El recibimiento del Director fué de lo más halagador para mí y mi joven

amigo De Roos. Su excelencia había residido varios años en Inglaterra,

de los cuales pasó gran parte en una academia, en Richmond. Luego me

preguntó si había estado alguna vez allí; se informó con mucho interés

de mi tío, sir David Dundas, y de varios amigos y parientes míos, por

sus nombres y, muy especialmente, de sus viejos maestros de música y

otras artes.

Mucho me agradó la bondad de sentimientos que demostraban estos

recuerdos, y más aún cuando vi que algunas muchachitas de aspecto

salvaje entraron á la sala, corrieron hacia él y se abrazaron de

sus rodillas y supe que eran indiecitas huérfanas salvadas de morir

en los campos de batalla. En las invasiones que suelen hacer en los

territorios de que han sido despojados, los indios acostumbran llevar

consigo á sus mujeres é hijos.

Cuando se libra un combate y se hace encarnizado, las mujeres toman

generalmente parte en él. Si la suerte les es adversa, no es raro

que los hombres maten á sus mujeres é hijos para impedir que caigan

en poder del enemigo, y, en realidad, con esto no se conseguía hasta

ahora otra cosa que anticipar unos cuantos minutos la muerte de estas

infelices criaturas, pues ni por una ni por otra parte se da ni se

acepta cuartel, y tanto menos, cuanto que en las filas españolas

militan muchos indios, que, á despecho de su semicivilización,

conservan siempre sus feroces costumbres guerreras.

El Director da una recompensa por cada persona salvada en esas

ocasiones, especialmente por las mujeres y niños. A los niños se les

educa, y servirán más tarde de mediadores entre la raza indígena y

Chile, y, para este fin se procura que no olviden su lengua nativa.

El Director les dirigió la palabra en araucano para que yo oyese hablar

en este idioma, que me pareció armonioso y agradable, debido, quizá, en

parte, á la suavidad de las voces infantiles. Una de ellas me agradó

especialmente, la pequeña María, hija de un cacique que, con su mujer y

los hijos mayores, fué muerto hace poco en un combate. Doña Rosa cuida

á las pequeñas prisioneras con esmero y bondad maternales.

He quedado encantada del modo tan noble y humano con que les hablaba.

En cuanto á doña Isabel, parece vivir de la fama y grandeza de su hijo:

lo contempla con miradas que revelan el más tierno amor maternal y

escucha con singular satisfacción los cumplimientos que le dirigen.

El es modesto, abierto, de modales sencillos, sin pretensiones de

ninguna clase. Si ha realizado grandes hechos, los atribuye á la

influencia del amor patrio, que como él dice, puede inspirar á un

hombre vulgar los más nobles sentimientos.

Discurrió con mucha franqueza sobre la actual condición de Chile, y

me dijo que no dudaba que yo estaría sorprendida del atraso del país

en muchas cosas, haciendo especial mención de la falta de tolerancia

religiosa, ó más bien, la pequeñísima proporción en que, dado el estado

general de las cosas, ha podido hasta ahora concederla sin turbar

la tranquilidad pública, y se manifestó algo dispuesto á censurar

á ciertos protestantes que prematuramente pretendían exigirle la

construcción de un templo y el reconocimiento oficial de aquel culto,

olvidando que hace todavía muy poco tiempo que se les concedió la

libertad privada de conciencia y un cementerio exclusivo para ellos en

un país que apenas doce años ha estaba sometido á la Inquisición de

Lima.

Insistió mucho en la necesidad de la instrucción pública, y me habló

de las escuelas lancasterianas y otras recientemente establecidas en

Santiago y otras ciudades de Chile, que en proporción al número de

habitantes son, sin duda, numerosas.

Llegaron en este momento otras personas, entre ellas el coronel Cruz,

que me fué presentado por el Director como el futuro gobernador de

Talcahuano, y á quien recomendó que me atendiera en mi próximo viaje al

Sur.

Entre los militares presentes había algunos franceses que no me

parecieron tener mucha de esa distinción y finura que caracterizan á

sus compatriotas.

Permanecían en profundo silencio mientras algunos miembros del

_Cabildo_, esto es, de la corporación municipal de Santiago, discutían

diversos temas políticos relacionados con la proyectada constitución,

hasta que doña Rosa, viendo que la conversación llevaba visos de

hacerse exclusivamente política, pidió á doña Mariquita que tocara

alguna pieza de música francesa, lo que hizo al punto de memoria y con

notable perfección, dando pruebas de que posee un finísimo oído y manos

muy diestras.

Púseme á observar mientras tanto las personas que me rodeaban. El

Director vestía, como de costumbre, su uniforme de general; es bajo y

grueso, pero muy activo y ágil; sus ojos azules, sus cabellos rubios,

su tez encendida y sus algo toscas facciones no desmienten su origen

irlandés, al par que la pequeñez de sus pies y manos son signos de su

procedencia indígena. Doña Isabel representa mucha menos edad de la que

tiene, y, aunque de baja estatura, es muy hermosa.

En doña Rosa se reproducen en mayor escala los caracteres físicos del

Director. Vestía un sobretodo de raso carmesí y faldas blancas, traje

muy usado aquí. A juzgar por lo que hasta ahora he visto, en Chile el

tipo masculino es más feo y tosco que el femenino, que, en general, se

distingue por su belleza y distinción.

Las chilenas poseen una urbanidad natural y llana y maneras afectuosas

que me encantan; pero á la vez he notado en ellas algunas costumbres

desagradables. Por ejemplo, una rolliza y bella señora que vino hoy

á palacio vestida de raso azul, se hizo poner delante de ella una

escupidera, en que escupía sin cesar y con gran destreza, como para

demostrar que estaba habituada á semejante maniobra. Sin embargo, las

jóvenes aristocráticas y todas las que quieren ser tenidas por tales

están abandonando rápidamente estos feos hábitos.

Como á las diez nos retiramos del palacio, y encontramos á nuestros

jóvenes entretenidos todavía en danzar. Me quedé con ellos un rato, y

en seguida me fuí á mi aposento á escribir el diario de mi segundo día

en esta capital, con la que estoy muy complacida.

_27._--Visité á doña Mercedes del Solar, cuyo padre, don Juan Enrique

Rosales, fué uno de los miembros de la primera Junta del gobierno

revolucionario de 1810. Es una hermosa y distinguida señora; conoce

bastante bien la literatura francesa y habla esta lengua con perfección.

Me recibió en su dormitorio, que, como he dicho antes, es usado con

frecuencia como sala de recepciones. Rodeábanla graciosos niños y

algunas lindas sobrinas. Tenía junto á ella una pequeña mesa con libros

y útiles de costura, y delante un gran brasero lleno de carbones

encendidos, de plata maciza, artísticamente grabado en realce, dentro

de una armadura de madera curiosamente labrada, y con tenazas de plata

cincelada para atizar el fuego.

Ya había visto antes otros de la misma clase, pero aquí parecía guardar

armonía con el resto del mobiliario y con las personas. El majestuoso

lecho francés, el piano abierto, la guitarra, el ostentoso reloj de

bronce, las damas, los niños, los libros, los materiales de costura,

los jarrones de porcelana llenos de flores y el rico brasero chileno,

del que subía el humo fragante del sahumerio, formaban un encantador

conjunto, iluminado por la luz que entraba por una alta ventana y que

desearía ver reproducido por un hábil pintor.

No habría cambiado el amplio ropaje de pieles de la madre, que dejaba

descubierta su blanca y algo llena garganta, ni el pálido rostro del

pequeño Vicente[76], por todas las invenciones de los pintores que más

han sobresalido en la pintura de interiores. Tengo especial interés por

Vicente, inteligentísimo niño. Viajó conmigo en el _Doris_ desde Río

de Janeiro, adonde había llegado en el _Owen Glendower_. Se resfrió

al doblar el cabo de Hornos, y lo hacía pasar en mi camarote todo el

tiempo que permitían las circunstancias. Hablábamos un día de las islas

recientemente descubiertas, de New Shetland del Sur[77] y de los restos

de un navío español que allí se encontraron, navío que conducía tropas

á Chile y del cual nada se había sabido hasta entonces.

El niño, que estaba pendiente de la conversación, me dijo: “He ahí la

fortuna de Chile; cuando los tiranos envían buques para oprimirlo Dios

los hace naufragar en costas desiertas”. Espero que sus excelentes

disposiciones, que tanto prometen, no serán destruídas por su continuo

trato con los franceses que frecuentan la casa de su padre, don Felipe

del Solar, que es agente general de todos los buques franceses que

llegan á Chile.

Acaso será este un sentimiento poco noble, pero no puedo evitarlo; hay

ciertas cosas que, como la fe, no dependen de la voluntad, y ésta es

una de ellas. Quizás envidiaba á los autores franceses el lugar que

ocupan sobre la mesa de la señora Solar, y habría preferido ver allí el

_Rape of the lock_ en lugar del _Lutrin_[78].

En la tarde fuimos á caballo á la quinta del canónigo Herrera, cerca

de la Alameda, hacia el Noreste. La casa es espaciosa y cómoda, el

jardín delicioso. Pequeñas corrientes de agua, conducidas por canales

curiosamente dispuestos, lo recorren en todas direcciones y mantienen

una nunca interrumpida sucesión de las más bellas y raras flores:

violetas, alelíes, claveles, ranúnculos.

Hay exquisitas naranjas, de que comimos una buena cantidad, limoneros,

un extenso huerto, viña, lechería, todo lo que hace grata y provechosa

la vida del campo.

De la quinta del canónigo seguimos nuestro paseo entre un frondoso

olivar y extensos huertos de cerezos, duraznos, manzanos y perales,

cubiertos de flores, y cruzando dos ó tres cercados, en cada puerta de

los cuales estábamos seguros de encontrar alguien que nos la abriera

(y también alguien que nos pidiera dinero, práctica de que aquí nadie

parece avergonzarse), salimos á la _Cañada_, que hasta hace poco era un

suburbio pantanoso de la ciudad.

Actualmente O’Higgins la hace secar, despejar y plantar de árboles, de

modo que pronto superará á la Alameda en belleza, como la supera en

extensión. El agua, que antes corría libremente, va ahora por un canal

artificial, con árboles á uno y otro lado y cómodos senderos para el

tráfico á pie y caminos más anchos para los carruajes y caballos. Esto

se encuentra terminado ya en parte, y se sigue trabajando con actividad.

_28._--Día de San Agustín. No estoy en muy buenos términos con este

santo, porque no ha hecho otra cosa que contrariarme todo el día. Pero,

comencemos por el principio:

En las primeras horas de la mañana sentí una campanilla que me recordó

la que en las tardes de invierno hacen sonar los vendedores de

_muffins_[79].

Me asomé á la ventana, y vi en primer lugar un niño que agitaba la

mencionada campanilla, y en seguida otro con un lío de cirios. Todos

al verlos se detenían, con la cabeza descubierta, y en actitud como de

rendir homenaje. Detrás de los dos niños apareció una calesa de color

azul obscuro, con pinturas de glorias y espíritus santos. Dentro de

ella venía un hombre vestido de raso blanco con bordados de plata y

seda de varios colores.

Precedíala un hombre con un farol dorado; otros, con quitasoles, la

seguían. Pregunté qué significaba aquello, y me contestaron que era el

Padre Eterno, expresión chocante para nosotros, mas no para un español

católico, que reconoce la presencia de la Divinidad en la Hostia que se

le lleva á un moribundo, que no otra cosa era la procesión que acabo de

describir.

Esto fué lo único digno de mencionarse que ocurrió antes que comenzara

la serie de contratiempos ocasionados por San Agustín. Fué el

primero la visita que en compañía de Mr. De Roos hice á la escuela

lancasteriana, pues nos encontramos con que los alumnos estaban en la

misa de San Agustín y la escuela cerrada. Nos dirigimos á la imprenta

nacional, cerrada también, y los impresores en la fiesta del santo.

De allí seguimos al Consulado, deseosos de presenciar una sesión de

la convención, idéntica cosa, los señores convencionales estaban en

misa. Perdiendo entonces toda esperanza de ver ningún establecimiento

público, resolví batirme en retirada y me encaminé á la plaza con

intención de tomar algunos croquis desde un balcón que para este objeto

me habían ofrecido, nada tampoco, el dueño de la casa se había ido á la

misa de San Agustín con las llaves en el bolsillo.

No me quedó, pues, otro recurso que volverme á casa, esperando tener

mejor suerte en la tarde. Comencé á dibujar el patio interior; pero

numerosas visitas, aprovechando el día festivo, llegaron unas tras

otras y no pude hacer casi nada.

Después de comer cobré nuevos ánimos y me dispuse para ir, con la

señora Cotapos y sus hijas, á visitar el monasterio de las monjas de

San Agustín; pero como acababan de celebrar la fiesta de su santo, y

con ella y la vigilia y el tanto cantar durante todo el día y parte

de la noche la madre abadesa y su comunidad habían quedado sumamente

fatigadas, no pudieron recibirnos.

La esquela en que se nos comunicaba esta desagradable noticia nos llegó

cuando estábamos vestidas y listas para salir, y fuimos á visitar á las

señoras Godoy, en cuya casa vive el juez Prevost. Son parientes de la

señora Cotapos y muy joviales y agradables.

Pasamos un buen rato charlando en el patio ó jardín interior, que

se asemeja á los moriscos que describen los novelistas y viajeros.

Unas lindas indiecitas, graciosamente vestidas, nos sirvieron mate;

y en seguida pasamos á la casa, cuyas chimeneas, mobiliario y demás

comodidades le dan un perfecto aire europeo. Tuvimos un poco de música

y nos volvimos á pie; mis amigas, como de costumbre, sin sombreros ni

velos y con zapatos de raso.

Aproveché los intervalos entre los contratiempos ocasionados por

San Agustín para ir al grande y hermoso templo que perteneció á los

jesuítas, donde las músicas militares de las tropas durante la misa y

las solemnes melodías del órgano producían un soberbio efecto, y á la

catedral, cuyo interior es muy hermoso, aunque todavía inconcluso.

Hay allí valiosos artículos de plata, y particularmente un rico frontal

de altar[80]. Para estas visitas hube de ponerme manto, porque aquí no

se permite á las mujeres entrar á los templos con sombrero.

_29._--El juez Prevost, que siempre está pronto á satisfacer mis

deseos de ver todas las cosas interesantes de Chile, Mr. De Roos,

doña Mariquita y don José Antonio Cotapos, algunos jóvenes ingleses y

yo, fuimos á caballo al _Salto de Agua_, única obra de los antiguos

araucanos que queda en los alrededores de la capital. Atravesamos el

Mapocho por el magnífico puente de piedra construido por don Ambrosio

O’Higgins, y después de recorrer el barrio de la Chimba, famosa por su

bien montada cervecería y sus salazones de cerdo, nos dirigimos á la

fábrica de pólvora, actualmente ruinosa.

Los molinos de la pólvora eran movidos por el agua, y la maquinaria

tosca y muy peligrosa, pues los ingredientes se pulverizaban y unían

en morteros de piedra. Esta fábrica, que costó al antiguo gobierno

español una enorme suma de dinero, fué destruída por los Carreras en

su retirada ante el ejército de Osorio, en 1814, y, á pesar de la gran

falta que hace, no ha sido restaurada desde entonces.

Encontramos instalado en una parte de los terrenos que ocupan los

molinos á Mr. Goldsegg, inteligente artista, que después de trabajar

algún tiempo en los talleres de Woolwich se vino á Chile con su mujer

y familia á fabricar cohetes para la expedición contra el Callao.

Por no sé qué fatalidad sus cohetes dieron mal resultado, y el pobre

Goldsegg se ha quedado aquí esperando algún empleo. Por desgracia las

especulaciones mercantiles del ministro Rodríguez han distraído á

otros objetos los fondos que podrían haber servido para reparar obras

públicas y pagar especialistas en diversos ramos útiles al Estado, por

lo que mucho temo que Goldsegg, con todo su mérito, vaya á aumentar la

ya larga lista de las víctimas de frustradas esperanzas.

Desde los molinos de pólvora el camino sigue por una llanura baja y

fértil, regada por numerosos canales artificiales y rodeada de cerros.

Al pie de uno de los más escarpados contemplamos el agua del _Salto_,

que, conforme á su nombre, salta de roca en roca desde la cumbre,

ocultándose á veces detrás de tupidos matorrales, brillando otras al

sol de mediodía.

Los que han visto las _Cascatelle_ de Tívoli han visto lo único que yo

recuerdo comparable con esto; pero aquí no hay casa rústica de Mecenas

que corone la cima del monte, ni templo de la Sibila que dé á la escena

el encanto de la poesía clásica. Permanecí algunos minutos separada

de mis compañeros; y mientras una densa nube desprendida de los Andes

avanzaba lentamente por el cielo, podría haber imaginado, imitando las

fantasías de Ossián, que esa nube era el alma de algún antiguo cacique

que, al par que lamentaba el olvido de su nombre y las desventuras

de su pueblo, soberano un tiempo de estas tierras, se complacía en

contemplar los ruiseños campos cultivados que él contribuyó á hacer

fructíferos con su trabajo, mas no, quizás, en verme á mí, uno de los

blancos hijos del Oriente, de donde recibirían una vez más la libertad

los hijos de los primeros dueños de este suelo.

Sea como fuere, ello es que la nube pasó, y mi animoso caballo comenzó

á trepar por uno de los más escarpados caminos que jamás pensara

escalar cuadrúpedo alguno, á no ser una cabra montés, tal que luego

me asaltó el pensamiento de que, según todas las probabilidades,

no tardaría en ahogarme en alguna de esas corrientes, después de

haber cruzado el inmenso océano sana y salva. Sin embargo, caballo y

jinete encontrábanse poco después ilesos en la cima del peñón, á unos

doscientos cincuenta pies, antes más que menos, sobre la cumbre, de

donde divisamos por primera vez el _Salto_, y en la cual hay un pequeño

villorrio. Me bajé del caballo, y con la ayuda de dos de los compañeros

atravesé uno de los canales para dominar el conjunto de la obra y de

las caídas del agua.

No habíamos descendido, perceptiblemente al menos, desde que salimos de

Santiago; sin embargo, aunque habíamos trepado el escarpado peñón del

Salto, nos encontrábamos aún en el llano de la ciudad, con un elevado

cerro entre ella y nosotros, de bases desiguales, de modo que la falda

Norte descansa bajo las cascadas y la falda Sur sobre ellas. A uno y

otro lado la región parece á la simple vista perfectamente á nivel.

El Mapocho corre desde los Andes por la llanura superior; la inferior

no tiene otras aguas que las de los canales artificiales, y no obstante

la tierra baja es evidentemente mejor que la otra.

Los araucanos, bien conocedores de esta disposición de la comarca,

abrieron canales por las rocas de granito, desde el Mapocho hasta los

bordes del precipicio, y aprovecharon la pendiente natural del terreno

para arrojar una considerable masa de agua desde el río hasta el valle

de abajo, que cortan numerosos canales; y los campos regados de esta

manera son los más fértiles de los que rodean á Santiago.

Los indios, en lugar de abrir un gran canal han abierto tres más

pequeños, uno de los cuales va al centro del valle y los otros dos á

los costados de los cerros que se alzan á uno y otro lado, fertilizando

así toda la comarca, acertadísima disposición, tan interesante para el

que admira la pintoresca belleza del paisaje como ventajosa para el

agricultor.

A las bellas cascadas artificiales alabadas por los viajeros debe

agregarse ésta, que es tan rica en belleza natural como Tívoli, y no

menos notable, como obra de un arte primitivo, que el canal que lleva

al Nera las aguas del Velino[81].

Yo, que conozco la obra del cónsul romano, puedo apreciar la de los

indígenas de Chile; y sólo siento no ser poeta para inmortalizar estas

bellas cascadas que se precipitan en el valle para reaparecer en

graciosos arroyuelos que fertilizan el extenso llano. Con pesar nos

alejamos de aquel sitio para regresar á la ciudad.

Tomando otro camino, cruzamos una llanura enteramente cubierta de

piedrecillas, con grupos aislados de unos pequeños arbustos, á que son

muy aficionados los caballos. Este es el lecho de invierno del Mapocho,

que cubre todo este llano con sus aguas y deposita en él aquellas

piedrecillas.

A medio camino entre el Salto y la ciudad nos detuvimos en una quinta

perteneciente al hermano de la señora Cotapos, ó para llamarla con

más propiedad, doña Mercedes de Cotapos. Este caballero, don Enrique

Lastra, ex Director de Chile, está actualmente alejado de la vida

pública y se dedica al cultivo de su hacienda y á hacer experimentos

para mejorar los vinos del país.

Ha conseguido fabricar un vino apenas inferior al champaña, y una

imitación del vino de Madera, comparable con el mejor vino tinto de

Tenerife. Los vinos chilenos son en general dulces y gruesos. Sus

campos me parecieron muy bien cultivados, y su hacienda es la que más

se ajusta á los métodos europeos de todas las que he visto en este

país. Don Enrique no estaba en la casa cuando llegamos; pero fuimos

amablemente recibidos por su esposa, que pertenece á la familia

Izquierdo de Jara Quemada.

Estaba rodeada de sus ocho niños, enseñando á algunos y trabajando

para los otros. La casa es pequeña, pero se construye actualmente un

edificio anexo que duplicará su tamaño. En los principales aposentos

habrá chimeneas, que reemplazarán los tradicionales braseros. Comienzan

ya á darse grandes pasos en el sentido del progreso en este país, que

hasta ahora ha sido el más reacio de todos los de este continente á

los adelantos por causas de orden político, moral y físico que le son

peculiares.

Luego llegó el ex Director. Parece hombre llano y sensible, de modales

sencillos pero corteses; y no tardé en descubrir en su conversación

cierto pulimiento, que debe haber adquirido de los libros, y un vigor

de expresión, debido quizás á las circunstancias de una vida activa

puesta al servicio de la pasada revolución. Sin embargo, me inclino

á creerlo algo tardo y apocado, y falto quizás de esa prontitud y

presencia de ánimo para hacer frente á las situaciones extraordinarias

que son absolutamente necesarias para un hombre público en los actuales

tiempos.

Su gabinete de trabajo es muy pequeño y haría sonreir á un estadista

inglés ó francés habituado á trabajar en medio de toda clase de

comodidades; pero en la nueva casa se destina una sala para una

numerosa biblioteca, ordenada por el mismo buen sentido que hasta ahora

ha preferido los conocimientos útiles á los de mero adorno.

Sirviósenos un lunch compuesto exclusivamente de productos de la

hacienda: salchichones tan buenos como los de Bolonia, pan tan blanco

como el de trigo siciliano, mantequilla de que podrían enorgullecerse

las lecherías de Inglaterra; de los vinos he hablado ya.

Quedé complacidísima con la visita, con la cariñosa hospitalidad de la

familia y con los progresos que para bien del país está realizando.

Momentos después de llegar á casa recibí un magnífico obsequio de

frutas y flores de doña Rosa O’Higgins: sandías, lúcumas, naranjas,

limas y las más hermosas y raras flores, acomodadas en bandejas

cubiertas con servilletas bordadas, que traían sobre la cabeza varios

criados, vistosamente vestidos con la librea de palacio. Uno que venía

sin librea se adelantó á darme un saludo de la señora.

En la noche las señoritas Cotapos y su hermano don José Antonio me

agasajaron con el baile nacional del _cuándo_.

Lo ejecutan dos personas, y comienza lentamente como un minué; luego

los movimientos se aceleran en conformidad con la música y el canto,

que representa una especie de querella amorosa y la reconciliación

final. El arte del danzante consiste en mantener el cuerpo á plomo y

mover los pies con suma rapidez, que es lo que llaman _zapatear_.

Doña Mariquita tocaba el acompañamiento y cantaba unos versos que

ella misma ha adaptado á la música, porque los versos corrientes

son amorosos, que ella no quiso cantar, por corresponder al hombre

cantarlos á su compañera.

Hay varias letras para el _cuándo_, y en la tierra en que se habla el

lenguaje de Sancho Panza, algunas son burlescas[82].

_30._--Día de Santa Rosa, que aquí se celebra con grandes fiestas; en

primer lugar, porque es santa sur-americana, y en segundo lugar, porque

es el onomástico de la hermana de su excelencia. Por supuesto que todo

el mundo fué á palacio á dejar sus tarjetas de congratulación.

Diario de su residencia en Chile (1822) y de su viaje al Brasil (1823) · 第 20 / 35 段