el anterior había temblado sin interrupción, á veces con movimíentos
contrarios, en direcciones por lo común Norte y Sur. A la seis y cuarto
otro que á otra hora habría sido sentido con mayor violencia. Desde esa
hora, aunque la agitación de la tierra ha continuado con suficiente
fuerza para mover y aun derramar parcialmente un vaso de agua, y aunque
el suelo tiembla todavía bajo mis pies, no hemos tenido ningún motivo
especial de alarma. Escribo á las cuatro P. M.
Al rayar el día salí de la tienda á inspeccionar la tierra. La hierba
estaba cubierta de rocío y todo tan bello como si nada hubiera sucedido
durante la noche. Sólo en el cerro se veian aquí y allá grietas de
varios tamaños, y en las raíces de los árboles y en las bases de los
pilares del corredor removida la tierra, como por el almocafre del
hortelano.
A las siete llegaron personas de diversos puntos á informarse de
nuestra situación ó á darnos noticias de otras partes. Supimos que de
las casas de Valle Alegre, aldea situada dentro de los términos de la
hacienda, hay muchas deterioradas y algunas totalmente destruidas. En
varios huertos de los alrededores la fuerza de los sacudimientos abrió
la tierra é hizo subir por las grietas agua y arena. En varias partes
se han producido grandes derrumbes de tierra, y los canales de regadío
han sufrido mucho.
Mr. Cruikshank ha venido á caballo de Quintero viejo. Nos dice que hay
grandes hendiduras en las orillas del lago; la casa quedó inhabitable;
algunas de las personas que en ella vivían fueron derribadas por el
terremoto, otras por muebles que cayeron sobre ellas. En Concon la casa
quedó destechada, los muros abiertos, los pilares de hierro tronchados,
el molino en ruinas, y destruído su canal.
El terreno de aluvión á ambos lados del río está en tal grado agrietado
y removido que parece una esponja. A lo largo de la playa hay
grandes hendiduras, y parece que durante la noche el mar se retiró á
considerable distancia, especialmente en la bahía de Quintero. Desde
el cerro alcanzo á divisar rocas que antes cubría enteramente el mar,
y los restos del _Aguila_ parecen desde aquí accesibles á pie enjuto,
cosa que hasta ahora jamás había sucedido ni aun en las más bajas
mareas.
_Ocho y media P. M._--Nos llegan noticias de que la grande y poblada
ciudad de Quillota es un montón de ruinas, y Valparaíso poco menos. En
tal caso la catástrofe debe haber comprendido á los habitantes junto
con las casas. ¡Dios quiera que no sea así!
A las seis menos un cuarto otro fuerte remezón, y otro en el momento
en que escribo. Tiembla ligeramente cada quince ó veinte minutos. La
noche está bellísima; la luna se refleja en el lago y el mar; brillan
las estrellas y la aurora austral; una suave brisa del Sur ha soplado
desde el amanecer. Hemos construído un espacioso rancho con cañas de
Guayaquil y del lago, de modo que podemos comer y dormir bajo techo.
Glennie y yo dormimos en la tienda; los demás en el rancho.
_Jueves 21 de Noviembre._--A las dos y media A. M. me despertó un
recio temblor. Diez minutos antes de las tres hubo otro muy recio que
nos hizo sentir de nuevo esa absoluta impotencia del hombre que tanto
consterna y aterroriza.
Un cuarto antes de las ocho, otro menos fuerte; á las nueve y cuarto,
diez y media y una y cuarto, otros sacudimientos; veinte minutos antes
de las dos hubo uno acompañado de un fuerte ruido, que duró minuto y
medio, y á las diez y cuarto otro más, el último algo considerable de
hoy. Fuera de estos temblores más ó menos alarmantes, hubo ligeros
movimientos cada veinte ó treinta minutos.
Mr. M. ha vuelto del puerto. Lord Cochrane se encontraba á bordo
de la _O’Higgins_ cuando sobrevino el primer terrible temblor, é
inmediatamente bajó á tierra y se dirigió á casa del Director, para
quien hizo armar una tienda en el cerro, detrás de la ciudad[125]. El
almirante me escribe que mi casita de campo subsiste en pie, en medio
de ruinas. Dice Mr. M. que en el Almendral no ha quedado servible
ninguna casa. La iglesia de la Merced está enteramente destruída. En el
puerto no hay ninguna casa habitable, aunque muchas conservan aún sus
formas.
No se ve á nadie en las calles. Los cerros están cubiertos de
infelices sin hogar, presas del terror que mutuamente se transmiten
y acrecientan. Los buques atestados de gente; faltan provisiones;
los hornos de pan destruídos, y los panaderos sin poder trabajar. Han
muerto cinco ingleses. Están saccando cadáveres de los escombros; pero
las pérdidas de vidas no han sido tantas como pudo temerse. Si la
catástrofe hubiera sobrevenido más tarde, cuando la gente se hubiera
retirado á dormir, el número de víctimas habría sido espantoso.
Casablanca, según dicen, está totalmente arruinada.
_Viernes 22 de Noviembre._--Tres recios temblores á las cuatro
y cuarto, siete y media y nueve. Después de esto, tres fuertes
explosiones, alternando con ligeras trepidaciones de la tierra; á
las once, violento remezón; dos ó tres suaves antes de la una y
tranquilidad hasta las siete P. M., hora en que tembló ligeramente.
Como estamos á treinta millas del puerto y á noventa de la capital, las
noticias se demoran en llegarnos. Hoy hemos sabido que Santiago sufrió
menos de lo que temíamos. La casa de moneda, seriamente deteriorada;
una parte del palacio directorial derrumbada; algunas casas é iglesias
con las murallas abiertas; pero fuera de la destrucción, en varios
puntos de los canales de regadío, no hay que lamentar daños muy graves.
Un caballero de Valparaíso dice que la sensación que se experimentó á
bordo de los buques fué como si hubieran levado anclas y partido con
súbita velocidad, chocando con rocas á medida que avanzaban. Anoche
predijeron los sacerdotes un temblor más violento que el primero. Nadie
se acostó; la gente se agolpó en los buques; los cerros se cubrieron
de infelices que alrededor de fuegos pasaron la noche esperando un
horrendo cataclismo.
En la noche del 19, en los momentos del terremoto, el mar subió
repentinamente en la bahía de Valparaíso, y luego se retiró á gran
distancia. Al cabo de un cuarto de hora pareció recobrar su equilibrio;
pero la playa ha quedado más descubierta en toda su extensión y las
rocas sobresalen del agua cuatro pies más que antes.
Tales son las noticias que nos llegan de lejos. También tuvimos aquí
una profecía de un gran cataclismo y salida del mar, y los crédulos
campesinos abandonaron sus chozas y huyeron á los cerros. La catástrofe
no se realizó y lo atribuyen á la intercesión de Nuestra Señora de
Quintero, que tiene una capilla en las antiguas casas, donde su imagen
ha sido objeto de largo tiempo atrás de una especial veneración.
Allí acudieron, en aquella espantosa noche, todas las mujeres de la
vecindad, y con clamores y sollozos imploraron su protección, mesándose
los cabellos y prodigándole los más tiernos nombres.
No acudió á socorrerles, sin embargo, y á la mañana siguiente, cuando
los sacerdotes consiguieron abrir las puertas obstruídas por los
escombros, encontraron la imagen en tierra, con algunos dedos quebrados
y sin cabeza. No tardaron, empero, en restituirla á su anterior estado,
y vistiéndola con ropas nuevas, la colocaron en actitud de bendecir
delante de su destruído santuario.
Hoy tuvimos una densa niebla y fría llovizna toda la mañana. Desde
medio día se despejó el cielo é hizo calor. En varios de los temblores
observé que en la mesa el vino ó el agua no se agitaban con un
movimiento vibratorio regular, sino que parecían como proyectados hacia
arriba por porciones.
En una botella de agua vi formarse en la superficie tres de estos
agregados ó porciones, que luego parecieron lanzarse contra las paredes
de la botella y se deshicieron. Lo mismo noté en un vaso de mercurio.
No tenemos barómetros, y no sé si se han hecho observaciones sobre este
fenómeno.
_Sábado 23._--Los temblores disminuyeron en fuerza y frecuencia durante
la noche y las primeras horas del día. Sólo se sintió uno antes de las
cuatro P. M.; entre esta hora y las diez hubo cuatro. Tiempo nublado,
pero agradable.
Más noticias de los lugares vecinos. Los pescadores de ésta y las
playas inmediatas afirman que en la noche del 19 vieron una luz á gran
distancia en el mar. Permaneció un rato inmóvil; avanzó en seguida
hacia la costa y dividiéndose en dos desapareció. La credulidad de la
gente la ha convertido en la Virgen, que vino á salvar al país.
Una beata reputada por santa predijo en Santiago la catástrofe el día
anterior. La gente oró, y la ciudad escapó casi ilesa. Despacharon
un propio á Valparaíso á dar al pueblo la voz de alarma; pero llegó
demasiado tarde, á pesar de haber muerto dos caballos en el viaje.
Desde el 19 las jóvenes de Santiago, vestidas de blanco, descalzas, con
la cabeza descubierta, sueltos los cabellos y con crucifijos negros,
han recorrido las calles cantando himnos y letanías, en procesión y
precedidas por las órdenes religiosas.
Al principio las iglesias pasaban atestadas de gente y las campanas
doblaban sin cesar, hasta que el gobierno, en vista de que las torres
de varias iglesias amenazaban derrumbarse, las mandó cerrar por temor
de que cayeran sobre la gente, que ahora practica sus actos de devoción
en las calles. Todas las familias dedican á sus hijas á esta piadosa
ocupación.
Por fin hemos tenido noticias auténticas de la ruina de Quillota por
medio de don Fausto del Hoyo, prisionero de lord Cochrane. Desde
que goza de libertad de residencia, vive generalmente en Quillota,
y de cuando en cuando en Quintero. Llama á lord Cochrane _el tío_,
tratamiento cariñoso que suelen dar los soldados á su jefe y los niños
á los ancianos.
Es hombre malicioso, pero de mediocre inteligencia, muy amante de
España, su patria, y resuelto á no meterse más en guerras. Estuvo
con Romana en el Norte de Alemania y Dinamarca; se embarcó con él en
el _Victoria_, síguió sus fortunas y por fin llegó á Chile con la
expedición en la _María Isabel_, hoy la _O’Higgins_, y cayó prisionero
en Valdivia.
Refiere don Fausto que se encontraba con algunos amigos en la plaza de
Quillota, tomando parte con el pueblo en las fiestas que celebran en la
víspera de la octava de San Martín, patrono de la ciudad[126]. La plaza
estaba llena de puestos y enramadas de arrayán y rosas, en que había
jaranas, borracheras, bailes, músicas, máscaras, en suma, una escena de
disipación, ó mejor dicho, de libertinaje. Sobrevino el terremoto, y
todo cambió como por encanto.
En lugar de los cantos y de los sonidos del rabel, aizóse un grito
de ¡misericordia! ¡misericordia! Todos se golpeaban el pecho y se
postraban en la tierra. Tejiendo coronas de espinas, las ponían sobre
sus cabezas y las oprimían hasta que la sangre les corría por el
rostro. Las flores de la fiesta yacían pisoteadas sobre la tierra.
Algunos corrieron á sus casas destruídas á salvar á sus hijos,
olvidados en las horas de regocijo, amorosamente recordados en los
momentos de peligro. Los sacerdotes oraban, retorciendo angustiosamente
sus manos, ante los destrozados altares, y el pueblo y las familias
huían á los cerros. Tal fué la noche del 19 en Quillota.
El día 20 amaneció sobre una escena de espantosa desolación. De la
gran ciudad sólo quedaban en pie veinte casas y una iglesia. Todos los
hornos yacían en ruinas y no había pan. El gobernador había huído.
Sus pecados atrajeron sobre la ciudad el castigo del cielo. Así lo
proclamaba el pueblo á gritos, y algunos llegaron hasta acusar al
gobierno de Santiago, cuya tiranía había excitado á Dios á la venganza.
Mientras tanto, el teniente gobernador, Mr. Fawkner, inglés de
nacimiento, reunió á los principales de la ciudad para tomar algunas
medidas en alivio de los damnificados.
Acudió entre ellos un señor Dueñas, caballero de distinguida familia,
casado con una de las Carreras de Viña del Mar y dueño de la hacienda
de San Pedro[127]. En el momento del terremoto hallábase en su casa
con su esposa y su hijo. En la imposibilidad de salvar á los dos al
mismo tiempo, optó por salvar primero á su mujer. Mientras la sacaba
de la casa, cayó el techo y aplastó á su hijo. Sufrió grandes pérdidas
materiales. Agobiado bajo el peso del dolor, acudió al llamado de
Fawkner.
Le dijo que ya había dado orden de que mataran cuatro bueyes y los
distribuyeran entre los pobres, expresándole además el deseo de que
él como gobernador recordara que él, Dueñas, á pesar de sus fuertes
pérdidas, era relativamente rico y estaba dispuesto á compartir sus
bienes con sus vecinos y compañeros de infortunio.
_Domingo 24._--Mi registro de temblores me da hoy cinco: á las ocho
A. M., á la una, tres, cinco y once P. M. El primero me sorprendió á
caballo y no lo sentí.
Pensé ir al puerto el día 20; pero por la gran crece del río y lo
peligroso de su vado demoré el viaje hasta hoy. Partí á las seis.
Los terraplenes y bordes de los canales están en general agrietados
ó derrumbados. En toda la playa, entre la Herradura y Concon, hay
hendiduras, casi rellenas ya por la arena; algunas rocas y piedras que
las más bajas mareas nunca dejaban en seco, distan ahora de la orilla
del agua en la baja mar un espacio suficiente para pasar á caballo. A
medida que me aproximaba al río, las grietas y aberturas del suelo de
aluvión asumían mayores proporciones.
En las orillas del río la tierra parece haberse hundido. En algunas
partes, como en Valle Alegre, ha subido agua y arena por las
hendiduras. A pesar de la grande altura del agua en el vado lo pasamos
sin peligro, aunque una mula que llevaba mi equipaje perdió pie y
alcanzó á ser arrastrada un buen trecho por la corriente antes que
pudiera reponerse lo bastante para llegar nadando á la orilla opuesta.
Mis amigos de Concon han sufrido mucho.
De la mitad del techo de la casa cayeron todas las tejas; de la otra
una gran parte. Las murallas del molino se derrumbaron, pero los
sólidos pilares de las esquinas sostuvieron el techo, y la maquinaria
sufrió poco. Las paredes del canal del molino, destruídas. Este ha
ganado con la modificación del lecho del río, pues ahora el agua tiene
algunas pulgadas más de caída que antes.
La noche del 19 fué tremenda en Concon. Los dos niños de Mr. Miers
dormían en piezas separadas y no comunicadas entre sí, y una de
ellas comunicaba solamente por el corredor con el resto de la casa.
Después de sacar á su esposa, que clamaba por sus niños, Mr. Miers
corrió á salvar al menor de ellos, porque la lluvia de tejas le
impedía acercarse al aposento del mayor. Aprovechando un momento de
tranquilidad, entró de nuevo; encontró al niño dormido y lo sacó sano y
salvo. La familia pasó toda la noche sin dormir, frente á las ruinas de
su hogar.
En la mañana armaron una carpa, y á mi llegada tenían ya una ramada
ó choza de ramas de árboles. Durante el remezón principal la tierra
se rasgó bajo sus mismos pies. Dicen que el fragor que se sentía en
el valle fué de lo más espantoso que puede imaginarse. La iglesia se
derrumbó. Las casas de la hacienda, casi destruídas.
En Viña del Mar encontré á toda la familia instalada en una ramada en
el zaguán; de la casa no queda en pie sino una parte del muro exterior;
la ruina fué completa; no hay allí un sitio donde pueda refugiarse un
ser viviente. El pequeño llano está cubierto de conos de uno á cuatro
pies de altura, que surgieron en la noche del 19 y arrojaron agua y
arena.
Traté de aproximarme á uno de ellos; pero el caballo comenzó á hundirse
como si pisara sobre arena movediza, por lo cual desistí de mi intento,
no queriendo exponerme á pagar demasiado caro la satisfacción de mi
curiosidad.
El camino entre Viña del Mar y el puerto ha sufrido mucho por los
derrumbes de rocas de los cerros. Hay una parte muy peligrosa; pero los
caballos chilenos son tan seguros, que la pasé sin otro temor que el de
que en ese instante sobreviniera un fuerte temblor.
Llegué por fin á las alturas del puerto, desde las cuales no presenta
la ciudad alteraciones notables, salvo la ausencia de las torres y de
los edificios mayores; vistas desde lejos, las ruinas en las líneas de
las calles hacen la ilusión de que poco ó nada falta. Cuando estuve
más cerca, las carpas y ramadas de los infelices fugitivos reclamaron
toda mi atención, pues allí se me presentó la horrible catástrofe en un
aspecto enteramente nuevo para mí. Ricos y pobres, jóvenes y ancianos,
amos y criados, todos estaban confundidos y apiñados en una intimidad
que, aun aquí donde las diferencias de clases no son tan marcadas y
hondas como en Europa, me pareció verdaderamente pavorosa.
Ahora comprendo el poder desmoralizador y relajador de los respetos
sociales de las grandes calamidades. Los historiadores de la Edad Media
nos describen epidemias en que la gente huía de las ciudades y se
refugiaba en los campos por escapar al contagio, volviendo después con
el contagio mil veces peor de la corrupción de las costumbres.
La famosa peste de Londres tuvo también su parte de calamidad moral.
Muy útil es la adversidad para los individuos y para los hombres
educados; pero lo que hace desgraciadas á grandes masas de hombres, las
daña también moralmente y las pervierte.
Me dirigí entristecida á mi casa, donde se han refugiado algunas
personas. Ha sufrido tan poco con el terremoto, que, á lo que creo, su
deterioro se reduce á la pérdida de catorce tejas y el desprendimiento
de algunos trozos de blanqueo, que atestiguan la violencia de los
remezones. Abrigaba la esperanza, al ver el estado de los ranchos
inmediatos, de que mis vecinos hubieran librado con vida.
Pero la pobre María se me acercó con evidentes demostraciones de un
gran sufrimiento. Le pregunté por su hijo Pablito, un bello chico de
cinco años, y prorrumpió en llanto. Me refirió en medio de sollozos
que salió á la casa de un vecino dejando al niño dormido en su camita.
Vino el terremoto; corrió á salvar á su hijo; entró á la choza y lo
encontró en la cama; pero una viga desprendida del techo le había caído
sobre la cabeza... Sin saber que era su hijo, no le habría sido posible
reconocerlo por su rostro.
Añadióse á éste otro dolor. Vinieron á sacar el pequeño cadáver para
darle sepultura. Ella no alcanzaba á tener cuatro pesos para pagar los
derechos. Negáronse, por tanto, á sepultarlo en lugar sagrado. “¡Han
arrojado á mi hijo á un hoyo como á un perro, donde lo pisotearán
los caballos y las mulas y no tendrá una sola oración cristiana!”
Esto no necesita comentarios, que serían tan inútiles como lo fueron
las palabras de consuelo que dirigí á la desdichada madre. “¡Ah,
señora--exclamó en contestación á ellas--; si al menos hubiera estado
usted aquí!”
Viendo que mi casa había escapado casi ilesa, el clero lo atribuyó
á milagro. El día 20 amaneció junto á mi estufa Nuestra Señora del
Pilar, vestida de raso, á la que se ofrecieron numerosas dádivas en
agradecimiento de la protección dispensada á mi casa. Supongo que los
donantes se llevaron una brújula de plata de bolsillo y un frasco de
esencias, únicos objetos que eché de menos.
Como esta tarde no tenía ocupaciones que me retuvieran en la casa,
monté á caballo y fuí al puerto, después de tomar algún alimento.
El Almendral presenta un aspecto tristísimo. No queda una sola casa
habitable. Hacia la parte de los cerros los techos y las murallas en
ruinas; hacia el lado del mar, muy deteriorados. La torre de la iglesia
es un montón de arena, pedazos de ladrillos, trozos de estuco con
restos de decoración y pintura; en una palabra, un hacinamiento de todo
lo que tienen de feo y triste las ruinas recientes.
Aún subsiste una parte del techo, suspendida entre algunos de los
estribos ó contrafuertes laterales; y los informes restos de santos y
demonios acrecientan el horror de aquel espectáculo de desolación. El
puerto, totalmente destruído en algunas partes; en otras, casi ileso.
Hay fuertes en que no ha quedado piedra sobre piedra, y almacenes en
que apenas se aflojaron las tejas.
Las filas de edificios destruídos alternan con las de edificios no
destruídos. Parece que en los lugares donde los fundamentos descansan
sobre vetas de granito los edificios resistieron bastante bien; no así
aquellos cuyos fundamentos descansan sobre arena.
La ciudad estaba desierta. Me dirigí á bordo del buque mercante inglés
_Medway_, donde el capitán White dió hospitalidad á mis amigos Hogans
y muchos otros. Me invitó á quedarme á dormir. Las noticias que oí á
bordo despertaron de nuevo mi interés por los negocios de Chile, que el
terremoto y las emociones por él producidas me habían hecho olvidar.
Por fin el gobierno ha resuelto pagar á los marinos. El primer
proyecto, sugerido, según se cree, por San Martín, era pagar á los
marineros y oficiales subalternos antes que á los de mayor graduación,
y pagarles en tierra, en la oficina de pago, que les proporcionaría
boletas de licencia absoluta ó por cuatro meses, á elección de los
interesados, dejando así á los buques, almirante y oficiales en la
bahía, sin un solo marinero. El almirante, naturalmente, no aceptó
semejante plan, y los pagos están haciéndose á bordo.
El primero tuvo lugar el día del terremoto, y me dicen que los
marineros que bajaron á tierra con licencia y con dinero, para
divertirse en compañía de sus amigos, aumentaron la confusión y
el trastorno de aquella desastrosa noche. Se les dan pagarés por
veinticinco pesos, de que sólo reciben cuatro en dinero; el resto
se les obliga á invertirlo en los almacenes que con este fin ha
establecido Arcos en el puerto.
La _Independencia_, el mejor buque de la escuadra, fué despachado
hoy sin autorización del almirante, sin siquiera la formalidad de
transmitir la orden por su conducto. Zenteno, como ministro de Marina,
decretó que el buque partiera á desempeñar una comisión. Se cree que va
en persecución de uno ó más buques que conducen dinero y provisiones á
San Carlos de Chiloé.
_Lunes 25._--A las ocho y cuarto de la mañana hubo un fuerte temblor
que derribó gran parte de lo que quedó en pie en la noche del 19.
Me he ocupado todo el día en empaquetar mis libros, vestidos, etc.,
para mudarme, porque mi casa ha sido arrendada á algunos sujetos
que, viéndola en tan buen estado, cohecharon al dueño para que me la
quitara. _¡Son ingleses!_
Sorprendiéronme en esta tarea lord Cochrane y el capitán Crosbie. El
almirante insistió bondadosa y nobilísimamente en que me quedara en
Quintero con mi pobre inválido y no pensara en salir de allí hasta
mejores tiempos y circunstancias más favorables. Me agregó que él iría
muy luego allá á preparar el albergue que deberemos ocupar hasta que
Glennie esté capaz de resistir un viaje.
_Martes 26._--Hoy hubo cinco temblores. De muchos no tomo nota, porque,
salvo que sean muy violentos, ya no me despiertan de noche. Mientras me
ocupaba en empaquetar, me sorprendió ver llegar á caballo á mi amigo
Mr. C. Acababa de llegar de Concepción: 170 leguas, que ha recorrido
por caminos desviados en cinco días. Pasó por Talca y San Fernando;
en estos lugares y en Concepción se sintió el terremoto, pero con
poca violencia. Mr. H., que acababa de regresar de Santiago, me dice
que Casablanca y Melipilla son montones de ruinas, Illapel, también
destruída; sus iglesias, ruinosas. Sólo los ranchos resistieron,
gracias á la elasticidad de su construcción y materiales; y aunque el
barro ha saltado de los intersticios, no ofrecen peligro.
Mr. C. trae noticias más importantes que las referentes al terremoto.
El pueblo de Concepción, irritado por las injustas disposiciones del
reglamento de comercio y otras medidas opresivas, lo quemó junto
con la Constitución en la plaza del mercado; convocó una Convención
de oposición, é insistió en que Freire se pusiera en marcha con el
objeto (de que no hacen misterio) de derrocar á Rodríguez y la inicua
administración de que forma parte. Freire se ha puesto ya en marcha;
pero aún no es tiempo de que sus movimientos se sepan en Santiago. Yo,
por supuesto, no puedo decir nada mientras la noticia no venga de una
fuente menos privada; pero sí conjeturar; y se me ocurre que el plan
ha sido asegurar á Freire el apoyo de la escuadra. Pero no, no puede
ser; el honor lo prohibe, y la escuadra de Chile no olvidará el honor
mientras lord Cochrane sea, siquiera nominalmente, su Almirante.