VIII

--No ha sido una simpleza de este buen religioso lo que te ha traído

aquí --me dijo severamente--; esto ha sido obra de tu astucia y

malignidad.

--Señora --le respondí--, por mi madre juro a usía que no pensaba

volver a esta casa, cuando el Padre Salmón se empeñó en traerme, con el

objeto que él mismo ha manifestado.

--¿Y qué sabes tú de D. Diego?

--Yo no sé más sino aquello que no ignora nadie que le trata.

--D. Diego es jugador, francmasón, libertino; ¿no es cierto?

--Usía lo ha dicho; y si lo confirmo, no es porque me guste ni esté en

mi condición el delatar a nadie, sino porque eso de D. Diego todo el

mundo lo sabe.

--Bien: ¿y tú querrías llevarme a mí o a otra persona de esta casa a

cualquiera de los abominables sitios que el Conde frecuenta por las

noches, para sorprenderle allí, de modo que no pueda negarnos su falta?

--Eso, señora, no lo haré, aunque usía, a quien tanto respeto, me lo

mande.

--¿Por qué?

--Porque es una fea y villana acción. Don Diego es mi amigo, y la

traición y doblez con los amigos me repugna.

--Bueno --dijo Amaranta con menos severidad--. Pero me parece que tú

eres tan necio como él, y que le llevas a la perdición, incitándole y

adulando sus vicios.

--Al contrario, señora: a menudo le afeo su conducta, diciéndole que

tal proceder es indigno de caballeros, y que al paso que deshonra su

casa, deshonra también a aquella con quien va a emparentarse.

--Eso está muy bien dicho --afirmó con pesadumbre--. Lo que hace

Rumblar no tiene perdón de Dios. ¿Y quién le acompaña en su libertinaje?

--El Sr. de Mañara y D. Luis de Santorcaz.

--¡También ese! --dijo con sobresalto y súbita transformación en su

bello rostro--. ¿Qué hombre es ese? ¿Le conoces tú? ¿Dónde vive? ¿En

qué se ocupa?

--Si he de decir verdad, aún ignoro qué clase de hombre es. Tampoco sé

dónde vive; pero he oído que es espía de los franceses, y que estos le

dan un sueldo para que les escriba todo lo que pasa. Esto me han dicho;

pero no lo aseguro.

Entonces Amaranta acercó su silla a la mía; mirome como quien se

dispone a entablar relaciones de confianza, y me habló así con voz

dulce:

--Gabriel, está de Dios que me prestes de vez en cuando servicios

de esos que no se encomiendan sino a la despierta observancia y a

la discreta malicia. ¿Querrás averiguar si D. Diego anda también en

conspiraciones y malos pasos con ese que has llamado espía de los

franceses?

--No sé si podré hacerlo, señora. Tendría que hacerme dueño de su

confianza para abusar de ella. Por otro conducto podrá averiguarlo su

señoría.

--Estás orgulloso; pero ven acá, chicuelo: ¿quién eres tú? ¿A quién

sirves ahora?

--No sirvo a nadie, ni quiero servir. Por ahora soy soldado, si soldado

es ser alguna cosa. Vivo de la paga que da el Ayuntamiento de Madrid

a las tropas que ha levantado. Pero no tengo afición a las armas,

y si las tomo hoy es por puro patriotismo y solo mientras dure la

guerra. Después Dios dispondrá de mí, aunque, como no tengo riquezas,

ni padres, ni parientes, ni papeles de nobleza, ni protección alguna,

espero que no saldré de esta humilde esfera en que he nacido y vivo.

--¿Quieres que te proteja yo? ¿Necesitas algo? --me preguntó con

bondad--. Te buscaré un buen acomodo, te socorreré, si por acaso no

estás muy desahogado.

--Aunque el recibir limosnas no deshonra a nadie, antes me asparían que

tomarlas de vuecencia.

--¿Por qué? Pero ¿qué pretendes tú? Yo sé que tú picas muy alto, y no

te andas por las ramas. Vamos, Gabriel, si me abres tu corazón, si

me confías francamente todo lo que sientes, te prometo ser benévola

contigo. ¿Crees que no estoy al tanto de tus atrevimientos? Y si no,

dime: ¿a qué paseas de noche por ese callejón cercano? ¿A qué arrojas

piedrecitas a las ventanas?

--¿Usía me vio? --pregunté muy confuso.

--Sí; y aunque me causó ira, reconozco que nadie es dueño de borrar de

un golpe lo pasado, mucho más cuando uno no es autor de la situación

en que ahora o después se encuentra, sino que es Dios quien a ella

le conduce. Tú tienes aspiraciones ridículas y absurdas, y ahora yo,

renunciando a medios violentos, hablándote con templanza y sensatez,

voy a quitártelas de la cabeza.

--Hable vuecencia; pero debo advertirle que no tengo ya pretensiones

ridículas, pues todo aquello que vuecencia recordará de mi afán de ser

generalísimo, pasó y...

--No me refiero a eso, y bien sabes a qué aludo, tunantuelo. No puedo

ocultarte el disgusto que tuve cuando en Córdoba me dijiste con mucha

ingenuidad: «Señora, Inés y yo éramos novios.» Tal despropósito,

tratándose de mi prima, me indignó al principio; pero después me hizo

reír. ¡Ay! cuánto he reído con esto. Por supuesto, no creas que ella se

acuerda de ti. ¡Eres tan inferior a ella! Bien sabe Inés que si en otro

tiempo y lugar la aparente igualdad de vuestra condición permitía que

os estimarais, hoy el solo pensar en tal cosa es un crimen. ¡Pues si

vieras cómo se ríe de ti y cuenta tus simplezas!... Eso sí, dice que te

está agradecida porque dice que la salvaste de no sé qué peligro; pero

nada más. Mi primita ha sacado tal dignidad y estimación de su linaje,

que no digo yo con Condes, con Emperadores se casaría, y aún se juzgara

rebajada.

--¡Bendito sea Dios, y cómo se mudan las personas! --dije yo,

comprendiendo no ser cierto lo que oía.

--Pero si esto te digo --continuó Amaranta--, también añado que me

intereso por ti y quiero recompensar los servicios que prestaste a Inés

cuando estaba en la miseria: de modo que te daré lo necesario para

que hagas fortuna con tu trabajo; mas con la condición de que has de

marcharte de Madrid y de España mañana mismo, para no volver nunca.

Oí con mucha calma estas razones que la Condesa dijo, queriendo

aparentar una tranquilidad de espíritu que no tenía, y le contesté:

--¡Ay, señora, y qué mal me ha comprendido usía! Hábleme ahora

vuecencia sin ninguna clase de artificio, pues yo, con el corazón en

la mano, le digo que conozco muy bien quien soy y todo lo que puedo

esperar. En mi corta vida he aprendido a conocer un poco las cosas del

mundo, y sé que aspirar a lo que, por mi humildad, mi ignorancia y mi

pobreza, está tan lejos de mí como el cielo de la tierra, sería una

estupidez. No ocultaré a usía nada de lo que me ha pasado. Cuando Inés,

quiero decir, la señorita Inés, estaba en casa del cura de Aranjuez,

nosotros nos tuteábamos, hablando de nuestro porvenir, como si nunca

hubiéramos de separarnos. Después, en casa de Don Mauro Requejo,

parecía como que nuestras desgracias nos hacían querernos más. Teníamos

mil bromas y yo le decía: «Inesilla, cuando seas Condesa, ¿me querrás

como ahora?» Y ella me contestaba que sí, y yo me lo creía. Después,

todo ha cambiado. Cuando fui a la guerra, yo no pensaba sino en ser

un hombre de provecho para hacerla mi mujer; mas al mirar de cerca la

esfera a donde ella había subido; al verme a mí mismo sin poder avanzar

un solo peldaño en la escala de la sociedad, me entró una tristeza

tal, que pensé morirme. Pero al fin se ha ido abriendo paso mi razón

por entre este laberinto de atrevidas locuras, y he dicho para mí:

«Gabriel, eres un loco en pensar que el mundo se va a volver del revés

para darte gusto. Dios lo ha hecho así, y cuando su obra ha salido con

tantas desigualdades, Él se sabrá por qué. Renuncia a tus vanos sueños;

que esto y ser generalísimo de un tirón, como antes pensabas, es todo

uno.» Al fin, señora Condesa, he llegado, a costa de grandes tristezas,

a adquirir una resignación profunda, con cuyo auxilio ya estoy curado

de mis atrevimientos. He renunciado a lo imposible. Si así no lo

hubiera hecho, sería real y efectivo lo que cuentan las malas novelas

de que se reía hace poco el Padre Castillo, y en las cuales se ve a

una archiduquesa que se casa con un paje, y a un porquerizo enamorado

de una emperatriz No, señora: vengamos a la realidad triste; pero

que dicen es lo único que no engaña. Ya no tengo las aspiraciones que

usía me supone, y no es necesario que vuecencia compre con dinero mi

resignación ni mi alejamiento de esta casa, de Madrid y de España.

Amaranta mirábame de hito en hito durante aquel mi largo discurso, y

después habló así:

--Gabriel, o eres un hipócrita, o en verdad, en verdad, que me vas

pareciendo un joven no solo discreto, sino de honradas ideas. Ya veo

que comprendes el sentido natural y templado de las cosas, y que sabes

enfrenar la impetuosidad y petulancia propias de la juventud.

--Señora, lo que he dicho a usía es la pura verdad: así me conceda Dios

una buena muerte en mi última hora.

--Pues ya que me hablas con tanta franqueza, no quiero ser menos

contigo. ¿Serás tú hombre a quien se pueda confiar un pensamiento

delicado, un pensamiento de esos que la vulgaridad no comprende ni

estima en su justo valor?

--Creo que podrá vuecencia confiarme lo que quiera.

--¿Lo comprenderás tú? Vamos a ver. Dices que has renunciado a que te

ame mi prima, reconociendo la inmensa inferioridad de tu posición.

--Sí, señora: así es.

--Muy bien; pero es el caso... no sé cómo decírtelo. Al indicarte que

te daría riquezas, quise expresar que esperaba de ti un grande, un

extraordinario favor.

--Si está en mí el prestarlo, no necesito que se me dé nada. ¿Quiere

usía que me marche? Pediré mi licencia. Pues qué, ¿acaso la señorita

Inés se acuerda alguna vez de este miserable?

--Respóndeme lo que te inspire tu buena razón, Gabriel --me dijo la

Condesa con grave acento--. Figúrate tú que a la señorita Inés se le

pusiese en la cabeza el no querer a nadie más que a ti... no es así...

pero va como ejemplo: figúratelo.

--Ya está figurado.

--Pues bien: ¿no te parece natural que yo y mis tíos nos opongamos a

ello por todos los medios posibles?

--Sí, señora, me parece muy natural --repliqué con asombro--; pero si

ella se empeña...

--Ella no se empeña... no es eso... es que... vamos, te lo diré

francamente. Aunque no aseguro yo que Inés te ame, ni mucho menos,

porque esto sería un gran despropósito, ocurre que... es natural

que sienta algún afecto hacia los que fueron compañeros de sus

desgracias... Todo es un capricho, una obcecación pueril, que se le

pasará seguramente. ¿No crees que se le pasará?

--Sí, señora, pasará.

--Pero para que esto acabe de una vez, necesito tu ayuda. Puesto que te

veo tan razonable, puesto que reconoces que sería en ti una estupidez

aspirar a casarte con ella... ¡Casarte con ella! ¡qué risa! ¡un

pelagatos como tú...! Parece esto cosa de comedia; ¿pero no te ríes tú

también?

--Sí, señora, ya me estoy riendo --respondí haciéndolo de muy mala gana.

--Pues decía --continuó, cesando en su afectada hilaridad-- que, en

vista de tu buen sentido, espero de ti lo que vas a oír. Repito que te

daré lo necesario para que en otro país lejos de España puedas hacer

una fortuna; te daré la fortuna hecha si quieres...

--¿Y qué he de hacer para eso?

--Nada... vienes aquí estos días, so color de entrar a servirme;

tratas a Inés, y luego, durante algún tiempo, fingirás hacer las

cosas más feas, cometer las acciones más abominables y los delitos

que más rebajan al hombre, de modo que ella, con el espectáculo de tu

envilecimiento, vuelva en sí del trastorno que por ti tiene y todo

acabe. Es sumamente fácil para ti: entras aquí en mi servicio, y a

los pocos días me robas una sortija u otra prenda cualquiera; luego

fingimos nosotros haber descubierto tu crimen, y afeamos en público tu

conducta; luego, si hablas con ella, me calumniarás, diciendo de mí mil

herejías, y también hablarás mal de ella delante de alguna criada que

venga a contárnoslo... y por este estilo harás una serie de maldades de

esas que más envilecen a la criatura.

--¡Señora! --exclamé sin poder sofocar por más tiempo la ira--. Si

usía me da toda esta casa llena de dinero, no haré lo que me pide.

¡Cometer delante de ella una infame acción! Me dejaré matar mil veces

antes que tal haga. Cuando éramos amigos, más temía a sus censuras que

a mi conciencia; y si algo bueno hice, hícelo porque ella lo viera y

me aplaudiese, que más estimaba su aprobación que todos los bienes del

mundo. Huiré para ir a donde no me vuelva a ver; pero pensar que he de

envilecerme delante de ella, eso jamás. Adiós, señora, me voy de aquí

--añadí levantándome--. Por segunda vez me quiere usía envolver en

intrigas y fingimientos cortesanos en que es tan gran maestra.

--Aguarda --dijo deteniéndome.

--¿No está más en el orden natural lo que yo quiero hacer --añadí--,

que es marcharme y no parecer más por Madrid?

--Eres un majadero --afirmó con despecho--. ¿Qué te cuesta hacer lo que

te propongo? ¿Pierdes tú algo en ello? Ven acá, truhan de las calles:

¿acaso tienes algún nombre que deslustrar o alguna posición que perder?

¡Cuántos mejores que tú no se apresurarían a prestar este servicio por

el aliciente de la recompensa que yo te ofrezco! ¿Pues acaso podías tú

ni soñar con la fortunilla que te pienso ofrecer, farsantuelo? ¡Miren

el caballerón finchado, siempre a vueltas con su honor y su conciencia,

y su deber acá y su reputación allá!

--Si usía me da licencia, me retiraré --dije, resuelto a poner fin a la

conferencia.

--No, aquí has de estar todavía. Por lo que veo, crees que mi primita

se acuerda alguna vez de tus simplezas y majaderías --declaró con

enfado--. Anda noramala, chicuelo andrajoso. ¿Piensas que creo en tus

hipócritas declamaciones? ¿Piensas que tomo en serio los generosos

pensamientos que con tanto arte me has manifestado, echándotela de

caballero? ¡Oh! ¡Esto me pone fuera de mí! Yo le diré a esa antojadiza

quién eres tú y cuáles son tus mañas. O hará lo que yo le mando

--añadió con creciente enojo-- y pensará como yo quiero que piense, o

esa niña no es de mi sangre, no, no puede serlo. ¡Cuánta contrariedad,

Dios mío!... No quiero verte más, Gabriel; vete de aquí... pero no,

ven acá: tú no tienes la culpa de esto. Dime, ¿quién eres tú? ¿Dónde

has nacido? ¿Tienes alguna noticia de tus padres?... A veces suele

acontecer que el que se creía humilde...

--No espere usía --repuse sonriendo-- que de la noche a la mañana me

caiga en herencia un gran ducado. Eso pasa algunas veces, como ha

sucedido con Inés; pero de tales pasos de novela entran pocos en libra.

Humilde nací, y humildísimo seré toda mi vida.

--Lo digo porque si tú fueras una persona decente, te sentarían bien

esos aspavientos que has hecho --me contestó--. No lo decía por otra

cosa, desdichadote; no te vayas a envanecer sin motivo. Vete, estoy muy

disgustada.

Y luego, olvidándose de mí para no pensar más que en sus propias

contrariedades, exclamó así:

--¿Por qué, Dios mío, cuando trajiste a esa niña a nuestra casa, nos

trajiste también esta gran pesadumbre?

--¿Quiere usía mucho a su hija? --le pregunté.

--A mi prima, querrás decir.

--Eso es: me equivoqué.

--¡Que si la quiero! Desde que entró aquí no vivo más que para ella. Es

un santo delirio lo que siento, y si Inés me faltara, me moriría sin

remedio. Mi desesperación consiste en que al traerla aquí no podemos

o no sabemos darle la felicidad que ella merece. ¿Pero es acaso culpa

nuestra?

--¿Y persiste vuecencia en casarla con Don Diego?

--¡Oh, no! D. Diego es un libertino; ya no me queda duda. Yo me opondré

a que se case con él.

--Hace bien usía, y a la señorita Inés no le faltarán jóvenes de

familia distinguida entre quienes elegir esposo. Por de pronto, señora,

yo me atrevo a aconsejar a usía que rompa definitivamente con D. Diego.

Las malas compañías de este joven son un peligro para la tranquilidad

de esta casa.

--¿Qué quieres decir? Ahora me viene a la memoria ese hombre que hace

poco nombraste y que me causa miedo.

--¿Santorcaz? Sí, señora; y ya que le nombro, voy a tener el valor de

poner a vuecencia al corriente de ciertas asechanzas, para que esté

prevenida. Yo asistí a la batalla de Bailén, y allí, por casualidad

singular, vinieron a mis manos unas cartas...

Amaranta se inmutó.

--Señora, si he sabido casualmente alguna cosa que no debía saber,

yo juro a usía que el secreto no ha salido de mis labios ni saldrá

mientras viva.

La Condesa pareció poseída de nerviosa exaltación.

--¡Estás loco! --exclamó--. ¡Qué majaderías me cuentas! Ni qué tengo yo

que ver con esas cartas ni con ese hombre.

--En fin, señora, aunque dé a usía un mal rato, quiero entregarle las

dichas cartas.

--A ver, a ver --dijo pasando de la exaltación a una palidez intensa

que la puso como difunta.

--Vea usted esta primera --dije entregándole la que ella había dirigido

a Santorcaz.

--¡Esto parece un sueño! --exclamó reconociéndola--. Pero ¿cómo ha

llegado a tus manos este papel? ¡Miserable chiquillo de las calles!

¿Quién te mete a leer estas cosas?...

Entonces le conté el suceso que me puso en posesión de aquellas

esquelas, lo cual oyó muy atentamente, y después, oprimiéndose las

sienes con ambas manos, exhaló lamentos dolorosos.

--Pues ahora vea usía esta otra que parece contestación a la

precedente, y que no llegó a ponerse en el correo; pero que al fin

viene a su poder, aunque tarde, por mi conducto.

Leyó ávidamente la carta, y a cada rato la indignación se traslucía en

su hermoso semblante. Cuando la hubo leído, rompiola coléricamente en

menudos pedazos, y dijo así:

--¡Ese miserable me amenaza! ¡Dice que si su hija no está hoy en su

poder lo estará mañana!

--Vuecencia recordará lo que ocurrió cuando la familia toda vino de

Andalucía. Yo formaba en la escolta que acompañó a sus mercedes desde

Bailén hasta Santa Cruz de Mudela, y contribuí a poner en fuga a la

canalla que detuvo los coches.

--Eran ladrones.

--Sí; pero su intento no era despojar a los viajeros. Usía recordará

que nos fue muy fácil darles una severa lección; pero lo que sin duda

ignora es que allí estaba el Sr. de Santorcaz, escondido entre las

cercanas malezas, pues él y no otro mandaba aquella brillante tropa de

forajidos. Yo, que había leído la carta y además tenía sospechas por

ciertas palabras que en Bailén oí a ese D. Luis, solicité un puesto

en la escolta que al señor Marqués concedió el General, y en ella

formaron también algunos de mis buenos compañeros. Pero todavía falta

a vuecencia el leer la más curiosa de las tres cartas que en aquella

ocasión memorable vinieron a mis manos. Aquí está, y ella le hará ver

la infame deslealtad de un criado de su propia casa.

Tomó la Condesa la carta en que Román daba a Santorcaz noticia

circunstanciada de lo ocurrido con motivo de la legitimación de Inés;

y mientras la leía, tan pronto la rabia hacía brotar lágrimas de sus

ojos, como los inflamaba con vivo resplandor.

--Ya sospechaba yo la infidelidad de ese vil, que todo nos lo debe

--exclamó--; pero mi tía le tiene cariño y por eso sigue en la casa...

¡Qué infamia! Pero tú, necio mozalbete, ¿para qué has leído estas

cosas? Vete, quítate de mi presencia... no, no, ven acá: tú no eres

culpable.

--Señora --respondí--, ningún nacido sabrá de mí lo que usía no quiere

que se sepa. Yo esperaba una ocasión de entregar a vuecencia esas

cartas, y mientras han estado en mi poder, nadie, absolutamente nadie

más que yo las ha leído.

--¡Oh! ya sé lo que debo hacer para defenderme, y defender a mi hija de

tan miserables asechanzas.

--Santorcaz es íntimo amigo de D. Diego, le acompaña a todas partes,

le aconseja y le dirige. Yo he sorprendido sus conversaciones íntimas,

y por ellas veo que el pérfido amigo y consejero de Rumblar no ha

desistido de sus proyectos.

--Yo estoy trastornada, yo estoy confusa --dijo Amaranta levantándose

de su asiento--. No, no, Gabriel, no te vayas. Tú eres un buen

muchacho: yo quiero recompensarte de algún modo, dándote lo necesario

para que vivas con el decoro que mereces... Pero no pienses en Inés,

¿sabes? Es una demencia que pienses en ella. ¡Pobre hija mía! La hemos

sacado de la miseria; la hemos dado nombre, fortuna, posición, y no

podemos hacerla feliz. ¡Esto me vuelve loca! Cuando la veo indiferente

a todas las distracciones que le proporcionamos; cuando veo la

imposibilidad de hacerme amar por ella, como yo quiero que me ame;

cuando la observo pensativa y muda, y considero que echa de menos la

apacible estrechez y contento que disfrutaba viviendo con el cura de

Aranjuez, me siento morir de pena y paso llorando largas horas. ¡Pobre

hija mía! ¡Ni siquiera le puedo dar este nombre, pues hasta con los de

casa he de guardar secreto! ¡Ella y yo somos igualmente desgraciadas!

¿Por qué no haces lo que te propuse, Gabriel? ¿A qué vienes con humos

caballerescos? ¿Eres acaso más que un infeliz? Pero no: tienes razón;

no te degrades a sus ojos: tú tienes sentimientos nobles; tú eres un

caballero, aunque no lo parezcas. Tú mereces mejor suerte; Dios no es

justo contigo... ¡Ay! voy viendo que tú también eres muy desgraciado.

Esto decía la Condesa con muestras no solo de gran dolor, sino también

de cierta confusión mental, hija de las diversas sensaciones a que

se había visto sometida; y sentándose luego, permaneció en silencio

gran rato. Así estaba cuando creí sentir lejano ruido de voces en

lo interior de la casa; rumor que apenas se percibía, y que para mí

hubiera pasado inadvertido, a no haber corrido Amaranta súbitamente

hacia una de las puertas, prestando atención a lo que tan débilmente se

oía.

--Es mi tía --dijo después de una larga pausa--; es mi tía que no cesa

de reñirla. Porque no quiere someterse a las majaderías de un ridículo

maestro de baile, ni hacer dengues ante los petimetres que nos visitan,

la tratan de este modo. ¡Y yo no puedo impedirlo, Dios mío! --añadió

juntando las manos con mucha aflicción--. ¡Pero si no soy nada aquí,

ni tengo autoridad alguna sobre ella! He de presenciar sus martirios,

fingiendo aprobarlos, y estoy condenada a aplaudir las violencias, las

intolerancias, las imposiciones, el proceder suspicaz y mezquino, que

la hacen tan infeliz.

Amaranta hizo ademán de salir; contúvose junto a la puerta; retrocedió

luego, indicando en su marcha y ademanes una grandísima agitación.

Después me miró con asombro, como si se hubiese olvidado de mi

presencia y de improviso me viera.

--Gabriel --me dijo--. Vete, vete al punto de aquí, y no vuelvas más.

¡Ay! ¿Por qué no querrá Dios que, en vez de ser quien eres, seas otra

persona?

La conmoción me impedía hablar, y sin decir sino medias palabras,

despedime de ella, besándole respetuosamente las manos. Entonces

Amaranta me tomó una de las mías, y mirándome con calma, derramando

lágrimas de sus bellos ojos, me dijo esto, que no olvidaría aunque mil

años viviese:

--Gabriel, eres un caballero; pero Dios no ha dispuesto darte el nombre

y la condición que mereces. Si quieres darme una prueba de la nobleza

de tus sentimientos y de la rectitud de tu juicio, prométeme que has de

desaparecer para siempre de Madrid, y no presentarte jamás donde ella

te vea. Se le dirá que has muerto.

--Señora --respondí--, ignoro si me permitirán salir de Madrid; pero

si algo impide esta mi resolución, yo prometo a usía, por Dios que

nos oye, salir de Madrid; y entre tanto que aquí esté, juro que no me

presentaré a ella, ni haré por verla, ni consentiré en cosa alguna por

la cual venga a conocer que estoy en el mundo. Este es mi deber.

--Tendré presente lo que me has jurado --dijo ella--. No te

arrepentirás de tu conducta. Adiós.

Napoleón en Chamartín · 第 10 / 32 题