VII

--Gracias a Dios --dijo entonces Amaranta-- que encuentro entre esta

garrulería una obra de reconocida utilidad durante los tiempos de

guerra. Vea Su Reverencia: _Arte universal de la guerra del Príncipe

Raimundo de Montecuculi_.

--En efecto, señora: yo daría un par de abrazos y otros tantos

apretones de manos a Quiroga y Burguillos, que son impresores y

editores de esta gran obra. Y aquí veo otra, a cuyo autor le pondría

yo en los cuernos de la luna, pues no conozco hoy por hoy tarea más

meritoria que escribir un _Prontuario en que se hallan reunidas las

obligaciones del soldado, cabo y sargento para la pronta metódica

instrucción de las compañías_. Vea mi señora Condesa cómo también

sacamos pepitas de oro puro del escorial de este montón que tenemos

delante. Aquí veo la _Higiene militar o arte de conservar la salud del

soldado en guarniciones, marchas, campamentos, hospitales, etc._ Queden

a un lado, para que no se confundan con lo demás, y en su compañía vaya

_El buen soldado de Dios y del Rey, libro donde se asocian las máximas

militares con las cristianas_. Esto me parece muy del caso, pues será

mejor soldado aquel que lleve en su corazón la fe, única fuente de

toda heroica acción, y de la humildad y obediencia, que mantienen

la disciplina, remedo mundano del divino orden puesto por Dios a la

autoridad religiosa.

--Pues hagamos aquí un apartado de los buenos libros --dijo la Condesa

graciosamente, reuniendo los que el fraile le indicaba.

--Pero tate, señora mía --dijo este--, que me parece que en ese

departamento de las cosas buenas se ha colado _El laurel de Andalucía

y sepulcro de Dupont_, que, aunque muy patriótica, es de las más

necias y enfadosas comedias que se han impreso en estos tiempos. Vaya

fuera, y lléveselo Salmón si quiere leerlo, y en su lugar póngase

esta _Colección de proclamas, bandos, diversos estados del ejército

y relaciones de batallas_, que por ser un conjunto de documentos

fehacientes, será en día no lejano de grande interés para la historia,

que en tales tesoros se alimenta y bebe la verdad, sin la cual no

puede vivir. ¿Pero qué libro es ese que con tanta atención vuecencia

lee?

--Leo --repuso la Condesa-- las _Poesías patrióticas de D. Manuel Josef

Quintana_, que ahora salen por segunda vez a luz. Este tomo contiene la

_Expedición de la Vacuna, las odas a Juan de Padilla, a España libre,

al panteón del Escorial y a la Invención de la imprenta_.

--¡Oh! --exclamó el Padre Castillo--. Bien lo decía yo: no pepitas de

oro, sino perlas orientales habían de aparecer entre esta balumba.

Póngame vuecencia a ese poeta sobre las niñas de mis ojos, pues

no me canso nunca de leerlo, y es tan grande el encanto que en mí

producen su fogosa entonación, su grave estilo, su arrebatado estro,

su numerosa cadencia, la gallardía de las imágenes, la verdad de los

pensamientos, la elegancia de los símiles, la escogida casta de todas

las voces y frases, que me olvido del apasionamiento y saña con que

ataca institutos y personas que yo a causa de mi estado no puedo menos

de reverenciar. Pero tal es el privilegio del arte cuando da en buenas

manos; y es que enamora con la forma aun a los mismos a quienes no

puede conquistar con las ideas.

--Quítenmelo de delante --dijo Salmón--, y no pongan a ese autor ni a

cien leguas del de esta composición que ahora tengo en la mano: _Godoy,

sátira por D. José Mor de Fuentes_.

--Pues si Su Paternidad es tan entusiasta de Mor de Fuentes, nosotros

se lo regalamos, para que lo disfrute por los siglos de los siglos.

¿No es verdad, señora Condesa? ¿A ver qué otro volumen es este,

que parece recién publicado? _Poesías líricas o rimas juveniles

por D. Juan Bautista Arriaza._ Este no debe ser despreciado, pero

tampoco agasajado. El aprecio que conquista con su gracia y primorosa

frivolidad, lo pierde por maldiciente, sin que tenga, como Juvenal,

el mérito de reprender los vicios y malas costumbres. Sus mejores

obras son las que podríamos llamar _Vejámenes_, dirigidas contra

cómicos y poetas; y estas _Rimas juveniles_ son finas, pulcras,

bonitas, pasajeras; pero carecen de aquella sal de la inspiración,

sin cuyo ingrediente no hay manjar poético que se pueda traspalear.

¿Qué hacemos, señora Condesa? ¿Se lo damos a Salmón, o se queda en el

departamento escogido?

--Quédese aquí --dijo Amaranta--, aunque no sea sino porque me ha

dedicado casi todos sus versos llamándome Clori, Belisa, Dorila, Mirta,

Dafne, Febea y Floridiana. Y para que el reverendo Salmón no se enfade,

le daremos el _Napoleón rabiando, casi-comedia_; el _Bonaparte sin

máscara_, y la _Descomunal batalla de los invencibles gabachos contra

los ratones del Retiro_, que aquí están pidiendo que Vuestra Reverencia

les dé su dictamen.

--Pues vengan --dijo Salmón--, y no creo que vuestra grandeza me niegue

este saladísimo papel, cuyo solo título hace desternillar de risa, y es

_El juego de Fernando VII con Napoleón y Murat al tresillo, libro en el

que baxo las voces propias del tresillo se da una idea de lo acaecido

con nuestro augusto soberano, del orgullo de Napoleón, y concluye con

las exclamaciones más tiernas de nuestro oprimido monarca_.

--Esto de decir en términos de tresillo lo que se puede expresar en

castellano seco, me enamora --indicó Castillo.

--Precisamente en lo intrincado está el mérito de la invención

--observó el otro fraile--. La prosa llana se cae de las manos, y así

no comprendo cómo Vuestra Paternidad está ahora tan embebecido en la

lectura de ese folleto, _Gobierno pronto y reformas necesarias_.

--Más que por lo que dice, me interesa por lo que todos los papeles de

esta clase indican de alteraciones y disputas para lo porvenir.

--Los españoles --dijo la Condesa-- no se cuidan ahora de lo porvenir.

--Permítame usía que le diga que está muy equivocada --repuso

Castillo--. Observando atentamente todos los impresos que salen a luz

(y los papeles impresos son quien más que otra cosa alguna da a conocer

lo que piensa y anhela un pueblo cualquiera); observando, digo, esto

que aquí tenemos, se ve que los españoles, bajo la aparente conformidad

que nos da la guerra, estamos muy divididos, y eso se conocerá cuando

con las paces venga el deseo de establecer las nuevas leyes que nos

han de regir. Aquí tengo unas _Reflexiones de un español, y modo de

organizar un Gobierno que concluya la grande obra de la eterna libertad

y prosperidad de la nación_. No parece mal escrito, y apunta con

timidez la idea que creo desarrolla atrevidamente este cuaderno que

se intitula _Política popular acomodada a las circunstancias del día:

propone la Constitución que la España necesita para cortar de raíz el

despotismo_. Por el mismo estilo y con igual tendencia está hecho este

otro que dice _Reflexiones de un viejo activo a un amigo suyo sobre el

modo de establecer una Constitución_.

--Y por lo que veo --dijo Amaranta leyendo la portada de otro libro--,

este trata del mismo asunto: _Manifiesto del español, ciudadano y

soldado, donde se da conocimiento de nuestros anteriores padeceres y

esperanzas en nosotros mismos, respecto al mundo individual_.

--Por San Buenaventura y los cuatro doctores, que no sé lo que ha

querido decir ese buen hombre con lo del _mundo individual_; pero lo

apartaremos para leerlo después.

--¿Y cree Vuestra Paternidad que hay divergencia de pareceres entre los

diversos autores que tratan de política y de Constitución? --preguntó

Amaranta.

--¡Oh! --exclamó Castillo--, por aquí aparece la punta de un

impreso, en quien desde luego conozco la opinión contraria. Sí,

señora Condesa: no hay más que leer este título, _Higiene del cuerpo

político de España, o medicina preservativa de los males con que

la quiere contagiar la Francia_, para comprender que este es amigo

del despotismo. Pues ¿y dónde me deja usía estas _Conclusiones

político-morales que ofrece a público certamen contra los herejes de

estos tiempos un fraile gilito_? No me gusta que los regulares se

ocupen de estos asuntos, y desearía que, concretándose a su ministerio

de paz, aguardaran tranquilos lo que los tiempos futuros traigan de

calamitoso para nuestro instituto. Pero no es posible contener esta

gritería que por todos lados sale en defensa de opuestos intereses, y

venga lo que viniere, que si Dios no lo remedia, será gordo y sonado.

Entre tanto, póngame usía a un ladito estos libros que tratan de la

Constitución y el despotismo, pues pienso examinarlos espaciosamente.

¿Pero qué veo? ¿Ha puesto vuecencia en el montón escogido esos cuatro

librillos de novelas simples? Parece mentira que en esta época empleen

nuestros libreros su tiempo y dinero en traducir del francés tales

majaderías... ¿A ver? _La marquesa de Brainville_, la _Etelvina_, los

_Sibaritas_, el _Hipólito_. Vaya toda esta romancil caterva a deleitar

al Padre Salmón, y si tarda en devolverla, mejor, que así podrá vuestra

grandeza entretenerse en mejores lecturas.

--En esto de novelas andamos tan descaminados --dijo Amaranta--, que

después de haber producido España la matriz de todas las novelas del

mundo y el más entretenido libro que ha escrito humana pluma, ahora

no acierta a componer una que sea mayor del tamaño de un cañamón, y

traduce esas lloronas historias francesas, donde todo se vuelve amores

entre dos que se quieren mucho durante todo el libro, para luego salir

con la patochada de que son hermanos.

--Pues para mí --dijo Salmón--, no hay más regocijada lectura que esa;

y vengan todos para acá.

--Abulta bastante, señora Condesa --indicó Castillo--, el apartado de

los que defienden la Constitución. Hágame vuestra merced otro con los

apóstoles del despotismo, que hasta ahora parecen los menos. Pero no:

por aquí sale un libelo titulado _Gritos de español en su rincón_, que

al instante puedo colocar entre los del despotismo.

--Y aquí hay otro --dijo Amaranta-- que, si no me equivoco, también es

del mismo estambre. Titúlase _Carta de un filósofo lugareño que sabe en

qué vendrán a parar estas misas_.

--¡Magnífico! Desde que oí eso del _filósofo lugareño_, lo diputé por

enemigo de los constitucionales. Vaya al segundo montón; y los leeremos

a unos y a otros para saber, como dice el encabezamiento, en qué

_vendrán a parar estas misas_. Esta lucha, señora mía, o yo me engaño

mucho, o ahora es un juego de chicos comparada con lo que ha de venir.

Cuando se acabe la guerra, aparecerá tan formidable y espantosa, que

no me parece podrá apaciguarla ni aun el suave transcurso de todos los

años de este siglo en cuyo principio vivimos. Yo que observo lo que

pasa, veo que esa controversia está en las entrañas de la sociedad

española, y que no se aplacará fácilmente, porque los males hondos

quieren hondísimos remedios, y no sé yo si tendremos quien sepa aplicar

estos con aquel tacto y prudencia que exige un enfermo por diferentes

partes atacado de complicadas dolencias. Los españoles son hasta ahora

valientes y honrados; pero muy fogosos en sus pasiones, y si se desatan

en rencorosos sentimientos unos contra otros, no sé cómo se van a

entender. Mas quédese esto al cuidado de otra generación, que la mía

se va por la posta al otro mundo, con más prisa de lo que yo deseo.

Y entre tanto, guárdeme usía esos dos montones de libros, que todos

quiero leerlos. Aquí el departamento de la Constitución, a este otro

lado el del despotismo... pero ¡pecador de mí! A vuecencia se le ha ido

la mano, dejando que se colara en estas regiones un papelejo que desde

su principio fue destinado al paladar de mi reverendo amigo. Afuera ese

desvergonzado intruso.

--¡Ah! --exclamó Amaranta riendo--. Es un _Retrato poético del que

vende santi barati y el sartenero victoreando al primer pepino que

plantó un corso en tierra de España, y no ha prendido_.

--¡Venga acá! --dijo con gran alegría Salmón--. ¡Y cómo se escapaba esa

joya! Al convento me lo llevo junto con este otro, que aunque no trata

de la guerra ni de política, parece libro de recreación científica y

de honestísimo divertimiento. Es la _Pirotécnica entretenida, curiosa

y agradable, que contiene el método para que cada uno pueda formarse

en su casa los cohetes, carretillas y bombas, etc., con tres láminas

demostrativas de todas las operaciones del sublime arte de polvorista_.

--Y ahora, señora Condesa de mi alma --dijo el Padre Castillo

levantándose--, ya que he molestado bastante a usía, y hecho el

escrutinio que vuestra grandeza deseaba, me retiro, pues esta tarde

celebra solemne rosario la Hermandad del Socorro de Nuestra Señora del

Traspaso, y me toca predicar.

--Yo pertenezco a la del Rescate --indicó Amaranta--, y creo que es

la semana que entra cuando hacemos nuestra función de desagravios. Y

Vuestra Paternidad, Padre Salmón, ¿no predica en estas fiestas?

--¿Cómo no? La Real Congregación y Esclavitud de Nuestra Señora de la

Soledad, me ha encargado dos pláticas para la semana que entra. Veremos

qué tal salgo de ellas.

El Padre Castillo, que sin duda tenía prisa, se fue, y allí quedamos

Salmón y yo. Desde que hubo salido su compañero, tomó aquel la palabra

y dijo:

--Pues como tuve el honor de indicar a usía, este muchacho sabe todo lo

concerniente a D. Diego, a sus artimañas, trapicheos y correrías, y él

satisfará a vuecencia mejor que cuanto yo, _relata referendo_, pudiera

decirle. Pero ¿será cierto, señora mía, lo que al entrar me ha dicho el

señor Marqués D. Felipe?

--¿Qué?

--Que usía ha tenido anoche la felicísima suerte de hacer confesar a

esa linda niña todo lo que de ella queríamos saber.

--Así es --dijo Amaranta--. Todo me lo ha confesado.

--La paz de Dios sea en esta ilustre casa. ¿Dónde está ese blanco

lirio, que la quiero felicitar por el buen acuerdo que ha tenido?

--Esta tarde no se la puede ver, Padre. Ya que su merced ha tenido la

buena ocurrencia de traerme este joven, a quien supone al tanto de

lo que quiero saber, tenga la bondad de dejarme a solas con él, para

que la presencia de una persona grave y respetabilísima como Vuestra

Reverencia no le impida decirme todo lo que sabe, aunque sea lo más

secreto.

--Con mil amores obedeceré a usía --dijo el Padre Salmón; y con esto

se retiró, dejándome solo con aquella estrella de la hermosura, con

aquella deslumbradora cortesana, a quien nunca me había acercado sin

sacar de su trato el fruto de una gran pesadumbre.

Napoleón en Chamartín · 第 9 / 32 题