cuya factura demanda fuerzas varoniles, tanto más cuanto que el trabajo
se hace sin ruedas, que ni siquiera conocen. Los artículos pequeños se
cuecen ordinariamente en hoyos abiertos en la tierra; los grandes, en
los hornos. Los obreros los trabajan y modelan por lo común en el mismo
sitio donde deben ser cocidos.
Los hornos quedan en parte bajo tierra, pero de modo que no les falte
un buen tiraje de aire; ocupa cada uno como ocho pies cuadrados, con
una altura de 18 pies. Son de pintoresca forma, y el conjunto de ellos,
esparcidos en el llano, evoca la idea de una antigua necrópolis.
A un lado del río se deslizaba majestuosamente, no lejos de la ciudad,
y más allá se alzaba el monte de Chocalán, con ligeros festones de
nubes en sus faldas é incendios de bosques en diversos puntos cerca
de la cumbre. Al Este, los Andes, más ó menos á la misma distancia del
pueblo que el Monte Blanco de Ginebra, se ven al extremo de un largo
valle, circundado de cerros que parecen anonadarse en presencia del
“gigante de la estrella de Occidente”.
Poco después de nuestro regreso, algunas muchachas, aseadamente
vestidas, con sus largos cabellos trenzados y adornados con flores
naturales, se estacionaron bajo nuestra ventana, y acompañándose
con sus guitarras, nos cantaron algunos versos en que nos daban la
bienvenida á Melipilla.
Las invitamos á entrar y se quedaron con nosotros hasta tarde, cantando
baladas y tristes y ejecutando bailes populares, entre los cuales me
llamó la atención por su novedad y elegancia _La Patria_, con letra
nada mal adaptada á los actuales tiempos.
_15 de Septiembre._--Esta mañana doña Rosario y su hermano fueron á
misa, mientras De Roos y yo preparábamos las cosas para nuestro regreso
á Santiago. Dejamos á Melipilla convencidos de que, en su presente
condición, hay en ella poco que ver, al mismo tiempo de que podría ser
una de las ciudades más florecientes de Sur-América. Sus alfarerías,
actualmente considerables, podrían ser incomparablemente más
productivas, y mucho más numerosas y desarrolladas sus manufacturas de
ponchos y alfombras, por la abundancia inagotable y excelente calidad
de la lana y de los tintes. En los planos inmediatos á la ciudad se
produce cáñamo de la mejor clase; sus lecherías son las mejores de esta
región de Chile, y su charqui, cueros y demás productos del ganado
mayor podrían tener fácil y ventajosa salida por el puerto de San
Agustín, que sólo dista 30 millas y adonde todo iría por agua, aunque
la rapidez de la corriente no permitiría á los botes regresar de subida
por el Maipo.
Podría también sacar Melipilla un gran provecho, de especial
importancia en Chile, de las fuentes medicinales de sus inmediaciones,
en el punto donde el Pangue desemboca en el Maipo. Gran número de
enfermos acude allá en la estación de los baños y se alojan en
incómodas y miserables chozas, siendo facilísimo para la ciudad
mantener casas y baños cómodos y bien servidos.
He oído que estas aguas son calientes por la mañana y frías de noche,
cosa tan contraria á la experiencia y á la razón, que sospecho, ya que
no las he experimentado por mí misma, que hay en esto un error tan
grande como el de creer saladas las de Aculeo.
No teníamos intención de pasar hoy de San Francisco del Monte, donde
hay una decente casa para viajeros, mantenida por un antiguo criado de
un pariente de los Cotapos. Apenas llegamos allí, los caballeros fueron
á visitar á un pariente de nuestros compañeros, mientras doña Rosario y
yo nos hacíamos un _toilette_ más esmerada que la que habíamos podido
hacernos en Melipilla.
La casa en que nos hospedábamos era una verdadera pulpería, combinada
con negocio de abarrotes y cervecería. El dueño tiene sangre india y
africana y es hombre hábil é ingenioso. Ha instalado un telar para
tejer ponchos, en que produce más en una semana que los tejedores de
Melipilla en un mes. Su mujer hila y tiñe la lana, y con esta industria
y las ganancias de la pulpería obtienen una no despreciable renta. Me
puse otro vestido y salí á recorrer el pequeño pueblo, que me pareció
muy limpio, y admiré sus jardines y campos, aunque, á juzgar por la
gente que vi, me formé la idea de que San Francisco tuvo en otro tiempo
habitantes de más elevada categoría que los actuales.
Las mejores casas están cerradas, y ellas y sus vecindades revelan
decadencia y abandono. Pertenecieron á los Carreras. Su heredera,
doña Javiera, vive ahora desterrada en Montevideo. Fui á la plaza,
donde se encuentran la iglesia y el convento de los franciscanos y
algunas buenas casas. Me atrajo una gran multitud apiñada en la puerta
de una de ellas. Había un grupo de huasos á caballo, con la cabeza
descubierta, como si estuvieran ejecutando un acto de devoción. Cuando
llegué al centro de la multitud, que me abrió paso cortésmente, vi con
no poco asombro nueve personas que danzaban, como dicen los españoles,
_con mucho compás_.
Formaban una figura parecida á la de un juego de bolos, alrededor de
un muchacho vestido de una manera grotesca, que de cuando en cuando
cambiaba de lugar con otros dos, uno de los cuales tenía una guitarra y
el otro un rabel. Por su altura y conformación los danzantes parecían
hombres, mujeres por sus trajes y aderezos. Se me ocurrió que podían
ser mujeres patagonas, y pregunté á uno de los circunstantes de dónde
venían. Obtuve de él la siguiente explicación: “Cuando los franciscanos
emprendieron la conversión de los indios de estas comarcas centrales,
establecieron su convento en Talagante, el pueblo de las palmeras,
más arriba mencionado, contando entre sus primeros prosélitos á los
caciques de Talagante, Llupeo y Chenigué.
No tardaron los buenos padres en descubrir que era más fácil convertir
á los indios á una nueva fe que alejarlos de ciertas prácticas
supersticiosas de la antigua idolatría, y punto menos que imposible
hacerlos renunciar á la danza que en honor de un poder tutelar
ejecutaban anualmente bajo el follaje de los canelos. Hubieron, pues,
de tolerarles esta práctica, pero deberían ejecutar la danza dentro de
los muros del convento y en honor de Nuestra Señora de la Merced. Los
caciques tomarían á su cargo, por turnos, los costos de la fiesta.
Trasladado el convento á su sitio actual, se les permitió celebrarla
en la iglesia. Los danzantes, en vez de pintarse el cuerpo y adornarse
la cabeza con plumas y la tradicional cinta, que todavía consideran
sagrada, se presentan ahora con trajes y atavíos femeninos, los mejores
que pueden procurarse, y como los religiosos han reducido mucho el
tiempo de la solemnidad, la danza se prosigue y termina delante de la
iglesia, con tanto respeto de los circunstantes como en el templo
mismo. Los danzantes y todos los que quieren acompañarlos se dirigen en
seguida á la casa del cacique, donde comen lo que éste puede ofrecerles
y beben hasta agotar su provisión de chicha.
Quedé muy contenta de haber visto á estos danzantes, que me inclino á
tener por descendientes de los Promaucaes, que opusieron resistencia
á las tentativas de los incas de conquistar el país y que, después de
defenderlo intrépidamente contra los españoles, terminaron por celebrar
con ellos una alianza á que siempre se han mantenido fieles.
No fuí menos afortunada en la persona de quien solicité estos datos.
Es un hombre contrahecho, pero despierto y jovial, que desempeña el
doble oficio de maestro de escuela y de _gracioso_ del pueblo. Hoy,
mientras comíamos, entró á saludarnos y dirigió á cada uno de nosotros
un cumplimiento improvisado, en verso, con no menos facilidad y soltura
que los _improvisatori_ populares de Italia. Ofrecíle en pago de su
galantería un vaso de vino, y comenzó entonces á recitar versos, unos
tras otros, hasta que, entusiasmado probablemente por las copas que le
prodigaban nuestros jóvenes amigos, sus relatos empezaron á ponerse tan
escabrosos que nos vimos obligados á hacerlo callar y enviarlo á comer
con los criados.
De Roos y yo deseábamos hacer una visita al cacique de Chenigué para
presenciar, aunque fuera desde lejos, la fiesta trienal; pero vimos que
estaba demasiado lejos para ir á pie y no podíamos pensar en valernos
para esto de nuestros caballos, que á la mañana siguiente debían
llevarnos á Santiago. Nos contentamos, por consiguiente, con visitar
al cacique de Llupeo, pueblo vecino de San Francisco del Monte. Nos
encontramos con que Su Majestad (¿deberé darle este título?) estaba
ausente, quizás en la fiesta de Chenigué. Su esposa, inteligente y bien
parecida mujer, nos recibió muy afablemente. Cuando entramos estaba
sentada en el estrado con una amiga y una de sus hijas. Otra de ellas,
una bellísima muchacha, se ocupaba en amasar pan. La casa, aunque
grande y cómoda, es un simple rancho de paja.
Los huertos y campos anexos son bellos y perfectamente mantenidos,
gracias al trabajo personal del cacique, sus dos hijos y sus mocetones,
sobre quienes ejerce todavía una jurisdicción nominal y una autoridad
moral, no menos poderosa aquí que en las naciones más civilizadas. Como
se le supone dueño de derecho de la tierra, recibe por cada campo una
pequeña contribución voluntaria en productos, á modo de reconocimiento
de su dominio. Durante las dos últimas generaciones se le ha despojado
de las dos terceras partes del pueblo, de manera que ahora el cacique
no es más que una sombra.
Habla de ir, acompañado de una veintena de sus mejores mocetones, á la
capital, á hablar con el Director, para librarse de la intervención de
los comandantes de distritos, que lo vejan y hostilizan de mil maneras.
El lenguaje, hábitos y vestido de estos indios no se diferencian casi
de los de los demás chilenos, de que sólo unas pocas costumbres los
distinguen; hasta tal punto se han asimilado á sus conquistadores,
quienes, por su parte, han adoptado también muchos de sus usos.
A nuestro regreso de la casa del cacique, donde se nos agradeció
nuestra visita como un gran favor y se nos encareció cuánto sentiría
haber perdido esta oportunidad de atender personalmente á dos
visitantes ingleses y de mostrarles las mejoras que ha introducido en
su residencia[108] entramos á otra choza de indios á devolver un bastón
que habían tenido allí la amabilidad de prestarnos para pasar apoyados
en él un charco cenagoso del camino.
Encontramos en ella dos mujeres muy enfermas: una de fiebre, de
consunción la otra. Me dicen que estas enfermedades son muy comunes
aquí á causa de los pantanos inmediatos al pueblo.
Tengo por no menos nocivos los pisos de barro y las paredes de paja
de las chozas, al través de las cuales penetran los fuertes y fríos
vientos de la cordillera.
En la tarde vinieron á visitarnos doña Dolores Ureta y su simpática
hija, á cuya casa habían ido los jóvenes en la mañana. Me pidió que
disculpara la ausencia de su marido, retenido por una grave enfermedad.
Pocas señoras he conocido más agradables y distinguidas que ésta, y sus
hijas son dignas de ella. Tuve verdadero gusto de verla y de la nota de
distinción que traía á nuestro pobre albergue.
Por ser hoy domingo, el aposento principal de la casa, que yo creía
exclusivamente reservado para nosotros, se llenó en la noche de hombres
y mujeres de todas condiciones, y luego comenzaron los entretenimientos
de costumbre.
Primero el gracioso ejecutó en el centro de la pieza unas cuantas
payasadas y dedicó loas á cada una de las personas presentes.
Mandó en seguida por su arpa, con que acompañó toda clase de bailes.
Doña Rosario y yo, sentadas en nuestra cama, y en compañía de doña
Dolores y su hija, no nos preocupábamos gran cosa de atender á los
pasatiempos con que una pulpería de campo celebrada la noche del
domingo.
Estas escenas gustan más descritas que vistas. La posada de doña
Josefa podría haber dado tema á Le Sage ó á Smollet para un delicioso
capítulo; pero, como sucede con ciertos cuadros holandeses de
costumbres, el atractivo de estas escenas no está en las escenas
mismas, sino en el arte con que se les pinta ó describe. Mucho sentí
que nos dejara doña Dolores.
Parece que la alegre concurrencia tomó su partida como señal de
retirada, pues junto con irse ella se fueron todos.
Un momento después que acompañamos á las señoras hasta su carruaje, se
declaró un incendio en una gran casa de la vecindad, y allá acudimos
todos. Hacía un frío intenso. Habiéndoseme asegurado que en la casa
incendiada no había nadie en peligro, me volví luego con un ligero
dolor en un costado.
_16 de Septiembre._--Partimos de San Francisco, pasando por Talagante
con intención de ir costeando el cerro de San Miguel hasta la hacienda
donde el Mapocho sale de la tierra por varios abundantes manantiales.
Nos detuvimos á saludar al cacique y compramos algunas pequeñas jarras
y fuentes de arcilla roja, con adornos de una tierra mezclada con
piritas de hierro que le dan cierta apariencia de polvo de oro.
Talagante es una aldea muy poblada, y parece que en todas las chozas
las mujeres se dedican á la alfarería. Los hombres son soldados,
marineros, carreteros, labradores, fuertes y bien conformados, con
rostros de marcado tipo araucano. Apenas nos habíamos alejado una legua
del pueblo, un violento acceso de tos, que me produjo la ruptura de una
vena, me obligó á quedarme atrás de mis compañeros[109].
Sólo después de un largo rato pude alcanzar á mis amigos, á quienes
causó lo ocurrido gran consternación, pues nos hallábamos á diez
leguas por lo menos de la capital. Les propuse que siguieran adelante,
mientras yo continuaba lentamente el viaje con el criado. No
consintieron en ello, y como la hemorragia iba en aumento, me alegré
de que se quedaran conmigo. No tenía nada con qué detener la sangre, y
deseaba agua.
Como don José Antonio se acordara de que no lejos de allí había un
manantial, él y De Roos fueron por agua, con que llenaron las pequeñas
jarras que habíamos comprado en Talagante. Agregamos al agua algunas
cáscaras de naranja, y cada vez que me volvía la tos bebía un sorbo. Me
sentía incapaz de hablar y de caminar ligero. Hubimos, pues, de seguir
paso á paso hasta Santiago.
Antes de llegar á la ciudad tuve dos fuertes accesos, pero á pesar
de todo, no sufría gran cosa. Hacía un día espléndido y recreaban
nuestra vista bellísimos paisajes. Atravesamos el llano de Maipo, más
hacia el Poniente y más cerca que antes del sitio en que tuvo lugar
la gran batalla. La tierra estaba cubierta de flores, á que acudían
innumerables pajarillos. Pensaba en que si esta debía ser la última
jornada que me fuera dado hacer entre las obras de Dios, de ella se
derivaban para mí gratas impresiones y suaves consuelos. No me sentía
decaída de ánimo. Separada como estoy de todos los míos, puedo pensar
en mi fin más tranquilamente que muchos.
Algunas millas antes de llegar, De Roos se adelantó á comunicar lo
ocurrido á doña Carmen, quien ordenó á mi criada que me esperara
con fuego, agua caliente y cama. Encontró también De Roos al doctor
Craig, que vino á verme inmediatamente, y como casi no tenía fiebre y
sentía disposición para dormir, el accidente prometía no ser de graves
consecuencias.
_17._--Cartas de Valparaíso me anunciaban la llegada del _Doris_ y que
mi pobre primo Glennie ha tomado posesión de mi casa, en un estado
de salud que da muy pocas esperanzas. A consecuencia de un esfuerzo
demasiado grande prodújosele en el Callao la ruptura de una vena, que
lo deja inválido.
El médico opina que el viaje por el cabo de Hornos, adonde lleva
rumbo el buque, le sería fatal. Me aflije sobremanera no poder ir
inmediatamente á Valparaíso á recibirlo, pero yo también me encuentro
postrada en cama. Recibí también atentas cartas de lord Cochrane, en
que me incluye una de presentación para el general Freire, en caso
de que realice mi propósito de ir de aquí á Concepción á caballo. Me
propone como más conveniente y práctico que haga el viaje por mar en el
_Moctezuma_, en su compañía. Por desgracia ni una ni otra cosa puedo
hacer, y temo tener que renunciar á toda esperanza de conocer el Perú
y el Sur de Chile. Nada me importaría mi propia enfermedad; pero el
pobre inválido de Valparaíso reclama todo mi tiempo y atenciones.
_18._--Aniversario de la independencia de Chile. Lo primero que oí
después de una larga noche de insomnio fué el ruido de la caballería.
Me levanté de la cama y fui al balcón, desde donde ví á los milicianos
que iban al terreno en que les pasará revista el Director. Son unos
2.000 hombres, armados de lanzas de caña de veinte pies de largo y con
puntas de hierro. Visten su uniforme ordinario, con gorras militares y
capas rojas. Las diversas secciones se distinguen por ribetes ó cuellos
ó algún otro distintivo insignificante.
He oído á varias personas burlarse de la disciplina de los colorados;
pero B., que los conoce mucho, dice: “Es verdad, en las paradas suelen
confundir las voces de mando _á la derecha_ y _á la izquierda_, pero
en la batalla de Maipú supieron muy bien cuál era y dónde estaba
el enemigo.” Efectivamente, á ellos se atribuye la gloria de haber
decidido el triunfo ese día, cuando las tropas regulares habían
comenzado á perder terreno. Son admirables jinetes, como en general
todos los chilenos. Montan como centauros, pareciendo formar una sola
persona con el caballo, y los he visto ejecutar á caballo simulacros
de combate como si hubieran estado á pie. Me alegré de que la casa de
Cotapos estuviera en la calle por donde van las milicias al campo de
ejercicios. La única compensación que tengo de no poder presenciar las
fiestas nacionales, es ver desfilar las tropas.
Pensaba en el joven Lastra, y he tenido el gusto de saber que hoy se ha
firmado el decreto de amnistía que lo devolverá á él y á muchos otros
al seno de sus familias.
Hoy pontificó el obispo en la catedral por primera vez después de su
vuelta á la sede. Las señoras se han visitado y felicitado unas á
otras. En las noches de ayer y de hoy se iluminaron las calles. Me he
sentido mal y sin ánimos todo el día.
_21 de Septiembre._--Todos mis buenos amigos de Santiago, de una
manera ó de otra, me han demostrado el sentimiento que les inspira mi
enfermedad, desde el Director, que mandó al señor de La Salle con una
afectuosa carta en su nombre y el de las señoras, hasta las pobres
monjas que visité hace algunos días, quienes me enviaron un exquisito
flan, elaborado según una receta especial que posee el monasterio.
Reyes ha venido con frecuencia y me trajo un plano de la ciudad y una
nómina de los principales árboles indígenas, autorizándome para copiar
ambas cosas.
_24._--Después de haber experimentado alguna mejoría me siento mucho
peor. Mi amigo Mr. Dance, del _Doris_, llegó anteayer con cartas de
los amigos de á bordo y noticias favorables del pobre Glennie. Mr. B.
me busca una calesa cómoda para el viaje al puerto; deseo vivamente
regresar y no me encuentro capaz de hacer el viaje á caballo.
No acierto á encarecer la incomparable bondad con que me ha atendido
doña Carmen de Cotapos y todas sus hijas desde que me hospedé en su
casa, y especialmente durante mi enfermedad. El señor Prevost ha sido
también infatigable en sus amables atenciones, pero ¿qué podré decir
de mi bueno y hábil médico el doctor Craig que exprese suficientemente
mi gratitud por sus servicios? En cuanto á mis amigos marinos, todo lo
espero de sus solícitos cuidados.
Desde que volví de Melipilla me ha preocupado el triste estado en que
una piedad mal entendida ha puesto á una bella y amable niña. Antes de
mi viaje era alegre y jovial, el encanto de la casa de sus padres. Su
música, sus dotes poéticas, su lectura en alta voz mientras los demás
trabajaban, hacían grata y amable para los suyos la vida del hogar. Su
madre, mujer de clara inteligencia, es de exagerada piedad, y María,
joven de noble y elevado carácter, muy sensible á las impresiones
religiosas.
Bajo la influencia de éstas y llevada de su delicadeza de conciencia,
resolvió ir á pasar diez días en una casa de ejercicios para combatir
un amor que su familia desaprobaba y que ella aún sentía, aunque por
complacer á sus padres había renunciado ya al objeto de su cariño.
Allí, bajo la dirección de un sacerdote, las jóvenes pasan rezando día
y noche, con tan poco sueño y alimento, que se debilitan corporal y
mentalmente.
En los intervalos que median entre las misas, en que sólo se oyen
cantos lúgubres, se guarda un silencio absoluto, interrumpido á lo
más por algún leve susurro. Apenas se deja entrar á la casa un rayo
de sol. Una joven casada que entró junto con María salió más alegre
que antes; su corazón había estado, sin duda, durante el retiro con su
esposo y su hogar. Pero ¿qué podría ocupar los pensamientos y afectos
de una niña, cuyos mejores sentimientos se pretendía sofocar y matar?
¿Podía abrigar allí algún deseo que no fuera de la muerte, algún
sentimiento que no fuera desesperación? La vista de sus amigas le causa
ataques histéricos, de que sólo se alivia postrándose ante el altar y
repitiendo las misas (_sic_) de la lúgubre casa.
Tales son los efectos de las casas de ejercicios. Podría haber creído
que las predisposiciones de mi joven amiga fueron las verdaderas
causantes del mal; pero conozco un joven, orgullo un tiempo de sus
padres, ilustrado, cumplido, de honorables y generosos sentimientos,
hoy casi idiota. En este estado salió de una casa de ejercicios.
¡Oh! si tuviera poder ó influencia, aquí acabaría con estos funestos
establecimientos. Aun cuando no causan, como en este caso, un extravío
de la inteligencia, fomentan la beatería y el fanatismo.
Tiénese por un título de orgullo el haber estado alguna vez en ellos,
y por punto de conciencia el conformarse á los sentimientos que allí
se inculcan, y como cuesta menos ser santurrón que virtuoso de veras,
se permite una gran laxitud de conciencia, que estimula á los fieles á
trabajar en el sostenimiento de la religión y á perseguir, ó por lo
menos, humillar á los que no pertenecen á ella[110].
El 28 de Septiembre, dejé no sin pesar á Santiago, donde he sido
tan bondadosamente recibida y donde hay aún muchas cosas nuevas é
interesantes que ver. Espero volver en el verano y pasar entonces la
cordillera por el paso de la cumbre[111], visitar á Mendoza y volver
por el paso de San Juan de los Patos, por donde el ejército de San
Martín entró á Chile en 1816. Mientras tanto debo hacer acopio de salud
y fuerzas. Casi no me pesa haberme visto obligada á viajar en calesa.
Después de pasar por la oficina de portazgo y otros trámites, nos
reunimos todos en la casa de Loyola, dueño de la calesa, como á una
legua de Santiago, en el llano llamado de _las Lomas_. Enferma como
estaba, no pude menos de reirme al ver los arreos de viaje. La calesa
era un ligero carruaje cuadrilongo, montado sobre un tosco y pesado eje
y dos gruesas ruedas pintadas de rojo; la caja, cubierta exteriormente
de adornos de ramas y de flores, como los géneros con que se tapizan
muebles y, forrado el interior con vieja tela china de seda roja y
amarilla, con cortinas de olancillo listado en vez de vidrios.
Entre las varas, parecidas en forma y tamaño á las de un carretón
basurero, había una hermosa mula, cuyos jaeces lucían clavos de plata.
La montaba un apuesto muchacho con poncho, espuelas de grandes rodajas
y pequeño sombrero de paja á un lado de la cabeza. A uno y otro lado
de la mula había un caballo asegurado al eje de la rueda, cada uno
con su jinete vestido á la chilena. Servía de guía el hijo de Loyola,
pintorescamente vestido de huaso, y montada en un arrogante caballo,
Mr. Dance y Mr. Candler, del _Doris_, iban vestidos de la misma manera.
En cuanto á mi joven amigo De Roos, nos había dejado algunos días antes
por cumplirse el término de su licencia. Mencionaré, por último, aunque
no lo era en su propia estimación, á mi peón Felipe, encargado de tres
mulas y el equipaje, y á quien acompañaba otro peón con los caballos de
remuda para la calesa. Una vez en mi asiento, me entretuve en observar
cómo enjaezaban á los caballos.
Fijan primero á la silla un fuerte anillo de hierro, que unen al eje
por medio de cuerdas, que sirven de tiros, por medio de los cuales cada
caballo arrastra su parte de peso al lado que le corresponde. De cuando
en cuando los cambian de lado para aliviarlos. Al bajar una pequeña
pendiente los caballos se apartan un poco del carruaje para darle mayor
apoyo.