necesita observarlas, porque los entretenimientos públicos dan mucha
luz acerca del carácter é inclinaciones del pueblo. Por lo tanto,
determiné tomar un palco en el teatro para la función de la noche,
y allá me fuí con mis amigas después de tomar mate con las señoras
Izquierdo. Por una puerta que hay en un bajo muro entre el palacio del
Consulado y el templo de los jesuítas, entramos á un recinto cuadrado,
dentro del cual se encuentra el teatro, que me recordó los teatros
provisionales que suelen verse en Europa en las ciudades de provincia.
Por otra parte, la sencillez y poca elevación de los edificios tienen
satisfactoria explicación en un país de frecuentes terremotos.
El interior dista mucho de ser despreciable; en esta materia he
visto cosas peores en París. El escenario es bastante extenso, las
decoraciones muy buenas, pero el proscenio demasiado bajo. En el telón
de boca se lee en letras doradas:
“Aquí está el espejo de la virtud y del vicio:
Miraos en él, y pronunciad juicio.”
A la derecha del proscenio está el palco del Director, adornado con
sederías azules, rojas y blancas, los colores nacionales, con franjas
doradas. Al frente se encuentra el palco del cabildo, menos suntuoso,
pero decorado con los mismos colores. Aquí hay mucha afición al teatro,
y casi todos los palcos son tomados por el año, de modo que sólo por
especial favor conseguí uno esta noche.
El teatro estaba completamente lleno, y la belleza de las mujeres
daba un gran lucimiento al conjunto de la sala. Poco después que
nosotros llegaron el Director y su familia, las indiecitas inclusive.
Acostumbrada á ver tributar homenajes á los soberanos, me puse de pie
é hice una cortesía, y con no poca confusión observé que yo fuí la
única en toda la sala que tal hizo. En el palco directorial tomaron mi
cortesía como una manifestación individual mía, y me devolvieron el
saludo.
La concurrencia pidió el himno nacional, que fué tocado y cantado como
se acostumbra antes de comenzar la representación. Mientras se cantaba
el himno, un grupo de señoras permaneció sentada, volviendo la espalda
y hablando en alta voz, acto de imprudente y grosera impertinencia que
en ninguna parte habría sido tolerada sino por la bondad del Director
O’Higgins[83]. Los actores hablan con voz muy clara, una excelente
cualidad; pero sin expresión, y más bien que declamar parecen repetir
una lección de memoria, defecto que hizo desmerecer mucho la pieza.
Era ésta _El Rey Nino Segundo_, pero no recuerdo ningún rey de este
nombre que haya tenido la trágica historia que se le atribuye en este
drama; y como aquí no dispongo de libros ni de literatos á quienes
consultar, debo resignarme á no salir de mi ignorancia, aunque, si
mis recuerdos no me engañan, la intriga de la pieza tiene algo de la
historia de Zenobia. Por otra parte, hay en ella amoríos y asesinatos
por mayor.
Representóse en seguida una comedia titulada _Los locos de Sevilla_.
El gracioso de la pieza, un mendigo, ha ido ha parar al manicomio
de la ciudad, donde los locos, empeñados cada uno en granjearse su
amistad, le hacen mil jugadas.
No me fué posible compartir el regocijo con que la concurrencia
celebró esta farsa, y experimenté un sentimiento de alivio cuando hubo
concluído. Trajéronnos al palco algunos refrescos, que aceptamos de
buena gana, y noté que fuera de nosotros y algunas otras personas, los
asistentes consumieron dulces y vino, que parecen ser preferidos á
otras clases de refrescos. La galería se reserva á los soldados, que
tienen entrada gratis.
_Sábado 31._--Después de cerciorarnos de que ningún santo se nos
atravesaría en el camino, el señor De Roos y yo salimos nuevamente á
recorrer la ciudad; y habiéndonos encontrado con el señor Prevost,
aprovechamos su bondadoso ofrecimiento de mostrarnos la Casa de Moneda.
Es, en verdad, un soberbio edificio. Iba á decir, demasiado espléndido
para Chile, sin acordarme de que el gobierno español lo construyó
principalmente para el ensayo y amonedación de los productos de sus
ricas minas, que la metrópoli consideró durante largo tiempo como el
único objeto digno de atención en sus dominios americanos.
El edificio se compone de una serie de bellas columnas y pilastras
de orden dórico que cubren dos pisos: los talleres en el inferior y
los departamentos de los empleados arriba. Pasada una hermosa puerta,
preséntase otro edificio interior, semejante á un templo y del mismo
orden; allí están el tesoro, las prensas y los laboratorios de ensayos.
La maquinaria es de una tosquedad superior á cuanto podría haberme
imaginado.
Se proyecta instalar nuevas máquinas de modelo francés, que resultan
más costosas que las de Boulton, y que, comparadas con éstas son lo
que el antiguo martillo acuñador á los cuños de tornillo que se usan
aquí en la actualidad. La mayor parte de la moneda que circula en Chile
consiste en toscos trozos de plata, de pesos determinados y de formas
irregulares, sellados á martillo, y lo más imperfecto y grosero que
hasta ahora he visto en materia de monedas.
Ya han abandonado, sin embargo, este método de acuñación,
reemplazándolo por el no menos lento y pesado de punzonear primero el
metal y poner en seguida las piezas una por una bajo el tornillo. La
oficina de ensayos está montada más á la moderna, pero yo soy demasiado
incompetente en cosas de química para dar de ella una explicación
apropiada. He oído que el gobierno piensa acuñar moneda de poco valor,
que beneficiará mucho al pueblo. Más de una vez he tenido ocasión
de notar aquí los inconvenientes que resultan de la falta de moneda
divisionaria. No hay en circulación ninguna de menos valor que un
cuartillo ó cuarto de real que, estimando el dolar en cuatro chelines
seis peniques, vale más de penique y medio; y, además, no se acuñan
cuartillos, y son tan escasos que sólo he visto tres desde Abril.
Podemos, pues, considerar como la moneda corriente de menos valor el
medio, que equivale aproximadamente á tres y medio peniques, suma con
que, dado el bajo precio del pan y la carne, puede comer una familia.
¿Qué hará en tales circunstancias un jornalero sin familia? Este mal,
grande de suyo, ha ocasionado otro mayor.
A fin de suministrar á los clientes una cantidad inferior á un medio
ó á un cuartillo, los dueños de _pulperías_ dan en cambio de pesos ó
reales pagarés ó vales; pero, aun cuando el artículo comprado valga
medio peso, y otro tanto el vale, el dueño de la pulpería no lo paga
en dinero sino en mercaderías, de suerte que, en resumidas cuentas,
toda la moneda del pobre parroquiano queda en poder de aquél, á que se
agrega la posibilidad ó probabilidad de que un campesino, que no sabe
leer ni escribir, rompa el vale como un papel inútil.
Muchas y rápidas fortunas se han formado con estos vales, y la pérdida
que ellos representan para los pobres es superior á cualquiera de las
contribuciones directas impuestas por el gobierno. Algunos ricos
comerciantes, amigos ó parientes del ministro, han aprovechado este
estado de cosas y se han establecido un buen número de pulperías
costeadas por ellos, bajo el nombre de agentes subalternos. Y esta
es probablemente una de las razones de la demora en acuñar la
indispensable moneda divisionaria.
De la Casa de Moneda fuimos al Consulado, donde me habría gustado
hallarme desde el principio de la sesión. Había preguntado de antemano
al Director si era permitido á las mujeres ir allá. Me dijo que su
madre y su hermana habían asistido á la sesión inaugural, y que los
extranjeros tenían entrada libre; pero, como la inusitada presencia de
una señora podría sorprender á los convencionales, hablaría previamente
con el presidente de la corporación.
Nos dirigimos, pues, allá, el señor De Roos y yo, sin tener por
desgracia á nadie que nos diera á conocer los nombres de los diputados.
Empero, logramos saber que el presidente era Albano[84], diputado por
Talca, y el vicepresidente Camilo Henríquez, el editor del _Mercurio de
Chile_ y poeta de circunstancias.
Entramos á la sala en los momentos en que se votaba una indicación
sobre que en la discusión de todo proyecto de ley se necesitaría el
acuerdo de los dos tercios de los miembros para la aprobación de
cada artículo. Asistían unos veinte diputados y una media docena de
espectadores, fuera de nosotros.
La sala es bella y espaciosa. En uno de sus extremos se halla el
sillón del presidente, bajo un hermoso dosel tricolor, con adornos de
oro. Cuando asiste el Director, ocupa este sillón, y el presidente se
sienta á su derecha. Los diputados se acomodaban en bancos arrimados
á la pared, á uno y otro lado de la sala, los secretarios y el
vicepresidente en una mesa delante del presidente, y los espectadores
en bancas semejantes á las de los diputados, pero á mayor distancia del
presidente.
Pensaba que la asistencia de una señora inglesa y de un marino inglés
á las deliberaciones de una asamblea nacional en Chile es, después de
todo, un caso bastante curioso. Pero lo que en tiempo de Addison habría
parecido cosa de cuento, en el actual se realiza todos los días, sin
que nadie se sorprenda. Yo me encontré en la capital Mahratta, mientras
la defendían fuerzas inglesas; he asistido á un templo protestante en
la plaza Trajano en Roma; he concurrido á las sesiones de un tribunal
inglés de justicia en Malta, ¿qué tiene, pues, de extraño que ahora
escuchara las deliberaciones de un congreso nacional representativo de
una colonia española?
Quizás nunca ha experimentado el mundo tan grandes cambios como en los
últimos treinta y cinco años. Que _todo_ haya sido para bien, nadie que
reflexione sobre el imperfecto estado de la humanidad lo creerá; pero
abrigo la esperanza de que la mayor parte de estos cambios ha mejorado
la condición general de la naturaleza humana. No sé hasta dónde me
habrían llevado mis meditaciones si el vicepresidente y el secretario
no hubieran interrumpido el silencio que se siguió á la votación con la
lectura de un informe, leído el cual la sala procedió á deliberar.
Leyó en seguida el presidente un mensaje del Director, en que
sometía á la consideración de la asamblea la conveniencia de enviar
representantes á diversos estados extranjeros y de asignarles sueldos
adecuados. Esto dió lugar á una animada discusión, de una libertad é
independencia que no esperaba en una cámara tan joven y nombrada por
el poder ejecutivo. No hubo oposición al envío de representantes, pero
sobre el segundo punto se suscitaron varias cuestiones.
¿Podría la Convención autorizar tales sueldos antes de conocer las
entradas actuales del país? ¿Podría concederse dinero para nuevos
gastos, cuando se debía al ejército una fuerte suma? (Más de 18.000
pesos.) Y no se hizo mención de la escuadra, que se halla en el mismo
caso. El discurso del presidente al abrir la discusión y su réplica
á la indicación de que se examinaran previamente las cuentas de
las entradas y gastos del país, fueron habilísimos y dichos con la
facilidad y elocuencia de un hombre acostumbrado á hablar en público.
Es sacerdote. Se discutió con calor, pero á la vez con gran decoro.
Los convencionales se ponían de pie para hablar, y cuando se levantaban
dos al mismo tiempo, el presidente daba la palabra al que veía primero.
Quedé muy complacida con mi visita á la Convención, y me retiré con el
deseo de que pronto tuviera el país un gobierno regular cimentado sobre
bases más firmes y más fecundo en resultados prácticos que hasta el
presente.
A mi juicio, Chile ha dado grandes pasos en el camino del progreso;
creo, sin embargo, que los hombres, como todas las cosas, aparecen
cuando se les necesita. Hay aquí elementos para la formación de un
Estado; pero, antes de tenerse lo que constituye esencialmente un
Estado, es necesario formar hombres.
“Men, high-minded men,
Men who their duties know:
But know their rights, and knowing dare maintain”[85].
Desde la revolución los impulsa un amargo sentimiento de rencor contra
la pasada tiranía de la metrópoli, pero sus ideas siguen siendo aún
esencialmente españolas, y la formación y desarrollo del carácter
nacional chileno serán la obra de la educación y del tiempo.
Doña Isabel y doña Rosa O’Higgins me esperaban en casa, aunque se
me había asegurado que era imposible que se resolvieran á venir.
Ahora, muertos los hermanos Carrera y extinguida ya, según se cree,
la facción que ellos presidieron, toca á los que están á la cabeza de
los negocios públicos de Chile conquistarse la estimación general del
país, y no dudo que ellos ven gustosos mi presencia en el hogar de esta
familia como un pretexto para visitarla sin las formalidades de una
reconciliación.
En la noche fuí al palacio y conversé largamente con el Director,
en especial sobre la primera época de la revolución, en que le cupo
desempeñar tan brillante papel. A propósito de la escasez de armas del
ejército patriota mientras ocupaba las riberas del Maule, me dijo que
los patriotas no tenían frecuentemente otras armas que los yugos de sus
bueyes, con los cuales combatían con los realistas cuerpo á cuerpo.
Él mismo, entre otros arbitrios inspirados por la desesperación, se
hizo fabricar un cañón de madera, que estalló al quinto disparo. Le
pedí que me dijera algo de su participación en los negocios públicos,
á lo que accedió con ingenua franqueza. Con la llegada de varios
caballeros la conversación se hizo general. Versó sobre el _Libertador_
Simón Bolívar y la recepción de los diputados españoles en Caracas; se
rechazó la idea de escuchar proposiciones que no estuvieran fundadas en
el reconocimiento de la independencia de la América española.
Me retiré temprano del palacio, y atravesé la plaza para ver la gente
que recorría las tiendas de las arquerías. La escena es tan bella como
me lo imaginaba. Todos los pequeños puestos están iluminados; las
mejores mercaderías salen á relucir; y las señoras, que para este paseo
nocturno se visten con elegancia, se ven muy bien.
El sitio, bello de por sí, lo es mucho más en las noches de luna;
disimúlanse entonces los defectos y se observan mejor las bellezas.
Las sombras proyectadas por los grandes aleros hacen menos sensible la
poca elevación de las casas. Las anchas calles y los hermosos edificios
públicos, y, sobre todo, las majestuosas montañas, que dominan todo
el paisaje y que á pesar de su lejanía parecen contiguas á la ciudad,
aparecen de noche mucho más ventajosamente que de día.
_Domingo 1.º de Septiembre de 1822._--Fuí esta noche con mis amigas
á casa de las señoras Godoy, donde encontramos al señor Prevost y
otras doce personas mas, que nos esperaban para hacer un paseo á los
alrededores. Partimos, en efecto, las señoras mayores en calesas y las
demás á pie, hacia el llano donde suelen tener lugar las chinganas.
Pero ¡ay! no había chinganas. Actualmente se hace una rogativa de nueve
días á San Isidro para alcanzar lluvia, y mientras tanto se suspenden
las diversiones populares.
Sin embargo, aunque se prohibe á los músicos la entrada al llano, en
los puestos se venden frituras, carne asada, pescado y licores como de
costumbre, y la gente del pueblo, haraganeando y observándolo todo,
parece preguntarse qué tienen que hacer San Isidro y la rogativa con
los músicos y las cantoras, que pierden hoy de ganar su acostumbrado
real y medio. Llévanlo, empero, con paciencia y dicen: “Indudablemente
los campos necesitan agua, y los padres saben pedirla.”
Llegados al llano, nos dirigimos á uno de sus sitios más pintorescos,
y allí encontramos que los criados de la casa de Godoy habían tendido
alfombras y puesto sillas y cojines para la comitiva, y en pequeñas
mesas preparaban te mate con leche, frutas y tortas. Doña Carmen Godoy
distribuyó ramos de flores entre las invitadas; para cada uno tenía la
galante y jovial señora alguna palabra amable.
Los caballeros sirvieron á las señoras, y después de una hora muy
agradable anduvimos un rato por entre la gente del pueblo, observando
sus trajes y juegos. Las costumbres del país no permiten que las
señoritas tomen el brazo de los caballeros, aunque valsan y danzan con
ellos. Algunos comienzan ya á quebrantar esta regla, pero nuestras
jóvenes amigas son sumamente delicadas á este respecto.
Los chilenos, con su afición á los entretenimientos campestres, me
recuerdan lo que cuentan los viajeros de los habitantes del feliz valle
de Cashmeer, quienes pasan los días y las noches de luna en su hermoso
lago ó en las floridas islas que lo adornan. Para una familia chilena
no hay placer mayor que un paseo á pie ó á caballo al campo, un mate
tomado en un jardín ó en las faldas de un cerro, bajo un frondoso
árbol, y todas las clases sociales parecen ser igualmente aficionadas á
estos rústicos goces.
Al ponerse el sol regresamos á la casa de Cotapos, donde los jóvenes
cantaron y bailaron hasta una hora avanzada de la noche.
Recibí la visita de don Camilo Henríquez, diputado por Valdivia y en
el año pasado secretario de la Convención. Es persona inteligente y de
agradable trato. Lo acompañaba el doctor Vera, literato y poeta. A ser
verdad lo que he oído, posee el don de improvisar en igual grado que
Metastasio; me dicen también que sus poesías escritas son tan limadas
como las del mismo poeta.
Es albino; sus cabellos, ojos y tez se asemejan á los de los albinos
que suelen verse en Europa, pero su inteligencia dista mucho de tener
la debilidad que generalmente acompaña los caracteres físicos de los
albinos; por el contrario, es superior á la inteligencia media de sus
compatriotas, y no temo afirmar que el doctor Vera podría figurar como
literato en Europa. Ultimamente ha mejorado de un enorme bocio, tan
enorme, que amenazaba ahogarlo, cuando un amigo le aconsejó que lo
bañara con agua de Colonia.
Hízolo así durante algún tiempo y varias veces al día, y ya la
hinchazón ha disminuído tanto, que puede usar corbata como cualquier
otro. Yo no me dí cuenta de que tenía bocio hasta que me lo dijeron.
Nadie acierta á explicarse esta curación, que refiero tal como me la
relató él mismo.
_2 de Septiembre._--Hoy á las diez, el señor Prevost, el señor de
Roos, doña Mariquita, don José Antonio y yo emprendimos viaje á los
baños de Colina, como á diez leguas ó un poco más de la ciudad. Hasta
las primeras tres leguas de Santiago se sigue el camino de Mendoza,
que atraviesa una llanura, en su mayor parte pedregosa, con excepción
de una pequeña altura, llamada el _Portezuelo_ por la cual pasamos
entre dos cerros á otra parte del llano; la parte próxima á la ciudad
está cubierta de huertos, regados por el agua del Salto. Pasado el
_Portezuelo_ llegamos á una vasta hacienda de uno de los Izquierdo,
donde se hacían los preparativos del rodeo anual.
Las haciendas ganaderas, parecidas á las tierras forestales de
Inglaterra, son mucho más pintorescas que las otras, pero al mismo
tiempo más incultas y con menos apariencias de civilización.
Seguimos por la falda de un elevado cerro que se desprende de los Andes
en una extensión como de cuatro leguas, y entramos á la _garganta_ de
la montaña en que están situados los baños. Anuncian la proximidad de
ellos anchos esteros, en parte secos actualmente, árboles más altos
y vigorosos y más variados á la vez que más encerrados paisajes.
Encontramos durante el camino varias casas de campo, en una de las
cuales nos detuvimos á descansar y tomar algún alimento.
El ir y venir de los criados de la hacienda impartía animación é
interés á la escena. Pero ahora no veíamos ni vestigios de habitación
humana, y pasamos la garganta por un angosto sendero de cinco á seis
millas, de no fácil ejecución y algo peligroso, hasta que llegamos
á los baños, que presentan un aspecto de la mayor desolucíón, á que
contribuye quizás la tristeza del día.
Aún no termina el invierno; la hierba no alegra las faldas rojizas
del cerro; sólo uno que otro arbusto de hojas perennes, con sus yemas
todavía cerradas, pende de la ladera de la montaña sobre el valle que
se extiende á sus pies. Un hermoso y cristalino arroyo se abre paso
por el valle; sus fuentes son los célebres baños. Varios abundantes
manantiales brotan de la roca viva á una temperatura que no baja de
100 grados Fahrenheit[86]. El agua es clarísima, sin ningún sabor ni
olor especial, cualidades que adquiere embotellada en unas pocas horas,
según dicen.
Dos series de construcciones de ladrillos, divididas en varios
departamentos (no recuerdo si tres en una y cuatro en la otra, ó
tres en cada una), protegen los manantiales de la lluvia y el polvo.
Cavidades abiertas en las rocas forman los baños, con un frente
de ladrillo, por el cual un pequeño conducto cuadrado deja salir
libremente el agua, de modo que una corriente constante pasa por cada
depósito, sin comunicarse entre sí.
La cantidad de agua caliente es tan grande que, al salir de los baños,
con el aumento de un pequeño manantial que se le une en su camino,
forma el río Colina, que va serpenteando por más de treinta leguas y
alimenta el lago Pudahuel. Anexas á los baños hay tres largas filas
de edificios, cada una de las cuales contiene diez á doce aposentos,
con un corredor común al frente. En ellos se instalan los bañistas que
acuden á Colina durante el verano, esto es, desde Noviembre hasta Junio.
Las aguas son recomendadas para el reumatismo, la ictericia, las
escrófulas y las enfermedades cutáneas. Para la gente pobre hay una
serie de habitaciones, cuyas piezas miden seis pies por siete. En cada
pieza se alberga una familia entera, que en algún sitio inmediato
construye una ramada para preparar la comida. De igual manera se
acomodan los ricos, con la sola diferencia que sus aposentos son
mayores, llegando algunos á tener quince pies por lado.
La gente vive principalmente fuera de las casas, pues en ese tiempo
los cerros están cubiertos de flores y los bosques umbrosos y sin
humedad. La pequeña capilla ocupa el sitio más pintoresco del valle,
pero ahora está cerrada, pues ni sacerdotes ni fieles se atreven á
invernar en este paraje desolado y cubierto de nieve.
En la primera semana de Junio, ó antes, los pacientes se retiran,
ciérranse las puertas de las casas, el capellán guarda las llaves de la
capilla, y todo queda en profunda soledad.
Nos sentamos en uno de los corredores y tomamos el lunch que habíamos
traído. Sentía tanto frío, que sumergí las manos en el manantial de
agua caliente y la mezclé con mi vino. Mientras preparaban los caballos
para el regreso doña Mariquita y yo tuvimos la curiosidad de entrar
á uno de los aposentos que encontramos abierto, curiosidad que nos
costó muy cara, pues nos invadieron millares de pulgas, que supongo
habían pasado varios meses sin alimento fresco, porque nos atacaron tan
despiadadamente que creí tener una fuerte erupción en todo el cuerpo.
Después que hubimos subido á nuestros caballos y llegado á la pequeña
altura detras de la capilla, me detuve un instante á mirar las casas
solitarias; la iglesia desierta; los tristes y desnudos campos, sobre
que se cernían en esos momentos negras nubes, todo tan diferente de la
animación y alegría que, según me dicen, reinan allí en los meses de
verano, cuando los ancianos y los enfermos vienen en busca de salud y
fuerzas y, en mayor proporción que aquéllos, los jóvenes y sanos en
busca de placeres ó para pedir á las aguas de Colina la belleza que
según una arraigada y general creencia comunican.
Pero, aunque doña Margarita y yo nos mojamos con ella el rostro,
no notamos cambio alguno, y nos quedamos como éramos y sin nada
de maravilloso que poder contar después de nuestro viaje. Apenas
salimos de la garganta, en vez de regresar á la ciudad por el mismo
camino torcimos á la derecha, y un galope de tres leguas nos puso
en el pueblo de Colina, primera parada de Santiago á Mendoza y casi
equidistante de la ciudad y del famoso campo de Chacabuco.
A una media milla de la iglesia de Colina está la hacienda de don Jorge
Godoy, con cuya esposa é hija tengo amistad. Encontramos al anciano
caballero descansando á la entrada de la casa de las fatigas del día,
con gorro, chinelas y poncho. Va muy rara vez á la ciudad, y reside
aquí con su sobrino, como un patriarca en medio de sus labradores.