Tomaba allí descanso una recua de mulas destinada al transporte de

mercaderías por la cordillera. Estaban éstas dispuestas en círculo,

un fardo sobre otro, y en el centro del círculo los arrieros y los

acémilas descansaban ó comían; dos ó tres de los hombres preparaban la

comida en un pequeño fuego que ardía á poca distancia.

Comenzamos luego á trepar la abrupta y escabrosa montaña, y no podíamos

menos de detenernos de cuando en cuando á admirar el magnífico panorama

que dejábamos detrás de nosotros y asomarnos á los verdes y boscosos

abismos que se abrían á nuestros pies.

Aquí y allá seguían las sinuosidades del camino largas recuas de mulas

cargadas que se dirigían á la capital, y los prolongados gritos de

los muleteros, repercutidos por los cerros opuestos, se armonizaban

admirablemente con el paisaje.

Llegamos por fin á la cumbre, y aparecieron los Andes en su nevada

majestad, dominando los numerosos cordones de los cerros más bajos;

pero no habíamos llegado aún al sitio más bello, que dista como media

milla de la unión de los dos caminos, el antiguo y el nuevo, de la

cuesta de Prado.

A un lado, los largos valles que acabábamos de pasar, se extendían á lo

lejos, engrandecidos por la niebla de la mañana, al través de la cual

los cerros circunvecinos brillaban con gran variedad de tintes; al otro

encuéntrase el hermoso valle de Santiago, en que se distingue á trechos

el camino.

Los elevados cerros que rodean la ciudad y la cadena de montañas más

espléndida del mundo, la cordillera de los Andes, coronada de nieve,

con sus cimas que parecen llegar al cielo y sus obscuras quebradas en

que flotan densas masas de nubes, ofrecían á mi vista una escena como

jamás había contemplado antes. En el primer plano hay abundancia de

bellos árboles; con un río el paisaje habría sido perfecto.

A los pies de la Cuesta, hacia la parte de la ciudad, tuvimos la suerte

de encontrar un excelente almuerzo de cordero después de nuestra larga

jornada; y tanto nosotros como los caballos pudimos darnos un buen

descanso. Desde este punto hasta la parada siguiente, Pudahuel, el

camino va por un llano arenoso, salpicado de mimosas y calentado por el

reflejo del sol en la tersa y árida superficie. Pudahuel está situado

en las márgenes del lago del mismo nombre, que termina en este punto.

Créese vulgarmente que el Mapocho, á cuyas orillas se levanta la ciudad

de Santiago, corre hasta aquí y desaparece bajo el cascajo y las arenas

para reaparecer por siete bocas al otro lado del monte de San Miguel,

de donde se dirige al valle de Maipo, uniéndose á este río cerca de

Melipilla; pero el lago de Pudahuel no se comunica con el Mapocho, sino

que es alimentado por los riachuelos de Colina y Lampa.

El Mapocho, muy disminuído por los canales que de él se sacan para el

regadío, desaparece en cierto punto del llano de Maipo, y por ser las

aguas de la bella fuente de San Miguel semejantes en dulzura y otras

cualidades á las del Mapocho se le da este nombre hasta su confluencia

con el blanquizco y turbio Maipo.

Accidentes ó circunstancias de este género eran poetizados por los

griegos con esa rica y fabulosa fantasía que comunicaba especial

encanto á todos los objetos que creían dignos de su inspiración.

¡Cuánto más bello es el paisaje que rodea las orillas del Pudahuel que

el sucio lavadero que hoy marca el lugar de la en otro tiempo celebrada

fuente de Aretusa en Sicilia! Y, sin embargo, mientras estaba allí

oyendo y viendo _vulgares sicilianos_, rodeada de sórdidas y miserables

casas y sin otro objeto sagrado á la vista que una mutilada imagen de

yeso de la Virgen, mi imaginación, que desde mi juventud había anhelado

ver el sitio donde “el divino Alceo se deslizó bajo la tierra para ir

al encuentro de su Aretusa”, no tardó en revestir de mármol las rocas y

restaurar los palacios, las estatuas y la magnificencia de esa fuente

que en otro tiempo mereció la alabanza ó el reproche de ser el sitio

más voluptuoso de una voluptuosa ciudad. Aquí Pudahuel desaparece en su

belleza solitaria, sin que ningún poeta lo cante, sin que se le tribute

honor alguno.

El panorama que se divisa desde el paseo de Pudahuel es bellísimo.

Mirando á través del río, cuyas escarpadas orillas adornan grandes

árboles, el valle de Santiago se extiende hasta las montañas, á cuyos

pies se despliega la ciudad con sus blancas torres, y da á todo el

conjunto un carácter especial que lo distingue de los demás bellos

paisajes de Chile, en que la ausencia de habitaciones humanas imparte

cierto sello de melancolía sobre la Naturaleza.

Tres millas más allá de Pudahuel nos encontramos con don José Antonio

de Cotapos, cuya familia me había invitado bondadosamente á alojarme en

su casa mientras permaneciera en Santiago, y aunque no había aceptado

la invitación, creyendo que tendría más libertad en un hotel inglés,

no pude realizar tal propósito, pues algunas millas más adelante me

encontré con Mr. Prevost, quien me dijo que las señoras se darían por

ofendidas si no aceptaba su hospitalidad con preferencia á cualquiera

otra.

Apenas había dado mi asentimiento, llegaron dos coches con la señora

de Cotapos y tres de sus bellísimas hijas, que habían venido á mi

encuentro para llevarme á la ciudad. Rehusé este ofrecimiento por no

entrar al coche cubierta de polvo. Seguí, pues, á caballo, y fuí muy

amablemente recibida por doña Merceditas, otra hija de la señora, cuya

gracia y cortesanía igualan su hermosura.

Después de tomar algún descanso y vestirme me llamaron á comer; allí

encontré toda la familia reunida y algunos otros caballeros que

habían sido invitados para que me conocieran é hicieran honor á la

fiesta de recepción. La comida fué más copiosa de lo que en nuestros

hábitos permitiría el buen gusto; pero todos los manjares estaban bien

preparados, aunque demasiado cargados de ajos y aceite. Sirvióse el

pescado entre los últimos platos.

Todos los guisos fueron servidos en la misma mesa, y era difícil

resistir á las apremiantes y repetidas invitaciones á comer de cuanto

había. Se considera como una muestra de la más delicada atención

sacarle á alguien una porción de su plato y ponerla en el de su amigo,

y á nadie se le hace escrúpulo servirle á uno con el cuchillo ó cuchara

con que ha estado comiendo, ó tomar algo directamente de la fuente sin

intervención de platos. Entre los servicios ofrecíase pan, mantequilla

y aceitunas.

A juzgar por lo que hoy he visto, podría decir que los chilenos comen

mucho, especialmente dulces, pero son muy parcos en la bebida.

Después de la comida tomamos café, y, habiéndose ya hecho tarde, todo

pasó más ó menos como en una casa inglesa, salvo que la mayor parte de

la familia se retiró á practicar sus devociones. En la noche llegaron

algunos amigos y parientes de la familia, y los jóvenes de ambos sexos

se entretuvieron en danzar.

Las personas mayores conversaban alrededor de un brasero, resguardadas

por una gruesa cobertura, dispuesta de tal modo que á la vez que

conducía el calor á las rodillas impedía que subieran hasta la cabeza

los nocivos gases del carbón.

Hace muy poco tiempo que las damas chilenas han aprendido á sentarse

en sillas, en vez de hacerlo sobre el estrado. Ahora, en lugar del

estrado, hay generalmente largas alfombras á cada lado de la sala y dos

filas de sillas, con tan poca distancia entre una y otra fila, que los

pies de una persona quedan en contacto con los de la que está sentada

frente á ella.

Los más graves y de más edad se sientan con las espaldas hacia la

muralla, y frente á ellos las niñas; los jóvenes se colocan detrás de

éstas, y la conversación, general ó particular, se hace sin ceremoniosa

afectación y á media voz.

Cuando hay un número suficiente de personas comienza el baile, con

un minué, que poco se parece, en verdad, al grave y majestuoso minué

que hemos visto en Europa. Grave es, sin duda, pero incorrecto y

descuidado; no hay en él elegancia, finura, nada, en una palabra, en

que el famoso capitán Nash de Bath pudiera reconocer los graciosos

movimientos de las danzas que presidió durante tanto tiempo y con tanta

maestría.

Después del minué se bailan alemandas, cuadrillas y danzas españolas.

Estas últimas son muy graciosas, y tales como las he visto aquí me

recuerdan las poéticas danzas que suelen representar la antigua

escultura y la pintura moderna; pero en aquellos tiempos el arte

coreográfico no establecía tan íntimo contacto entre la juventud,

alegría y belleza femeninas y un compañero de baile. Sin embargo, aquí

parecen estar habituados á ello, y reconozco que fué una tontería mía

el haberme dejado alarmar por semejante espectáculo.

Luego que terminó el baile y se retiraron las visitas, cerróse la

puerta de la casa, y la familia pasó al comedor á tomar una cena

caliente, que aquí es la comida principal. Como yo no acostumbro comer

en la noche, me retiré á mi aposento, sumamente complacida de las

amables y finas atenciones y franca hospitalidad de mis nuevos amigos,

y demasiado cansada para pensar en otra cosa que en dormir.

Hacía tanto tiempo que no oía cantar á un guardián de ronda, que

experimenté una indecible sorpresa cuando llegó á mis oídos, mientras

me acostaba, el canto de _Ave María purísima; las once de la noche han

dado, y sereno_“, canto que despertó en mí muchos recuerdos, asociados

con

_The bellman’s drowsy charm,

To bless the doors from nightly harm._[72]

_25._--Los primero que hice después de levantarme fué examinar la

distribución de los diversos departamentos de la casa, y comencé mi

inspección por la puerta por donde había entrado ayer, buscando en

vano á uno y otro lado de ella alguna ventana que diera á la calle. La

casa, como todas las que desde aquí alcanzaba á descubrir, tenía por

todo frente una muralla baja y blanqueada, sobre la cual se proyectaba

un enorme alero de tejas; en el centro un gran portal ó zaguán, con

puertas de doblar, y una torrecilla llamada _el alto_, con ventanas y

balcón en la parte superior, donde se encuentra mi aposento; debajo

de ella, cerca de la puerta de calle, está la habitación del portero.

Este portal desemboca en un gran cuadrángulo empedrado, á que dan

numerosos departamentos. Los de la derecha é izquierda parecen ser

almacenes ó depósitos de provisiones; al frente se encuentran la sala,

el dormitorio principal, que hace también las veces de sala, y una ó

dos piezas más pequeñas.

A continuación de este cuadrángulo sigue otro, adornado con plantas en

macetas y árboles frutales, y circundado por una cómoda y agradable

galería, donde las hijas de la dueña de casa acostumbran recibir á sus

amigas ú ocuparse en sus labores domésticas.

Alrededor de este cuadrángulo ó _patio_ están dispuestos los aposentos

privados de la familia, y detrás de él hay otro más pequeño, donde

se encuentra la cocina, despensa y piezas de la servidumbre, y por

el cual, como en casi todas las casas de Santiago, corre una acequia

constantemente llena de agua.

La disposición de las casas, bastante cómoda y agradable para sus

moradores, es fea exteriormente y comunica á las calles un aspecto

triste y plebeyo. Estas son anchas y bien empedradas; tienen aceras

con pavimentos de granito, y por casi todas ellas corre siempre un

arroyuelo, que, con un poco de más atención de la policía, podría

hacer de esta ciudad la más limpia del mundo. Con todo, no es muy

sucia, y cuando recuerdo á Río Janeiro y Bahía estoy por declararla

absolutamente aseada.

La casa de Cotapos está amueblada con lujo, pero sin elegancia.

Sus ricos espejos, sus hermosas alfombras, un piano fabricado por

Broadwood, y una buena provisión de sillas, mesas y camas, no

precisamente de las que hoy se usan en París ó en Londres, pero sí de

las que estuvieron allá de moda hace un siglo ó poco más, hacen un

lucidísimo papel en esta apartada tierra del continente austral. Pero

con el comedor no puedo transigir. Es el aposento más obscuro, triste

y feo de la casa. La mesa está casi pegada á la muralla, en un rincón,

de suerte que una de las extremidades y un costado apenas dejan espacio

suficiente para las sillas; un regular servicio es así punto menos que

imposible.

Cualquiera creería que ha sido dispuesto de esta manera para comer en

secreto; y me hace pensar, especialmente cuando las grandes puertas

se cierran de noche antes de la principal comida, en los moros é

israelitas de la península española, ocultándose celosamente de la

vista de los godos, sus opresores.

Me sirvieron en mi aposento mi acostumbrado desayuno de té, huevos y

pan con mantequilla. La familia no come nada á esta hora; pero aquí

algunos se desayunan con una jícara de chocolate, otros con un poco de

caldo, y los más con mate.

Las señoras pasaron á saludarme antes de irse á misa, y en esta ocasión

habían cambiado sus vestidos de estilo francés por otros enteramente

negros, con la mantilla, que hace aparecer á una hermosa española ó

chilena diez veces más hermosa y agraciada.

Como á medio día, el señor de la Salle, uno de los ayudantes de campo

del Director Supremo, me trajo un atento saludo de bienvenida de

su excelencia. Por conducto de este caballero envié mis cartas de

introducción á doña Rosa O’Higgins, y se convino en que la visitaría

mañana por la noche, porque hoy va al teatro. Poco después de comer,

el señor de Roos y yo acompañamos á don Antonio de Cotapos y dos de

sus hermanas al llano, situado al Sur-Oeste de la ciudad, á ver las

_chinganas_; ó entretenimientos del bajo pueblo.

Reúnense en este lugar todos los días festivos, y parecen gozar

extraordinariamente en haraganear, comer buñuelos fritos en aceite y

beber diversas clases de licores, especialmente _chicha_, al son de una

música bastante agradable de arpa, guitarra, tamboril y triángulo, que

acompañan las mujeres con cantos amorosos y patrióticos. Los músicos

se instalan en carros, techados generalmente de caña ó de paja, en los

cuales tocan sus instrumentos para atraer parroquianos á las mesas

cubiertas de tortas, licores, flores, etc., que éstos compran para su

propio consumo ó para las mozas á quienes desean agradar.

Algunas de las flores, como los claveles y los ranúnculos, se venden á

precios exorbitantes: suelen pedir hasta medio peso por cada una, y un

peso por un ranúnculo amarillo con pétalos matizados de rojo y verde.

El pueblo, hombres, mujeres y niños, tiene verdadera pasión por las

chinganas. El llano se cubre enteramente de paseantes á pie, á caballo,

en calesas y carretas; y aunque la aristocracia prefiere la Alameda, no

deja de concurrir también á las chinganas, donde todos parecen sentirse

igualmente contentos en medio de una tranquila y ordenada alegría.

En Inglaterra estoy cierta de que en una concurrencia tan grande de

gente no dejaría de haber desórdenes y riñas; pero nada de esto ocurrió

aquí, á pesar de que se jugó mucho y se bebió no poco.

En la noche asistí á la tertulia de la familia Cotapos, en que hubo la

música, baile y charla de costumbre, y pude observar que en Chile la

belleza y el traje de una joven son criticados por las demás lo mismo

que entre nosotros. Y ya que hablo de cosas femeninas, agregaré que

jamás había visto tantas mujeres hermosas en un solo día como he visto

hoy aquí.

No me atrevo á asegurar que hubiera entre ellas alguna de

extraordinaria belleza; pero sí puedo afirmar que tampoco vi ninguna

fea. Son por lo común de mediana altura, bien conformadas, de andar

airoso, con abundantes cabelleras y lindos ojos, azules y negros, y

en cuanto al sonrosado color de su tez, nunca lo puso más bello “la

pura y diestra mano de la Naturaleza”; pero ¡ay! “la cariñosa mano de

la Naturaleza es generosa, mas no pródiga”, y estas lindas criaturas,

dotadas de tantos atractivos, tienen generalmente una voz desapacible y

áspera, y en el cuello de algunas observé cierta tumefacción que indica

que la papera ó bocio es frecuente en Chile.

_26._--Esta mañana, al asomarse á la calle poco después de aclarar el

día, vi llegar las provisiones de los campos vecinos para el mercado.

Los cuartos de vaca y las mitades de cordero venían sobre el lomo de

los caballos delante de un hombre ó muchacho, envuelto en su _poncho_

y montado junto á la cola de la cabalgadura; las aves, en grandes

arcas de cuero con rejillas, sobre mulas. Huevos, mantequilla, leche,

queso, verduras, legumbres, todo era conducido por bestias de carga,

porque ningún chileno se allana á emprender á pie una larga caminata,

y mucho menos con una carga sobre los hombros, salvo que una imperiosa

necesidad se lo exija. Y mientras desfilaban en una dirección las

acémilas cargadas de comestibles, numerosas mujeres con manto, alfombra

y devocionario iban en otra al templo, á oir misa.

Los gritos de los vendedores en las calles son casi tan ininteligibles

como los de Londres, y, con excepción de _Sweep!_ y _Old

Clothes!_[73], se refieren á los mismos artículos.

El juez Prevost vino poco después del almuerzo y me hizo algunas

indicaciones acerca de mi vista de esta noche á doña Rosa O’Higgins.

Parece que ir á pie á una visita de etiqueta, aunque sea á la casa

vecina, es algo tan contrario al buen tono que no debo ni pensar en

tal cosa. Debo ir, por lo tanto, en un coche de la familia Cotapos,

acompañada por dos de las señoras. Confieso que este último punto me

alarmó.

Esta familia es una de las más respetables de Santiago; pero una de

las hijas fué casada con un Carrera; toda la familia fué partidaria de

Carrera, y más de uno de sus miembros ha tomado parte en conspiraciones

contra el gobierno actual, mas aún, contra la vida del Director según

se dice, y yo sé perfectamente que, á pesar de los generosos deseos del

señor Prevost, no se ha dado aún ningún paso hacia una reconciliación

amistosa entre el palacio directorial y la casa de Cotapos. Si yo he

de ser un instrumento de reconciliación y paz, en buena hora, pero me

agradaría más que se me dijera francamente qué se espera de mí.

Fuí á ver la plaza: uno de sus costados es ocupado por el palacio, que

comprende la residencia del director, los tribunales de justicia y la

cárcel pública. La construcción es de muy bella arquitectura, pero aun

está inconclusa, porque cuando se agregó el palacio directorial faltó

el dinero; sin embargo, todo el primer piso corresponde al orden dórico

del resto, y podrá ser terminado tan pronto como el gobierno tenga

fondos con que hacerlo.

En el costado Poniente de la plaza se encuentra la catedral, inconclusa

también y de orden dórico, el palacio del obispo y algunos edificios

inferiores. En el lado Sur hay una arquería frente á las casas

particulares, cuyos primeros pisos sirven de tiendas de comercio, y

debajo de la arquería se ve una serie de puestos por el estilo de los

bazares de Londres.

En las noches de luna la arquería y sus tiendas presentan un aspecto

muy alegre y animado. Las damas acostumbran recorrer entonces las

tiendas y puestos á pie, y como todos están iluminados, las escena es

bellísima.

En el cuarto costado sólo hay edificios vulgares, de los cuales el

hotel inglés es uno de los mejores. Pasamos por varios otros edificios

públicos, bellos en general y casi todos de orden dórico; sin embargo,

el aspecto de las calles es feo á causa de la desnudez y monotonía de

los frentes de las casas particulares.

Después de la comida el señor De Roos y yo fuimos á los Tajamares y á

la Alameda.

Los Tajamares son un sólido parapeto de albañilería construído para

defender la ciudad de las creces del Mapocho, que, aunque de ordinario

es un inofensivo riachuelo que corre por un angosto canal en medio

de un ancho lecho de piedras, se convierte dos veces al año en un

impetuoso torrente.

El invierno por las lluvias, y el verano, por la fusión de las nieves

andinas, son las estaciones en que suelen tener lugar sus formidables

creces, y si no fuera por los Tajamares inundaría la mayor parte de la

ciudad.

La Alameda está dentro del recinto de los Tajamares; un paseo

encantador, con largas filas de sauces y una vista espléndida.

Una angosta callejuela nos llevó de aquí al peñón de Santa Lucía, que

debería ser la ciudadela de Santiago. Se alza más ó menos en el centro

de la ciudad y la domina; en sus extremidades opuestas hay actualmente

dos pequeñas baterías de cañones.

Mientras lo subíamos no podíamos menos de admirar los inmensos bloques

de granito que la naturaleza parece haber amontonado aquí jugando,

que unas veces forman cavernas y otras quedan suspendidos sobre el

camino, y nos recordaban las enormes rocas que los antiguos caciques

precipitaban sobre sus invasores.

Desde el Santa Lucía veíamos todo el valle de Santiago hasta la cuesta

de Prado, el llano de Maipo, que iba á perderse en el horizonte, la

nevada cordillera, y á nuestros pies la ciudad, sus jardines, sus

templos y su magnífico puente, todo iluminado por los rayos del sol

poniente, que en la ciudad, el valle y las montañas producía esos

mágicos efectos que los poetas y pintores se complacen en describir.

Pero ¿qué pincel y qué pluma podrán darnos una pálida idea de los Andes

iluminados por los últimos rayos del sol? Yo los contemplaba.

--“Till the place became

Religion, and my heart ran o’er

In secre worsip”[74].

La campana de San Isidro vino á sacarme de mi contemplación, haciéndome

volver los ojos hacia su pequeña iglesia, sobre la cual se cernía una

inmensa y negra nube y de cuyas puertas salía una larga y solemne

procesión de sacerdotes que comenzaban una rogativa de nueve días á

San Isidro y al apóstol Santiago, patrono de la ciudad, para pedirles

lluvia.

Yo quisiera que la superstición se hubiera limitado á poner cada país,

ciudad é individuo bajo la tutela de un santo patrono, ya que hay

algo tan consolador en la creencia de que un ser superior vela sobre

nosotros, pronto siempre á interceder por nosotros ante el Supremo

Juez. Los frívolos atenienses tenían á su Minerva, los poderosos

romanos á Júpiter, el señor de los dioses; Inglaterra reconoce todavía

la protección de San Jorge; ¿por qué, pues, no ha de tener Santiago

por patronos al santo de su nombre, el espejo y modelo de las órdenes

de caballería, y á San Isidro, el labrador? Una mujer con quien entré

en conversación en el cerro me dijo que aquí el tiempo seco es tenido

por muy malsano, y que cuando no llueve los cuerpos se resecan como

la tierra, y que por lo tanto había gran necesidad de recurrir á la

intercesión de los santos para alejar de la ciudad las epidemias y la

carestía. Me agregó que de la sequedad del tiempo provenían fiebres é

inflamaciones de la garganta. Si esto no es una preocupación infundada,

es bastante singular.

Volvimos á casa á vestirnos para la visita á palacio, á la que fuí

acompañada por el juez Prevost, la señora Cotapos y su hija segunda,

Mariquita, joven más cultivada de lo que aquí se acostumbra. Ambas me

pidieron excusas de presentarse con medias de algodón y toscos zapatos

negros, manifestándome que, á causa de un voto que habían hecho durante

una grave enfermedad del anciano don José Miguel Cotapos, estaban

obligadas á usar esas medias y zapatos durante un año, si sus oraciones

alcanzaban la salud del paciente.

Aunque no pude menos de sonreirme al oir tal cosa, comprendí que el

afecto que les había inspirado esta promesa era demasiado respetable

para reirme de ella; ni se me ocultó el extraordinario mérito de

semejante voto, pues en nada es más delicada una dama chilena que en la

elección de su calzado.

La señora Cotapos me hizo la confidencia de que los zapatos

le atormentaban de tal manera, que se había visto obligada á

ponerles algodón para que la mortificaran un poco menos los pies.

Afortunadamente no me comprendió cuando murmuré entre dientes las

palabras de Peter Pindar: _I took the liberty to boil my peas_[75].

Mariquita cumple su voto sin salvedades de ninguna especie.

Entramos al palacio con menos alboroto y ceremonias que en cualquier

casa particular. Las salas están bien amuebladas; pero con sencillez:

estufas inglesas de hierro fundido, alfombras escocesas, porcelanas y

relojes de mesa franceses, poco ó nada que pareciera español y mucho

menos chileno. La madre del Director, doña Isabel, y su hermana doña

Rosa nos recibieron, no sólo cortésmente, sino con exquisita amabilidad.

Diario de su residencia en Chile (1822) y de su viaje al Brasil (1823) · 第 19 / 35 段