Cuando volvíamos, divisamos la fragata inglesa _Aurora_, que venía

llegando en ese momento á Valparaíso, procedente del Brasil y que al

entrar saludó á la insignia de lord Cochrane. Su Señoría se encuentra

actualmente en Santiago. Según dice la gente, está tratando de obtener

de la justicia del gobierno el pago de los sueldos y presas que se le

deben á la armada. Algunos de sus amigos le atribuyen, infundadamente

á mi juicio, estar interviniendo en la reorganización que se proyecta

hacer en el gobierno. Otros, tal vez mejor informados, dicen que se

ocupa de refutar los absurdos cargos que en su contra ha formulado San

Martín.

Estos cargos proceden de los más bajos motivos; envidia de su

reputación, despecho por sus acciones y miedo de sus resentimientos;

esto sin hablar de la descabellada cólera que le ha ocasionado la

opinión de su señoría de que es “más honroso revelar las muestras de

un franco disgusto que disimular secretos rencores”, como se expresó

al descubrir los infames designios que abrigaba San Martín contra el

Estado que había jurado servir.

Estos cargos son tan frívolos, tan mezquinos, tan despreciables como

los que un ladrón pudiera lanzarle desde las galeras á un hombre

inocente que lo ha ofendido, y siempre he pensado que en este caso

ponerse á vindicar la integridad é incorruptibilidad de un hombre como

lord Cochrane, sería hacerle una afrenta á sus virtudes.

_27._--Hoy fuí á pagarle una visita á la señora del gobernador

Zenteno, dama muy fina y agradable, que me recibió muy cortésmente y

mandó en busca de su marido. Este llegó inmediatamente, al parecer muy

regocijado de poder exhibir las comodidades á la inglesa que había en

el departamento en que fuí recibida.

En un día frío y lluvioso como éste es agradable encontrarse en una

habitación donde hay un tapiz inglés, una estufa inglesa y hasta carbón

inglés encendido. Zenteno me aseguraba que no había para él nada que

estimulara mejor la conversación que un fuego encendido así en una

estufa abierta, y que lamentaba haber pasado tantos años sin sospechar

siquiera que existiera tal comodidad. Puede decirse que todo su afán

es introducir el gusto por la elegancia de la vida civilizada; en

cualquiera otra circunstancia habría podido decir yo que en su gran

admiración por todo lo inglés había cierto fondo de afectación. El

pueblo de Valparaíso le debe, sin embargo, considerables mejoras en

calles y caminos, y, entre otros proyectos, tiene ahora en estudio

el de construir un nuevo mercado en cuanto los recursos lo permitan.

Estas cosas les parecen insignificantes á los extranjeros, que olvidan

que Valparaíso, uno de los más grandes puertos de este lado del vasto

continente Sur-Americano, es poco más, en la apariencia, que cualquiera

ciudad inglesa de pescadores. En comparación, Sidmouth es una ciudad

capital.

De la casa del gobernador me dirigí á la cárcel, macizo edificio de

pésimas condiciones, que ahora está vacío. Los prisioneros han sido

trasladados al hospital de San Juan de Dios; me da vergüenza decir

que los prisioneros españoles que San Martín ha mandado de Lima

estén también allí revueltos con los reos comunes. A su llegada, los

españoles se encontraban en una situación tan deplorable, que, para

evitar que pereciesen de hambre, los vecinos ingleses levantaron una

suscripción, encargándose uno de los comerciantes de vigilar todos los

días que se les distribuyan sus alimentos.

_29._--Hoy ha arribado la _Independencia_, uno de los buques de la

escuadra chilena. Lord Cochrane la había dejado vigilando las costas

del Norte para ayudar á la causa de la independencia y conseguir

provisiones[63] en compañía con el _Araucano_; pero en una ocasión en

que aquélla se separó para ir en servicio á la bahía de Lorero, el

piloto, el condestable y el contramaestre del _Araucano_ se amotinaron,

aprovechando la ausencia del capitán y de algunos oficiales que se

hallaban en tierra por razón de servicio, y se adueñaron del buque.

Habiendo desembarcado todos los chilenos y los ingleses que no

quisieron acompañarlos, los sublevados hiciéronse á la vela con 16

hombres, sin que hasta ahora se haya oído hablar más de ellos. Cuarenta

y siete tripulantes á las órdenes del capitán han quedado en situación

de volver al servicio, y es de notar que no hubo ningún chileno entre

los desertores.

La _Independencia_ ha traído algunos reconocimientos de importancia

y en varios casos ha prestado útiles servicios á la buena causa,

estimulando á las ciudades de la costa á declarar su adhesión á los

gobiernos independientes de los territorios en que están situadas.

Es de sentir, sin embargo, que la intemperante conducta de uno de sus

oficiales, que expió su culpa con la vida, haya ocasionado algunos

disturbios que mucho me temo tengan mal resultado.

_30._--Hoy se remitieron á Santiago 300 prisioneros de Lima, algunos

á pie y otros en carretas, por serles imposible caminar á causa de

su edad y de sus enfermedades. Entre estos últimos iba un anciano de

cabellos grises que apostrofaba al mar, cuyas playas dejaba, diciendo

que se separaba del único camino que podía llevarlo á su tierra

nativa; con débiles lamentos sentóse descuidadamente en una orilla del

vehículo; mas, al dar vuelta la primera cuesta, cayó al suelo y murió

ahí mismo, no á causa de la caída, sino por habérsele roto el corazón.

Dicen sus compañeros que murió en la misma carreta con la palabra

“España” en los labios, cayendo después al suelo.

Cosas son éstas que acongojan el corazón, y lo más sensible es que el

mal no viene del curso ordinario de los sucesos de la Naturaleza, donde

los sufrimientos y las pruebas le vienen al hombre en proporción á sus

fuerzas, ni de esa altísima mano que es tan poderosa como clemente,

sino que viene del hombre, que hace presa de sus semejantes, que agrega

la hipocresía á la crueldad y que comete sus crímenes bajo el sagrado

nombre de la virtud[64]. La historia de estos prisioneros resume todo

cuanto hay de bajo, de cruel y de cobarde; porque ¿cuándo ha sido

valiente un hombre cruel?

Hoy es la festividad de Nuestra Señora del Pilar, _la abogada de los

marineros_. ¿Cómo podía dejar yo de observarla? Me dirigí, pues, donde

mi vieja amiga del jardín, á quien llaman comúnmente la _Chabelita_, y

en cuanto supe que ella pensaba ir á la ceremonia que se celebra en la

iglesia de la Merced, obtuve permiso para acompañarla. La tarde no pudo

ser más provechosa, ya que sin tal compañera no hubiera podido tener yo

tanto entretenimiento é información. Desde luego no sé cómo me hubiera

atrevido yo de otra manera á entrar en una venta ó negocio de licores,

como hoy lo hice.

Llegamos á la iglesia muy temprano, y después de recorrer en todo

sentido el espacio por donde debía pasar la procesión, nos dirigimos á

la expresada venta, que se halla precisamente al frente de la iglesia.

Al principio me imaginé que fuera la casa particular de alguna amiga

de la _Chabelita_, pareciéndome que la mesa que había dispuesta en la

puerta con frutas y bollos para la venta, sería solamente un adorno

para la festividad.

Cuando entramos á una pieza muy grande, rodeada de bancos en tres de

sus costados y con un _brasero_ en el centro, vi que en el cuarto

costado del departamento había una mesa cubierta de jarros y botellas

que contenían licores de varias clases, rodeadas de vasos de diferentes

tamaños. Sentados en uno de los bancos hallábanse dos religiosos de la

orden de la Merced, vestidos de amplios y largos trajes blancos con

cruces negras, y que llevaban puestos unos enormes sombreros, fumando y

conversando de política.

Los principales temas de su conversación eran el destierro del obispo,

los probables resultados de un concilio que debía reunirse para tratar

asuntos eclesiásticos, y algunas murmuraciones acerca de la elección de

diputado por Valparaíso, recaída en don Celedonio Márquez, provincial

del convento de Santo Domingo, con olvido de los mucho más dignos

hermanos de la Merced. Nuestra entrada pareció interrumpir por un

momento su conversación; pero después de un cuchicheo de unos cuantos

minutos, durante los cuales oí una y otra vez las palabras _viuda

inglesa_, volvieron á su política, hasta que habiendo concluído sus

cigarros se levantaron y se fueron.

Mientras tanto había estado observando que unas cuantas viejas gordas

andaban ocupadas haciendo mezclas de distintos licores, que llevaban

á otro departamento interior. Probé algunos de esos licores. Muy poco

era el aguardiente ó el vino que se pedía; en cambio había un gran

consumo de diversas clases de sorbetes, de los cuales el mejor es la

_aloja_.[65] La aloja es una infusión de culen, canela ó cinamomo

silvestre, y un poco de almíbar, á la cual se le atribuyen condiciones

tan saludables como agradables. Muy luego comenzó á llenarse la casa.

Iban llegando grupo tras grupo de jóvenes, que eran conducidos á

diversas piezas, y sólo entonces vine á darme cuenta de dónde me

hallaba.

Algunos parroquianos comenzaron á pedir comida de variados guisos;

otros, vino; unos cuantos, refrescos y bizcochos, música también, y

todos pedían cigarros. Entonces aparecieron unas cuantas muchachas de

buen aspecto que llevaban guitarras y que entraron á las piezas donde

se pedía música.

Muy pronto oí el sonido de los cantos y del baile, y entonces, con la

satisfacción de ver á todos alegres y contentos, me retiré de aquel

sitio, persuadida de que el regocijo sería aún mayor en la tarde y de

que los bailes, que he visto á menudo entre la gente ordinaria de las

más ínfimas tabernas cuando he pasado de noche por el Almendral, se

acostumbran también, aunque más en privado, por la gente decente en

casas de la tranquila apariencia de ésta.

El juego es aquí tan común entre la clase baja como entre la mejor

sociedad. Toda nación rudimentaria juega; todo pueblo de una

civilización refinada hace lo mismo. El salvaje, en los intervalos que

le dejan la caza y la guerra, no tiene más que el ocio, y cuando su

vida se estagna, siente la necesidad de un estímulo: entonces juega.

El caballero de una sociedad civilizada no necesita de la caza para su

sustento, y si no se dedica á ella por ejercicio, necesita procurarse

ese mismo estímulo, que parece indispensable para la existencia, y

entonces también juega.

Las especulaciones comerciales y la guerra no son sino un juego en

grande escala.

Hay aquí varios juegos que se practican lo mismo que los de Europa y

los de Oriente, y que deben de haber sido importados por los españoles.

La especie de _golf_ que en Persia se juega á caballo, se juega aquí de

la misma manera[66].

De puertas adentro, se juega á las cartas, á los dados y al billar; al

aire libre se juega á las bolas y al volantín, juego este último á que

se dedican jóvenes y viejos.

Hay una especie de juego de bolas que es una novedad para mí. Debajo de

una ramada se arregla la cancha para el juego; en el suelo se dispone

un armazón de madera de unos 30 pies de largo por unos 15 de ancho;

dentro de cuyo espacio se aplana conveniente mente el piso con tierra

gredosa, de modo que la armazón sobresalga una seis pulgadas del suelo

por todo el contorno.

Como al tercio de la distancia de una de las extremidades se coloca

un anillo que está fijo de un arco y que gira al menor contacto; el

jugador se sienta en el costado opuesto de la armazón y trata de mandar

su bola de modo que atraviese el anillo sin tocarlo. Este es el juego

favorito, y tengo la seguridad de que no hay peón de la vecindad que no

haya perdido y ganado alternativamente, no sólo todo su dinero, sino

hasta la camisa, por lo menos media docena de veces al año en este

juego.

Era ya tiempo de volver á la iglesia. Ahí, de rodillas delante

del elevado altar, oímos la misa dedicada á Nuestra Señora, la de

relucientes cejas, y oramos por la salud de los marineros vivos y por

las almas de los que ya no existen.

No puedo ni quiero pensar en mezclar mis oraciones á las de otro culto;

pero la verdad es que jamás he orado con más fervor que ahora. Pero

cuando de pronto me vi obligada á interrumpir mis oraciones para seguir

la procesión, sentí que renacían todos mis prejuicios de protestante.

Vestida con un traje obscuro y adornada con joyas de valor, _Nuestra

Señora_ fué sacada en una anda, conducida hasta cerca del mar en medio

de un sendero de mirto y laurel; aquí y allí había altares, delante

de los cuales se detenía, y entonces la multitud entonaba un canto.

Una vez que hubo visitado de esta manera á San José, á N. S. de los

Dolores[67] y á Santa Gertrudis, fué conducida de nuevo á su altar á la

hora de la puesta del sol, cantándose el Ave María. A la luz del día

queda en descubierto la horrorosa superstición que realza la ridícula

decoración de los santos: los espejos y los chiches que les sirven de

adorno son groseros y sin elegancia.

Ahora que la noche ha caído y que todo queda oculto en la sombra, el

Ave María Stella me trae á la imaginación á la Italia y ese mágico

poder que, aun en su decrepitud, arroja cierto resplandor sobre ella.

¡Cuántas veces en las tardes embalsamadas he escuchado con delicia

las voces que cantaban el Ave María con las melodiosas entonaciones

italianas, mientras Roma parecía sumergirse en un religioso, en un

tétrico silencio!

_Julio 1.º_--Anoche llegó de Lima la fragata de S. M. B. _Alacrity_,

que me ha traído cartas de mis amigos de la _Doris_. Trae también

algunas noticias de Lima, que confirman todo lo que hemos oído del

odioso y amanerado San Martín.

Como se sabe, el comerciante don Pedro Abadía, á más de ser uno de los

comerciantes más ricos de la América del Sur, es también uno de los

hombres más ilustrados, más liberal y más digno de respeto. San Martín

había manifestado siempre la mayor amistad por esta excelente persona

y utilizado sus conocimientos y talentos para hacer la reglamentación

de sus aduanas y demás impuestos. Una vez que hubo logrado este objeto,

las riquezas de Abadía excitaron su codicia, y valiéndose de la más

baja traición ideó un medio que justificara su prisión. Sabedor de que

los realistas estaban en posesión de una inmensa propiedad que Abadía

poseía en Pasco, San Martín dió instrucciones á dos frailes para que

fueran donde él y le ofrecieran conducir algunas cartas suyas á los

jefes de las tropas españolas para ver si se podía evitar la absoluta

ruina de su propiedad, que consistía principalmente en minas y en

costosas maquinarias que había importado de Inglaterra con la idea de

hacer progresar el país con su introducción.

Fácilmente engañaron los frailes á Abadía, que con este pretexto fué

mandado á la cárcel y juzgado por un tribunal instituído por San

Martín. Sin embargo, como sus cartas se referían exclusivamente á los

negocios de su hacienda y de sus maquinarias, fué absuelto, no sin que

antes tratara de obtener del tribunal la revisión de la sentencia.

Con todo, antes de ser puesto en libertad obligósele á pagar una

inmensa multa, reteniéndole á su mujer é hijos como rehenes, para

mandarlo desterrado á Panamá ó á cualquiera otro punto no menos

distante. Abadía logró refugiarse en la _Alacrity_, de donde pasó á la

_Doris_, captándose á bordo de ambos buques la estima y simpatía de

toda la gente. Se dice generalmente que San Martín es aficionado á la

bebida; no creo que esto sea verdad; pero tiene el vicio del opio y le

acometen accesos de pasión tan frecuentes y violentos que nadie cuenta

segura su cabeza. Gracias á la liberalidad que gasta con sus soldados,

su gobierno es entre ellos muy popular; pero no por eso es menos

precario, porque no parece muy difícil que el general realista La Serna

vuelva á recobrar á Lima, en cuyo caso se espera que declararía al Perú

independiente y licenciaría de cualquier modo al ejército Libertador.

Es verdad que no hay para una nación una calamidad mayor que soportar

al despotismo militar; pero también es cierto que este despotismo jamás

dura mucho tiempo.

Cuando se ha realizado algún cambio queda la posibilidad de efectuar

otros más; los lazos de la tiranía están rotos y el pueblo crecerá, se

educará, con cierta rudeza, probablemente; pero los conocimientos irán

desarrollándose, y, como los conocimientos son una potencia, no está

muy distante la época en que el pueblo sea capaz de sacudir la tiranía,

tanto de los gobiernos extranjeros como de los déspotas domésticos, y

obligar á sus gobernantes á reconocer que están allí para el servicio

del pueblo y que no es el pueblo el que debe servirlos á ellos.

_Julio 2._--Hoy día, mientras estaba en el cerro que hay detrás de casa

admirando el hermoso paisaje que se extendía á mi vista y las sombras

que á su paso dejaban las nubes mientras se deslizaban por el mar,

ocultando á veces y otras descubriendo los peñascos de Valparaíso, vino

á hacer más imponente la escena el cañoneo con que la _Aurora_ saludaba

á lord Cochrane, que iba á visitarla; el humo de los cañones, después

de encresparse en blancos copos sobre el agua, dilatábase gradualmente

en nubes grises que iban á mezclarse con las brumas que se extendían

al pie de los cerros. En la noche estuvo su señoría en casa á tomar el

té. Me dijo que tenía permiso para ausentarse por cuatro meses, con el

bergantín _Moctezuma_ á su disposición, y que pensaba ir á visitar la

hacienda de Concepción, que hace tiempo le había decretado el gobierno,

y de la cual, hasta la fecha, no había sacado provecho alguno, á pesar

de ser una de las más fértiles de aquella fértil región. La verdad

es que por estar situada tan inmediata á la frontera de los indios

y tan expuesta á sus depredaciones, durante muchos años ha quedado

completamente abandonada, sin que se haya cosechado gran cosa en ella.

Habilitar de nuevo para el cultivo una hacienda como ésta representaría

más para el bien público que para el provecho particular. El solo

ejemplo de una empresa tan animosa tendría importantes consecuencias,

y antes de no mucho tiempo, esa deliciosa tierra, que ha sufrido más

que ninguna otra provincia, volvería á ser lo que antes fué, cuando

era Villa Rica su capital y cuando el autor del _Robinson Crusoe_,

recordando los relatos de los aventureros ingleses de su tiempo que

habían recorrido el Sur de Chile, describía esa región como el paraíso

terrestre y á sus habitantes como seres dignos de él.

_7._--Invitada por lord Cochrane, me dirigí ayer por la mañana al

puerto para reunirme á un grupo de amigos que debía embarcarse con él

á bordo del buque á vapor _Rising Star_, é ir de paseo á su hacienda

de Quinteros, situada á unas 20 millas al Norte de este puerto. La

distancia por tierra es de 30 millas, porque el camino va bordeando la

bahía de Concon.

Formaban la partida, don José Zenteno, gobernador de Valparaíso; su

hija, doña Dolores; el honorable capitán Frederick Spencer, comandante

de la _Alacrity_, fragata de S. M. B.; el capitán Crosbie, el capitán

Wilkinson, varios oficiales de la escuadra patriota á quienes no

conozco, y otros cuantos caballeros más. El almirante llegó conmigo á

bordo á las diez de la mañana.

Lo primero que hice fué visitar la maquinaria, que consiste en dos

máquinas de vapor, de 45 caballos cada una, y de las ruedas, que van

cubiertas. El buque es una gallarda polacra, cuya construcción se

activó bastante antes de la venida de lord Cochrane, pero que sólo

este año arribó á estos mares. Con no poco placer puse el pie en la

cubierta del primer buque á vapor que navega en el Pacífico, y me

entusiasmaba el pensar en los triunfos del hombre sobre los obstáculos

que la Naturaleza parece haberse complacido en colocar entre él y el

cumplimiento de sus deseos.

Qué transporte no hubiera sentido en su pecho Almagro si en el

encantado espejo del futuro un mago le hubiese mostrado el puerto

de Valparaíso, lleno de buques de Europa, del Asia y de países que

entonces no existían todavía, y en medio de ellos, este buque,

deslizándose suave y tranquilamente, sin una sola vela, contra viento

y marea, llevando en cubierta una artillería más fuerte que la que él

jamás mandó y conduciendo á bordo á un héroe cuyo nombre, tanto en

Chile como en el Perú, había de sobrepasar no sólo el suyo sino también

el de sus afamados compañeros los Pizarros.

La cruel política que España observó con estos países reprimió siempre

toda tentativa para establecer el tráfico de las costas, por más que

las de Chile abunden en bahías de lo más cómodas para el objeto. De

aquí que estas bahías no hayan sido nunca bien reconocidas ó que

aparezcan tan erróneamente ubicadas en las cartas dadas á luz, que los

buques de todas las naciones, incluso los de España, no se decidan á

recalar en ellas, y que todo el tráfico tenga que hacerse á lomo de

mula por los caminos más difíciles del mundo.

Por ejemplo, el cobre de Coquimbo, que se encuentra sólo á tres grados

y medio de Valparaíso, se trae á este puerto á lomo de mula á través de

un montañoso y escarpado camino, sin que se emplee jamás un bote para

su conducción.

Los enormes impuestos que pesan sobre el tráfico marítimo con el nombre

de derechos de puerto, etc., y que pesan sobre las embarcaciones

pequeñas más que sobre cualquiera otra, impiden, no sólo el cabotaje,

que sería el sustento de los marineros de Chile, sino también el

cultivo de las dilatadas extensiones de fértil terreno inmediatos á la

costa. La vecindad de los cerros con la costa y su abrupto descenso no

permite la existencia de ríos caudalosos que sirvan para la navegación;

en cambio, las bocas de los ríos de menor cauce forman bahías adonde se

puede mandar flotando para embarcarlos convenientemente los productos

de sus riberas de asombrosa fertilidad. Con todo, no sé que se preste

atención alguna á nada que se semeje al comercio de cabotaje, y de

aquí que el carbón de Concepción, á pesar de su abundancia y buena

calidad y de estar situada la mina á 300 millas de distancia, cueste en

Valparaíso más caro que el que se trae de Inglaterra.

De la misma manera, las extensiones de terreno de aluvión que han

formado las lluvias invernales que lavan la falda de los cerros, y

que fertilizan las lagunas formadas por la reunión de las aguas de

lluvias en los valles, permanecen sin cultivo, á pesar de ser de lo

más aparente para la producción de toda clase de legumbres; actualmente

esos terrenos sólo se aprovechan para el pastoreo de verano, cuando, si

se aplicara al cultivo de forrajes más nutritivos y productivos, podría

fomentarse eficazmente la crianza de ganado ovejuno, cuya alimentación

en el invierno es la mayor dificultad con que ahora se tropieza,

y entonces se tendría en la lana, que es de excelente calidad, un

valioso artículo de exportación. Pero ¿quién puede pensar en cultivar

la remolacha ó el nabo cuando tiene que pagar por derechos de puerto

para traerlo á la plaza casi tanto como el valor íntegro de la cosecha?

¿Y quién se dedicará á la crianza de ovejas si la lana teñida ó

manufacturada paga un derecho de exportación más elevado que el precio

de los géneros importados al país? Recuerdo particularmente que en

Coquimbo, la región de las minas de cobre, don Felipe del Solar ha

pagado por derechos de exportación de algunos cargamentos de cobre más

que el precio de cargamentos de igual tonelaje de artículos de primera

calidad importados de Bengala. Esto equivale á un impuesto directo y

opresivo sobre la industria, y el efecto que produce es retardar la

población del país, como también su civilización.

Estas reflexiones me eran naturalmente sugeridas por la vista de las

pequeñas bahías y caletas de la costa mientras navegábamos rápidamente

á bordo del primer buque que ha traído á estos mares el más completo

triunfo del genio del hombre sobre los obstáculos que le presentaba

la materia bruta. Confío en que no está distante el tiempo en que

la _Rising Star_ no sea el único buque á vapor que navegue en estas

costas, y que queden cumplidas las sabias y preciosas miras con que fué

traído.

Los vientos regulares que ahora obligan á los buques á alejarse hasta

Juan Fernández para hacer un viaje razonable entre Valparaíso y el

Callao no son nunca tan fuertes que impidan el trabajo de un buque á

vapor; además, la facilidad de comunicación entre estos puertos y sus

intermedios, no sólo desarrollaría sus intereses comerciales, sino que

sería un medio de seguridad contra los enemigos de afuera que pueden

temer estos países.

Diario de su residencia en Chile (1822) y de su viaje al Brasil (1823) · 第 16 / 35 段