A las cuatro hubo otro violento remezón. En el intervalo entre éste y

el anterior había temblado sin interrupción, á veces con movimíentos

contrarios, en direcciones por lo común Norte y Sur. A la seis y cuarto

otro que á otra hora habría sido sentido con mayor violencia. Desde esa

hora, aunque la agitación de la tierra ha continuado con suficiente

fuerza para mover y aun derramar parcialmente un vaso de agua, y aunque

el suelo tiembla todavía bajo mis pies, no hemos tenido ningún motivo

especial de alarma. Escribo á las cuatro P. M.

Al rayar el día salí de la tienda á inspeccionar la tierra. La hierba

estaba cubierta de rocío y todo tan bello como si nada hubiera sucedido

durante la noche. Sólo en el cerro se veian aquí y allá grietas de

varios tamaños, y en las raíces de los árboles y en las bases de los

pilares del corredor removida la tierra, como por el almocafre del

hortelano.

A las siete llegaron personas de diversos puntos á informarse de

nuestra situación ó á darnos noticias de otras partes. Supimos que de

las casas de Valle Alegre, aldea situada dentro de los términos de la

hacienda, hay muchas deterioradas y algunas totalmente destruidas. En

varios huertos de los alrededores la fuerza de los sacudimientos abrió

la tierra é hizo subir por las grietas agua y arena. En varias partes

se han producido grandes derrumbes de tierra, y los canales de regadío

han sufrido mucho.

Mr. Cruikshank ha venido á caballo de Quintero viejo. Nos dice que hay

grandes hendiduras en las orillas del lago; la casa quedó inhabitable;

algunas de las personas que en ella vivían fueron derribadas por el

terremoto, otras por muebles que cayeron sobre ellas. En Concon la casa

quedó destechada, los muros abiertos, los pilares de hierro tronchados,

el molino en ruinas, y destruído su canal.

El terreno de aluvión á ambos lados del río está en tal grado agrietado

y removido que parece una esponja. A lo largo de la playa hay

grandes hendiduras, y parece que durante la noche el mar se retiró á

considerable distancia, especialmente en la bahía de Quintero. Desde

el cerro alcanzo á divisar rocas que antes cubría enteramente el mar,

y los restos del _Aguila_ parecen desde aquí accesibles á pie enjuto,

cosa que hasta ahora jamás había sucedido ni aun en las más bajas

mareas.

_Ocho y media P. M._--Nos llegan noticias de que la grande y poblada

ciudad de Quillota es un montón de ruinas, y Valparaíso poco menos. En

tal caso la catástrofe debe haber comprendido á los habitantes junto

con las casas. ¡Dios quiera que no sea así!

A las seis menos un cuarto otro fuerte remezón, y otro en el momento

en que escribo. Tiembla ligeramente cada quince ó veinte minutos. La

noche está bellísima; la luna se refleja en el lago y el mar; brillan

las estrellas y la aurora austral; una suave brisa del Sur ha soplado

desde el amanecer. Hemos construído un espacioso rancho con cañas de

Guayaquil y del lago, de modo que podemos comer y dormir bajo techo.

Glennie y yo dormimos en la tienda; los demás en el rancho.

_Jueves 21 de Noviembre._--A las dos y media A. M. me despertó un

recio temblor. Diez minutos antes de las tres hubo otro muy recio que

nos hizo sentir de nuevo esa absoluta impotencia del hombre que tanto

consterna y aterroriza.

Un cuarto antes de las ocho, otro menos fuerte; á las nueve y cuarto,

diez y media y una y cuarto, otros sacudimientos; veinte minutos antes

de las dos hubo uno acompañado de un fuerte ruido, que duró minuto y

medio, y á las diez y cuarto otro más, el último algo considerable de

hoy. Fuera de estos temblores más ó menos alarmantes, hubo ligeros

movimientos cada veinte ó treinta minutos.

Mr. M. ha vuelto del puerto. Lord Cochrane se encontraba á bordo

de la _O’Higgins_ cuando sobrevino el primer terrible temblor, é

inmediatamente bajó á tierra y se dirigió á casa del Director, para

quien hizo armar una tienda en el cerro, detrás de la ciudad[125]. El

almirante me escribe que mi casita de campo subsiste en pie, en medio

de ruinas. Dice Mr. M. que en el Almendral no ha quedado servible

ninguna casa. La iglesia de la Merced está enteramente destruída. En el

puerto no hay ninguna casa habitable, aunque muchas conservan aún sus

formas.

No se ve á nadie en las calles. Los cerros están cubiertos de

infelices sin hogar, presas del terror que mutuamente se transmiten

y acrecientan. Los buques atestados de gente; faltan provisiones;

los hornos de pan destruídos, y los panaderos sin poder trabajar. Han

muerto cinco ingleses. Están saccando cadáveres de los escombros; pero

las pérdidas de vidas no han sido tantas como pudo temerse. Si la

catástrofe hubiera sobrevenido más tarde, cuando la gente se hubiera

retirado á dormir, el número de víctimas habría sido espantoso.

Casablanca, según dicen, está totalmente arruinada.

_Viernes 22 de Noviembre._--Tres recios temblores á las cuatro

y cuarto, siete y media y nueve. Después de esto, tres fuertes

explosiones, alternando con ligeras trepidaciones de la tierra; á

las once, violento remezón; dos ó tres suaves antes de la una y

tranquilidad hasta las siete P. M., hora en que tembló ligeramente.

Como estamos á treinta millas del puerto y á noventa de la capital, las

noticias se demoran en llegarnos. Hoy hemos sabido que Santiago sufrió

menos de lo que temíamos. La casa de moneda, seriamente deteriorada;

una parte del palacio directorial derrumbada; algunas casas é iglesias

con las murallas abiertas; pero fuera de la destrucción, en varios

puntos de los canales de regadío, no hay que lamentar daños muy graves.

Un caballero de Valparaíso dice que la sensación que se experimentó á

bordo de los buques fué como si hubieran levado anclas y partido con

súbita velocidad, chocando con rocas á medida que avanzaban. Anoche

predijeron los sacerdotes un temblor más violento que el primero. Nadie

se acostó; la gente se agolpó en los buques; los cerros se cubrieron

de infelices que alrededor de fuegos pasaron la noche esperando un

horrendo cataclismo.

En la noche del 19, en los momentos del terremoto, el mar subió

repentinamente en la bahía de Valparaíso, y luego se retiró á gran

distancia. Al cabo de un cuarto de hora pareció recobrar su equilibrio;

pero la playa ha quedado más descubierta en toda su extensión y las

rocas sobresalen del agua cuatro pies más que antes.

Tales son las noticias que nos llegan de lejos. También tuvimos aquí

una profecía de un gran cataclismo y salida del mar, y los crédulos

campesinos abandonaron sus chozas y huyeron á los cerros. La catástrofe

no se realizó y lo atribuyen á la intercesión de Nuestra Señora de

Quintero, que tiene una capilla en las antiguas casas, donde su imagen

ha sido objeto de largo tiempo atrás de una especial veneración.

Allí acudieron, en aquella espantosa noche, todas las mujeres de la

vecindad, y con clamores y sollozos imploraron su protección, mesándose

los cabellos y prodigándole los más tiernos nombres.

No acudió á socorrerles, sin embargo, y á la mañana siguiente, cuando

los sacerdotes consiguieron abrir las puertas obstruídas por los

escombros, encontraron la imagen en tierra, con algunos dedos quebrados

y sin cabeza. No tardaron, empero, en restituirla á su anterior estado,

y vistiéndola con ropas nuevas, la colocaron en actitud de bendecir

delante de su destruído santuario.

Hoy tuvimos una densa niebla y fría llovizna toda la mañana. Desde

medio día se despejó el cielo é hizo calor. En varios de los temblores

observé que en la mesa el vino ó el agua no se agitaban con un

movimiento vibratorio regular, sino que parecían como proyectados hacia

arriba por porciones.

En una botella de agua vi formarse en la superficie tres de estos

agregados ó porciones, que luego parecieron lanzarse contra las paredes

de la botella y se deshicieron. Lo mismo noté en un vaso de mercurio.

No tenemos barómetros, y no sé si se han hecho observaciones sobre este

fenómeno.

_Sábado 23._--Los temblores disminuyeron en fuerza y frecuencia durante

la noche y las primeras horas del día. Sólo se sintió uno antes de las

cuatro P. M.; entre esta hora y las diez hubo cuatro. Tiempo nublado,

pero agradable.

Más noticias de los lugares vecinos. Los pescadores de ésta y las

playas inmediatas afirman que en la noche del 19 vieron una luz á gran

distancia en el mar. Permaneció un rato inmóvil; avanzó en seguida

hacia la costa y dividiéndose en dos desapareció. La credulidad de la

gente la ha convertido en la Virgen, que vino á salvar al país.

Una beata reputada por santa predijo en Santiago la catástrofe el día

anterior. La gente oró, y la ciudad escapó casi ilesa. Despacharon

un propio á Valparaíso á dar al pueblo la voz de alarma; pero llegó

demasiado tarde, á pesar de haber muerto dos caballos en el viaje.

Desde el 19 las jóvenes de Santiago, vestidas de blanco, descalzas, con

la cabeza descubierta, sueltos los cabellos y con crucifijos negros,

han recorrido las calles cantando himnos y letanías, en procesión y

precedidas por las órdenes religiosas.

Al principio las iglesias pasaban atestadas de gente y las campanas

doblaban sin cesar, hasta que el gobierno, en vista de que las torres

de varias iglesias amenazaban derrumbarse, las mandó cerrar por temor

de que cayeran sobre la gente, que ahora practica sus actos de devoción

en las calles. Todas las familias dedican á sus hijas á esta piadosa

ocupación.

Por fin hemos tenido noticias auténticas de la ruina de Quillota por

medio de don Fausto del Hoyo, prisionero de lord Cochrane. Desde

que goza de libertad de residencia, vive generalmente en Quillota,

y de cuando en cuando en Quintero. Llama á lord Cochrane _el tío_,

tratamiento cariñoso que suelen dar los soldados á su jefe y los niños

á los ancianos.

Es hombre malicioso, pero de mediocre inteligencia, muy amante de

España, su patria, y resuelto á no meterse más en guerras. Estuvo

con Romana en el Norte de Alemania y Dinamarca; se embarcó con él en

el _Victoria_, síguió sus fortunas y por fin llegó á Chile con la

expedición en la _María Isabel_, hoy la _O’Higgins_, y cayó prisionero

en Valdivia.

Refiere don Fausto que se encontraba con algunos amigos en la plaza de

Quillota, tomando parte con el pueblo en las fiestas que celebran en la

víspera de la octava de San Martín, patrono de la ciudad[126]. La plaza

estaba llena de puestos y enramadas de arrayán y rosas, en que había

jaranas, borracheras, bailes, músicas, máscaras, en suma, una escena de

disipación, ó mejor dicho, de libertinaje. Sobrevino el terremoto, y

todo cambió como por encanto.

En lugar de los cantos y de los sonidos del rabel, aizóse un grito

de ¡misericordia! ¡misericordia! Todos se golpeaban el pecho y se

postraban en la tierra. Tejiendo coronas de espinas, las ponían sobre

sus cabezas y las oprimían hasta que la sangre les corría por el

rostro. Las flores de la fiesta yacían pisoteadas sobre la tierra.

Algunos corrieron á sus casas destruídas á salvar á sus hijos,

olvidados en las horas de regocijo, amorosamente recordados en los

momentos de peligro. Los sacerdotes oraban, retorciendo angustiosamente

sus manos, ante los destrozados altares, y el pueblo y las familias

huían á los cerros. Tal fué la noche del 19 en Quillota.

El día 20 amaneció sobre una escena de espantosa desolación. De la

gran ciudad sólo quedaban en pie veinte casas y una iglesia. Todos los

hornos yacían en ruinas y no había pan. El gobernador había huído.

Sus pecados atrajeron sobre la ciudad el castigo del cielo. Así lo

proclamaba el pueblo á gritos, y algunos llegaron hasta acusar al

gobierno de Santiago, cuya tiranía había excitado á Dios á la venganza.

Mientras tanto, el teniente gobernador, Mr. Fawkner, inglés de

nacimiento, reunió á los principales de la ciudad para tomar algunas

medidas en alivio de los damnificados.

Acudió entre ellos un señor Dueñas, caballero de distinguida familia,

casado con una de las Carreras de Viña del Mar y dueño de la hacienda

de San Pedro[127]. En el momento del terremoto hallábase en su casa

con su esposa y su hijo. En la imposibilidad de salvar á los dos al

mismo tiempo, optó por salvar primero á su mujer. Mientras la sacaba

de la casa, cayó el techo y aplastó á su hijo. Sufrió grandes pérdidas

materiales. Agobiado bajo el peso del dolor, acudió al llamado de

Fawkner.

Le dijo que ya había dado orden de que mataran cuatro bueyes y los

distribuyeran entre los pobres, expresándole además el deseo de que

él como gobernador recordara que él, Dueñas, á pesar de sus fuertes

pérdidas, era relativamente rico y estaba dispuesto á compartir sus

bienes con sus vecinos y compañeros de infortunio.

_Domingo 24._--Mi registro de temblores me da hoy cinco: á las ocho

A. M., á la una, tres, cinco y once P. M. El primero me sorprendió á

caballo y no lo sentí.

Pensé ir al puerto el día 20; pero por la gran crece del río y lo

peligroso de su vado demoré el viaje hasta hoy. Partí á las seis.

Los terraplenes y bordes de los canales están en general agrietados

ó derrumbados. En toda la playa, entre la Herradura y Concon, hay

hendiduras, casi rellenas ya por la arena; algunas rocas y piedras que

las más bajas mareas nunca dejaban en seco, distan ahora de la orilla

del agua en la baja mar un espacio suficiente para pasar á caballo. A

medida que me aproximaba al río, las grietas y aberturas del suelo de

aluvión asumían mayores proporciones.

En las orillas del río la tierra parece haberse hundido. En algunas

partes, como en Valle Alegre, ha subido agua y arena por las

hendiduras. A pesar de la grande altura del agua en el vado lo pasamos

sin peligro, aunque una mula que llevaba mi equipaje perdió pie y

alcanzó á ser arrastrada un buen trecho por la corriente antes que

pudiera reponerse lo bastante para llegar nadando á la orilla opuesta.

Mis amigos de Concon han sufrido mucho.

De la mitad del techo de la casa cayeron todas las tejas; de la otra

una gran parte. Las murallas del molino se derrumbaron, pero los

sólidos pilares de las esquinas sostuvieron el techo, y la maquinaria

sufrió poco. Las paredes del canal del molino, destruídas. Este ha

ganado con la modificación del lecho del río, pues ahora el agua tiene

algunas pulgadas más de caída que antes.

La noche del 19 fué tremenda en Concon. Los dos niños de Mr. Miers

dormían en piezas separadas y no comunicadas entre sí, y una de

ellas comunicaba solamente por el corredor con el resto de la casa.

Después de sacar á su esposa, que clamaba por sus niños, Mr. Miers

corrió á salvar al menor de ellos, porque la lluvia de tejas le

impedía acercarse al aposento del mayor. Aprovechando un momento de

tranquilidad, entró de nuevo; encontró al niño dormido y lo sacó sano y

salvo. La familia pasó toda la noche sin dormir, frente á las ruinas de

su hogar.

En la mañana armaron una carpa, y á mi llegada tenían ya una ramada

ó choza de ramas de árboles. Durante el remezón principal la tierra

se rasgó bajo sus mismos pies. Dicen que el fragor que se sentía en

el valle fué de lo más espantoso que puede imaginarse. La iglesia se

derrumbó. Las casas de la hacienda, casi destruídas.

En Viña del Mar encontré á toda la familia instalada en una ramada en

el zaguán; de la casa no queda en pie sino una parte del muro exterior;

la ruina fué completa; no hay allí un sitio donde pueda refugiarse un

ser viviente. El pequeño llano está cubierto de conos de uno á cuatro

pies de altura, que surgieron en la noche del 19 y arrojaron agua y

arena.

Traté de aproximarme á uno de ellos; pero el caballo comenzó á hundirse

como si pisara sobre arena movediza, por lo cual desistí de mi intento,

no queriendo exponerme á pagar demasiado caro la satisfacción de mi

curiosidad.

El camino entre Viña del Mar y el puerto ha sufrido mucho por los

derrumbes de rocas de los cerros. Hay una parte muy peligrosa; pero los

caballos chilenos son tan seguros, que la pasé sin otro temor que el de

que en ese instante sobreviniera un fuerte temblor.

Llegué por fin á las alturas del puerto, desde las cuales no presenta

la ciudad alteraciones notables, salvo la ausencia de las torres y de

los edificios mayores; vistas desde lejos, las ruinas en las líneas de

las calles hacen la ilusión de que poco ó nada falta. Cuando estuve

más cerca, las carpas y ramadas de los infelices fugitivos reclamaron

toda mi atención, pues allí se me presentó la horrible catástrofe en un

aspecto enteramente nuevo para mí. Ricos y pobres, jóvenes y ancianos,

amos y criados, todos estaban confundidos y apiñados en una intimidad

que, aun aquí donde las diferencias de clases no son tan marcadas y

hondas como en Europa, me pareció verdaderamente pavorosa.

Ahora comprendo el poder desmoralizador y relajador de los respetos

sociales de las grandes calamidades. Los historiadores de la Edad Media

nos describen epidemias en que la gente huía de las ciudades y se

refugiaba en los campos por escapar al contagio, volviendo después con

el contagio mil veces peor de la corrupción de las costumbres.

La famosa peste de Londres tuvo también su parte de calamidad moral.

Muy útil es la adversidad para los individuos y para los hombres

educados; pero lo que hace desgraciadas á grandes masas de hombres, las

daña también moralmente y las pervierte.

Me dirigí entristecida á mi casa, donde se han refugiado algunas

personas. Ha sufrido tan poco con el terremoto, que, á lo que creo, su

deterioro se reduce á la pérdida de catorce tejas y el desprendimiento

de algunos trozos de blanqueo, que atestiguan la violencia de los

remezones. Abrigaba la esperanza, al ver el estado de los ranchos

inmediatos, de que mis vecinos hubieran librado con vida.

Pero la pobre María se me acercó con evidentes demostraciones de un

gran sufrimiento. Le pregunté por su hijo Pablito, un bello chico de

cinco años, y prorrumpió en llanto. Me refirió en medio de sollozos

que salió á la casa de un vecino dejando al niño dormido en su camita.

Vino el terremoto; corrió á salvar á su hijo; entró á la choza y lo

encontró en la cama; pero una viga desprendida del techo le había caído

sobre la cabeza... Sin saber que era su hijo, no le habría sido posible

reconocerlo por su rostro.

Añadióse á éste otro dolor. Vinieron á sacar el pequeño cadáver para

darle sepultura. Ella no alcanzaba á tener cuatro pesos para pagar los

derechos. Negáronse, por tanto, á sepultarlo en lugar sagrado. “¡Han

arrojado á mi hijo á un hoyo como á un perro, donde lo pisotearán

los caballos y las mulas y no tendrá una sola oración cristiana!”

Esto no necesita comentarios, que serían tan inútiles como lo fueron

las palabras de consuelo que dirigí á la desdichada madre. “¡Ah,

señora--exclamó en contestación á ellas--; si al menos hubiera estado

usted aquí!”

Viendo que mi casa había escapado casi ilesa, el clero lo atribuyó

á milagro. El día 20 amaneció junto á mi estufa Nuestra Señora del

Pilar, vestida de raso, á la que se ofrecieron numerosas dádivas en

agradecimiento de la protección dispensada á mi casa. Supongo que los

donantes se llevaron una brújula de plata de bolsillo y un frasco de

esencias, únicos objetos que eché de menos.

Como esta tarde no tenía ocupaciones que me retuvieran en la casa,

monté á caballo y fuí al puerto, después de tomar algún alimento.

El Almendral presenta un aspecto tristísimo. No queda una sola casa

habitable. Hacia la parte de los cerros los techos y las murallas en

ruinas; hacia el lado del mar, muy deteriorados. La torre de la iglesia

es un montón de arena, pedazos de ladrillos, trozos de estuco con

restos de decoración y pintura; en una palabra, un hacinamiento de todo

lo que tienen de feo y triste las ruinas recientes.

Aún subsiste una parte del techo, suspendida entre algunos de los

estribos ó contrafuertes laterales; y los informes restos de santos y

demonios acrecientan el horror de aquel espectáculo de desolación. El

puerto, totalmente destruído en algunas partes; en otras, casi ileso.

Hay fuertes en que no ha quedado piedra sobre piedra, y almacenes en

que apenas se aflojaron las tejas.

Las filas de edificios destruídos alternan con las de edificios no

destruídos. Parece que en los lugares donde los fundamentos descansan

sobre vetas de granito los edificios resistieron bastante bien; no así

aquellos cuyos fundamentos descansan sobre arena.

La ciudad estaba desierta. Me dirigí á bordo del buque mercante inglés

_Medway_, donde el capitán White dió hospitalidad á mis amigos Hogans

y muchos otros. Me invitó á quedarme á dormir. Las noticias que oí á

bordo despertaron de nuevo mi interés por los negocios de Chile, que el

terremoto y las emociones por él producidas me habían hecho olvidar.

Por fin el gobierno ha resuelto pagar á los marinos. El primer

proyecto, sugerido, según se cree, por San Martín, era pagar á los

marineros y oficiales subalternos antes que á los de mayor graduación,

y pagarles en tierra, en la oficina de pago, que les proporcionaría

boletas de licencia absoluta ó por cuatro meses, á elección de los

interesados, dejando así á los buques, almirante y oficiales en la

bahía, sin un solo marinero. El almirante, naturalmente, no aceptó

semejante plan, y los pagos están haciéndose á bordo.

El primero tuvo lugar el día del terremoto, y me dicen que los

marineros que bajaron á tierra con licencia y con dinero, para

divertirse en compañía de sus amigos, aumentaron la confusión y

el trastorno de aquella desastrosa noche. Se les dan pagarés por

veinticinco pesos, de que sólo reciben cuatro en dinero; el resto

se les obliga á invertirlo en los almacenes que con este fin ha

establecido Arcos en el puerto.

La _Independencia_, el mejor buque de la escuadra, fué despachado

hoy sin autorización del almirante, sin siquiera la formalidad de

transmitir la orden por su conducto. Zenteno, como ministro de Marina,

decretó que el buque partiera á desempeñar una comisión. Se cree que va

en persecución de uno ó más buques que conducen dinero y provisiones á

San Carlos de Chiloé.

_Lunes 25._--A las ocho y cuarto de la mañana hubo un fuerte temblor

que derribó gran parte de lo que quedó en pie en la noche del 19.

Me he ocupado todo el día en empaquetar mis libros, vestidos, etc.,

para mudarme, porque mi casa ha sido arrendada á algunos sujetos

que, viéndola en tan buen estado, cohecharon al dueño para que me la

quitara. _¡Son ingleses!_

Sorprendiéronme en esta tarea lord Cochrane y el capitán Crosbie. El

almirante insistió bondadosa y nobilísimamente en que me quedara en

Quintero con mi pobre inválido y no pensara en salir de allí hasta

mejores tiempos y circunstancias más favorables. Me agregó que él iría

muy luego allá á preparar el albergue que deberemos ocupar hasta que

Glennie esté capaz de resistir un viaje.

_Martes 26._--Hoy hubo cinco temblores. De muchos no tomo nota, porque,

salvo que sean muy violentos, ya no me despiertan de noche. Mientras me

ocupaba en empaquetar, me sorprendió ver llegar á caballo á mi amigo

Mr. C. Acababa de llegar de Concepción: 170 leguas, que ha recorrido

por caminos desviados en cinco días. Pasó por Talca y San Fernando;

en estos lugares y en Concepción se sintió el terremoto, pero con

poca violencia. Mr. H., que acababa de regresar de Santiago, me dice

que Casablanca y Melipilla son montones de ruinas, Illapel, también

destruída; sus iglesias, ruinosas. Sólo los ranchos resistieron,

gracias á la elasticidad de su construcción y materiales; y aunque el

barro ha saltado de los intersticios, no ofrecen peligro.

Mr. C. trae noticias más importantes que las referentes al terremoto.

El pueblo de Concepción, irritado por las injustas disposiciones del

reglamento de comercio y otras medidas opresivas, lo quemó junto

con la Constitución en la plaza del mercado; convocó una Convención

de oposición, é insistió en que Freire se pusiera en marcha con el

objeto (de que no hacen misterio) de derrocar á Rodríguez y la inicua

administración de que forma parte. Freire se ha puesto ya en marcha;

pero aún no es tiempo de que sus movimientos se sepan en Santiago. Yo,

por supuesto, no puedo decir nada mientras la noticia no venga de una

fuente menos privada; pero sí conjeturar; y se me ocurre que el plan

ha sido asegurar á Freire el apoyo de la escuadra. Pero no, no puede

ser; el honor lo prohibe, y la escuadra de Chile no olvidará el honor

mientras lord Cochrane sea, siquiera nominalmente, su Almirante.

Diario de su residencia en Chile (1822) y de su viaje al Brasil (1823) · 第 29 / 35 段