á recibirme, manifestándome la mayor amabilidad. Uno de los niños
corrió en busca de su madre, el otro fué á coger un manojo de flores
para mí, y Juanita me condujo á la casa, obsequiándome unos hermosos
claveles. Del jardín pasamos inmediatamente á la sala, donde conforme
á la costumbre, una estrecha ventana enrejada dejaba pasar una luz muy
escasa.
Al lado de la ventana, un largo banco cubierto con una especie de
grosero tapiz de Turquía, hecho aquí, ocupa casi todo el largo de la
pieza, y adelante hay una plataforma de madera, que llaman _estrado_,
que se levanta unas seis pulgadas del suelo y tiene cerca de cinco pies
de ancho, cubierto con un tapiz de la misma clase; el resto del piso es
de ladrillos pelados.
Una hilera de sillas de respaldo alto ocupa el costado opuesto de la
pieza. En una mesa que hay en un rincón veo una curiosidad religiosa,
como para niños, cubierto bajo un fanal de vidrio, es un pequeño
Jesús, de cera, de una pulgada, que retoza en las faldas de una Virgen
de cera, rodeados por José, los bueyes y los asnos, todo del mismo
material, y decorado con musgo y conchillas!
Al lado observo un jarrón con flores muy hermosas, dos utensilios de
plata, de formas muy bonitas, que tomo al principio por accesorios
religiosos, después por tinteros y que, finalmente, descubro que uno es
el cenicero en que las jóvenes queman pastillas olorosas para perfumar
sus pañuelos y sus mantos, y el otro es la taza que sirve para contener
la infusión de hierba del Paraguay, que llaman _mate_ comúnmente, y que
todo el mundo bebe, ó más bien dicho, chupa aquí.
La hierba tiene el aspecto de hojas secas de sen; se pone una corta
cantidad en la tacita, con un poco de azúcar, y á veces con una
cascarita de limón, se le echa el agua hirviendo, y al instante se
chupa por medio de un tubo de unas seis pulgadas de largo. Este es el
gran lujo de los chilenos, tanto hombres como mujeres.
Lo primero, en la mañana, es un mate; lo primero, después de la siesta
de la tarde, es también un mate. Todavía no le he probado, y me halaga
muy poco la idea de usar el mismo tubo de que se ha servido una docena
de personas.
Me impresionó mucho la presencia de mi venerable vecina, que aunque
encorvada por los años no presenta otras señales de enfermedad; su
paso es rápido y ligero, y en sus grises ojos chispea la inteligencia.
Siguiendo la costumbre del país, lleva descubiertos sus cabellos
plateados, que le cuelgan por la espalda en una gruesa trenza; usa
una camisa de hilo, recogida muy arriba del pecho y cuyas mangas le
llegan hasta las muñecas; la enagua es de un género de lana blanca, y
el vestido, de lana de color, es una especie de chaqueta cerrada, á la
cual va unida una pollera llena de plegados y adornada con una doble
corrida de botones al frente.
Un rosario le cuelga sobre las faldas, y lleva siempre puesto el
manto ó el pañuelo, que las demás se ponen solamente cuando tienen
que salir á la calle ó hace mal tiempo. El vestido de la nieta no se
diferencia mucho del de una francesa, sólo que el manto hace inútiles
los sombreros, cofias y capotas.
Las jóvenes, sea que se arreglen el pelo con peinetas ó que lo dejen
colgando en trenzas, son muy amigas de adornarse con flores naturales,
y es muy común verlas con una rosa ó un junquillo prendido detrás de la
oreja ó en los aretes.
Después de estar algún rato en la casa acepté la invitación de Juanita
para ir á pasear por la huerta; parte estaba ya plantada de papas y
parte estaba arándose para cebada, que la cortan en hierba para forraje.
El arado es una herramienta de lo más rudo, tal como los españoles lo
trajeron aquí hace trescientos años: un codo de madera reforzado en una
punta por una plancha de fierro, forma el arado, en el cual se fija,
por medio de cuñas, una pértiga ó palo largo; amarrada la pértiga al
yugo de los bueyes, comienzan éstos á arrastrar el arado por el suelo,
escarbando apenas la superficie.
Lo que es un rastrillo, no lo he visto ni oído hablar de él. Con lo que
se le reemplaza ordinariamente es con un atado de ramas, que arrastra
un buey ó un caballo, y si no tiene bastante peso, se le agregan
piedras ó el peso de uno ó dos hombres.
Las calabazas, lechugas y repollos se cultivan con más cuidado; se
forman surcos para su cultivo con las azadas de madera originales del
país ó con palas de hierro de mango largo y forma parecida. El trabajo
más considerable, sin embargo, es el que se consagra á la irrigación de
las fincas, cosa indispensable con ocho meses de sequía. Una multitud
de pequeños canales cruzan el campo en todas direcciones, y las horas
para darles el agua se regulan de acuerdo con sus necesidades entre los
vecinos por cuyos terrenos pasa la corriente común.
En todas las chacras hay un huerto ó arboleda, pequeño sin embargo,
y pocas son las que no tienen su pequeño jardín, donde se cultiva
la mayor parte de las plantas de flores conocidas en Inglaterra. El
altramuz perenne y el anual son aquí plantas rústicas. Las plantas
bulbosas originarias del país sobrepasan en belleza á muchas de las
nuestras; sin embargo, las extranjeras son tratadas con injusta
preferencia.
Las rosas, claveles y jazmines son justamente apreciadas: la clavelina
y el escaramujo olorosos son escasos, y la madreselva no se consigue; á
la escabiosa la llaman aquí flor de la viuda, y los niños me la traen á
manos llenas.
Desde el jardín pasamos al lavadero, donde encontré una gran fogata de
carbón encendido á la orilla de un lindo arroyuelo. En el fuego había
un gran tiesto de cobre lleno de agua hirviendo, en la que flotaba una
hoja de _tuna_ (_cactus ficus Indians_), planta á que se atribuye la
propiedad de aclarar y suavizar el agua. Al lado había una ancha tinaja
de greda, que me pareció que estaba llena de burbujas de jabón, pero
que luego vi que no tenía nada de jabón común.
El árbol llamado quillai, que es muy común en esta parte de Chile, da
una corteza dura y rugosa, tan llena de materia jabonosa, que si se
pone un pedazo envuelto en un trapo, se le humedece y después se le
golpea entre dos piedras, produce lavaza, como el mejor jabón, de una
calidad superior para desmanchar.
Con ella se lavan todos los vestidos de lana, y tanto la seda como la
lana adquieren con su uso un tinte tan fresco como si fueran nuevos.
Pedí un pedazo de la corteza seca; la parte interna está salpicada de
cristales muy menudos, y el gusto es muy parecido al de la soda.
Durante mi regreso á casa desde el lavadero tuve ocasión de ver algunos
ejemplares de los vehículos que se usan en Chile. Las ruedas, el eje,
la cama, todo está ajustado sin un clavo ni ningún pedazo de hierro.
Las ruedas se componen de un doble círculo de madera, dispuestos de
modo que las junturas del uno quedan cubiertas por el otro, y las de
éste están ajustadas con fuertes clavijas; el resto es de una sólida
armazón de madera amarrada con tiras de cuero, que, puestas frescas, al
secarse se contraen y endurecen y forman la más segura de las ligaduras.
Tanto el piso de los coches como el de las carretas es de cuero; las
carretas tienen un toldo de coligües y de paja muy bien trenzado; el
del coche es comúnmente de lona pintada, cosida en una ligera armazón,
con asientos á los lados y la entrada por detrás.
El coche es tirado generalmente por una mula, si bien con frecuencia se
emplean bueyes para el objeto; para las carretas se emplean siempre los
bueyes, enyugados como para el arado. Estos animales hacen el viaje de
aquí á Santiago, ó sea unas noventa millas, con una carreta cargada, en
tres días.
Los bueyes son aquí tan hermosos como no los he visto en parte alguna
del mundo; las mulas también son particularmente buenas. Excusado
es decir cosa alguna de los caballos, que por su belleza, fuerza é
inteligencia no tienen rival, no obstante su pequeño porte.
_11 de Mayo._--Tentada por la sorprendente belleza del tiempo y la
suave frescura del aire, he salido esta mañana á seguir el curso del
pequeño estero que riega mi jardín, en busca de su fuente. Después de
faldear el cerro un buen trecho, siempre mirando hacia un fértil valle
y de vez en cuando echando una ojeada á la bahía y metiéndome entre los
árboles frutales, sentí el sonido de una caída de agua, y al dar vuelta
rápidamente el ángulo de una roca me encontré en una quebrada llena
de grandes peñascos de granito, que el hermoso torrente, al saltar de
peña en peña, había despojado de su arcilla, yendo después á caer en un
pequeño lecho de arena en que relucían algunas partículas de mica con
el fantástico brillo del oro.
En este mismo punto, que los arrayanes hacían casi inaccesible, una
espesura boscosa detenía parte del estero en su caída y lo echaba al
canal trabajado en el cerro para el servicio de las tierras de cultivo
de ese lado; el resto del estero corre hacia el camino de Santiago,
donde, encontrándose con varios otros pequeños riachuelos, baña el otro
lado del valle y encuentra su curso hacia la playa donde se vacía en el
mar, formando una barra de arena, junto á una caleta llena de casas de
pescadores.
Subiendo un poco más por la quebrada, encontré en la cumbre de la
caída de agua un lecho de mármol blanco en medio del opaco gris de la
roca, y á cierta distancia de él, medio oculta por los arbustos, el
agua formaba mil caídas entre los tupidos helechos y las campestres
flores; de los argentinos manantiales se esparce grata frescura, y sus
caprichosos chorros surgen de las fuentes de granito para llevar la
vida y ofrecerse chispeantes á nuestra sed.
Pero en este valle, como en todos los que están inmediatos á
Valparaíso, los árboles escasean. Los arbustos, sin embargo, son muy
hermosos y se presentan aquí y allí mezclados con el áloe chileno
(_Pourretia coarctata_) y los cardos silvestres, que alcanzan una
altura considerable. Entre las humildes flores noté algunas variedades
de las hierbas comunes de nuestros jardines: alcaravea, hinojo, salvia,
tomillo, menta, ruda, zanahoria silvestre y varias clases de acederas.
Pero no estamos en la estación de las flores; en una que otra parte
se divisa una fucsia solitaria y una andromeda. No me hacen falta las
flores; la sola sensación del aire libre, la verdura, la luz viva
del sol me bastan para gozar intensamente con este mi primer paseo
campestre después de tanto tiempo que he pasado en el mar.
_Viernes 17 de Mayo._--Tres días de neblina y de lluvia nos previenen
de la partida del tiempo seco y, en consecuencia, el dueño de la casa
ha mandado trabajadores para arreglar el techo para el tiempo húmedo
que va á llegar. Esto me ha dado oportunidad para iniciarme en todos
los misterios de la albañilería y arquitectura chilena, ó sea de la
manera de edificar que hay aquí, sea cual sea la denominación que se le
dé. Los pobres campesinos viven en chozas semejantes á las viviendas
primitivas de todos los países; pero, construídas con menos cuidado
aquí, donde el clima es tan suave y la temperatura tan igual, que con
tal que el techo resista bien las lluvias no importan gran cosa las
murallas. Estas chozas se hacen con estacas enterradas en el suelo y
unidas entre sí por medio de palos transversales, amarrados con _soga_
ó cordel, hecho con cáñamo del país, ó con correas. Algunos sólo
tienen una espesa muralla de ramas de arrayán ó de hinojo, que algunos
rellenan con arcilla en sus aberturas, blanqueando las paredes unas
veces con cal, que los habitantes saben preparar en los yacimientos
de conchas descubiertas en el país desde antes de la invasión de los
españoles, sea con una especie de ocre blanco, que es muy fino y se
encuentra en grandes mantos en diversas partes del país. Los techos son
de construcción más solida y tienen, generalmente, sobre las vigas de
soporte un techo de ramas revocado con barro y cubierto con hojas de
palma tejera, que es muy común en los valles de Chile. Empléase también
para los techos el hinojo, la caña y cierto pasto bastante largo y
bonito. Por pobre que sea la casa, siempre tiene, sin embargo, una
construcción separada para la cocina.
Las casas mejores, la mía, por ejemplo, tiene murallas muy sólidas,
muchas veces de cuatro pies de espesor, construídas de adobes de diez y
seis pulgadas de largo, diez de ancho y cuatro de grueso.
Tanto los adobes como la argamasa ó barro que sirve para asentarlos, se
hacen de tierra común, que se prepara con este objeto en la vecindad.
Cuando una persona desea edificar, hace una excavación en el cerro
vecino y humedece la tierra suelta hasta que adquiere la consistencia y
suavidad requeridas; entonces se le agrega una cantidad de paja picada
y se le vuelve á pisar hasta que la paja queda igualmente distribuída
en la masa, que queda muy sólida. A los adobes se les da forma en unos
moldes de madera, y en seguida se les pone á secar á la sombra, y por
fin se les hace endurecer á todo sol.
Después que están construídas las murallas, se las deja asentarse algún
tiempo antes de colocar las vigas, porque el techo es, en realidad, un
peso formidable.
Una espesa cubierta de ramas, con hojas y todo, se amarra primero
con cordeles á las vigas, llenándose cuidadosamente los huecos con
coligües; sobre todo esto se extiende una capa de mezcla, ó más bien
de barro, de cuatro pulgadas de grueso por lo menos; en el barro se
colocan tejas redondas, con una mezcla de cal para pegarlas en hileras;
de esta mezcla se da una mano más delgada sobre el revoque de barro,
tanto por dentro como por fuera de las casas.
Los edificios de adobes y las habitaciones rústicas que tienen tejado
y cuyos muros están revocados por dentro y fuera se denominan casas;
las demás se llaman ranchos, generalmente. La palabra rancho suele
aplicarse también al grupo de habitaciones que sirven de residencia al
campesino chileno.
Todo está aquí tan atrasado con respecto á las conveniencias y mejoras
de la vida civilizada, que si no recordásemos el estado de los
_high-lands_ de Escocia hace setenta años, sería de no creer que este
país haya estado por más de tres siglos en poder de un pueblo tan culto
y tan brillante como era el pueblo español en el siglo XVI, cuando tomó
por primera vez posesión de Chile.
Las únicas prendas de vestir que se venden públicamente en Chile son
zapatos, ó más bien zapatillas, y sombreros. Esto no quiere decir
que no se puedan comprar también géneros de Europa ó vestidos para
las clases superiores, puesto que desde la apertura del puerto son
tan comunes en Valparaíso las tiendas para la venta al detalle de
toda clase de artículos europeos como en cualquier ciudad del mismo
porte en Inglaterra. Es que las gentes del país conservan todavía la
costumbre de hilar, tejer, teñir y hacerse todas las cosas para su
uso en su misma casa, excepto los zapatos y sombreros. La rueca y el
huso, la devanadera, el telar, especialmente este último, son de la
más simple y grosera construcción; y el mismo telar, construído con
unos cuantos palos cruzados, sirve para tejer la camisa ó los calzones
de lienzo, la chaqueta de lana y la manta, lo mismo que la alfombra
ó tapiz que se extiende en el estrado, en la cama, en la silla, y se
lleva á la iglesia como lleva el musulmán su estera á la mezquita para
arrodillarse en ella á recitar sus oraciones.
Las hierbas y raíces del país proporcionan abundantes y variadas
tinturas, y pocas son las familias que no tengan una mujer entendida
en las propiedades de las plantas, sean medicinales ó para teñir. La
corteza de quillai se usa constantemente para limpiar y restaurar los
colores.
El traje de los hombres de Chile se parece al de los campesinos del
Sur de Europa: camisa y calzoncillos de lienzo, chaqueta, chaleco y
calzones cortos de paño con franjas de color en las costuras, abiertos
y desabotonados en la rodilla para dejar ver los calzoncillos. En la
vecindad de Valparaíso, sin embargo, está prevaleciendo el uso de los
pantalones largos.
La clase decente entre los hombres usa medias blancas de algodón ó
de lana y zapatos de cuero negro; los hombres de condición inferior
rara vez usan medias, y en vez de zapatos se ponen suecos de palos ó
bien _ojotas_, pedazos de cuero cuadrados y ajustados al pie, y á los
cuales se les da forma amarrándolos á una horma mientras están frescos
todavía. El pelo se usa dispuesto en una gruesa trenza que cuelga por
detrás, con un pañuelo de colores amarrado á la cabeza y encima un
sombrero de paja afianzado con un lazo negro. En algunos departamentos
se usas sombreros de fieltro negro; en otros, unos altos bonetes.
Cuando el chileno monta á caballo, cosa que hace cada vez que la
ocasión se le presenta, usa como abrigo el poncho, que es una prenda de
vestir exclusiva de la América del Sur: es un pedazo de paño cuadrado
con una abertura en el centro, lo bastante ancho para dejar que pase la
cabeza, y en particular es muy conveniente para andar á caballo, porque
deja los brazos libres y proteje completamente el cuerpo.
Un par de toscas polainas de paño, muy sueltas, que llegan hasta más
arriba de la rodilla, amarradas con tiras de colores, defienden las
piernas, y un enorme par de espuelas con rodajas de tres pulgadas de
ancho completa el equipo de un jinete. Estas espuelas son á veces
de cobre, pero el mayor orgullo de un chileno es tener de plata
los estribos y los adornos de las riendas. Las riendas se hacen
ordinariamente de correas trenzadas, muy bien trabajadas, y terminan en
un ramal de cuerdas, también de correas trenzadas, que sirve de látigo.
El freno es sencillo, pero muy severo.
La silla consiste en una armazón de madera colocada sobre ocho ó nueve
pedazos de paño, de alfombra y de pellejos, y sobre esta armazón van
todavía unos cuantos cueros, peinados y teñidos de azul, de castaño
ó de negro; sobre todo esto, los más acomodados usan una especie de
cubierta de silla de cuero muy suave y bien armada; el todo va ajustado
con una faja de cuero estampado amarrada con correas en lugar de
hebillas. Algunos hacen grandes gastos en los paños, tapices y pellejos
que requiere la silla, pero el material es en casi todos el mismo, de
modo que un caballo ensillado parece que llevara una carga de pisos y
alfombras.
Usualmente va amarrado á la silla el _lazo_ ó cuerda de cuero trenzado
que los colonos de la América española de ambos lados de los Andes
manejan con singular destreza, sea para pillar el ganado ó para tomar
prisioneros en la guerra. Los estribos, que completan estas monturas
de tan peculiar apariencia, son á veces estribos sencillos de plata,
que tienen presillas de plata en las acciones; pero cuando se trata de
largos viajes por las montañas, son una especie de cajas talladas, muy
pesadas, sumamente anchas, con el objeto de defender el pie contra las
espinas y las ramas.
De vuelta de un corto paseo, tuve hoy oportunidad de ver un grupo de
jinetes, jóvenes y viejos, que venían de los alrededores de Rancagua,
ciudad situada casi al pie de los Andes, al Sur de Santiago, con un
cargamento de vino y aguardiente. El licor es traído en cueros y á lomo
de mulas.
No es raro ver unos 150 de estos animales arreados por 10 ó 12 peones
á las órdenes del huaso ó hacendado, acampando á campo raso junto á
las casas de un fundo inmediato á la ciudad. Varias de estas casas
tienen un edificio separado, en el cual los amigos transeuntes dejan
depositado el licor mientras van á los fundos vecinos ó á la ciudad
misma en busca de clientes, á fin de no pagar peaje sin la seguridad de
vender el vino.
Compré cierta cantidad para el consumo diario; es un vino rico, de
fuerza y algo dulce, capaz de mucha mejoría con una buena manipulación,
é infinitamente preferible á todos los vinos del Cabo que he bebido,
excepto el Constancia.
Lo pagué á razón de seis pesos por dos arrobas, lo que hace 3¹⁄₂
peniques por botella. El aguardiente sería bastante bueno si no
estuviera tan mal destilado y echado á perder ordinariamente con una
infusión de anís. El licor que bebe comúnmente la clase baja es la
chicha, descendiente en línea recta de aquella embriagadora chicha que
los españoles encontraron que los salvajes poseían el arte de hacer,
mascando varias clases de bayas y de granos y escupiéndolos en una gran
tinaja, donde los dejaban fermentar.
Pero la demanda siempre creciente de la chicha ha introducido un método
más limpio de prepararla, de modo que en la actualidad es algo como una
cidra agria, elaborada en su mayor parte con manzanas y aromatizada
con las diversas bayas que primitivamente componían por sí solas las
chichas de los indios.
_18._--Uno de los jóvenes amigos de la _Doris_ que vienen todos los
días á visitarme, me ha traído unas excelentes perdices cazadas por
él mismo. Son algo más grandes que las de Inglaterra, y tan buenas
como ellas cuando están bien guisadas, ó asadas, mejores todavía;
pero las cocineras tienen aquí la costumbre de pelar las aves con
agua caliente, con detrimento de la fragancia de la carne. Hay aquí
varias especies de aves buenas para la comida, pero no hay faisanes
ni codornices; pero tienen una multitud de enemigos, desde el cóndor
y las diversas variedades de aves de rapiña, buitres, halcones y
lechuzas, hasta el horroroso y pesado loro verde de Chile, que nunca
se puede ver bien, excepto en la cuerda donde muestra la parte
inferior, de plumas purpurinas y amarillas. Su cara es peculiarmente
fea, porque tiene el pico de loro, muy achatado. Son grandes enemigos
de los pajaritos cantores, cuyas notas y plumajes recuerdan los del
pardillo, y que son muy abundantes en estos alrededores. Hay también
una especie de mirlo, cuyas notas son suaves, dulces, pero muy bajas,
y un pajarillo descarado que repite solamente dos notas, algo parecido
al sinsonte, que no se aparta nunca de los caminos; las golondrinas y
los guainambies son muy abundantes, y los niños me dicen que han visto
en los pantanos cigüeñas y grullas maravillosas, que no perderé la
ocasión de ir á ver después de las lluvias. No sé si debo creer que
los aborígenes chilenos poseyeran aves domésticas. Al presente son
abundantes y excelentes, entre otras, los patos del país y extranjeros
y los gansos. Los pichones no son muy comunes, pero se reproducen y
domestican muy bien; este delicioso clima parece favorable para la
producción de todo lo que se necesita para el uso y alimento del hombre.
_Lunes 20 de Mayo._--El día de hoy es un triste día. La _Doris_ zarpó
esta mañana temprano y vuelvo á sentirme sola en el mundo; en ella
se van las únicas relaciones, las únicas amistades que tenía en este
extenso país. Cuando los amigos se separan, los que se van tienen menos
que sentir que los que se quedan. Los primeros tienen el ejercicio del
movimiento, los encantos de la novedad ó del cambio de situación por lo
menos, y la ventaja de que los nuevos objetos que se le presentan á la
vista no despertarán recuerdos ligados á las personas que echamos de
menos; mientras tanto, el que se queda ve en cada objeto un recuerdo
de los que se han ido: la voz tan conocida se echa de menos á la hora
acostumbrada, y el paseo solitario trae una serie de pensamientos
que nos produce la pena de sentir que estamos solos. En el curso del
día, sin embargo, las caritativas obras y expresiones de mis nuevos
vecinos y las amistosas atenciones del comodoro Stewart, del buque de
guerra americano _Franklin_, y de su señora; del barón Macau, del buque
de S. M. C. _Clorinda_ y de otros, tanto ingleses como extranjeros,
me persuaden de que siempre quedan alrededor mío muchos corazones
generosos y mitigan la tristeza á que me dejaría llevar de otra
manera. Sin embargo, no puedo olvidar que estoy viuda, desamparada, en
un país extraño separada de todos mis amigos naturales por distantes y
peligrosos trayectos, sea que regrese por mar ó por tierra.
_22._--Por primera vez, según creo, tenemos noticias del Perú, desde
mi llegada. Un cuerpo de ejército del general San Martín ha sido
sorprendido y destrozado por los realistas. La escuadra chilena, á las
órdenes de lord Cochrane, ha vuelto al Callao, después de su difícil
y peligroso viaje á Acapulco, habiendo echado los dos últimos buques
españoles á los puertos patriotas, donde fueron obligados á rendirse; y
se dice que San Martín ha ofrecido á lord Cochrane los más halagadores
términos de reconciliación. Si comprende bien las cosas, puede que su
señoría le preste oídos en pro de la causa; pero, personalmente, no
depositará seguramente la menor confianza en él.
_23._--Hoy, por primera vez desde que estoy establecida aquí, he salido
á caballo á ver el puerto, y he tenido oportunidad de observar las
tiendas, los mercados y el muelle, si este nombre puede dársele á la
plataforma que hay delante de la aduana.