--Gracias a Dios --dijo entonces Amaranta-- que encuentro entre esta
garrulería una obra de reconocida utilidad durante los tiempos de
guerra. Vea Su Reverencia: _Arte universal de la guerra del Príncipe
Raimundo de Montecuculi_.
--En efecto, señora: yo daría un par de abrazos y otros tantos
apretones de manos a Quiroga y Burguillos, que son impresores y
editores de esta gran obra. Y aquí veo otra, a cuyo autor le pondría
yo en los cuernos de la luna, pues no conozco hoy por hoy tarea más
meritoria que escribir un _Prontuario en que se hallan reunidas las
obligaciones del soldado, cabo y sargento para la pronta metódica
instrucción de las compañías_. Vea mi señora Condesa cómo también
sacamos pepitas de oro puro del escorial de este montón que tenemos
delante. Aquí veo la _Higiene militar o arte de conservar la salud del
soldado en guarniciones, marchas, campamentos, hospitales, etc._ Queden
a un lado, para que no se confundan con lo demás, y en su compañía vaya
_El buen soldado de Dios y del Rey, libro donde se asocian las máximas
militares con las cristianas_. Esto me parece muy del caso, pues será
mejor soldado aquel que lleve en su corazón la fe, única fuente de
toda heroica acción, y de la humildad y obediencia, que mantienen
la disciplina, remedo mundano del divino orden puesto por Dios a la
autoridad religiosa.
--Pues hagamos aquí un apartado de los buenos libros --dijo la Condesa
graciosamente, reuniendo los que el fraile le indicaba.
--Pero tate, señora mía --dijo este--, que me parece que en ese
departamento de las cosas buenas se ha colado _El laurel de Andalucía
y sepulcro de Dupont_, que, aunque muy patriótica, es de las más
necias y enfadosas comedias que se han impreso en estos tiempos. Vaya
fuera, y lléveselo Salmón si quiere leerlo, y en su lugar póngase
esta _Colección de proclamas, bandos, diversos estados del ejército
y relaciones de batallas_, que por ser un conjunto de documentos
fehacientes, será en día no lejano de grande interés para la historia,
que en tales tesoros se alimenta y bebe la verdad, sin la cual no
puede vivir. ¿Pero qué libro es ese que con tanta atención vuecencia
lee?
--Leo --repuso la Condesa-- las _Poesías patrióticas de D. Manuel Josef
Quintana_, que ahora salen por segunda vez a luz. Este tomo contiene la
_Expedición de la Vacuna, las odas a Juan de Padilla, a España libre,
al panteón del Escorial y a la Invención de la imprenta_.
--¡Oh! --exclamó el Padre Castillo--. Bien lo decía yo: no pepitas de
oro, sino perlas orientales habían de aparecer entre esta balumba.
Póngame vuecencia a ese poeta sobre las niñas de mis ojos, pues
no me canso nunca de leerlo, y es tan grande el encanto que en mí
producen su fogosa entonación, su grave estilo, su arrebatado estro,
su numerosa cadencia, la gallardía de las imágenes, la verdad de los
pensamientos, la elegancia de los símiles, la escogida casta de todas
las voces y frases, que me olvido del apasionamiento y saña con que
ataca institutos y personas que yo a causa de mi estado no puedo menos
de reverenciar. Pero tal es el privilegio del arte cuando da en buenas
manos; y es que enamora con la forma aun a los mismos a quienes no
puede conquistar con las ideas.
--Quítenmelo de delante --dijo Salmón--, y no pongan a ese autor ni a
cien leguas del de esta composición que ahora tengo en la mano: _Godoy,
sátira por D. José Mor de Fuentes_.
--Pues si Su Paternidad es tan entusiasta de Mor de Fuentes, nosotros
se lo regalamos, para que lo disfrute por los siglos de los siglos.
¿No es verdad, señora Condesa? ¿A ver qué otro volumen es este,
que parece recién publicado? _Poesías líricas o rimas juveniles
por D. Juan Bautista Arriaza._ Este no debe ser despreciado, pero
tampoco agasajado. El aprecio que conquista con su gracia y primorosa
frivolidad, lo pierde por maldiciente, sin que tenga, como Juvenal,
el mérito de reprender los vicios y malas costumbres. Sus mejores
obras son las que podríamos llamar _Vejámenes_, dirigidas contra
cómicos y poetas; y estas _Rimas juveniles_ son finas, pulcras,
bonitas, pasajeras; pero carecen de aquella sal de la inspiración,
sin cuyo ingrediente no hay manjar poético que se pueda traspalear.
¿Qué hacemos, señora Condesa? ¿Se lo damos a Salmón, o se queda en el
departamento escogido?
--Quédese aquí --dijo Amaranta--, aunque no sea sino porque me ha
dedicado casi todos sus versos llamándome Clori, Belisa, Dorila, Mirta,
Dafne, Febea y Floridiana. Y para que el reverendo Salmón no se enfade,
le daremos el _Napoleón rabiando, casi-comedia_; el _Bonaparte sin
máscara_, y la _Descomunal batalla de los invencibles gabachos contra
los ratones del Retiro_, que aquí están pidiendo que Vuestra Reverencia
les dé su dictamen.
--Pues vengan --dijo Salmón--, y no creo que vuestra grandeza me niegue
este saladísimo papel, cuyo solo título hace desternillar de risa, y es
_El juego de Fernando VII con Napoleón y Murat al tresillo, libro en el
que baxo las voces propias del tresillo se da una idea de lo acaecido
con nuestro augusto soberano, del orgullo de Napoleón, y concluye con
las exclamaciones más tiernas de nuestro oprimido monarca_.
--Esto de decir en términos de tresillo lo que se puede expresar en
castellano seco, me enamora --indicó Castillo.
--Precisamente en lo intrincado está el mérito de la invención
--observó el otro fraile--. La prosa llana se cae de las manos, y así
no comprendo cómo Vuestra Paternidad está ahora tan embebecido en la
lectura de ese folleto, _Gobierno pronto y reformas necesarias_.
--Más que por lo que dice, me interesa por lo que todos los papeles de
esta clase indican de alteraciones y disputas para lo porvenir.
--Los españoles --dijo la Condesa-- no se cuidan ahora de lo porvenir.
--Permítame usía que le diga que está muy equivocada --repuso
Castillo--. Observando atentamente todos los impresos que salen a luz
(y los papeles impresos son quien más que otra cosa alguna da a conocer
lo que piensa y anhela un pueblo cualquiera); observando, digo, esto
que aquí tenemos, se ve que los españoles, bajo la aparente conformidad
que nos da la guerra, estamos muy divididos, y eso se conocerá cuando
con las paces venga el deseo de establecer las nuevas leyes que nos
han de regir. Aquí tengo unas _Reflexiones de un español, y modo de
organizar un Gobierno que concluya la grande obra de la eterna libertad
y prosperidad de la nación_. No parece mal escrito, y apunta con
timidez la idea que creo desarrolla atrevidamente este cuaderno que
se intitula _Política popular acomodada a las circunstancias del día:
propone la Constitución que la España necesita para cortar de raíz el
despotismo_. Por el mismo estilo y con igual tendencia está hecho este
otro que dice _Reflexiones de un viejo activo a un amigo suyo sobre el
modo de establecer una Constitución_.
--Y por lo que veo --dijo Amaranta leyendo la portada de otro libro--,
este trata del mismo asunto: _Manifiesto del español, ciudadano y
soldado, donde se da conocimiento de nuestros anteriores padeceres y
esperanzas en nosotros mismos, respecto al mundo individual_.
--Por San Buenaventura y los cuatro doctores, que no sé lo que ha
querido decir ese buen hombre con lo del _mundo individual_; pero lo
apartaremos para leerlo después.
--¿Y cree Vuestra Paternidad que hay divergencia de pareceres entre los
diversos autores que tratan de política y de Constitución? --preguntó
Amaranta.
--¡Oh! --exclamó Castillo--, por aquí aparece la punta de un
impreso, en quien desde luego conozco la opinión contraria. Sí,
señora Condesa: no hay más que leer este título, _Higiene del cuerpo
político de España, o medicina preservativa de los males con que
la quiere contagiar la Francia_, para comprender que este es amigo
del despotismo. Pues ¿y dónde me deja usía estas _Conclusiones
político-morales que ofrece a público certamen contra los herejes de
estos tiempos un fraile gilito_? No me gusta que los regulares se
ocupen de estos asuntos, y desearía que, concretándose a su ministerio
de paz, aguardaran tranquilos lo que los tiempos futuros traigan de
calamitoso para nuestro instituto. Pero no es posible contener esta
gritería que por todos lados sale en defensa de opuestos intereses, y
venga lo que viniere, que si Dios no lo remedia, será gordo y sonado.
Entre tanto, póngame usía a un ladito estos libros que tratan de la
Constitución y el despotismo, pues pienso examinarlos espaciosamente.
¿Pero qué veo? ¿Ha puesto vuecencia en el montón escogido esos cuatro
librillos de novelas simples? Parece mentira que en esta época empleen
nuestros libreros su tiempo y dinero en traducir del francés tales
majaderías... ¿A ver? _La marquesa de Brainville_, la _Etelvina_, los
_Sibaritas_, el _Hipólito_. Vaya toda esta romancil caterva a deleitar
al Padre Salmón, y si tarda en devolverla, mejor, que así podrá vuestra
grandeza entretenerse en mejores lecturas.
--En esto de novelas andamos tan descaminados --dijo Amaranta--, que
después de haber producido España la matriz de todas las novelas del
mundo y el más entretenido libro que ha escrito humana pluma, ahora
no acierta a componer una que sea mayor del tamaño de un cañamón, y
traduce esas lloronas historias francesas, donde todo se vuelve amores
entre dos que se quieren mucho durante todo el libro, para luego salir
con la patochada de que son hermanos.
--Pues para mí --dijo Salmón--, no hay más regocijada lectura que esa;
y vengan todos para acá.
--Abulta bastante, señora Condesa --indicó Castillo--, el apartado de
los que defienden la Constitución. Hágame vuestra merced otro con los
apóstoles del despotismo, que hasta ahora parecen los menos. Pero no:
por aquí sale un libelo titulado _Gritos de español en su rincón_, que
al instante puedo colocar entre los del despotismo.
--Y aquí hay otro --dijo Amaranta-- que, si no me equivoco, también es
del mismo estambre. Titúlase _Carta de un filósofo lugareño que sabe en
qué vendrán a parar estas misas_.
--¡Magnífico! Desde que oí eso del _filósofo lugareño_, lo diputé por
enemigo de los constitucionales. Vaya al segundo montón; y los leeremos
a unos y a otros para saber, como dice el encabezamiento, en qué
_vendrán a parar estas misas_. Esta lucha, señora mía, o yo me engaño
mucho, o ahora es un juego de chicos comparada con lo que ha de venir.
Cuando se acabe la guerra, aparecerá tan formidable y espantosa, que
no me parece podrá apaciguarla ni aun el suave transcurso de todos los
años de este siglo en cuyo principio vivimos. Yo que observo lo que
pasa, veo que esa controversia está en las entrañas de la sociedad
española, y que no se aplacará fácilmente, porque los males hondos
quieren hondísimos remedios, y no sé yo si tendremos quien sepa aplicar
estos con aquel tacto y prudencia que exige un enfermo por diferentes
partes atacado de complicadas dolencias. Los españoles son hasta ahora
valientes y honrados; pero muy fogosos en sus pasiones, y si se desatan
en rencorosos sentimientos unos contra otros, no sé cómo se van a
entender. Mas quédese esto al cuidado de otra generación, que la mía
se va por la posta al otro mundo, con más prisa de lo que yo deseo.
Y entre tanto, guárdeme usía esos dos montones de libros, que todos
quiero leerlos. Aquí el departamento de la Constitución, a este otro
lado el del despotismo... pero ¡pecador de mí! A vuecencia se le ha ido
la mano, dejando que se colara en estas regiones un papelejo que desde
su principio fue destinado al paladar de mi reverendo amigo. Afuera ese
desvergonzado intruso.
--¡Ah! --exclamó Amaranta riendo--. Es un _Retrato poético del que
vende santi barati y el sartenero victoreando al primer pepino que
plantó un corso en tierra de España, y no ha prendido_.
--¡Venga acá! --dijo con gran alegría Salmón--. ¡Y cómo se escapaba esa
joya! Al convento me lo llevo junto con este otro, que aunque no trata
de la guerra ni de política, parece libro de recreación científica y
de honestísimo divertimiento. Es la _Pirotécnica entretenida, curiosa
y agradable, que contiene el método para que cada uno pueda formarse
en su casa los cohetes, carretillas y bombas, etc., con tres láminas
demostrativas de todas las operaciones del sublime arte de polvorista_.
--Y ahora, señora Condesa de mi alma --dijo el Padre Castillo
levantándose--, ya que he molestado bastante a usía, y hecho el
escrutinio que vuestra grandeza deseaba, me retiro, pues esta tarde
celebra solemne rosario la Hermandad del Socorro de Nuestra Señora del
Traspaso, y me toca predicar.
--Yo pertenezco a la del Rescate --indicó Amaranta--, y creo que es
la semana que entra cuando hacemos nuestra función de desagravios. Y
Vuestra Paternidad, Padre Salmón, ¿no predica en estas fiestas?
--¿Cómo no? La Real Congregación y Esclavitud de Nuestra Señora de la
Soledad, me ha encargado dos pláticas para la semana que entra. Veremos
qué tal salgo de ellas.
El Padre Castillo, que sin duda tenía prisa, se fue, y allí quedamos
Salmón y yo. Desde que hubo salido su compañero, tomó aquel la palabra
y dijo:
--Pues como tuve el honor de indicar a usía, este muchacho sabe todo lo
concerniente a D. Diego, a sus artimañas, trapicheos y correrías, y él
satisfará a vuecencia mejor que cuanto yo, _relata referendo_, pudiera
decirle. Pero ¿será cierto, señora mía, lo que al entrar me ha dicho el
señor Marqués D. Felipe?
--¿Qué?
--Que usía ha tenido anoche la felicísima suerte de hacer confesar a
esa linda niña todo lo que de ella queríamos saber.
--Así es --dijo Amaranta--. Todo me lo ha confesado.
--La paz de Dios sea en esta ilustre casa. ¿Dónde está ese blanco
lirio, que la quiero felicitar por el buen acuerdo que ha tenido?
--Esta tarde no se la puede ver, Padre. Ya que su merced ha tenido la
buena ocurrencia de traerme este joven, a quien supone al tanto de
lo que quiero saber, tenga la bondad de dejarme a solas con él, para
que la presencia de una persona grave y respetabilísima como Vuestra
Reverencia no le impida decirme todo lo que sabe, aunque sea lo más
secreto.
--Con mil amores obedeceré a usía --dijo el Padre Salmón; y con esto
se retiró, dejándome solo con aquella estrella de la hermosura, con
aquella deslumbradora cortesana, a quien nunca me había acercado sin
sacar de su trato el fruto de una gran pesadumbre.