No se consiguió esto, sin embargo, sin nuevos esfuerzos de San Martín

para recobrar el dinero ó por lo menos para vengarse de su captura.

Para lograr el primero de estos fines, había mandado á Monteagudo á

ponerse al habla con lord Cochrane, conociendo lo hábil que era “para

presentar como buena la peor causa”; entonces, lord Cochrane convino

en que sería devuelta una parte de las pastas metálicas, á condición

de que se proporcionara á los buques los repuestos que necesitaban,

especialmente algunas anclas[53]; pero, como se negaran los repuestos,

se retuvo el dinero, que sumaba unos 285.000 pesos, que fué distribuído

como ya se ha dicho, llevándose cuenta y razón de todo y cargándola al

crédito del gobierno chileno. La treta que se urdió para la venganza

surtió mejor efecto.

En la media noche del mismo día 26 de Septiembre, en que el Protector

había significado al almirante que podía hacer el uso que quisiese del

dinero, dos edecanes de San Martín, el capitán Spry[54] y el coronel

Paroissien, abordaron varios buques de la escuadra, y por primera vez

dieron á conocer las instrucciones secretas y los plenos poderes que el

gobierno de Chile había dado al Protector respecto á la escuadra.

A más de esto, ofrecieron á los que se desertaran para servir á las

órdenes del Perú empleos, honores, títulos y regalías. Cuando supo

Paroissien que el almirante había descubierto sus visitas nocturnas,

fué insolentemente donde él y le habló en un lenguaje parecido,

insistiéndole en que era preferible ser almirante de un país rico como

el Perú y no vicealmirante de una provincia tan pobre como Chile,

tratando así de cohecharlo. De aquellos oficiales que desertaron

vergonzosamente su bandera halagados con estas sugestiones, la mayor

parte han sufrido el castigo de ver defraudadas sus esperanzas, y todos

el desprecio de amigos y enemigos.

A los marineros se les inducía por todos los medios posibles á entrar

al servicio del Perú, aprovechándose la oportunidad para sobornarlos ó

someterlos por fuerza cuando iban á divertirse, recién pagados. A los

oficiales fieles que trataban de hacerlos volver á sus buques se les

metía á la cárcel. De esta manera iba quedándose sin tripulación la

escuadra, que ya estaba en malas condiciones y escasa de víveres.

Esto no obstante, ahora que el Callao se había rendido, San Martín dió

orden terminante á lord Cochrane de salir de la costa del Perú con

todos los buques de su mando.[55] Con motivo de esta orden, que fué

transmitida por Monteagudo, lord Cochrane escribió á este ministro la

siguiente carta, que inserto porque corrobora ciertos hechos, que de

otra manera parecerían increíbles[56]:

“A bordo de la _O’Higgins_, bahía del Callao, 28 de

Septiembre de 1821.

Señor:

Muy molesto me hubiera sentido si la carta que usted me ha dirigido

por orden de S. E. el Protector del Perú, hubiese contenido solamente

la orden del Jefe Supremo para partir de los puertos que se hallan

bajo el dominio sin consignar sus motivos; y me había sentido

confundido, en verdad, si estos motivos hubiesen estado fundados en

la razón ó en hechos concretos; pero, cuando me he impuesto de que la

orden se origina de la infundada imputación de que he rehusado hacer

lo que no tengo medios de efectuar, me ha consolado la idea de que

S. E. el Protector tendrá la satisfacción de convencerse de que no

hay motivo de censura para mí; de todos modos, tengo la satisfacción

de que no afecta á mi conciencia ninguna intención torcida, y me

congratulo con la convicción de que por más que los hechos aparezcan

desfigurados á través de una atmósfera de chismes y calumnias, las

personas que viven en un medio más sereno verán las cosas con sus

propios colores y me harán la justicia que merezco.

Dirígeme usted sus cartas llenas de argumentos, como si yo necesitara

que me convenciesen de sus buenas intenciones. No, señor; es á los

marineros á quienes hay que convencer; son ellos los que no dan

crédito á las promesas después de haber sido engañados una vez.

No se preocupan de si los víveres de la escuadra proceden de los

españoles, como los que se han procurado con el ganado y el pisco

capturados, ó si proceden del tesoro de sus superiores; son hombres

de pocas palabras, pero resueltos en sus actos; dicen que por su

trabajo tienen derecho á ser pagados y alimentados, y que sólo

trabajarán mientras se les pague y alimente. Este es, señor, un

lenguaje nada cortés y malsonante á los oídos de la suprema autoridad.

Además observan que no se les paga á ellos, mientras sus compañeros

de trabajo, los soldados, han recibido las dos terceras partes de su

sueldo; que están pereciendo de hambre ó sustentándose con charqui

apolillado, mientras las tropas de tierra se regalan con carne de

buey y de cordero en abundancia; que no tienen aguardiente, mientras

los otros tienen dinero y oportunidad para obtener esa codiciada

bebida y todo lo demás que apetezcan.

Tales son, señor, los sólidos fundamentos en que un marino inglés

apoya su opinión y sostiene su ruda argumentación. El espera un

equivalente al cumplimiento de su contrato, y cuando, por su parte,

lo ha cumplido con fidelidad y se deja pasar el día del pago y se

le desconocen sus derechos, se pone turbulento como el elemento en

que vive. De nada servirá á usted, en consecuencia, entrar en más

pormenores relativos á un asunto sobre cuya corrección no puedo hacer

observación alguna.

En el último párrafo de su carta, parece que usted manifiesta cierta

sorpresa de que, cuando apenas han transcurrido veinte días, volvamos

á pedir más provisiones; pero toda extrañeza se disipará si usted

consulta sus cartas y sus propias órdenes para entregarnos hace

treinta días provisiones para veinte.

Respecto á la aserción que usted hace sobre la provisión gratuita

de pisco, debo informarle de que se pagó por ella la suma de 1.900

pesos, según consta de mi relación, justificada por los recibos y

resguardos otorgados en Pisco y que nos fueron entregados por el

capitán Cobbett, de la _Valdivia_, cuya veracidad é integridad puedo

sostener contra las de cualquiera de los más honorables de vuestros

informantes. Mientras tanto, me abstendré de insistir sobre lo

delicado de la contradicción que hace usted de lo que yo asevero, y

abriré una investigación para que quienquiera que haya falseado los

hechos, sea expuesto al merecido desprecio del público.

Me dice usted, señor, que es en vano que me refiera á mis cartas en

las cuales he manifestado la situación de la escuadra para salvar mi

responsabilidad, porque esas cartas han sido contestadas (y podía

usted haber agregado que con muy buenas palabras); pero, ¿no le he

advertido ya que las buenas palabras no sirven de nada contra la

fuerza bruta de hombres despechados que claman por sus derechos?

¿No le he pedido á usted mismo en persona que les hablara á los

marineros, diciéndole que yo lo ayudaría en la medida de mis fuerzas,

y no ha olvidado usted este deber? ¿Cómo puede usted entonces afirmar

que yo he rehusado mi concurso á los planes del Gobierno?

¿En qué comunicación, señor, he insistido sobre el desembolso de

200.000 pesos? Es verdad que le remití una cuenta del dinero que

se debía[57]; pero en mi carta le decía que eran los marineros

amotinados los que pedían esos desembolsos, pero que yo había hecho

cuanto estaba en mi poder para reprimir sus violencias y aquietar sus

temores.

Usted agrega que es imposible pagar á las tripulaciones clamorosas.

¿Cómo es entonces (y el hecho es indiscutible) que hayan sido

pagadas ahora con el mismo dinero que en ese entonces estaba ocioso

en poder de usted? Debo agregar aquí que la promesa de repartirse con

los soldados el 20 por 100 de las entradas de aduana no ha satisfecho

las esperanzas de los marineros, que saben ya por experiencia lo que

son esas reparticiones. La advertencia que á usted le hice de que no

podía entretenérseles por más tiempo con ese halago, estaba basada en

mi largo conocimiento de sus caracteres y disposiciones, y los hechos

han comprobado la necesidad de lo que le he dicho á usted, y pueden

comprobarla más plenamente todavía.

¿Por qué, señor, ha puesto usted la palabra “inmediatamente” en su

orden para que salgamos del puerto? ¿No habría sido más decoroso

haber sido menos perentorio, sabiendo, como usted lo sabe, que la

demora en el pago ha dejado sin tripulación á los buques? ¿Que la

absoluta desatención á todos mis reclamos ha dejado á la escuadra

destituída de provisiones y que los marineros han sido cohechados por

personas que proceden bajo la autoridad del gobierno del Perú?

¿Por qué no me ha dado usted una respuesta á la carta oficial

de fecha 23 que le dirigí invitándole á poner término á tan

injustificables procedimientos? No me fué bastante desembarcar

los víveres que la _Moctezuma_ traía para la escuadra, mientras

ésta tenía absoluta necesidad de ellos, fuera del insulto de

poner guardias á bordo y en tierra, como si usted sintiese el

convencimiento de que la necesidad á que tenía reducida la escuadra

podía autorizar el empleo de la fuerza para recobrar los alimentos. Y

si era así, ¿por qué lleva el gobierno del Perú las cosas hasta este

extremo?

Mucho le agradezco los elogios que usted me dedica por los servicios

que he prestado desde el 20 de Agosto de 1820, y que deben ser

dedicados al país que sirvo. Le aseguro á usted que mi celo por

el servicio de S. E. el Protector del Perú no había experimentado

decaimiento alguno hasta el día 5 de Agosto en que tuve conocimiento

de la instalación de S. E., cuando en presencia de usted mismo

reveló sentimientos que me produjeron escalofríos y que ningún acto

posterior, ninguna protesta de intenciones, ha podido disimular más

tarde.

Demasiado bien recuerdo las palabras que profirió, inspiradas por

pensamientos que era de haberle rogado á Dios no se los hubiera nunca

permitido. ¡Ah! ¿no dijo, no lo oí yo mismo declarar que no pagaría

la deuda á Chile, ni los sueldos atrasados de la escuadra, si Chile

no le vendía su escuadra al Perú? ¿Qué habría pensado usted de mí, de

un oficial que ha jurado serle fiel al Estado de Chile, si yo hubiese

prestado oídos á semejante lenguaje con el frío silencio del cálculo,

pesando mi decisión en la balanza del interés personal? No, señor; la

promesa de que “mi fortuna sería igual á la de San Martín”, nunca me

hará apartarme del camino del honor.

Su obediente y humilde servidor,

COCHRANE.”

Después de esta carta, poca fué la correspondencia que se cruzó entre

lord Cochrane y San Martín, y ninguna de carácter amistoso. Su señoría

continuó el pago de los oficiales y marineros, y como después de la

caída del Callao el principal objetivo de Chile consistía en apoderarse

ó destruir las dos fragatas _Prueba_ y _Venganza_, que eran los últimos

buques españoles que quedaban en el Pacífico, se aprestó para hacer

rumbo al Norte en su persecución, zarpando por fin el 6 de Octubre con

ese objeto[58].

* * * * *

Tiempo es ya de volver á los asuntos domésticos de Chile. Benavides

mantenía todavía una activa y cruenta lucha en el Sur de Chile, y José

Miguel Carrera, fogueado por la experiencia de ocho años y sediento de

venganza contra los exterminadores de sus hermanos, estaba á la cabeza

de un ejército reducido pero animoso, y se había abierto paso con las

armas por el continente de la América del Sur, haciendo alianzas con

los indios y comunicándose por medio de ellos con Benavides y con los

muchos descontentos que había en Chile.

Benavides había tenido varios encuentros afortunados; pero, en general,

iba perdiendo terreno. Los jefes patriotas, de los cuales Freire era

sin duda el más distinguido, habían ido estrechándolo gradualmente, y á

pesar de que incitaba á los indios á cometer las mayores depredaciones,

incendiar las haciendas y saquear las cosechas de las provincias del

Sur, no recibía de ellos la ayuda necesaria para eludir su destrucción

final, y menos podía recibir auxilios del exterior, por haberlo hecho

imposible la superioridad de la escuadra chilena.

El ejército de Carrera, que sus propias victorias tenían diezmado, y

que ahora apenas contaba unos 500 hombres, cuya marcha entorpecían gran

número de mujeres y otros allegados, era completamente derrotado el 31

de Agosto.

Carrera, su segundo, don José María Benavente, con 23 oficiales más,

cayeron prisioneros en la Punta del Médano y fueron llevados á Mendoza,

donde aquél y varios de sus oficiales principales fueron fusilados

en la plaza pública, empleándose para ello los recursos de la más

injustificable crueldad y de la más falsa política.

Por lo que hace á la causa de la salvación de Benavente y á los

detalles de la muerte de don José Miguel, me refiero á la publicación

de Mr. Yates que figura en el Apéndice; las gacetas en que se

anunciaron al público estos sucesos respiran tanta ferocidad, tanto

espíritu de venganza, que son una vergüenza para los jefes de la Nación

y para la época.

Don José Miguel Carrera tenía solamente treinta y cinco años de edad.

Era su persona notablemente hermosa y su bella fisonomía predisponía

á su favor. He oído decir que sus ojos parecían poseer cierto poder de

fascinación sobre las personas á quienes se dirigía.

De todos los individuos que se han hecho notar en la lucha por la

independencia de Sur-América, era, indudablemente, el más amable:

de carácter muy versátil, tenía una imaginación muy vivaz y grandes

facultades que revelaba en cualquier cosa á que se contrajera. He

oído contar que mientras residía en Montevideo quiso imprimir algunas

proclamas para distribuirlas, y como no encontrara elementos para ello,

se encerró semanas enteras en su casa y construyó una prensa é imprimió

él solo su manifiesto.

Era de espíritu alegre y cariñoso, y su cuerpo no conocía la fatiga;

pero tenía muy poca prudencia y ninguna reserva; de manera que tan

poco podía confiársele los planes ajenos como descansar en los suyos

propios, que, sin embargo, eran siempre concebidos con precisión y

energía y encaminados rectamente al objeto que se tenía en vista, pero

que él luego daba á conocer abiertamente.

Carecía de educación, porque no tenía ni principios ni ilustración que

lo guiaran, y creo que su carácter no puede compararse á ningún otro

con más semejanza que al del duque de Buckíngham que figuró durante

el reinado de Carlos II. No es de extrañarse, pues, que no lograra

colocarse, ó más bien dicho, mantenerse á la cabeza de ninguno de los

estados recientemente independizados de la América del Sur.

Su afición á los placeres lo metió en gastos que le absorbían los

medios que debía haber empleado en gratificar ó pagar á sus parciales,

y su natural despreocupado y llano no le permitió asegurar á aquellos

que podían serle peligrosos.

Después de su muerte, sus principales partidarios y algunos de sus

parientes más cercanos fueron estrictamente encarcelados, otros

desterrados, y varios huyeron á los bosques y las montañas, donde

vivieron precariamente hasta que pudieron hallar un refugio amistoso,

ó hasta que la “ley de olvido”, de Septiembre de 1822, les permitió

volver á sus hogares.

La suerte de Chile se vió, pues, libre de los peligros que le suscitaba

aquella activa y poderosa familia. El padre había muerto poco después

de la ejecución de sus otros dos hijos, y ahora se iba el último y el

más grande de los de su casa. De los que llevaban el mismo apellido,

don Carlos era un ciudadano pacífico que vivía en su hacienda en

Viña del Mar, cerca de Valparaíso, sin mezclarse en política; de sus

tres hijos sólo uno vivía, á quien sus rústicas costumbres y corta

inteligencia parecían preservar tanto de hacer como de recibir daño

alguno.

De los otros dos, uno había perecido en los primeros tiempos de la

revolución y el otro había sido asesinado en una insurrección, en Juan

Fernández, donde se hallaba desterrado.

La seguridad del Estado parecía todavía más asegurada con el

aniquilamiento total de Benavides, en el mes de Diciembre. Este hombre

era hijo del alcaide de la cárcel de Quirihue, Concepción, y había sido

soldado de infantería en el primer ejército patriota; hecho prisionero

por los realistas, ingresó á su ejército, pero luego fué capturado

por Mackenna, que lo mandó á su cuartel, á orillas del Maule, para

que fuera juzgado como traidor. De allí logró escaparse, prendiéndole

fuego al rancho donde lo tenían prisionero, y volvió á reunirse con los

realistas, entre los cuales se distinguió por sus talentos, llegando á

tener un puesto importante en el ejército de Osorio.

En la batalla de Maipú fué hecho prisionero otra vez, siendo condenado

á muerte por desertor, con muchos otros: cayó entre los muertos, pero

no murió como se creía; poco después mandó pedirle una entrevista á San

Martin, que consintió en verlo solo en la plaza, debiendo ser la señal

para darse á conocer que sacara tres chispas del _mechero_. Benavides

hizo la señal, y San Martín, á su vez, le presentó su pistola.

Benavides la hizo á un lado, y notándolo sobresaltado le aseguró que

no pensaba asesinarlo, sino servirlo, cosa que podía hacer eficazmente

por el conocimiento local que tenía de las provincias del Sur y de las

tropas que allí se encontraban. San Martín aceptó sus servicios, pero

conservaba el temor que le había producido su repentina y fantástica

aparición, y de aquí que, sin que hubiera el menor fundamento para

suponer que intentara engañarle, comenzó á sospechar de él y trató de

meterlo preso una vez más.

El espíritu de Benavides se sublevó ante este proceder; acusado de

traición, hízose traidor, si es que así puede llamársele, y se pasó

resueltamente al ejército de Osorio, animado por un feroz deseo de

venganza, que una vez despierto no se adormeció jamás en su pecho.

De aquí se originaron todas las crueldades, y son monstruosas, en

que incurrió. Asesinaba á sus prisioneros con toda sangre fría, y su

mayor deleite era invitar á los oficiales prisioneros á un suntuoso

festín, y después que habían comido y bebido, los hacía conducir á un

patio para ser fusilados allí mismo, presenciando él desde una ventana

la ejecución. A algunos á quienes les había prometido la libertad,

entregábalos á los indios, cuya cruel conducta con los prisioneros de

guerra es bien conocida.

Cuando el general Prieto le escribió para informarle de la caída de

Lima y de que era inútil que perserverara en su campaña, él le contestó

que “mientras le quedara un soldado vivo lucharía contra Chile, por más

que el rey y la nación reconocieran su independencia”.

Alistó un corsario para piratear contra toda bandera, á fin de

proporcionarse víveres y municiones. Por fin, el 1.º de Febrero de

1822, convencido de que no podía sostenerse por más tiempo, trató de

escaparse hacia alguno de los puertos españoles en una chalupa; pero

habiéndose visto obligado á recalar en Topocalma en busca de agua,

fué reconocido, apresado y enviado á Santiago, donde fué juzgado y

sentenciado á muerte el 21 del mismo mes.

El 23 fué sacado de la prisión, amarrado á la cola de una mula y

ahorcado luego en la plaza del palacio; en seguida se le cortaron la

cabeza y las manos para ser expuestas en las ciudades del Sur, que

había asolado, y tales fueron las indignidades que se hicieron con sus

restos que más parecen obra de la venganza de salvajes que castigo

impuesto por un gobierno justo del siglo XIX.

Sin embargo, el Director, al consentir en esta ejecución, prohibió que

se condenara á muerte á ninguno de los secuaces de Benavides, porque

ya podía considerarse libre de enemigos la parte continental de Chile.

Sólo quedaban las tropas que mandaba Quintanilla, que se hacían fuerte

todavía en Chiloé.

Es difícil inquirir de dónde salió, por entonces, el rumor de que al

dirigirse lord Cochrane á los puertos del Norte, en persecución de las

fragatas enemigas, nunca había de regresar á Chile[59]. Es posible

que tuviera su origen en el conocimiento del lastimoso estado de sus

buques, en los cuales, probablemente, ningún otro marino hubiera osado

hacerse á la mar, y que algunos esperaban que nunca se volviera á oir

hablar de él, como muchos lo temían.

Sea como sea, San Martín aprovechó el período de su ausencia para

tratar de arruinarle en la opinión del gobierno de Chile, y envió á

Chile á sus dignos emisarios, el coronel Paroissen (que todo lo debía á

lord Cochrane) y García del Río, con un sartal de acusaciones, algunas

de lo más ridículas, y otras, aunque más sombrías de apariencia,

igualmente falsas é imposibles tratándose de su señoría. San Martín,

que no se atrevía á achacarle los vicios de su propio carácter, que

eran la cobardía, la crueldad y la perfidia, le atribuyó la avaricia

y la falta de honradez, aduciendo como pruebas los reclamos que su

señoría había hecho en interés de los marineros de la escuadra y de

víveres para los buques[60].

Si bien el gobierno no parecía creer los cargos, mantúvose en calma por

temor de entrar en hostilidades con San Martín, no obstante que en las

oficinas públicas de Santiago existían documentos que desautorizaban

totalmente los cargos formulados contra el almirante. La última parte

del memorial presentado por García del Río y Paroissien, pidiendo al

Director que aplicara á lord Cochrane el condigno castigo por faltas

contra el honor y la dignidad del Protector del Perú, nos revelan todo

el secreto de los motivos que tenía su excelencia para atacar á aquel

que el pueblo llamaba _generoso y valiente_, mientras llamaba sólo

_afortunado_ á San Martín.

Entretanto, la escuadra se había dirigido á Guayaquil; y á pesar de la

opinión corriente de que el río era peligroso, ó más bien innavegable

para buques de gran calado, á no ser que desembarcaran sus cañones á la

entrada, el almirante mismo piloteó la _O’Higgins_ hasta la ciudad y

dejó asombrados á los habitantes al presentarse delante de sus fuertes

el 28 de Octubre, con el _Independencia_, el _Valdivia_, el _Araucano_,

el _San Fernando_ y el _Mercedes_. Fueron sumamente bien recibidos y

cambiaron saludos con los fuertes.

Lord Cochrane se consagró en seguida á reparar y abastecer sus buques,

para cuyo efecto no podía darse un sitio más aparente que aquél;

había allí maderas de construcción de todas clases y muchos operarios

excelentes; el gobierno patrocinaba y estimulaba todos sus trabajos, y

de ambas partes ofreciéronse diversiones públicas, que contribuyeron á

mantener las más amistosas relaciones.

Los gastos originados por las reparaciones y por el abastecimiento

de los buques fueron cubiertos por su señoría con el dinero que

tenía á bordo, perteneciente á él mismo y á la escuadra, cosa que se

hizo voluntariamente en la confianza de que el gobierno de Chile les

reembolsaría esas sumas, y con el deseo de cumplir cuanto antes su

objeto de arriar hasta las últimas banderas españolas que flotaban en

el Pacífico.

Los operarios se expidieron con tanta diligencia, que el 20 de

Noviembre estuvieron los buques listos para hacerse á la mar. Cuando

llegó el momento de la partida de lord Cochrane, el pueblo de Guayaquil

lo saludó con un poema en su honor, iluminado con letras doradas y

colocado bajo un cristal en un marco de ébano tallado. Su señoría

correspondió á esta atención con una proclama al pueblo de Guayaquil,

que comienza así:

“Á LOS DIGNOS É INDEPENDIENTES HABITANTES DE GUAYAQUIL

“La acogida que habéis dispensado á la escuadra de Chile no sólo

revela los generosos sentimientos de vuestros corazones, sino que

prueba, si tal prueba fuere necesaria, que un pueblo capaz de afirmar

su independencia á despecho de todo poder arbitrario, tendrá siempre

nobles y superiores sentimientos. Creédmelo, el Estado de Chile

os quedará reconocido para siempre de vuestro concurso, y muy en

particular el Supremo Director, gracias á cuyos esfuerzos se creó la

escuadra, y á quien en el hecho la América del Sur debe todos los

beneficios que de ella se han derivado.

“Ojalá seais tan libres como sois independientes, y que vuestra

independencia sea tanta como la libertad que merecéis. Con la

libertad de la prensa, que ampara ahora vuestro ilustrado gobierno,

Guayaquil no será jamás esclavizado.

“Observad la diferencia que en la opinión pública ha producido un

año de independencia. En aquellos á quienes mirábais como vuestros

enemigos, habéis descubierto á vuestros verdaderos amigos; y os

habéis dado cuenta de que aquellos que juzgabais amigos eran vuestros

enemigos.

Diario de su residencia en Chile (1822) y de su viaje al Brasil (1823) · 第 9 / 35 段