El paso que queda entre el último pequeño cono de este cordón y la

masa principal, se llama Portezuelo de San Agustín de Tango. A su

entrada hay algunas chozas rodeadas de pequeños huertos, que riega

un antiguo canal del Maipo y cuya vista nos alegró después de quince

millas de monótono camino. Otras quince millas, tan monótonas como

las anteriores, nos llevaron al vado del rápido y turbio Maipo. Este

río nace de los Andes, cerca de un paso llamado _El Portillo_, poco

frecuentado, porque sus paredes verticales no ofrecen refugio alguno

contra los aludes que continuamente caen de arriba.

Es, no obstante, más corto que el próximo á la cumbre, y suele ser

transitable cuando éste se cierra. Me dicen que en ese profundo valle,

donde la rápida corriente se abre paso sobre un desigual y áspero

lecho, formando numerosas cataratas, es verdaderamente sublime. Si

la estación lo hubiera permitido, habría caído en la tentación de

viajar medio día por verlo. El paso del Maipo es sumamente peligroso

durante las creces, y á veces invadeable, á juzgar por la altura de

sus márgenes, que calculo en poco menos de cuarenta pies; el espacio

comprendido entre ellas tendrá aproximadamente un cuarto de milla.

Dentro de este ancho lecho el río se divide ahora en varios canales

fáciles de vadear; sobre el principal, profundo y correntoso, hay un

puente de construcción indígena que sirve para el tránsito cuando el

río no está vadeable. Consiste en palos verticales, fijos á uno y

otro lado de la corriente; fuertes cuerdas de cuero entre los postes,

entrelazadas con otras, forman un puente de cimbra, suspendido sobre el

río.

Este puente desaparece durante las grandes creces, y es reemplazado por

otro tan pronto como se normaliza la corriente. Al Norte del río no se

ve un solo árbol, y la vista domina un inmenso espacio absolutamente

plano. Por el lado Sur la tierra es más fértil y más cultivada,

particularmente en Viluco, en cuya vecindad se encuentran el pueblo y

la capilla de Maipo, iglesia parroquial de una vasta región.

La hacienda de Viluco pertenece al marqués de Larrain, uno de los

hombres más ricos de Chile[101]. Produce como 25.000 pesos al año y

está perfectamente cultivada. Sepárala del camino un muro de dos leguas

de largo, que me aburrió soberanamente. Los cercos ó muros divisorios

de propiedades rústicas se construyen aquí con tierra arcillosa batida

y comprimida en marcos de madera que, una vez bien apretado un bloque,

los sacan, los colocan encima y los llenan de nuevo, de modo que cuando

el muro está terminado parece una construcción de ladrillos gigantescos.

Llegamos por fin á un pésimo y fangoso camino á orillas del estero de

Paine, que desciende rápidamente de un contrafuerte de la cordillera

que avanza aquí casi hasta el cerro de Pangue y forma el estrecho paso

ó Angostura de Paine, comúnmente llamado la Angostura, por el cual va

el camino de Rancagua. Desde Paine, donde hay una casa de postas, el

camino sigue entre dos filas de magníficos árboles, principalmente

maitenes; y casas de campo y hermosas plantaciones, reemplazan la

extensa y desolada llanura que acabamos de pasar. Una de las más bellas

propiedades pertenece al hospital de San Juan de Dios y la arrienda un

Valdés.

Allí dejamos el camino principal para seguir el curso de un pintoresco

río que nace del mencionado paso, á lo que debe su nombre de río de

la Angostura. Pasadas algunas haciendas, como las de Herrera y de

Solar, llegamos á la de Salinas, donde nos recibieron amabilísimamente

don Justo y su esposa, la hija mayor de mis huéspedes y viuda del

infortunado don Juan José Carrera, que espero habrá encontrado en su

segundo matrimonio alguna compensación de los padecimientos que sufrió

durante el primero.

Tiene uno de los más bellos rostros que he visto, ojos que ruegan y

mandan, y una boca que jamás pudo igualar pintor alguno en sus Hebes ó

Gracias. Su edad no pasa de veinticinco años, aunque apenas representa

diez y siete. Mientras contemplaba extasiada su belleza, recordando

su historia, dudaba si todo esto era realidad ó un sueño de cosas que

hasta ahora sólo había encontrado en las novelas. Don Justo es un joven

de bella figura, dos años menor que su esposa. Mucho se alegraron

de ver á sus dos hermanos, y á De Roos y á mí nos recibieron con

amabilidad exquisita.

Soplaba un recio viento de la montaña y hacía mucho frío. Sentados

alrededor del brasero, en una linda sala, esperamos la comida, que

se sirvió como á las nueve. Nos felicitaron, como de una proeza, de

haber recorrido en nueve horas sin mudar caballos una distancia de

más de catorce leguas, incluyendo en esas nueve horas dos de descanso

que dimos á las bestias y un rato que se perdió en componer uno de mis

estribos, que se quebró en el camino.

En Chile acostumbran tomar algo tarde el desayuno, que consiste á veces

en caldo, ó carne y vino, pero todos toman mate ó chocolate junto á

la cama. Doña Ana María, sabiendo cuán diferentes son las costumbres

inglesas, envió á mi aposento té, pan y mantequilla, para De Roos y yo.

Describiré la casa.

La puerta exterior da al dormitorio principal, que sirve también de

salón. Á un lado hay una pieza de tocador y otra para los niños; al

otro la sala y más allá el comedor, bien iluminado y alegre; á lo largo

del frente de la casa, un corredor, á que dan varios departamentos,

como el de don Justo, y algunos dormitorios para huéspedes. Doña

Rosario y yo ocupamos uno de ellos, y don José Antonio y De Roos otro.

En Chile no se respeta la interioridad de los dormitorios como en

Inglaterra; felizmente tengo el hábito de madrugar, que entre otras

ventajas me procura la de librarme de intrusiones inoportunas.

La mayor parte del día se pasa en el corredor, lo que no es de extrañar

con tan agradable temperatura y tan hermosa vista. En el transcurso

del día recorrí casi toda la hacienda, comenzando por las viñas. La

principal ocupa dos cuadras cuadradas; las vides están apoyadas en

rodrigones y reducidas por la poda á una altura de cinco pies. Aquí no

se acostumbra remover anualmente la tierra entre las hileras como en

Italia, sino que cada veinte ó treinta años se descubren y mondan las

raíces.

Visitamos en seguida el huerto, en que hay nogales, duraznos, ciruelos,

albaricoques, perales y cerezos, que comienzan apenas á florecer,

porque, además de hallarse esta hacienda un grado más hacia el Sur,

está más cerca de la cordillera y más expuesta á los vientos fríos.

Del huerto pasamos á los corrales de vacas y terneros, de hermosa

raza. La lechería está mal administrada, pues de diez y seis bellas

vacas lecheras no se alcanzan á obtener doce libras de mantequilla por

semana, y algunas no más de seis; de queso se produce una cantidad

insignificante, aunque éste y aquélla de excelente calidad.

El ganado lanar es bellísimo, de muy buena y larga lana; cada vellón

vale por lo menos tres reales. La trasquila se hace en Octubre. Vi un

carnero pehuenche con cinco cuernos desiguales. Colgado delante de la

puerta hay un jaguar empajado, llamado comúnmente león chileno, animal

que habita en los cerros y hace estragos en el ganado lanar y los

terneros, pero que, según he oído, no ataca al hombre.

Don Justo me dió una garra de seis pulgadas de ancho, que debe haber

pertenecido á un enorme individuo de esta especie. En las bodegas las

grandes botijas de greda están medio enterradas en el suelo, como

refieren los autores jesuítas que practican los indios del interior con

sus tinajas de chicha. Cada bodega contiene unas sesenta tinajas de

veinticinco arrobas cada una. Son fabricadas con arcilla de los cerros

vecinos y cuestan tantas veces cuatro reales como arrobas contienen.

Cuando se quiere vinificar el mosto, se vierte jugo de uva caliente

en la proporción de una arroba por cuatro de mosto, para acelerar

la fermentación. Hay que tener cuidado de no dejar hervir el jugo,

retirándolo del fuego en el punto próximo á la ebullición, para que no

comunique al vino un sabor empireumático.

Las bocas de las botijas se tapan herméticamente con barro para la

maduración del vino, que, cuando está á punto, se encierra en cueros

para la venta. Probé varias clases de vino y mosto, muy buenos casi

todos, y mucho mejores aún los aguardientes, á pesar de la imperfecta

construcción de los alambiques. El trigo produce aquí el ciento por

uno; la cebada el setenta. Los cultivos se alternan: trigo ó cebada un

año, alfalfa al siguiente.

Algunos pastos de forraje crecen espontáneamente después de cosechado

el grano. De ellos el preferido por el ganado mayor es el alfilerillo,

así llamado por la forma de la semilla; es una planta de la familia

de las geraniáceas, indígena en Inglaterra como en Chile; créese que

comunica un sabor agradable á la carne de los animales que la comen

en ciertas épocas. Otra planta predilecta del ganado es el cardo

silvestre, apreciable sobre todo antes de la estación de las lluvias.

Tanto me gustan las cabezas de cardo, en ensalada ó guisadas de otras

maneras, que no me extraña oir quejarse á los hacendados de que los

animales destruyan los cercos por ir á buscarlas en otras heredades.

Críase aquí en los corrales de vacas cierto insecto que cogen y

conservan por la fragancia que despide.

En la noche un tal don Lucas, que vino de visita á casa de don Justo,

tocó la guitarra y cantó algunas tonadas populares, y bailó algunos

bailes del país, especialmente uno llamado _la campana_, desconocido

aún para mí, con animación y gracia.

Echándose el poncho sobre los hombros, tomó su guitarra, sacó á bailar

á una de las señoras, y danzó, hizo guiñadas, tocó y cantó, todo al

mismo tiempo y de la manera más grotesca. La _campana_ es propiamente

un _pas seul_[102] y la letra tan incoherente y falta de sentido como

nuestro _Hey diddle diddle, the cat and fiddle_, digna compañía de los

visajes de don Lucas, cuya cara es tan grotesca como la de Grimaldi, á

quien se parece algo.

He aquí la letra de _la campana_:

«Al mar me arrojara por una rosa,

pero le temo al agua, que es peligrosa.

Repiquen las campanas con el esquilón,

que si no hay badajo, con el corazón.

Pescado salado desecho ya un lado,

repiquen las campanas de la catedral.

Por ver si te veo, hermosa deidad,

un clavel que me diste por la ventana

en una jarra de oro lo tengo en agua.

Repiquen las campanas de la catedral.»

Creo que este canto, como el _Yankee Doodle_ es susceptible de ser

alargado _ad infinitum_ por el cantor.

Después del baile sentóse don Lucas en un rincón de la sala sobre un

escaño bajo y acompañó con su guitarra algunas baladas y _tristes_,

que más que por la voz del cantante se recomendaron por la letra y

ejecución. Reproduzco uno de los _tristes_ que, aunque demasiado

conceptuoso, me pareció bastante bello.

_Triste_

Llorad, corazón, llorad,

llorad si teneis por qué,

Que no es delito en un hombre

llorar por una mujer.

Llora este cielo sereno,

marchitando sus colores;

la tierra llora en vapores

l’agua que abriga en su seno;

llora el arroyo más lleno,

si espera esterilidad;

y las flores con lealtad

le lloran de varios modos,

pues ahora que lloren todos.

Llorad, corazón, llorad.

Llora el prado, á quien destina

el cielo una estéril suerte;

el árbol más duro vierte

sus lágrimas en resina,

llora, pues, si se examina,

todo insensible que ve

una mal pagada fe;

y si lo insensible llora,

llorad, corazón, ahora,

llorad, que tèneis por qué.

Llora el ave su orfandad,

mirando á su dueño ausente;

el jilguerillo inocente

llora su cautividad;

el pez llora la impiedad

del que le prende, y el hombre

llora, porque más te asombre;

pues en extremo tan raro

no es culpa en ellos, es claro

que no es delito en un hombre.

Llora el bruto, y no es dudable

que llora, pues es pasible,

cuando siente lo insensible,

y llora aun lo vegetable

llora todo lo animable,

porque puede padecer,

y si el hombre ha de tener

sentido más exquisito,

¿cómo será en él delito

llorar por una mujer?

Don Justo tiene una memoria prodigiosa para los versos. Recitó más

de los que puedo recordar ó don Lucas cantar. Esta es una de las

cualidades que más se aprecian en un joven chileno; el que no puede

cantar alguna cosa en los paseos campestres, puede por lo menos recitar

poesías de memoria.

No hace mucho tiempo don Justo estuvo gravemente enfermo en la casa de

su suegro en Santiago, y todos los de la familia, especialmente sus

cuñadas, que lo aprecian mucho, hicieron mil votos y promesas para

alcanzar su salud. El día en que fué declarado fuera de peligro, don

José Antonio y sus hermanas le dieron una serenata. Doña Mariquita

cantó primero, con acompañamiento de guitarra, una felicitación

compuesta por ella, seguida de una estrofa cantada por cada una de las

hermanas y un coro final de los cuatro en nombre de la familia, todo

ello obra de doña Mariquita.

Esta cariñosa manifestación impresionó tanto al enfermo, que no

pudo contener las lágrimas. Entonces don José Antonio, con admirable

oportunidad, aceleró el compás de la música é hizo una parodia tan

graciosa de los versos, que las lágrimas se convirtieron en risas, y

desde ese momento don Justo comenzó á mejorar rápidamente. No hay duda

que los chilenos han heredado de España este talento para improvisar.

¿Quién no recuerda los lindos versos que cantan Clemente y Andrés

en alabanza de Preciosa, en la _Gitanilla_ de Cervantes? Todos nos

asombramos de lo avanzado de la hora cuando nos separamos; pero los

versos y cantos y la belleza y linda voz de Ana María fueron suficiente

disculpa, si alguna era menester, de haber robado al sueño algunas

horas.

_11 de Septiembre._--Las descripciones suelen ser completamente falsas.

¿Cómo se explica esto? A todos nos parece que describir lo que hemos

visto y examinado con atención es la cosa más fácil del mundo. Sin

embargo, apenas uno entre ciento logra dar á otros una idea exacta de

lo que ha visto. Hoy tuve una prueba de ello. Fuimos á ver la laguna de

Aculeo. Me la habían descrito como circular, rodeada de un cordón de

elevados cerros, y, cosa singular, salada como el mar. No hay en todo

esto una palabra de verdad.

El lago es de forma irregular y sinuosa, con hermosas islas. Domínanlo

algunos escarpados cerros; pero sus márgenes tienen por lo general un

suave declive y pacen en ellas numerosos ganados; su pequeño valle se

abre hacia el Este, en cuya dirección sale uno de sus brazos á unirse

con el río de la Angostura.

Desde la hacienda de don Justo hasta Aculeo, el camino va por bosques y

fértiles llanos, rodeados de cerros regados por numerosos riachuelos.

Hay algunas buenas casas de campo, alrededor de cada una de las cuales

se agrupa generalmente un pequeño caserío de labriegos, como en las

grandes granjas inglesas.

El golpe de vista que presenta el lago me recordó el _Lago Maggiore_

y sus contornos. La nevada cordillera, las fértiles márgenes,

las alegres islas, el clima mismo, se parecen á los del Norte de

Italia. Nos detuvimos un momento en una casita á orillas del lago,

con intención de usar un bote que allí se encuentra, pero estaba en

reparación. El lago y las tierras adyacentes pertenecen á uno de los

Larraines; la pesca constituye una de sus principales entradas.

Doña Ana María, doña Rosario y don José Antonio prefieren quedarse

en la casita, mientras De Roos y yo, acompañados de dos campesinos,

fuimos dos leguas más allá por la orilla derecha del lago, después de

probar el agua de éste, que es dulce y fresca. Sólo en Europa había

visto paisajes forestales comparables á los que iban apareciendo aquí

á nuestro paso. Los bosques de Chile tienen una fragancia especial,

debida en parte al olor del aromo, actualmente en flor, en parte al que

exhalaban las hojas caídas al ser magulladas por los cascos de nuestros

caballos.

Pero estos deliciosos paisajes son enteramente solitarios; sólo

una pequeña choza de pescadores, en una de las islas, atestigua la

presencia del hombre. Sobre la isla se ciernen las águilas, y en ella

hacen sus nidos los cisnes y otras aves acuáticas.

Por consideración á los caballos regresamos á la casita, después de

tomar una vista del lago. Nuestros amigos nos esperaban con comida,

después de la cual todos se fueron á dormir la siesta: las señoras

sobre el estrado; los caballeros á la sombra de los árboles, sobre sus

ponchos y monturas, y los dueños de casa en sus camas. Yo también dormí

unos pocos minutos.

Entre las personas de la casa merece especial mención una mujer de

unos cincuenta y cinco años, que tiene fama de ser la mejor domadora

de caballos de toda la comarca, tal que con frecuencia le traen potros

altivos para que los amanse. A las tres se levantaron todos para tomar

mate, y una hora después emprendimos viaje de regreso á la casa de don

Justo, de que nos separaban cuatro largas leguas. Las montañas habían

tomado bellísimos tintes, desde el violado casi negro hasta el más

delicado color de rosa.

Del Este llegaban de cuando en cuando á nuestros oídos ruidos sordos,

causados quizá por caídas de lejanos aludes ó por algunos de los medio

apagados volcanes de las cordilleras vecinas.

Don Justo nos salió al encuentro como á milla y media de la casa.

Aguardábannos en la puerta dos nuevos y extraños personajes. Uno de

ellos, E..., que en todas partes reciben con placer por su travieso

y alegre carácter, nos presentó al otro con el nombre de don Juan de

Buenaventura. Este sujeto, que vestía un tosco traje de campesino,

es hacendado propietario y un buen hombre, aunque desgraciadamente

_tonto_, esto es, un individuo falto de entendimiento y hazmerreir de

los demás.

Cuando entramos á la sala y pude observarlo bien á la luz, pensé en que

la Naturaleza suele hacer con la humanidad extrañas travesuras, como la

de dar tan bella figura á un hombre á quien ha negado la inteligencia.

Después de cambiar nuestras ropas de montar nos reunimos á tomar el te.

De Roos y doña Rosario se sentaron en un sofá y don Lucas los tuvo muy

entretenidos con su guitarra y sus cantos. Don José Antonio y don Justo

no estaban con nosotros, porque este último no se sentía bien. Doña

Ana María, con sus costuras; yo, con mis útiles de dibujo; E... y el

tonto, nos sentamos junto á la mesa. Conversamos sobre muchos asuntos,

y yo, de cuando en cuando, por urbanidad, dirigía la palabra al hermoso

mentecato, cuyas respuestas se parecían extraordinariamente á las del

Touchstone[103] de Shakespeare, y cada vez era mayor mi asombro de ver

un exterior tan bello en que “todos los dioses parecían haber puesto

su sello”, unido á tan escasa inteligencia. Esto me puso melancólica,

y vi llegar con gusto la hora de la cena, donde las bufonadas de don

Lucas provocaron risas muy diferentes de las forzadas y melancólicas

que nos había arrancado el pobre idiota. Me retiré á dormir tristemente

impresionada.

_12._--Hoy al levantarme me encontré con que don Lucas se había

marchado á Santiago, á pesar de la niebla y de la lluvia y sin

despedirse de nosotros. Ocupé la mañana en escribir mi diario, visitar

la lechería y hacer investigaciones sobre el tonto, de quien nadie supo

decirme nada. A las doce se despejó la niebla, y don Justo, doña Ana

María, Rosario, De Roos y yo fuimos á caballo á un cerro vecino, donde

gozamos con la espléndida vista del llano de Maipo, tomamos mate y

charlamos hasta la puesta del sol.

Declaro, y puedo repetirlo mil y mil veces, que este día es el más

bello que he visto, porque en las escenas de la naturaleza no tocadas

por la mano del hombre, la última es siempre más bella que la anterior.

Las flores estrelladas bajo mis pies; el precioso arbusto de follaje

purpúreo inclinado sobre la altísima roca, que don Justo trepaba como

un corzo silvestre para coger la espléndida planta; la cima en que se

habían tendido las pieles en que Ana María y Rosario, más hermosas

que las flores que las rodeaban, estaban graciosamente reclinadas

mientras se servía el mate en tazas de plata, todo, todo era bello; y

charlábamos, y se referían historias de personas reales y aun en vida,

que los autores de obras de imaginación se alegrarían de poseer.

El primer marido de doña Ana María fué, como ya de mucho antes lo

sabía, don Juan José Carrera. Después de su muerte, don José Antonio,

hermano de doña Ana María, hizo viaje á Mendoza por los Andes y la

trajo á la casa de sus padres, donde vivió algún tiempo en absoluto

retiro. A la edad de diez y nueve años había visto á su marido á la

cabeza del gobierno de su país, ó á lo menos, sin reconocer otro

superior que su propio hermano; dos veces había hecho con él,

fugitivo, la penosa travesía de los Andes; había compartido su prisión;

había intercedido por él; lo había visto morir en el cadalso, en los

brazos de su hermano menor.

¿Qué tiene, pues, de extraño que el sobreviviente de los Carrera

conservara por ella un tierno afecto y que le escribiera esas cartas

confidenciales en cifra que casi le costaron la vida? Algunas de esas

cartas fueron interceptadas, y ella encerrada en el convento de monjas

agustinas de Santiago. Quiero relatar esta parte de su historia en los

mismos términos de la carta en que no hace muchos días me la refirió su

madre.

“Cuando Ana María volvió de Mendoza la notamos tan decaída de salud

á causa de sus sufrimientos, que nos apresuramos á enviarla al

campo, adonde el pobre Miguel y yo la acompañamos. Una gran fiebre

de Mariquita me obligó á volver á la ciudad. El mismo día en que la

enfermedad hizo crisis se presentó en casa un oficial del senado,

requiriendo á nuestra hija mayor. Mi marido fué á ver al Director y

le expuso la angustiosa situación de la familia, y especialmente el

delicado estado de Ana María. Pero á esto se le replicó que graves

razones de Estado exigían su presencia. Hube, pues, de dejar á

Mariquita con sus hermanas, y partí con el oficial á traer á mi hija.

“La trajimos á la ciudad. Se le obligó á comparecer ante el senado,

mostrósele la carta de José Miguel[104] y se le exigió que la

leyera. Ella contestó que no conocía la cifra de la carta y que, por

consiguiente, no podía leerla. Uno de los miembros del tribunal le

recordó que varias veces había escrito en cifras á su marido mientras

estuvo preso en Mendoza. Ella, que hasta entonces nunca pudo oir el

nombre de su marido sin violentos ataques de nervios, pareció ahora

haber recibido del cielo un valor extraordinario.--Sí, replicó, le

escribí algunas veces cartas en cifra. ¿Podía acaso permitir que se

impusieran de nuestros más íntimos secretos los extraños, que, como

harto bien lo sabíamos, leían nuestras cartas antes que llegaran á

nuestras manos? ¿Podíamos soportar que en el cuarto de guardia, donde

eran leídas, se hiciera insultante y grosera mofa de las efusiones

de nuestro amor? Cuando vosotros me quitásteis las cartas y papeles

de mi esposo mártir, me quitásteis también la clave de esa cifra, y

no tengo otra--. Uno de los senadores, mirando con airado ceño á la

hermosa joven, le preguntó:--¿Quiere doña Ana María que las palabras

_esposo mártir_ se inserten en la minuta de su interrogatorio?--He

dicho _esposo mártir_, contestó ella, y lo mantengo. Observáronle

entonces los jueces que si no leía la carta al tribunal sería encerrada

en un convento. A lo que contestó una vez más.--No puedo, no conozco

la cifra. Y si esa carta fuera en realidad dirigida á mí, cosa de que

no tenéis prueba alguna, ¿por ventura el hecho de que otra persona me

escriba me constituye criminal? Hay otras mujeres y otras viudas de mi

nombre y familia á quienes bien podría la carta haber sido dirigida.

Además, si es un crimen escribir cartas, ¿tenéis pruebas de que yo

he escrito á don José Miguel, ó contestado ó siquiera reconocido sus

cartas? ¿O acaso os parece extraño que en la desolación de su casa haya

escrito algunas palabras de consuelo á la viuda de su hermano mártir?

Ese día no se le interrogó más, pero fué enviada al monasterio de las

monjas agustinas, de donde fué llevada dos veces ante el tribunal, que

no pudo obtener de ella otras respuestas. Como el estado de su salud

fuera cada día más delicado, se permitió á su madre y á su hermana

menor acompañarla en el convento, donde permanecieron cinco meses”.

Por fin, el Director la hizo poner en libertad, creo que á instancias

del señor Prevost. Algunas personas la creían realmente complicada en

una conspiración política. Su familia ve en ella un ángel, víctima de

crueles infortunios.

Durante su prisión en el convento trabó íntima amistad con una

interesantísima joven, cuyos infortunios, de distinta naturaleza de

los de nuestra amiga, la habían inducido á encerrarse para siempre

en el claustro. Su marido había desertado del ejército patriota para

servir bajo las banderas reales, á una edad en que de ordinario carecen

todavía de fijeza los principios.

Diario de su residencia en Chile (1822) y de su viaje al Brasil (1823) · 第 23 / 35 段