como desertor que como enemigo. Ella, que á la sazón se hallaba en
Talcahuano esperando su primer alumbramiento, resolvió juntarse con su
marido, y partió, sin más compañía que una fiel criada, á pie, y con
tan poco dinero, que durante la mayor parte del viaje, 500 millas, se
mantuvo de la generosidad de sus compatriotas, para quienes su nombre
no era, por cierto, indiferente.
Llegó á Santiago. Un pariente la hospedó en su casa.
Dio allí á luz á su niño, y diariamente enviaba á la prisión á saber
de su marido, de quien recibía siempre alguna palabra de esperanza
y de consuelo. Una mañana sintió una descarga de fusilería, y luego
otra. Temblando de terror, preguntó por su marido.--“Ha salido ya de la
cárcel--se le contestó--y no se le volverá á molestar”.
No preguntó más. Dejó el lecho tan pronto como pudo, y se retiró al
monasterio de las agustinas. Comprendió perfectamente el significado
de aquella respuesta; su marido había sido fusilado esa mañana. El
niño también había muerto. Algunos amigos la visitaban de cuando en
cuando en su soledad, y entre ellos su hermano Justo Salinas, que vió
varias veces con ella á Ana María, la viuda de Carrera. La juventud,
naturalmente, simpatiza con la juventud. Oyó relatar su historia,
¿quién la ignoraba en Chile? y la refirió á su madre, anciana ya, que
vivía en el campo, en la misma casa en que ahora estamos hospedados.
Cuando doña Ana María salió en libertad de su honrosa prisión encontró
á su hermano don Miguel gravemente enfermo, y cuando se la desterró
de Santiago y se le fijó como residencia la casa de campo que había
heredado de su marido, solicitó del enfermo que la acompañara en
ese lugar á fin de que pudiera tomar baños de agua corriente, que
consideran aquí como eficaz remedio de diversas dolencias.
Las tiernas atenciones prodigadas por Ana María á su hermano atrajeron
la observación de sus vecinos, especialmente de la señora de Salinas,
que insistió en llevar á los hermanos á su casa, donde las aguas eran
más puras y más fuerte la corriente. Doña Ana María y su hermano
aceptaron la invitación. Poco tiempo después llegó don Justo.
¿Necesito decir que la joven viuda fué invitada á considerar la casa
como propia? No estoy seguro si todo esto fué referido hoy; pero la
relación que precede forma parte de una historia que deseaba conocer
más por completo, y á cuyo encadenamiento faltan todavía algunos
eslabones.
Por fin el sol nos notificó que ya debíamos dejar nuestro elevado y
pintoresco sitio, y descendimos por un sinuoso sendero y al través de
un bosque, cuyas ramas amenazaban á veces cerrarnos el camino. En estos
casos Salinas, que como todos los chilenos lleva siempre consigo su
cuchillo montés, cortaba rápidamente las invasoras ramas. Llegamos á la
casa al mismo tiempo que E... y el tonto... Hallábanse, pues, presentes
casi las mismas personas que en la noche anterior.
Había esta noche en el aspecto del tonto algo que me movió á observarlo
más detenidamente que la primera vez. Dirigí la conversación á diversos
puntos relacionados con la agricultura, con el estado de los caminos
del país y con la posibilidad para una persona sola de ir á Concepción
en unas pocas semanas. Las respuestas que daba á mis preguntas eran
cada vez más razonables y cada vez más vehementes mis sospechas de
que se fingía tonto. De pronto E..., acercándose á nosotros, le dijo
algo en alta voz, llamándolo por su nombre, y la respuesta fué tan
absolutamente la de un idiota, que me volví hacia E... para cortar toda
conversación con la infeliz criatura.
Hablé de Santiago, del Director O’Higgins, tema que no había tocado
hasta entonces por consideración á doña Ana María, y del 18 de
Septiembre, aniversario de la independencia del país; y como le
preguntara si él, como capitán de milicias, no pensaba asistir á la
parada militar con los lanceros, ví otra vez fijos en mí los ojos del
tonto con una inteligencia y expresión que me interesaron nuevamente,
y me asaltó la idea de que su estado mental era quizás debido á
alguna desgracia ocasionada por la guerra civil. Continué hablando
é hice mención especialmente de la promesa del Director de apoyar
cualquiera solicitud que se presentara á la Convención para alcanzar la
amnistía de todas las personas procesadas por delitos políticos y la
repatriación de todos los desterrados.
Noté entonces en los rostros de todos los presentes algo que me movió
á repetir esto otra vez, continuando en seguida mi dibujo. E... se
retiró, y oí al tonto decir algo acerca de mí en voz baja á doña
Ana María, quien le contestó en el mismo tono, y después me dirigió
la palabra. El nuevo rumbo que tomó la conversación me indujo á
preguntar al misterioso personaje: “¿Y por qué usted, que vive en
el campo y en sus propias tierras, no sería feliz como cualquiera
de nosotros?”--“¡Yo feliz!”--me contestó en el acto, y esta vez su
voz y modo de expresarse correspondieron á la nobleza de su figura
y á sus bellas facciones--“¡yo feliz en medio de faenas rústicas y
labriegos y ganados! ¡No! Durante largos años he sido desdichado, y mi
primer instante de felicidad lo debo á usted”.--“¡A mí!”--exclamé--.
“¿Entonces no es usted lo que parece?”--Púsose entonces de pie, y
erguido y centelleando los ojos, me contestó: “¡No! No quiero seguir
haciendo este papel de idiota, indigno del hijo de doña Javiera
Carrera, del sobrino de don José Miguel Carrera. Yo soy el infeliz
desterrado Lastra, reducido á huir de desierto en desierto, á
guarecerme en cavernas, á alimentarme con las aves del aire, hasta ver
destruídas mis fuerzas y perdida mi juventud. ¡Y mi único crimen ha
sido haber amado demasiado bien á Chile! ¡Oh, Chile! ¡Oh, patria mía!
¡Qué no sufriría por ti!”
Yo, que había permanecido inmóvil en mi asiento durante este estallido
de sentimiento, me levanté ahora asombrada, como creo que todos los
presentes lo fueron, no por la revelación del secreto, que sólo De Roos
y yo ignorábamos, sino de oirla de la boca de Lastra. Me acerqué á él y
le tendí la mano, expresándole el deseo de que me visitara en Santiago
después del Dieciocho. Esto devolvió á nuestros ánimos la serenidad y
el contento. El resto de la noche se pasó en dar y recibir detalles
acerca de la vida del fugitivo. Fué reducido á prisión (y la prisión
en Chile es cruel) por el delito de prestar apoyo armado á la causa de
Carrera. Logró evadirse de la cárcel, y se le declaró fuera de la ley.
Vivió varios años en el desierto, yendo de cuando en cuando á la ciudad
disfrazado de campesino para saber de sus amigos ó procurarse de ellos
algunos medios de subsistencia. Residía á veces en pueblos donde era
desconocido, pero luego tenía que huir apresuradamente de los que
habían descubierto su lugar de refugio y se proponían traicionarlo. De
tarde en tarde, como en el presente caso, salía al caer la noche de sus
escondites de las selvas para cenar con sus amigos, pero se retiraba
sin dormir.
Una vez estuvo expuesto tanto tiempo á la humedad en la estación de las
lluvias, que un fuerte ataque de reumatismo lo tuvo postrado dos meses
en una caverna, y si no hubiera sido por la fidelidad de un niño que
le llevaba alimento todos los días, habría perecido. Tal fué durante
largo tiempo la vida del infeliz proscripto. ¡Y así pasó muchos años de
su vida uno de los más inteligentes y distinguidos jóvenes de Chile!
Cuando nos separamos, avanzada ya la noche, sentí tener que dejar la
casa de Salinas á la mañana siguiente sin saber más aún de la vida del
fingido idiota[105].
_11 de Septiembre._--Partimos de la hacienda de Salinas en medio de
una densa y húmeda neblina, en dirección de Melipilla, una de las
principales poblaciones de Chile, situada como á veinte leguas de la
Angostura de Paine. Cruzamos el río en un lugar muy pintoresco, donde
aquél recibe las aguas de otro brazo no menos profundo y cristalino,
probablemente el Paine. Se unen en un pequeño llano pastoso, en que hay
hermosos árboles irregularmente distribuídos y que limitan por el Norte
los vallados de los espléndidos campos de trigo de Viluco.
La niebla ocultaba enteramente las montañas y todo lo que caracteriza
á los paisajes de Chile, de modo que el reducido círculo que quedaba
visible en torno nuestro me recordaba los bellos y serenos paisajes del
centro de Inglaterra. Los carneros que aquí y allá pacían en las verdes
márgenes del río y algunas vacas manchadas como las de Lancanshire
hacían mayor aún la semejanza.
La súbita llegada á un sitio como éste produce en el viajero una
impresión semejante á la que experimentaron los marineros ingleses que
encontraron en Kamschatka un trozo de cuchara con la marca “Londres”;
me costaba trabajo convencerme de que este sitio no me era de antes
conocido y familiar.
Á cuatro leguas de la hacienda de Salinas se halla la hacienda de
Viluco, una de las más notables del país. Pertenece al marqués de
Larrain, y es una magnífica propiedad, mantenida en admirable orden. El
capellán preside en la casa, y siempre hay en ella un buen número de
criados, de suerte que los viajeros son perfectamente atendidos, esté ó
no el dueño. Aquí encuentran siempre buena mesa y cómodo hospedaje.
El que llega á Viluco, conocido ó desconocido, está en su casa. Esta
es buena, sólida y bien, aunque sencillamente, amueblada. El jardín
es una joya en su género: sus senderos y avenidas tienen pavimento
de mosaico; sus cuadros presentan gran variedad de formas. Cada uno
de ellos está rodeado de una pequeña corriente de agua y tiene en el
centro una pirámide, urna ó cesta, primorosamente formada, de romero,
cubierto ahora de flores, y alrededor alhelíes, claveles, ranúnculos,
anémonas.
Al fondo del jardín hay un bosquecillo de naranjos, limos, limoneros y
granados, y á lo largo de la casa toda clase de pájaros en espaciosas
jaulas con plantas en su interior. El jardín comunica con una ancha
calle de enrejado, cubierta de vides, y á uno y otro lado hay huertos
de árboles frutales y viñas. Del jardín pasamos á ver los graneros, los
galpones de matanza y los secadores de cueros y charqui, todo dispuesto
en mayor escala y más cuidadosamente conservado que cuanto había visto
hasta ahora.
El ganado mayor de la hacienda se calcula en 9.000 cabezas; el año
pasado se mataron 2.000 y sus cueros fueron vendidos en un lote
á un comerciante inglés á 22 reales cada uno. Laméntanse algunos
de que desde los comienzos de la guerra civil el ganado mayor ha
disminuido notablemente en Chile, y lo atribuyen á la guerra. Este
mal, concediendo que realmente lo sea, puede quizás imputarse con
razón á la guerra; pero hay todavía tanto desorden y despilfarro en
la administración de los ramos de lechería y matanza, que el número
de reses podría disminuir aún mucho más sin que los productos de la
carnicería llegaran á escasear de una manera alarmante. Más aún, creo
que esta disminución redundaría en bien del país.
En tiempo del padre Ovalle no se aprovechaban de las reses mayores
sino las lenguas y costillares; lo demás era arrojado al mar, en los
fundos de costa, ó abandonado á las aves de rapiña, en las haciendas
del interior. En algunas botan todavía las cabezas, y en todas los
huesos, después de despojarlos de su mejor carne, salvo en los lugares
en que hay extranjeros, que los aprovechan para la sopa. La misma
suerte corren los corazones é hígados, de modo que aquí se pierde casi
la cuarta parte del alimento que un buey daría en Europa, fuera de la
pérdida total de otros productos útiles, como cuernos, cascos y huesos.
Pero no sólo á la guerra debe imputarse la disminución del ganado
bovino. Hoy se destina al cultivo de granos una extensión de tierras
mucho mayor que antes; el pueblo consume más pan; hay gran demanda de
harina para el aprovisionamiento de los buques y flotas extranjeras del
Pacífico y se exporta mayor cantidad de grano. Hay, por consiguiente,
más tierras cerradas, y los que antes derivaban todas sus entradas de
la ganadería han descubierto que les conviene más sembrar trigo en una
parte considerable de sus campos.
Apenas habíamos dejado á Viluco cuando el día comenzó á despejarse.
Jamás he visto nada más hermoso que la gradual dispersión de las nubes,
que ya flotaban bajo las cimas de las montañas, descendiendo casi hasta
los valles, ya se rizaban sobre las altas cumbres y se dispersaban y
desvanecían en el aire. A poca distancia de la casa de Viluco llegamos
á un vado del Maipo, más difícil que el que habíamos pasado antes.
El cascajoso lecho del río se extiende aquí al pie de una montaña casi
una milla; pero el río mismo ocupa sólo una pequeña parte de este
espacio. Atravesamos seis grandes brazos, cuatro de los cuales llegaban
hasta las cinchas de los caballos, y uno de ellos tan correntoso que
algunos de los caballos se asustaron y comenzaron á perder terreno,
pero el ejemplo de los demás los animó á luchar con la corriente y
pasamos con toda felicidad.
Más arriba y más abajo del vado la corriente es tan compacta y
poderosa, que sería una locura pretender pasarla. En Chile no se puede
viajar sin un guía que conozca bien los ríos, porque éstos son por lo
común muy correntosos y sus vados cambian continuamente de lugar.
Como á cinco leguas del vado se encuentra el bonito pueblo de Lonquen,
donde el camino va entre una montaña y dos pequeñas colinas que de ella
se desprenden. Los cerros de uno y otro lado abundan en grandes rocas
que avanzan sobre el camino y forman mesetas, en cada una de las cuales
hay una casita con su pequeño jardín, palizadas, fosos, y algunas hasta
con sólidos y bien asentados portones que dan acceso á la propiedad.
Entramos por uno de éstos, y subimos á la más alta de las dos colinas
arriba mencionadas, en cuya cima se halla la casa de Tagle[106], el
primer presidente de la Convención. Es una pequeña casa de campo con
ciertas pretensiones de elegancia, pero deliciosa por su vista, pues
domina todo el fértil valle que riega el Maipo. A un lado se ve el
elevado cordón de los cerros de San Miguel, al otro la serranía cuyo
más alto monte es el de Chocalan, que nos parecería estupendo si no
tuviéramos los Andes á la vista. En esta comarca hay pocas pero bellas
sementeras de trigo, como también pocas viñas y olivares.
Este lugar y Melipilla producen principalmente mantequilla, quesos,
cueros, sebo y charqui; las orillas del Maipo se destinan enteramente
al pasturaje. Nos detuvimos cerca de una hora en Lonquen para dar
descanso á los caballos y tomar un lunch que habíamos traído. Desde
allí presenciamos un rodeo que tenía lugar en un corral bajo la casa,
el encierro y marcadura de los animales y la separación de los terneros
de sus madres.
Desde Lonquen hasta el Pueblo de San Francisco del Monte el camino
sigue por entre un monte de espinos ó mimosas de fragante flor
amarilla, que proporcionan no sólo el mejor combustible del país, sino
también un abrigo para el ganado, sin perjudicar en lo menor á la
hierba que crece debajo. Cerca de San Francisco atravesamos el Mapocho
después de su reaparición desde los cerros de San Miguel, en su camino
á unirse con el Maipo.
Es realmente un hermoso río, y no me admiro de la estimación en que
se le tiene por la dulzura, limpidez y ligereza de sus aguas. De
él se sacan aquí numerosas acequias ó tomas para los molinos, el
regadío y la bebida. Como á una legua de San Francisco pasamos por el
pueblo de indios de Talagante, que se distingue por sus magníficas
palmeras, árboles que hacía mucho tiempo que no veía. Aquí fundaron
los franciscanos una de sus primeras misiones, transferida más tarde á
los jesuítas. Por la expulsión de éstos los negocios espirituales del
cacique y sus indios volvieron á los franciscanos, y los temporales
quedaron á cargo del jefe civil del distrito. El edificio más notable
que se ve al entrar á San Francisco es la casa que perteneció á los
jesuítas y actualmente á los Carreras, que tienen en las inmediaciones
su principal hacienda. No nos detuvimos, aunque lo deseaba, en este
bonito pueblo, porque ya el día estaba avanzado y nos quedaban aún
varias leguas que recorrer.
Los poblados suburbios de San Francisco se extienden hasta una larga
distancia, y los campos eran cada vez más fértiles á medida que
avanzábamos. En Paico, á unas dos leguas de Melipilla, hay excelentes
lecherías, de las mejores del país, y vi también allí algunos
bellísimos árboles frutales á orillas de un arroyuelo que, atravesando
el camino, entra en una espesura casi impenetrable de molles, cuyo
suave aroma perfumaba el aire de la tarde.
Habíamos recorrido ya cincuenta y cuatro millas, y tanto nuestros
caballos como nosotros deseábamos llegar luego al término del viaje.
La tarde comenzaba á cerrar, y la obscuridad, una molesta llovizna y
la ausencia de la persona que debía darnos hospedaje se juntaron para
hacer desagradable nuestra llegada á Melipilla. Transidos de frío, con
hambre y cansados, tuvimos que buscar un albergue para la noche. No
tardamos en encontrarlo: una casa grande, fría y vacía. Por suerte, los
vecinos se manifestaron dispuestos á proporcionarnos lo más necesario,
y doña Rosario y yo acabábamos de improvisar un par de asientos
con nuestras capas de viaje cuando nos trajeron á la vez carbón y
esperanzas de comida.
Mientras tanto don José Antonio había conseguido una casa más
confortable, donde tuvimos el gusto de encontrar fuego y unas
apariencias de estrado con el lujo de una alfombra, sobre la cual nos
sentamos, invitados por una mujer de agradable aspecto, y tomamos mate
mientras se preparaba la comida. La buena mujer nos pidió mil excusas
por lo pobre de la comida, que había tenido que preparar con tanto
apuro. Nuestro hambre habría hallado deliciosa una comida mucho peor.
Tuvimos sabrosa carne asada, un estofado de ave, buen pan y una botella
de muy tolerable vino. La cuestión camas tenía muy perplejo á De Roos.
En cuanto á mí, los largos viajes me han enseñado á mirar con filosofía
estas cosas, y nuestros amigos chilenos están habituados á ellas.
No quedó, pues, á mi joven compatriota otro remedio que resignarse
á que todos pasáramos la noche dentro de los mismos cuatro muros.
Para doña Rosario y yo dispuso en un extremo del estrado un excelente
colchón con sus debidos aditamentos, y á los pies de nuestra cama se
arreglaron otras dos con los paños y cueros de las monturas para De
Roos y don José Antonio. Acordándome del _Viaje sentimental_[107],
puse entre nosotras y nuestros compañeros algunas sillas de respaldo
alto, sobre las cuales extendí las largas faldas de mi vestido de
montar, diligencia que bien pudo excusarse, si todos durmieron tan
profundamente como yo; y presumo que tal sucedió, porque al levantarme
en las primeras horas de la mañana los encontré á todos dormidos.
Entré á un pequeño cuarto, destinado á guardar papas y lana, en que
había improvisado un tocador, y recibí en seguida á dos visitantes, que
entraron al aposento antes que los demás despertaran y, sentándose sin
ceremonias, comenzaron á interrogarnos acerca de nuestras personas y
del viaje. No tardé en saber que uno de ellos era un inglés que había
pertenecido á la tripulación de un buque ballenero que naufragó cerca
de Juan Fernández. Administra ahora aquí una gran fábrica de velas y
jabón, de un caballero chileno.
La situación es muy buena para esta industria, por la facilidad de
proveerse de sebo, cenizas y carbón. En Lonquen, dicho sea de paso,
vi hacer carbón. Cortan la leña en trozos de unos dos pies de largo,
que ponen en capas dentro de un foso cubierto con tierra, y en seguida
queman, procedimiento que me parece algo primitivo y poco económico.
Si no estuviera tan decaído y descuidado el comercio de cabotaje,
Melipilla podría ser un lugar inmensamente rico.
Dista sólo diez leguas de la abrigada y pequeña bahía de San Agustín,
en la desembocadura del Maipo. El queso, la mantequilla, el charqui,
los cueros, el sebo, el jabón y la loza podrían ser embarcados allí
para todos los puertos de Chile, mientras que ahora todos esos
artículos salen, con gran recargo de precios y pérdida de tiempo, por
los caminos interiores de Santiago, Casablanca y Valparaíso. Es muy
sensible que las antiguas rutinas de la colonia dirijan todavía estas
cosas en Chile, con grave daño del comercio extranjero y total ruina
del tráfico interior.
Me imagino que los melipillanos no habían visto nunca una inglesa, pues
el patio de la casa se llenó completamente de hombres, mujeres y niños,
que al ver mi cofia y vestido negro me tomaron por monja de alguna
orden extranjera. Salí al patio y les hablé y expliqué quién era, y
luego nos vimos libres de ellos, con excepción de algunas personas que
no se cansaban de contemplar y admirar al _rubio_, como llamaban á De
Roos, cuyos cabellos rubios y fresca y rosada tez provocaban universal
admiración.
Rodean el primer patio pequeños cobertizos destinados á talleres de
oficios manuales, de suerte que cuando la familia necesita que se
haga algún trabajo, alquila al obrero y sus herramientas por un día ó
una semana, y aquél encuentra su taller listo. El patio interior da
á un huerto muy bien tenido, en que se encuentran la cocina y otras
dependencias.
Después de almorzar salimos á ver la ciudad, cuya delineación se
asemeja á la de Santiago: todas las calles y ángulos perfectamente
rectos. Casi en el centro del pueblo está la iglesia matriz, en un
costado de una extensa plaza; ocupan otro de los costados la casa del
gobernador, don T. Valdes, y el cuartel.
Ésta, como todas las demás casas de la ciudad, tiene triste aspecto,
porque todo lo que de ellas se ve exteriormente en las calles y plazas
se reduce á muros desnudos con una gran puerta; las casas están en
el interior. Y aumenta la tristeza de Melipilla la circunstancia de
que, con excepción de los edificios públicos, que están blanqueados,
todos tienen el color natural de la tierra gredosa con que hacen los
ladrillos de construcción. Fuera de la corrida de toros que todavía se
celebra anualmente en la gran plaza, no hay en Melipilla ningún lugar
de entretenimiento popular, ni siquiera un paseo público.
Hay sólo tres iglesias, las de San Agustín, y la Merced y la matriz, y
algunos oratorios privados pertenecientes á las principales familias
de la ciudad. Además de las industrias de velas, jabón y loza, merecen
mención las de ponchos y alfombras, que son de muy buena calidad,
porque los fundos vecinos suministran excelente lana y los campos
inmediatos las substancias vegetales para teñirla. Los tejedores
practican su arte con mucha destreza, en los telares más toscos y
ruines que jamás he visto; en casi todos se trabaja sin lanzadera.
En la tarde fuimos á la chacra de don José Fuenzalida con el objeto de
ver las minas de donde se extrae la arcilla roja con que se fabrica la
famosa loza de Melipilla. Mirando hacia el llano al Este de la ciudad
se divisa un largo y elevado promontorio perfectamente horizontal en
toda su vasta extensión.
Allí, bajo una capa de tierra vegetal negra, de unos dos pies de
espesor, se encuentra la arcilla roja, casi tan dura como piedra. Con
ella se fabrican las hermosas jarras rojas para agua y vino, como
también vasijas de diversas formas para la cocina y otros usos. El
llano contiguo al banco de arcilla está cubierto de grandes hornos para
cocer las vasijas y de alambiques para destilar. No pertenecen todos
ellos á una sola grande empresa; sino que los campesinos hacen la loza
por su cuenta, en proporción, naturalmente, con los recursos y destreza
de cada uno. De todos los hornos que vimos no pertenecían más de tres á
un mismo dueño.
No hay diferencia entre los procedimientos que aquí se emplean para la
fabricación de la loza ordinaria y los que se practican en Valparaíso,
salvo que aquí requiere mayor trabajo el amasijo de la arcilla. Visité
el taller de una de las más famosas alfareras, á quien hallé ocupada
con su nieta en pulir su obra del día con una bella ágata. Allí vi
la arcilla negra con que fabrican pequeños artículos, como mates,
azafates, platos y jarras, que suelen adornar con cabezas y brazos
grotescos y matizar con las tierras blancas y rojizas que abundan en
estos lugares.