Las tiendas nacionales, si bien pequeñas, las encuentro generalmente

más aseadas que las de la América portuguesa. En ellas se encuentran

generalmente las sederías de China, Francia é Italia, los algodones

de colores de la Gran Bretaña, los rosarios, amuletos y vidrios de

Alemania. Los artículos del país rara vez se compran en las tiendas,

porque los pocos que se fabrican son sólo para el consumo doméstico.

Las tiendas francesas contienen una rica variedad de la misma clase de

artículos, y hay una modista francesa muy pasable, que con sus modales

y sonrisas tan artificiales, en comparación con la graciosa sencillez

de las jóvenes chilenas, no haría mala pareja con el maestro de baile

francés de Hogarth. Las tiendas inglesas son las más numerosas. La

mercería, la loza y los géneros de lana y algodón, son, naturalmente,

los artículos principales.

Es divertido observar la ingenuidad con que los artistas de Birminghan

se han amoldado á los rudimentarios gustos trasatlánticos. Los santos

de bulto, las vistosas tabaqueras de oropel, los adornos de lujo,

lo hacen á uno sonreír cuando los compara con la decente y elegante

sencillez que tienen estas cosas en Europa.

Los alemanes proporcionan la mayor parte de cristalería de uso

corriente, que es de mala calidad; pero lo mismo que los espejitos

alemanes, que se compran principalmente como ofrendas votivas en las

capillas, responden suficientemente á las necesidades del consumo

chileno; los abalorios, peines, juguetes y perfumes ordinarios se

encuentran también en las tiendas alemanas. Hay establecidos aquí

algunos artesanos alemanes, y se hace notar principalmente un herrero

mariscal, un tal Freit, cuya casita, hermosa y aseada, con su taller y

su jardín, es un excelente modelo para los chilenos que se levantan.

En todas las calles se ven colgando las muestras de sastres, zapateros,

talabarteros y posaderos ingleses; y la preponderancia del idioma

inglés sobre todas las demás lenguas que se hablan en la calle, lo

harían á uno creerse en una ciudad de la costa inglesa.

Los norte-americanos contribuyen en gran parte á esto: sus artículos,

que consisten en materiales corrientes, harina, galletas y provisiones

navales, los hacen necesariamente pasar ocupados más que cualquiera

otra gente. Los artículos más elegantes de París y Londres se despachan

generalmente sin abrirlos para Santiago, donde es naturalmente mayor la

demanda de artículos de puro lujo.

Es asombroso el número de pianos importados de Inglaterra. Casi no hay

casa en que no haya uno, y el gusto por la música es excesivo: muchas

jóvenes tocan con destreza y gusto, aunque pocas se dan el trabajo de

aprender por método, confiando enteramente en el oído.

En cuanto al mercado, no se ve en él la carne muy á menudo, por estar

el matadero fuera de la ciudad, en el Almendral, desde donde se

conducen las reses beneficiadas á las carnicerías, á lomo de caballo

ó en carreta. Las carnes de buey, de cordero y de chancho son todas

excelentes, pero el burdo método de cortarlas ofende la vista y el

gusto de un inglés.

Unos cuantos ingleses, sin embargo, han establecido carnicerías,

donde también se prepara carne salada, y uno de ellos ha hecho fundir

últimamente bujías tan finas como las de Inglaterra, lo que es un

positivo beneficio para el país. Las bujías comunes son verdaderamente

desagradables y costosas, hechas con sebo sin refinar ni blanquear y

con mechas groseras.

El mercado de pescado se surte con mucha deficiencia, por desidia, se

me ocurre, porque el pescado es abundante y de excelente calidad. Hay

algunos muy delicados, y uno de ellos, el congrio, es tan agradable

como la mejor trucha-salmón, á cuyo gusto se asemeja; pero la carne es

blanca, el pescado es largo, muy achatado hacia la cola y cubierto con

una piel amarmolada de bellos colores blanco y rojo.

Hay varias clases de excelentes pescados que los habitantes secan lo

mismo que los pescadores del Devonshire, siéndome desconocidos sus

nombres, tanto indígenas como ingleses. Hay uno que, comido fresco, es

tan bueno como el pez-gallo, al que se parece mucho exteriormente, pero

que pasadas unas cuantas horas ya no se puede comer. En Frezier puede

consultarse un buen catálogo de pescados.

Los mariscos son variados y muy buenos, particularmente una variedad

muy abundante, llamada loco, y unas jaivas admirables, de forma redonda.

De las provincias del Sur se trae con frecuencia una abundante variedad

de ostras, y las rocas de Quinteros proporcionan el pico, que es el

marisco más delicado, sin excepción, que he probado.

Las legumbres y frutas del mercado de Valparaíso son excelentes en su

clase, pero el estado de atraso en que se halla aquí la horticultura,

como tantas otras cosas, hace que dejen mucho que desear. Aquí las

frutas se dan, á pesar del descuido con que se las trata, y aun cuando

no estamos en la estación de las frutas frescas ó verdes, las manzanas,

las peras y las uvas, los duraznos y las cerezas secas, los higos y la

abundancia de naranjas, limones y membrillos, prueban que sólo hace

falta el cultivo para mejorar todas las frutas á perfección.

En cuanto á los vegetales de cocina, los primeros y mejores son las

papas, que son originarias de este suelo y de primera calidad. Hay

coles de toda especie, lechugas, inferiores sólo á las de Lambeth; unos

cuantos nabos y zanahorias, que recién comienzan á cultivarse aquí;

toda clase de calabazas y melones; cebollas que son una perfección,

y sus variedades de cebolletas, ajos y chalotas; para la estación me

han prometido coliflores, porotitos verdes, habas francesas, apio y

espárragos. Las habas francesas son, naturalmente, de lo mejor; granos

secos, hay los fréjoles, los faggioli de Italia y los haricots de

Francia.

En cuanto á las aves de corral son bastante buenas de por sí; pero un

pollero de Londres se sorprendería no poco ante el estado en que se

presentan al mercado. Todo se trae á mula ó á caballo á la ciudad.

Las frutas, en árguenas cuadradas, hechas de mimbre, ingeniosamente

trenzadas y tejidas, y las legumbres en una especie de cambuchos,

hechos también de mimbre, que en realidad sirve para casi todos los

objetos: canastos, cestas, cambuchos, puertas, pisos, bateas para

acarrear mezclas, en una palabra, todo se hace ocasionalmente con él.

Fuera de estos artículos de consumo ordinario, la gente del pueblo

expone en venta ponchos, sombreros, zapatos, tejidos groseros, útiles

de greda y algunas veces jarros de greda fina de Melipilla ó de Penco y

tacitas del mismo material para tomar _mate_.

El pueblo rodea los puestos con un aire de verdadera importancia,

fumando y retirándose algunas veces un poco al interior, donde el

sabroso olor que se exhala y el chisporroteo de la grasa hirviendo

hace saber á los transeuntes que allí pueden encontrar frituras dulces

y sabrosas; además no escasean las copas de vino ó aguardiente para

mejorar la merienda.

Pero el mayor regalo para la gente del mercado consiste en un surtidor

de excelente agua que cae á una tosca fuente de granito desde la boca

de un león horroroso empotrado en la muralla de la casa de gobierno,

más bien dicho, de la pequeña fortaleza que habita el gobernador. El

agua no escasea en los alrededores de Valparaíso, pero está muy mal

distribuida para servir á las necesidades domésticas y para la aguada

de los buques de la bahía. La fuente más ventajosa es un bonito y

abundante estero que va á desembocar en una punta de la bahía, pero

corre inmediato al hospital y hay, por lo tanto, cierta prevención

contra él. Además, he oído decir que este estero no tiene agua

constantemente. Hay además otro que no tiene este defecto, en el cual

se paga una pequeña suma por cada vasija, grande ó chica, que se llena,

y me parece que los buques de guerra ingleses llenan usualmente sus

estanques aquí.

De vuelta de mi excursión por las tiendas, pasé donde el boticario

(porque no hay aquí más que uno) para comprar un poco de azul, que con

gran sorpresa mía supe que sólo ahí podía procurarse. Su vista me hacía

pensar en un boticario del siglo XIV, porque es de un aspecto mucho más

anticuado que los que he visto en Francia y en Italia.

El hombre tiene cierto gusto por la historia natural, de manera que á

más de sus tarros de medicinas pasadas de moda, rotulados con signos

cabalísticos, confusamente revueltos con paquetes de medicinas de

patente de Londres, hierbas secas y sucias vasijas de greda, hay

cabezas de pescado y cueros de serpiente.

En un rincón se ve un gran cóndor arrancando la carne de los huesos de

un cordero; en otro, un monstruoso carnero que tiene una pata de más,

que le nace en la frente; y hay gatos, papagallos, pollos, etc.; todo

junto produce una combinación de antiguo polvo y de reciente mugre

que excede por mucho á cuanto he visto. “Inglaterra, con todas tus

faltas, siempre te quiero”, decía Cowper en su casa, y lord Byron en

Calais. Por mi parte, creo que si cualquiera de ellos hubiera estado en

Valparaíso, habría olvidado que hubiera faltas en Inglaterra.

Es muy lindo, muy encantador leer relaciones de deliciosos climas

y de arboledas de mirto y de habitantes inocentes y sencillos que

tienen pocas necesidades; pero como el hombre es un animal nacido con

disposiciones sociales y de adelanto, es realmente muy desagradable

tener que dar sus pasos retrogradando á un estado que hace menospreciar

las bendiciones del clima y que se encuentre menos bienestar en un

palacio de Chile que en la choza de un labrador en Escocia. Bien dice

el Espíritu: “No es bueno para el hombre vivir solo. Mientras yo tenía

otro ser con quien comunicarme, yo siempre veía el lado más hermoso de

toda escena; pero ahora sospecho que va creciendo en mí esa presunción

que mira con frialdad ó disgusto todas las cosas que no se conforman á

mis propios gustos ó ideas y que sólo ve las tristes realidades de las

cosas.” La poesía de la vida no está en todo, y comienzo á sentir que

las pinturas de Crabbe son más verídicas que las de lord Byron.

_Domingo 27 de Mayo._--Tentada por la belleza del día y por el deseo

de ver nuevamente algunos árboles rústicos, porque á las inmediaciones

de Valparaíso no hay más que árboles frutales, resolví dar un paseo á

caballo é invitar á mi criada á lo mismo. La dificultad consistía en

obtener montura para ella, porque yo tenía solamente una silla. Sin

embargo, ella se acomodó en una albarda de las que usan las mujeres del

país para cabalgar en lo que llamaríamos el anca del caballo, y nos

metimos resueltamente por la Zorra ó Sierra que espaldea la ciudad.

Seguimos unas cuantas millas en el camino de Santiago, y entonces nos

internamos en un delicioso valle llamado el “Cajón de las Palmas”, que

es parte de la hacienda del mismo nombre que depende de la Merced.

Durante la primera media milla bajamos una escarpada colina, que no

ofrecía otras hierbas y arbustos que los que habíamos dejado en el

camino real; pero cuando llegamos á un hermoso esterito que salta de

piedra en piedra, ora formando cascadas de miniatura, ora pequeños

lagos entre el espeso pastito, nos encontramos con arbustos de mayor

crecimiento; y mientras nos emboscábamos en medio de ellos, la

fragancia que exhalaban sus hojas me traían al pensamiento el recuerdo

de las enramadas que describe Milton en el _Paraíso perdido_.

Las variedades de laurel y arrayán son de las más notables, y hay gran

abundancia de otros árboles y arbustos, cuyas hojas, en su mayor parte,

despiden un delicado aroma al restregarlas.

Uno de los más grandes y más hermosos es el canelo, ó falso cinamomo,

que se usa en medicina, tanto por los españoles como por los indios, y

cuyas propiedades son muy parecidas á las del verdadero cinamomo del

Oriente.

Es además un árbol de interés en lo que se relaciona con la historia y

las supersticiones de los indígenas. A su sombra los indios de Chile

ofrecían los sacrificios á sus divinidades é invocaban á Pillan, el

supremo juez; creo que todavía lo veneran algunas tribus indígenas.

Mojan las ramas de este árbol en la sangre de los sacrificios y con

ellas rocian y consagran los sitios de reunión; además se usan las

mismas ramas como señales de paz y, en consecuencia, les son dadas

á los embajadores para la celebración de los tratados. Hace aquí el

canelo el papel que entre los druídas hacía la encina, y su belleza, su

fragancia y su extendida sombra le compensan en agrado lo que le falta

de la grandeza del rey de los árboles.

Después de andar á caballo algún tiempo, parte por el lecho del

río, parte por sus suaves márgenes, llenas de verdura y en medio de

fragantes arboledas, llegamos á un claro donde unas tres ó cuatro

pintorescas viviendas, con jardines y algunos sembrados ocupaban un

plancito rodeado de montañas escarpadas y boscosas, donde por primera

vez se nos presentan las palmas que dan el nombre al valle.

Las huertas son bastante extensas, pero están casi enteramente

plantadas de frutillas. Actualmente se están arando los campos, y el

ganado pasta en los cerros vecinos; dos ó tres palmas se levantan en

medio de las huertas de árboles frutales que rodean los jardincitos.

Son diferentes de todas las demás variedades que he visto, y producen

una nuez de la forma de la avellana, pero mucho más grande, la almendra

se parece á la del coco y como ésta es lechosa cuando nueva, la hoja

es más ancha, más gruesa y más rica que la palma cocotera y además es

más aparente para techar con ellas, á cuyo uso la destina comúnmente

aquí, recibiendo el nombre de “palma tejera”; las hojas inferiores

se cortan todos los años y no se dejan más de unas dos ó tres de las

superiores. Por este medio el derecho y elevado tronco se ve coronado

por un capitel muy singular antes de que se ramifiquen las hojas, tan

parecido á algunos de los capiteles de las ruinas del antiguo Egipto,

que no podía dejar de imaginarme que contemplaba el modelo de su sólida

y elegante arquitectura.

Esta palma difiere considerablemente de todas las que he visto en el

mundo.

La altura de las que he visto más crecidas es de cincuenta á sesenta

pies, y como á los dos tercios de esa altura el tronco se angosta

considerablemente. La corteza se compone de anillos circulares nudosos

y castaños; el tronco es siempre muy derecho y excede en circunferencia

á todas las palmas que he conocido, excepto el “drago”; la envoltura

que contiene la flor es tan grande que los campesinos la usan para

guardar varios artículos domésticos, y tiene una forma tan exactamente

igual á las canoas de la costa que me parece que ha servido de modelo

para su construcción.

No he visto la flor; pero como casi todas las de la especie, las flores

hembras y machos se producen en diferentes plantas; los indígenas

respetan más los árboles con cocos, cuyas hojas no cortan, ó por lo

menos no pelan tanto como lo hacen con las plantas estériles.

Cuando el árbol llega á viejo, esto es, cuando se calcula que ha

visto pasar unos ciento cincuenta años, los habitantes lo cortan y,

aplicándole fuego, se le hace destilar un rico jugo que llaman aquí

miel, que tiene un gusto entre el de la miel de abejas y el de la más

fina almíbar. La cantidad que produce cada árbol se vende en 200 pesos.

Algunas otras variedades de palmas que conozco producen una especie de

azúcar.

El dátil es uno de ellos, pero recuerdo que en las Indias Orientales

se acostumbraba barrenarlos. Intento insinuarle á algunos de mis

amigos que prueben con este árbol si, como el verdadero cocotero y el

“palmetto” de Adamson, y las cycas ó toddapana, soporta el barrenaje

por medio del cual se destila el excelente arrack de las Indias

Orientales. Pedro Ordóñez de Ceballos dice que los indios lo llaman

maguey y hacen de él miel, vino, vinagre, tejidos, cuerdas y techos.

Después de detenernos algún tiempo, junto al primer grupo de palmeras,

continuamos á caballo por el cajón, siguiendo el curso del estero,

que á veces se desliza por un suave valle y otras entre montañas tan

escarpadas que el sol á medio día no da en sus profundidades, donde los

arbustos brillan todavía á esa hora con el rocío.

Cuando volvíamos, encontramos el primer piño de ovejas que he visto

aquí. Son más bien chicas, la lana es delgada y fina, su valor actual

es de dos á tres y hasta cuatro reales por las más finas, no excediendo

el precio de siete reales; me es grato decir que durante mi excursión á

caballo vi varios campos que estaban en preparación para dedicarlos al

cultivo; da pena ver tanta tierra fértil perdida aquí por la escasez de

brazos.

Creo que toda la población de las provincias de Chile no alcanza á

igualar á la de Londres. Pero sería todavía muy prematuro un juicio

sobre estas cosas. Tales como son, me inclino á tener una alta idea del

carácter y disposición de los chilenos. Son francos, alegres, dóciles y

valientes, y con seguridad estas cualidades les servirán para formar un

hermoso pueblo, una nación que será algo.

_Mayo 30._--Hoy comí en el puerto con mis buenos amigos, el cónsul

americano, Mr. Hogan, su esposa é hija, el capitán Guise, que

perteneció hasta hace poco á la armada chilena, junto con sus

acompañantes el doctor... y Mr... El capitán Guise estuvo sumamente

cortés conmigo y parece ser un hombre muy caballeroso. No dudo que en

el servicio los conocimientos técnicos y profesionales del doctor...

y de Mr... han sido de infinita utilidad, y que hasta cierto grado

tienen derecho á la gratitud de todos los que aman la causa de la

independencia; pero ni poseen la altura de miras necesaria para

dirigir á los hombres y tener influencia en los consejos, ni tino para

dejarse guiar por otros. En una palabra, sólo puedo considerarlos como

aventureros que han tenido por único objetivo acumular fortuna en estas

ricas provincias, sin tener ni la filantropía ni las caballerosas

miras que han acompañado á las esperanzas de ventajas personales en

la mente de muchos de sus compañeros de labor en la gran lucha por la

independencia.

Es natural que el despecho sea consiguiente á los que han tenido miras

tan limitadas. El oro y la plata por sí solos no sirven para hacer

ricos á los individuos, y las naciones que no tienen otra cosa pueden

considerarse pobres. De aquí es que Chile y el Perú, que sólo tienen

dinero y no cosas de valor, están muy distantes de poder recompensar

convenientemente á sus servidores extranjeros, y que todo lo que podía

racionalmente anticipárseles eran las precarias probabilidades de las

presas españolas.

Tengo la convicción de que las divisiones que, según he oído, se han

producido en la escuadra, han tenido su origen en el despecho de

expectativas demasiado exageradas; salvo el caso, y me avergüenzo de

pensarlo, de que algunos oficiales ingleses esperasen que sus servicios

en Chile fueran únicamente una especie de piratería autorizada, en que

cada uno sería dueño de su buque y de sus acciones sin someterse á

reglamento ni subordinación alguna.

Pero el gobierno previó sabiamente el peligro, y adoptó el Código Naval

inglés y estableció una rígida subordinación. Confió el supremo comando

en manos expertas, firmes y honorables, y me es grato confiar en que

los beneficios de esta sensata medida se harán sentir permanentemente.

Por cartas recibidas hoy de Lima, parece que lord Cochrane no ha bajado

á la playa peruana, que permanece en la bahía del Callao con sus

cañones cargados, y que habremos de esperarlo aquí por algún tiempo

todavía.

Hoy tuve oportunidad de observar con qué poco cuidado hacen algunos

hombres cultos sus observaciones en países extranjeros sobre materias

que son de su diario conocimiento.

Durante la comida un médico mencionaba las cualidades medicinales del

culen (_Cytisus arboreus_), agregando que valía la pena introducirlo

en Chile y hacer, por lo menos, algunas plantaciones en las vecindades

de Valparaíso, á fin de cultivarlo para la exportación. Como recién

llegada, tuve cierto temor de adelantar que la gente del pueblo me

había mostrado una planta que llamaba culen; y cuando me aventuré á

decírselo, este señor me contestó que no podía ser, porque nunca había

oído hablar aquí de tal planta.

Cuando volví á casa, me dirigí á la quebrada, donde encontré las rocas

de ambos lados cubiertas del mejor culen, no siendo escasa la especie

inferior que crece á más altura.

Y sin embargo, este es un hombre culto y que ha residido algunos años

en el país. El mismo culen es muy agradable como té y se dice que posee

cualidades anti-escorbúticas y anti-febriles; el olor de sus hojas

es muy agradable, y de los pedúnculos sale una goma dulce que los

zapateros emplean en lugar de cera; las hojas frescas hechas emplasto

con un poco de manteca de chancho se aplican con buen resultado en las

heridas recientes.

Los errores respecto del culen me ha traído á la memoria el admirable

cuento de las _Tardes del Hogar_, de Mrs. Barbauld, _Los ojos que

no ven_. Cuánto debemos á esta excelente mujer, qué tanto talento y

gusto tenía para dar agrado á los primeros pasos de los jóvenes en

la literatura, y que desdeñaba la fama con tal de hacerles un bien

encaminándolos por la senda de la verdadera investigación.

Siento orgullo de pertenecer al sexo y á la nación que ha de producir

nombres acreedores al respeto y al afecto de nuestros semejantes

mientras sigan cultivándose la virtud y las letras.

Mientras haya padres que enseñen é hijos que enseñar, ningún padre,

ninguna madre oirá con indiferencia los nombres de Barbauld, Trimmer ó

Edgeworth. Hasta en este lejano país serán admirados. Está asentada la

primera piedra: se han establecido escuelas, y sus obras están prontas

para formar é ilustrar á los hijos de otro hemisferio y otro idioma.

_Viernes 31 de Mayo._--Hoy me he dado un paseo, que proyectaba

desde varios días, por una obscura porción del Almendral llamada la

Rinconada, supongo que á causa de encontrarse en un ángulo que forman

dos cerros. Mi objeto al ir allí era ver la manufactura de alfarería

que suponía que existiera en ese punto, porque me habían dicho que ahí

era donde se fabricaban las ollas para la cocina y los cántaros para

acarrear agua, las lámparas y los braseros de greda.

Pasada la calle derecha del Almendral, un poco más allá del estero que

la separa de mi cerro, entré en una callejuela por el medio de la cual

corre un estero que baja de los cerros de detrás de la Rinconada y que

después de ser subdividido é internado en diversos jardines y chacras

llega muy mermado á su cauce de los arenales del Almendral, donde se

pierde.

Siguiendo por esa dirección, encontré la Rinconada, que está á alguna

distancia de unas murallas ruinosas que se extienden desde el pie de

los cerros hasta el mar y que en otro tiempo estuvieron destinadas

á la defensa del puerto por ese lado: ahora no sirven para nada. En

vano miré á mi alrededor tratando de descubrir alguna construcción

bastante grande que sirviera de fábrica ó bien que contuviera los

hornos necesarios para cocer loza; con todo, pasé por delante de varias

chozas en cuyas puertas había en venta fuentes y cántaros, por lo que

deduje que serían las viviendas de los trabajadores de clase inferior.

Sin embargo, adelantándome un poco más lejos, me convencí que no había

esperanzas de encontrar ninguna manufactura regular, nada de división

del trabajo ni de maquinaria, ni siquiera la rueda del alfarero;

nada, en fin, de los auxilios de la industria que me parecían casi

indispensables para un trabajo tan artificial como la preparación de la

loza de barro.

A la puerta de uno de los ranchos más pobres, hecho únicamente de ramas

y cubierto con totora, y que tenía un cuero á guisa de puerta, estaba

sentada una familia de loceros. Trabajaban sentados en unos cueros

de carnero, extendidos bajo la sombra de una pequeña enramada verde.

Delante tenían una masa de arcilla recién compuesta, y cada cual, según

sus años y su capacidad, iba haciendo cántaros, platos y fuentes. Sólo

las mujeres hacen estos trabajos pequeños, y, según me parece, ningún

hombre consentiría en hacerlos; ellos hacen las grandes tinajas de

Melipilla para el vino, etc.

Como el medio más corto para aprender algo es mezclarse desde luego

con las personas cuyo oficio deseamos aprender, me senté en uno de

los cueros y comencé á trabajar con empeño, imitando como podía á una

muchacha que estaba haciendo una fuentecita sencilla.

Diario de su residencia en Chile (1822) y de su viaje al Brasil (1823) · 第 13 / 35 段