Apenas habíamos entrado comenzó á llover con fuerza, gracias á la

intercesión de San Isidro, y nos alegramos no poco de hallarnos

protegidas contra la lluvia, con el regalo de un enorme brasero lleno

de carbones encendidos y pieles de carnero bajo los pies, mientras

tomábamos mate, que refresca más que el te después de un día de viaje.

Muy oportunamente hizo su aparición una abundante cena, que comenzaba

con huevos preparados de diversas maneras, seguía con estofados y

pucheros de vaca, cordero y aves, y terminaba con manzanas, y á la cual

se le hizo justicia en toda regla, desde los huevos hasta las manzanas,

sin perdonar tampoco los vinos de don Jorge.

_3 de Septiembre._--Esta mañana salió el sol claro y brillante,

sorprendiendo á los Andes y aun á los cerros más próximos completamente

cubiertos por la nieve, que cayó durante la noche mientras llovía en

los planos.

Antes de almuerzo recorrimos los almacenes de la hacienda, comenzando

por el granero, ahora casi vacío. Vimos allí tendido sobre el piso un

cuero seco y en él un rimero de carne fresca para el consumo inmediato,

según la costumbre del país, cortada en tiras de unas tres pulgadas de

ancho, y sin huesos. Pendían de los muros cuerdas de varias clases,

lazos, fajas, etc., para diversos usos rústicos.

Dentro del granero había otra despensa, toda rodeada de cuelgas de

velas de sebo; en el piso centenares de arrobas de sebo en cueros, para

la venta, y un gran montón de _skimmings_, esto es, de la gordura que

sobra después de derretir la grasa para extraer el sebo. Este residuo

lo usan los peones en lugar de manteca ó aceite para condimentar su

comida, y es tan necesario para ellos como el _ghee_[87] para los

indios del Oriente.

En otro departamento se guardan los yugos y aguijadas[88] para los

bueyes, las azadas para cavar canales de regadío, etc. Estas azadas son

de una madera durísima y provistas de un largo mango; las de hierro

se emplean sólo en la capital y alrededores y en algunas haciendas

cerca de Valparaíso, donde las han introducido los extranjeros. Estos

almacenes comunican con una puerta lateral con un patio cuadrado,

en un costado del cual está la _matanza_, donde, á fines de otoño,

se benefician los animales para obtener cueros, sebo y charqui.

Actualmente parece una barraca inconclusa, pero en tiempo de matanza la

cubren de ramas verdes para que la carne y demás productos se conserven

frescos. A un lado del patio se hallan los fondos para derretir el

sebo, hechos con greda de la misma hacienda y de dos pulgadas y media

de grueso. Junto á este departamento hay una barraca con hornos para

cocer las heces, que se agregan al mosto para acelerar su fermentación,

y más allá un alambique, de sencillísima factura, para destilar

aguardiente.

De diez y seis á veinte familias de inquilinos viven de la hacienda, y

dos ó tres veces ese número de peones á jornal se ocupan en las épocas

de mayor trabajo. Se les paga salarios subidos, no por el elevado

precio de los artículos de consumo, sino por la escasez de brazos.

La reducida población de Chile, á pesar de la natural fertilidad

del suelo y de la benignidad del clima, se explica fácilmente. Las

concesiones de tierras á los primeros pobladores españoles subsisten

aún en su mayor parte. Son tan extensas que entre Santiago y

Valparaíso tres mayorazgos poseen todo el suelo[89].

Los primeros propietarios, dedicados exclusivamente á la extracción de

metales preciosos, única cosa que se buscaba entonces en este país,

cultivaban sólo la tierra suficiente para proveerse de los artículos de

consumo más necesarios, y este cultivo, reducido á lo indispensable,

era ejecutado por _encomiendas_, esto es, por los indios que la corona

sometía al servicio del rico colono. Naturalmente, esta especie de

esclavitud impedía el acrecentamiento de la población. En el primer año

de la revolución de la independencia las encomiendas y la esclavitud

fueron abolidas.

Ahora los criados reciben salario y comienzan ya á tener casas propias

con pequeños huertos. Con todo, todavía subsiste de hecho el trabajo

forzoso de peones y mestizos en las haciendas, á pesar de las leyes

que lo prohiben. ¿Qué pueden hacer los infelices? Necesitan que algún

patrón les proporcione albergue y alimento, y en cambio el patrón les

exige servicios y trabajos que las leyes prohiben.

El actual gobierno proyecta facultar á los mayorazgos para vender

pequeñas porciones de sus tierras con hipotecas de largo plazo ó

perpetuas. De este modo el suelo pasará á dueños que tendrán interés

personal en él, y la población se aumentará juntamente con los medios

de subsistencia[90].

De vuelta de nuestra visita á los almacenes nos esperaba un excelente

almuerzo.

Pasé la tarde en mi aposento, donde además de las niñas de la casa,

me visitaron Mr. de Roos, don José Antonio y don Domingo Reyes. Don

Domingo es un grave, instruído y bondadoso caballero, á quien debo

buena parte de mis conocimientos históricos y físicos del país. Su

padre[91] fué secretario de don Ambrosio O’Higgins y de otros capitanes

generales, y aun de Osorio en el intervalo que medió entre las batallas

de Rancagua y de Chacabuco, después de la cual emigró. Su conducta,

siempre correcta y honorable, le mereció la confianza y el aprecio de

todos los partidos.

Llamado nuevamente al país, se le devolvieron sus bienes y se le

dió un empleo. El carácter de don Domingo ha sido formado por las

circunstancias y vicisitudes del tiempo en que le ha tocado vivir,

carácter cuyo rasgo dominante es el amor á su padre, á quien ha visto

sobrellevar tantas pruebas y mudanzas de fortuna. Es piadoso, y aun

diría fanáticamente piadoso, si no supiera de qué tristeza ha sido

testigo.

No obstante, siempre se le ve sereno y contento, pronto siempre á

servir á sus amigos y benévolamente dispuesto con todos. Mi amigo

don Antonio no posee ni los conocimientos, ni la inteligencia, ni

la cultura de Reyes, pero sí una excelente índole y bondadosos

sentimientos. Apenas se levanta se toma media docena de mates, fuma el

día entero, asiste con regularidad á su oficina, y en la noche baila

_cuandos_, canta y toca la guitarra, mejor afuera que en su casa. Nada

de esto es de extrañar ni desdice del carácter de un galán chileno.

Esta noche cantó y tocó muy agradablemente algunas canciones con

que los jóvenes de Santiago suelen dar serenatas á sus pretendidas,

costumbre tan general aquí como en Italia. Después de todo, en materia

de serenatas no hay nada más bello en el mundo que el _Hark, the

lark at heaven’s gate sings_[92] de nuestro Shakespeare, que hace

avergonzarse á todas las trovas de amor cantadas á bellas que mientras

tanto están durmiendo ó que por oirlas se mantienen despiertas.

_Jueves, 5 de Septiembre._--Toda la familia Cotapos y muchas otras

personas, entre las cuales los señores Prevost y De Roos y yo, treinta

por todo, hemos pasado el día en el campo. Las señoras que no quisieron

ir á caballo fueron en _carretones_, pequeños vehículos cubiertos del

país, provistos de alfombras y cojines.

Los criados y las provisiones iban en otro, techado con paja como

una choza rústica. Toda la comitiva se reunió en el patio de la casa

Cotapos, y se puso en marcha á las nueve de la mañana, con la alegría

que dan la juventud, la salud y la resolución de divertirse y gozar.

De _divertirnos_, debería decir, porque á lo menos, en cuanto á dicha

resolución, yo no me diferenciaba de los demás.

Después de una agradable cabalgata de unas cinco millas hacia el

Oriente de la ciudad llegamos á Ñuñoa, pintoresco pueblo en que reside

un obispo[93] y donde pasamos un día delicioso en una chacra que con

ese fin nos había sido ofrecida.

Es un lugar lindísimo, lleno de huertos y jardines y rodeado de

sementeras de trigo. El espléndido círculo de montañas que lo rodea,

especialmente los nevados Andes, hacen resaltar más aún la belleza de

los floridos campos de Ñuñoa.

Doña Mariquita y yo, con dos ó tres más, entre los cuales el padre de

doña Mariquita, el apuesto anciano don José Miguel de Cotapos, con

poncho de vicuña en su color natural, sombrero de anchas alas, riendas

enchapadas en plata, espuelas, etc., fuimos á una casita como á dos

leguas de allí.

Debería haber comenzado por describir la comitiva. Don José Miguel no

era el único de poncho, ó mejor dicho, muy pocos iban sin él, aunque

algunos de los jóvenes lo llevaban alrededor de la cintura en vez de

cubrir con él sus hombros. Casi todos usaban monturas chilenas, con un

gran número de alfombras y pieles, unas sobre otras.

Las señoras montaban sillas inglesas. La generalidad de ellas vestía

casacas de color, largos vestidos blancos y sombreros adornados con

flores; dos llevaban pequeños sombreros de teatro con plumas y ricos

vestidos de seda: sólo mi criada y yo teníamos sencillas y serias

amazonas.

Más parecíamos una vistosa cabalgata de cuentos de hadas que no una

partida de simples mortales que pasean á caballo juiciosamente sobre la

tierra. Siento no haber podido dibujar las figuras de los paseantes.

Acá Mariquita, vestida de blanco y escarlata y con un gorro negro

de castor que le sienta admirablemente; allá Rosario, con sobretodo

castaño, flotantes faldas blancas, sombrero de paja y rosas, que no

lucen tanto como sus mejillas; acullá Mercedes Godoy y otra Mercedes,

con plumas que ondean graciosamente al viento y trajes de seda que

brillan á los rayos del sol, reprimen sus briosos caballos; á ambos

lados de ellas la alegre Herrera, con su casaca verde, José Antonio,

con su poncho azul turquesa, tachonado de flores, y De Roos, con su

chaqueta de seda gris y su rubicundo rostro británico; y por fin,

acompañando los carretones, donde iban las señoras mayores en trajes de

gala, don Domingo Reyes y otros graves caballeros.

Tal era el aspecto que la caravana presentaba en Nnuñoa, cuando los

cuatro ó cinco que dije más arriba resolvimos ir á la casita de Egaña,

que ocupa el punto más elevado de esa comarca. Conduce á ella un

bellísimo camino, por entre campos de trigo y olivares y al través de

una linda aldehuela, desde donde nos llevó hasta la casita una calle de

sauces que comienzan á cubrirse de hojas.

Es una casa muy pequeña, adornada con papeles de diversos colores y

estampas, calculada para una breve residencia de verano. Se encuentra

á tanta altura en las faldas de la cordillera que su dueño dispone

siempre de nieve para refrescar su bebida. Dos manantiales perennes

atraviesan el huerto. Divísase desde aquí un bellísimo panorama: varios

pueblecillos y sementeras en el primer plano; en seguida la ciudad,

con su Santa Lucía y San Cristóbal y los cerros adyacentes, que en

otros países merecerían el nombre de montañas, más allá la llanura, que

termina en la Cuesta de Prado, actualmente coronada de nieve.

De vuelta á Ñuñoa encontramos á nuestros amigos entretenidos en danzar.

Habían conseguido un par de músicos, y bailaban minués y danzas

populares españolas, quizás las más graciosas del mundo. Las que más

me gustaron fueron el _cuándo_ y la _zamba_, bailados y cantados con

más expresión y entusiasmo que los que permiten las costumbres de la

ciudad, pero sin salir de los límites del decoro.

El baile no puede expresar sino dos pasiones: el odio y el amor. Aun

el grave minué de la corte, por sus acercamientos, alejamientos y

presentación de manos, como por las separaciones y encuentro final de

los danzantes, expresa el amor. ¡Cuánto más el minué popular y rústico,

que representa un rompimiento y su reconciliación! Esto es lo que eleva

la danza á la categoría de arte.

Las figuras de bailes en que toman parte más de dos personas, como la

generalidad de los bailes franceses ó ingleses, tienen tan poco que

hacer con la poesía del baile como los dibujos impresos á máquina en

las telas con la poesía de la pintura. Mis chilenos _sienten_ el baile,

y hasta cuando bailan una contradanza escocesa saben infundirle algo de

expresión poética.

El bailoteo fué interrumpido por la comida, que dió ocasión á que se

descubriera una nueva habilidad de mis amigos. Pidióse un brindis á

doña Mariquita, que declamó cuatro graciosas estrofas, adaptadas a las

circunstancias y á los comensales, con una facilidad que demostraba que

estaba habituada á improvisar.

Siguieron varios otros brindis de los caballeros, algunos

verdaderamente ingeniosos, y los jóvenes de ambos sexos que poseían

esta habilidad la ejercitaban cuando se les pedía, sin cortedad, á la

vez que sin ostentación.

Al caer la tarde preparé té para los danzantes, y luego regresó á la

ciudad la más alegre cabalgata que jamás haya entrado á ella. Una

tertulia en casa de Cotapos puso remate á los entretenimientos del día.

_5 de Septiembre._--Visité á varias personas inglesas y chilenas.

Nada diré de los ingleses residentes en Santiago, porque, con una ó

dos excepciones, Mr. B. y Mr. C., por ejemplo, son individuos muy

vulgares. Mr. B.[94] llamado comúnmente don Diego, ha vivido aquí

desde la revolución, y dice que nunca ha sido tratado con injusticia

ó malevolencia en el país, que conoce mejor que muchos nacionales.

Mr. C. ha viajado mucho; tuvo cierta participación en la guerra del

Sur, prestando dinero, caballos y buques á los patriotas y es, de las

personas que conozco, una de las que poseen más claras ideas acerca de

la actual condición de Chile.

Hay entre mis paisanos excelentes sujetos, algunos que se dan aires de

caballeros distinguidos y otros que se dedican á estafar al prójimo.

Así sucede en todas partes; pero desearía que aquí hubiera mayor número

de cumplidos ingleses, por el honor de nuestra nación y para bien de

Chile.

_7._--Fuí temprano á la imprenta nacional, bastante buena para un

país pequeño y nuevo, aunque algo escasa de tipos. Dudo que se pueda

imprimer un volumen en cuarto de cuatrocientas páginas. Compré las

gacetas desde 1818 hasta la fecha. Antes de ese año no se había impreso

nada[95]. Adquirí también algunas leyes, reglamentos y poesías. Bajo la

dominación española Chile no tuvo imprenta, así me parece, al menos,

porque no estoy segura de ello ni he podido saberlo á punto fijo. Todas

las impresiones necesarias, esto es, las que el virrey, el arzobispo y

la Inquisición permitían, se ejecutaban en Lima.

Después de medio día visita á las monjas de San Agustín. Es una

felicidad que por las nuevas disposiciones gubernativas todos los

conventos hayan quedado tan pobres, porque así hay esperanzas de que

pronto disminuyan. Estas monjas son viejas y feas, con excepción de

una sola, joven de bellos ojos y muy pálida, belleza peligrosa para un

enamorado caballero; me inspiró compasión.

Las ancianas señoras nos obsequiaron con mate, el mejor que he tomado

en Chile, preparado con leche y canela del país, servido en bandejas de

flores, de modo que el gusto y el olfato se deleitaban á la vez. Este

convento es uno de los más hermosos de Santiago. Desde el locutorio

divisábamos uno de sus siete patios, en el cual, en el centro de un

estanque, se levanta una estatua de piedra de la Virgen, la más fea que

jamás haya tallado la mano del hombre.

Ha sido dispuesta de modo que pueda arrojar agua por la boca y el

pecho; pero ahora no funciona, porque la fuente está en reparación,

en que se ocupaban en esos momentos varios albañiles, custodiados por

media docena de soldados, no sé si para hacer trabajar á los obreros ó

para proteger á las monjas.

En el breve rato que permanecí en el locutorio oí más charla que

antes en un mes, y noté que las enclaustradas siguen interesándose

por las cosas de este pícaro mundo. Cuando se me advirtió que ya era

tiempo de ir á otra parte no lo sentí, y, dejando un poco de dinero

de recuerdo á las buenas señoras, acompañé á los señores Prevost y De

Roos á la biblioteca pública. Comprende unos diez ó doce mil volúmenes,

provisoriamente instalados en el Colegio; pero habiendo ofrecido

el convento de Santo Domingo su biblioteca á la nación, aquellos

libros serán trasladados allá tan pronto como se disponga el local

conveniente, y la biblioteca se abrirá para el público. El director

es D. Manuel de Salas y Corvalán, instruído y culto caballero, que me

mostró un bello ejemplar de Cluverius[96] y me habló con orgullo de su

colección de obras da viajes y geografía.

Los libros de leyes ocupan la mitad de los estantes. Hay un buen

número de obras francesas, pero pocas inglesas, y de éstas pocas lo

más conocido es el pequeño _Viaje de Vancouver_. Aquí le guardan tanto

rencor por haber denigrado á Chile que, como por vía de desahogo, lo

muestran á todos los visitantes. Encontré en la biblioteca al diputado

Albano, á quien había visto presidir la Convención. Tuve con él una

grata hora de conversación.

Al pasar delante de los libros de leyes, me dijo: “He aquí nuestra gran

plaga. Treinta y siete mil de estas ordenanzas están todavía vigentes,

y los comentarios sobre ellas forman por lo menos el triple de ese

número. Los chilenos son excesivamente litigantes. Consideran un título

de honor tener un pleito, y, sin embargo, los pleitos suelen durar años

enteros y arruinan más familias que todas las demás causas de ruina

juntas, con excepción del juego.”

Abriga la esperanza de establecer una institución análoga á nuestros

jueces de paz para evitar las prisiones arbitrarias, tan frecuentes

aquí. Citó á este respecto una real cédula de 1718, que fija reglas á

los jueces de distrito de la América española, y expresó el deseo de

verla adoptada en Chile como base de la administración civil.

Oía con tanto agrado los razonamientos del señor Albano, que recibí

con pesar la insinuación de mis amigos de que estábamos abusando

de la bondad del bibliotecario y de que las señoras Godoy me

esperaban para tomar mate. Fuí, pues, á la casa de éstas, y allá

encontré á la hermosa, jovial y simpática señora Blanco, esposa del

ex contraalmirante de Chile, hoy comandante en jefe naval de San

Martín[97].

_8._--Compré mi caballo roano _Fritz_. Tiene patas blancas y ojos

azules; es alto y fuerte, y nunca ha sido montado por una mujer. Quería

dar á mi buen _Charles_ algún descanso, y el precio de veinte pesos no

me pareció excesivo.

Paguélos de buen grado, y montada en mi Fritz, fuí con De Roos á

hacer una visita al Director en su chacra, con intención de regresar

luego; pero no nos dejaron retirarnos antes de la comida. Las señoras

estaban en el jardín, y las indiecitas jugaban cerca de ellas. Este

lugar se llama el _Conventillo_. Perteneció antes á los franciscanos,

que comenzaron á construir en las inmediaciones una iglesia bajo la

advocación de Nuestra Señora, y para ese fin colectaban dinero de todos

los transeúntes.

La construcción del templo, sin embargo, no avanzaba, á pesar de las

cuantiosas sumas erogadas por los fieles. El Director, en vista de

esto, compró todo el terreno, y á los frailes su iglesia, poniendo así

término á esa exacción. Esta compra, como las construcciones y grandes

plantíos que allí está haciendo, inspiran al pueblo confianza en la

estabilidad del gobierno, y esta confianza contribuirá á su vez á darle

estabilidad.

Este es un día memorable en Chile. El obispo Rodríguez, desterrado

durante largo tiempo á causa de sus principios políticos, y de su

intromisión en los negocios de estado, ha sido por fin llamado.

No hace muchos días que llegó privadamente á su residencia de Ñuñoa;

hoy se presenta por primera vez en público en la catedral. Antes de

esa ceremonia visitó al Director, quien lo felicitó por su vuelta á su

diócesis, agregándole que esperaba que en lo sucesivo no olvidaría que

el progreso del país y de la opinión pública exigían en los negocios

eclesiásticos ideas y actos más liberales que los que pudieron

convenir á los tiempos pasados; que abrigaba la confianza de que el

buen sentido de su señoría lo haría ajustar su conducta á semejante

norma, y que mientras él fuera Director de Chile, ni el Papa ni

eclesiástico alguno tendría poder temporal ni derecho de exención de la

jurisdicción civil y criminal del país.

El obispo procedió en seguida á tomar posesión de la sede, y con ese

motivo pontificó solemnemente en la catedral. Su vuelta ha causado

satisfacción á muchos de los fieles que deseaban á su pastor; á

numerosas relaciones particulares, que estiman mucho al obispo, y sobre

todo, á las familias de los desterrados políticos, porque el regreso

del principal de ellos les da esperanzas de que pronto volverán los

otros[98].

Por suerte no había otros extraños presentes fuera de nosotros. El

Director llevó la conversación á los asuntos de Chile y á los sucesos

de su vida[99]. Se manifestó disgustado por los últimos acontecimientos

del Perú (deposición de Monteagudo, etc), estimando la conducta de ese

ministro y sus consecuencias como una mancha para la buena causa. No me

atreví á insinuarle que la conducta no menos mala que aquélla, aunque

en otro orden de cosas, de su ministro Rodríguez, estaba produciendo

aquí efectos igualmente lamentables.

Anduvimos un buen rato por los jardines y nos entretuvimos con un

telescopio, con el cual me mostró el Director varias haciendas del

llano de Maipo, regladas por el canal que ha abierto durante su

gobierno[100]. Todos esos campos eran antes estériles y sus jarales

servían de escondite á los asalteadores y asesinos, tal que no se

podía pasar por allí sin peligro. Los bandoleros han desaparecido ya,

y pacíficas haciendas ocupan las antes incultas tierras. Sirvióse

una sencilla y bien dispuesta comida en que la limpieza y corrección

inglesas daban á los platos chilenos lo que hasta entonces había echado

menos en ellos.

Fuera de nosotros sentáronse á la mesa doña Isabel, doña Rosa, la

joven y hermosa sobrina del Director, doña Javiera y un edecán. Las

indiecitas comían en una mesa baja, presididas por la hija del cacique

y servidas con tanto respeto como las señoras de la casa. La llegada

de algunas personas después de la comida, puso término á nuestra

conversación confidencial, y recorrí con doña Isabel los departamentos

de la casa. Los dormitorios de las señoras son muy aseados y

confortables.

El Director usa un lecho de campaña portátil, y á juzgar por su

aposento, no se preocupa mucho de la comodidad de su persona. Al

ponerse el sol regresamos á la ciudad juntamente con la familia de su

excelencia, que iba al teatro, á que doña Rosa nunca falta. Su carruaje

es inglés, sencillo y elegante.

_Lunes 9 de Septiembre._--Esta mañana doña Rosario, don José Antonio,

De Roos y yo, acompañados por mi peón Felipe, salimos de la ciudad

con rumbo á la hacienda de don Justo Salinas, yerno de mi huésped. El

camino va por el llano de Maipo, perfectamente á nivel entre la ciudad

y el río en una distancia de veinte á treinta millas. Esta es la parte

del llano fertilizada por el canal de O’Higgins, que riega la antes

estéril tierra entre el Mapocho y el Maipo.

El gobierno colonial se propuso realizar esta obra; pero después de

invertir una ingente suma en trabajos preparatorios, nada se hizo.

Después de la independencia se han gastado 25.000 pesos en el canal

principal, y vendiendo las tierras por anualidades que para las grandes

propiedades ascienden á 500 pesos, no sólo se ha reembolsado esa suma,

sino que, según mis informaciones, el producto de las ventas ha llegado

á cerca de 200.000 pesos. Cada propietario queda obligado á revestir de

piedra su parte de canal y á conservarlo en buen estado. Las sementeras

del llano prometen muy buenas cosechas; el terreno parece de tierra

vegetal delgada, mezclada con arena y abundante en piedrecillas, por

haber estado largo tiempo bajo el agua.

Estas piedrecillas son mayores y más irregulares en el llano que en los

lechos del Mapocho y del Maipo, excepto en los puntos donde éste, en el

centro de su canal, ha albergado ó descubierto rocas de considerable

tamaño. A medio camino, entre la ciudad y el río, uno de los pequeños

cordones de cerros que cruzan el llano en ángulo recto con los Andes

y parecen unir las cimas de la Cuesta de Prado y otras con la gran

cordillera, atraviesa el camino, disminuyendo gradualmente hasta

desaparecer del todo en el llano antes de llegar á la montaña.

Diario de su residencia en Chile (1822) y de su viaje al Brasil (1823) · 第 22 / 35 段