IX

Estrechome entre las suyas mis manos la Condesa, con muestras de vivo

agradecimiento, y salí de aquella estancia y del palacio con tan

profunda emoción, que no era dueño de mí mismo. Cuando llegué a mi

casa, después de vagar por Madrid toda la tarde, arrojeme sobre mi

lecho, donde en vela pasé la noche entera, revolviendo en mi mente

las palabras del diálogo con Amaranta: llorando a veces, a veces

profiriendo gritos de rabia, y tan excitado, que mis buenos patronos

creyéronme atacado de violenta fiebre.

A la mañana siguiente, después que rendido a la fatiga dormí con sueño

irregular y espantoso durante algunas horas, Doña Gregoria llegose a mí

y me despertó diciendo:

--¿Qué es esto? Durmiendo a las diez de la mañana. Arriba, arriba,

mocito. ¡Y se ha acostado vestido! Vamos, que son las diez... Pero,

chiquillo, ¿qué haces, en qué piensas? Por ahí ha pasado la quinta

compañía de voluntarios, tan majos y tan bien puestos con sus uniformes

nuevos, que darían envidia a un piquete de guardias walonas. ¡Ay, qué

monísimos iban! A los franceses les dará miedo solo de verlos. Nada

les falta, si no es fusiles, pues como en el Parque no los había, no

se los han podido dar; pero llevan todos unos palitroques grandes que

les caen a las mil maravillas, y de lejos parece que llevan escopetas.

Vamos, levántese el Sr. Gabrielito: ¿no eres tú de la quinta compañía?

Levántate, que ya dicen que está Napoleón Bonaparte a las puertas de

Madrid, montado en una mula castaña y con la lanza en el ristre para

venir a atacarnos.

--Mujer, ¿qué disparates estás diciendo? --observó el Gran Capitán--.

Napoleón no está en Madrid, sino que parece entró ya en España y anda

sobre Vitoria. Por cierto que dicen ha habido una batallita... Pero,

chico, ¿no vas a coger tu fusil?

--Hoy mismo me voy de Madrid, señor D. Santiago.

--¿Que te vas de Madrid, después de alistado? Pues me gusta el valor de

este mancebo.

--Es que voy a ver si me permiten pasar al ejército del Centro, que

está en Calahorra, y creo que me lo concederán.

--¡Oh! no lo esperes, porque aquí, según me dijeron en la oficina,

lo que quieren es gente y más gente, pues como algunos dan en decir

que hay malas noticias... Yo creo que todo es cosa de los papeles

públicos, y a mí no me digan: los papeles públicos están pagados por

los franceses.

--¿Conque malas noticias?

--Paparruchas... En primer lugar, ahora salen con que lo de Zornoza,

que creíamos fue una gran victoria, es una medianilla derrota, y que

el general Blake ha tenido que escapar, refugiándose en las montañas.

No se pueden oír estas cosas con calma, y yo mandaría que se le

arrancara la lengua al que las repite.

--¡Mentiras, todo mentiras! --exclamó Doña Gregoria--. Si no sé cómo la

Junta no manda ahorcar en la plazuela de la Cebada a todos los que se

divierten con tales disparates.

--Has hablado muy bien --dijo el Gran Capitán--. Ahora han dado en

decir que si en Espinosa de los Monteros ha habido o no ha habido una

batalla.

--¿En que también hemos perdido? --preguntó Doña Gregoria.

--¡Así lo dicen; pero quiá! Bonito soy yo para tragarme tales bolas.

Ahora encontré al volver de la esquina al Sr. de Santorcaz, el cual me

lo dijo, fingiéndose muy apesadumbrado... ¡Pícaro marrullero! Como si

no supiéramos que es espía de los franceses.

--¿Conque en Espinosa de los Monteros? ¿Y hemos tenido muchas pérdidas?

--pregunté yo.

--¿También tú? --dijo Fernández sin poder disimular el pésimo humor que

tenía--. Te voy descubriendo que tienes muy malas mañas, Gabriel.

--No hagas caso de este chiquillo mal criado --dijo Doña Gregoria.

--Es preciso que aprendas a tener respeto a las personas mayores

--afirmó el Gran Capitán, mirándome con centelleantes ojos--. ¿Qué es

eso de pérdidas? ¿He dicho acaso que nos han derrotado? No mil veces,

y juro que no hay tal derrota. ¿Hombres como yo pueden dar crédito a

las palabras de gente desconsiderada y vagabunda?

Calleme por no irritar más a mi ingenuo amigo, y mientras me daban de

almorzar, entró una visita que en mí produjo el mayor asombro. Vi que

avanzaba haciéndome pomposos saludos, y mostrándome en feroz sonrisa su

carnívora dentadura, un hombre de espejuelos verdes, en quien al punto

reconocí al licenciado Lobo. Lo que más llamaba mi atención eran los

extremos de cortesía y benevolencia que en él advertí, y el desusado

respeto hacia mi persona que en todos sus gestos y palabras mostrara

aquel implacable empapelador, y antes enemigo mío.

--¿Qué bueno por aquí, Sr. de Lobo? --díjele ofreciéndole junto a mí

una silla en que se repantigó.

--Quería tener el gusto de ver al señor D. Gabriel.

--¿_Señor Don_ tenemos? _Malum signum._

--Y de poner en su conocimiento algo que le importa mucho --añadió--.

¿Pero cómo no ha ido a verme el Sr. D. Gabriel?

--Ya le he encontrado a usted muchas veces en la calle, y como no ha

tenido a bien saludarme...

--Es que no habré visto a usted --me contestó melosamente--. Ya sabe el

Sr. D. Gabriel que soy más que medianamente ciego... Pues bien: como

decía... El Gobierno ha tenido a bien remunerar los buenos servicios de

usted.

--¡Mis buenos servicios! --exclamé asombrado--. ¿Y qué buenos ni malos

servicios he prestado yo al Gobierno?

El Gran Capitán y su esposa, con medio palmo de boca abierta, prestaban

gran atención.

--Modestito es el joven --prosiguió Lobo con aquel artificioso sonreír,

que le hacía más feo, si es que cabía aumento en las dimensiones

infinitas de su fealdad--. Yo he oído que usted se lució mucho en la

batalla de Bailén, y no sé si también en la de Trafalgar, donde parece

que mandó un par de fragatitas o no sé si un navío.

Prorrumpí en risas, y los dos ancianos, mis amigos, miráronse uno a

otro con espontánea admiración por mis inéditas hazañas.

--Sí... algo de esto ha llegado a oídos del justiciero Gobierno que nos

rige, y las Comisiones ejecutivas de la Junta se disputan cuál de ellas

echará el pie adelante en esto del recompensar a usía.

--Hola, hola, ¿también soy usía? Pues esto sí que me llena de asombro.

--Pero sea lo que quiera, amigo mío --continuó el leguleyo--, ello es

que se ha decidido darle a usía un empleo en América, al inmediato

servicio del señor virrey del Perú.

--¿Trae usted mi nombramiento? --dije comprendiendo al fin de dónde

venía todo aquello.

--No: hoy solo vengo a notificarle a usía este gran suceso, y a

advertirle que cualquier cantidad que necesite para preparar su viaje,

me la pida con franqueza, pues tengo orden de la... digo, del Gobierno,

para entregar a usted lo que tenga a bien pedirme, previo recibito que

me extenderá vuecencia.

--¿También soy vuecencia? --dije recreándome en la estupefacción de mis

dos amigos.

--El nombramiento --prosiguió-- lo tendrá usía dentro de dos o tres

días; pero le advierto que es voluntad de la Junta Suprema que el señor

D. Gabriel se haga a la vela al punto para las Américas, donde pienso

que es de gran necesidad su presencia.

--Bueno --repuse--; pero entre tanto, yo le ruego al Sr. de Lobo diga a

la Junta que no me hace falta dinero, y que muchas gracias.

--Eso no está bien --dijo Doña Gregoria muy incomodada--. Pero, tonto,

si te lo dan, recíbelo y guárdalo sin averiguar de dónde viene. Estas

cosas no pasan todos los días. Apuesto a que la Junta ha sabido lo de

tus latines y te manda allí para que enseñes esa lengua a los salvajes,

con lo cual se convertirán todos. ¿No es verdad, Sr. de Zorro, que así

ha de ser?

--No me llamo Zorro, sino Lobo --repuso este--, y hará muy bien el Sr.

D. Gabriel en tomar lo que le haga falta, pues a su disposición lo

tiene.

--Pues bien --dije yo--: vaya usted de mi parte a la señora Junta que

le dio tan buen recado para mí, y dígale que para servir a la patria y

al rey, yo no pensaba pasar a América, sino al ejército del Centro y de

Aragón, en cuyo reino pienso quedarme y no volver a Madrid mientras

viva. Para este viaje no se necesitan gastos.

--¿Y qué va a hacer el Sr. D. Gabriel en el ejército de Aragón? Aquello

está mal --dijo Lobo--. Por el de la izquierda no andan mejor las

cosas, y después de la batalla que hemos perdido en Espinosa de los

Monteros, nuestras tropas quedan reducidas a nada, y Napoleón vendrá a

Madrid.

--¡Eso será lo que tase un sastre! --exclamó el Gran Capitán echando

chispas--. ¿Quién hace caso de los papeles?

--Desgraciadamente --continuó Lobo--, esa sensible derrota no puede

ponerse en duda.

--Pues yo la pongo --afirmó Fernández rompiendo un plato que al alcance

de la mano tenía sobre la mesa--. Sí, señor: yo la pongo en duda; y es

más, yo la niego.

--El señor --dijo Doña Gregoria-- seguramente no sabe quién eres tú y

el cómo y cuándo de lo bien enterado que estás de todo.

--Yo sé la noticia por buen conducto y aseguro que es indudable

--indicó Lobo--. El Secretario del ramo de Guerra me lo ha dicho.

--Buen caso hago yo del Secretario del ramo de Guerra --dijo Fernández

amoscándose en grado supino.

--Vamos, no porfíes, Santiago... --añadió Doña Gregoria--. Estás más

encarnado que pimiento de Calahorra, y no está bien que te dé el reúma

en la cara por una batalla de más o de menos.

--Pues que no me falten al respeto. ¡Esto de que le insulten a uno en

su propia casa...! --dijo Fernández dando un puñetazo en la mesa--.

Porque digan lo que quieran, donde menos se piensa salta un espía de

los franceses, ¡y Madrid está lleno de traidores!

Asustado Lobo del enérgico ademán de Don Santiago, no quiso insistir

en lo de la derrota, y proclamó muy alto que la batalla de Espinosa

de los Monteros había sido ganada y reganada y vuelta a ganar por

los españoles, oyendo lo cual se apaciguó nuestro veterano de las

portuguesas campañas y habló así:

--Me parece que tiene uno autoridad para decir quién gana y quién

pierde en esto de las batallas... y todos no entienden de achaque de

guerra... y una acción parece derrota de diablos, hasta que viene una

persona inteligente y la explica, y resulta victoria de ángeles... y no

digo más, porque sé dónde me aprieta el zapato; y en Espinosa de los

Monteros lo que hubo fue que todos los franceses echaron a correr, y el

hi... de mala mujer que me desmienta, sabrá quién es Santiago Fernández.

Dijo y levantose, cantando entre dientes un toquecillo de corneta;

y dirigiéndose luego a donde desde lueñes edades tenía su lanza, la

cogió, y con un paño la empezó a limpiar del cuento a la punta, dándole

repetidas friegas, pases y frotaciones, sin atender a nosotros ni cesar

en su militar cantinela. En tanto Lobo, que en todo pensaba menos en

llevarle la contraria, continuó hablándome así:

--Ahora, Sr. D. Gabriel, me resta tocar otro punto, y es que me diga

usted algo de su parentela y abolengo, porque es preciso sacarle una

ejecutoria. Con diligencia, el Becerro en la mano, y un calígrafo que

se encargue del árbol, todo está concluido en un par de días.

--Mi madre entiendo que lavaba la ropa de los marineros de guerra

--le contesté--, y hágamela su merced Duquesa del Lavatorio, o para

que suene mejor de _Torre-Jabonosa_, o de _Val de Espuma_, que es un

lindísimo título.

--No es broma, señor mío. Al contrario, el destino que usted lleva al

Perú, no puede dársele sin una información de nobleza. Es cosa fácil. Y

de su papá de usted, ¿qué noticias se pueden encontrar en la tradición

o en la historia?

--¡Oh! Mi papá, Sr. de Lobo, si no mienten los pergaminos que se

guardan en el archivo de mi casa, y están todos roídos de ratones (lo

cual es muestra de su mucha ranciedad), fue cocinero a bordo de la

goleta _Diana_, por lo cual le cae bien un título que suene a cosa de

comida... pero ahora recuerdo que un mi abuelo sirvió de alquitranero

en la Carraca, y puede usted llamarle el Archiduque de las _Hirvientes

Breas_, o cosa así.

--Usted se chancea, y la cosa no es para burlas. ¿Su apellido...?

--Los tengo de todos colores. Mi madre era Sánchez.

--¡Oh! Los Sánchez vienen de Sancho Abarca.

--Y mi padre López.

--Pues ya tenemos cogidos por los cabellos a D. Diego López de Haro y a

D. Juan López de Palacio, ese famosísimo jurisconsulto del siglo XV,

autor de las obras _De donatione inter virum et uxorem, Allegatio in

materia hæresis, Tractatum de primogenitura..._

--Pues de ese caballero vengo yo como el higo de la higuera. También me

llamo Núñez.

--Por las alturas genealógicas de usted, debe de andar el juez de

Castilla Nuño Rasura. ¿Y no hubo algún Calvo en su familia?

--¿Pues no ha de haber? Mi tío Juan no tenía un pelo en la cabeza.

También me llamo _Corcho_, sí, señor: yo soy nada menos que un _Corcho_

por los cuatro costados.

--Feísimo nombre del cual no podemos sacar partido. Si al menos fuera

Corchado... pues hay en tierra de Soria un linaje de Corchados, que

viene de la familia romana de los _Quercullus_. En lugar del _Corcho_

le podemos poner al Sr. Gabrielillo un _Encina_ o _Del Encinar_, que le

vendrá al pelo.

--A mi madre la llamaban la señora María de Araceli.

--¡Oh, bonitísimo! Esto de Araceli es bocado de príncipes, y más

de cuatro se despepitarían por llevar este nombre. Suena así como

Medinaceli, _Cœlico Metinensis_, que dijo el latino. No necesito más.

A todas estas, Doña Gregoria no sabía lo que le pasaba oyendo el

diálogo de linajes; y absorta y suspensa aguardaba en silencio en qué

vendría a parar todo aquel belén de mis apellidos.

--Que es de buena sangre el niño, no lo puede negar --dijo al fin--,

porque bien se conoce en la nobleza de su condición; que hartos hoy

por ahí llenos de harapos, y a lo mejor salen con la novedad de que son

hijos de un Duque. Aquí estoy yo, que tampoco doy mi brazo a torcer,

pues los Conejos de Navalagamella no son ningún saco de paja.

--¿Qué Conejos son esos, señora mía?

--El mejor linaje de toda la tierra. Yo soy Coneja por los cuatro

costados. El señor licenciado sabrá de qué fuentes antiguas vendrá este

arroyo genealógico de la Conejería.

--Como estos gazapos --contestó el licenciado-- no vengan de aquellos

tiempos remotísimos en que a España la llaman _cunicullaria_, es decir,

_tierra de los conejos_, no sé de dónde pueden venir.

--Así debe de ser. ¿Y el Sr. D. Gabriel, de dónde viene?

--Eso lo dirá el Becerro. Ahora veo que este señor de Araceli no es

cualquier cosa, y aquí en dos palotadas hemos encontrado robustas

columnas donde apoyar la grandiosa fábrica de su alcurnia. Pero

hablando de otra cosa, Sr. de Araceli, ¿quién me abonará los gastos de

la saca de ejecutoria? ¿Usted o la persona que me ha dado el encargo de

hacer estas diligencias y de ofrecer el dinero?... Porque los gastos no

son una bicoca. Además, esta comisión tan bien desempeñada, ¿no merece

alguna recompensa? Yo creo que la dará la señora Con... quiero decir,

la Junta central, que es quien aquí me ha enviado.

--Más vale que el señor licenciado no se tome el trabajo de revolver

papeles ni pintar árboles; pues yo no se lo he de pagar, y ese dinero

que me ofrece tampoco lo he de tomar.

--Eso sí que no lo consiento --manifestó Doña Gregoria--. No ha de ser

así. Santiago, oye lo que dice este porro.

--Usted lo meditará mejor --dijo el leguleyo levantándose--. En cuanto

a mí, espero ganar algo en estos jaleos, porque, amigo mío, ¿cómo se da

de comer a diez hijos, mujer y dos suegras? Dentro de unos días volveré

a traer a usted el nombramiento, y un poco más tarde la ejecutoria. Y

en cuanto al dinero, con ponerme dos letritas...

--Bueno --respondí, considerando que me convenía disimular por de

pronto mis intenciones--. Yo haré lo que me parezca, y nos veremos, Sr.

D. Severo.

--Adiós, mi querido e inolvidable amigo --dijo deshaciéndose en

cumplidos--. Que esto sirva para estrechar más los lazos de la dulce

amistad que desde ha tiempo nos profesamos.

--Sí, desde el Escorial.

--Justamente. Desde entonces le eché el ojo al Sr. de Araceli, y

comprendiendo sus excelentes prendas, lo diputé por grande amigo mío.

Venga un abrazo.

Se lo di, y fuese tan satisfecho. Entre tanto, habían acudido a casa

del Gran Capitán los vecinos, traídos todos por el olor de mi estupendo

destino y del encumbramiento novelesco, que ninguno quiso creer si Doña

Gregoria no lo jurara en nombre de todos los Conejos de Navalagamella.

--¿Que no lo creen ustedes? --decía el Gran Capitán a las niñas de

Doña Melchora--. Como que me lo han hecho virrey del Perú.

--¡¡¡Virrey del Perú!!!

--Sí... y no quedó cosa que no sacó aquí ese señor de Lobo, Zorro o

Leopardo --añadió Doña Gregoria--. Y ahora parece que está tan clara

como la luz del sol la nobleza de este niño. ¡Si vieran ustedes la

sarta de duques, condes y marqueses que han aparecido entre sus

abuelos! ¡Jesús, y quién lo había de decir!... Y le dan todo el dinero

que quiera pedir por esa boca... Como que pretenden que se vaya

prontito para las Américas a arreglar a aquella gente, que anda toda

revuelta... ¿No te lo decía yo, picaronazo? Alguna cosa gorda te tenía

reservada el Señor por ese tu buen natural... ¡y que eres tú tonto en

gracia de Dios!... Nada, nada, toda esa parentela que te ha salido

hirviendo como garbanzos en puchero, te está muy bien merecida.

--Pues convídenos el señor perulero a piñones --dijo Doña Melchora.

--¿De modo que ya no coges el fusil? --me dijo D. Roque.

--Y ahora hace falta --añadió Cuervatón--. Pronto tendremos aquí a ese

infame _córcego_.

--Sí, porque lo de Espinosa de los Monteros ha sido un menudo

descalabro.

--¡Cómo descalabro! --exclamó furiosamente una voz, que no necesito

decir a quién pertenecía.

--Sí, señor, un descalabro. Ya lo sabe todo el mundo. La retirada fue

además desgraciadísima, y ha perecido mucha gente.

D. Santiago Fernández, que ya estaba de muy mal humor, se puso en punto

de caramelo, y después de dudar durante un rato si contestaría a tales

insolencias con un abrumador desprecio o con enérgicas negativas,

decidiose por lo último, diciendo:

--En esta casa no se consiente gente perdida, porque juro y rejuro

que los que hablan así de la batalla de Espinosa de los Monteros,

son espías de los franceses, y no digo más. Basta de disputas: cada

uno meta su alma en su almario... y silencio, que aquí mando yo, y

cuidadito con lo que se habla, que a mi no se me falta al respeto.

_Conticuere omnes._

X

Quiere el buen orden de esta narración, que ahora deje a un lado la

gran figura del Gran Capitán, con cuyas eminentes dimensiones se llena

toda la historia de aquellos tiempos; que también pase en silencio, por

ahora, no solo las hazañas que piensa realizar, sino sus admirables

sentencias y el dictamen profundo que sobre los asuntos de la guerra

daba; y que poniendo punto en todas estas cosas, pase a ocuparme de

D. Diego de Rumblar. Es el caso que una noche encontrele camino de

la calle de la Pasión, y al instante me cosí a su capa, resuelto a

seguirle hasta la mañana, si preciso era.

--¡Oh, Gabriel! ¡Qué caro te vendes! Chico, toma tus dos reales. No me

gustan deudas.

--¿Ya ha salido usted de apuros? No será por lo que le haya dado el Sr.

de Cuervatón.

--¡Miserable usurero! No pienso pedirle más, porque ahora tengo todo

lo que me hace falta. ¿A que no sabes quién me lo da? Pues me lo da

Santorcaz.

--Eso es raro, porque yo suponía al señor D. Luis más en el caso de

recibir que de dar.

--Pues ahí verás tú. Ahora tiene mucho dinero, sin que sepa yo de dónde

le viene. Parece un potentado el tal Santorcaz. ¡Cuánto me quiere y con

cuánto talento me indica todo lo que debo hacer! Habías de verle cómo

me ofrece dinero y más dinero, por supuesto, dándole un recibito en

toda regla. Ayer me prestó mil y quinientos reales que necesitaba para

comprarle un collar de corales a la Zaina.

--¿Y es posible que gaste usted su dinero en tales obsequios, cuando

tiene una tan linda novia con quien se ha de casar?...

--¡Qué quieres, chico! una cosa es el noviazgo, y otra es tener uno una

mujer... pues. La Zaina me vuelve loco.

--¿Pero no se casa usted?

--¿Pues no me he de casar? Por de contado. Me parece que alguien de

la familia se opone; pero no me apuro mientras tenga de mi parte

a la Marquesa. El casamiento es indispensable, porque es cosa de

conveniencia. Mi madre me dice en todas sus cartas que si no me caso

pronto, me abrirá en canal. La boda sobre todo; pero lo cortés no quita

a lo valiente... ¿Has conocido mujer más salada, más seductora que la

Zaina?

--Pues yo he oído, y esto lo digo para que usted se ande con tiento,

que el Sr. de Mañara es el cortejo de la Zaina.

--Así se dice... ¡pero a mí con esas!... Puede que en un tiempo mi

amigo D. Juan tuviera ese capricho; pero ya no hay tal cosa.

--Y que D. Juan salía al amanecer de casa de la Zaina, cierto es,

porque yo lo he visto.

--Nada de eso hace al caso --repuso Don Diego con petulancia--. Lo que

es hoy, Ignacia se está muriendo por el que está dentro de esta capa.

Ya verás esta noche cómo no me quita los ojos de encima. Además, yo sé

que Mañara bebe los vientos por otra mujer.

--¿Por otra?

--Mejor dicho, por dos. Mañara ha vuelto a enredarse con la señora

aquella que fue causa de un escándalo el año pasado, según oí contar,

y además anda en tratos con la María Sánchez, hermana de la Pelumbres.

Y que con la Zaina no tiene nada, lo prueba que anoche se pusieron de

vuelta y media en casa de esta. ¡Bonito pañuelo de encajes, y bonita

mantilla blanca lució en los novillos de anteayer la Pelumbres! Todo

es regalo de Mañara, y anoche estuvieron juntos en la cazuela del

Príncipe, y fueron después a cenar en casa de la González. De modo que

nadie me disputa hoy a mi Zainita de mi alma.

En esto llegamos a casa de la semidiosa de las coles, lechugas y

tomates, y vímosla trasegando, de un pequeño tonel a media docena de

botellas, una buena porción de aguardiente, al cual, como católica

cristiana, administraba el primer sacramento con el Jordán de un botijo

que allí cerca tenía. Lejos de ella, y a otro extremo de la salita,

se calentaban junto a un braserillo el tío Mano de Mortero (padre de

la Zaina), Pujitos y el simpático cortador de carne, a quien llamaban

Majoma, los tres muy enredados en una calurosa conversación sobre los

negocios públicos. Sin hacer caso de aquel grupo, que a su vez no lo

hacía de los visitantes, D. Diego y yo nos fuimos derechamente a la

Zaina, y aquí me corresponde hacer de ella la más exacta pintura que

esté a mis cortos alcances.

Era Ignacia Rejoncillos la más hermosa escultura de carne humana que

he visto; y digo esto, no porque yo la viese jamás en aquel traje que

suelen usar la Venus de Médicis, la de Milo ni otras marmóreas damas

por el mismo estilo, sino porque claramente se le traslucían, a favor

de los vestidos de entonces, la corrección, elegancia y proporcional

forma de las distintas partes de su cuerpo; que el traje, lejos de

afear estas femeninas esculturas, antes bien las hermosea, y más

admirables son supuestas que vistas.

Guapísima de rostro, tenía un blanco nacarado, sin que jamás se hubiese

puesto otro afeite que el del agua clara, y unos ojos chispos, pardos,

adormecidillos, tan pronto lánguidos como enardecidos, de esos medio

santurrones y medio borrachos, que suelen encontrarse viajando por

tierra de España, detrás del cajón de una plazuela, al través de

las rejas de un convento, y para decirlo todo de una vez, lo mismo

en cualquier paraje público que privado. Aunque algo chatilla, sus

dientes de marfil, su linda boca (que era puerta de las insolencias),

su garganta y cuello alabastrino, bastaban a oscurecer aquel defecto.

Las manos no eran finas, como es de suponer; pero sí los pies, dignos

de reales escarpines, y tenía además otro encanto particularísimo, cual

era el de una voz suave, pastosa y blanda, cuyo son no es definible,

y a quien daba mayor gracia lo incorrecto de la pronunciación y los

solecismos que embutía en el discurso.

--Querida Zaina --le dijo amorosamente D. Diego--, anoche soñé contigo.

--Y yo con las monas del Retiro --contestó ella.

--Soñé que me querías mucho, y cuando desperté estuve llorando media

hora al ver que todo era sueño.

--¿Y cuánto me quiere su merced? Lo que es yo, estoy toda muerta, y

tengo el corazón hecho un ginovesado de tanto quererle.

--¡Si dijeras verdad, ingrata Proserpina, orgullosa Juno, artificiosa

Circe! Tu corazón es de duro diamante o risco, y en vano mi amor quiere

traspasarle con los acerados dardos de su carcaj.

--¿Qué motes son esos que me ha puesto, señor Conde? --exclamó la Zaina

riendo a carcajada tendida--. ¡Puerco-espina yo! ¿Y qué es eso de los

carcajales y de los diamantes duros?

--Esto lo he oído en una poesía que leyeron esta noche en la Rosa

Cruz, y a ti te viene de molde. Dime: ¿por qué no me contestaste a la

tiernísima carta que te escribí el otro día?

--¿Yo contestar, hombre de Dios? Así cuervos se lo coman. ¿Cómo he

de contestar si no sé escribir? Allí leyeron el papel los amigos, y

tuvieron dos horas de fiesta y risa con aquello del llagado corazón de

su merced, y que yo era una paloma torcaz y una ruiseñora, y que me

tiene un amor edial y pantásmico.

--¡Ideal y fantástico! decía la carta, lo cual significa que te quiero

con amor puro y platónico, sin mezcla de ningún liviano apetito.

--¡Ande y que le den garrote! No me hable usía en lengua gringa que no

entiendo.

--¿Y qué te han parecido los corales?

--¿Los colares? Mazníficos, como ahora se dice. Solo que ya podía usía

haberlos acompañado de la friolera de un par de zarcillos y de una

peineta de carey de las que hoy se usan. Y no se olvide mi Condito del

alma que me ha prometido un coche pa dir el lunes a los novillos, ni

de aquellas doce varas de cotonía para hacerme lo que llaman ahora un

_savillé_. Si no, manque se güelva irmitaño y alacoreta, como dice en

su cartapacio, no le he de querer.

--Todo eso tendrás, y aun mucho más --dijo D. Diego tomándole un brazo.

--En el ínterin, manos quietas, Sr. D. Diego, que quien es platono y

pantásmico, como usía dice, no ha de gustar de pelliscar carne fofa

como la mía. Pero venga acá y contésteme. ¿Se afirma en lo que anoche

me contó del Sr. de Mañara?

--Punto por punto, Zainilla de mis entrañas.

--No es que me importe nada de lo que hace ese calaverilla --añadió la

verdulera--, sino que una amiga mía quiere saberlo.

--Pues dile a tu amiga que el Sr. de Mañara no la quiere ya, porque

está enamorado de una cierta Duquesa y de la Pelumbres, entrambas a dos.

--¡Duquesitas a mi! --exclamó Ignacia, haciendo un gesto aterrador con

su derecha mano--. Si es la señora que usía nombró anoche... ya, ya

la conozco bien. Hace dos años solía ir en ca la Primorosa con otra

amiguita suya, Condesa o no sé qué, alta y morena, y con la Pepilla

González, comicastra del teatro del Príncipe. ¡Pues no armaban mal

jaleo entre las tres!... ¿Y también está con la Pelumbres?

--No: con su hermana Mariquilla: me equivoqué. Eso todo el barrio lo

sabe. ¡Pues no está poco satisfecha Mariquilla! Pero deja eso que nada

te importa, Zaina. ¿Me quieres mucho?

--¡Pues no le he de querer, niño --respondió la Zaina sin mirar a D.

Diego--, si tengo el corazón que no parece sino que en él me enclavan

alfineres!... ¿Vendrá D. Juan esta noche?

--¿A ti qué te va ni te viene, capullito de rosa?

Diciendo esto, D. Diego volvió a extender los alevosos dedos para

pellizcarla el brazo; pero en esto alzó la voz el tío Mano de Mortero,

diciendo:

--¿Ya estamos de secreticos? A bien que el Sr. D. Diego es un caballero

muy apersonado y principal, y viene acá con buenos fines. Nacia, no

seas ortiguilla ni te pongas tan picona con mi señor Conde; que si su

grandeza te quiere dar un pellizco es por ver lo que vas engordando, y

no con intención de ser pesado. Sí, que yo iba a consentir otra cosa

en esta casa de la mesma honradez. Pero ¿dónde están, señor Conde, las

espuelas de plata que me prometió?

--Mañana, si Dios quiere, las acabará el platero --dijo D. Diego

acercándose al grupo.

--¿No sabe usía las noticias que corren?

--Que se ha perdido una batalla en Espinosa de los Monteros.

--Y parece que también anda mal el ejército de Castaños, y que ya

Napoleón va sobre Burgos.

--Todo eso es misa rezada --dijo Pujitos-- porque ya tenemos en

Portugal obra de veinte mil inglesones, que manda uno a quien llaman el

tío _Mor_.

--Buen tiempo viene ahora para el comercio, tío Mano --dijo Majoma--.

Con esto de la guerra, los franceses por el lado de acá y los ingleses

por el lado de allá, la fardería corre que es un primor.

--Dices bien, niñito. La raya de Portugal está hoy que es un bocado

de ángeles, y los comerciantes de Madrid me traen ahora en palmitas.

Además de que no falta género inglés muy barato puesto en Portugal, por

la frontera y por las sierras de Gata y Peña de Francia no se ve un

pícaro guarda, porque todos se han juntado a los ejércitos, de modo que

viva mi señora la guerra mil años, y abajo Napoleón.

--Como venga a Madrid el infame _córcego_ --dijo Pujitos-- se va a

quedar asombrado al ver los batallones que hemos formado acá en un

ráscate ahí. ¿Han dido ustedes al enjercicio de hoy? ¡Válgame mi Dios y

qué tropa! Aquello metía miedo, y si en vez de palos llegamos a tener

fusiles, nosotros mesmos nos hubiéramos asustado de nosotros mesmos,

echando a correr por todo el campo de Guardias palante.

--Pues yo no me he querido enganchar --dijo Majoma-- porque una peseta

es poco, y si el tío Mano de Mortero me lleva a la raya, mejor estoy

allí que en Flandes; y dejémonos de coger las armas, que por haberlas

tomado una vez contra un alguacil, me han tenido diez años mirando a

la Puntilla[1] y a los Farallones[2] con una cuenta de rosario en los

pies, que si no es por la jura de mi D. Fernando VII, allá me comen los

cínifes otros diez.

[1] Cabo en la entrada de Melilla.

[2] Peñasco en la entrada de Melilla.

--Eso no debe apesadumbrarte, Majomilla --dijo Mano de Mortero--, que

es de personas cabales el pasear la vista por los Farallones, y testigo

soy yo, que aunque no fui allá por el aquel de ninguna sangría mal

dada, como tú, echáronme dos años por mor de un paseo a caballo en

compañía de cuarenta quintales de hilo de patente, con su _Londón_ y

todo, que metí allá por Alcañices. Pero, hijo, acá estamos todos, y

Dios y la Virgen nos acompañen para no tener que llevar en los tobillos

aquellas telarañas de a dos arrobas, que es el peor corte de polainas

que he calzado en mi vida.

Llamaron en esto a la puerta, y vimos entrar al Sr. de Mañara y a

Santorcaz, el primero vestido elegantísimamente de majo, con capa de

grana y sombrero apuntado.

--¡Gracias a Dios que parece su eminencia por acá! --dijo el padre de

la Zaina acercándole una silla a Mañara.

--Ya sabrán ustedes que le tenemos de Regidor de Madrid --gritó

Santorcaz.

--¡Regidor el Sr. de Mañara!

--¡Que viva mil años! --exclamaron todos.

--Así es. La sala de alcaldes me ha nombrado --respondió D. Juan--, y

es probable que acepte.

--¿Y no se suspenderán los novillos del lunes? --preguntó con mucho

interés Majoma.

--Como yo mande, habrá novillos, aunque tengamos a las puertas de la

plaza a todos los emperadores del mundo.

--¡Viva el Regidor!

--Y dígame usía, angelito de mi alma --preguntó el tío Mano de Mortero

con visible enternecimiento--, esos probecitos que hace dos meses están

en la cárcel de Villa porque jugaron a la pelota con seis pellejos

de vino por sobre las tapias de Gilimón; esos probecitos corderos,

que son más buenos que el buen pan y más caballeros que el Cid, ¿no

merecerán de su generosidad que les quite del mal recaudo en que se

hallan? ¡Ay, mis queridos niños! ¡Y cómo se me aguan los ojos y se me

arruga el corazón al verlos entre rejas! ¿Cómo no, excelentísimo señor,

si les he criado a mis pechos y enstruido con mis liciones y enderezado

con mis palos? No parece sino que su carne es mi carne, y mal haya el

que los vio tan listos de piernas como de ojos por Peña de Francia, y

ahora los ve con los brazos cruzados, entre alguaciles, carceleros y

toda esa canalla que debería estar frita en aceite para que todo el

mundo anduviera en regla.

--Sosiéguese el buen Mortero --dijo Mañara--, que si de algo vale mi

influjo, abrazará pronto a sus amigos.

--¡Que suba al quinto cielo el Sr. D. Juan, y juro que le he de traer

la mejor muda de camisas en pieza que ha tapado carne de Corregidor

desde que el mundo es mundo! Ea, a bailar, a cantar. Nacia, trae

aquello blanco del barrilito que apandamos en este viaje.

--¿No han venido Menegilda, ni Alifonsa, ni Narcisa? --preguntó

Mañara--. Esto está más triste que un entierro. Tú, Zainilla, echa unas

boleras para hacer boca.

--¡Yo, yo boleras! --repuso la Zaina con tono desapacible y mal

humorado--. No me pide el cuerpo boleras.

--Échalas por amor de Dios.

--Digo que no me da la gana. ¿Soy figurilla de tutili-mundi?

--Nacia --dijo gravemente el padre de la consabida--, no se contesta

de esa manera, y pues el señor Regidor de mi alma lo manda, cantarás,

aunque te pudras.

--Un par de seguidillas al menos.

La Zaina cambió de parecer, y rasgueando una guitarra, cantó:

Todas las duquesitas

De los madriles,

No sirven pa calzarme

Los escarpines.

Dale que dale

Y póngame esa liga

Que se me cae.

--¡Otra, otra! Tiene en el cuerpo esta maldita Zaina toda la gracia del

mundo.

La Zaina continuó:

Señora principesa

De panza en trote,

Las sobras que yo dejo

Usted las coge.

Viva quien vive.

Le regalo ese peine

Que no me sirve.

Aquí fue el batir palmas y el patear suelos y el romper sillas, con

tanto estruendo y algazara que no parecía sino que la casa se venía al

suelo. La Zaina arrojó después lejos de sí la guitarra con tal fuerza,

que aquel sensible instrumento, al dar violentamente contra una silla,

lanzó un quejido lastimero y se le saltaron dos cuerdas. Acto continuo

sentose junto a D. Diego. Pero la exactitud de esta narración exige que

ahora los deje en su amoroso coloquio, ella hecha toda lenguas y él

embobado y suspenso, para que pase a decir cómo entraron metiendo mucho

ruido la Menegilda, la Alifonsa y la Narcisa, que con ser solo tres,

no parecía sino que entraban por las puertas todos los demonios del

infierno.

--Tarde venís, ninflas --dijo Mano.

--Sí, hemos estado picando lomo para las salchichas. Como esta tarde no

lo pudimos hacer por ir al rosario... --contestó una de ellas.

--Pos yo, por no perder el rosario, cerré mi almacén de hierro --dijo

otra--, y desde prima noche he tenido que andar desapartando los clavos

de herradura de los clavos de puerta.

--¡Ay, qué bueno ha estado el rosario! ¿Lo has visto, Majomilla?

--¡Qué había de ver, si me entretuve en el Puente de Toledo, esperando

un cinco de copas que no quería salir, y gancheando a dos payos de

Valmojado que malditos de ellos si sudaban dos cuartos! Pero lo rezaré

mañana, que para el bien nunca es tarde.

--Ende que lo supimos --dijo la Narcisa-- nos plantamos allá. Yo le

mandé al pariente que pusiera el puchero y cuidara de los chicos, y

pies para qué vos quiero. Este rosario lo ha sacado la Congregación de

María Santísima del Carmen de la pirroquia de San Ginés, en rogativa

de las presentes calamidades. Salió a las dos. ¡Qué lucimiento, qué

devoción! Allí iban todos, desde el señor más estirado hasta el último

comiquín, y todos con su vela. ¿No ha estado usted, Mano de Mortero?

--¿Qué había de ir, mujer --respondió--, si estoy aquí con el corazón

traspasado por la pena de no haber metido mi cucharada en ese rosario?

Pero pues mi alma lo necesita, mañana tengo de asistir a la función que

da la Cofradía de María Santísima de los Dolores, a quien tengo ley

por los malos pasos de que me ha sacado en bien, intercediendo con su

divino Hijo. Creo que predica mi grande amigote el Padre Salmón.

--Esa función --añadió Pujitos-- es en el convento de Padres dominicos,

y se celebra para implorar el divino auxilio por la felicidad de las

armas de esta monarquía, salud de nuestro S. P. Pío VII y libertad de

nuestro amado Monarca.

--Justo y cabal --prosiguió Mano de Mortero--; y pues hay procesión,

pienso asistir con vela, que todos, el que más y el que menos, estamos

llenos de pecados, y aun yo, que no hago mal a nadie, allá me voy con

los demás; porque el justo peca tres veces, cuanti más los que no

lo son. Por lo que a mí hace, no tengo comeniente en que Su Divina

Majestad saque en bien los ejércitos, que españoles somos y lo debemos

desear, ni tampoco en que le dé mucha salud y años mil a ese Sr. D.

Pío VII; pero en lo de poner en libertad a Fernando, que es como si

dijéramos, acabarse la guerra, por allá me lo tenga un par de añitos

más, pues esto de la guerra, y los franceses por acá y los ingleses

por allá, es una bendición de Dios, y un rocío celestial que el Señor

manda a los probecitos que no tienen dónde ganarlo, si no es poniendo

la vida en un tris y escondiendo las piezas de hilo dentro de las sacas

de carbón, para ver de engañar al fisco, que es el demonio enemigo de

nuestras almas.

--Mal patriota es el Sr. Mano --dijo enfáticamente Pujitos--, pues ni

coge el fusil ni ruega por la libertad de nuestro amado Monarca.

--Diez fusiles, que no uno cogeré si es preciso, pues hartos agujeros,

raspones y abolladuras hay en los cuerpos de los guardas, que podrán

dar fe de cómo manejo el gatillo. También quiero y reverencio a mi

querido Rey, pues no puedo olvidar que me apretó la mano el día que

entró viniendo de Aranjuez, ni que le alabó a mi Zainilla el garbo

para tocar el pandero; pero los probes somos probes, y yo pondría a mi

Fernando en siete tronos... Hijo, dame pan y llámame tonto, y como dijo

el otro, el abad de lo que canta yanta.

--Hoy no vi al Sr. de Pujitos en la formación --dijo Santorcaz

acercándose al grupo.

--¿Cómo había de ir, compañero --respondió el maestro de obra prima,

que al oírse interpelado sobre aquel asunto recibió más gusto que si

le regalaran tres tronos europeos--; cómo había de ir si todo el día

he estado en el Parque apartando fusiles, contando piedras de chispa y

repasando cartuchos, tan atareado, jeñores, que tengo en los lomos una

puntada que no me deja respirar?

--¿Y se defenderá Madrid?

--¡Pues ya! No hay muchos fusiles que digamos; pero se han reunido un

sin fin de sables viejos, muchas lanzas, cascos antiguos del tiempo

del rey que rabió por gachas, cacerolas que pueden servir de escudos,

mazas que para partir cabezas de franceses serán una bendición de

Dios, guanteletes, pinchos, asadores, llaves viejas y otras mil armas

mortíficas.

--De nada servirá nuestro valor --dijo Santorcaz--, si antes no

acabamos con todos los traidores que hay en Madrid.

--Lo mismo digo --afirmó Mortero.

--Por todas partes no se ven sino espías de los franceses, y ahora es

ocasión de que este señor Regidor que aquí tenemos se luzca.

--Así es la verdad --dije yo--. Sé de muchos que se fingen muy

patriotas, y están vendidos a los franceses. Los que hacen más

aspavientos y dan más gritos, y más gallardean de patriotas, son los

peores. ¿No es verdad, Santorcaz?

--Pues acabar con ellos.

--Para eso nos bastamos y nos sobramos --añadió Majoma--. Y vengan

malos patriotas y gabachones, para dar cuenta de ellos.

--Personajes conozco yo --dijo Mañara-- que han de morir arrastrados,

si Dios no lo remedia; y si llego a ser Regidor, ya nos veremos las

caras, señores afrancesados.

--Esa es la gente más mala --afirmó Santorcaz con mucho desparpajo--,

más desvergonzada y más traidora que hay; y si no ponemos mano en

ellos, no saldremos bien de esta guerra. Porque yo sé que hay quien

está tramando abrir las puertas de Madrid si nos ponen asedio.

--Pues despacharlos, y se acabó la junción --dijo Pujitos--. En mi

compañía están tan rabiosos, que solo con decir «ese es gabacho», se le

van encima y le quieren despedazar.

--Los peores --repetí yo, teniendo el gusto de que el tío Mano apoyara

enérgicamente mi opinión-- son los que chillan y enredan, y están a

todas horas hablando de traidores; y si no, aquí está Santorcaz, que

conoce a la gente y lo puede decir.

--Así es, en efecto --repuso el francmasón algo contrariado--; pero que

hay traidores, no tiene duda.

Napoleón en Chamartín · 第 11 / 32 题