tierra, las frutas comienzan á madurar, el clima, siempre agradable,
es ahora delicioso. Jamás poeta alguno imaginó para su Tempe[121] un
cielo más encantador que el de Chile. Tiene aquí el aire una dulzura
y suavidad que calma las agitaciones del ánimo y acrecienta todos los
demás gustos.
_2._--Hemos tenido muchas visitas, y naturalmente, algunas noticias,
la más interesante de las cuales es que el gobierno piensa seriamente
pagar los sueldos de la escuadra. Se dice que la mitad del pago se hará
en dinero y la otra mitad en giros contra la aduana. Lord Cochrane
llegó de la capital anoche y está armando tiendas de campaña en la
playa más allá del fuerte, para su uso, porque, en vista de la manera
como se entienden aquí las cosas, no quiere aceptar casa del gobierno.
Tiene derecho, sin duda, á que se le proporcione casa, y el gobernador
de Valparaíso recibió orden de suministrarle una. Eligió éste una de
las mejores del puerto y notificó á Mr. C., caballero inglés, que se
retirara de dicha casa con su familia y se la dejara amueblada al
almirante, según la antigua costumbre española. Pero lord Cochrane no
ha consentido en semejante despojo y ha armado tiendas en la playa.
Sus amigos se manifiestan algo alarmados con este motivo. Ningún
chileno levantaría la mano contra el almirante; pero hay ahora en Chile
personas que lo aborrecen y que ya se han hecho culpables de intentos y
de perpetración de asesinatos.
_Domingo 3 de Noviembre._--Esta noche, como á las nueve, llegó el
Director al puerto. Dicen que viene á presenciar el pago de la
escuadra; según otros, para demorar su encuentro con San Martín, que,
después de tomar algunos baños en Cauquenes, se dirige á Santiago
y se hospedará en el palacio directorial, pero sólo como individuo
privado[122]. Tendrá doble guardia; pero si es tan querido como él
dice, ¿por qué teme? Sospecho que, como todos los bebedores de opio, se
ha puesto nervioso.
Espero, por el honor de la naturaleza humana, que una opinión que he
oído acerca de la venida del Director resulte infundada: que ha venido
con el objeto de aprovechar una oportunidad de apoderarse de la persona
de lord Cochrane, esto es, de sacrificarlo á la venganza de San Martín,
accediendo á las instancias transmitidas del Perú por los agentes
Paroissien y Del Río.
_7 de Noviembre._--Hemos salido á pasear á caballo varios días y
trabado amistad con algunos hacendados de los alrededores. En todas
partes nos invitan á desmontar-nos y tomar leche, ó siquiera descansar
un rato y andar por los jardines y coger flores.
Después del bullicio del puerto y de las mezquinas intrigas de sus
habitantes, la amabilidad y sinceridad de los campesinos refrigera
y conforta. Hoy, sin embargo, he pasado un día muy agradable en el
puerto, principalmente en las tiendas del almirante, bastante lejos de
la ciudad para no sentir su ruido. Dejando á Glennie en las tiendas,
volví á la ciudad á visitar al Director, que vive en la casa del
gobernador; Zenteno y su familia se han ido á otra. Su Excelencia
está muy bien de salud y me recibió con exquisita cortesía; luego que
me senté me obsequió con una flor, según la costumbre del país. La
conversación rodó, no sé á propósito de qué, sobre los conventos de
monjas, y le hablé de las Filipinas de Roma.
Manifestó deseos de obtener datos acerca de ellas y su regla, con el
objeto de mejorar, si era posible, la condición de las religiosas de
Chile y especialmente de las que se dedican á la educación de las
niñas. Se los prometí; y apenas llegué á casa le envié todos los datos
que pude, con referencias á las historias eclesiásticas que supongo
se hallarán en la biblioteca pública. Nunca me habría imaginado,
cuando visité aquel convento, que fué en otro tiempo el palacio de
César Borgia, y al contemplar desde sus galerías, pintadas por el
Dominiquino, las ruinas de Roma, que esa visita podría influir algún
día en la condición de las pobres enclaustradas de Chile.
De vuelta á las tiendas del almirante, después de algunas visitas,
encontré que mi enfermo había dormido tranquilamente. Lord Cochrane,
que se interesa mucho por él, me pidió que lo llevara á Quintero para
que cambie de aire. Lo haré con el mayor gusto; y tan pronto como
recobre un poco sus fuerzas, pienso ir allá. El almirante no está del
todo bien. No es raro, pues aún no se paga á la escuadra. Los cargos
aducidos contra él por San Martín, aunque no creídos por el gobierno,
que posee numerosos documentos con que refutarlos, no han sido
contradichos por él, á solicitud del gobierno, para evitar excitaciones
del espíritu de partido ó una desavenencia ó quizás una guerra entre el
Perú y Chile.
Ha pasado ya todo el peligro de esa especie, y como se honra á San
Martín asignándosele por residencia el palacio directorial, donde,
como con el expreso objeto de insultar á lord Cochrane, recibe toda
clase de demostraciones públicas de obsequioso respeto, esos cargos
deben ser y serán contestados, y contestados con hechos y fechas que
confundirán enteramente todas las acusaciones directas é indirectas que
se han formulado ó insinuado contra él. Hay, además, otros motivos de
inquietud para los hombres dirigentes de Chile.
Del Norte y del Sur llegan noticias y rumores de descontentos de
diversas especies. Los hermanos y parientes de los muertos y de los
proscriptos no los han olvidado, y ven con dolor y cólera colmado
de honores al hombre á quien consideran autor de sus infortunios.
Respetando la persona del Director, ven en él al amigo y aliado de San
Martín y al sostenedor de Rodríguez y sus compañeros, y ya me parece
oir ese murmullo sordo y encubierto que precede á la guerra civil.
El gobierno de Santiago culpa de este descontento á la escuadra y ha
enviado tropas para intimidarla, según dicen. Pero su número es tan
reducido, que apenas bastaría para escoltar al Director ó para asegurar
á un prisionero político, objeto á que las creen destinadas los que
conocen mejor los propósitos del gobierno. El almirante es, sin duda,
la persona que tomarían, si los secuaces de San Martín se atrevieran á
cometer tamaño crimen.
Dado el primer paso, no se detendrían en él. Las víctimas de San Martín
no sobreviven al apretón de sus garras. Siento que el Director se
preste á semejantes planes. La gente del puerto, aparentemente temerosa
de hablar, en realidad lo dice todo. Mucho me alegré de verme libre, en
las tiendas del almirante, de oir cosas desagradables; alli siquiera
estamos seguros de no oir nada de la política de Chile.
Puedo decir con los norte-americanos que todo progresa. Glennie está
mucho mejor. Los descontentos cunden. La escuadra está en camino de que
se le pague, aunque quizás demasiado tarde. Cuando enviaron el dinero,
olvidaron enviar junto con él papel sellado para los vales, etc.
Los oficiales y marineros deberán, pues, esperar que sellen el papel y
lo manden de Santiago. Recibí una carta del Director en contestación
á la que le escribí sobre las monjas. El reglamento de comercio está
produciendo mil enredos y confusiones. Lord Cochrane sigue ocupado en
su refutación de San Martín. Lo he visto y acordado con él el día de
mi viaje á Quintero. Lo único que no progresa es la reparación de los
buques.
Entiendo que Mr. Olver, muy competente en estas cosas, ha hecho el
cálculo de los costos y ofrecido ejecutar las reparaciones; pero dudo
que el gobierno que, como algunos otros, suele ser mezquino para
los gastos pequeños y derrochador de grandes sumas, se resuelva á
desprenderse del dinero necesario para poner los buques en buen estado.
Si no lo hace, las costas quedarán indefensas ó habrá que comprar
buques nuevos á precios exorbitantes.
He echado una ojeada á mi _Diario_ de las últimas seis semanas y he
encontrado que se parece algo á una galería de pinturas, en que hay
cuadros históricos, retratos, paisajes, Naturaleza muerta, flores, uno
al lado del otro. Cada escrito pretende ser un todo, independiente y
completo de suyo, historia, paisaje, retrato, que el autor termina
generalmente para que pueda figurar por sí solo en una galería de
cuadros.
Pero mi pobre _Diario_, escrito en un país nuevo, en tiempo de
agitaciones políticas, no puede aspirar á tener unidad de plan,
pues ¿puedo acaso prever lo que acaecerá mañana? Y como mis héroes
y heroínas (más escasas éstas que aquéllos) son personajes
independientes, no puedo, como un novelista, obligarlos á figurar en
mis páginas á mi satisfacción y gusto, sino que se gobiernan por sí
solos; lo cual, después de todo, en un lugar donde llevar un diario es
sólo un modo de suplir la lectura de los libros nuevos del día (lectura
de que ciertamente gozaría en mi casa) vale quizá tanto como lo otro:
en uno y otro caso la incertidumbre del desenlace mantiene el interés.
_14 de Noviembre. Concon._--Esta mañana temprano partimos de Valparaíso
y á las once llegamos á Viña del Mar, la hacienda de los Carrera. La
familia, cuyo jefe es primo hermano de don José Miguel Carrera, ha
sufrido mucho durante la revolución. Algunos de los hijos murieron
prematuramente; uno de ellos está desterrado, al servicio de Artigas;
de nueve hijas sólo hay tres casadas; las demás viven con sus padres
en Viña del Mar. Es una bella propiedad; la cruza el riachuelo de
Margamarga, formando un valle extraordinariamente fértil; en el pueblo,
que da su nombre al riachuelo, se encuentran las mejores lecherías de
la comarca.
Las casas de la hacienda están situadas en el centro de un pequeño
llano formado por las tierras de aluvión arrastradas por las aguas
de las montañas circunvecinas, que se alzan detrás de él como un
anfiteatro. Unos pocos sembrados y un hermoso huerto cultivado por un
francés, Mr. Pharoux, ocupan el espacio entre el llano y el mar. Al
otro lado de aquél se halla la extensa viña de la hacienda, que poco á
poco está cediendo su lugar al trigo, que aquí prospera más y deja más
provecho que la vid.
Nos recibió muy amablemente la señora de Carrera, á quien encontramos
sentada en un sofá á un extremo del estrado, sobre el cual jugaban
algunos de sus nietos. Las hijas, sentadas en sillas y taburetes,
rodeaban á su madre. Ofreciéronnos luego refrescos y leche caliente con
azúcar y canela y rebanadas de pan.
Llevaron en seguida al inválido á un alegre y fresco aposento para que
descansara. Mientras dormía, las niñas mostraron á Mr. Davidson, que
nos había acompañado desde el puerto, y á mí el jardin, el huerto y las
oficinas de la hacienda, poco diferentes de las que antes había visto,
salvo que se hallan en muy mal estado. Como en la hacienda se están
reemplazando las viñas por siembras de trigo, las cubas y alambiques
van quedando fuera de servicio y cederán su lugar á los graneros. En la
comida observé que manjares y costumbres fueron en parte chilenos y en
parte ingleses, debido á que entre los nietos predomina la nacionalidad
chilena (que es también la de la abuela) y entre las hijas la inglesa.
Transcurrido algún tiempo después de la comida, proseguimos viaje á
Concon. Como á medio camino nos salieron al encuentro el señor Miers y
su esposa é hija. La tarde fué una de las más deliciosas que he visto
en este clima privilegiado y me sentía más alegre y dispuesta á gozar
que de costumbre. No había hecho ningún viaje á caballo tan largo desde
el desastroso de San Francisco del Monte á Santiago.
_15._--Fuimos á la desembocadura del río, de cuyas aguas una parte se
pierde en las arenas aquí acumuladas, otra, deteniéndose en la tierra,
forma un lago cenagoso; otra, por fin, bastante considerable, llega
al mar. Me sorprendió desagradablemente ver en la playa, donde Mr.
Miers ha construído un pequeño muelle, una gran cantidad de excelentes
maquinarias para laminar cobre.
Algunos miembros del gobierno han visto con ojos envidiosos estas
maquinarias, porque parte de ellas podria servir para amonedar cobre;
pero no creo que esta envidia induzca al gobierno á comprarlas á fin de
mejorar los groseros procedimientos actuales de amonedación.
Mientras tanto las ruedas, tornillos y palancas yacen en la playa,
esperando que circunstancias más favorables permitan á Mr. Miers
realizar sus proyectos. Pero el tiempo, su ciudadanía chilena, su
calidad de propietario de tierras y la circunstancia de haber nacido
sus hijos en el país, espero que obrarán en su favor.
Los cerros de Concón presentan caracteres muy diversos de los que
rodean á Valparaíso. Allá una arcilla rojiza, con venas de granito y
de cuarzo blanco, forma toda ó casi toda la masa de los cerros; los de
esta región son de una arena gris ó negruzca, con capas de piedrecillas
y conchas visibles á diferentes alturas frente á la playa. A ambos
lados del río la tierra del llano es excelente y profunda, cubierta de
toda esa variedad de cosas que deposita un río que dos veces al año
crece y traspasa sus límites.
La primera crece, casi una verdadera inundación, tiene lugar en la
estación lluviosa; la segunda cuando se derriten las nieves de los
Andes. Dicen que también crece en tiempo nebuloso. Probablemente por
la proximidad de este lugar á las montañas, el río es sensible á los
cambios diarios de tiempo que ocurren en la cordillera; y en efecto,
creo que trae menos agua en la mañana que en la tarde, debido, sin
duda, á la fusión de la nieve durante el día.
_17._--Nos dirigimos á Quintero, deteniéndonos á descansar en la vieja
casa á orillas de la laguna. Por ser hacienda principalmente ganadera,
su población no guarda proporción con su superficie. Cada valle tiene,
sin embargo, una ó dos habitaciones, alrededor de las cuales, después
de la época lluviosa y mientras los ganados pacen en las montañas,
forman los campesinos sus pequeñas _chacras_ como llaman los terrenos
en que cultivan habas, calabazas, melones, cebollas, patatas, judías
(ó _fréjoles_ que constituyen uno de los principales artículos de su
alimentación) y otros vegetales. Deben cosechar estos productos antes
que el ganado vuelva al llano, porque el patrón tiene derecho de echar
los animales á todos los campos de cultivo, con mucho gravamen á veces
de los campesinos, obligados á trabajar seis, ocho, diez, doce ó más
días al año, á voluntad del patrón y según la época.
Ahora bien; suele suceder que los ocupa en cosechar su propia chacra
precisamente cuando las de ellos están listas para la cosecha, y el
tiempo pasa y el alimento del pobre labriego es pisoteado por los
bueyes. En esta propiedad no sucederá tal cosa mientras su actual dueño
permanezca en el país; pero el derecho legal existe y un patrón ó
administrador de duras entrañas puede ejercerlo. Lord Cochrane ha dado
á los campesinos una libertad tan completamente insólita para ellos,
que la han tomado por negligencia y han abusado de ella. Es preferible
que abusen á que se les oprima.
Cada colono paga unos pocos reales por alquiler del suelo; dos pesos
(en algunas haciendas más) por el talaje de cada caballo, mula, buey
ó vaca y el doble por cada cien carneros. Los inquilinos de Quintero,
aprovechando la larga ausencia del dueño y la negligencia ó falta de
honradez del administrador, han aumentado sus rebaños y ganados más
de lo que la propiedad puede soportar, sin abonar los pagos debidos y
causándole un grave daño material.
Recibiéronnos Mr. Bennet, secretario de lord Cochrane para las
comunicaciones en castellano, y mi amigo el pintor Carrillo. Su larga
residencia y extrañas aventuras en América del Sur han hecho del
primero un interesante personaje. _Il narre bien_, y sospecho que
mejor en castellano que en inglés. Hay un no sé qué de agradable en su
dialecto de Lincolnshire que comunica cierto aire de originalidad á sus
expresiones y relatos.
Le gusta vestirse de una manera estrafalaria. Constituyen unas veces su
indumentaria una camisa suelta, pantalones anchos, chinelas de mahón,
un gorro negro de piel y un cinturón; otras, anchos pantalones cosacos,
chaqueta azul, botones de oro, pequeñas charreteras, gorro militar y
cinturón bien ceñido á la cintura. Aunque se vista según las costumbres
del país, rara vez consiente en ponerse corbata.
En traje de parada, su flacura y palidez y la extraña expresión de sus
ojos se armonizan muy bien con su ropa negra, sus brillantes calzones
de seda que parecen de _calamaco constitucional_, sus enormes rosas de
cintas en las rodillas y sus zapatos con hebillas.
Yo no podía contener la risa cada vez que lo veía en este traje que
formaba tan absoluto contraste con la descripción que él mismo hace del
que llevó cuando fué gobernador de Esmeralda, durante el primer período
de la revolución, cargo que, como bien puede creerse, se le obligó á
aceptar. Andaba entonces con el cuerpo pintarrajeado, con adornos de
plumas en la cabeza y tan ligeramente vestido como cualquier salvaje.
Púsose ahora un traje término medio para hacer los honores de Quintero,
honores que hizo muy cortésmente á la señora Miers y á mí y muy
afectuosamente á Glennie. Después de comer le pedimos que nos refiriera
algunas de sus aventuras, y especialmente las que le ocurrieron en
Barranca durante el terremoto, cuando los aterrorizados habitantes
huyeron á los cerros, temiendo á cada instante ver desaparecer la
arruinada ciudad como el Callao en 1747[123].
Terminada la relación del terremoto, nos refirió sus expediciones á
varios formidables volcanes y nos dijo que había descendido al cráter
del Pichincha más abajo que el punto donde Humboldt dejó su señal. Le
pregunté si en alguno de los países en que había vivido se creía que
los terremotos pudieran repetirse periódicamente y si los casos en que
habían ocurrido dos con intervalos regulares, eran considerados como
presunciones de que el fenómeno volvería á repetirse en un período más
ó menos igual, en cuyo caso sólo faltaría un año ó á lo más dos para
que ocurriera un terremoto en esta región de Chile.
Pero no pude saber si hay alguna creencia ó tradición indígena á este
respecto, ni lo que sobre el particular opinan los sabios europeos. Y,
en efecto, dentro de los últimos cinco años, Coquimbo y Copiapó, no
visitados hasta entonces por estas calamidades, han sido completamente
destruídos, contradiciendo así algunas teorías basadas en la naturaleza
del suelo, situación geográfica, etcétera[124].
Tratamos de persuadir á la señora Miers á que se quedara con nosotros,
mas no pudimos conseguirlo. Estaba con cuidado por sus niños, y
partió, calculando llegar á su casa antes de oscurecer. Hice un
pequeño bosquejo de la casa; y habiendo encontrado en ella una prensa
litográfica, pienso reproducirlo en piedra. Será el primer grabado
hecho en Chile, y probablemente en este lado de América del Sur.
_20 de Noviembre._--Ayer, después de la comida, habiéndose quedado
Glennie profundamente dormido en su sillón frente á la chimenea, Mr.
Bennet y yo, atraídos por la belleza de la tarde, llevamos nuestros
asientos al corredor que mira al mar, y, por primera vez desde mi
llegada á Chile, vi relampaguear. Los relámpagos continuaron sin
interrupción sobre los Andes hasta después de oscurecer. A un día
sereno y algo caluroso siguióse una deliciosa y tranquila noche de
luna. De mala gana volvimos á la casa, por acompañar al inválido, y
estábamos conversando tranquilamente cuando, á las diez y cuarto, la
casa se sacudió violentamente, con un ruido semejante á una explosión
de pólvora. Mr. Bennet, salió de la casa corriendo y exclamando: “¡Un
terremoto, un terremoto! salgan, síganme, por Dios!”
Yo, más solícita por Glennie que por cualquier otra cosa, y temerosa
de que el aire de la noche le hiciera mal, permanecí sentada; él,
mirándome para ver qué determinación tomaba, tampoco se movió, hasta
que, continuando con mayor fuerza el sacudimiento, cayó el cañón de
la chimenea y los muros se abrieron. Mr. Bennet volvió á gritar desde
afuera: “¡Por amor de Dios, salgan de la casa!”
Resolvimos entonces salir al corredor, con intención, naturalmente,
de valernos de las gradas; pero el movimiento cobró en ese instante
tal violencia que, mientras se derrumbaba un muro detrás de nosotros,
saltamos de la pequeña plataforma al suelo; y en ese mismo instante la
rápida trepidación de la tierra se cambió en un movimiento ondulatorio
semejante al de un buque en alta mar, de suerte, que apenas y con gran
dificultad podíamos sostener á Glennie.
El sacudimiento duró tres minutos. Cuando cesó, todas las personas de
la casa y sus alrededores se hallaban reunidas en el prado que hay
delante de ella, con excepción de dos personas: la mujer de un albañil,
que se quedó encerrada en un aposento que no pudo abrir, y el pintor
Carrillo, que al querer salir de su cuarto por el hueco que dejó la
pared al derrumbarse fué sepultado por los escombros, debiendo su
salvación á que el dintel de la puerta quedó suspendido sobre él.
Jamás olvidaré las horribles emociones de esa noche. En los demás
trastornos de la Naturaleza, creemos ó nos imaginamos que un pequeño
esfuerzo de nuestra parte puede alejar ó aminorar el peligro; pero
en un terremoto no hay refugio seguro ni medio de escapar. La “loca
angustia” que agita entonces los corazones y se revela en todas las
miradas, me parece comparable en horror á la que se apoderará de las
almas en el juicio final.
Como la inquietud que sentía por mi enfermo dominaba en mí sobre
cualquier otro sentimiento, no participé de ese sublime terror, pero
miré en torno mío y lo vi en todos. Entre el fragor de la destrucción
sentí durante toda la noche los mugidos del ganado y el graznar de las
aves marinas, que no cesó hasta el amanecer.
No había el más leve soplo de viento, y sin embargo, tal era la
agitación de los árboles, que sus copas parecían tocar la tierra.
Pasó algún tiempo antes que recobráramos nuestra sangre fría para
deliberar sobre lo que debíamos hacer. Lo primero fué poner á Glennie,
á quien sobrevino una fuerte hemorragia de los pulmones, en un sillón
bajo un árbol. Me quedé á su lado mientras Mr. Bennet iba á la casa en
busca de aguardiente y agua, de que todos bebimos un poco.
Armamos en seguida una tienda para el enfermo y le tragimos de la
casa un sofá y frazadas. Precedida de un hombre con una luz, entré á
los cuartos interiores, donde esperaba hallar algunos remedios. Por
este tiempo habían tenido lugar dos remezones más, pero mucho menos
violentos que el primero, lo que parecía significar que ya lo peor
había pasado. Seguimos por los departamentos en ruinas hasta el patio
donde se derrumbó la muralla y allí un nuevo y rápido sacudimiento
pareció hacer ondular las ruinas bajo nuestros pies.
Llegamos, por fin, á la primera puerta de los dormitorios, y al
entrar vi los muebles separados de los muros, cosa á que de pronto
no dí importancia. En el segundo aposento el desorden ó mejor dicho,
el cambio de lugar de los muebles, era más notable, y me pareció
observar cierta regularidad en la distribución de todos los objetos,
especialmente en mi dormitorio.
Después de tomar las medicinas y abrigos que necesitaba, examiné la
posición de los muebles en los diversos aposentos y me cercioré de que
todos se habían movido en la misma dirección. Determinéla esta mañana
por medio de la brújula, y resultó ser Noroeste y Sureste.
La noche continuaba serena, y aunque la luna se puso temprano, había
luz en el cielo y una débil aurora austral. Luego de hacer acostarse á
Glennie en la tienda, extendí mi colchón en el suelo cerca de él. Mr.
Bennet, el administrador y demás empleados instalaron sus camas con
la ropa que pudieron encontrar alrededor de la tienda. Eran las doce:
la tierra estaba todavía inquieta, y cada dos minutos se sentía una
conmoción acompañada de ruidos semejantes á explosiones de pólvora, ó
más bien, á los que acompañan las erupciones volcánicas.
Los conté, reloj en mano, durante cuarenta y cinco minutos, hasta
que, cansada, me quedé dormida. Un poco antes de las dos una fuerte
explosión y un tremendo sacudimiento nos despertó á todos. Un caballo y
un cerdo se escaparon y vinieron á refugiarse entre nosotros.