Para descender un cerro se les quita del frente y las cuerdas se llevan

desde los ejes á la parte trasera, asegurándolas en los anillos de la

parte delantera de las sillas, de modo que en este caso los caballos no

sólo sirven de obstáculo á la velocidad de las ruedas, sino que también

soportan una parte del peso del vehículo, que de otra suerte podría

vencer á la mula en el descenso.

La estación ha avanzado considerablemente después de nuestro viaje á

la capital; abundantes hierbas cubren los campos; los huertos se ven

verdes y floridos, y ha comenzado ya la poda de las vides. Los caballos

y demás animales son enviados una vez más á pacer en los potreros, y la

primavera llega para todos menos para mí.

La mía pasó para no volver, y la mano del infortunio arrasó y

esterilizó mi estío. Sin embargo, aún me queda la esperanza, la bendita

esperanza de que el otoño de mi vida será siquiera más tranquilo.

Sufrí mucho los dos primeros días de viaje; pero al tercero me sentí

notablemente mejor, hasta el punto de creerme restablecida del todo.

Ese día, en la primera casa de postas antes de Valparaíso, encontré

al capitán Spencer con media docena de mis jóvenes marinos, que tuvo

la delicada atención de traer á mi encuentro, y entre ellos al pobre

Glennie. Tomamos un alegre lunch, y seguimos viaje á Valparaíso. Mi

criada montó á caballo y Glennie ocupó su lugar en la calesa.

Encontré en casa á Mr. Hogan y otros amigos, que me esperaban para

darme la bienvenida. Muy rara vez he gozado con el descanso tanto

como esta noche; mi mente y mi cuerpo reposaron como no había logrado

hacerlo desde que supe la llegada de Glennie enfermo.

_1.º de Octubre._--Los asuntos de la escuadra están mucho peores

que cuando salí del puerto. Aún no se pagan los sueldos, y las

tripulaciones de los buques claman por dinero, ropa y demás cosas

necesarias. El descontento cunde más y más, y como de costumbre, va

contra todos, con ó sin razón.

El mismo lord Cochrane, á pesar de todos sus esfuerzos y sacrificios

por la nación y la escuadra, ha sido convertido en blanco de una

malévola calumnia, que, aunque confutada por él de una manera

convincente, es con todo mortificante, porque procede directamente

de individuos á quienes él y el país á quien sirven han beneficiado

y dispensado su confianza. Esta calumnia le imputa que ha hecho un

negocio privado ventajoso para él y recibido ya del gobierno la mayor

parte del dinero destinado al pago de la escuadra. Me ha llenado de

satisfacción una carta que acerca de esto le dirigieron los oficiales

de la escuadra, de fecha de ayer, y de la cual uno de los firmantes ha

tenido la amabilidad de proporcionarme una copia:

“Con la venia de vuestra excelencia.

“Nosotros, los abajo suscritos, oficiales de la escuadra de Chile,

hemos oído con sorpresa é indignación las viles y escandalosas

calumnias encaminadas á arrojar sombras sobre el elevado carácter de

vuestra excelencia y á destruir la confianza y admiración que él nos

ha inspirado siempre.

“Hemos visto con satisfacción las medidas que ha tomado vuestra

excelencia para confundir tan malévolos y absurdos planes, y

confiamos en que no se omitirá medio alguno para exponer á sus

autores á la vergüenza pública.

“En un tiempo como el actual, en que los mejores intereses de la

escuadra y nuestros más preciosos derechos como individuos están en

juego, nos sentimos especialmente indignados de semejante tentativa

de destruir la unión y confianza que al presente existen y que no

dudamos existirá siempre, mientras tengamos la honra de servir bajo

las órdenes de vuestra excelencia.

“Con estos sentimientos nos suscribimos

“De vuestra excelencia los más obsecuentes y humildes servidores.

“P. O. GRENFELL.--_Teniente comandante_ MERCEDES

“Y todos los oficiales de la escuadra.”

Las especies calumniosas á que se refiere la carta anterior, aunque

aparentemente ocasionadas por la ligereza de una persona imparcial,

tienden de un modo tan directo á la realización de los fines de cierto

partido político, que no se puede menos de ver una estrecha relación

entre ellos y dichos fines.

La envidia que tienen al almirante los que se ven eclipsados por él,

fortalecida por las sospechas á que en todas partes están expuestos

los extranjeros, goza ahora de más libertad para desahogar su rabia,

realizado ya el gran objeto de destruir el poder naval de España en

el Pacífico. Y esta envidia ha sido ingeniosamente fomentada por

personajes subalternos, interesados en acabar con la influencia de los

ingleses en Chile, especialmente por algunos agentes de los Estados

Unidos, que han hecho causa común con San Martín y sus agentes. Si

sus secuaces pudieran de alguna manera separar á lord Cochrane de la

escuadra, realizarían fácilmente el gran objeto que se proponen, y las

actuales circunstancias les son favorables.

Los sufrimientos y pobreza de las tripulaciones son difíciles de

soportar, y persuadir á los oficiales y hombres de mar de que el

almirante, sin tomarlos para nada en cuenta, ha hecho un arreglo

favorable para él sería un medio directo de destruir la confianza y

unión que han constituído hasta ahora la fuerza de la escuadra. Por

esta vez ha fracasado el plan; pero ¿quién puede decir cuánto durará

esta tranquilidad?

_2._--Como mi salud dista mucho de estar restablecida y mi pobre

inválido necesita una atención constante, no puedo salir á buscar

noticias. Debo, pues, recibirlas todas por junto como me las traen.

Hoy, por ejemplo, casi me han abrumado de detalles acerca de los

nuevos reglamentos de comercio, los impuestos que van á crearse y los

monopolios del ministro Rodríguez y su socio Arcos[112].

Además de los alcoholes y tabacos que compraron hace tiempo con el

dinero del gobierno, han monopolizado ahora las telas de algodón, los

paños y otros artículos de vestir, y sólo sus agentes ó pulperos pueden

suministrarlos á los parroquianos. Esto, agregado á la falta de moneda

divisionaria y al uso de vales por tres centavos, sólo pagaderos, ó más

bien cambiables por artículos de sus tiendas, causa graves é injustos

daños, y á la vez que retardará la civilización del país le robará sus

entradas, pues hará que el pueblo vuelva á su antiguo hábito de no usar

más telas que las de sus propios telares y quitará, por consiguiente,

brazos y tiempo á la agricultura, producirá la disminución de los

artículos de consumo y detendrá el acrecimiento de la población, al

mismo tiempo que, dificultando el uso de telas extranjeras, reducirá

notablemente los derechos de importación. ¿Son las naciones como los

individuos, que nunca sacan provecho de la experiencia ajena? ¿Debe

tener cada país su siglo de ignorancia y de tinieblas?

Hoy he recibido muchas visitas de felicitación por mi regreso, la mayor

parte y las más afectuosas de mis amigos marinos, y la muy honrosa para

mí de lord Cochrane, que vino con los capitanes Wilkinson y Crosbie y

míster H. E. á tomar té conmigo.

Antes de poder servírselos ocurrió un incidente muy característico;

tuvimos que esperar, para tener leche, que un hombre laceara una vaca

en el cerro. Después de lo que había visto en la administración de la

lechería de la hacienda de Salinas no podía admirarme de nada, y no me

quedaba otra cosa que hacer sino esperar con paciencia la llegada de la

leche. Mis visitantes, más antiguos en el país que yo, se resignaron

fácilmente, y pasamos el tiempo de espera en agradable charla.

Los exorbitantes derechos, aún no impuestos, pero anunciados, sobre

varias mercaderías inglesas han inducido al capitán Vernon, del navío

de S. M. B., _Doris_, á ir á Santiago á ver el modo de conseguir una

reducción de los derechos, ó, por lo menos, una regulación menos

gravosa con relación al manifiesto. Mucho deseo que nuestro gobierno

reconozca la independencia de los Estados sur-americanos y envíe

cónsules ó agentes que amparen nuestro comercio y lo rediman del

oprobio de ser una especie de contrabando en gran escala.

Nada habría sido más fácil que establecer, por ejemplo, que los

minerales del país fueran retornos legales de los artículos

manufacturados de Europa, India y China, en vez de exponerlos, como

ahora sucede, á los riesgos y pérdidas del comercio de contrabando;

pues siendo los minerales los únicos artículos que este país puede dar

á Europa, se abrirán necesariamente caminos á sus mercados. Pretender

impedir su salida es tan absurdo como aquella antigua ley de Atenas

que prohibía vender los higos del Atica para que los extranjeros no

compraran ni comieran un fruto demasiado delicioso para paladares que

no fueran atenienses.

Este nuevo reglamento no es el único punto que puede servir de pretexto

á movimientos subversivos. El Director había nombrado al general Cruz

gobernador de Talcahuano y jefe del ejército del Sur, en reemplazo del

general Freire; pero los soldados se niegan á recibirlo ni consienten

en la partida de Freire, á que se agrega que están clamando por sus

sueldos, como los marinos.

Algunos políticos no vacilan en atribuir á Freire pensamientos

ambiciosos y acusarlo de instigar el clamoreo de los soldados; pero la

verdadera causa debe buscarse en la mala fe del gobierno en negarse

á pagar los sueldos atrasados, en su demora en compensar de alguna

manera los sufrimientos y pérdidas del pueblo de Concepción, que

padeció más que el de cualquiera otra provincia durante la guerra de la

independencia, y en su tiránico empeño de arruinar todos los puertos

de Chile, menos el de Valparaíso, á fin de monopolizar el comercio del

país.

En cuanto á la escuadra, los marineros hablan de apoderarse de los

buques si no se les paga inmediatamente, y se dice que los oficiales

estarán con ellos. Pero creo que más que en declaraciones expresas de

ellos se fundan tales rumores en las provocaciones que se les hacen á

que se hagan justicia por sí mismos.

_8._--El gusto que me causaron hoy las visitas de varios amigos ha

sido amargado por el empeoramiento del pobre Glennie. Sus sufrimientos

han encontrado simpatía, pero no alivio, en una persona de quien no lo

esperaba, de la _Chavelita_, la vieja del jardín, que se me apareció

como á las cuatro con un muchachito que traía un atado de hierbas.

Entrando á la sala con paso majestuoso, engrandecida más aún su

elevada talla por un alto sombrero negro, se sentó al lado de la cama

y comenzó á interrogar al paciente sobre su enfermedad. Volviéndose

después á mí, me dijo que había traído algunas medicinas, una de las

cuales quería aplicar inmediatamente, y para ello me pidió que le

proporcionara un poco de aguardiente caliente. Hecho esto, sacó de su

alforja de cuero un trozo de grasa de coco, con el cual, después de

mojarlo en el aguardiente, comenzó á untar los hombros de Glennie,

disertando mientras tanto sobre la íntima relación que hay entre los

hombros y los pulmones, y aseverando que cualquiera que quiera curar

éstos debe principiar por refrescar aquéllos.

Después de emplear en esta operación un cuarto de hora, dejó acostarse

al enfermo, y tomando un manojo de cachanlagua (_hierba centáurea_), me

dijo que hiciera una infusión con la mitad del manojo en agua hirviente

y se la diera á beber de cuando en cuando. La otra mitad debería

ponerse en un vaso de aguardiente y azotarle con ella los hombros. Me

aseguró que con el uso continuado de esta hierba la fiebre bajaría y

cesaría la hemorragia poco á poco.

Me dió también un manojo de zanahoria silvestre para que con ella le

hiciera una tisana azucarada, que debería beber con frecuencia, y

en seguida, después de referir varios casos semejantes curados con

sus recetas, á que suele agregar una infusión de hojas de vinagrillo

(_oxalis_ amarilla de hojas carnosas), se despidió.

_9._--No puedo consagrarme á mis asuntos privados dos días seguidos.

Esta mañana supe que la escuadra se halla en tal estado de penuria que

ha enviado un delegado al Supremo Gobierno y que los capitanes que

sirven en las naves chilenas le han dirigido una seria representación

en que exponen sus reclamos, sus padecimientos y la injusticia con

que se les trata. En otros respectos las cosas están más tranquilas,

y parece que la paciencia estuviera dando tiempo á que las

representaciones surtan efecto.

Lord Cochrane y el capitán Crosbie vinieron en la tarde, y como nunca

hablamos de política mientras tomamos te con pan y miel, tuvimos

siquiera una hora de agradable charla, sin acordarnos de gobiernos,

motines, ni injusticias de ninguna especie, felicidad de que aquí se

disfruta muy rara vez cuando se juntan dos ó tres personas.

Hay tan poca gente y todos están tan directamente interesados en estos

asuntos, que no es de extrañar que no se hable de otra cosa; pero yo,

de paso por estos lugares, suelo apetecer lo que me fué dado disfrutar

esta tarde: un rato de conversación razonable sobre materias de interés

general.

El capitán Vernón volvió en la noche con un ejemplar del reglamento

en los bolsillos. Me dicen que es tan inconexo y tan ilógico, que

frustrará el fin que se propone.

_13._--Todo el mundo ha sido electrizado hoy por la súbita llegada

del general San Martín, Protector del Perú, á este puerto. Desde

la violenta expulsión de su ministro y favorito Monteagudo de su

oficio por el pueblo de Lima[113], mientras se hallaba en Guayaquil

con Bolívar, había abrigado algún temor por su propia seguridad y

depositado, según se cree, en diversas ocasiones considerables sumas de

dinero á bordo del _Puirredon_, para el peor de los casos.

Embarcóse por fin el 20 de Septiembre á media noche y ordenó al capitán

que levara anclas inmediatamente, á pesar de tener el navío apenas

la mitad de su tripulación y escasísima provisión de agua. Dirigiose

apresuradamente á Ancón, donde despachó un mensajero á Lima, cuya

vuelta aguardó con febril impaciencia.

Tan pronto como llegó, ordenó al capitán que se hiciera al punto á la

vela con rumbo á Valparaíso; y ahora hace correr la voz de que un dolor

reumático en un brazo le obliga á recurrir á los baños de Cauquenes. Si

es verdad, es extraño, bastante extraño.

_14._--Me llegan noticias esta mañana de que San Martín ha sido

arrestado, y que, habiendo pretendido introducir de contrabando cierta

cantidad de oro, éste ha caído en comiso.

_A mediodía._--Lejos de haber sido arrestado, dos de los edecanes del

Director han venido á saludarlo. Además, el fuerte saludó su insignia.

Muchas personas que saben cómo piensa lord Cochrane respecto del

general y que lo considera como un traidor á Chile y un mal hombre, se

inclinan á creer que lo arrestará.

Si lo hubiera hecho, me parece que habría contado con la aprobación

del gobierno. Pero la rectitud y delicadeza de sentimientos de lord

Cochrane lo han inducido á dejárselo al gobierno mismo.

_En la noche._--Ha llegado el carruaje del Director para conducir á San

Martín á la capital. Asístenlo el general Prieto y el mayor O’Carrol,

con cuatro ordenanzas que traen instrucciones de no perderlo de vista.

Esto, á juicio de algunos, significa un arresto honroso. Otros opinan,

y yo me inclino á contarme entre ellos, que esta constante compañía de

tan numerosa comitiva es ocasionada por el temor real ó fingido de que

se atente contra su vida durante su permanencia en el puerto.

El general insiste en decir que ha venido á Chile sólo por sus dolores

reumáticos, y á primera vista parece duro dudar de la palabra de un

hombre que debe conocer mejor que los extraños los motivos de sus

propios actos. Pero uno de los castigos de los que están en puestos

eminentes, es el ser severamente juzgados por los demás.

“¡Oh, hard condition and twin-born of greatness,

Subject to breath of ev’ry fool!”[114].

_15 de Octubre._--Después de ocupar todo el día en despedirnos de mis

amigos del _Doris_, que parten mañana, me sorprendió, cuando acababa

de despedirme del último, el anuncio de que llegaba una numerosa

partida de gente. Y junto con el anuncio entró Zenteno, gobernador

de Valparaíso, acompañado de un hombre muy alto y de buena figura,

sencillamente vestido de negro, á quien me presentó como el general San

Martín. Seguíanlos la señora de Zenteno y su hijastra doña Dolores,

el coronel D’Albe y su esposa y hermana, el general Prieto, el mayor

O’Carrol, el capitán Torres, capitán de puerto según creo, y otros

dos caballeros que no conozco. No fué fácil tarea disponer asientos

para tanta gente en una pieza de apenas diez y seis pies cuadrados y

atestada de libros y otras cosas necesarias para la comodidad de una

europea. Terminados por fin los arreglos, pude sentarme, observar y

escuchar.

Los ojos de San Martín tienen una peculiaridad que sólo había visto

antes una vez en una célebre dama. Son obscuros y bellos, pero

inquietos; nunca se fijan en un objeto más de un momento, pero en

ese momento expresan mil cosas. Su rostro es verdaderamente hermoso,

animado, inteligente; pero _no abierto_. Su modo de expresarse, rápido,

suele adolecer de obscuridad; sazona á veces su lenguaje con dichos

maliciosos y refranes. Tiene grande afluencia de palabras y facilidad

para discurrir sobre cualquier materia.

No me gusta repetir ni aun en globo, y en sus líneas generales las

conversaciones privadas que, á mi juicio, deben siempre mantenerse

reservadas. Pero San Martín no es un hombre privado, y además, los

asuntos de que se habló fueron generales y no personales. Hablamos del

gobierno, y sobre este punto creo que sus ideas distan no poco de ser

claras ó decididas.

Parece haber en él cierta timidez intelectual que le impide atreverse

á dar libertad á la vez que atreverse á ser un déspota. El deseo de

gozar de la reputación de libertador y la voluntad de ser un tirano,

forman en él un extraño contraste. No ha leído mucho, ni su genio es

de aquellos que pueden ir solos. Citó continuamente autores que sin

duda alguna sólo conoce á medias, y de la mitad que conoce paréceme

que no comprende el espíritu. Al girar la conversación sobre temas

religiosos, conversación en que también tomó parte Zenteno, habló mucho

de filosofía. Ambos caballeros parecen creer que la filosofía consiste

en dejar la religión á los sacerdotes y al vulgo, y que los sabios

deben reirse igualmente de frailes, protestantes y deístas.

Con razón dice Bacon: “Sólo niegan la existencia de Dios aquellos á

quienes conviene que no haya Dios”. Y á la verdad, cuando considero sus

actos me parece que si quisiera evitar la desesperación debería ser

ateo. Pero quizá juzgo á San Martín con demasiada severidad. La natural

sagacidad y penetración de su juicio debe haberle hecho ver lo absurdo

de las supersticiones romano-católicas, que ostentan aquí toda su

fealdad, sin el barniz que les dan la pompa y la elegancia de Italia,

y á las cuales ha solido asociarse por razones de Estado con todas las

demostraciones exteriores de respeto.

Alguien ha observado que “cuesta mucho más desprenderse de las

doctrinas católico-romanas que de las que se enseñan en las iglesias

reformadas; pero, una vez que pierden su dominio sobre el alma,

preparan de ordinario el camino al más absoluto escepticismo». Tal

es, á mi juicio, el estado de alma de San Martín. De la religión y de

los cambios que ha experimentado por obra de la corrupción y de las

reformas se pasó fácilmente á las revoluciones políticas. Casi todos

los reformadores sur-americanos se han inspirado en autores franceses.

Se habló del siglo de Luis XIV como de la causa directa y única de la

revolución francesa y, por consiguiente, de las de Sur-América.

Hicieron un obsequioso recuerdo del rey Guillermo antes que me

aventurara á observar que los pasados males y los bienes presentes de

estos países bien podrían atribuirse en parte á las guerras de Carlos

V y de su sucesor, que agotaron el oro de las colonias sin devolverles

nada en cambio. Siguióse discurriendo sobre éste y otros temas,

hasta terminar con una alusión al progreso intelectual de Europa,

que en un solo siglo había producido la invención de la imprenta, el

descubrimiento de América y los comienzos de la reforma, que mejoró las

prácticas mismas de Roma. Zenteno, contento de que se le presentara

una oportunidad para atacar á Roma y lucir sus conocimientos, exclamó:

«Y harto que necesitaban reforma sus prácticas, pues Roma, que quiso

coronar al Tasso y coronó á Petrarca, aprisionó á Galileo», volviendo

á la inversa la cierta y admirable doctrina de Foscólo, de que las

ciencias exactas pueden ser instrumentos de la tiranía, pero no la

poesía, la historia ni la oratoria.

Me alegraré de que el té viniera á interrumpir estas pedantescas

declamaciones, de que no habría tomado nota á no haber pertenecido

ellas también á San Martín. Les pedí excusas por no poder ofrecerles

mate; pero supe que el general y Zenteno acostumbraban tomar té puro,

después del cual fumaron sus cigarros. La interrupción del té no detuvo

la locuacidad de San Martín sino por un breve rato. Prosiguiendo su

discurso, habló sobre medicina, lenguas, climas, enfermedades, y sobre

este punto con poca delicadeza, y por último, sobre antigüedades,

principalmente del Perú.

Refirió á este respecto algunas maravillosas historias de familias de

los antiguos caciques é incas que se enterraron vivas en tiempo de la

invasión española y que habían sido encontradas en perfecto estado de

conservación. Esto nos llevó á la parte más interesante de su discurso,

su partida de Lima. Me dijo que, deseoso de saber si el pueblo era

realmente feliz, solía disfrazarse de hombre del pueblo, como el califa

Haroun Al Raschid, para visitar las fondas y mezclarse con los grupos

que charlaban en las puertas de las tiendas, donde muchas veces oyó

hablar de él.

Me dio á entender que se había cerciorado de que el pueblo era ahora

bastante feliz y no necesitaba ya su presencia, agregando que después

de haber llevado una vida tan activa apetecía descanso; que se había

retirado de la vida pública, con la satisfacción de haber cumplido su

misión, y que sólo había traído consigo el estandarte de Pizarro, el

glorioso estandarte bajo el cual conquistó el imperio de los incas y

que había sido desplegado en todas las guerras, no sólo en las que se

empeñaron entre españoles y peruanos, sino también en las de los jefes

españoles rivales. _Su posesión_--dijo--_ha sido considerada siempre

como el signo del poder y la autoridad_; YO LO TENGO AHORA; y al decir

esto se irguió cuan alto era y miró á su alrededor con un aire de

soberano.

Esto fué lo más característico que ocurrió en las cuatro horas que

duró la visita del Protector, y este el único momento en que se reveló

tal cual era. El resto fué en parte una charla superficial sobre toda

clase de asuntos para deslumbrar á los menos inteligentes, y en parte

una manifestación de la impaciencia de ser el primero, aun en la

conversación vulgar, que le ha dado su largo hábito del mando. Omito

los cumplidos que con algo excesiva profusión me hizo. De ellos podemos

decir, como Johnson de la afectación, que merecen excusas por cuanto

proceden del laudable deseo de agradar. Sus modales son, en verdad, muy

finos, y elegantes sus movimientos y persona, y no tengo inconveniente

para creer lo que he oído de que en un salón de baile pocos hay que le

aventajen.

De las demás personas presentes sólo el coronel d’Albe y las señoras

hablaron algunas palabras. Con dificultad, en mi empeño por ser

política con todos, pude arrancar una que otra sílaba á los demás

caballeros. Parecían temerosos de comprometerse. Déjelos, por fin, en

su mutismo, y el Protector se adueñó luego exclusivamente de la palabra.

En suma, esta visita no me ha dejado una impresión muy favorable de San

Martín. Sus miras son estrechas y aun, si no me equivoco, egoístas.

Lo que él llama su filosofía y su religión, corren parejas: de ambas

hace ostensiblemente uso como simples máscaras para engañar al mundo,

máscaras, á la verdad, tan gastadas, que no logran engañar á nadie,

sino á los que tienen la desgracia de estar bajo su férula.

Diario de su residencia en Chile (1822) y de su viaje al Brasil (1823) · 第 26 / 35 段