La vieja que parecía hacer de directora me contempló con gravedad, y

en seguida tomó mi trabajo y me enseñó á hacerlo de nuevo y á trabajar

con esmero en darle forma. Lo que es esto, seguramente, no me habría

costado gran cosa; pero el secreto que yo necesitaba conocer era el

arte de pulir la greda, porque el brillo que tiene no se lo dan por

ninguno de los procedimientos para vidriar que yo he visto; así, pues,

esperé con paciencia y trabajé en mi fuente hasta que estuvo concluída.

Entonces la vieja metió la mano en un saco de cuero que llevaba delante

y sacó una conchuela pulida, con la cual le formó de nuevo los bordes

y en seguida comenzó á rasparlo, primero suavemente y con más fuerza á

medida que la arcilla iba endureciéndose, humedeciendo de vez en cuando

la concha de agua, hasta que se produjo un pulido perfecto; después se

puso á secar el tiesto á la sombra.

A veces se cuece la loza así preparada en grandes hornos construídos

para el objeto; pero la mayor parte de las veces sirven para este fin

los hoyos que quedan en los cerros donde se ha excavado la arcilla, ó

más bien donde se la ha escarbado á mano.

La leña que se usa principalmente para estos sencillos hornos es la

espinela, arbusto distinto del espino, que es la leña común del país,

y cuyas flores son sumamente aromáticas. La espinela tiene más bien la

apariencia de una coronilla espinosa, y se dice que de las maderas del

país es la que da el fuego más ardiente.

La alfarería de aquí produce sólo utensilios muy ordinarios; pero he

visto algunos jarros de Melipilla y de Penco, que por su forma y su

acabado trabajo podrían pasar por etruscos, que se venden á veces á

precios tan elevados como el de 50 pesos y que se usan para guardar

agua. Los adornan con listas y varios dibujos blancos y rojos donde

el terreno es negro, y donde la tierra es roja ó café los adornan con

blanco y negro.

Los adornos de algunos jarros rojos son de una substancia brillante que

tiene el aspecto de un polvo de oro, y que creo es greda que contiene

piritas de hierro; muchos tienen cabezas grotescas, con imitaciones de

brazos humanos á modo de asas; pero no he encontrado ninguna vasija

chilena con otras decoraciones en relieve fuera de las imitaciones de

brazos y cabezas.

Es imposible imaginarse un grado mayor de pobreza que el que se exhibe

en las viviendas de los loceros de la Rinconada. Algunos, sin embargo,

tienen un lecho decente: unas cuantas estacas enterradas en el suelo

y entrelazadas por correas forman el catre, un colchón de lana, y

donde hay mujeres industriosas, unas sábanas de algodón ordinario y

una gruesa sobre-cama tejida proporcionan un sitio de descanso nada

despreciable para el marido y la mujer, ó más bien dicho, para la

mujer, porque, según creo, los hombres pasan la mayor parte de la noche

durmiendo al aire libre, envueltos en sus ponchos, como es costumbre en

el país.

A los niños se les cuelga en pequeñas hamacas de cuero, amarradas á las

vigas del techo, y los demás niños y parientes duermen como pueden,

tendidos en el suelo sobre unos cueros y envueltos en sus ponchos. En

uno de los ranchos no había una cama; todo el mobiliario consistía

en dos baúles de cuero, y ahí dormían once habitantes, incluso dos

mellizos de corta edad, sin padre ni hombre alguno que los protegiera.

La natural bondad y sencillez de carácter de la gente de Chile

la preserva de los vicios y, por lo menos á las mujeres, de la

desvergüenza que habría exhibido en Europa una familia semejante á la

que yo he visto aquí.

Mi instructora era casada, y su casa era más decente; tenía una cama,

había un banco de barro y además tenía algunos útiles de industria

femenina: la rueca y el huso y agujas de tejer, hechas con espinas

de los grandes quiscos de Coquimbo, donde crecen hasta de nueve

pulgadas de largo. Jamás he visto un caserío más miserable que el de la

Rinconada.

Sus habitantes, sin embargo, me hacían notar la hermosa vista de que

gozan entre el Océano y los Andes cubiertos de nieve, y ponderaban el

placer de dar un paseo por los cerros en la tarde de un día de fiesta;

mostrábanme su estero, de suave y tranquila corriente, y sus viejas

higueras, invitándome á volver “cuando los higos estuviesen maduros

y las flores se miraran en el estero”. Me avergoncé de las frases de

compasión que se me habían escapado. Si no puedo mejorar su condición,

¿á qué despertar en ellos el sentimiento de su miseria?

Me retiré de la Rinconada, y en vez de seguir directamente por el

Almendral, me fuí por el cerro hasta el caserío llamado Pocuro, donde

encontré viviendas de mejores condiciones, muchas de las cuales tenían

su huertecito con cerezos y manzanos y algunas hortalizas y flores. En

el corredor de una de ellas, una mujer tejía un paño azul, muy basto.

La operación es fastidiosa, porque no se conocen el telar fijo ni la

lanzadera, y fuera del tejido de las esterillas de cerda entre los

árabes, no concibo que en parte alguna del mundo se practique esta

operación de una manera más primitiva é inconveniente. A un extremo de

Pocuro, un carnicero inglés ha edificado una casa, que aquí hace el

efecto de un palacio, con gran admiración de los vecinos.

Algo más arriba, en una meseta que está á unos 80 ó 100 pies sobre

la ciudad, está el nuevo cementerio ó panteón; el gobierno ha tomado

algunas medidas muy prudentes para evitar que se continúen haciendo

inhumaciones en la ciudad ó en sus alrededores. Sin embargo, las

preocupaciones que se aferran al antiguo cementerio, no permiten que

se ocupe el nuevo conforme á la intención de sus fundadores. Separado

de él solamente por una muralla se halla el sitio que la superstición

católico-romana ha asignado por fin á los herejes para sus sepulturas,

más bien dicho, que se ha permitido que compren los herejes.

Hasta hace poco, todo aquel que no tenía permiso para ser sepultado en

los fuertes, donde podía quedar resguardado, prefería ser conducido

al mar y ser sepultado allí en las aguas; muchos casos ocurrieron de

herejes sepultados en la playa, que los fanáticos del pueblo exhumaron

después, dejando expuestos los restos á las aves y animales de rapiña.

Este sitio de reposo se halla en medio de una hermosa situación; algo

elevado sobre plan, rodeado de cerros, mira hacia el Océano á través

de huertos y olivares; si es verdad que los espíritus rondan sobre sus

despojos mortales, aquí, por lo menos, se verán rodeados de “formas y

vistas deliciosas”.

Era ya la hora del crepúsculo antes de que yo llegara á mi casa, y

la tarde se había puesto fría y el cielo encapotado; en mi solitaria

vivienda, me senté y me puse á pensar en las esperanzas y deseos que

había abrigado cuando salí de Inglaterra, y casi llegué á dudar si no

había pasado ya los límites de la vida; felizmente, tales reflexiones

no pueden durar nunca largo rato.

El curso ordinario de la existencia no pasa tan suavemente que á

cada vuelta no nos despierte á la conciencia de las cosas alguna

interrupción; y así, me desperté para dedicarme á mi diaria tarea de

estudio y de escribir las ocurrencias del día.

Muchas veces he pensado que una colección de memorias fidedignas darían

mejor material á un filósofo para sus especulaciones que todas las

disquisiciones de aparato que se han escrito hasta ahora. Hay días en

que nos vemos felices y llenos de actividad, que apenas si permiten

también á la inteligencia preocupada unas cuantas anotaciones breves

y concisas; otros hay en que la vanidad y el amor propio que todos

sentimos más ó menos cuando escribimos un Diario, llenan las páginas de

necedades artificiosas, y otros hay todavía en que unas cuantas frases

breves dejan transparentar un estado de ánimo que se necesita valor

para exhibirlo á los ojos de un extraño.

La copia de un Diario tiene menos carácter: puede ser igualmente

verídico y dar una relación mejor de los países recorridos, por lo

mismo que es más razonado y más cuidado; pero al copiarlo, pueden

despertarse en el escritor asociaciones que lo lleven á contemplar

otras miras, á discurrir con otros sentimientos sobre los mismos

sucesos.

Y aunque no haya variaciones de intento, cierto temor hará que se

disimulen algunos rasgos del carácter, y que otros se supriman, aunque

sea por modestia; y hay sentimientos respecto de otras personas que no

podemos menos que borrarlos del manuscrito: sin embargo, el Diario es

verídico; verídico en cuanto á la naturaleza de las cosas y en cuanto á

los hechos, y más verdadero por fin en cuanto á los buenos sentimientos

que los que dictaron en algunas ocasiones las líneas de tedio y de

sufrimiento. Esta veracidad es la que me comprometo á observar en las

páginas de mi Diario.

No puedo dar más y así confío en que no me pedirán más.

_Junio 2._--La mañana está lluviosa y hace frío, á pesar de que el

termómetro no baja de los 50 grados Fahrenheit. Mientras estaba

almorzando entró uno de mis vecinitos, á toda carrera, gritando:

“¡Señora, ya llegó, ya llegó!--¿Quién llegó, hijo?--El almirante,

nuestro grande y querido almirante, y si usted se acerca al balcón verá

las banderas en el Almendrado.”

Con esta noticia me asomé y vi la bandera izada en todas las puertas:

en la bahía había también dos buques más que el día antes. La

_O’Higgins_ y la _Valdivia_ habían arribado durante la noche y todos

los habitantes del puerto y de los alrededores se habían dado prisa á

desplegar sus banderas y celebrar el feliz regreso de lord Cochrane.

Su arribo me complace, no sólo porque necesito verle, considerándole

aquí mi natural amigo, sino porque creo que él tendrá influencia

bastante para enmendar algunas cosas y prevenir otras; que, mucho me

temo que influyan perjudicialmente sobre el naciente Estado de Chile

y quizás sobre la causa general de la independencia sur-americana, si

no se cuenta con una influencia parecida. Durante algún tiempo después

de mi llegada no me he sentido con la inteligencia bastante libre para

prestar ningún grado de interés al estado político del país, á pesar de

estar pendiente de una medida de tal importancia.

En el nuevo orden de cosas después de la batalla de Chacabuco habíase

elegido á don Bernardo O’Higgins para presidir la nación, con el título

de Supremo Director de Chile, designándole un Senado compuesto de

respetables ciudadanos para asesorarlo, y adoptándose una constitución

provisoria.

Las leyes del país continuaron siendo las mismas que dejaron los

españoles. La constitución, sin embargo, daba á todos los mismos

derechos, abolía la esclavitud, limitaba los derechos de los

mayorazgos, disminuía el poder y la renta de la Iglesia, y adoptaba la

ordenanza naval inglesa para el régimen del servicio marítimo.

Pero tres años y medio de paz interna y de triunfos en lejanas

expediciones habían permitido á las provincias del Norte de Chile,

y particularmente á la capital, ver y sentir los inconvenientes de

la actual forma de gobierno, que en un principio fué en el hecho

una oligarquía despótica, cuyo poder, por la ausencia y división de

los miembros del Senado, que estaban disgustados por la oposición

que encontraron á un proyecto para declarar sus cargos perpetuos y

hereditarios, había venido á parar por entero en manos del Supremo

Director, que si hubiera tenido un destello de ambición vulgar, podía

haberse hecho señor absoluto.

Es raro que un soldado afortunado como O’Higgins tenga la sensatez de

ver el peligro del poder absoluto y el buen sentido de evitarlo; él,

sin embargo, posee ambas cualidades, y disuelto el Senado, ha convocado

una asamblea deliberante con el objeto de formar una constitución

permanente. Sus miembros serán designados por él y por consejo privado

de entre los habitantes más respetables de cada municipalidad.

Esta asamblea debe proponer los medios para formar y asegurar la

representación nacional, y mientras tal representación pueda reunirse y

se constituya en cuerpo legislativo, el poder ejecutivo continuará en

manos del Director por unos tres meses á lo menos.

Si semejante asamblea cumpliera honradamente su deber, nada habría más

sabio que esta medida. Pero escogida por el ejecutivo, y por lo tanto

naturalmente inclinada á su favor, me parece que toda la dificultad

estriba en obtener por medio de tal asamblea un gobierno efectivamente

representativo; más atinado hubiera sido, y dada la constitución del

gobierno, por cierto más legal, haber dictado un decreto para que desde

luego cada ciudad eligiera sus representantes.

El número de éstos iría naturalmente aumentando á medida que se

incrementara la población del país y mejorara su cultura, de modo que

el gobierno fuera desarrollándose conforme á las necesidades de la

población.

Tengo bastante experiencia para no sentirme recelosa de las

constituciones que se hacen á la carrera y especialmente de ver

súbitamente aplicada á una nación incipiente como ésta una constitución

adecuada á los hábitos de otros pueblos de una civilización superior.

Cuanto más simple sea una cosa así, tanto mejor; es probable que el

Director y un Senado ó el Director y un alcalde por cada ciudad, que

serían removidos anualmente, y que equivaldrían á los consejos de los

primitivos reyes ó patriarcas, se adaptaría por muchos años á ese

estado social más bien que ninguna otra complicada forma de legislatura.

A este consejo habría de llamarse, naturalmente, á los jefes del

ejército y de la armada. Con una población tan limitada serían no

sólo inútiles sino perjudiciales otras corporaciones encargadas de

regular los diferentes ramos del gobierno. Ni los hombres ni el dinero

pueden economizarse para un objeto semejante, y respondería á todas las

necesidades un solo jefe competente para cada departamento.

Aquí donde tan pocos han recibido una educación aparente para servir

de legisladores, los abogados y el clero tienen que actuar en una

proporción desmedida respecto de los demás.

Por la ciudad marítima de Valparaíso se ha elegido un sacerdote, y

los comerciantes que ocupan los demás lugares, con unos tres ó cuatro

militares, sin que haya un solo representante de la armada, son hombres

cuyas miras se hallan limitadas por sus mezquinas especulaciones, y de

quienes en vano se esperaría ningún procedimiento ilustrado, por mejor

intención que tengan.

Tengo interés por el carácter de este pueblo y abrigo los mejores

deseos por la noble causa de la independencia: que las colonias

sur-americanas logren asegurarla de una vez, y la libertad civil con

todas las bondades que de ellas se derivan irán llegando á su tiempo.

Pero he pasado escribiendo toda la mañana y me he dejado llevar

por pensamientos semejantes á los de los singulares habitantes del

Pandemonium de Milton. ¿Qué me importan estados y gobiernos á mí que

el sufrimiento me hace vivir en tierra extraña y que puedo decir con

experiencia cuán poco influyen en los sufrimientos del corazón humano

los reyes y las leyes?

_Junio 6._--Hoy día se celebró la fiesta del _Corpus_ y fuí á la

iglesia matriz con mi amiga la señora Campbell á oír predicar á su

hermano don Mariano de Escalada. Salimos á las nueve de la mañana; ella

se había quitado su traje á la francesa y adoptó el traje español;

yo tuve que hacer lo mismo y hube de ponerme mantilla en lugar de

sombrero, porque ese es el traje que se usa para ir á la iglesia.

Un niño nos seguía llevando un libro de misa y una alfombra para

arrodillarnos. La iglesia, como todos los demás edificios de aquí,

presenta por fuera un aspecto miserable, pero en el interior está

suntuosamente decorada; naturalmente, la Virgen estaba vestida de

blanco, con una aureola y con guarniciones de plata, rodeada de espejos

y sostenida de las manos por San Pedro y San Pablo; el primero con una

casaca de encajes y el segundo con un vestido tallado en el mismo trozo

de madera que compone su graciosa persona.

Como iba á haber una procesión en que el gobernador debía ir á la

cabeza como la persona principal, hubimos de esperar su llegada hasta

las once del día para que comenzara el servicio; de este modo tuve

tiempo suficiente para examinar la iglesia, los santos y las señoras;

éstas, generalmente hablando, eran muy buenas mozas y estaban muy

graciosamente vestidas con sus mantillas y con el cabello dividido en

trenzas.

Por fin llegó el grande hombre que, según se susurraba, había estado

en conferencia con el almirante para transmitirle á él, á los

capitanes y demás oficiales los agradecimientos del gobierno por sus

servicios. Pero los murmullos se acallaron y comenzó su plática el

joven predicador. El sermón, como era natural, era de ocasión; habló

con muy buen lenguaje de la libertad moral que confería la dispensación

cristiana, de la cual no había mucha distancia á la libertad política;

pero el argumento fué manejado con tanto decoro que nadie podía

ofenderse, y aun también recomendado con tanta fuerza que debe haber

convencido á muchos.

El sermón me agradó bastante, y me disgustó ver que lo sucedía la

ceremonia de besar un relicario, que pareció no ser muy del gusto

de Zenteno, á juzgar por el gesto de inefable desdén que le hizo al

pobre sacerdote que se lo presentó. La procesión estaba ya formada, y

entonces, para no vernos envueltos en ella, salimos apresuradamente

de la iglesia y fuimos á buscar un sitio desde donde observarla á la

distancia.

Cuando vi aparecer la diminuta procesión, porque era bien poco

numerosa, á pesar de formarla todos los dignatarios municipales

y militares que pudieron reunirse, no pude dejar de recordar el

espléndido espectáculo que presencié tres años ha en el día de _Corpus

Domini_, en Roma, y de pensar cómo, en ambos casos, las formas del

culto hacen desmerecer la idea del poder de la divinidad, y cuánta

distancia hay de esto á la fe que adora á Dios en espíritu y en verdad.

En el mar se desarrolla, sin embargo, una parte interesante del

espectáculo: unos 150 botes y canoas, adornadas con los colores

nacionales, van remando por la bahía, quemando cohetes y deteniéndose

delante de cada iglesia y de cada caleta de pescadores para entonar un

himno.

Después de acompañarlos cierto tiempo me fui á casa de Mr. Hoseason,

donde encontré á lord Cochrane. Noté que tenía mejor aspecto que cuando

lo vi la última vez en Inglaterra, por más que su vida de trabajos y

penurias no haya sido de lo más propicia para mejorar su aspecto.

He sentido entristecido mi corazón al pensar que mi país, al perder sus

servicios, ha procedido como el miserable etíope que arroja al fango

una perla que vale más que toda su especie junta.

Pero él hace cumplido honor á su patria sosteniendo la causa por la

cual ella siempre ha abogado, y espero que en el porvenir su nombre

habrá de figurar entre los de los genios tutelares de los chilenos.

Cuando llegó lord Cochrane de Lima, todo el mundo tenía ansiedad,

naturalmente, por saber qué pensaban él y los oficiales de la escuadra

acerca del Protectorado del Perú. Su señoría no ha dicho ni una palabra

respecto á la conducta de San Martín; los oficiales, sin embargo, no

son tan discretos: unánimemente presentan al actual gobierno del Perú

como lo más despótico y tiránico; que repetidas veces se mancha con

crueldades que hacen recordar no sólo las arbitrariedades de los más

grandes tiranos militares, sino más bien los frenéticos actos del czar

Pablo.

Tengo una carta de un oficial de la _Doris_, en la cual se refiere que

una respetable y anciana señora de Lima que se permitió hablar con

demasiada libertad de San Martín fué condenada á ser expuesta durante

tres horas en la calle pública con un traje infamante, y que como sus

palabras eran las que habían ofendido, amordazáronla, empleando como

mordaza un hueso humano. Conducida á su casa cayó aniquilada por el

asco y murió.

Se halla actualmente en el puerto un buque, el _Milagro_, lleno de

prisioneros españoles á quienes San Martín había ofrecido seguridad y

protección para sus personas y propiedades. Después de haber adquirido

cartas de ciudadanía mediante el pago de la mitad de su fortuna, á fin

de obtener permiso para conservar el resto y poder retirarse de Lima,

fueron apresados, despojados de todo en el camino al Callao y arrojados

al fondo del buque-presidio; ahora se hallan en la bahía para ser

enviados con los demás prisioneros á Santiago. Su cautividad durará

probablemente toda la vida, porque sólo serán puestos en libertad

cuando España reconozca la independencia de sus colonias. Esta pobre

gente ha llegado careciendo hasta de lo más indispensable y se les ha

negado permiso para suplir á algunas de sus más premiosas necesidades;

pero lord Cochrane ha atendido á ello sin preocuparse de permiso

alguno. Ojalá pudiera inculcar en este puesto algunas de las prácticas

humanitarias que en Europa se acostumbran en la guerra.

Según se dice, en el _Milagro_ han venido dos agentes del gobierno

del Perú con el propósito de espiar el estado de las naves de lord

Cochrane, y probablemente para entrar en tratos con los oficiales y

hasta con el mismo gobierno para adquirirlos para el Perú. Se corre,

sin embargo, que sólo vienen como encargados de los prisioneros; puede

que sea así, pero ya la opinión está formada respecto á la honradez

del Protectorado del Perú.

El almirante se dispone para ir á Santiago á visitar al Director.

Espero que el gobierno querrá hacerle la justicia de atender á la

reparación de sus buques; le queda todavía mucho por hacer. Mientras

los realistas continúen haciéndose fuertes en Chiloé bajo las órdenes

de Quintanilla, siempre habrá allí un refugio y un centro para recibir

refuerzos de España; y si bien me parece imposible que estas provincias

vuelvan á verse unidas á la madre patria, los reveses y las miserias de

la guerra civil pueden prolongarse quién sabe cuánto. Por otra parte,

¿qué mejor defensa puede tener Chile para sus dilatadas costas que su

escuadra?

_8._--Fuí á hacerle una visita á la esposa de mi arrendador, que me

tenía muy convidada á ir á tomar mate con ella; pero hasta hoy me lo

impedía el temor de tener que usar la _bombilla_ ó tubo que sirve para

chupar el mate y que pasa por boca de toda la concurrencia. Me resolví,

sin embargo, á desechar esta preocupación y así dispuesta me dirigí esa

tarde á su casa.

El edificio tiene más ó menos la disposición de las casas semi-moriscas

que los españoles introdujeron en el país. Después de pasar un zaguán,

á cuyos lados hay varias tiendas con vista á la calle, que pertenecen á

distintos comerciantes, me encontré en un patio espacioso, al cual dan

las ventanas de la casa.

A continuación del costado de la entrada, hay una bodega que ocupa otro

costado; en los otros dos están las habitaciones, á juzgar por las

ventanas medio entornadas y con celosías.

En la antesala, los sirvientes estaban sentados, de ociosos, por

haber pasado ya el trabajo del día, y se entretenían en mirar hacia

el departamento de la familia, donde las mujeres, reclinadas en unos

cojines, dormitaban en el estrado, plataforma cubierta por un tapiz

(alfombra) que se levanta en uno de los costados de la pieza; al otro

lado estaban los hombres, con sombrero puesto, sentados en altas

sillas, fumando y escupiendo. A todo el largo de la muralla del estrado

se apoyaba un banco tapizado; invitáronme á sentarme allí y se pidió el

mate en seguida.

Una de las amigas de las señoras bajó entonces del estrado y se sentó

en el borde de la plataforma, delante de un ancho brasero lleno de

carbón encendido, en el cual había una tetera de cobre llena de agua

hirviendo. Pasáronsele á la que iba á preparar el mate los útiles

necesarios, y ella, después de cebar la taza con los ingredientes

acostumbrados, vertió sobre ellos el agua hirviendo, se llevó la

bombilla á los labios y después de chupar el mate me lo pasó á mí;

pasó largo rato antes de que pudiese atreverme á probar el hirviente

brebaje, que si bien más áspero que el té, es muy agradable.

En cuanto concluí mi taza, rellenáronla al instante y se la pasaron

á otra persona, y de esta manera se siguió hasta que todos se

hubieron servido; dos tazas con sus bombillas circularon entre toda

la concurrencia. Poco después del mate, se nos sirvieron bizcochos

azucarados, y por último un trago de agua fresca, con lo cual concluyó

la visita.

La gente que fui á visitar son tenderos de la mejor clase, dignificados

con el nombre de comerciantes, que tienen el mayorazgo de un pequeño

fundo cerca de la chacra donde resido.

Diario de su residencia en Chile (1822) y de su viaje al Brasil (1823) · 第 14 / 35 段