masa principal, se llama Portezuelo de San Agustín de Tango. A su
entrada hay algunas chozas rodeadas de pequeños huertos, que riega
un antiguo canal del Maipo y cuya vista nos alegró después de quince
millas de monótono camino. Otras quince millas, tan monótonas como
las anteriores, nos llevaron al vado del rápido y turbio Maipo. Este
río nace de los Andes, cerca de un paso llamado _El Portillo_, poco
frecuentado, porque sus paredes verticales no ofrecen refugio alguno
contra los aludes que continuamente caen de arriba.
Es, no obstante, más corto que el próximo á la cumbre, y suele ser
transitable cuando éste se cierra. Me dicen que en ese profundo valle,
donde la rápida corriente se abre paso sobre un desigual y áspero
lecho, formando numerosas cataratas, es verdaderamente sublime. Si
la estación lo hubiera permitido, habría caído en la tentación de
viajar medio día por verlo. El paso del Maipo es sumamente peligroso
durante las creces, y á veces invadeable, á juzgar por la altura de
sus márgenes, que calculo en poco menos de cuarenta pies; el espacio
comprendido entre ellas tendrá aproximadamente un cuarto de milla.
Dentro de este ancho lecho el río se divide ahora en varios canales
fáciles de vadear; sobre el principal, profundo y correntoso, hay un
puente de construcción indígena que sirve para el tránsito cuando el
río no está vadeable. Consiste en palos verticales, fijos á uno y
otro lado de la corriente; fuertes cuerdas de cuero entre los postes,
entrelazadas con otras, forman un puente de cimbra, suspendido sobre el
río.
Este puente desaparece durante las grandes creces, y es reemplazado por
otro tan pronto como se normaliza la corriente. Al Norte del río no se
ve un solo árbol, y la vista domina un inmenso espacio absolutamente
plano. Por el lado Sur la tierra es más fértil y más cultivada,
particularmente en Viluco, en cuya vecindad se encuentran el pueblo y
la capilla de Maipo, iglesia parroquial de una vasta región.
La hacienda de Viluco pertenece al marqués de Larrain, uno de los
hombres más ricos de Chile[101]. Produce como 25.000 pesos al año y
está perfectamente cultivada. Sepárala del camino un muro de dos leguas
de largo, que me aburrió soberanamente. Los cercos ó muros divisorios
de propiedades rústicas se construyen aquí con tierra arcillosa batida
y comprimida en marcos de madera que, una vez bien apretado un bloque,
los sacan, los colocan encima y los llenan de nuevo, de modo que cuando
el muro está terminado parece una construcción de ladrillos gigantescos.
Llegamos por fin á un pésimo y fangoso camino á orillas del estero de
Paine, que desciende rápidamente de un contrafuerte de la cordillera
que avanza aquí casi hasta el cerro de Pangue y forma el estrecho paso
ó Angostura de Paine, comúnmente llamado la Angostura, por el cual va
el camino de Rancagua. Desde Paine, donde hay una casa de postas, el
camino sigue entre dos filas de magníficos árboles, principalmente
maitenes; y casas de campo y hermosas plantaciones, reemplazan la
extensa y desolada llanura que acabamos de pasar. Una de las más bellas
propiedades pertenece al hospital de San Juan de Dios y la arrienda un
Valdés.
Allí dejamos el camino principal para seguir el curso de un pintoresco
río que nace del mencionado paso, á lo que debe su nombre de río de
la Angostura. Pasadas algunas haciendas, como las de Herrera y de
Solar, llegamos á la de Salinas, donde nos recibieron amabilísimamente
don Justo y su esposa, la hija mayor de mis huéspedes y viuda del
infortunado don Juan José Carrera, que espero habrá encontrado en su
segundo matrimonio alguna compensación de los padecimientos que sufrió
durante el primero.
Tiene uno de los más bellos rostros que he visto, ojos que ruegan y
mandan, y una boca que jamás pudo igualar pintor alguno en sus Hebes ó
Gracias. Su edad no pasa de veinticinco años, aunque apenas representa
diez y siete. Mientras contemplaba extasiada su belleza, recordando
su historia, dudaba si todo esto era realidad ó un sueño de cosas que
hasta ahora sólo había encontrado en las novelas. Don Justo es un joven
de bella figura, dos años menor que su esposa. Mucho se alegraron
de ver á sus dos hermanos, y á De Roos y á mí nos recibieron con
amabilidad exquisita.
Soplaba un recio viento de la montaña y hacía mucho frío. Sentados
alrededor del brasero, en una linda sala, esperamos la comida, que
se sirvió como á las nueve. Nos felicitaron, como de una proeza, de
haber recorrido en nueve horas sin mudar caballos una distancia de
más de catorce leguas, incluyendo en esas nueve horas dos de descanso
que dimos á las bestias y un rato que se perdió en componer uno de mis
estribos, que se quebró en el camino.
En Chile acostumbran tomar algo tarde el desayuno, que consiste á veces
en caldo, ó carne y vino, pero todos toman mate ó chocolate junto á
la cama. Doña Ana María, sabiendo cuán diferentes son las costumbres
inglesas, envió á mi aposento té, pan y mantequilla, para De Roos y yo.
Describiré la casa.
La puerta exterior da al dormitorio principal, que sirve también de
salón. Á un lado hay una pieza de tocador y otra para los niños; al
otro la sala y más allá el comedor, bien iluminado y alegre; á lo largo
del frente de la casa, un corredor, á que dan varios departamentos,
como el de don Justo, y algunos dormitorios para huéspedes. Doña
Rosario y yo ocupamos uno de ellos, y don José Antonio y De Roos otro.
En Chile no se respeta la interioridad de los dormitorios como en
Inglaterra; felizmente tengo el hábito de madrugar, que entre otras
ventajas me procura la de librarme de intrusiones inoportunas.
La mayor parte del día se pasa en el corredor, lo que no es de extrañar
con tan agradable temperatura y tan hermosa vista. En el transcurso
del día recorrí casi toda la hacienda, comenzando por las viñas. La
principal ocupa dos cuadras cuadradas; las vides están apoyadas en
rodrigones y reducidas por la poda á una altura de cinco pies. Aquí no
se acostumbra remover anualmente la tierra entre las hileras como en
Italia, sino que cada veinte ó treinta años se descubren y mondan las
raíces.
Visitamos en seguida el huerto, en que hay nogales, duraznos, ciruelos,
albaricoques, perales y cerezos, que comienzan apenas á florecer,
porque, además de hallarse esta hacienda un grado más hacia el Sur,
está más cerca de la cordillera y más expuesta á los vientos fríos.
Del huerto pasamos á los corrales de vacas y terneros, de hermosa
raza. La lechería está mal administrada, pues de diez y seis bellas
vacas lecheras no se alcanzan á obtener doce libras de mantequilla por
semana, y algunas no más de seis; de queso se produce una cantidad
insignificante, aunque éste y aquélla de excelente calidad.
El ganado lanar es bellísimo, de muy buena y larga lana; cada vellón
vale por lo menos tres reales. La trasquila se hace en Octubre. Vi un
carnero pehuenche con cinco cuernos desiguales. Colgado delante de la
puerta hay un jaguar empajado, llamado comúnmente león chileno, animal
que habita en los cerros y hace estragos en el ganado lanar y los
terneros, pero que, según he oído, no ataca al hombre.
Don Justo me dió una garra de seis pulgadas de ancho, que debe haber
pertenecido á un enorme individuo de esta especie. En las bodegas las
grandes botijas de greda están medio enterradas en el suelo, como
refieren los autores jesuítas que practican los indios del interior con
sus tinajas de chicha. Cada bodega contiene unas sesenta tinajas de
veinticinco arrobas cada una. Son fabricadas con arcilla de los cerros
vecinos y cuestan tantas veces cuatro reales como arrobas contienen.
Cuando se quiere vinificar el mosto, se vierte jugo de uva caliente
en la proporción de una arroba por cuatro de mosto, para acelerar
la fermentación. Hay que tener cuidado de no dejar hervir el jugo,
retirándolo del fuego en el punto próximo á la ebullición, para que no
comunique al vino un sabor empireumático.
Las bocas de las botijas se tapan herméticamente con barro para la
maduración del vino, que, cuando está á punto, se encierra en cueros
para la venta. Probé varias clases de vino y mosto, muy buenos casi
todos, y mucho mejores aún los aguardientes, á pesar de la imperfecta
construcción de los alambiques. El trigo produce aquí el ciento por
uno; la cebada el setenta. Los cultivos se alternan: trigo ó cebada un
año, alfalfa al siguiente.
Algunos pastos de forraje crecen espontáneamente después de cosechado
el grano. De ellos el preferido por el ganado mayor es el alfilerillo,
así llamado por la forma de la semilla; es una planta de la familia
de las geraniáceas, indígena en Inglaterra como en Chile; créese que
comunica un sabor agradable á la carne de los animales que la comen
en ciertas épocas. Otra planta predilecta del ganado es el cardo
silvestre, apreciable sobre todo antes de la estación de las lluvias.
Tanto me gustan las cabezas de cardo, en ensalada ó guisadas de otras
maneras, que no me extraña oir quejarse á los hacendados de que los
animales destruyan los cercos por ir á buscarlas en otras heredades.
Críase aquí en los corrales de vacas cierto insecto que cogen y
conservan por la fragancia que despide.
En la noche un tal don Lucas, que vino de visita á casa de don Justo,
tocó la guitarra y cantó algunas tonadas populares, y bailó algunos
bailes del país, especialmente uno llamado _la campana_, desconocido
aún para mí, con animación y gracia.
Echándose el poncho sobre los hombros, tomó su guitarra, sacó á bailar
á una de las señoras, y danzó, hizo guiñadas, tocó y cantó, todo al
mismo tiempo y de la manera más grotesca. La _campana_ es propiamente
un _pas seul_[102] y la letra tan incoherente y falta de sentido como
nuestro _Hey diddle diddle, the cat and fiddle_, digna compañía de los
visajes de don Lucas, cuya cara es tan grotesca como la de Grimaldi, á
quien se parece algo.
He aquí la letra de _la campana_:
«Al mar me arrojara por una rosa,
pero le temo al agua, que es peligrosa.
Repiquen las campanas con el esquilón,
que si no hay badajo, con el corazón.
Pescado salado desecho ya un lado,
repiquen las campanas de la catedral.
Por ver si te veo, hermosa deidad,
un clavel que me diste por la ventana
en una jarra de oro lo tengo en agua.
Repiquen las campanas de la catedral.»
Creo que este canto, como el _Yankee Doodle_ es susceptible de ser
alargado _ad infinitum_ por el cantor.
Después del baile sentóse don Lucas en un rincón de la sala sobre un
escaño bajo y acompañó con su guitarra algunas baladas y _tristes_,
que más que por la voz del cantante se recomendaron por la letra y
ejecución. Reproduzco uno de los _tristes_ que, aunque demasiado
conceptuoso, me pareció bastante bello.
_Triste_
Llorad, corazón, llorad,
llorad si teneis por qué,
Que no es delito en un hombre
llorar por una mujer.
Llora este cielo sereno,
marchitando sus colores;
la tierra llora en vapores
l’agua que abriga en su seno;
llora el arroyo más lleno,
si espera esterilidad;
y las flores con lealtad
le lloran de varios modos,
pues ahora que lloren todos.
Llorad, corazón, llorad.
Llora el prado, á quien destina
el cielo una estéril suerte;
el árbol más duro vierte
sus lágrimas en resina,
llora, pues, si se examina,
todo insensible que ve
una mal pagada fe;
y si lo insensible llora,
llorad, corazón, ahora,
llorad, que tèneis por qué.
Llora el ave su orfandad,
mirando á su dueño ausente;
el jilguerillo inocente
llora su cautividad;
el pez llora la impiedad
del que le prende, y el hombre
llora, porque más te asombre;
pues en extremo tan raro
no es culpa en ellos, es claro
que no es delito en un hombre.
Llora el bruto, y no es dudable
que llora, pues es pasible,
cuando siente lo insensible,
y llora aun lo vegetable
llora todo lo animable,
porque puede padecer,
y si el hombre ha de tener
sentido más exquisito,
¿cómo será en él delito
llorar por una mujer?
Don Justo tiene una memoria prodigiosa para los versos. Recitó más
de los que puedo recordar ó don Lucas cantar. Esta es una de las
cualidades que más se aprecian en un joven chileno; el que no puede
cantar alguna cosa en los paseos campestres, puede por lo menos recitar
poesías de memoria.
No hace mucho tiempo don Justo estuvo gravemente enfermo en la casa de
su suegro en Santiago, y todos los de la familia, especialmente sus
cuñadas, que lo aprecian mucho, hicieron mil votos y promesas para
alcanzar su salud. El día en que fué declarado fuera de peligro, don
José Antonio y sus hermanas le dieron una serenata. Doña Mariquita
cantó primero, con acompañamiento de guitarra, una felicitación
compuesta por ella, seguida de una estrofa cantada por cada una de las
hermanas y un coro final de los cuatro en nombre de la familia, todo
ello obra de doña Mariquita.
Esta cariñosa manifestación impresionó tanto al enfermo, que no
pudo contener las lágrimas. Entonces don José Antonio, con admirable
oportunidad, aceleró el compás de la música é hizo una parodia tan
graciosa de los versos, que las lágrimas se convirtieron en risas, y
desde ese momento don Justo comenzó á mejorar rápidamente. No hay duda
que los chilenos han heredado de España este talento para improvisar.
¿Quién no recuerda los lindos versos que cantan Clemente y Andrés
en alabanza de Preciosa, en la _Gitanilla_ de Cervantes? Todos nos
asombramos de lo avanzado de la hora cuando nos separamos; pero los
versos y cantos y la belleza y linda voz de Ana María fueron suficiente
disculpa, si alguna era menester, de haber robado al sueño algunas
horas.
_11 de Septiembre._--Las descripciones suelen ser completamente falsas.
¿Cómo se explica esto? A todos nos parece que describir lo que hemos
visto y examinado con atención es la cosa más fácil del mundo. Sin
embargo, apenas uno entre ciento logra dar á otros una idea exacta de
lo que ha visto. Hoy tuve una prueba de ello. Fuimos á ver la laguna de
Aculeo. Me la habían descrito como circular, rodeada de un cordón de
elevados cerros, y, cosa singular, salada como el mar. No hay en todo
esto una palabra de verdad.
El lago es de forma irregular y sinuosa, con hermosas islas. Domínanlo
algunos escarpados cerros; pero sus márgenes tienen por lo general un
suave declive y pacen en ellas numerosos ganados; su pequeño valle se
abre hacia el Este, en cuya dirección sale uno de sus brazos á unirse
con el río de la Angostura.
Desde la hacienda de don Justo hasta Aculeo, el camino va por bosques y
fértiles llanos, rodeados de cerros regados por numerosos riachuelos.
Hay algunas buenas casas de campo, alrededor de cada una de las cuales
se agrupa generalmente un pequeño caserío de labriegos, como en las
grandes granjas inglesas.
El golpe de vista que presenta el lago me recordó el _Lago Maggiore_
y sus contornos. La nevada cordillera, las fértiles márgenes,
las alegres islas, el clima mismo, se parecen á los del Norte de
Italia. Nos detuvimos un momento en una casita á orillas del lago,
con intención de usar un bote que allí se encuentra, pero estaba en
reparación. El lago y las tierras adyacentes pertenecen á uno de los
Larraines; la pesca constituye una de sus principales entradas.
Doña Ana María, doña Rosario y don José Antonio prefieren quedarse
en la casita, mientras De Roos y yo, acompañados de dos campesinos,
fuimos dos leguas más allá por la orilla derecha del lago, después de
probar el agua de éste, que es dulce y fresca. Sólo en Europa había
visto paisajes forestales comparables á los que iban apareciendo aquí
á nuestro paso. Los bosques de Chile tienen una fragancia especial,
debida en parte al olor del aromo, actualmente en flor, en parte al que
exhalaban las hojas caídas al ser magulladas por los cascos de nuestros
caballos.
Pero estos deliciosos paisajes son enteramente solitarios; sólo
una pequeña choza de pescadores, en una de las islas, atestigua la
presencia del hombre. Sobre la isla se ciernen las águilas, y en ella
hacen sus nidos los cisnes y otras aves acuáticas.
Por consideración á los caballos regresamos á la casita, después de
tomar una vista del lago. Nuestros amigos nos esperaban con comida,
después de la cual todos se fueron á dormir la siesta: las señoras
sobre el estrado; los caballeros á la sombra de los árboles, sobre sus
ponchos y monturas, y los dueños de casa en sus camas. Yo también dormí
unos pocos minutos.
Entre las personas de la casa merece especial mención una mujer de
unos cincuenta y cinco años, que tiene fama de ser la mejor domadora
de caballos de toda la comarca, tal que con frecuencia le traen potros
altivos para que los amanse. A las tres se levantaron todos para tomar
mate, y una hora después emprendimos viaje de regreso á la casa de don
Justo, de que nos separaban cuatro largas leguas. Las montañas habían
tomado bellísimos tintes, desde el violado casi negro hasta el más
delicado color de rosa.
Del Este llegaban de cuando en cuando á nuestros oídos ruidos sordos,
causados quizá por caídas de lejanos aludes ó por algunos de los medio
apagados volcanes de las cordilleras vecinas.
Don Justo nos salió al encuentro como á milla y media de la casa.
Aguardábannos en la puerta dos nuevos y extraños personajes. Uno de
ellos, E..., que en todas partes reciben con placer por su travieso
y alegre carácter, nos presentó al otro con el nombre de don Juan de
Buenaventura. Este sujeto, que vestía un tosco traje de campesino,
es hacendado propietario y un buen hombre, aunque desgraciadamente
_tonto_, esto es, un individuo falto de entendimiento y hazmerreir de
los demás.
Cuando entramos á la sala y pude observarlo bien á la luz, pensé en que
la Naturaleza suele hacer con la humanidad extrañas travesuras, como la
de dar tan bella figura á un hombre á quien ha negado la inteligencia.
Después de cambiar nuestras ropas de montar nos reunimos á tomar el te.
De Roos y doña Rosario se sentaron en un sofá y don Lucas los tuvo muy
entretenidos con su guitarra y sus cantos. Don José Antonio y don Justo
no estaban con nosotros, porque este último no se sentía bien. Doña
Ana María, con sus costuras; yo, con mis útiles de dibujo; E... y el
tonto, nos sentamos junto á la mesa. Conversamos sobre muchos asuntos,
y yo, de cuando en cuando, por urbanidad, dirigía la palabra al hermoso
mentecato, cuyas respuestas se parecían extraordinariamente á las del
Touchstone[103] de Shakespeare, y cada vez era mayor mi asombro de ver
un exterior tan bello en que “todos los dioses parecían haber puesto
su sello”, unido á tan escasa inteligencia. Esto me puso melancólica,
y vi llegar con gusto la hora de la cena, donde las bufonadas de don
Lucas provocaron risas muy diferentes de las forzadas y melancólicas
que nos había arrancado el pobre idiota. Me retiré á dormir tristemente
impresionada.
_12._--Hoy al levantarme me encontré con que don Lucas se había
marchado á Santiago, á pesar de la niebla y de la lluvia y sin
despedirse de nosotros. Ocupé la mañana en escribir mi diario, visitar
la lechería y hacer investigaciones sobre el tonto, de quien nadie supo
decirme nada. A las doce se despejó la niebla, y don Justo, doña Ana
María, Rosario, De Roos y yo fuimos á caballo á un cerro vecino, donde
gozamos con la espléndida vista del llano de Maipo, tomamos mate y
charlamos hasta la puesta del sol.
Declaro, y puedo repetirlo mil y mil veces, que este día es el más
bello que he visto, porque en las escenas de la naturaleza no tocadas
por la mano del hombre, la última es siempre más bella que la anterior.
Las flores estrelladas bajo mis pies; el precioso arbusto de follaje
purpúreo inclinado sobre la altísima roca, que don Justo trepaba como
un corzo silvestre para coger la espléndida planta; la cima en que se
habían tendido las pieles en que Ana María y Rosario, más hermosas
que las flores que las rodeaban, estaban graciosamente reclinadas
mientras se servía el mate en tazas de plata, todo, todo era bello; y
charlábamos, y se referían historias de personas reales y aun en vida,
que los autores de obras de imaginación se alegrarían de poseer.
El primer marido de doña Ana María fué, como ya de mucho antes lo
sabía, don Juan José Carrera. Después de su muerte, don José Antonio,
hermano de doña Ana María, hizo viaje á Mendoza por los Andes y la
trajo á la casa de sus padres, donde vivió algún tiempo en absoluto
retiro. A la edad de diez y nueve años había visto á su marido á la
cabeza del gobierno de su país, ó á lo menos, sin reconocer otro
superior que su propio hermano; dos veces había hecho con él,
fugitivo, la penosa travesía de los Andes; había compartido su prisión;
había intercedido por él; lo había visto morir en el cadalso, en los
brazos de su hermano menor.
¿Qué tiene, pues, de extraño que el sobreviviente de los Carrera
conservara por ella un tierno afecto y que le escribiera esas cartas
confidenciales en cifra que casi le costaron la vida? Algunas de esas
cartas fueron interceptadas, y ella encerrada en el convento de monjas
agustinas de Santiago. Quiero relatar esta parte de su historia en los
mismos términos de la carta en que no hace muchos días me la refirió su
madre.
“Cuando Ana María volvió de Mendoza la notamos tan decaída de salud
á causa de sus sufrimientos, que nos apresuramos á enviarla al
campo, adonde el pobre Miguel y yo la acompañamos. Una gran fiebre
de Mariquita me obligó á volver á la ciudad. El mismo día en que la
enfermedad hizo crisis se presentó en casa un oficial del senado,
requiriendo á nuestra hija mayor. Mi marido fué á ver al Director y
le expuso la angustiosa situación de la familia, y especialmente el
delicado estado de Ana María. Pero á esto se le replicó que graves
razones de Estado exigían su presencia. Hube, pues, de dejar á
Mariquita con sus hermanas, y partí con el oficial á traer á mi hija.
“La trajimos á la ciudad. Se le obligó á comparecer ante el senado,
mostrósele la carta de José Miguel[104] y se le exigió que la
leyera. Ella contestó que no conocía la cifra de la carta y que, por
consiguiente, no podía leerla. Uno de los miembros del tribunal le
recordó que varias veces había escrito en cifras á su marido mientras
estuvo preso en Mendoza. Ella, que hasta entonces nunca pudo oir el
nombre de su marido sin violentos ataques de nervios, pareció ahora
haber recibido del cielo un valor extraordinario.--Sí, replicó, le
escribí algunas veces cartas en cifra. ¿Podía acaso permitir que se
impusieran de nuestros más íntimos secretos los extraños, que, como
harto bien lo sabíamos, leían nuestras cartas antes que llegaran á
nuestras manos? ¿Podíamos soportar que en el cuarto de guardia, donde
eran leídas, se hiciera insultante y grosera mofa de las efusiones
de nuestro amor? Cuando vosotros me quitásteis las cartas y papeles
de mi esposo mártir, me quitásteis también la clave de esa cifra, y
no tengo otra--. Uno de los senadores, mirando con airado ceño á la
hermosa joven, le preguntó:--¿Quiere doña Ana María que las palabras
_esposo mártir_ se inserten en la minuta de su interrogatorio?--He
dicho _esposo mártir_, contestó ella, y lo mantengo. Observáronle
entonces los jueces que si no leía la carta al tribunal sería encerrada
en un convento. A lo que contestó una vez más.--No puedo, no conozco
la cifra. Y si esa carta fuera en realidad dirigida á mí, cosa de que
no tenéis prueba alguna, ¿por ventura el hecho de que otra persona me
escriba me constituye criminal? Hay otras mujeres y otras viudas de mi
nombre y familia á quienes bien podría la carta haber sido dirigida.
Además, si es un crimen escribir cartas, ¿tenéis pruebas de que yo
he escrito á don José Miguel, ó contestado ó siquiera reconocido sus
cartas? ¿O acaso os parece extraño que en la desolación de su casa haya
escrito algunas palabras de consuelo á la viuda de su hermano mártir?
Ese día no se le interrogó más, pero fué enviada al monasterio de las
monjas agustinas, de donde fué llevada dos veces ante el tribunal, que
no pudo obtener de ella otras respuestas. Como el estado de su salud
fuera cada día más delicado, se permitió á su madre y á su hermana
menor acompañarla en el convento, donde permanecieron cinco meses”.
Por fin, el Director la hizo poner en libertad, creo que á instancias
del señor Prevost. Algunas personas la creían realmente complicada en
una conspiración política. Su familia ve en ella un ángel, víctima de
crueles infortunios.
Durante su prisión en el convento trabó íntima amistad con una
interesantísima joven, cuyos infortunios, de distinta naturaleza de
los de nuestra amiga, la habían inducido á encerrarse para siempre
en el claustro. Su marido había desertado del ejército patriota para
servir bajo las banderas reales, á una edad en que de ordinario carecen
todavía de fijeza los principios.