no es necesario que vuecencia compre con dinero mi
resignación ni mi alejamiento de esta casa, de Madrid y de España.
Amaranta mirábame de hito en hito durante aquel mi largo discurso, y
después habló así:
--Gabriel, o eres un hipócrita, o en verdad, en verdad, que me vas
pareciendo un joven no solo discreto, sino de honradas ideas. Ya veo
que comprendes el sentido natural y templado de las cosas, y que sabes
enfrenar la impetuosidad y petulancia propias de la juventud.
--Señora, lo que he dicho a usía es la pura verdad: así me conceda Dios
una buena muerte en mi última hora.
--Pues ya que me hablas con tanta franqueza, no quiero ser menos
contigo. ¿Serás tú hombre a quien se pueda confiar un pensamiento
delicado, un pensamiento de esos que la vulgaridad no comprende ni
estima en su justo valor?
--Creo que podrá vuecencia confiarme lo que quiera.
--¿Lo comprenderás tú? Vamos a ver. Dices que has renunciado a que te
ame mi prima, reconociendo la inmensa inferioridad de tu posición.
--Sí, señora: así es.
--Muy bien; pero es el caso... no sé cómo decírtelo. Al indicarte que
te daría riquezas, quise expresar que esperaba de ti un grande, un
extraordinario favor.
--Si está en mí el prestarlo, no necesito que se me dé nada. ¿Quiere
usía que me marche? Pediré mi licencia. Pues qué, ¿acaso la señorita
Inés se acuerda alguna vez de este miserable?
--Respóndeme lo que te inspire tu buena razón, Gabriel --me dijo la
Condesa con grave acento--. Figúrate tú que a la señorita Inés se le
pusiese en la cabeza el no querer a nadie más que a ti... no es así...
pero va como ejemplo: figúratelo.
--Ya está figurado.
--Pues bien: ¿no te parece natural que yo y mis tíos nos opongamos a
ello por todos los medios posibles?
--Sí, señora, me parece muy natural --repliqué con asombro--; pero si
ella se empeña...
--Ella no se empeña... no es eso... es que... vamos, te lo diré
francamente. Aunque no aseguro yo que Inés te ame, ni mucho menos,
porque esto sería un gran despropósito, ocurre que... es natural
que sienta algún afecto hacia los que fueron compañeros de sus
desgracias... Todo es un capricho, una obcecación pueril, que se le
pasará seguramente. ¿No crees que se le pasará?
--Sí, señora, pasará.
--Pero para que esto acabe de una vez, necesito tu ayuda. Puesto que te
veo tan razonable, puesto que reconoces que sería en ti una estupidez
aspirar a casarte con ella... ¡Casarte con ella! ¡qué risa! ¡un
pelagatos como tú...! Parece esto cosa de comedia; ¿pero no te ríes tú
también?
--Sí, señora, ya me estoy riendo --respondí haciéndolo de muy mala gana.
--Pues decía --continuó, cesando en su afectada hilaridad-- que, en
vista de tu buen sentido, espero de ti lo que vas a oír. Repito que te
daré lo necesario para que en otro país lejos de España puedas hacer
una fortuna; te daré la fortuna hecha si quieres...
--¿Y qué he de hacer para eso?
--Nada... vienes aquí estos días, so color de entrar a servirme;
tratas a Inés, y luego, durante algún tiempo, fingirás hacer las
cosas más feas, cometer las acciones más abominables y los delitos
que más rebajan al hombre, de modo que ella, con el espectáculo de tu
envilecimiento, vuelva en sí del trastorno que por ti tiene y todo
acabe. Es sumamente fácil para ti: entras aquí en mi servicio, y a
los pocos días me robas una sortija u otra prenda cualquiera; luego
fingimos nosotros haber descubierto tu crimen, y afeamos en público tu
conducta; luego, si hablas con ella, me calumniarás, diciendo de mí mil
herejías, y también hablarás mal de ella delante de alguna criada que
venga a contárnoslo... y por este estilo harás una serie de maldades de
esas que más envilecen a la criatura.
--¡Señora! --exclamé sin poder sofocar por más tiempo la ira--. Si
usía me da toda esta casa llena de dinero, no haré lo que me pide.
¡Cometer delante de ella una infame acción! Me dejaré matar mil veces
antes que tal haga. Cuando éramos amigos, más temía a sus censuras que
a mi conciencia; y si algo bueno hice, hícelo porque ella lo viera y
me aplaudiese, que más estimaba su aprobación que todos los bienes del
mundo. Huiré para ir a donde no me vuelva a ver; pero pensar que he de
envilecerme delante de ella, eso jamás. Adiós, señora, me voy de aquí
--añadí levantándome--. Por segunda vez me quiere usía envolver en
intrigas y fingimientos cortesanos en que es tan gran maestra.
--Aguarda --dijo deteniéndome.
--¿No está más en el orden natural lo que yo quiero hacer --añadí--,
que es marcharme y no parecer más por Madrid?
--Eres un majadero --afirmó con despecho--. ¿Qué te cuesta hacer lo que
te propongo? ¿Pierdes tú algo en ello? Ven acá, truhan de las calles:
¿acaso tienes algún nombre que deslustrar o alguna posición que perder?
¡Cuántos mejores que tú no se apresurarían a prestar este servicio por
el aliciente de la recompensa que yo te ofrezco! ¿Pues acaso podías tú
ni soñar con la fortunilla que te pienso ofrecer, farsantuelo? ¡Miren
el caballerón finchado, siempre a vueltas con su honor y su conciencia,
y su deber acá y su reputación allá!
--Si usía me da licencia, me retiraré --dije, resuelto a poner fin a la
conferencia.
--No, aquí has de estar todavía. Por lo que veo, crees que mi primita
se acuerda alguna vez de tus simplezas y majaderías --declaró con
enfado--. Anda noramala, chicuelo andrajoso. ¿Piensas que creo en tus
hipócritas declamaciones? ¿Piensas que tomo en serio los generosos
pensamientos que con tanto arte me has manifestado, echándotela de
caballero? ¡Oh! ¡Esto me pone fuera de mí! Yo le diré a esa antojadiza
quién eres tú y cuáles son tus mañas. O hará lo que yo le mando
--añadió con creciente enojo-- y pensará como yo quiero que piense, o
esa niña no es de mi sangre, no, no puede serlo. ¡Cuánta contrariedad,
Dios mío!... No quiero verte más, Gabriel; vete de aquí... pero no,
ven acá: tú no tienes la culpa de esto. Dime, ¿quién eres tú? ¿Dónde
has nacido? ¿Tienes alguna noticia de tus padres?... A veces suele
acontecer que el que se creía humilde...
--No espere usía --repuse sonriendo-- que de la noche a la mañana me
caiga en herencia un gran ducado. Eso pasa algunas veces, como ha
sucedido con Inés; pero de tales pasos de novela entran pocos en libra.
Humilde nací, y humildísimo seré toda mi vida.
--Lo digo porque si tú fueras una persona decente, te sentarían bien
esos aspavientos que has hecho --me contestó--. No lo decía por otra
cosa, desdichadote; no te vayas a envanecer sin motivo. Vete, estoy muy
disgustada.
Y luego, olvidándose de mí para no pensar más que en sus propias
contrariedades, exclamó así:
--¿Por qué, Dios mío, cuando trajiste a esa niña a nuestra casa, nos
trajiste también esta gran pesadumbre?
--¿Quiere usía mucho a su hija? --le pregunté.
--A mi prima, querrás decir.
--Eso es: me equivoqué.
--¡Que si la quiero! Desde que entró aquí no vivo más que para ella. Es
un santo delirio lo que siento, y si Inés me faltara, me moriría sin
remedio. Mi desesperación consiste en que al traerla aquí no podemos
o no sabemos darle la felicidad que ella merece. ¿Pero es acaso culpa
nuestra?
--¿Y persiste vuecencia en casarla con Don Diego?
--¡Oh, no! D. Diego es un libertino; ya no me queda duda. Yo me opondré
a que se case con él.
--Hace bien usía, y a la señorita Inés no le faltarán jóvenes de
familia distinguida entre quienes elegir esposo. Por de pronto, señora,
yo me atrevo a aconsejar a usía que rompa definitivamente con D. Diego.
Las malas compañías de este joven son un peligro para la tranquilidad
de esta casa.
--¿Qué quieres decir? Ahora me viene a la memoria ese hombre que hace
poco nombraste y que me causa miedo.
--¿Santorcaz? Sí, señora; y ya que le nombro, voy a tener el valor de
poner a vuecencia al corriente de ciertas asechanzas, para que esté
prevenida. Yo asistí a la batalla de Bailén, y allí, por casualidad
singular, vinieron a mis manos unas cartas...
Amaranta se inmutó.
--Señora, si he sabido casualmente alguna cosa que no debía saber,
yo juro a usía que el secreto no ha salido de mis labios ni saldrá
mientras viva.
La Condesa pareció poseída de nerviosa exaltación.
--¡Estás loco! --exclamó--. ¡Qué majaderías me cuentas! Ni qué tengo yo
que ver con esas cartas ni con ese hombre.
--En fin, señora, aunque dé a usía un mal rato, quiero entregarle las
dichas cartas.
--A ver, a ver --dijo pasando de la exaltación a una palidez intensa
que la puso como difunta.
--Vea usted esta primera --dije entregándole la que ella había dirigido
a Santorcaz.
--¡Esto parece un sueño! --exclamó reconociéndola--. Pero ¿cómo ha
llegado a tus manos este papel? ¡Miserable chiquillo de las calles!
¿Quién te mete a leer estas cosas?...
Entonces le conté el suceso que me puso en posesión de aquellas
esquelas, lo cual oyó muy atentamente, y después, oprimiéndose las
sienes con ambas manos, exhaló lamentos dolorosos.
--Pues ahora vea usía esta otra que parece contestación a la
precedente, y que no llegó a ponerse en el correo; pero que al fin
viene a su poder, aunque tarde, por mi conducto.
Leyó ávidamente la carta, y a cada rato la indignación se traslucía en
su hermoso semblante. Cuando la hubo leído, rompiola coléricamente en
menudos pedazos, y dijo así:
--¡Ese miserable me amenaza! ¡Dice que si su hija no está hoy en su
poder lo estará mañana!
--Vuecencia recordará lo que ocurrió cuando la familia toda vino de
Andalucía. Yo formaba en la escolta que acompañó a sus mercedes desde
Bailén hasta Santa Cruz de Mudela, y contribuí a poner en fuga a la
canalla que detuvo los coches.
--Eran ladrones.
--Sí; pero su intento no era despojar a los viajeros. Usía recordará
que nos fue muy fácil darles una severa lección; pero lo que sin duda
ignora es que allí estaba el Sr. de Santorcaz, escondido entre las
cercanas malezas, pues él y no otro mandaba aquella brillante tropa de
forajidos. Yo, que había leído la carta y además tenía sospechas por
ciertas palabras que en Bailén oí a ese D. Luis, solicité un puesto
en la escolta que al señor Marqués concedió el General, y en ella
formaron también algunos de mis buenos compañeros. Pero todavía falta
a vuecencia el leer la más curiosa de las tres cartas que en aquella
ocasión memorable vinieron a mis manos. Aquí está, y ella le hará ver
la infame deslealtad de un criado de su propia casa.
Tomó la Condesa la carta en que Román daba a Santorcaz noticia
circunstanciada de lo ocurrido con motivo de la legitimación de Inés;
y mientras la leía, tan pronto la rabia hacía brotar lágrimas de sus
ojos, como los inflamaba con vivo resplandor.
--Ya sospechaba yo la infidelidad de ese vil, que todo nos lo debe
--exclamó--; pero mi tía le tiene cariño y por eso sigue en la casa...
¡Qué infamia! Pero tú, necio mozalbete, ¿para qué has leído estas
cosas? Vete, quítate de mi presencia... no, no, ven acá: tú no eres
culpable.
--Señora --respondí--, ningún nacido sabrá de mí lo que usía no quiere
que se sepa. Yo esperaba una ocasión de entregar a vuecencia esas
cartas, y mientras han estado en mi poder, nadie, absolutamente nadie
más que yo las ha leído.
--¡Oh! ya sé lo que debo hacer para defenderme, y defender a mi hija de
tan miserables asechanzas.
--Santorcaz es íntimo amigo de D. Diego, le acompaña a todas partes,
le aconseja y le dirige. Yo he sorprendido sus conversaciones íntimas,
y por ellas veo que el pérfido amigo y consejero de Rumblar no ha
desistido de sus proyectos.
--Yo estoy trastornada, yo estoy confusa --dijo Amaranta levantándose
de su asiento--. No, no, Gabriel, no te vayas. Tú eres un buen
muchacho: yo quiero recompensarte de algún modo, dándote lo necesario
para que vivas con el decoro que mereces... Pero no pienses en Inés,
¿sabes? Es una demencia que pienses en ella. ¡Pobre hija mía! La hemos
sacado de la miseria; la hemos dado nombre, fortuna, posición, y no
podemos hacerla feliz. ¡Esto me vuelve loca! Cuando la veo indiferente
a todas las distracciones que le proporcionamos; cuando veo la
imposibilidad de hacerme amar por ella, como yo quiero que me ame;
cuando la observo pensativa y muda, y considero que echa de menos la
apacible estrechez y contento que disfrutaba viviendo con el cura de
Aranjuez, me siento morir de pena y paso llorando largas horas. ¡Pobre
hija mía! ¡Ni siquiera le puedo dar este nombre, pues hasta con los de
casa he de guardar secreto! ¡Ella y yo somos igualmente desgraciadas!
¿Por qué no haces lo que te propuse, Gabriel? ¿A qué vienes con humos
caballerescos? ¿Eres acaso más que un infeliz? Pero no: tienes razón;
no te degrades a sus ojos: tú tienes sentimientos nobles; tú eres un
caballero, aunque no lo parezcas. Tú mereces mejor suerte; Dios no es
justo contigo... ¡Ay! voy viendo que tú también eres muy desgraciado.
Esto decía la Condesa con muestras no solo de gran dolor, sino también
de cierta confusión mental, hija de las diversas sensaciones a que
se había visto sometida; y sentándose luego, permaneció en silencio
gran rato. Así estaba cuando creí sentir lejano ruido de voces en
lo interior de la casa; rumor que apenas se percibía, y que para mí
hubiera pasado inadvertido, a no haber corrido Amaranta súbitamente
hacia una de las puertas, prestando atención a lo que tan débilmente se
oía.
--Es mi tía --dijo después de una larga pausa--; es mi tía que no cesa
de reñirla. Porque no quiere someterse a las majaderías de un ridículo
maestro de baile, ni hacer dengues ante los petimetres que nos visitan,
la tratan de este modo. ¡Y yo no puedo impedirlo, Dios mío! --añadió
juntando las manos con mucha aflicción--. ¡Pero si no soy nada aquí,
ni tengo autoridad alguna sobre ella! He de presenciar sus martirios,
fingiendo aprobarlos, y estoy condenada a aplaudir las violencias, las
intolerancias, las imposiciones, el proceder suspicaz y mezquino, que
la hacen tan infeliz.
Amaranta hizo ademán de salir; contúvose junto a la puerta; retrocedió
luego, indicando en su marcha y ademanes una grandísima agitación.
Después me miró con asombro, como si se hubiese olvidado de mi
presencia y de improviso me viera.
--Gabriel --me dijo--. Vete, vete al punto de aquí, y no vuelvas más.
¡Ay! ¿Por qué no querrá Dios que, en vez de ser quien eres, seas otra
persona?
La conmoción me impedía hablar, y sin decir sino medias palabras,
despedime de ella, besándole respetuosamente las manos. Entonces
Amaranta me tomó una de las mías, y mirándome con calma, derramando
lágrimas de sus bellos ojos, me dijo esto, que no olvidaría aunque mil
años viviese:
--Gabriel, eres un caballero; pero Dios no ha dispuesto darte el nombre
y la condición que mereces. Si quieres darme una prueba de la nobleza
de tus sentimientos y de la rectitud de tu juicio, prométeme que has de
desaparecer para siempre de Madrid, y no presentarte jamás donde ella
te vea. Se le dirá que has muerto.
--Señora --respondí--, ignoro si me permitirán salir de Madrid; pero
si algo impide esta mi resolución, yo prometo a usía, por Dios que
nos oye, salir de Madrid; y entre tanto que aquí esté, juro que no me
presentaré a ella, ni haré por verla, ni consentiré en cosa alguna por
la cual venga a conocer que estoy en el mundo. Este es mi deber.
--Tendré presente lo que me has jurado --dijo ella--. No te
arrepentirás de tu conducta. Adiós.